Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Asesinato para principiantes" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.


Capítulo 20

Gracias a su mapa del asesinato, Bella sabía que a Edward le llevaría unos dieciocho minutos llegar caminando desde su casa hasta Romer Close. Llegó cuatro minutos antes de lo previsto, pues empezó a correr cuando la divisó.

—¿Qué pasa Belly? —preguntó, casi sin aliento, apartándose el pelo de la cara.

—Un montón de cosas —dijo Bella en voz baja—. No estoy muy segura de por dónde empezar, así que allá voy.

—Me estás asustando. —Los ojos de Edward escrutaron la cara de su amiga.

—Yo también me estoy asustando. —Bella se detuvo para tomar aliento y obligar a su estómago a volver a su sitio, tráquea abajo—. Vale, sabes que estaba buscando al traficante, a partir de la pista que conseguí en la fiesta destroyer. Pues esta noche estaba allí, vendiendo en el aparcamiento, así que lo seguí a casa. Vive aquí, Edward, en la misma zona donde encontraron el coche de Sid.

Los ojos del chico vagaron por la silueta de la oscura calle.

—Pero ¿cómo sabes siquiera que él es el tipo que le pasaba drogas a Sid? —preguntó.

—No estaba segura —contestó ella—, pero ahora sí. Espera, antes tengo que decirte otra cosa y no quiero que te enfades.

—¿Por qué iba a enfadarme? —Él bajó la vista para mirarla y su expresión amable se endureció. —Pues... porque te he mentido —confesó ella, con la vista clavada en el suelo, para no enfrentar la mirada de Edward—. Te dije que el interrogatorio policial de Billy aún no había llegado. Sí que llegó, hace unas dos semanas.

—¿Qué? —dijo él en bajo.

Una expresión de dolor nubló su rostro e hizo que su nariz y su frente se arrugaran.

—Lo siento —se excusó Bella—, pero cuando llegó y lo leí, pensé que era mejor que no lo vieras.

—¿Por qué?

Ella tragó saliva.

—Porque no dejaba muy bien a tu hermano. Fue muy evasivo con la policía y les dijo literalmente que no quería contarles el motivo por el que él y Sid habían discutido. Parecía que intentaba ocultar el motivo. Y me asustó pensar que quizá sí que la hubiese matado y no quería disgustarte.

Ella se atrevió por fin a mirarlo a los ojos. Estaban entrecerrados y tristes.

—Después de todo esto, ¿piensas que Billy es culpable?

—No, no lo pienso. Solo lo dudé un momento, y me dio miedo decírtelo. Me equivoqué, lo siento. No tenía que haberte mentido. Y nunca tendría que haber dudado de Billy.

Edward la miró rascándose el cuello.

—Vale —concluyó—. Está bien, entiendo por qué lo hiciste Belly. Dime, ¿qué es lo que pasa?

—Acabo de averiguar por qué Billy estuvo tan raro y evasivo en el interrogatorio policial, y por qué Sid y él habían discutido. Vamos.

Le indicó que la siguiera y caminó de vuelta hacia el chalet de Howie. Lo señaló.

—Esta es la casa del traficante —dijo—. Mira su coche, Edward.

Observó el rostro del muchacho mientras este miraba el coche. Desde el parabrisas al maletero y de faro a faro. Hasta que dio con la matrícula y se quedó ahí. Leyéndola una vez, y otra, y otra.

—Oh —dijo.

Bella asintió.

—Sí, oh, oh y medio.

—De hecho, creo que este es uno de esos momentos de hosss... curidad.

Y los ojos de ambos se quedaron clavados en el número de la matrícula: R009 KKJ.

—Billy escribió ese número de matrícula en las notas de su celular —dijo Bella—. El miércoles 18 de abril a eso de las ocho menos cuarto de la tarde. Supongo que se olía algo, quizá había oído rumores en el instituto o algo así. Así que esa tarde siguió a Sid y debió de verla con Howie en este coche. Y vio lo que estaba haciendo.

—Por eso discutieron los días previos a la desaparición —añadió Edward—. Billy odiaba las drogas. Las odiaba.

—Y cuando la policía le preguntó por el motivo de la discusión —continuó Bella—, él no fue evasivo para esconder algo que lo pusiera a él en peligro. Estaba protegiendo a Sid. Él no creía que estuviera muerta. Pensaba que estaba viva e iba a volver, y no quería causarle problemas con la policía, por eso no les dijo que pasaba drogas. Y ese último mensaje que le mandó aquel viernes por la noche...

—«No pienso hablar contigo hasta que lo dejes» —citó Edward.

—¿Sabes qué? —sonrió Bella—. Tú hermano nunca ha parecido más inocente.

—Gracias. —Le devolvió la sonrisa—. ¿Sabes? Nunca le he dicho esto a una chica, pero... me alegro de que aparecieras de la nada y llamaras a mi puerta.

