Día 16.

Bedsharing


La casa estaba en absoluto silencio y penumbra mientras una figura se deslizaba por la puerta de una habitación y se colaba en la otra. Tenía el corazón que le iba a mil y el cuerpo le temblaba como un pajarillo asustado…

Pero necesitaba hacerlo.

Una vocecilla en su interior se lo imploraba, le obligaba a dar un paso más.

Con cuidado, rodeó con sus dedos el frío pomo metálico de la puerta y con suavidad, conteniendo la respiración para oír el más mínimo ruido, fue abriéndola, lenta, agónicamente lenta. Cuanto tuvo la rendija lo suficientemente ancha como para poder colarse, una pequeña sonrisa floreció en sus labios y se adentró en la habitación.

Tardó casi medio minuto en cerrar detrás de sí para asegurarse de que no hiciera ningún ruido.

Si alguien -su padre, Izayoi… InuYasha- le pillaba infraganti, se moría.

Se quedó apoyada contra la madera por lo que parecieron horas, con la respiración errática y el corazón bombeándole con fuerzas, antes de reunir la suficiente voluntad como para despegar la espalda y dar un par de pasos al interior. La poca luz de la calle que entraba por la ventana le alumbrada la habitación lo suficiente como para poder sortear los pocos muebles que había, así que rápido se colocó junto a la cama.

Cielos, se sentía como una acosadora, pero es que… necesitaba… necesitaba verlo. Y allí estaba él en la cama, dormido, como debería estar ella. Pero es que por más vueltas y vueltas que había dado en el colchón deseando conciliar el sueño, había sido imposible porque su cabeza era un hervidero de pensamientos y emociones después del día más increíble e irreal que había tenido nunca.

Porque, por fin, alguien había ido a verla; alguien había ocupado el sempiterno asiento vacío, y ese alguien no era nadie más que InuYasha. InuYasha, el mismo que le había sonreído desde la distancia, apoyándola en silencio, mirándola como si creyese en ella sin dudarlo ni un instante.

InuYasha, quién había sido increíblemente dulce llevándole flores.

InuYasha… quién le había besado.

Una sensación cálida se extendió por el pecho femenino ante el recuerdo. Aún permanecía en su memoria el tacto de sus labios en los de ella, la calidez de su cuerpo, la ternura en sus manos, el deseo contenido en mirado. Desde que ocurrió, no había podido dejar de pensar en ello, y Kagome estaba segura que jamás lo olvidaría, aunque tuviera cien años y su memoria se fragmentara en pequeños pedazos.

InuYasha le había besado. Le había robado su primer beso y ella había amado cada segundo, pero lo que había hecho que explotase de pura felicidad y emoción ya no era lo que le había hecho sentir ese beso, si no que, al separarse -ella con la mente medio atontada por lo inverosímil de los acontecimientos , él con una mirada tentativa-, el muchacho le había acunado la mejilla, le había sonreído y como si no hubiera pasado nada, le había dicho: «¿Quieres ir a comer? Dime lo que te apetece, yo invito. Te lo mereces por lo increíble que has estado.»

Y aunque se había instalado sobre ellos una tensión velada por lo ocurrido anteriormente, para Kagome había sido la mejor noche de su vida, porque se habían reído, habían charlado de todo y de nada y habían comido en un restaurante a unas calles del auditorio como si fuesen una pareja normal. Ninguno de los dos se atrevió a sacar el tema, conseguían esquivarlo con pasmosa facilidad, y Kagome no pudo estar más agradecida por ella, ya que temía enfrentarse a las consecuencias de ese acto, que, nunca negaría, había amado. Sin embargo, eso no significaba que no había sido importante porque, después de todo, algo había cambiado en ellos. No sabrían definir el qué exactamente, no podían ponerlo ninguno de los dos con palabras, pero el ambiente entre ellos había cambiado. No drásticamente, ella seguía siendo la inocente y tímida Kagome y él, el apacible y confiado InuYasha; seguían comportándose con esa dinámica que los caracterizaba, pero había… ciertas matizaciones.

¿InuYasha siempre la había mirado con tanta intensidad o no fue hasta ese momento que se había dado cuenta? ¿Anteriormente habían caminado juntos y él le había colocado la mano en la espalda baja para guiarla o le había sacado su silla para ayudarla a acomodarse? ¿InuYasha, alguna vez, le había sonreído con tanta efusividad?

Cuando la noche -lastimosamente- tuvo que llegar a su fin, y cada uno se retiró a su habitación, Kagome medio esperó algo para la despedida. ¿Otro beso? ¿InuYasha volvería a besarla? ¿Quería que la besase de nuevo?

La respuesta era un rotundo sí¸ no dudó la respuesta.

