Importante: Leed la nota final.


Día 19.

Shared hobbies.


Cuando Kagome escuchó sus pasos bajar las escaleras, su cuerpo se tensó como las cuerdas de un violín.

InuYasha, que se encontraba sentado al lado suya en la mesa la cocina, le echó una rápida mirada de reojo y se repitió mentalmente lo que llevaba diciéndose toda la noche: Cálmate, haz que lo habéis hablado anoche. No te vuelvas loco o será peor.

Pero es que era tan difícil, y más sabiendo todo lo que había tenido que sufrir ella por culpa de ese bastardo…

—¡¿Dónde est-

Kane entró en tromba a la cocina, con un tono de voz bastante elevado y enérgico, y se calló abruptamente cuando descubrió que su hija no estaba a solas en la cocina. InuYasha, el hijo de Izayoi, también se encontraba allí y parecían estar desayunando juntos.

La última vez que Kagome había visto a su padre había sido en la puerta de aquel restaurante carísimo cuando tuvieron esa discusión -o encontronazo- en el oscuro callejón y anoche los dos jóvenes se habían asegurado de no hacer ni un solo ruido al volver cuando los mayores deberían estar dormidos, así que no habían tenido la oportunidad de verse cara a cara hasta ese momento, hasta la mañana siguiente, cuando ya era imposible posponerlo por más tiempo.

Los ojos de Kane se encontraron con los de su hija y con ese simple gesto le dijo todo lo que estaba callando por haber terceros en la habitación. InuYasha se dio cuenta de su expresión, de la tensión que se asentó sobre los hombros de la muchacha, del estremecimiento que ella luchó por contener, y tuvo que apretar las manos bajo la mesa para no ponerse a gruñir como un animal.

Aguanta, no es buena idea que vayas a él y le partas la cara. Si lo haces, sentirás satisfacción, sí, pero momentánea…

—InuYasha— terminó diciendo él, en un tosco saludo, sin siquiera mirarle. Luego, se encaminó cocina adentro hasta la cafetera.

El muchacho hizo como si no le hubiera escuchado y se inclinó sobre su café, removiéndolo a desgana con la cucharita de metal. De pronto, se le había quitado el apetito y lo poco que se había asentado en su estómago no hacía más que revolverse.

Sintió una caricia suave y efímera en una de sus piernas y no necesitó mirar para saber quién había sido, pero aun así ladeó la cabeza y sus ojos se encontraron con esos bonitos orbes chocolate que tanto adoraba por un pequeño instante.

Gracias, leía en su mirada.

InuYasha dibujó una pequeña mueca en sus labios.

En ese momento, y rompiendo la tensión de la habitación, Izayoi apareció por la puerta.

—¡Buenos días a todos! — exclamó con una alegría que desentonaba muchísimo con el ambiente que envolvía a todos— InuYasha, hijo, felicidades. Ya eres todo un hombre— se acercó a él con una sonrisita pícara y se inclinó para colmarlo de sonoros besos en la mejilla derecha.

El muchacho con las mejillas al rojo vivo empezó a retorcerse para que lo soltase.

—¡Mamá, ya vale! ¡Ay, suéltame, no seas pesada!

Izayoi se rio pero terminó haciéndole caso. Después, se quedó mirando con un brillo divertido en sus ojos la vistosa marca de pintalabios en su mejilla.

—¿Qué pasa? ¿Ahora no puedo ni felicitar a mi hijo, que cumple ya por fin sus ansiados dieciocho años? Llevas meses y meses recodándomelo— le picó, acercándose también a la cafetería, donde se había quedado Kane, apoyado en la encimera con una taza en sus manos.

—Hay maneras y maneras, mamá— se quejó, refregándose la mejilla en cuestión.

Una risita proveniente de su lado lo hizo mirar en la dirección, y su corazón pegó un salto cuando vio a Kagome mirándolo con diversión y una bonita sonrisa curvando sus labios.

—¿Hoy es tu cumple? — le dijo con suavidad y parpadeó en su dirección inocentemente— Vaya, no lo recordaba. Felicidades, InuYasha.

Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad y mucho más para no comérsela a besos en ese momento. Maldita niña, sabía cómo tocar su fibra sensible.

