Día 18.
Hug
«Quédate ahí. Voy a por ti», le había dicho InuYasha con voz grave.
Y ella le había creído porque no podía ser de otra manera.
Creía firmemente en InuYasha; creía en él hasta el punto de quedarse detenida en la calle, en un lugar al resguardo del frío, mientras los transeúntes caminaban a su alrededor metidos en sus propios problemas, esperándole con infinita paciencia y desesperación, sabiendo que él llegaría a ella.
Después de que ella le soltara esa súplica, InuYasha inmediatamente se había puesto en modo "necesito-respuestas-y-las-necesito-ya" y le había preguntado dónde se encontraba. Kagome en ese momento se había detenido para observar su alrededor, con las piernas medio temblorosas-medio entumecidas, y durante un agónico segundo, se sintió perdida. Asustada, dolida y perdida en medio de una ciudad enorme y llena de gente. Entonces, sus ojos se detuvieron en una boca de metro que había a unos metros de allí y leyó el nombre en voz alta para que él, al otro lado del aparato, pudiera oírle.
«Sé dónde estás», había dicho él en respuesta, y Kagome escuchó movimiento proveniente de su lado de la línea. «Quédate ahí. Voy a por ti. Dame solo diez minutos.»
Ahora, habían pasado nueve minutos y cada segundo que transcurría se iba dilatando más y más en el tiempo hasta convertirse en una eternidad. Tenía el cuerpo entumecido, aunque la temperatura ambiental esa noche no era baja precisamente, y las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas a pesar de que habían sido numerosos los intentos de ella por enjuagárselas. Simplemente, estas no dejaban de caer.
Se aferró al móvil con fuerzas y lo acunó en su pecho mientras sus ojos escaneaban a su alrededor en busca de esa cabellera azabache que tanto necesitaba ver.
«InuYasha», gritaba su corazón. «InuYasha, InuYasha, InuYasha.»
—…me!
La muchacha se irguió en el sitio, su corazón golpeando con vigor las paredes de su pecho.
Había oído su voz, estaba segura, pero no lo veía entre la gente.
—¿InuYasha? — exclamó a viva voz, buscándolo entre la multitud.
—¡Kagome!
Sí, era su voz, y cada vez se escuchaba más cerca. Era él.
InuYasha, InuYasha, InuYasha.
—¡Kagome!
De pronto, por el rabillo del ojo advirtió un movimiento brusco y rápidamente se giró en esa dirección. Todo el aire escapó de sus pulmones con una exhalación cuando se encontró con la mirada turbada y decidida de InuYasha, quién se habría paso casi a empujones entre los demás transeúntes.
—¡Kagome! — jadeó con alivio cuando sus ojos se encontraron.
Las piernas de Kagome amenazaron con no sostenerla.
—InuYasha.
En esemomento, su cuerpo actuó solo, motivado por un deseo que nació desde lo más profundo de su interior, y Kagome echó a correr. InuYasha al verla hizo lo mismo, y pronto, muy pronto, sus cuerpos colisionaron en medio de la calle, como dos náufragos en una isla desierta que acababan de pasar la peor tormenta de su vida.
Cuando Kagome sintió los brazos masculinos rodeándola, cuando olió su picante y ligero aroma a menta, cuando notó la calidez de él penetrando su piel, volvió a llorar, pero esta vez de pura emoción y alivio.
InuYasha estaba allí, con ella. No le había dejado sola a pesar de lo que ella le dijo e hizo.
—Kagome, mi niña, ya estoy aquí— le susurró al oído, apretándola contra sí— Ya está, ya está…
Sí, sí que lo estaba. Y ella en ningún momento había dudado de que lo haría cuando escapó de su padre y lo primero que pensó fue en llamar a InuYasha. Por su cabeza jamás había cruzado la idea de que InuYasha no vendría a ella cuando se lo pidiera, ni siquiera después de que terminaran en tan malos términos con la llamada de la tarde.