—Pues te recuerdo que me dijiste que me largara —contestó ella.

—Bueno, parece que es difícil deshacerse de ti Belly.

—Así soy yo. —Inclinó la cabeza en agradecimiento—. ¿Preparado para llamar a la puerta conmigo?

—Espera. No. ¿Qué? —Él la miró asustado.

—Venga —dijo ella caminando hacia la casa de Howie—, por fin vas a tener algo de acción.

—Buf, no sé por dónde empezar a enumerar todos los riesgos. Espera, Belly —la llamó Edward, que la seguía—. ¿Qué vas a hacer? No va a querer hablar con nosotros.

—Sí que querrá —repuso ella agitando el celular por encima de la cabeza—. Tengo algo que lo convencerá.

—¿El qué? —Edward la alcanzó justo antes de que llegara a la puerta.

Bella se volvió, le lanzó una sonrisa de medio lado, le guiñó un ojo y luego lo cogió de la mano. Antes de que Edward pudiera soltarse, ella llamó tres veces a la puerta. Él abrió mucho los ojos y levantó el dedo en forma de silenciosa reprimenda. Dentro se oyó movimiento y una tos. A los pocos segundos, la puerta se abrió.

Howie estaba mirándolos mientras parpadeaba. Se había quitado el abrigo, llevaba una camiseta teñida de azul e iba descalzo. A su alrededor el aire olía a humo rancio y ropa mojada y vieja.

—Hola, Howie Bowers —saludó Bella—, ¿podríamos, por favor, comprar drogas?

—¿Y tú quién demonios eres? —masculló él.

—Soy el demonio que hizo estas fotos tan monas hace un rato —dijo Bella buscando las imágenes del aparcamiento; puso el teléfono frente a él para que las viera. Deslizó la pantalla con el dedo para que pudiera contemplarlas todas—. Fíjate, qué curioso, conozco a este chico al que le estás pasando drogas. Se llama Robin. Me pregunto qué pasaría si llamara a sus padres ahora mismo y les dijera que buscaran en la mochila de su hijo. ¿Encontrarían una pequeña bolsa marrón llena de sorpresas? Y no me queda claro cuánto le llevaría a la policía llegar hasta aquí, sobre todo si los llamo para darles la dirección.

Dejó que Howie digiriera toda la información; el hombre no cesaba de mirarla a ella, a Edward y al celular.

Gruñó.

—¿Qué quieres?

—Quiero que nos invites a entrar y nos respondas a algunas preguntas —dijo Bella—. Eso es todo, y no alertaremos a la poli.

—¿Preguntas sobre qué? —inquirió él sacándose algo de entre los dientes con las uñas.

—Sobre Sid Prescott.

Howie intentó fingir una mirada confusa.

—Ya sabes, la chica que pasaba la droga que tú le proporcionabas a los niños del instituto. La misma a la que asesinaron hace cinco años. ¿La recuerdas? —dijo Bella—. Bueno, si no, seguro que la policía sí que la recordará.

—Bien —contestó Howie, dando un paso atrás sobre unas bolsas de plástico tiradas en el suelo—. Pueden entrar.

—Excelente —celebró Bella, y volvió la cabeza para mirar a Edward.

Vocalizó «coacción conseguida» y él puso los ojos en blanco. Pero cuando fue a entrar, Edward la agarro, la puso detrás de él y entró primero. Vigiló a Howie hasta que el hombre se apartó de la puerta y avanzó por el pequeño pasillo.

Bella siguió a Edward y cerró la puerta.

—Por aquí —dijo Howie con brusquedad, desapareciendo dentro del salón.

El traficante se dejó caer en un destrozado sillón en cuyo reposabrazos lo esperaba una lata abierta de cerveza. Edward se acercó al sofá y, tras apartar una pila de ropa, tomó asiento enfrente de Howie, completamente recto y tan cerca del borde del sofá como era posible. Bella se sentó a su lado y se cruzó de brazos.

Howie apuntó a Edward con la lata de cerveza.

—Tú eres hermano del chico que la mató.

—Que supuestamente la mató —dijeron Bella y Edward al unísono.

La tensión flotaba entre los tres, como invisibles tentáculos pegajosos que reptaban de una persona a otra a medida que establecían contacto visual.

—¿Te queda claro que iremos a la policía con estas fotos si no nos respondes a todas las preguntas que te hagamos sobre Sid? —avisó Bella y miró la cerveza, que probablemente no era la primera que se tomaba Howie desde que había llegado a casa.

—Sí, querida —rio Howie con un sonido que delataba la ausencia de algunos dientes—. Lo has dejado bastante claro.

—Bien —contestó ella—, pues haré mis preguntas muy claras también. ¿Cuándo empezó Sid a trabajar para ti y cómo sucedió?

