Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Asesinato para principiantes" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 19
Ya había leído trece capítulos bajo la tenue luz plateada de la linterna del móvil cuando vio una figura solitaria que cruzaba bajo una farola. Bella estaba en su coche, aparcada en la esquina más lejana del aparcamiento de la estación, escuchando los correspondientes chirridos y voces de los trenes provenientes de Londres o Aylesbury cada media hora.
Hacía una hora más o menos que se habían encendido las farolas, cuando el sol había empezado a retirarse dejando la ciudad sumida en un azul oscuro.
Las luces tenían un estridente color amarillo anaranjado e iluminaban la calle con un incómodo brillo industrial.
Bella escudriñó a través de la ventanilla. Cuando la figura pasó bajo la luz, vio que era un hombre que llevaba un anorak verde oscuro con una tira de pelo naranja en la capucha. Esta proyectaba una máscara de sombras que solo dejaba ver, apenas iluminada, una pequeña porción triangular de la parte inferior de su cara.
Apagó rápidamente la linterna del móvil y dejó Grandes esperanzas en el asiento del copiloto. Deslizó hacia atrás su asiento para poder agacharse en el suelo del coche y así escondida vigilar con los ojos pegados a la ventanilla.
El hombre caminó hasta el fondo del aparcamiento y se apoyó contra la valla, en un espacio en penumbra entre los dos haces de luz naranja de las farolas. Bella lo observó, conteniendo el aliento para que este no empañara la ventana y le impidiese ver.
Con la cabeza agachada, el hombre sacó un teléfono de un bolsillo. Cuando lo desbloqueó y la pantalla se iluminó, Bella pudo verle por fin la cara: un rostro huesudo y anguloso con una cuidada barba oscura de dos días. A Bella no se le daba demasiado bien averiguar la edad de la gente, pero diría que, más o menos, rondaba los veintimuchos o treintaypocos.
Cierto que no era la primera vez esa noche que creía haber dado con Howie Bowers. Había espiado agachada a otros dos hombres. El primero se dirigió a un coche abollado, se subió y se fue. El segundo se detuvo a fumar durante el tiempo suficiente como para que a Bella se le parara el corazón. Pero luego se acabó el cigarro, abrió un coche desde la distancia con el correspondiente pitido y también se largó.
Pero hubo algo que no encajó con esos dos: iban vestidos de traje y con abrigos caros, claramente viajeros del tren procedentes de la ciudad. Este hombre, sin embargo, era diferente.
Vestía jeans y un anorak, y no había duda de que estaba esperando algo. O a alguien Los pulgares del hombre tecleaban en la pantalla a toda velocidad. Probablemente estuviera mandando un mensaje a un cliente para decirle que ya estaba allí. Un isabellismo típico, suponer cosas sin estar segura. Pero tenía una forma de averiguar si este misterioso hombre de la parka era Howie. Sacó el móvil, con cuidado de mantenerlo bajo y con la pantalla pegada a su cara para que la luz no la delatase. Buscó en sus contactos hasta dar con Howie Bowers y pulsó el botón de llamada.
Con los ojos pegados a la ventanilla y el pulgar preparado sobre la tecla de colgar, Bella esperó. Cada segundo que pasaba, sus nervios aumentaban.
Entonces lo oyó.
Mucho más alto que el sonido que salía de su propio teléfono.
Un sonido mecánico que imitaba el graznido de un pato emergió de las manos del hombre.
Ella observó cómo tocaba el móvil y lo levantaba hasta el oído.
«¿Hola?» La voz le llegó distante desde el exterior, amortiguada por la ventanilla. Una milésima de segundo después, la misma voz sonaba en su móvil. Era la voz de Howie, estaba claro.
Bella colgó y vio a Howie Bowers bajar el móvil y mirarlo, con las cejas gruesas y llamativamente rectas juntándose en gesto de confusión. Marcó algo en el móvil y volvió a llevárselo al oído.
—¡Mierda! —susurró Bella mientras silenciaba su móvil a toda velocidad.