El reconocimiento de ese hecho se extendió por el pecho de la chica como una cálida sensación que era capaz de derretir hasta el más frío hielo. Los pequeños amagos de coraza que empezaban a formarse en su conciencia fueron fulminados por completo, y mientras InuYasha la abrazaba y sostenía, Kagome se sintió más desnuda -emocionalmente hablando- que nunca.
Pero, por primera vez, no le importaba.
No tenía miedo de InuYasha, de que descubriera su secreto.
Por primera vez, deseaba contárselo, mostrarse a él tal y como era, con sus luces y sombras, dejando al descubierto la parte que más amaba de ella misma pero también la que más odiaba.
Descubrirse a él sin guardar ningún secreto.
—Tranquila— susurró él, ajeno a la epifanía que estaba viviendo Kagome en sus brazos; con una mano sobre su cabello y otra en la espalda baja, la joven se sentía al resguardo del mundo— Ya estoy aquí, ya pasó todo.
Lentamente, los sollozos fueron menguando, no así el agarre que tenía sobre él, pero no pasó mucho más tiempo antes de que el corazón de la chica adquiriera un ritmo normal, así como su respiración. InuYasha aguardó pacientemente, sin aflojar en ningún momento el agarre de ella, como si una parte de él supiera lo importante que era para Kagome el sentirlo a su lado.
—¿Ya estás mejor? — inquirió él poco después en voz baja, temiendo romper con el pequeño remanso de paz que se había creado a su alrededor.
Kagome asintió ligeramente con el rostro escondido en su pecho. Lo escuchó suspirar, y el aliento de él chocó con la piel expuesta de su nuca, poniéndole los vellos de punta.
Contrario los sentimientos que la habían ahogado en las últimas horas, profundizándose en los quince minutos anteriores, en el presente, se sintió dichosa, en paz, profundamente agradecida con la presencia de él.
Era como si lo que había acontecido hacía menos de media hora hubiera sido tan solo un sueño.
Sintió las manos de él acariciar su cabello, deslizándolas hasta su nuca. A continuación, ejerció la presión suficiente en sus dedos para que irguiera la cabeza y así sus ojos pudieran encontrarse. Kagome se dejó hacer sin dudar ni un instante y por lo que le pareció una pequeña eternidad, se perdió en ese pozo dorado lleno de luces y sombras, de amor y ternura y preocupación que veía en su mirada.
Entonces, él desvió sus pupilas y sintió como su cuerpo se paralizaba.
Lenta, muy lentamente, casi como si tuviera miedo de quebrarla, InuYasha alzó una mano y con suavidad la posó sobre la mejilla derecha de ella.
No estaba muy segura, pero Kagome supuso que debía sentirse asustada. Después de tantas veces alargando el momento, había llegado a la conclusión de que cuando InuYasha descubriese todo, ella sentiría como el cielo se caía sobre ella, desearía que el cielo se abriera bajo sus pies y la engullera y el deseo de correr lejos de allí la inundaría. En realidad, no pasó nada de eso.
Kagome no se sintió ni asustada, ni avergonzada, ni tenía ningún deseo de huir. No.
Mientras veía los ojos de InuYasha oscurecerse con la vista fija en su mejilla, seguramente inflamada después del golpe, una sensación de consuelo y serenidad la invadió, calentando cada parte de su cuerpo.
Porque él, finalmente, la había visto. Ya no habría más secretos, no habría más mentiras.
Solo estaba ella, rota, frágil y perdida. Una chica que había pasado toda su vida aislada del mundo, bajo las reglas de un padre rígido y disciplinado, que exigía mucho más de lo que ella quería dar, que no dudaba usar severos castigos o la fuerza bruta cuando sus expectativas no eran superadas, que se había adueñado de su vida y su alma, de su futuro y sus miedos, como si de una muñequita de hilos se tratase, y tuviera que bailar sí o sí al son que él marcaba.
Eso era ella, eso había sido siempre Kagome.
Eso era lo que llevaba tanto tiempo escondiéndole al mundo, a él; lo que tanto había luchado por encerrar en una esquina de su mente y se había obligado a ignorar mirando hacia otro lado.
