Capítulo 2: Alianzas inesperadas

Como cada año Lily, Ali y Sarah entraron en el Gran Comedor dispuestas a empezar su sexto curso en Hogwarts con el tradicional Banquete de Bienvenida.

Los cientos de velas suspendidas sobre las cabezas de los alumnos iluminaban la oscura aunque despejada bóveda nocturna, reflejo mismo del cielo real en el exterior, en conjunción con las decenas de antorchas encendidas que prendían de las paredes. El bullicio, la calidez, la alegría, el ambiente de reencuentro, todo parecía exactamente igual que siempre. Casi podían sentir la sensación de deja vú invadiéndolas por completo y sin embargo, por alguna razón, todas y cada una de ellas presentían en lo más profundo de sus corazones que ese año sería completamente diferente al resto de sus cursos en el castillo hasta la fecha.

Lily Evans miró con nostalgia la mesa situada más a la izquierda del comedor. Recordaba con dolor como hacía exactamente un año, aquel que había sido su amigo durante tanto tiempo a pesar de no compartir casa, la había saludado con una efusividad insólita en él, feliz por el reencuentro entre ambos tras el verano. Pero esa bonita escena no volvería a repetirse nunca. Su amistad con Severus había acabado hecha trizas durante el anterior curso y el conflicto entre ambos no parecía tener solución, o al menos no a corto plazo.

¿Podría perdonar al slytherin alguna vez por las palabras tan hirientes con que la había obsequiado?. Seguramente no.

Lily no se consideraba una persona especialmente rencorosa, después de todo había perdonado a Potter. Pero aquello había pasado de castaño oscuro y más aún, viniendo de alguien a quién había considerado durante tantos años su mejor amigo.

Se permitió dirigir la mirada durante unos segundos al lugar donde el muchacho acostumbraba a sentarse y para su sorpresa, le descubrió observándola fijamente con una expresión indescifrable dibujada en el rostro. No obstante, en cuanto sus ojos verdes hicieron contacto con los profundos ojos negros de él, se obligó a sí misma a apartarlos de inmediato y volvió la atención a sus amigas.

Alison caminaba cabizbaja sin despegar en ningún momento la vista del suelo. Cualquier persona que no conociera a la rubia, podría suponer que su repentina timidez se debía al hecho de que tendría que enfrentarse a las miradas curiosas, cuchicheos y burlas de los alumnos de Hogwarts que se habían enterado del compromiso. Pero nada más lejos de la realidad, Lily sabía que lo único que temía y evitaba por todos los medios su amiga era volver a cruzar cualquier mirada, por fugaz que ésta fuera, con Sirius. De hacerlo, probablemente acabaría derrumbándose.

Sarah, a diferencia de Alison, parecía una niña el día de Navidad justo antes de abrir los regalos. Casi podía jurar que de un momento a otro su amiga empezaría a flotar por el aire.

A la castaña le temblaban las manos y el corazón le latía tan fuerte que a duras penas podía contener su latido. No había tenido la oportunidad de ver a Remus desde la despedida en el andén 9 y 3/4 a la finalización del curso, y se moría de ganas por que se produjera el tan esperado reencuentro. En cuanto tuviera oportunidad, le abrazaría tan fuerte que tendrían que separarla de él con una espátula.

Pero por muchas ganas que tuviera de volver a verle, aún tendría que esperar un poco más. Alison la necesitaba mucho más que Remus en ese momento y debía estar ahí para ella. Lo cual implicaba, evidentemente, sentarse lo más lejos posible de los merodeadores en el Banquete de Bienvenida. Además, el curso no había hecho más que comenzar, y tenía todo el tiempo del mundo para volver a estar con el castaño.

Al acercarse a la mesa de Gryffindor, los ojos de la joven se encontraron automáticamente con los de él, sonriéndole tímidamente a modo de saludo, y en cierto sentido, de disculpa por tener que retrasar su reencuentro. Pero Remus no lucía molesto en absoluto, todo lo contrario, parecía increíblemente feliz de volver a verla, lo que consiguió acelerar más aún su corazón.

Las tres muchachas se sentaron en la esquina opuesta de la mesa a donde se encontraban los merodeadores, en los asientos más próximos a la mesa de los profesores.

—Pero bueno, ¡Mirad a quién tenemos aquí, chicas!. La futura señora Black... — se burló en un tono excesivamente elevado Liss, parándose justo frente a Alison con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios.