No había pasado ni un segundo cuando la pantalla se iluminó con una llamada entrante de Howie Bowers. Bella pulsó el botón de bloqueo y dejó que la llamada siguiese sonando en silencio; el corazón le latía desbocado contra las costillas. Había estado cerca, demasiado cerca. Qué estúpida no haber ocultado su número, pero qué estúpida.
Howie guardó el móvil y se quedó allí esperando, con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos. Por supuesto, aunque ella ahora ya supiera que este hombre era Howie Bowers, no estaba segura de que fuera la misma persona que le pasaba las drogas a Sid.
El único hecho comprobado era que Howie ahora mismo les estaba pasando droga a los chavales del instituto, los mismos que antes le compraban a Sid. Podría ser una coincidencia. Howie Bowers no tenía por qué ser el mismo hombre para el que ella había vendido hacía ya tanto tiempo. Pero en una ciudad como Kilton, no podías confiar en las casualidades.
Justo en ese momento, Howie levantó la cabeza y asintió un par de veces. Luego Bella las oyó, un ruido muy marcado de pisadas rápidas que resonaban más alto sobre el cemento a medida que se acercaban. No se atrevió a moverse para mirar quién era la persona que se aproximaba, pero cada pisada parecía retumbar en su interior a medida que seguían acercándose. Y entonces la persona quedó a la vista.
Era un hombre alto que llevaba un abrigo largo beige y unos brillantes zapatos negros, cuyo brillo y ruido los delataban como nuevos. Tenía el pelo oscuro y muy corto. En cuanto llegó a la altura de Howie, se detuvo y se apoyó en la valla a su lado. A Bella le llevó unos segundos entornar los ojos para enfocar bien la vista. Y entonces dejó escapar un gritito sofocado.
Conocía a ese hombre. Conocía su cara de las fotos de la plantilla que había en la web de El Correo de Kilton. Conocía su voz de la tensa entrevista que tuvieron por teléfono. Era Stanley Forbes.
Stanley Forbes, un tipo ajeno a la investigación de Bella que, sin embargo, acababa de aparecer por segunda vez. Tatum Prescott dijo que estaba medio liada con él y ahora allí estaba, al lado del hombre que probablemente hubiera pasado drogas a la hermana de Tatum.
Los dos hombres aún no habían hablado. Stanley se rascó la nariz y luego sacó un sobre grueso del bolsillo. Lo puso en el pecho de Howie y fue cuando Bella se dio cuenta de que la cara de Stanley estaba roja y las manos le temblaban.
Sacó el teléfono y, tras desconectar el flash, hizo un par de fotos de ese encuentro.
—Esta es la última vez, ¿te queda claro? —masculló Stanley, sin hacer el menor esfuerzo por bajar la voz. Bella oyó perfectamente las palabras a través del cristal de la ventanilla del coche—. No puedes seguir pidiéndome más. No tengo.
Howie habló bastante más bajo y Bella solo pudo oír el principio y el final de su frase:
«Pero... contarlo». Stanley se le encaró.
—No creo que te atrevas.
Se miraron a la cara durante un tenso e interminable momento, luego Stanley se volvió y se alejó a toda prisa, con el abrigo ondeando tras él.
Cuando se quedó solo, Howie abrió el sobre para mirar su contenido y luego lo guardó en el abrigo. Bella le hizo algunas fotos más con el sobre en las manos. Pero Howie no parecía pretender irse a ningún sitio. Se quedó apoyado en la valla, tecleando otra vez en el móvil. Como si esperara a alguien más.
Unos minutos más tarde, Bella vio que otra persona se acercaba. Acurrucada en su escondite, vio cómo un chico llegaba hasta Howie y lo saludaba con la mano. También lo reconoció: era un chico del curso anterior a ella, jugaba al fútbol con Sam. Se llamaba Robin nosequé.
Su encuentro fue igual de corto. El chico sacó dinero y se lo dio. Howie lo contó y luego sacó del bolsillo de su abrigo una bolsa de papel enrollada. Bella hizo cinco rápidas fotos de Howie dándole la bolsa a Robin y cogiendo el dinero.
Vio que hablaban, pero no pudo oír las palabras que se decían. Howie sonrió y le dio al chico un par de palmadas en la espalda. Robin metió la bolsa en su mochila y se fue de allí susurrando a media voz: «Nos vemos», justo al pasar detrás del coche de Bella, tan cerca que casi le provoca un infarto.