Pero, para su decepción, InuYasha se limitó a sonreírle cálidamente y depositar un beso en su mejilla derecha antes de murmurar un «buenas noches». Así que allí se vio ella, parada en medio del pasillo con el corazón yéndole a gran velocidad, sintiendo un vacío en el estómago y un profundo deseo de correr hacia él para conseguir lo que quería bullendo en su interior… pero terminó por darse media vuelta y esconderse en su habitación, esperando que todas aquellas alocadas reacciones desapareciesen de su cuerpo conforme el tiempo fuera pasando.

Bien, pues había pensado mal… y ese era el motivo, en gran parte, por el que se encontraba allí, escabulléndose a la habitación de InuYasha en la oscuridad de la noche: no podía olvidarse de lo que habían vivido, así como también le era inevitable cuestionarse si eso había ocurrido de verdad… o todo habían sido una invención de su atolondrada cabeza.

¿InuYasha le había besado?

¿De verdad le había besado?

¿Él… él… por qué lo haría?

Un murmullo bajo reverberó en la habitación, causando que Kagome se sobresaltara.

Mierda.

¿InuYasha se había despertado?

¡¿En qué estaba pensando cuando decidió que era buena idea escabullirse a su habitación como una… como una acosadora?! ¡Mira dónde le llevaban siempre sus… impulsos!

Intentando ser lo más silenciosa posible, se dio la vuelta esperando escaparse. Pero apenas había dado un paso que escuchó el sonido del roce de las sábanas a su espalda.

—¿Kagome? — murmuró una voz soñolienta y enronquecida.

Kagome se quedó paralizada.

Mierda, mierda, mierda… ¿Si no me muevo, se quedará dormido creyendo que todo es un sueño?, pensó desesperada.

No iba a tener tanta suerte.

Escuchó el sonido de las sábanas al revolverse y cuando miró por el rabillo del ojo, lo vio sentado con la espalda apoyada en el cabecero, restregándose los ojos.

—¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí? — inquirió confundido.

—Yo…— vamos, piensa, piensa, ¡piensa algo!— Tuve una pesadilla— mintió descaradamente, porque la otra opción, decir que había ido en mitad de la noche para verlo, sonaba infinitamente más bochornoso.

—¿En serio? — la expresión de InuYasha se volvió preocupada y la culpa azotó el pecho de la joven— ¿Ha sido muy mala? Ven, siéntate, ¿quieres contármela? —echó a un lado las sábanas para sentarse en el borde de la cama y estiró la mano para coger la de ella y que la joven se acomodase junto a él.

Kagome se dejó hacer, nerviosa, muy nerviosa.

—N-no, yo…— ¿qué le decía ahora? — Solo… solo…

InuYasha chasqueó la lengua.

—Ven aquí, anda— susurró, atrayéndola hacia él en ese abrazo que tan familiar y confortable se le estaba haciendo. Kagome se acurrucó sobre su pecho, escondiendo la cara en el hueco de su cuello, y se quedó prendada del hipnótico aroma masculino de InuYasha cuando él rodeó su espalda con el brazo— ¿Estás mejor?

¿Mejor? ¡Estaba en el paraíso!, deseó decir, pero avergonzada, se conformó con asentí enérgicamente, colocando ella también sus manos sobre la espalda de él y aferrándose a su camiseta como si temiese que lo alejasen de su lado.

Por un momento se quedaron disfrutando de ese tranquilo y apacible momento, pero en la mente de Kagome no dejaba de aparecer el recuerdo de esa misma tarde. Y supuso que fue esa pletórica sensación que le embargó y que todavía perduraba en ella la que hizo que soltase las siguientes palabras:

—¿Puedo dormir esta noche contigo?

Durante un momento, InuYasha no respondió y Kagome se quedó esperando con la respiración contenida. Entonces, sin pronunciar palabra alguna, separó el cuerpo de la chica del suyo y volvió a tenderse en la cama, dejando un hueco a su lado.

Kagome, con un repentino nudo en la garganta por los nervios, suspiró aliviada y no dudó en tumbarse junto a él y acomodarse en su pecho.

Los brazos de InuYasha le rodearon, cobijándola en ese lugar que sentía tan suyo, y Kagome creyó estar en el paraíso.

—¿Kagome? — el murmullo de él cortó el cómodo y relajado silencio que se había creado en la habitación.

La joven murmuró haciéndole ver que lo había oído pues, de pronto, era como si el cansancio acumulado de los últimos días se hubiera estrellado sobre su pecho.

—Kagome… ¿Quieres ser mi novia?

Estoy oyendo mal, se espabiló la chica súbitamente, abriendo los ojos como platos pero sin atreverse a moverse.