Era más que evidente que si había elevado tanto el tono de voz, era porque deseaba que los alumnos sentados junto a ellas se percataran de la escena.

La morena iba acompañada de dos chicas más de Gryffindor que reían a su espalda, disfrutando de la situación.

Alison levantó la mirada hacia donde se encontraba parada la muchacha.

Recordó haberla odiado. Pero todo el odio parecía haberse esfumado. No tenía fuerzas para odiar, ni siquiera tratándose de ella.

No obstante, para su suerte, tampoco le hacía falta defenderse teniendo a alguien como Lily Evans como mejor amiga.

La pelirroja ya se había levantado del asiento de madera y observaba desafiante en dirección hacia donde se encontraba parada la intrusa.

—¿Has venido para que te demos el pésame, Liss? — retó con una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro — Lo digo porque como si tenías alguna oportunidad con Sirius, por remota e improbable que fuera, ha dejado de existir, debes de estar muy triste — apuntó con sorna.

Liss rió sin gracia y le regaló una mirada de odio.

Era evidente que le había molestado el comentario de la pelirroja pero no se dejaría vencer tan fácilmente. Después de todo, la muchacha era del tipo de personas que atacan hasta el final, hasta las últimas consecuencias, que mueren matando.

—Si crees que el hecho de que lleve un anillo me va a frenar a mí o a cualquier otra de las candidatas que esperan impacientes para saber qué es lo que se siente al estar con él heredero de la familia Black, es que eres más ingenua que tu amiga. Además, Sirius no parece el prototipo de marido fiel, ¿No crees, Alison? — volvió a atacar nuevamente haciendo pucheros.

Las pánfilas que la acompañaban secundaron su burla con risitas agudas.

—Eres una…

Pero antes de que la pelirroja pudiera acabar la frase o abalanzarse sobre ella tal y como pretendía por haberse atrevido a herir a su amiga frente a sus narices, unas fuertes manos la sujetaron por la cintura desde atrás.

—Liss, va a comenzar la ceremonia de selección, es mejor que vuelvas a tu sitio — ordenó James en un tono autoritario sin una pizca de diversión en su rostro.

La morena resopló, molesta por la interrupción y en especial, por el tono cortante que había empleado el merodeador para dirigirse a ella y tras hacerlo, se volteó para regresar a su asiento sin rechistar, seguida muy de cerca por sus fieles secuaces.

James retiró automáticamente las manos de la cintura de la pelirroja, casi como si su piel estuviera ardiendo y el contacto con la misma abrasara las yemas de sus dedos.

Podía suponer que la muchacha odiaba que la tocaran sin su permiso pero para ser sincero, era lo mejor que se le había ocurrido para evitar que se abalanzara sobre Liss, acabando nuevamente castigada en su primer día en el castillo.

—Siento haberme metido en medio, pensé que era la única forma de evitar un duelo a muerte en medio del Gran Comedor — bromeó a modo de disculpa aclarándose la voz.

Lily suspiró y dio un par de pasos hacia atrás, incluyendo al merodeador en su campo de visión.

No obstante, por una vez, el gryffindor no pareció reparar en lo absoluto en su existencia.

—¿Estás bien, Ali? — preguntó entonces dejando a la pelirroja completamente descolocada.

La chica asintió dirigiéndole una mirada de agradecimiento, a lo que James sonrió satisfecho.

—¡Bienvenidas un año más a Hogwarts!. Espero que disfrutéis de la cena — les deseó, antes de volver a obsequiarlas con una tímida sonrisa y marcharse de vuelta a su sitio.

A esas alturas Lily podría jurar que había acabado de volverse loca y estaba teniendo alucinaciones. James Potter había conseguido dejarla sin palabras, una vez más.


James regresó hasta donde se encontraban sentados el resto de merodeadores y Caroline observándole interrogantes, y se sentó nuevamente en la banca de madera frente a la mesa.

—Era solo Liss — dijo simplemente sin dar muchas más explicaciones.

El resto de los muchachos asintieron y Sirius apretó involuntariamente los puños tratando de controlar la evidente ira que sentía.

Caroline al percatarse de su gesto, tomó una de las manos del moreno y le dio un cálido apretón para tratar de animarle.

—Ella está… ¿bien? — preguntó de repente.