—No me acuerdo. —Tomó un buen trago de cerveza—. Quizá a principios de 2011. Y fue ella la que me buscó. Todo lo que sé es que una adolescente muy segura de sí se me acercó en el aparcamiento y me dijo que podía conseguirme más clientes si le daba un porcentaje. Me contó que quería hacer pasta y le dije que yo quería lo mismo. No sé cómo se enteró de dónde vendía yo.

—Así que ¿tú estuviste de acuerdo cuando se ofreció a ayudarte con la venta?

—Sí, claro. Ella me ofrecía una posibilidad de entrarles a los más jóvenes, chicos a los que, de otra forma, yo no podía acceder. Era una situación beneficiosa para los dos.

—Y luego ¿qué pasó? —preguntó Edward.

Los fríos ojos de Howie se posaron en Edward, y Bella pudo sentir cómo se tensaba cuando los brazos de ambos casi se tocaron.

—Tuvimos una reunión y establecimos ciertas reglas básicas, sobre mantener el material y el dinero escondidos, usar códigos en vez de nombres... Le pregunté qué tipo de sustancias pensaba que preferirían sus compañeros de instituto. Luego le di un teléfono para usar con los clientes y eso fue todo. La mandé salir al mundo —sonrió Howie, con una cara y una barba desconcertantemente simétricas.

—¿Sid tenía un segundo teléfono? —preguntó Bella.

—Pues, claro. No iba a estar comerciando desde un celular pagado por sus padres, ¿no? Le compré un teléfono de prepago. Dos, de hecho. Le di el segundo cuando se quedó sin saldo en el primero. Esto fue unos pocos meses antes de que la mataran.

—¿Dónde guardaba Sid las drogas que iba a vender? —preguntó Edward.

—Eso era parte de las reglas básicas. —Howie se recostó en el sofá y parecía hablarle a la lata de cerveza—. Le dije que esta aventurita suya en el mundo de los negocios no iría a ninguna parte si no tenía dónde esconder la mercancía y el celular en un sitio que sus padres no pudieran encontrar. Ella me aseguró que tenía uno perfecto que nadie más conocía.

—Y ¿qué sitio era? —presionó Edward.

Howie se rascó la barbilla.

—Eh... Creo que era algo así como una tabla suelta del suelo de su armario. Dijo que sus padres no tenían ni idea de que existía y ella se pasaba la vida escondiendo cosas allí.

—Así que ¿a lo mejor el móvil aún está escondido en el dormitorio de Sid? —preguntó Bella.

—No lo sé. A no ser que lo tuviera con ella cuando... —Howie hizo un ruido de gorgoteo mientras cruzaba el dedo índice por la garganta.

Bella miró a Edward antes de formular la siguiente pregunta, y vio cómo el músculo de la mandíbula se le tensaba al rechinar los dientes de lo concentrado que estaba para no apartar la vista de Howie. Como si pensara que podía retenerlo en el sitio solo con la mirada.

—Vale —dijo ella—, ¿qué drogas vendía Sid en las fiestas?

El hombre aplastó la lata con la mano y la tiró al suelo.

—Al principio solo hierba —dijo—. Pero después ya de todo.

—Te ha preguntado qué drogas vendía Sid —enfatizó Edward—. Enuméralas.

—Vale, vale. —Howie parecía irritado y manoseaba una mancha marrón de su camiseta—. Vendía hierba, a veces MDMA, efedrina, ketamina. Tenía un par de compradores habituales de Rohypnol.

—¿Rohypnol? —repitió Bella incapaz de ocultar su sorpresa—. ¿Sid vendía Rohypnol en las fiestas?

—Sí. Se usa para, no sé, para relajarse, también, no solo para lo que la mayoría de la gente piensa.

—¿Tú sabías quién le compraba Rohypnol a Sid? —preguntó ella.

—Pues... Creo que ella habló de un niño pijo. No sé. —Howie negó con la cabeza.

—¿Un niño pijo? —Inmediatamente una imagen apareció en la mente de Bella: el rostro anguloso y la sonrisa despectiva, el despeinado pelo rubio—. ¿Sabes si el niño pijo era un chico rubio?

Howie la miró sin expresión y se encogió de hombros.

—Contesta o vamos a la policía —advirtió Edward.

—Sí, puede que fuera un chico rubio.

Bella se aclaró la garganta mientras pensaba a toda velocidad.

—Muy bien —dijo—, ¿con qué frecuencia se encontraban Sid y tú?

—Cada vez que lo necesitábamos, cuando ella tenía encargos que pedirme o dinero que entregarme. Diría que una vez a la semana, a veces más, a veces menos.

—¿Dónde se encontraban? —preguntó Edward.

—En la estación, bueno, a veces ella venía hasta aquí.

—¿Sid y tú tenían... —Bella hizo una pausa— una relación romántica?

