Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Asesinato para principiantes" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 23
La luz del sol los guio dentro e iluminó el suelo de azulejos formando un largo y brillante camino.
En cuanto entraron en el vestíbulo, sus sombras se proyectaron contra esa raya de luz, ambos juntos como una sola y alargada silueta, con dos cabezas y una maraña de brazos y piernas.
Edward cerró la puerta y ambos caminaron despacio por el pasillo. Bella no podía evitar ir de puntillas, aunque sabía que no había nadie dentro. Había visto la casa muchas veces, desde diferentes ángulos, con un enjambre de policías vestidos con sus ropas negras de alta visibilidad.
Pero siempre desde fuera. Todo lo que había visto del interior eran retazos cuando se abría la puerta principal y un fotógrafo de algún periódico inmortalizaba el momento para siempre.
El límite entre el exterior y el interior resultaba significativo en este contexto.
Estaba segura de que Edward también lo sentía, a juzgar por la forma en la que este contenía el aliento. Era como si el aire tuviera una cualidad pesada. Como si hubiera secretos en el silencio, que flotaban como motas de polvo invisible. Bella no quería ni pensar demasiado alto, por si esa atmósfera se veía enturbiada. Todo era silencio alrededor, el lugar donde Sid Prescott había sido vista viva por última vez cuando tenía solo unos pocos meses más que Bella ahora. La propia casa era parte del misterio, parte de la historia de Kilton.
Avanzaron hacia la escalera, tras echar un vistazo al lujoso salón de la derecha y a la cocina estilo vintage de la izquierda, amueblada con vitrinas azul turquesa y una gran isla central de madera.
Y entonces lo oyeron. Un pequeño golpe en el piso de arriba.
Bella se quedó congelada.
Edward la tomo de la mano enguantada.
Otro golpe, esta vez más cerca, sobre sus cabezas.
Bella volvió la cabeza para mirar hacia la puerta, ¿les daba tiempo a llegar?
Los golpes se convirtieron en un sonido de cascabel y unos segundos después, aparecía un gato negro en la parte más alta de la escalera.
—Joder —musitó Edward relajando los hombros y la mano; su alivio fue como una corriente de aire fresco en medio del silencio.
Bella dejó escapar una risa hueca y ansiosa; notaba cómo las manos le sudaban dentro de la goma de los guantes. El gato se dirigió escalera abajo, deteniéndose a medio camino para maullar en dirección de los chicos. Bella, nacida y criada con perros, no estaba segura de cómo reaccionar.
—Hola, gato —susurró mientras el animal bajaba el resto de los escalones y se dirigía hacia ella; se frotó la cara contra sus pantorrillas y se enroscó en sus piernas.
—Belly, no me gustan los gatos —dijo Edward incómodo, mirando con desagrado cómo el animal empezaba a frotar la cabeza peluda contra sus tobillos. Bella se agachó y dio unas palmaditas con las manos enguantadas al gato. Este volvió a enroscársele en las piernas y empezó a ronronear.
—Vamos —le dijo a Edward.
Tras desenlazarse del animalito, Bella se dirigió a la escalera. Cuando empezó a subirla, con Edward detrás, el gato maulló y se apresuró a seguirlos, metiéndose entre las piernas del chico.
—Belly... —La voz de Edward sonaba nerviosa; intentaba no pisarlo. Ella ahuyentó al gato y lo mandó escalera abajo hacia la cocina—. No estaba asustado —añadió él de forma poco convincente.
Con la mano enguantada sobre la barandilla, Bella ascendió el siguiente tramo de escaleras y estuvo a punto de tirar una libreta y un lápiz USB que reposaban sobre la parte de arriba de la barandilla. Un lugar raro para dejar cosas.
Cuando ambos estuvieron arriba, Bella estudió las diferentes puertas que daban al distribuidor.
El último dormitorio del lado derecho no podía ser el de Sid; la colcha de motivos florales estaba arrugada con señales de uso y había calcetines emparejados en la silla de la esquina.
Tampoco podía ser el que tenía delante, donde había una bata tirada en el suelo y un vaso de agua sobre la mesilla.
Edward fue el primero en darse cuenta. Le dio un ligero toque en el brazo y señaló. Solo había una puerta que estuviera cerrada. Fueron hacia ella. Bella empuñó el pomo dorado y abrió la puerta.
Enseguida quedó claro que esa era su habitación.
