Día 17.

Birthday


—Y listo— dijo Kagome con una enorme sonrisa extendiéndose en su rostro mientras observaba el regalo que acunaba en sus manos.

Seguro que le gustará, pensó para ella, sintiendo el familiar cosquilleo en su estómago, ese que venía a ella cada que InuYasha o cualquier cosa relacionada con él aparecía en su cabeza.

Mañana sería el cumpleaños de InuYasha, el esperado dieciocho cumpleaños, y como Izayoi seguramente habría preparado una cena para celebrarlo, los dos habían hablado de que fuera la noche de antes la que usarían ellos para una fiesta más… íntima. Ellos dos a solas, cenando en algún restaurante.

Actuando como una pareja normal y corriente.

Kagome todavía recordaba la forma en la que brillaban sus orbes dorados, inseguros pero emocionados, cuando le preguntó hace una semana si le gustaría salir con él. Salir, por supuesto, en el sentido físico de la palabra. La joven se había quedado paralizada, la melodía que en ese momento estaba tocando en el piano se detuvo abruptamente, y su boca se abrió y cerró varias veces como un pez fuera del agua.

Porque aunque llevaban saliendo por más de un mes de medio, después de esa noche llena de confesiones que había abierto la puerta a un mundo anteriormente desconocido para la muchacha, su relación no había ido más allá a momentos esporádicos y robados en la sala de música o en el instituto; paseos a medianoche o al amanecer de una habitación a otro; y alguna que otra visita al Goshinboku. Todo en la más absoluta clandestinidad, por petición de ella y malestar de él; pero InuYasha podía llegar a comprender el motivo por el que ella le hacía tal ruego y le era imposible no ceder porque lo último que deseaba es que ella se sintiera mal.

¿Le dolía que Kagome quisiera llevar esa relación en secreto, una que no era conocida por nadie más que ellos dos? Por supuesto que sí, pero más le dolería hacerle algún tipo de daño a la muchacha, por lo que terminaba claudicando y permanecía callado.

Y es que, pese a que se había acercado a Kagome en este último mes como nunca antes lo había hecho, a pesar de lo mucho que se había abierto ella a él, seguía pendiendo sobre ellos un enorme silencio y una tensión aplastante que impedía a Kagome dejarse llevar por completo, que aún la mantenía atada a su antigua vida: su padre.

InuYasha era consciente de que lo único que le importaba a la Kagome era que su padre no enterase de la relación; cualquier otra persona, le daba la sensación, simplemente era un suceso colateral que podría desencadenar su mayor temor, ya que cuanta más gente estuviera al tanto del secreto, mayores posibilidades había de que enterase. Muchas habían sido las veces en las que le preguntó qué era lo que tanto temía, es decir, ellos no estaban emparentados ni nada y a la gente era aficionada a hablar y juzgar todo lo que veían, no tenía por qué estar escondiéndose como dos prófugos de la justica. Kagome no había dicho nada, pero había tal dolor en su silencio, tanta aflicción en su expresión, que InuYasha terminó suspirando y dejando el tema marchar.

Si para estar al lado de Kagome significaba tener que seguir unas malditas reglas, cerraría el pico y lo haría, aunque no fuese de muy mala gana.

Total, no iba a ser para siempre, ¿verdad?

Cuando él se marchase de esa casa a principio de verano, cuando Kagome cumpliese la mayoría de edad en invierno, nada ni nadie les podría decir qué hacer.

InuYasha había sido muy permisivo en esas semanas. Como quién dice, era feliz bailando al son que establecía Kagome sin poner muchas objeciones, pero sí había algo en lo que había sido obstinado y no había cambiado de opinión por más reticente que se había mostrado la chica.

Quería llevarla a una cita, una de verdad, y lo haría por su cumpleaños.

Y aunque Kagome se sentía un poco intranquila porque sería la primera vez que saldrían al exterior como algo más que hermanastros, en realidad no había puesto mucha energía a su oposición porque deseaba vivir esa experiencia, pero, sobre todo, deseaba vivirla con InuYasha.

Así que allí estaba en su habitación, a unas horas de preparase, ultimando los detalles de su regalo mientras InuYasha terminaba su turno en la cafetería.

Había pasado los últimos dos días con su cabeza en el limbo, más despistada que de costumbre en los ensayos, así que se había ganado más horas frente al piano, pero nada de eso le había importado porque el simple hecho de pensar que en pocas horas estaría en una cita -¡una cita!- con InuYasha le hacía sentir como si tuviera el cielo al alcance de sus dedos.