—Espero que no hayas hecho planes para esta noche, Kagome. ¿Te lo dijes, recuerdas? — dijo Izayoi ajena a todo, y fueron sus palabras las que hicieron que los chicos despertaran de su letargo y rápidamente apartaran la mirada a esquinas diferentes— Kane y yo debemos salir al medio día, pero esta noche tengo pensado hacer una cena para que lo celebremos en familia. Estoy segura de que nos lo pasaremos muy bien.

—Mamá, te dije…

—De mamá nada, ya está dicho y se hará lo que yo diga, ¿entendido? Ni se te ocurra inventar alguna escusa porque no me la tragaré.

InuYasha refunfuñó algo por lo bajo, pero terminó cediendo. En realidad, era algo con lo que contaba que pasaría y más o menos se había hecho a la idea, pero con los últimos acontecimientos, su reticencia a pasar "tiempo en familia" se había elevado a la estratosfera. Al menos, estaría su madre para suavizar las cosas… y al parecer se le daba bien por cómo se estaba desenvolviendo en el presente.

Izayoi pululó un poco más por la habitación, todos en un tenso y cargado silencio, mientras murmuraba para sí la lista de cosas que tenían que hacer -entre ello oyó algo parecido a "tarta" y "regalo"-, antes de finalmente coger el bolso que había dejado encima de una silla al entrar.

—Ya estoy lista, ¿nos vamos, Kane?

—Sí.

Izayoi se despidió de ambos con una sonrisa y salió primero. Kane, quien iba justo después, le echó una penetrante mirada a su hija y sus labios se movieron como si quisieran decir algo.

InuYasha lo miró de vueltas, esperando a ver si se atrevía a decir algo, pero este al final comprimió sus labios en una línea aún más fina que antes y sacudió la cabeza. Con paso firme y la boca convenientemente cerrada, salió de la cocina tras su esposa.

No fue hasta que se escuchó el portazo de la casa principal que Kagome no se atrevió a exhalar todo el aire que había estado conteniendo en sus pulmones. Se llevó las manos a la cabeza para entremeter el cabello por detrás de la oreja y descubrió que estaban temblando. Ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento.

—Has estado increíble— InuYasha entrelazó sus dedos con ternura por encima de la mesa, atraiéndola hacia él para posar un beso en la parte alta de su cabeza.

—El corazón me iba a mil— susurró ella, escondiéndose en su pecho.

—Te prometí que no dejaría que volviera a hacerte nada, ¿verdad? — acunó su rostro, colocando una mano en el lateral de su cuello— Tienes que confiar en mí.

—Y lo hago, de verdad. Pero es que… es una reacción automática, no puedo hacer nada por evitarlo— se excusó en tono bajo.

InuYasha suspiró.

—Lo sé, cariño.

El silencio se extendió por la cocina por un par de minutos en los que Kagome poco a poco se fue tranquilizando. Cerró los ojos, se dejó llevar por el cálido y varonil aroma que desprendía InuYasha, y cuando volvió a ser ella -calmada y segura-, se separó de él.

—Ayer con todo el lío se me olvidó darte algo— le dijo con el atisbo de un brillo de entusiasmo iluminando sus ojos. InuYasha sintió una sensación cálida recorrer su pecho al ver que, no importaba cómo de mal estuvieran las cosas, ella siempre sería capaz de reponerse. Siempre lo había hecho, pero el verlo de primera mano, el saber el trasfondo del asunto, lo hacía todo mucho más palpable.

—¿Tienes un regalo para mí? —quiso sonar indiferente, pero, honestamente, le entusiasmaba y emocionaba la idea de que ella le hubiera preparado algo.

Kagome asintió enérgica y se apresuró a levantarse.

—Ahora vuelvo, lo tengo en la habitación— le avisó y en un visto y no visto, había corrido escaleras arriba.

Antes de que InuYasha hubiera contado hasta diez, la muchacha estaba de vuelta y le tendía un paquete primorosamente envuelto de poco más de doce centímetros de anchura y altura. InuYasha lo cogió bajo la atenta mirada de ella, quien se mordisqueaba el labio inferior con nerviosismo.

—¡Vamos, ábrelo! — azuzó con un bonito rubor cubriendo sus mejillas. Aunque no se notaba mucho por el maquillaje que se había echado esa mañana para tapar el golpe, InuYasha sabía que debía estar ahí.

Sintiendo un estúpido cosquilleo en las tripas, InuYasha desenvolvió el papel de colores y se quedó un momento pillado al descubrirlo.

