Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Asesinato para principiantes" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.


Capítulo 18

—Es una fiesta en una casa, no una obra de teatro —dijo Bella, intentando apartar el rostro de las manos de Tori. Pero su amiga la tenía bien sujeta: era un secuestro facial.

—Sí, pero eres afortunada: tienes el tipo de cara a la que le quedan bien las sombras de ojos. Estate quieta, ya casi está.

Bella suspiró y se quedó quieta, resignada a dejarse acicalar. Aún estaba un poco enfadada porque sus amigas le habían hecho quitarse el overol que llevaba y ponerse un vestido de Leah que era lo suficientemente corto para parecer una camiseta. Las otras se habían reído un montón cuando lo dijo.

—Chicas —llamó la madre de Bella desde el piso de abajo—, será mejor que se den prisa. Charlie ha empezado a enseñarle a Leah sus pasos de baile.

—Ay, por favor —dijo Bella—. ¿Estoy ya? Tenemos que ir a rescatarla.

Tori se inclinó hacia ella y le sopló en la cara.

—Lista.

—Genial —dijo Bella cogiendo su bolso y comprobando, una vez más, que su teléfono tenía la batería completamente cargada—. Vamos.

—¡Hola, tesoro! —saludó su padre a todo volumen mientras Bella y Tori bajaban por la escalera—. Leah y yo hemos decidido que yo también debería ir a vuestra fiesta despolle.

—Destroyer, papá. Y ni muerta diez veces.

Charlie avanzó en dos grandes zancadas, envolvió los hombros de Bella con el brazo y la achuchó. —Mi pequeña Florecita va a ir a una fiesta en una casa.

—Lo sé —dijo la madre de Bella con una sonrisa amplia y brillante—. Con alcohol y chicos.

—Sí. —Charlie se apartó y miró a Bella de arriba abajo, con expresión seria y un dedo levantado—. Bella, quiero que recuerdes que debes ser, al menos, un poco irresponsable.

—De acuerdo —contestó ella cogiendo las llaves del coche, dirigiéndose a la puerta—. Adiós, queridos padres raritos y anormales.

—Adiós a usted también, estimada dama —dijo Charlie con dramatismo, mientras se agarraba a la barandilla y se inclinaba hacia las chicas, como si la casa fuera un barco que se hundía y él el heroico capitán que se ahogaba con él.


Hasta la acera de fuera vibraba con la música. Las tres se acercaron a la puerta y Bella levantó la mano para llamar. Cuando lo hizo, la puerta se movió hacia dentro y les mostró el camino hacia una retorcida cacofonía de melodías metálicas con bajos profundos, conversaciones farfulladas y tenue iluminación.

Bella dio un paso dentro, cautelosa, y su primera respiración dentro se llenó del húmedo olor metálico del vodka, con notas de sudor y un ligero toque de vómito. Vio al anfitrión, George, el amigo de Sam, que intentaba encajar su cara con la de una chica un año menor que él, con los ojos abiertos. Miró en su dirección y, sin romper el beso, los saludó por detrás de la espalda de su pareja.

Bella no estaba dispuesta a ser la receptora de tal saludo, así que lo ignoró y empezó a caminar por el pasillo. Tori y Leah iban a su lado, y esta última tuvo que pasar por encima de Paul, de su clase de Política, que estaba desplomado contra la pared y roncaba con suavidad.

—Esto parece... la idea de diversión de alguna gente —murmuró Bella entrando en el salón tipo loft y adentrándose en el caos de bullicio adolescente que allí reinaba.

Había gente perreando y bailando de todas las maneras imaginables al son de la música, torres de botellas de cerveza que se tambaleaban peligrosamente, monólogos de borracho sobre el sentido de la vida gritados a través de la estancia, trozos de alfombra empapados, frotamientos de entrepierna muy poco sutiles y parejas aplastadas contra las paredes, chorreando sudor y humedad.