Varias veces había intentó sonsacarle qué iban a hacer, a dónde le llevaría, pero InuYasha había ideado diferentes maneras para que el tema quedase en el olvido sin darle una respuesta concluyente en realidad, en la que en la mayoría de los casos los labios estaban involucrados, así que Kagome terminaba olvidándose de lo que estaban hablando y simplemente se dejaba llevar por las sensaciones.

Al final, había pospuesto la elección de vestimenta lo máximo posible, sin saber qué debía ponerse: algo arreglado, algo más informal, un término medio…

Casi estaba dándole dolor de cabeza. Era algo estúpido, lo sabía, pero nadie podía juzgarla, ¿verdad?

Decidió arriesgarse una vez más, aunque sabría que no tendría buenos resultados. Cogió el móvil y lo desbloqueó con rapidez.

Última súplica: dime adónde vas a llevarme.

Ten piedad de mi :c

K.

No fue hasta un rato después que Kagome no obtuvo contestación, así que supuso que estaría en su parada de descanso de media tarde. Dejó el regalo con cuidado en la bolsa de papel -aunque en realidad no fuese algo frágil- y corrió a la mesita de noche, donde tenía su teléfono cargando. Una enorme sonrisa se deslizó en sus labios conforme abría la aplicación de mensajería gratis.

Misma respuesta de siempre: es una sorpresa.

¿De verdad quieres que por tu impaciencia no pueda darte una sorpresa?

I.

Kagome se mordió el labio inferior cuando en realidad lo que deseaba era reír a carcajadas. Ya se lo podía imaginar poniendo los ojos en blanco, como llevaba toda la semana haciendo cada vez que salía el dichoso tema.

Sus dedos volaron sobre las teclas.

Vale, seré buena. Pero tú también tendrás que serlo. Aconséjame:

¿Vestido, falda o pantalón? ¿Elegante? ¿Vas a llevarme algún sitio que deba ponerme guapa?

K.

Tardó exactamente tres minutos en contestarle:

Primero: ¿desde cuándo no soy bueno? Me hieres.

Segundo: ¿Entre vestido, falda o pantalón? ¿Puedo quedarme con la cuarta opción: nada? Lol, es broma. Lo que sea que te pongas te quedará bien, estoy seguro.

Y esto nos lleva al tercer y último punto: ¿Existen sitios en los que debes ponerte guapa? ¿No lo estás siempre? ¿Qué me he perdido?

I.

Kagome apretó los labios para contener el deseo de chillar. En su lugar, se aferró con fuerzas al teléfono y como una lunática, empezó a sacudirlo de un lado para otro.

¿En qué la convertía InuYasha? Sus palabras, escuetas pero certeras, siempre conseguían tocar su fibra sensible y hacerla sentir única e inigualable. Puede que InuYasha no le dijera a menudo -casi nunca, en realidad- la palabra mágica que empezaba por Q, pero eso no significaba que ella no supiera que lo sentía, porque sus acciones y comentarios le decían mucho más de lo que podría soltar por la boca.

Y este era un buen ejemplo de ello.

Inspiró profundamente para calmar su alocado corazón y esta vez pensó por un par de segundos su respuesta:

Ya hablaremos cuando llegues, sinvergüenza.

Y que sepas que esta me la guardo.

Vuelo a la ducha y a pensar qué… ponerme.

K.

Dejó el móvil sobre la mesita de noche pensando que debería de haber vuelto al turno y no tendría respuesta hasta que terminara, pero cuando se levantó de la cama, escuchó como este vibraba. Rápidamente se tiró hacia él.

¿Sinvergüenza? Contigo, ninguna.

Yo también vuelvo al trabajo, aunque esa ducha que me ha dicho suena bastante solitaria. No sé, piénsalo (lol)

Hablamos luego, pequeña. Solo quedan un par de horas.

I.

—Maldito seas, InuYasha Taisho— susurró pasando el pulgar por la pantalla, por encima del mensaje que acababa de enviarle— Maldito seas.

Y bendecida había sido ella por poner a semejante persona en su camino.

·

Con una toalla enredada en su busto, Kagome entró en su habitación mientras se secaba el cabello con otra más pequeña. Tarareando para sí, se acercó a donde estaba su móvil y desenchufándolo del cargador pues ya tenía la batería a tope, se metió en la aplicación de música. Bring me to life de Evanescence, la melodía que no dejaba de oír en su cabeza desde que entró en la ducha, sonó por los altavoces del aparato:

How can you see into my eyes

like open doors

Leading you down into my core

where I've become so numb

Without a soul my spirit's sleeping somewhere cold

until you find it there and lead it back home [1]

Kagome se acercó al armario y con ambas puertas abiertas de par en par, se quedó un rato mirando la ropa con expresión pensativa.