—¿Qu-qué has dicho?

InuYasha rio por lo bajo, una risa nerviosa y expectante, antes de acomodarse de lado en el colchón, enfrentándose a ella. Alzó una mano y le apartó un mechón de su cabello del rostro con infinita ternura, sus ojos dorados un pozo sin fondo de ilusión y ternura.

—Te he preguntado que si quieres ser mi novia— susurró con voz ronca justo antes de sonreírle suavemente— Es lo justo después de que tú me reclamaras como tuyo, ¿no? Y creo que he dejado el suficiente tiempo, esperando prudentemente que fueras tú la que sacases el tema.

Espera, ¿qué estaba…?

«Tú eres mío.»

Oh, dios mío, con todo lo acontecido en las últimas semanas, esa noche se había borrado de su memoria. Mezclando el alcohol, la resaca, el sutil toque de atención de su padre, la distancia que puso entre ellos, la "reconciliación", el nerviosismo porque él fuera a verla… y ese beso… Cielos, aún estaba que no se creía ese momento.

Pero es verdad, ella se lo había dicho, o le espetado más bien: «Tú eres mío.»

Ay, ¿podía explotarte el corazón de la vergüenza?

—¿Lo olvidaste, verdad? — inquirió él como si pudiera leer su mente al ver la mueca en el rostro femenino. Su tono fue sorpresivamente comprensivo, aunque había un tinte de desilusión que se le clavó en el lugar exacto donde tenía su corazón .

—No tengo muchos recuerdos de esa noche— mintió, escondiendo la mirada.

—Pero…

Kagome sintió sus mejillas ruborizarse profundamente.

—Pero sí— claudicó en un murmullo muy, muy bajo, casi extinto—, lo recuerdo. Lo dije.

Sintió que InuYasha suspiraba aliviado y algo cálido se extendió por el pecho femenino. Cualquier rastro de vergüenza que pudiera sentir por la confesión había quedado aplastado por la increíble sensación del momento que estaba viviendo, y qué tampoco se creía.

Últimamente su vida estaba hecha de pequeños milagros, y todos tenían como punto de unión aquel chico de cabello azabache y mirada de color oro que la había vuelto loca desde el primer momento que posó sus ojos en ella.

—¿Qué significa todo esto? — inquirió en el mismo volumen de voz, todavía siendo incapaz de enfrentarse a él.

Sintió las manos de él apretándola con dulzura, así como también la punta de sus dedos rozar la acalorada piel de su mejilla. La respiración de Kagome se detuvo, pero no se movió, no podía, mientras su corazón tronaba en el pecho.

—Si estás buscando una etiqueta, no puedo dártela porque ni yo mismo lo sé. Amigos, amigos con derechos… novios…— su voz se oía enronquecida mientras las palabras se deslizaban por sus labios— Podemos ser todo eso o podemos dejarlo aquí, simplemente apoyarnos el uno en el otro y dejar esta oportunidad pasar. Creo que imaginas cual puede ser mi opinión, qué es lo que deseo, pero se hará lo que tú digas. Aceptaré lo que sea que elijas.

Kagome tuvo el repentino deseo de salir corriendo. De huir lejos, muy lejos, y no mirar atrás; lo que era una sensación con la que convivía cada segundo de su vida. Pero si lo hacía… luego, ¿qué? ¿Sería capaz de mirar atrás, justo a este momento, y no pensar en lo tonta que fue? ¿Sería capaz de seguir adelante, su corazón continuaría latiendo con la misma vigorosidad o iría lentamente marchitándose? ¿Volvería ella a disfrutar tocando? ¿Dónde se quedarían esos momentos de adivinanzas, esas sonrisas compartidas o esas palabras de alientos?

¿Dónde quedaría su espíritu cuando, después de elevarse como el helio, pronto cayese en la absoluta oscuridad?

¿Qué sería de ella después de la caída, cuando su cuerpo no fuera más que escombro y piezas rotas en mil pedazos?

¿Realmente quería hacerlo o era su instinto el que hablaba? La voz que, lentamente, año tras año, había ido moldeando su padre a su imagen y semejanza.

¿De verdad ella quería alejarse de InuYasha, de la única persona que le había apoyado, protegido y escuchado? ¿La única persona que, incansablemente, había estado a su lado, en las idas y venidas?

Antes de que se diera cuenta, Kagome estaba llorando mientras canturreaba una melodía que, persistente, latía en su cabeza y corazón:

You lift me up and I am found… You lift me up before I hit the ground… You lift me up when I'm down, down, down… You lift me up before I hit the ground… [1]

InuYasha la miraba en silencio, como un hombre perdido en el desierto miraría una gota de agua, y lentamente extendió la mano para enjuagarle las lágrimas.

