Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Asesinato para principiantes" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 22
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Edward cuando la vio.
—Chisss —susurró Bella.
Lo agarro de la manga del abrigo y lo arrastró detrás del árbol junto a ella.
Asomó la cabeza fuera del tronco, para mirar la casa del otro lado de la carretera.
—¿No tendrías que estar en clase? —dijo él.
—Me he tomado el día libre por enfermedad, ¿vale? —respondió Bella—. No me hagas sentir peor todavía.
—¿Nunca lo habías hecho antes?
—Solo he faltado a clase cuatro veces. En toda mi vida. Y fue por la varicela —explicó en voz baja, sin apartar la vista del adosado.
Los viejos ladrillos iban desde el amarillo pálido hasta un rojizo oscuro y estaban cubiertos de una hiedra que trepaba hasta el maltrecho tejado donde se erguían tres chimeneas de gran altura. Una gran puerta de garaje blanca a los pies del camino vacío reflejaba el sol otoñal de la mañana en las caras de los dos chicos. Era la última casa de la calle antes de que ascendiera hacia la iglesia.
—¿Qué hacemos aquí? —insistió Edward sacando la cabeza por el otro lado del árbol para ver la cara de Bella.
—Llevo aquí desde las ocho —dijo, casi sin tomar aire—. Tatum salió hace veinte minutos; está de prácticas en El Correo de Kilton. Maureen salió justo cuando yo llegaba. Mi madre dice que trabaja a media jornada en una institución benéfica en Wycombe. Ahora son las nueve y cuarto, así que debería pasar allí un buen rato. Y en la fachada de la casa no hay alarma.
Sus últimas palabras se convirtieron en un bostezo. La noche anterior apenas había dormido, pues se despertaba cada poco para mirar una y otra vez el mensaje de Desconocido hasta que las palabras se le quedaron grabadas en el cerebro y las veía incluso al cerrar los ojos.
—Belly —la llamó Edward—. Una vez más, ¿por qué estamos aquí? —Los ojos del chico se habían abierto en una expresión que anunciaba regaño—. Dime que no es lo que estoy pensando.
—Para colarnos —confirmó Bella—. Tenemos que encontrar ese teléfono de prepago.
—¿Por qué sabía que ibas a decir eso? —se quejó él.
—Es una prueba real, Edward. Una prueba física real. Demuestra que estaba traficando con Howie. Quizá también contenga la identidad del tipo mayor secreto con el que Sid se veía. Si lo encontramos, podemos hacer una llamada anónima a la policía y quizá reabran la investigación y encuentren al asesino.
—Vale, una cosita sin importancia —comentó Edward levantando un dedo—. ¿Me estás pidiendo a mí, al hermano de la persona que todo el mundo cree que mató a Sid Prescott, que allane la casa de los Prescott? Por no mencionar todos los problemas que tendría por ser un chico de ascendencia americana colándome en el domicilio de una familia completamente británica.
—Joder, Edward —dijo Bella ocultándose otra vez detrás del árbol, sintiendo que se quedaba sin respiración—. Lo siento muchísimo. No me di cuenta.
No mentía; estaba tan convencida de que la verdad los aguardaba en aquella casa que no se había dado cuenta de lo que suponía aquello para Edward. Por supuesto que no podía colarse en la casa con ella; todo el mundo lo trataba ya como un criminal, ¿cómo se pondrían si lo pillaban entrando allí?
Desde que Bella era pequeña, su padre siempre le había hablado de lo diferentes que eran sus contextos, explicándole las cosas cuando sucedían: cada vez que alguien lo seguía en una tienda, cada vez que lo cuestionaban por estar solo con una niña británica, cuando alguien suponía que era el segurata de la oficina y no uno de los socios principales... Bella creció con la firme determinación de no cerrar nunca los ojos ante estas realidades, ni ante los privilegios de los que disfrutaba y por los que nunca tendría que luchar.
Pero esta mañana no había visto esa realidad. Estaba furiosa consigo misma y el estómago le daba incómodas sacudidas.
—Lo siento muchísimo —repitió—. He sido una estúpida. Ya sé que no puedes arriesgarte igual que yo. Iré sola. ¿Qué te parece si tú te quedas aquí y vigilas?