¿Qué voy a ponerme?, pensó por millonésima vez con un suspiro.

Se llevó por lo menos media hora buscando y desechando, conjuntando y probándose, antes de decidir por algo que más o menos encontraba aceptable, aunque no terminó por gustarle del todo. Maldito InuYasha y sus secretismos… cómo al final del día se sintiera fuera de lugar por la ropa que llevaba, se enteraría.

Se acercó a dónde estaba la cómoda con sus accesorios: colgantes, pulseras y pendientes, y estaba eligiendo un conjunto que le pegase con la ropa cuando el sonido de una llamada entrando en su móvil la detuvo. Miró por encima del hombro, preguntándose quién sería, pero no dudó en acercarse a él. Si era InuYasha debía ser importante, porque aún le quedaba media hora para terminar la jornada.

O a lo mejor había conseguido escaquearse antes.

Se sentó en un lateral de la cama con una enorme sonrisa en el rostro y levantó el móvil. Cuando leyó el nombre del remitente, su corazón se detuvo y sintió su estómago llenarse de nudos.

Oh, no…

—¿Sí? — murmuró con voz temblorosa una vez descolgó, aunque su primer impulso había sido dejarlo sonar hasta que se cansase.

Sin embargo, las consecuencias después podrían ser peor que la situación a la que podría enfrentarse.

—Kagome— oyó la profunda voz de su padre desde el otro lado del aparato— Prepárate para esta noche que tenemos una cena importante.

¿Qué? No, no, no…

—Pero, padre— balbuceó con la mente yéndole a gran velocidad— ¿Así, tan precipitado? Pensaba quedarme a prac-

—Basta de tonterías— le cortó él— Por una noche que lo pospongas no pasa nada, no volveremos muy tarde.

—Pe-pero…

—Tu impertinencia me está dando dolor de cabeza. La cena de esta noche es muy importante para mí, pero también para ti. Estoy a punto de cerrar un acuerdo muy importante con una prestigiosa academia de música de Ámsterdam y el director está bastante interesado en conocerte personalmente, ha oído mucho de ti. Si yo te digo que debes venir, lo harás, ¿está claro?

No, no, no, no podía estar pasándole esto… no ahora… no hoy

—Pad-

—Nos vemos esta noche a las 8 en el hotel Lux. Ni se te ocurra llegar tarde— y sin dejarle tiempo a decir nada más, colgó.

Kagome se quedó un rato paralizada, aún con el móvil en la oreja, intentando asimilar lo que había pasado en el último minuto. En su cabeza, el castillo de sueños e ilusiones que se había ido creando por la velada de esa noche quedó convertido en cenizas.

Y entonces empezó a llorar.

·

¿Qué?

—I-InuYasha, y-yo…— susurró, mordiéndose el labio inferior para no volver a llorar; suficiente lo había hecho ya.

—¿Me estás jodiendo, verdad? — masculló él con la respiración agitada— Dime que es una maldita broma.

Ojalá lo fuera.

Kagome cerró los ojos y se lo imaginó corriendo hacia la estación. Después de asumir la orden de su padre, su cuerpo había actuado solo, como una marioneta que conocía perfectamente los pasos a seguir, por lo que se había dirigido a su armario para buscar algo más acorde con que iba a suceder. A continuación, había dejado un mensaje a InuYasha en el que le decía que la llamara nada más terminara de trabajar porque tenía que comentarle algo importante y… se había sentado a esperar. A pensar. A maldecirse mentalmente.

Cuando el teléfono, quince minutos después, había sonado, Kagome se había sobresaltado y en el momento que leyó el nombre de él en la pantalla, había dudado un par de segundos sobre si responder. Pero rápidamente se recompuso y respirando hondo para reunir fuerzas, había apretado el botón de descolgar.

«¿Qué pasa? ¿Estás bien?», había preguntado él inmediatamente, y el simple hecho de escuchar su voz, de notarlo preocupado, había causado que las lágrimas se acumularan en sus ojos.

En respuesta, le soltó la bomba del tirón, temerosa de que si dejaba pasar el tiempo fuera incapaz de hacerlo.