Todo estaba ordenado y paralizado. Aunque tenía todos los accesorios de un dormitorio de adolescente —fotos de Sid en medio de Susan y Jessica, las tres posando con los dedos formando una uve, una foto de ella con Billy y un algodón de azúcar entre ambos, un viejo osito de peluche metido en la cama, una bolsa de agua caliente al lado, un neceser de maquillaje tan cargado que las cosas se esparcían por el escritorio—, la habitación no parecía de verdad. Era un lugar momificado en cinco años de dolor.
Bella dio el primer paso sobre la mullida alfombra color crema.
Su mirada recorrió las paredes de color lila y los muebles de madera blanca, todo limpio y abrillantado, y la alfombra con pisadas recientes. Maureen debía de limpiar la habitación de su hija muerta, manteniendo todo como había estado la última vez que Sid había salido de allí. Ya no tenía a su hija, pero aún le quedaba el lugar donde había dormido, donde se había despertado, donde se había vestido, donde había gritado, discutido y dado portazos, donde su madre le había susurrado buenas noches antes de apagarle la luz. O eso imaginó Bella, reanimando la habitación vacía con la vida que habría transcurrido allí. Este lugar esperaría eternamente a alguien que ya no iba a volver nunca mientras la vida seguía al otro lado de aquella puerta cerrada.
Miró a Edward y, por la expresión de su rostro, supo que había una habitación igual que esta en casa de los Cullen. Y aunque Bella había llegado a sentir que conocía a Sid, a la persona enterrada entre todos aquellos secretos, ese dormitorio hizo que Bella la sintiera como una persona real por primera vez. Mientras ella y Edward se dirigían hacia las puertas del armario, ella hizo una silenciosa promesa a la habitación: averiguaría la verdad. Y no solo por Billy, sino también por Sid.
Una verdad que bien podía estar escondida ahí mismo.
—¿Lista? —susurró Edward.
Ella asintió.
Él abrió el armario y se encontraron con una barra repleta de vestidos y chaquetas colgadas en perchas de madera. En un extremo estaba el viejo uniforme del Instituto Kilton de Sid, aplastado contra la pared por faldas y camisetas, sin que quedara un solo centímetro de espacio libre entre las prendas.
Entorpecida por los guantes de goma, Bella sacó el celular del bolsillo de los jeans y encendió su linterna. Se arrodilló, con Edward a su lado, y ambos revolvieron bajo la ropa, con la linterna alumbrando los tablones del suelo en el interior.
Empezaron a palpar los tablones, deslizando los dedos por la superficie y los bordes, en un intento de levantar las esquinas.
Fue Edward quien lo encontró. Era el que estaba contra la pared del fondo, a la izquierda.
Empujó una esquina y el otro lado del tablón se levantó. Bella se inclinó hacia delante para levantarlo, lo sacó y lo puso detrás de ellos. Con el teléfono a la altura de la sien, Bella y Edward se inclinaron para mirar dentro del oscuro espacio que se abría debajo.
—No.
Movió la linterna en el interior del pequeño hueco para estar absolutamente segura, iluminando cada esquina. Solo veía capas de polvo, que ahora se arremolinaban a causa de sus respiraciones.
Estaba vacío. Ni teléfono, ni dinero, ni drogas. Nada.
—No está aquí —dijo Edward.
Bella notó físicamente la decepción como una sensación que se abría paso entre sus tripas y dejaba espacio para que el miedo anidara en ellas.
—Pensé que lo íbamos a encontrar —dijo él.
Bella había pensado lo mismo. Creía de verdad que la pantalla del móvil iluminaría el nombre del asesino y la policía haría el resto.
Creyó que estaría a salvo de Desconocido. Se suponía que todo iba a acabar, pensó, y la garganta se le cerró como si fuera a llorar.
Puso el tablón de vuelta en su sitio y se echó unos centímetros hacia atrás, para salir del armario, como Edward acababa de hacer, y el pelo se le enganchó un poco en la cremallera de un vestido largo. Se puso de pie, cerró las puertas y se volvió hacia él.
—¿Dónde puede estar el teléfono de prepago, entonces? —preguntó él.
—A lo mejor Sid lo llevaba encima cuando murió —dijo Bella—, y ahora está enterrado con ella, o a lo mejor el asesino lo destruyó.
—O —propuso Edward estudiando los objetos que cubrían el escritorio de Sid— alguien sabía dónde estaba escondido y se lo llevó después de su desaparición, al darse cuenta de que, si la policía lo encontraba, darían inmediatamente con ese alguien.