De un momento a otro se hizo el silencio en la parte de la mesa que ocupaban.

James carraspeó antes de contestar a su amigo.

—Sí, no te preocupes Pads, tiene a una respetable guerrera guardándole las espaldas, y plantando cara a todo aquel que ose tratar de molestarla — sonrió al recordar con el ímpetu con el que había visto a la pelirroja defender a su prima.

Las palabras del joven tranquilizaron a Sirius que por un momento se relajó en su asiento.

—Creo que hablo en el nombre de todos al decir que no me gustaría tener a la pelirroja como enemiga — comentó Peter tragando saliva con nerviosismo.

Lo que inevitablemente hizo reír al resto de los muchachos.

—¿Y Sarah qué tal? ¿Es salvaje? — interrogó James de improviso en tono pícaro.

Remus escupió involuntariamente el zumo de calabaza que estaba bebiendo en dirección a Peter y comenzó a toser escandalosamente.

—¡Ehhh! — se quejó el rubio sacudiéndose la túnica, ahora salpicada por gruesos goterones del dulzón brebaje.

Sirius rió, golpeando la espalda del castaño para tratar de ayudarle a recomponerse.

—Creo que en el idioma de Remus eso significa que si que es salvaje, puedes estar tranquilo, Padfoot — bromeó James chocando su mano con la del moreno, mientras Remus les fulminaba con la mirada y Peter se lamentaba por el terrible estado en que había quedado su túnica.

—Hay veces que no tengo claro si os quiero o tengo ganas de mataros, y creo que a Rems le pasa exactamente lo mismo — comentó Caroline divertida, llevándose una cucharada de guisantes a la boca.

El castaño, que aún respiraba algo apurado, secundó las palabras de su amiga asintiendo con la cabeza.

—Oh vamos, Moony, nunca nos cuentas nada. No nos queda otro remedio que servirnos de cuestionables tácticas para tratar de sacarte información — se justificó James escudriñando a su amigo con la mirada, a la vez que lo apuntaba con gesto amenazante con un mortífero tenedor en el que había pinchado una patata asada.

—Sabes muy bien que no ha pasado nada de eso entre nosotros, pero aunque lo hubiera hecho, serías la última persona en saberlo — contraatacó sacándole la lengua.

—Eso ha dolido — replicó James haciéndose el ofendido, mientras se llevaba teatralmente la mano al pecho como si el castaño acabara de atravesarle el corazón con una flecha.

—Deja de hacerte la víctima, te lo tienes bien merecido — apuntó Caroline, alborotándole juguetonamente el cabello.

James comenzó a peinarse instintivamente con los dedos tratando de adecentar su pelo, y tras hacerlo, miró a un lado y a otro algo apurado, intentando asegurarse de que nadie le había visto en esas condiciones, después de todo, tenía una reputación que mantener.

—Eso podría considerarse como un atentado contra mi persona — advirtió, señalando a Caroline con su dedo índice de forma amenazadora.

—Vamos, Prongs — intervino Sirius riendo — Ni que hubiera alguna diferencia apreciable, desde que te conozco únicamente te he visto con el mismo peinado desaliñado — apuntó, sin ser capaz de dejar de reír en ningún momento.

Las carcajadas de Peter habían provocado que lágrimas involuntarias comenzaran a recorrer sus abultadas mejillas, mientras que Caroline y Remus reían a pleno pulmón dejando escapar risotadas nada disimuladas.

—Al menos yo no huelo a perro mojado después de ducharme — contraatacó James entre dientes, tratando de contener la sonrisa involuntaria que amenazaba con dibujarse en su rostro.


Al finalizar la celebración, todos los alumnos regresaron a sus respectivos dormitorios. Incluidos Lily y James que, para su suerte, al haberse convertido en alumnos de sexto podían librarse de las rondas de vigilancia del primer día, cuyo privilegio estaba reservado muy convenientemente a los preceptos novatos de quinto año.

Aunque prácticamente la totalidad de los estudiantes se encontraban ya en la cama, como solía ser habitual, los merodeadores continuaban tirados sobre los cómodos sillones de la sala común de Gryffindor junto al fuego de la chimenea, compartiendo las cervezas muggles que James se había asegurado de conseguir para celebrar su primera noche en el castillo.

—Hemos terminado nuestro primer día sin ser castigados por primera vez en cinco años, no sé si sentir alivio o decepción… — comentó dubitativo, dando un trago a la botella de vidrio de color verde que sostenía entre las manos.