La sensación de unas cadenas liberándose de sus muñecas hizo que, una vez más, las lágrimas pugnaran por escapar de sus ojos. Y ella, por primera vez, no quiso contenerse por el simple hecho de que el momento era demasiado maravilloso e indescriptible como para que ella misma se pusiera restricciones.
Si quería llorar, lloraría. Si quería reír, reiría. Y si quería hablar…
Maldita sea, hablaría.
—Kagome…— murmuró InuYasha con voz frágil. Quería decir algo, quería decir muchas cosas, lo veía en sus ojos negros y brillantes, pero nada parecía salir de él.
Mientras que ella había estado asustada del mundo, él había tenido mil cosas que decir; y cuando era ella la que quería gritarle al mundo, InuYasha se había quedado sin palabras.
Qué retorcido era el mundo.
Lo vio cerrar los ojos e inspirar con fuerzas, como si quisiera tranquilizarse, como si necesitara hacerlo. Cuando abrió los ojos de nuevo, una calma velada cubría su expresión, aunque Kagome estaba segura de que no duraría mucho. Se apartó de ella y antes de que la joven sintiera pánico por la repentina distancia que puso entre ellos, InuYasha extendió un brazo en su dirección.
—Ven, vamos. Sé dónde podemos ir.
—¿A dónde? — preguntó, aunque no dudó en dejar que él la llevase a donde quisiera.
Se perdieron entre la multitud de personas que caminaban por la calle.
InuYasha no respondió en voz alta. En su lugar, le apretó con firmeza el agarre de sus manos, queriéndole pedir comprensión y paciencia.
Kagome lo siguió, confiando plenamente en él. Se dejaría llevar gustosamente al fin del mundo si eso significa que InuYasha se quedaría a su lado.
·
Kagome se quedó en silencio, aunque las preguntas no hacían más que acudir a ella, mientras InuYasha metía una llave en la cerradura y la hacía girar. Una parte de ella casi había esperado que las alarmas empezasen a sonar, como si fuera un ladrón el que estuviera entrando y no ellos, pero el rellano se quedó en relativa calma cuando la puerta se abrió. InuYasha se echó a un lado y la invitó a pasar con un movimiento de cabeza.
—¿Quién vive en esta casa? — inquirió mientras daba pasos tentativos al interior.
Nunca le había llevado allí. ¿Sería de un amigo suyo? Pero ¿dejarle un lugar así sin más?
El apartamento en cuestión era pequeñito pero no por eso asfixiante o claustrofóbica. En realidad, estaba hecha para que viviera una persona o dos como mucho. Tenía pocos muebles y estaba escasamente adornado, pero poseía lo imprescindible para el día a día: una mesa, sillas, una televisión, un sofá algo viejo, la cocina… y lo que imaginaba que serían las habitaciones y un cuarto de baño.
Se veía… cómodo.
Agradable.
—Yo— exclamó InuYasha a su espalda con voz tensa.
Kagome sintió su corazón dar un vuelco y se giró para encararlo.
—¿Qué?
Él se encontraba observando al otro lado del salón, con ambas manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros, el cuerpo tenso y la línea de su mandíbula firmemente marcada.
—Esta era la sorpresa— añadió poco después, como si no le hubiera escuchado— Ese misterio que tanto insistías que desvelara… pues aquí está— hizo un ademán a lo que le rodeaba.
Con cada cosa que él iba diciendo, más perdida y desorientada se iba sintiendo, y su corazón más rápido iba bombeando.
—Pero… ¿cómo?
—Se lo alquilé a mi jefe por un buen precio— seguía sin mirarla y Kagome tuvo el imperioso deseo de ordenarle que lo hiciera, aunque se quedó plantada en el sitio—, por eso tuve que hacer horas extras esta última semana. No es muy grande como ves, pero al menos hace el apaño hasta que encuentre algo mejor. Me urgía… encontrar un buen lugar para estar… para que estemos.
Oh.
Oh.
Oh.