Y entonces él…

—Lo siento— murmuró ella, empuñando una de sus manos sobra la falda del vestido que se había puesto— Yo no quería… sabes que yo no…

—Dile que no, Kagome. Mierda— masculló, y Kagome se lo imaginó pasándose la mano por el cabello— Niégate, invéntate algo. Ese hombre no puede pretender que estés a su servicio las 24 horas del día.

Es lo que espera, pensó para sí misma con desazón.

—No puedo— jadeó en el mismo noto.

Es como si después de la llamada de su padre toda la vitalidad y la energía se hubiera esfumado por la ventana para convertirla en una simple muñeca de hilos. En ese momento pensó que, en realidad, así es como se había sentido todos estos años pero hasta aquel instante no había notado la diferencia o cuán doloroso era vivir de esa manera.

¿En qué la había convertido su padre? ¿Qué había hecho con ella?

—Dime por qué— replicó él y Kagome se lo imaginó detenido en medio de la calle, con la mano entremetida en el cabello y una expresión de furiosa frustración en el rostro— Dime qué es tan importante que te impide negarte a lo que realmente deseas. Dime tu excusa y me la creeré, pero no me digas simplemente que no puedes.

Kagome por un segundo no pudo hablar. El nudo que se había formado en su garganta se había apretado tanto que le dificultaba respirar, así que tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo varias veces para tranquilizarse.

—No puedo…

—¡Mierda, Kagome! — lo escuchó gritar y Kagome se encogió sobre si misma— ¡Háblame! ¡Déjame llegar a ti! ¡No me hagas esto!

Kagome sollozó con las lágrimas saltadas.

—No, no, mierda, no, lo siento, cariño, no quería hablarte así- Joder, mierda— ella intentó calmarse, pero le estaba costando bastante, aun así InuYasha no dejó de hablarle: — Lo siento, Kagome, pero estoy frustrado. Y furioso. Con tu puto padre. Contigo y conmigo. Con esta puta situación. Te juro que he intentado lo más posible dejarte tu espacio, he estado esperando el momento en el que decidas contármelo, pero no puedo evitar sentirme como un idiota cuando te veo sufrir y no puedo saber por qué, el motivo verdadero, no las excusas que tú me sueltas y piensas que me creo. Acepté que lleváramos esto en secreto, nunca te he pedido ni exigido nada, y para una cosa que quiero que hagamos juntos... tú…

—¿Y tú de verdad crees que yo no estaba ilusionada? — gimoteó ella, profundamente dolida con sus palabras, pero sabiendo que tenía toda la razón.

—Me gustaría decirte que no— respondió él con voz dura—, pero tus acciones me dicen lo contrario.

—InuYasha…— sollozó con más fuerzas, sacudiendo la cabeza— Sabes que daría lo que fuera por no tener que ir con mi padre, pero simplemente no puedo… yo…

—¡¿Pero por qué?! Solo explícame y prometo que entenderé— exclamó él frustrado, dolido y nervioso.

—Lo siento— respondió ella en un hilillo de voz, y entonces colgó.

Tiró el móvil en la cama de cualquier manera y se encogió sobre si misma mientras que los sollozos la partían en dos.

Las palabras de InuYasha le habían calado hondo, muy hondo. Ella deseaba mandarlo todo a la mierda, decirle que no a su padre y correr hacia donde estaba InuYasha para correr lejos, muy lejos de allí. Pero aunque InuYasha estaba a punto de cumplir la mayoría de edad y pronto saldría de allí, a ella le quedaba casi medio año más bajo la tutela de su padre, y temía las consecuencias.

Que la llamaran cobarde, pero Kagome conocía a su padre y él sería capaz de cualquier cosa si se enteraba de su relación, si creía que por culpa de esta -de InuYasha- ella dejaba atrás sus responsabilidades.

No, no podía hacer eso.

Tenía que ser fuerte y aguantar. InuYasha debía… InuYasha le entendería, ¿verdad? Aunque no pudiera decirle nada… Él… Él no le abandonaría, ¿no?

Él también no, por favor…

·

Con los ojos fijos en el lustro mantel de la mesa, Kagome apenas oía la conversación que sucedía a su alrededor, entre su padre y el señor Peters. Los minutos iban sucediéndose uno tras otros, como una lenta tortura que iba hundiéndole más y más en la oscuridad y, por más que alzaba los brazos y pedía ayuda, no venía nadie a rescatarla.

—Señorita Higurashi…— el señor Peters habló en un perfecto inglés, atrayendo la atención de la joven.