—Alivio, James, eso es lo que debes sentir, alivio — contestó rápidamente Remus, haciendo hincapié en la palabra alivio para tratar de encarrilar los pensamientos de su amigo.

Ni siquiera él se creía que acabaran de romper la tradición o, como al castaño le gustaba llamarla en secreto, la maldición de los merodeadores.

—Eso lo dices porque eres un muermo, ¿verdad, chicos? — interrogó James dejando escapar un profundo bostezo.

El cansancio resultante del extenuante primer día de escuela empezaba a hacerse visible en su semblante.

Peter y Sirius se miraron alternativamente sin saber muy bien qué contestar.

Si bien era cierto que las andanzas de los merodeadores eran legendarias, increíblemente divertidas y estimulantes, por una vez se sentía bien eso de no pasarse la primera semana limpiando salas del castillo que llevaban más de tres meses, o en ocasiones incluso años, sin haber sido mínimamente adecentadas.


Como consecuencia de la intranquilidad que le había supuesto la vuelta al castillo y todo lo que ello conllevaba, aunque pasaban varios minutos de las doce, Alison seguía sin ser capaz de conciliar el sueño.

Hacía casi media hora que sus amigas se habían quedado profundamente dormidas, mientras la rubia continuaba con la vista fija en el techo incapaz de imitarlas.

Pero bueno, a fin de cuentas, las cosas no habían salido tan mal como había temido y la tensión que había sentido al bajar del coche esa mañana casi se había disipado por completo.

No obstante, por alguna extraña razón, no dejaba de repasar cada minuto del día en la cabeza tratando de encontrar el más mínimo error que hubiera podido cometer. O quizás se engañaba a sí misma y lo que realmente hacía, era tratar de bucear en sus recuerdos en busca de cualquier imagen, por fugaz que fuera, del rostro del muchacho al que tan diligentemente se había esforzado en evitar.

La gryffindor suspiró mirando una última vez hacia el techo de su cama y se levantó de un salto dispuesta a abandonar la habitación, quizás si daba un paseo y comía algo en las cocinas, le entraría el sueño con mayor facilidad. Con suerte se toparía con un par de elfos caritativos que le sirvieran un poco de helado con el que ahogar sus penas.

Pero para su sorpresa, cuando bajó a la sala común, los merodeadores aún se encontraban allí charlando mientras bebían cerveza.

Sus ojos zafiro se encontraron por primera vez con los de él por accidente.

Se había cortado el pelo y dejado crecer ligeramente la barba. Decir que estaba guapo sería quedarse increíblemente corto.

El moreno la miraba con intensidad sin despegar ni un ápice sus ojos grises de ella. Casi por un momento parecía que les fuera imposible romper el contacto visual. No obstante, cuando el resto de muchachos se percataron de su presencia se obligó a sí misma a apartar su mirada de la de él.

—Perdonad que os moleste, enseguida me voy — se disculpó atropelladamente acelerando tanto el paso como sus pies le permitían.

Avanzó a toda prisa hacia el cuadro de la señora gorda ante la atenta mirada de los muchachos, que se mantuvieron en silencio hasta que la chica al fin hubo atravesado la apertura tras el retrato.


—Pensaba que era el único que hacía incursiones a la cocina cuando no podía dormir — irrumpió una voz conocida, consiguiendo que Alison levantara de golpe la cabeza sorprendida.

—Pues ya ves que no, yo y mi helado somos la prueba viviente de ello, ¿Quieres un poco? — ofreció tendiendo una cuchara al intruso.

El muchacho sonrió y tomó la cuchara por cortesía.

Conocía a la rubia de vista desde hacía muchos años pero para ser sincero, en ningún momento imaginó que la chica sentada frente a él acabaría siendo su cuñada. Sobre todo porque había observado cómo durante años su hermano trataba incansablemente de llamar su atención, mientras ella no parecía en lo absoluto interesada en corresponderle.

Hasta el final del curso pasado, evidentemente, cuando el rumor de que Sirius y la muchacha sentada junto a él compartían algo más que maleficios entre los muros del castillo, fue un secreto a voces en la escuela. No obstante, ni los cuchicheos, ni la cercanía entre ambos duraron demasiado. Hasta el día del dichoso compromiso, claro está.