Kagome sintió sus piernas temblar al igual que si se hubieran convertido de pronto en gelatinas. Trastabilló hacia atrás y cuando sus pantorrillas chocaron con el asiento del sillón, dejó caer su cuerpo sin dudarlo. El corazón le iba a mil por hora y su estómago lo tenía tan lleno de nudos que amenazaba con soltar su primera papilla.
—¿Kagome?
Sus manos también temblaban. Ella las tenía sobre su regazo como un peso muerto, pero aun así temblaban, pese a que no tenía frío.
¿Qué le pasaba?
—Kagome, oye— la voz de InuYasha se escuchó cerca, demasiado cerca, y al alzar los ojos la chica, descubrió que se había arrodillado delante.
Sus ojos oscuros, con un leve brillo de dorado en el fondo de su mirada, la apresaron una vez más, y todo el aire escapó de sus pulmones con un gemido bajo.
InuYasha se quedó observándola en silencio por lo que pareció una eternidad, como si quisiera memorizar cada palmo de él, antes de alzar una mano y posarla con infinito cuidado sobre su mejilla derecha, la que todavía le picaba un poco.
—¿Eso lo ha hecho él, verdad? — murmuró con la voz enronquecida.
Él.
Había tantas posibilidades en esa pregunta… pero ambos sabían a quién se refería.
—Sí.
Una sola palabra, el resumen de toda su vida en una sola exhalación.
Kagome vio como el cuerpo de InuYasha se tensaba, como su mano libre se convertía en puño y como sus ojos se cerraban repentinamente. No obstante, el roce de su mano seguía siendo igual de tierno e igual de suave que siempre.
—¿Desde cuand-
Soltó un exabrupto bajo, dejando la pregunta a medias. La miró, y el fuego brillaba en sus pupilas, resaltando profusamente sobre su iris oscuro.
—Mi padre me puso frente a un piano desde que podía quedarme en pie— dijo para sí mismo, rememorando las palabras que una vez le había dicho ella. En ese momento, le había parecido admirable la dedicación de Kagome porque lo había visto desde el punto de vista de una niña que había encontrado su meta en la vida a tan temprana edad y actualmente seguía disfrutando de ello. Ahora, sin embargo, lo veía más como otros de los abusos que había sufrido Kagome a lo largo de su vida.
¿Qué hubiera pasado si en vez del piano, su padre le hubiera dado un violín? ¿O hubiera decidido que su futuro sería la medicina, la abogacía, la arquitectura?
Conforme iba asimilando la nueva información, el respeto y la admiración que sentía hacia esa chica creció hasta la estratosfera porque, pese a todo, InuYasha sabía -y había visto- de primera mano que Kagome disfrutaba tocar el instrumento y que, aunque había sido una imposición, ella había podido encontrar un poco de calma y dedicación en aquello que le habían obligado a ser.
—No siempre— dijo de pronto ella, sacándolo de sus pensamientos. Cuando InuYasha se centró en muchacha, la vio observando sus manos, y hasta ese momento él no descubrió que las estaba tocando. Sus manos se habían movido solas para acunar las de la chica sobre el regazo de ella. Ninguno de los dos hizo el amago de apartarse— Él siempre fue… y es… muy estricto con mi educación. Sin embargo, cuando era pequeña mi… "rebeldía" se corregía con castigos, ninguno corporal. En realidad, esta oposición nunca iba a más allá de quejarme un poco porque prefería quedarme algunas veces viendo los dibujos a ensayar después de estar toda la mañana. A mi me gusta… A mi me gusta tocar el piano, InuYasha, lo amo, tienes que créeme, yo me siento en paz cuando lo toco y-y-y…
—Lo he visto— cortó sus repentinos balbuceos con suavidad y dio un suave apretón en su agarre—En casa o en el concierto, he visto el amor que le tienes.
Kagome lo miró con un sentimiento que iba entre el agradecimiento y el alivio, como si escucharlo decir eso ayudara a disminuir un poco el peso de la culpa que recaía sobre sus hombros por lo que estaba diciendo.