—Yo también te quiero— susurró él conmovido, y Kagome, en respuesta sollozó.

Porque nunca había escuchado a nadie decirle algo así y que fuera InuYasha el primero en hacerlo le hacía sentir como si pudiera volar a las estrellas y rozarla con sus dedos.

—Te quiero— balbuceó ella, probando las palabras, saboreándolas a conciencia; y conforme lo fue diciendo, ella misma iba dándose cuenta de cuán verdad era.

Él, una vez más, había sabido leerla sin necesidad de palabras. Había sabido leer su corazón cuando ni ella misma sabía lo que quería decir.

Lentamente, sin quererlo ni advertirlo, él había ido colándose en cada grieta que se había formado en el muro que la había aislado del mundo durante toda su vida, y se había asentado en ese hueco que había sido creado solo para él.

Su corazón.

—Te quiero— repitió, ahora con una sonrisa que le iba de oreja; húmeda por las lágrimas, temblorosa por el aluvión de sentimientos que asolaban su pecho, pero nunca había sido más real que en ese momento— Te quiero, InuYasha.

—Kagome, mi Kagome…—susurró él, embelesado, y se acercó a ella para besarla, pero algo en la expresión de la chica lo hizo detenerse, pues una nube de amargura parecía haber aplastado cualquier vestigio de felicidad— ¿Qué pasa, hermosa?

—Yo… yo…— se llevó una mano al pecho, allí donde su corazón latía con rapidez y lo miró a los ojos— Inu-InuYasha, yo lo quiero todo contigo, pero…

Entonces, él lo supo. Una vez más, ella no necesitó decirlo para que saber que la figura del señor Higurashi pendía sobre ellos. El estómago de InuYasha se retorció por la ira, porque ese hombre fuera capaz de dañar el mejor momento de su vida aún sin estar presente, y se juró que no volvería a dejar que pasase.

—No te estoy preguntando por los deseos de tu padre, dulzura, sino por los tuyos— repitió las palabras que ya le dijo en su momento, y supo que lo había conseguido cuando el amago de sonrisa destelló en su expresión aun taciturna— ¿Qué deseas tú? ¿Quieres ser mía también? Porque yo ya soy tuyo desde el momento que me embaucaste con tu piano, pequeña hechicera— susurró por encima de sus labios.

Sintió la sonrisa de Kagome sobre de él y hasta que no notó como ella se relajaba en sus brazos, no lo hizo él. Su corazón estaba a punto de salírsele del pecho, pero él no podría morir más feliz, sobre todo cuando Kagome, su Kagome, sacudió la cabeza ligeramente y susurró:

—Tú eres mío… y yo soy tuya.

No pudo contenerse. Ahogando un gruñido de satisfacción en su boca, InuYasha se apoderó de sus labios y la apretó contra sí. En su interior, la euforia y felicidad por lo sucedido combatía contra el fiero y repentino deseo que había nacido en su interior por mantenerla a su lado, luchando contra cualquier amenaza que pudiera separarlos.

Solo quedaba esperar.

Espera a su cumpleaños.

Cuando él cumpliera los dieciocho años dentro de dos meses, podría largarse como siempre había deseado hacer, pero ahora esa fecha adquiría otro significado además de la independencia que tanto había anhelado. También significaría que estaría lejos del dominio de la casa Higurashi y tendrían más libertad para estar juntos.

Ya nada ni nadie los alejaría. Él no lo permitiría.


(1) Me elevas y ya no estoy perdida.

Me elevas antes de que choque contra el suelo.

Me elevas cuando estoy triste, triste, triste.

Me elevas antes de que choque contra el suelo.


Mírala ella qué audaz colandose en habitaciones ajenas. Ains, quién pudiera hacer lo mismo que tú: fingir una pesadilla y dormirte en los brazos de InuYasha *llorando mucho*

¿Alguien se lo esperaba?

Hmhm, las cosas, como veis, están tomando forma, pero todavía no ha terminado el asunto, no creáis que no le estoy dando importancia. Pero ahora es el momento de que ellos disfruten de su relación. ¿No os parecen adorables? T-T

Para el siguiente episodio tenemos un cumpleaños, que esta vez supongo que imaginaréis de quién es xD ¿Creés que supondrá algún cambio que InuYasha tenga la mayoría de edad?

¡Contadme, contadme!

Pd: Como siempre, millones de gracias a todos los que una vez más estáis ahí leyéndome, como fantasmitas o comentándome. Pero para aquellos que me comentáis: esta historia va pa vosotrxs, son vuestras palabras las que me animan a seguir escribiendo porque me hacen ver lo mucho que os está gustando