—Tú eres la que estaba loca por venir —dijo Leah saludando a unas chicas de sus clases extraescolares de teatro.

Bella tragó saliva.

—Sí. Y la Bella del presente siempre está encantada con las decisiones de la Bella del pasado.

Sam, Harry y Theo las vieron en ese momento y se dirigieron hacia ellas, maniobrando entre la multitud tambaleante.

—¿Todo bien? —preguntó Harry dándoles a las tres unos torpes abrazos—. Llegan tarde.

—Lo sé —contestó Leah—, tuvimos que volver a vestir a Bella.

Ella no entendía que su overol pudiera causar vergüenza ajena pero que los movimientos de baile espasmódicos de las amigas de teatro de Leah, que parecían robots que hubiesen sufrido un cortocircuito, fueran completamente aceptables.

—¿Hay vasos? —preguntó Tori, que sostenía una botella de vodka con limón.

—Sí, vengan por aquí —dijo Sam llevando a Tori hacia la cocina.

Cuando Tori volvió con una bebida para ella, Bella tomó varios tragos imaginarios mientras asentía y se reía siguiendo la conversación. En cuanto pudo, se escabulló hacia el fregadero de la cocina, tiró su copa y la rellenó con agua.

Más tarde, cuando Theo se ofreció a ir a por otra, tuvo que volver a usar el mismo truco y se vio acorralada en una esquina por Joe Chroma, que se sentaba detrás de ella en Lengua, con quien tuvo que mantener una conversación. El único humor que el chico manejaba era decir frases ridículas, esperar a que su víctima pusiera cara de confusión y luego decir: «Soy Joe Chroma y estoy de broma».

Después del tercer chascarrillo, Bella se excusó y fue a esconderse en una esquina, por fin sola. Se quedó allí en la oscuridad, tranquila, y se dedicó a mirar atentamente la estancia. Observó a los bailarines y a los que se besaban con entusiasmo desmedido; buscaba algún signo de trapicheo, pastillas o mandíbulas desencajadas. Alguna pupila dilatada. Cualquier cosa que la pudiera conducir hasta el camello de Sid.

Pasaron diez minutos enteros y Bella no vio nada sospechoso, más allá de un chico llamado Stephen que rompió un mando de televisión y ocultó las pruebas en un jarrón de flores. Lo siguió con la mirada: el chico vagaba por la habitación de camino hacia la puerta trasera, y vio que se sacaba un paquete de cigarros del bolsillo trasero del pantalón.

Pues claro.

Fuera con los fumadores: ese es el primer sitio en el que tenía que haber mirado. Bella cruzó la marabunta protegiéndose con los codos de los borrachos tambaleantes.

Fuera había un grupo de gente. Un par de sombras rodaban la cama elástica al fondo del jardín. Una llorosa Angela Weber se lamentaba a gritos por el móvil, al lado del cubo de la basura. Dos chicas de su clase en un balancín para niños parecían estar manteniendo una conversación seria que matizaban con ocasionales gestos de asombro en los que se llevaban una mano a la boca. Y Stephen Thompson, o Timpson, que se sentaba delante de ella en Mates. El chico estaba encaramado al muro del jardín, con una chusta en la boca y buscaba algo con ambas manos en todos sus bolsillos.

Bella se acercó hasta allí.

—Hola —saludó, y se subió al muro.

—Hola, Isabella —dijo Stephen sacándose el cigarrillo de la boca para poder hablar—, ¿qué hay?

—Nada nuevo —respondió ella—. Aquí ando, a ver si doy con Mary Juana.

—No la conozco, lo siento —dijo él, y por fin encontró lo que buscaba: un mechero verde fosforito.

—No es una chica. —Bella se volvió hacia él para echarle una mirada significativa—. Estoy intentando pillar un maca.

—¿Perdona?

Esa mañana Bella se había pasado una hora en internet buscando los nombres actuales que se usaban en la calle.