—A los doce años, mi fase rebeldía pasó a convertirse en inconformismo y desobediencia, fue mi peor momento. Odiaba cada día que me levantaba, cada segundo de mi existencia… Tocaba el piano, y aunque Myoga me decía que sonaba perfecto, yo solo escuchaba gritos y gemidos viniendo de él. Vivía mecánicamente, me movía igual que si hubiera accionado el botón de piloto automático…— su mirada se perdió en un algún lugar indeterminado— Un día, escapé de casa. Tenía solo doce años y medio y en mi mochila de la escuela solo tenía un par de paquetes de galletas, dos camisetas y el poco dinero que había conseguido ahorrar. Estuve durante todo el día vagando sola por la ciudad… pero antes de que fuera media noche, la policía me encontró y había vuelto a casa, ya que mi padre había denunciado mi desaparición. Aquella vez fue la primera vez que me puso la mano encima.
InuYasha cerró los ojos, con el cuerpo en tensión y la ira bullendo en su cabeza, y se obligó a respirar hondo para ponerse en pie e ir detrás de ese malnacido.
—A partir de ahí, mis prácticas se incrementaron y él siempre que podía estaba presente para asegurarse de que su hija… de que no perdía el interés…— calló y un estremecimiento la recorrió de arriba abajo—. Con el tiempo, este tipo de situaciones pasaron a ser esporádicas. Solo cuando me extralimitaba demasiado y él perdía los nervios, aunque supongo que hoy también los perdí yo…
InuYasha estaba tan centrado en todo lo que estaba escuchando que apenas reparó en su último comentario. En su cabeza, las palabras de Kagome no dejaban de dar vueltas una y otra y otra vez, sumiéndolo cada vez más en esa nube de ira que parecía estar rodeándole.
De pronto, se puso en pie y toda la ira y frustración que se arremolinaba en su pecho fue expulsada en forma de patada, que se llevó una de las sillas que había en el salón.
—¡MIERDA!
—¡I-InuYasha! — exclamó Kagome conmocionada, poniéndose en pie.
—¡He sido un gilipollas! ¡¿Cómo no lo vi antes?! ¡¿Por qué tuve que mirar para otro lado?!
—I-InuYasha, po-por favor…
El muchacho gimió, llevándose las manos a la cabeza y metiendo los dedos entre su cabellos, y se presionó para inspirar y expirar profundamente. No podía perder los nervios, no ahora que Kagome se había abierto a él, pero, carajo, todo era tan difícil… Lo único que deseaba era ir hacia donde estaba ese bastardo de Kane y ahorcarlo vivo por todo lo que le había hecho pasar a su Kagome.
Sintió un suave tacto en su espalda, como si no se atreviese acercarse del todo a él. Aquello fue suficiente incentivo para que la tensión se esfumase del cuerpo de InuYasha como un géiser, y rápidamente se giró hacia ella. No dudó en estirar un brazo, aferrarse al hombro de ella y, pegando un leve tirón, acercarla a su cuerpo.
Necesitaba sentirla a su lado, saber que estaba bien.
—Lo siento— susurró en tono grave, oscuro, culpable— Yo debí… no debí mirar para otro lado cuando tú estabas sufriendo tanto. ¿Cómo pude ser tan estúpido para…?
—Tú no hiciste otra cosa que apoyarme y sostenerme cuando más lo necesitaba— le interrumpió ella, refugiándose en sus brazos una vez más. Estar entre sus brazos era, indiscutiblemente, su lugar favorito en el mundo— Llevo tanto tiempo escondiendo mi realidad, obligándome a ser quién me dictan, que no estaba preparada para decir en voz alta que estaba rota, medio viva— lágrimas se acumularon en sus ojos mientras hablaba, sin embargo, una sonrisa pugnaba por formarse en tus labios— InuYasha… Fue gracias a ti que pude verlo, que pude darme cuenta de lo retorcida… de lo vacía que era mi vida.
—Kagome…— murmuró él, inclinándose para que sus labios estuvieran a un palmo. Olía a salado, a sus lágrimas, y no pudo evitar intentar quitar una a una con su boca, aunque fuese una tarea imposible—Ahora entiendo todo lo que has callado todo este tiempo, por qué no eras capaz de decirme nada. Siento haber sido tan ciego.