Era una caratula de plástico, cuadrangular, de no más de un centímetro de profundidad. Encima de esta había impresa una imagen de un paisaje nevado, de unas montañas rocosas, y sobre ella, escrito a rotulador con una prolija letra, se leía:

Adivina, adivina.

Feliz cumpleaños, InuYasha.

El mencionado alzó la cabeza súbitamente y su mirada se encontró con la de la chica, quien le instó abrirlo con un movimiento de cabeza. Casi parecía que estaba pegando saltitos en el lugar de puro nerviosismo.

Lentamente, el muchacho abrió la portada para descubrir que había en su interior. En la parte izquierda había un DVD mientras que en la de la derecha había colocado otro papel también escrito. «Índice de canciones», decía; y más abajo:

«1. Promise of the World [El castillo ambulante]

2. ¿?

3. Main Theme & One Day [Piratas del Caribe]

4. ¿?

5. Main Theme [Jurassick Park]

6. ¿?

7. I'm Forrest… Forrest Gump. [Forrest Gump]

8. ¿?

9. This land & Remember [El rey león]

10. ¿?

11. Married Life [Up]

12. ¿?

13. Hedwig's theme & Lily's Theme [Harry Potter]

14. ¿?

15. Flying & Fairy Dance [Peter Pan]

16. ¿?

17. One summer's day [El viaje de Chihiro]

18. ¿?

19. Love Story (Taylor Swift) [Cartas a Julieta]

20. Helium (Sia)»

—Es…— jadeó, alzando la mirada para buscar la suya después de haberlo leído al completo— ¿Es lo que creo que es?

Kagome le lanzó una sonrisita nerviosa y se encogió ligeramente de hombros.

—¿Canciones tocadas por mí? Sí, lo es. He metido muchas de las que he usado en el juego de adivinanzas que teníamos… y también algunas nuevas, que, como ves, no te he dicho cuáles son, esas debes adivinarlas tú— se quedó mirando sus manos como si fuera lo más interesante del universo— Lo hice porque sé que te gustaba mucho escucharme tocar y porque pensé que te ibas a ir… y entonces ya no podríamos tener estos momentos, así que… creí qu-que estaría bien que te llevaras un pedacito de nuestro juego contigo... Sé que es algo tonto pero-

—¿Puedes dejar de decir que es tonto cada cosa que haces? — cortó bruscamente el muchacho, causando que la chica se sobresaltara. Lo miró como un cervatillo observaría las luces de un coche acercándose a toda velocidad hacia él— Primero con el anillo, que por cierto, guardo a buen recaudo en mi habitación, y ahora con esto. ¿Por qué no crees que me gustaría? Honestamente…— InuYasha miró el disco en sus manos, y una enorme sonrisa se formó en sus labios— creo es el mejor regalo que nunca nadie me había hecho. Me encanta. Es increíble.

Kagome sintió como si le hubieran quitado un gran peso de sus hombros y no pudo evitar sonreírle en respuesta, contagiada por la expresión de entusiasmo y adoración que había en el rostro del muchacho. Había tenido muchos quebraderos de cabezas durante varias semanas para pensar qué podía regalarle ya que ella era horrible para esas cosas, y un día que estaba tocando el piano, sus dedos se movieron solos y dejó la melodía que debía estar ensayando de lado para tocar los primeros acordes de Helium, y entonces la idea le vino rodada.

Había tenido que hacerlo con mucho cuidado para que ni su padre ni InuYasha se enterasen de lo que estaba tramando, y al final había conseguido salir indemne de la travesía. El disco había sido grabado con éxito y a InuYasha… le había encantado.

Se regodeó en la cálida sensación que se adueñó de todo su organismo; esa que solo InuYasha era capaz de hacerle sentir.

—¿Puedo probarlo? — inquirió InuYasha entusiasmado.

Apenas le dio tiempo a Kagome a sacudir la cabeza afirmativamente que el chico se había levantado, y cogiéndole de la mano, estaba tirando de ella hacia la sala de música. La soltó cerca del banquillo del piano y él se acercó al equipo de música. Insertó el disco, tratándolo con muchísimo cuidado, como si estuviera echo de cristal, y pronto las primeras notas musicales sonaron por los altavoces.

InuYasha cerró los ojos y se dejó llevar por el sinfín de sentimientos que le trasmitía las prodigiosas manos de la chica.

—Dicen que la música amansa a las fieras— bromeó Kagome en un murmullo al ver la expresión de total calma que mostraba él.