—Es otra posibilidad, sí —coincidió Bella—. Pero eso ahora no nos ayuda.
Se acercó también al escritorio. Encima del neceser de maquillaje había un cepillo del pelo con largos cabellos rubios aún enredados entre las cerdas. Al lado, Bella vio una agenda académica del instituto Kilton del año 2011/2012, casi idéntica a la que ella misma tenía de ese año. Sid había decorado la página de inicio con corazones y estrellas garabateados y pequeñas fotos de supermodelos.
Bella ojeó la agenda. Estaba llena de apuntes de deberes y trabajos escolares. Noviembre y diciembre tenían anotados varios días de puertas abiertas en la universidad. En la semana de antes de navidades había escrito un recordatorio: «¿Comprar a Billy un regalo de Navidad?». Fechas y emplazamientos de fiestas destroyer, fechas de entrega de trabajos escolares, cumpleaños de gente... Y, bastante curioso, letras aleatorias con horas garabateadas al lado.
—Eh. —Lo levantó para mostrárselo a Edward—. Mira estas iniciales escritas por todas partes. Qué raro. ¿Qué pueden significar?
Edward las observó un momento tocándose la mandíbula con una mano enguantada. Luego se le oscurecieron los ojos al juntar las cejas. —¿Te acuerdas de lo que nos dijo Howie Bowers? Que le había dicho a Sid que usara códigos en vez de nombres...
—Quizá estos sean los códigos. —Bella acabó la frase por él, pasando el dedo cubierto de goma sobre las letras—. Deberíamos estudiarlos a fondo.
Puso la agenda en la mesa y cogió otra vez el celular. Edward la ayudó a quitarse uno de los guantes para poder acceder a la cámara. Luego pasó las páginas hasta febrero de 2012 y Bella sacó fotos de cada dos páginas, hasta llegar a la semana de abril, justo antes de las vacaciones de Semana Santa, donde lo último que Sid había escrito el viernes fue: «Empezar pronto con las notas de repaso de francés». En total fueron once fotos.
—Vale —dijo Bella; guardó el móvil y volvió a ponerse el guante—. Nos...
La puerta de entrada se cerró en el piso de abajo.
Edward volvió la cabeza, con el terror inundándole las pupilas.
Bella puso la agenda en su sitio. Señaló al armario con la cabeza.
—Metámonos ahí —susurró.
Abrió las puertas y se acurrucó dentro mientras miraba a Edward.
El chico estaba de rodillas fuera del armario. Bella se echó a un lado para dejarle espacio suficiente para entrar. Pero él no se movía. ¿Por qué no se movía?
Bella se inclinó hacia fuera y lo agarro, tirando de él hacia dentro, donde ella estaba, pegada a la pared trasera. Edward volvió a la vida. Tomo las puertas del armario, las cerró, procurando no hacer ruido, y las mantuvo agarradas desde el interior.
Escucharon un taconeo procedente del vestíbulo. ¿Era Maureen, que ya había vuelto del trabajo?
—Hola, Monty. —Una voz se extendió por toda la casa. La de Tatum.
Bella sintió que a su lado Edward estaba temblando como un loco. Ella le agarro la mano, los guantes de goma rechinaron al hacerlo.
Oyeron a Tatum en la escalera, más alto a medida que se acercaba, y el cascabel del gato detrás de ella.
—Ah, ahí estaban —dijo; los pasos se detuvieron en el distribuidor.
Bella apretó la mano de Edward y deseó que él se diera cuenta de lo arrepentida que estaba.
Deseó que supiera que, si pudiera, ella sola cargaría con la culpa.
—Monty, ¿has estado aquí? —La voz de Tatum se acercaba más.
Edward cerró los ojos.
—Sabes que no debes entrar en esta habitación.
Bella enterró la cara en el hombro de su amigo.
Ahora Tatum estaba en la habitación con ellos. Podían oírla respirar, el sonido de su lengua moviéndose dentro de su boca. Más pasos, amortiguados por la gruesa alfombra. Y luego el sonido de la puerta del dormitorio de Sid cerrándose.
Las palabras de Tatum llegaron a través de la puerta.
—Adiós, Monty.
Edward abrió los ojos despacio y devolvió a Bella el apretón en la mano; dejó escapar su aliento histérico en el pelo de ella.
La puerta de entrada se cerró otra vez.