—Yo no siento que me hayas ayudado a abrir los ojos— sollozó ella con voz trémula.
InuYasha acunó sus mejillas, sus frentes tocándose mientras sus miradas se perdían en la del otro. Deslizó el pulgar por la hinchazón con infinito cuidado, y Kagome pensó en lo que había ocurrido horas antes. En la noticia detonante que había hecho que se replanteara toda su vida, sus deseos y aspiraciones.
—Espera un momento— susurró InuYasha, cerrando los ojos y posando con suavidad sus labios en aquella zona.
Kagome se dejó llevar por el aleteo de su corazón y sus párpados se bajaron solos. Él se alejó entonces, pero la muchacha no sintió pánico porque sabía que él volvería. InuYasha no la dejaría.
Efectivamente, menos de un minuto después estaba de vuelta a su lado y Kagome se sobresaltó cuando sintió algo gélido en el rostro.
Abrió los ojos súbitamente y se encontró con que InuYasha estaba sosteniendo un poco de hielo en un trapo.
—Te ayudará.
—Gr-gracias.
¿Cuántas veces había tenido que ser ella la que buscara los cubitos de hielo? ¿O la que se preocupara por la hinchazón?
Aquella era la primera vez que alguien estaba velando por ella, y por la forma en la que la miraba InuYasha, parecía dispuesto a interponerse entre una bala y ella.
Su estómago se convirtió en una central eléctrica que amenazaba con prenderla en llamas.
—¿Qué fue esta vez?
Kagome era incapaz de moverse, paralizada por el embrujo de su mirada ambarina.
—Quise escapar corriendo de allí— respondió ella en un hilillo de voz.
InuYasha entrecerró los ojos, exigiendo sin palabras una explicación más profunda.
—La cena con mi padre... fue una encerrona. Nuevamente estaba jugando conmigo, sin importarle mis deseos y aspiraciones, aunque esta vez se metió con algo que yo atesoro muchísimo porque deseo que algún día me pertenezca.
—¿El qué? — el cuerpo de InuYasha se pegó al suyo, como si buscara su calidez.
—Mi futuro.
La respiración de él se detuvo por la inesperada respuesta, pero un fuego estalló en su pecho, una sensación muy parecida al orgullo que sentía por ella.
—Nunca antes me había importado, había aprendido a vivir el día a día y disfrutar de los pequeños placeres que podía robar de aquí para allá— su voz se rompió, y necesitó aclararla para poder continuar—: Pero esta noche, cuando mi padre una vez más hizo una de las suyas, no solo con mi presente, sino con mi futuro también…
—¿Qué quería? — tiró los hielos encima de la mesa y acunó su rostro— ¿Qué quería de ti?
—Pensaba mandarme a Holanda una vez completara la enseñanza obligatoria para terminar mi formación allí y convertirme, con el tiempo, en un prodigio de la música y una de las profesoras de la mejor academia de Europa. El director de esta llevaba tiempo echándome el ojo y el acuerdo tan importante sobre el que tenía que hablar y cerrar con él… tenía que ver conmigo.
—¿Holanda? Pero… pero… eso está muy lejos, ¿no?
Agónicamente lejos. Ella no se podía ir.
Kagome tuvo el absurdo impulso de reír, así que lo hizo. Con la mirada iluminada y una sonrisa de oreja a oreja, rodeó el cuello del chico y descansó su frente sobre la de él.
—Demasiado lejos.
—No puedes irte tan lejos— murmuró él sobre sus labios, y el roce de su aliento causó que los ojos de Kagome se cerrasen.
—No quiero irme— concordó ella, aunque con un tono de tristeza y desamparo.
—Entonces no lo harás— afirmó él decidido.
—InuYasha, no es tan fácil— replicó ella de mala gana, como si se odiase a sí misma por ponerse trabas, cuando en realidad estaba diciendo la verdad— Las clases terminan en dos semanas y yo no cumplo los dieciocho hasta final de año. A efectos prácticos, él tiene todos los derechos sobre mí. Esta pequeña rebelión tendrá sus consecuencias cuando esté en casa con él.