Por primera vez se fijó con detenimiento en ella, incluso con pijama y una bata de conejitos estaba preciosa. Sus tirabuzones dorados se encontraban recogidos en una coleta alta, mientras los primeros mechones de su cabello, algo más cortos, enmarcaban su rostro.

La gryffindor tenía los ojos algo enrojecidos, por lo que no había que ser muy observador para darse cuenta de que no hacía demasiado tiempo que había estado llorando, seguramente por su hermano. Pero esta circunstancia hacía ver sus ojos mucho más azules, lo que contrastaba a la perfección con el sutil tono melocotón de su piel.

La mirada del slytherin descendió rápidamente por el cuerpo de la rubia, yendo a parar casi instintivamente en dirección a sus pies.

Estaba descalza.

¿Había recorrido todo el camino hacia las cocinas sin zapatos?. Vale que aún estaban a principios de septiembre, pero las losas del suelo del castillo seguían siendo de piedra y por lo tanto, heladas al contacto con la piel.

—¿No tienes frío? — preguntó con curiosidad señalando sus pies, mientras hundía la cuchara que le había brindado la joven en el enorme bol de helado situado frente a ella.

Alison paró de comer por un instante y se detuvo a observar al muchacho.

Regulus era muy diferente a Sirius. Ya había podido notarlo aquella tarde en la mansión Black, pero ahora al tenerlo frente a ella, las diferencias entre ambos eran aún más palpables.

Mientras que Sirius destilaba confianza, valentía y seguridad, Regulus por el contrario, transmitía timidez, cercanía, serenidad, e incluso…¿simpatía?.

Por un momento le escudriñó algo desconfiada.

Al fin y al cabo, por muy inofensivo que pudiera parecer a simple vista, era un slytherin, y además, el hermano pequeño de Sirius.

—Un poco — contestó finalmente volviendo la atención a su helado — Salí tan acelerada que ni siquiera me acordé de ponerme los zapatos — explicó tratando de restarle importancia.

Regulus sonrió ante su respuesta, impulsado por la inmensa ternura que le había despertado su confesión.

La rubia desvió la mirada en acto reflejo, metiéndose una cucharada rebosante de helado de chocolate y frambuesa en la boca.

—Cualquiera pensaría que tratabas de huir — comentó el slytherin distraídamente.

—Siempre trato de huir, pero la vida no deja de recordarme que ella es mucho más rápida — ironizó, arrancándole nuevamente una sonrisa.

—Quizás deberías tratar de dejar de hacerlo, es muy cansado luchar siempre contracorriente — opinó Regulus sumido en sus propios pensamientos.

—Si tú también vas a venir a decirme que tengo suerte de estar prometida con tu hermano en lugar de con cualquier otro sangre limpia, te lo puedes ahorrar. Ya he escuchado esa historia antes — farfulló molesta, sintiéndose atacada por las palabras del joven.

—No, no es eso lo que pretendía decir — aseguró él regalándole una sonrisa triste — Soy consciente de que es una mierda, créeme — aclaró.

Alison levantó instintivamente la mirada en dirección a los ojos del slytherin.

Los ojos de Regulus eran verdes, pero de una gama completamente diferente a la de los orbes de su amiga pelirroja, éstos tiraban más hacia una tonalidad de verde más grisácea, tan hipnotizantes y singulares como los de su hermano.

—¿Te sorprende? — preguntó con curiosidad el muchacho — ¿A quién en su sano juicio le gustaría prometerse con dieciséis años a alguien que ni tan siquiera ha elegido? — suspiró a la vez que se pasaba la mano por el cabello con nerviosismo, casi como si de un acto reflejo se tratara.

—¿Entonces? — interrogó la rubia en respuesta.

—Entonces sigo pensando que huir no va a cambiar nada. Es decir, si te quitas esto, mueres — soltó con crudeza señalando la sortija que aprisionaba su dedo anular — No hay solución posible que no sea casarte. Por lo tanto, ¿por qué luchar por algo que no puedes cambiar?. Tomaste la decisión el día en que dejaste que mi hermano te pusiera ese anillo — le recordó con la mirada fija en sus ojos azules.

Regulus no pretendía ofenderla ni mucho menos hacerla enfadar. No obstante, no era de ese tipo de personas que mienten para hacer sentir mejor a los demás, y para ser honesto, estaba tratando de ayudarla con su sinceridad, sobre todo porque podía intuir que seguramente durante aquellos últimos meses había recibido muchos mensajes condescendientes, de ánimo o incluso de lástima, pero muy poca franqueza.