—No —dijo pensativo acariciándose el pelo—. Si así podemos limpiar el nombre de Billy, yo también tengo que participar. Merece la pena arriesgarse. Es demasiado importante. Sigo pensando que esto es peligroso y me cago de miedo, pero... —hizo una pausa y esbozó una pequeña sonrisa en dirección a Bella— somos cómplices Belly. Eso significa que estamos juntos para lo bueno y para lo malo.
—¿Estás seguro? —Bella se movió y la correa de la mochila se le deslizó hasta el codo.
—Estoy seguro —respondió inclinándose para colocarle la correa en su sitio.
—Muy bien. —Bella se volvió para seguir vigilando la casa—. Y si te sirve de consuelo, no tenía planeado dejar que nos atraparan.
—Bueno, ¿y cuál es el plan? —preguntó él—. ¿Romper una ventana?
Ella lo miró boquiabierta.
—¿Qué dices? Tenía pensado usar una llave. Vivimos en Kilton; todo el mundo tiene una llave de repuesto escondida en algún sitio fuera de casa.
—Ah... Vale. Pues vamos a registrar la zona en busca del objetivo, Sargentita.
Edward la miró con atención mientras fingía hacer una complicada secuencia de saludos militares. Ella le dio un pequeño toque para que se estuviese quieto.
Bella fue delante, cruzó la carretera con pasos decididos y se paró frente al jardín delantero.
Por suerte los Prescott vivían justo al final de una calle tranquila; no había nadie alrededor. Se acercó hasta la puerta de entrada y se volvió para mirar a Edward, que, con la cabeza baja, caminaba a toda velocidad para unirse a ella.
Primero buscaron debajo del felpudo, que era donde la familia de Bella guardaba la llave de repuesto. Pero no hubo suerte. Edward se estiró y palpó el dintel, pero sacó la mano vacía y la punta de los dedos cubierta de polvo y suciedad.
—Vale, mira a ver en ese arbusto y yo compruebo este.
No había llave alguna en ninguno de los dos, ni escondida al lado de los faroles a juego de la entrada, ni en ningún clavo oculto bajo la hiedra.
—Bueno, seguro que no —dijo Edward señalando un carillón de viento que colgaba ante la puerta de entrada. Metió la mano entre los tubos de metal y apretó los dientes cuando dos chocaron entre ellos.
—Edward —llamó ella en un susurro impaciente—, ¿qué estás...?
Él sacó algo de la pequeña plataforma de madera que colgaba en medio de los tubos y se lo enseñó. Una llave con un pequeño pedacito de Blu-Tack pegado a ella.
—Ajá —exclamó él—, el aprendiz supera al maestro. Puede que seas sargento, Sargentita, pero yo soy el inspector jefe.
—Cierra esa boca, Cullen.
Bella se quitó la mochila y la posó en el suelo. Revolvió en su interior e inmediatamente encontró lo que estaba buscando. No pudo resistir la tentación de acariciar la suave textura del vinilo. Los sacó.
—¿Qué...? No quiero ni preguntar —rio Edward negando con la cabeza al ver a Bella ponerse unos brillantes guantes de goma amarilla.
—Estoy a punto de hacer algo ilegal —dijo—. No quiero dejar huellas. Tengo otro par para ti.
Extendió la palma ahora amarilla fluorescente y Edward depositó la llave en ella. Se dobló para rebuscar en la mochila y se levantó, con las manos alrededor de un par de guantes púrpuras con dibujos de flores.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Los guantes de jardinería de mi madre. Oye, no tuve demasiado tiempo para planear este allanamiento, ¿vale?
—Ya lo veo —murmuró Edward.
—Son los más grandes. Tú póntelos.
—Los hombres de verdad van floreados cuando llevan a cabo un allanamiento —dijo Edward; se enfundó los guantes y dio una palmada con ellos puestos.
Luego asintió, dando a entender que estaba listo.
Bella se puso la mochila al hombro y se dirigió a la puerta. Tomó aliento y empuñó el pomo.
Usando la otra mano para suavizar el movimiento, introdujo la llave en la cerradura y giró.