Lo intentó otra vez. Bajó la voz hasta susurrar:

—Ya sabes, busco algo de hierba, un porro, un cigarro de lechuga hippie, tabaco de la risa, grifa, flai... Ya sabes lo que quiero decir. Mandanga.

Stephen estalló en risas.

—Ay, Dios —se desternilló él—, estás muy peda.

—Ya te digo. —Bella intentó fingir una risita de borracha, pero más bien le salió de villana de película—. Y bien, ¿tienes o no? ¿Algo de costo fulero?

Cuando dejó de reírse, se volvió para mirarla de arriba abajo durante un momento bastante largo. Sus ojos se recrearon de manera obvia en su pecho y en sus piernas pálidas. Bella ahogó un grito y sintió un pegajoso ciclón de asco y vergüenza. Mentalmente le lanzó un reproche en toda la cara, pero por fuera tuvo que quedarse callada. Estaba allí como infiltrada.

—Sí —respondió él mordiéndose el labio de abajo—, puedo liarnos un porro. —Buscó otra vez en los bolsillos y sacó una pequeña bolsa de hierba y un librillo de papel de fumar.

—Sí, por favor —asintió Bella, que empezaba a sentirse ansiosa, emocionada y un poco mareada—. Líalo ahí; envuélvelo como un... eh... crupier manejando un dado.

Él se volvió a reír de ella, lamió el borde del papel para humedecerlo e intentó mantener contacto visual con Isabella con su rechoncha lengua rosada aún fuera. Bella miró hacia otro lado. Se le ocurrió que quizá esta vez había ido demasiado lejos por un proyecto que, al final, no era más que unos deberes. Quizá sí. Pero esto ya no era solo un proyecto. Esto era por Billy, por Edward. Por la verdad. Por ellos, podía con todo.

Stephen encendió el porro y le dio dos largas caladas antes de pasárselo a Bella. Ella lo cogió de forma rara entre los dedos medio e índice y se lo llevó a los labios. Volvió la cabeza de forma abrupta para que el pelo le tapase la cara, y fingió darle un par de caladas.

—Mmm, un material buenísimo —dijo ella devolviéndoselo—. Te deja fumadísimo.

—Estás guapa esta noche —le dijo Stephen, que le dio otra calada y se lo ofreció a ella de nuevo.

Bella intentó cogerlo sin que sus dedos tocaran los del chico. Le dio otra falsa calada pero el olor era empalagoso y tosió mientras intentaba hablar.

—Oye —dijo devolviéndoselo—, ¿dónde puedo conseguir algo de esto?

—Puedes compartir el mío.

—No, quiero decir, ¿a quién le compras? Ya sabes, para poder comprarle yo también.

—A un tío del centro. —Stephen se deslizó en la valla, acercándose a Bella—. Se llama Howie.

—Y ¿dónde vive? —preguntó Bella; le devolvió la maría y usó el movimiento como excusa para apartarse de Stephen.

—Ni idea —contestó él—. No vende en su casa. Yo suelo quedar con él en el aparcamiento de la estación, en la parte del fondo, donde no hay cámaras.

—¿Por la tarde?

—Normalmente sí. A la hora que él me mensajee.

—¿Tienes su número? — se Bella agachó hacia su bolso para agarrar el celular—. ¿Me lo das?

Stephen negó con la cabeza.

—Se cabrearía mogollón si supiera que ando dándolo por ahí. No necesitas ir tú; si quieres algo, puedes darme el dinero y yo te lo consigo. Hasta te hago un descuento —le dijo él, y luego le guiñó un ojo.

—La verdad es que preferiría comprarle a él directamente —insistió Bella sintiendo el calor del enfado subirle por el cuello.

—No puedes. —Él negó con la cabeza, sin despegar los ojos de la boca de la chica.

Bella apartó la vista con rapidez, de forma que su pelo negro formó una cortina entre ambos. Su frustración era tan grande que engullía todos sus demás pensamientos. Él no iba a parar, ¿verdad? Y entonces se le ocurrió.