Kagome alzó la cabeza en un acto reflejo y observó al hombre, que le sonreía con genuina simpatía, mientras que por el rabillo del ojo advertía el ceño fruncido que le estaba dedicando su padre.

Su marchitado corazón tembló.

—¿Sí? — respondió en el mismo idioma, intentando mostrarse interesada.

El señor Peters sonrió y habló, y con cada palabra que decía Kagome se iba hundiendo más y más en aquel abismo oscuro e insondable que parecía estar engulléndola. Cuando terminó, la miró esperando una reacción -positiva, por el brillo de sus ojos-, pero ella se había quedado paralizada y por más que lo intentaba nada salía de ella.

Es mentira lo que acabo de escuchar. Él no ha dicho… no, no, no…

Kagome creyó ver como su padre respondía por ella después de lanzarle una fiera mirada, pero por primera vez no se amilanó ni tembló por ella. Porque, sencillamente, la perspectiva de futuro…

No, es imposible. No lo haré. No, no, no.

Antes de haberse dado cuenta, su cuerpo había actuado solo y se había levantado, formando un gran estruendo con el golpe de la silla.

—¿Señorita Higurashi? — inquirió Peters con sorpresa, pero ella no le echó cuenta.

Con las lágrimas a punto de saltársele, se dio la vuelta y se encaminó con prisas hacia la salida, teniendo que sortear un par de camareros y clientes que se le cruzaron por el camino. Oyó como la llamaban a la espalda, pero ella no dudó y siguió caminando. Cuando salió a la calle, el aire frío chocó con sus mejillas y Kagome se estremeció por la humedad de su rostro.

¿Estaba llorando? No le importaba. Nada le importaba.

Ella solo quería… solo necesitaba…

—¡Kagome! — alguien pegó un tirón del brazo y se vio arrastrada hacia los laterales de un edificio.

Su espalda chocó con fuerzas con el edificio antes de le golpeasen la mejilla, girándole el rostro.

—¡¿Qué crees que estás haciendo, niña malcriada?! ¡¿A dónde crees que vas dejándome colgado de esa manera?!

Kagome se llevó una mano a la mejilla latiente y se quedó paralizada por un segundo. Entonces, lentamente desvió observó al rostro furibundo de su padre, pero tal el odio y la traición que bullía en su interior que por primera vez, el miedo fue la última de sus preocupaciones.

—¡Déjame en paz! — le escupió en la cara.

Y sin dejarle reaccionar, lo empujó -que, al no esperárselo, tuvo que dar unos pasos hacia atrás para mantener el equilibrio- y Kagome echó a correr sin mirar atrás. Tropezándose y avanzando a trompicones por las calles de la ciudad, cogió su bolso y de ahí sacó el móvil, el cual segundos después estaba llevándose a la oreja.

—¡Kagome! ¡Lo sient-

—¡InuYasha! — sollozó— ¡Te necesito!


(1) ¿Cómo puedes ver en mis ojos

como si fueran puertas abiertas?

Bajándote hasta mis entrañas

donde me he quedado tan dormida,

Sin un alma mi espíritu está durmiendo en algún lugar frío,

hasta que tú lo encuentras y lo conduces de vuelta a casa.


¡No me matéis, por favor! Prometo que soy una buena chica aunque no lo parezca...

Aunque, bueno, me tengo que reír de mí misma porque cuando empecé esta historia mi intención es que los capítulos no duraran más de 100 páginas (algunos tienen hasta 9 páginas de word, lol) y no quería centrarme mucho en el drama (a la vista está lo bien que me va)... Pero es que no tengo excusa para lo que estoy creando. Solo puedo decir que ellos son los que guían la historia y yo no soy más que una humilde intermediaria...

Como veis, estamos llegando al meollo del asunto, pero estad tranquilos, que todavía queda mucho que decir. Aún estamos por el capítulo 17 de 31, así que, que nadie se lleve las manos a la cabeza porque aun estos dos tienen muuuucho que decir. En el siguiente, sin ir más lejos, estará el momento que todos -sé- estabais esperando... ¿Estáis preparados?

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

Pd: Mañana me dicen si entro en un curso que quiero hacer este año y en el caso que sea que sí, me incorporaría inmediatamente, así que... sintiendo mucho decirlo, no sé si podré actualizar este fin de semana. Si me ausento, espero que estéis feliz por mi (?) Me pondré las pilas sin falta para traéroslo pero de no ser así, tendréis noticias mías la semana que viene, ¡lo prometo!