No le importó en su momento y no lo hacía ahora, pues estaba cansada de que el miedo hablara por ella y la condicionara y sentía que estaba haciendo lo correcto, pero eso no cambiaba la realidad que estaba viviendo. Había huido de su padre, le había dejado en mal lugar frente a uno de los hombres más poderosos… y le había enfrentado.
Temblaba ante el simple hecho de pensar lo que podría hacerle al volver.
—No dejaré que te haga nada— declaró él sin un ápice de duda.
—Pero tú te vas a ir…
—No. No hasta que tú no lo hagas conmigo. No pienso dejarte de sola.
Las lágrimas se acumularon en los ojos de la muchacha.
—Pero llevabas soñando con tu independencia por tanto tiempo… no puedo pedirte que ahora que la tienes al alcance de tu mano…
—Venga ya, tonta, tú no me estás pidiendo nada, soy yo el que lo estás decidiendo. ¿De verdad me crees capaz de marcharme de allí y dejarte sola?
No, claro que no, pero sonaba todo tan surrealista. Se había ido haciendo todo este tiempo a la idea de que volvería a estar sola en su casa, que InuYasha se iría y sus encuentros serían más esporádicos hasta que ella también pudiera largarse de esa casa… que…
Kagome cerró los ojos y saboreó con fruición el sinfín de sentimientos que la envolvían cuando InuYasha estaba junto a ella, cuando la sostenía con decisión y ternura en sus brazos: felicidad, anhelo, esperanza, añoranza… amor… Nunca había disfrutado de ellos el tiempo suficiente como para descubrir lo maravillosos que eran, y ahora que había tocado con la punta de sus dedos lo que era sentirse dichosa y en paz gracia a InuYasha, temía volver a la oscuridad porque sería mucho más oscura y fúnebre.
Tenía miedo de vivir sin InuYasha a su lado.
De pronto, sin palabras que decir, Kagome apretó los brazos alrededor de su cuello y se abalanzó sobre sus labios esperando que estos pudieran decirle lo que ella no sabía expresarle con palabras: lo mucho que lo necesitaba, el miedo que tenía, lo agradecida que estaba por su compañía…
Pero cuando los gestos no eran suficientes…
Se separaron lo justo para poder hablar y con la respiración agitada, Kagome lo hizo:
—When I've hit the ground… You're all I need… Because your love lifts me up like helium… Your love lifts me up like helium…
Sintió a InuYasha sonreír por encima de sus labios y la estrujó con ternura contra sí, justo antes de volver a reclamar su boca.
Y, pese a que su mundo estaba patas arriba en ese momento, Kagome sintió que todo estaba bien.
Porque cuando InuYasha la estrechaba entre sus brazos, Kagome se creía volar, ascendiendo muy muy alto para escapar de la realidad; pero también era como si, después de tantos años perdida y desubicada, hubiera encontrado su hogar.
¡Lamento muchísimo la tardanza! T-T Quise traeros el capítulo lo antes posible pero el fin de semana se me alargó más de lo esperado y hasta ahora no podido conectarme. Primero de todo quiero agradecer a todos los que me habéis comentado con respecto a la historia, pero me gustaría hacer una mención especial a aquellos que me habéis dado vuestros buenos deseos para con mis clases. Al final no ha podido ser, pero aún así os doy las gracias de corazón
Segundo, ¡InuYasha ya lo sabe! ¡InuYasha ya lo sabe!
¿Qué creeis que pasará ahora? Jeje
Solo digo que en el siguiente, Shared hobbies, la música va a ser importante (oh, que sorpresa... xD)
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
PD: El grifo de la inspiración esta cortado, así que voy a tener que dejar las actualizaciones a una por semana. En realidad, el problema es que, aunque sé que va a pasar, no cómo plasmarlo teniendo en cuenta que los promts están establecidos y debo jugar con ellos, así que dadme un poco de tiempo. En qué momento decidí meterme en algo como esto...