Agachada debajo del marco de la puerta, Bella pasó revista a las fotos que había hecho; la cara de Howie se veía bien en al menos tres de ellas. Y Bella sabía el nombre del chico al que le había vendido droga. Era un instrumento de coacción de libro, si es que alguien escribe libros sobre cómo chantajear a un traficante de drogas.
Bella se quedó congelada. Alguien estaba paseando detrás del coche, arrastrando los pies, silbando. Esperó veinte segundos y luego miró. Howie se había ido, su figura se alejaba hacia la estación.
Y entonces llegó el momento de la indecisión. Howie iba a pie; Bella no podía seguirlo en coche. Pero por nada del mundo quería abandonar la seguridad de su pequeño escarabajo para acechar a un criminal sin el escudo reforzado de una carrocería.
El miedo empezó a enroscársele en el estómago y le subió al cerebro en forma de pensamiento: Sid Prescott se aventuró sola en la oscuridad y nunca volvió. Bella desechó el pensamiento, se tragó su miedo y salió del coche, luego cerró la puerta con todo el cuidado del mundo. Tenía que obtener toda la información posible sobre este hombre. Podría ser el que pasaba droga a Sid, el que realmente la mató.
Howie caminaba unos cuarenta pasos delante de ella. Ahora llevaba la capucha bajada y el forro naranja era fácil de distinguir en la oscuridad. Bella mantuvo la distancia entre ellos, con el corazón latiendo cuatro veces por cada paso que daba.
Se rezagó un poco y aumentó la distancia entre ellos cuando pasaron por la bien iluminada rotonda del exterior de la estación. No quería acercarse demasiado. Siguió detrás de él cuando giró a la derecha de la colina, más allá del pequeño supermercado de la ciudad. Howie cruzó la carretera y giró a la izquierda camino de High Street, en la otra punta de la ciudad respecto del instituto y de la casa de Edward.
Bella fue detrás de él todo el camino hasta Wyvil Road, pasando el puente que cruzaba las vías del tren. Después, Howie salió de la calle principal y se metió en un pequeño camino de hierba bordeado por un seto marchito.
Ella esperó a que avanzara un poco más antes de seguirlo por el camino, que iba a dar a una pequeña y oscura carretera residencial. Continuó, con los ojos pegados a la capucha de pelo naranja que avanzaba cincuenta pasos delante de ella. La oscuridad era el mejor de los disfraces; hacía que lo familiar pareciera desconocido y extraño. Solo cuando pasó un cartel con el nombre de la calle se dio cuenta de dónde estaban.
Romer Close.
El corazón se le aceleró aún más, llegando a seis pulsaciones por paso. Romer Close, la mismísima calle donde habían encontrado el coche de Andie Bell abandonado después de su desaparición.
Bella vio que Howie se desviaba un poco más adelante y se apresuró a esconderse tras un árbol sin dejar de observarlo; vio que se dirigía a un pequeño chalet, sacaba las llaves y entraba en él. Cuando la puerta se cerró, Bella salió de su escondite y se acercó a la casa de Howie, Romer Close, número 29.
Era una casa adosada de techo bajo, con ladrillos de color tostado y un tejado de pizarra lleno de musgo. Las dos ventanas de la fachada estaban cubiertas por gruesas persianas, la izquierda con grietas por las que se colaba un resplandor amarillento ahora que Howie acababa de encender las luces del interior. Delante de la puerta de entrada había un pequeño sendero de gravilla donde estaba aparcado un coche de un desvaído color granate.
Bella lo miró. Esta vez no tardó en darse cuenta. Se le quedó la boca abierta y el estómago le dio un vuelco y le llenó la garganta del sabor del sándwich que se había comido en el coche.
—Ay, Dios —susurró.
Se apartó de la casa y cogió el móvil.
Fue a llamadas recientes y marcó el número de Edward.
—Por favor, dime que ya has salido de trabajar —dijo cuando él descolgó.
—Acabo de llegar a casa, ¿por qué?
—Necesito que vengas a Romer Close ahora mismo.