InuYasha arqueó una ceja en su dirección con una media sonrisita, pero terminó poniendo los ojos. En silencio, se acercó a dónde estaba ella y al sentarse a su lado en la banca, juntos se sumieron en un agradable y cómodo silencio, amenizado por la increíble interpretación que se oía por los altavoces.

—¿Por qué te gustan tanto las bandas sonoras? — inquirió en algún momento, dándole vueltas a una idea que llevaba tiempo rondando por su cabeza.

Kagame se sorprendió en un primer momento por la pregunta, pero luego se mostró pensativa.

—Creo que... por todo lo que son capaces de transmitir. Porque en el momento en el que estás viendo la película, te envuelven y atraen hasta hacerte sentir lo que el compositor exactamente quiere que sientas: tensión, alegría, tristeza, miedo, incertidumbre… Y no solo eso, las buenas melodías son aquellas que, además, cuando la escuchas aparte, son capaces de hacerte sentir lo mismo que cuando estabas viendo la película. Si cierras los ojos mientras la oyes, eres capaz de revivir la película en tu cabeza. Es casi… mágico. Estamos hablando de un nivel al muy pocos son capaces de llegar a él— lo miró de reojo con disculpa— No sé si me estoy explicando bien o si me estás entendiendo siquiera. Lo siento.

—Tranquila, creo que lo he pillado— InuYasha soltó una suave carcajada ante el aturullamiento que la chica estaba sintiendo. Lentamente, extendió una mano y tocó la de ella, entrelazando sus dedos con ternura.

Kagome se quedó mirando la unión de sus manos con una dulce sonrisa. De fondo, la melodía había cambiado a una mucho más enérgica.

—¿Y no has pensado que tú podrías conseguir alguna vez algo como eso?

—¿Yo? — inquirió con genuina sorpresa, y de verdad se vio como si nunca hubiera pensado en esa posibilidad.

—Sí, ya sabes. A ver, yo no conozco el rollo que hay detrás de una película, pero imagino que todos los que alguna vez le han puesto la música a una… antes tuvieron que aprender a tocar y ser buenos en su terreno, como te pasa a ti. ¿Nunca has pensado en intentar meterte en ese mundillo? — le dio un apretón de aliento— Seguro que harías alguna realmente preciosa, o aterradora, o misteriosa, lo que sea que se necesite, y la gente estará igual de emocionada que tú lo estás ahora cuando te escuchen.

Kagome se veía realmente fuera de lugar mientras lo observaba.

—Yo no… yo nunca…— balbuceó abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua; la cerró abruptamente y sacudió la cabeza— Siempre he tocado canciones que otros han compuesto, ya sea melodías clásicas que me enseñaban en la academia o las de las películas o canciones que me gustaban… yo… nunca…

—¿Porque no quieres, o porque no te has atrevido nunca? — inquirió InuYasha con suavidad.

Kagome no supo que responder.

Su vida y futuro siempre había estado dedicada a la música, y siempre había sabido que de alguna manera estaría ligada a ella porque la música era parte de sí misma y nunca podría desprenderse de ella. Pero nunca había considerado, ni de lejos, la idea que poder crear su propia música, algo que fuera suyo y que otra persona amaría al igual que ella amaba y atesoraba cientos de canciones y melodías que tenían un gran significado para ella.

Si la reunión del señor Peters y su padre hubiera tenido lugar en una realidad en la que ella no hubiera conocido a InuYasha, Kagome estaba segura de que no le habría importado la espontaneidad de los acontecimientos. Es decir, sí se habría molestado porque su padre se lo hubiera ocultado hasta el último momento, pero nunca habría dudado sobre el hecho de que ella habría terminado aceptado el trato. Se habría ido a estudiar a Ámsterdam, habría tocado para reyes, reinas, presidentes y personas influyentes de toda Europa, América o incluso el mundo, y con el pasar de los años, habría terminado enseñando en el lugar que le ayudó a dar sus primeros pasos en compensación. Sí, esa es la vida que aspiraba su padre que tuviera.

Pero, ¿y esta Kagome? ¿Realmente quería eso?

Porque ya no solo estaba refiriéndose a que su padre pensaba mandarla al otro lado del mundo, la insondable distancia que habría entre InuYasha y ella si, hipotéticamente, decidía marcharse y aceptar la oportunidad que le estaba brindando el señor Peters.