Howie soltó un bufido. De repente se incorporó y se dio un manotazo cerca del oído, como si tuviera un bicho.

—No, joder, claro que no —dijo, pero la carcajada que emitió a continuación no consiguió tapar el enfado que le subía por el cuello tiñéndoselo de rojo.

—¿Estás seguro?

—Sí, estoy seguro. —Pero la careta de asombro se había caído.

—Entonces ¿por qué te estás poniendo a la defensiva? —preguntó Bella.

—Pues claro que me estoy poniendo a la defensiva, hay dos chicos en mi casa echándome la bronca por cosas que pasaron hace años y amenazándome con ir a la poli.

Le dio una patada a la lata de cerveza aplastada que había tirado al suelo y esta salió despedida hasta ir a dar contra las persianas que había justo detrás de la cabeza de Bella.

Edward se levantó de un salto y se le plantó delante.

—¿Qué? ¿Qué vas a hacerme? —Howie lo miró de soslayo y se puso de pie—. Eres un payaso, chico.

—Eh, eh, vale, que todo el mundo se calme —dijo Bella, y también ella se puso de pie—. Casi hemos acabado; solo tienes que decir la verdad. ¿Tuviste una relación sexual con...?

—No, ya dije que no, ¿o es que no me oyes? —El color rojo del cuello se extendió ahora por su cara, sobrepasando la línea de la barba.

—¿Querías tener una relación sexual con ella?

—No. —Ahora ya estaba gritando—. Para mí no era más que un negocio, y lo mismo para ella, ¿vale? No había nada más.

—¿Dónde estabas la noche que la mataron? —preguntó Edward.

—Durmiendo en ese sofá.

—¿Sabes quién la mató? —inquirió Bella.

—Sí, su hermano. —Howie señaló a Edward de forma agresiva—. ¿Ese es el rollo que se traen? ¿Quieres demostrar que el puto asesino de tu hermano era inocente?

Bella vio que Edward se ponía rígido y miraba fijamente a las colinas dentadas en las que se habían convertido sus nudillos al cerrar los puños. Pero entonces él descubrió que ella lo miraba: la dureza desapareció de su rostro y metió los puños en los bolsillos.

—Muy bien, hemos acabado —dijo Bella poniendo una mano en el brazo de Edward—. Vámonos.

—No, yo creo que no. —En dos zancadas Howie se plantó ante la puerta impidiéndoles el paso.

—¿Te importa? —dijo Bella, que notaba que el nerviosismo se empezaba a transformar en miedo.

—No, no, no —rio él negando con la cabeza—. No puedo dejar que se vayan.

Edward dio un paso y se puso ante él.

—Muévete.

—Hice lo que me pediste—dijo Howie volviéndose hacia Bella—. Ahora tienes que borrar esas fotos mías.

Ella se relajó un poco.

—De acuerdo —accedió—. Sí, es justo. —Agarro el teléfono y mostró a Howie cómo borraba cada una de las fotos en el aparcamiento, hasta que llegó a una de Barney y Jake dormidos en la cama del perro—. Borradas.

Howie se hizo a un lado para dejarlos pasar.

Bella abrió la puerta de la calle y, mientras Edward y ella salían al vigorizante aire nocturno, Howie dijo una última cosa.

—Si vas por ahí haciendo preguntas peligrosas, niña, te vas a encontrar con respuestas peligrosas.

Edward dio un portazo para cerrar. Esperó hasta estar lejos de la casa para decir:

—Bueno, me lo he pasado en grande, gracias por invitarme a mi primer chantaje.

—De nada —dijo ella—. También ha sido el primero para mí. Pero ha sido efectivo; descubrimos que Sid tenía un segundo teléfono, que Howie albergaba sentimientos confusos hacia ella y que Mike Newton tenía afición por el Rohypnol —Levantó el celular y entró en la galería—. Voy a recuperar las fotos, por si tenemos que volver a chantajear a Howie.

—Ah, estupendo —dijo—. Me encantaría. Quizá pueda añadir la extorsión a mi currículo.

—¿Sabes que usas el humor como mecanismo de defensa cuando te pones nervioso? —Bella le sonrió y le dejó pasar primero a través del hueco del seto.

—Sí, y tú te pones mandona y un poco pija. —La miró unos momentos y fue ella la primera en empezar. Se echaron a reír y ya no pudieron parar.

La adrenalina se liberó en forma de histeria. Bella se dejó caer sobre él, lloraba de risa y tomaba aire entre carcajada y carcajada. Edward se tambaleaba, con la cara contraída, y se reía tan alto que tuvo que doblarse y agarrarse el estómago.

Rieron y rieron hasta que a Bella empezaron a dolerle las mejillas y el estómago se le puso duro y dolorido.

Pero los jadeos postrisas volvieron a darles cuerda.