—Bueno, ¿cómo puedo comprar a través de ti? —preguntó, y agarro el porro de la mano del chico—. Ni siquiera tienes mi número.

—Y eso es una vergüenza —dijo él, con una voz tan babosa que prácticamente le chorreaba desde la boca. Sacó el móvil del bolsillo. Pasó el dedo por la pantalla para marcar su contraseña y le dio el teléfono desbloqueado—. Pon ahí tu número.

—Vale —asintió Bella.

Abrió la aplicación de la agenda y se volvió, quedó de cara a Stephen para que este no pudiera ver la pantalla. Tecleó «how» en el cajetín de búsqueda y fue el único resultado que apareció. «Howie Bowers» y su número de teléfono. Estudió la secuencia de números. Mierda, no iba a ser capaz de recordarlos todos. Pero se le ocurrió otra idea. A lo mejor podía sacar una foto de la pantalla; su propio teléfono estaba en el muro, justo a su lado. Pero Stephen estaba mirándola, con un dedo en la boca. Necesitaba alguna distracción. De repente dio un respingo hacia delante y al hacerlo tiró el porro al césped.

—Perdona —dijo—, pensé que tenía un bicho.

—No te preocupes. Yo lo agarro. —Stephen se bajó del muro.

Bella solo tenía unos segundos. Cogió su celular, lo puso en modo cámara y lo colocó sobre la pantalla del otro.

Tenía el corazón a mil, parecía que se le iba a salir del pecho.

La cámara perdió unos preciosos segundos enfocando.

Apretó el botón.

La pantalla se iluminó, Bella tomó la foto, y dejó caer su teléfono en el regazo justo cuando

Stephen se volvió hacia ella.

—Todavía está encendido —dijo encaramándose otra vez al muro y sentándose demasiado cerca de ella.

Bella le devolvió el teléfono a Stephen.

—Oye, lo siento, pero creo que no quiero darte mi número —le informó—. He decidido que las drogas no son lo mío.

—No seas calientabraguetas —protestó Stephen cerrando los dedos alrededor de su teléfono y la mano de Bella. Luego se inclinó hacia ella.

—No, gracias —insistió mientras se apartaba—. Creo que me voy para dentro.

Y entonces Stephen puso la mano en el cuello de Bella, la arrastró hacia sí y le buscó la cara.

Ella se retorció para soltarse y le dio un empujón. Lo empujó tan fuerte que él se cayó del muro y quedó espatarrado sobre la hierba mojada.

—Zorra estúpida —la insultó; acto seguido se levantó y se limpió los pantalones.

—Depravado, simio fracasado y pervertido. Sin ánimo de ofender a los simios —le gritó Bella como respuesta—. He dicho que no.

Y entonces se dio cuenta. No sabía cómo o cuándo había pasado, pero de repente estaban solos en el jardín.

El miedo la paralizó un instante y le erizó la piel.

Stephen se subió de nuevo al muro y Bella se volvió y, a toda prisa, fue hacia la puerta.

—Eh, no pasa nada, podemos seguir hablando un rato —dijo agarrándole de la muñeca para volver a acercarla a él.

—Suéltame, Stephen —le escupió ella.

—Pero...

Bella tomo su propia muñeca con la otra mano y apretó, clavándole las uñas en la piel al chico. Stephen dio un gritito y la soltó, y Bella no lo dudó. Corrió hacia la casa, cerró de un portazo y echó el pestillo.

Dentro, se aventuró entre el gentío que atestaba la pista de baile improvisada sobre una alfombra persa y avanzó mientras la empujaban de un lado a otro. Buscó entre los miembros que se agitaban y las caras sudorosas que reían. Buscó la seguridad del rostro de Tori.

Entre todos esos cuerpos, el aire estaba viciado y hacía calor.

Pero Bella estaba temblando, un frío que era el resultado del miedo que había pasado la estremeció e hizo que las rodillas desnudas le temblaran.