¿Esa es la vida que verdaderamente deseaba tener? En esos ambientes tan aristócratas y pomposos, viajando de un lugar a otro, tocando música que otros deseaban escuchar mientras la que realmente ella deseaba tocar se quedaría en meros instantes robados a su ocupada vida. Instruyendo niños en materia que no le apasionaba, porque ella jamás podría hablar en clase de la composición magistral que era La vida es bella, acústicamente hablando: los matices, ritmos y melodías que la formaban.

¿Es eso a lo que ella aspiraba?

No. No podría hacerlo.

No quería hacerlo.

Se había llevado toda su vida siguiendo un camino que su padre le había trazado cuidadosamente, como Dorothy y la ciudad de Oz con el camino de baldosas amarillas, hasta el punto de que nunca había hecho el amago de preguntarse qué es lo que ella deseaba y quería hasta que, una vez más, fue InuYasha quién le ayudó a abrir los ojos.

¿Cuán descabellado podía sonar eso?

—Porque no me he atrevido nunca— confesó en voz alta al hilo de sus pensamientos, y su declaración le sorprendió porque eso lo hacía todo más… real.

InuYasha dejó pasar un par de segundos para que ella saborease su momento en soledad, asimilando sus palabras, y cuando ella le miró, el chico le tenía preparado la sonrisa que decía lo orgullosa que estaba de ella. Extendió su mano libre y le acarició con suavidad la mejilla.

—Ha llegado el momento de que dejes de limitarte a imitar a otros para que empieces a crear tus propias melodías.

Los ojos de Kagome se aguaron de la emoción, de la incertidumbre y el deseo… Por todos los sueños escondidos y recluidos en un rincón de ella que, poco a poco, iban saliendo, haciéndose un huequito en su conciencia.

—InuYasha… tengo miedo…

—No te dejes llevar por él. Es normal sentirlo porque es un paso muy importante el que vas a dar, pero no dejes que te paralice. Úsalo para impulsarte más lejos, más alto aun— respondió él con convicción.

Kagome no pudo contenerse y le besó. Le besó dándole todo de sí y reclamándole cada parte de él, porque se pertenecían el uno al otro. Se complementaban como dos piezas de un puzle.

Love Story de Taylor Swift, interpretada por la excelentísima Kagome Higurashi, empezó a oírse en la habitación.

Todo comenzó un pequeño juego; un momento compartido entre ambos que no tenía peso alguno en sus vidas, que lo hacían como un modo de despejarse y olvidarse de los problemas de la vida.

Ahora, se había convertido en toda una declaración de sus intenciones. Del futuro que no dejaría que nadie, jamás, le arrebatase de sus manos.


NOTA: Sé que la historia debería constar de 31 capítulos según el reto Flufftober, pero después de mucho pensar y estar horas y horas delante de la pantalla del ordenador, sinceramente he preferido traeros los cuatro últimos que quedan (me he quedado en el 22) y darle un final prácticamente cerrado a la historia a dejar la historia permanentemente en hiatus. Creo que os lo merecéis, después de haber esperado por tanto tiempo una continuación y por todas las veces que me habéis preguntado si algún día volvería actualizar Helium. Si algún día me animo, os traeré los siguientes, aunque estos no son más rellenos de su vida juntos y alguna cosita que se me habían ocurrido.


Hum, sí. ¡Hey, estoy viva! ¡Y aquí, casi dos años después! Quién lo diría, ¿eh? Siento muchísimo este silencio pero mis últimos dos años han sido un no parar (entre ese famoso curso sí, al que al final entré; y después mi incursión en la vida laboral adulta que... puaj) y mi sequía inspiracional con estos chicos solo puedo catalogarla como catastrófica. Pero en fin, han sido muchos los que me habéis preguntando por aquí y por mis otras historias si continuaría Helium, así que he decidido hacer un último esfuerzo por vosotros (y por mis InuKag de este mundo que se lo merecen) para traeros estos últimos cuatro últimos capítulos de la historia. Siento si pensáis que es un final abrupto, pero he intentado hacerlo lo mejor posible y tal y como se merecían mis niños.

Ahora con respecto a la historia: he muerto escribiendo a Kagome tan perdida y a InuYasha tan deseoso de ayudarla y apoyarla en todo lo que quisiera hacer. ¿Os ha gustado el cap?

Para el siguiente, Tulips, vestíos de gala que hemos sido invitados a otro concierto

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!