—No tenía elección — trató de justificarse volviendo nuevamente la mirada en dirección al bol de helado.

—Por supuesto que la tenías, y aún así elegiste esto — insistió, tomándose la confianza de coger la mano de la gryffindor adornada con el anillo de compromiso.

Alison volvió nuevamente la mirada en dirección al moreno, inevitablemente sorprendida por su atrevimiento.

El contacto de su piel tibia con la suave y cálida mano de la muchacha provocó que una descarga eléctrica lo recorriera de los pies a la cabeza, por lo que en un abrir y cerrar de ojos volvió a soltarla como si nada hubiera ocurrido.

—Es tan fácil decirlo para ti... — bufó algo molesta como consecuencia de sus palabras.

Sabía que tenía mucha razón. Ella lo eligió. Podía haberse ido y dejar su casa como Sirius le había sugerido aquella tarde en la taberna de las Tres Escobas. Y sin embargo, decidió quedarse y acarrear con las consecuencias que ello conllevaba. Pero aunque sabía que el slytherin tenía razón, eso no hacía que doliera menos.

—¿Fácil?. Me recuerdas a Sirius… — rió divertido negando con la cabeza.

La rubia arrugó la nariz ante la mención del merodeador.

—Él siempre piensa que nadie tiene peores problemas que los suyos y que los demás jamás podrían entender su complicada situación, está demasiado ocupado mirándose al ombligo como para darse cuenta de que la realidad es muy diferente — explicó con cierto deje de irritación.

Alison dejó escapar un largo suspiro.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú el que está prometido — contraatacó tratando de defender a Sirius.

—Es posible, pero si mi hermano se hubiera negado a casarse contigo, muy probablemente sería yo quién llevara en este momento una alianza a juego con la tuya — replicó con simpleza encogiéndose de hombros — Tampoco soy dueño de mi vida, Alison, y no tardaré en correr el mismo destino que vosotros.

—¿Y por qué no pareces triste o enfadado por ello? — interrogó la gryffindor con curiosidad.

—Porque como te he dicho, no tiene sentido sufrir por algo que no puedes cambiar. Nací siendo un Black y eso conlleva una serie de obligaciones con las que debo cumplir esté o no de acuerdo con ellas. Yo no soy como mi hermano, no pienso luchar sin descanso para desafiar a mis padres cada vez que tenga oportunidad. Quizás para Sirius no es igual pero en mi caso siguen siendo mis padres y a pesar de todo, los quiero y no deseo disgustarlos — trató de explicar Regulus regalándole una sonrisa triste.

Alison volvió a suspirar, entendiendo por primera vez que tal y como aseveraba el dicho, en todas las casas se cuecen babosas cornudas, especialmente en las de los sangre limpia.

—Yo tampoco.

Regulus sonrió.

—Tú hermano nunca se ha parado a tratar de entenderlo. Probablemente se pase toda la vida echándome en cara el sacrificio que ha hecho por mí, porque yo no fui lo suficientemente valiente como para enfrentarme a mis padres — soltó, consiguiendo finalmente sincerarse sobre los pensamientos que hacía tiempo que la atormentaban.

—No lo creo, Sirius tiene muchos defectos pero cuando hace algo es porque el corazón le mueve a hacerlo, y no creo que nunca pudiera arrepentirse de salvar a la persona a la que ama — manifestó Regulus, consiguiendo que en consecuencia la rubia abriera mucho los ojos.

—Sirius no me ama.

—Sí, supongo que quince años no son suficientes para conocer a alguien, estoy seguro de que tú conoces a mi hermano mucho mejor que yo — apuntó el slytherin con sarcasmo enarcando una ceja.

—Perdona, no quería decir eso — se disculpó Alison, reprendiéndose a sí misma por ser tan bocazas.

—Lo sé, pero de igual forma no me molesta. Que en Hogwarts no pasemos demasiado tiempo juntos no significa que no nos queramos. Sirius es inmaduro, impulsivo y cabezota pero también es el mejor hermano mayor que nadie pudiera soñar nunca — confesó con nostalgia, al traer a su memoria los recuerdos de algunas de las aventuras vividas junto a su otra mitad.

—Tengo que decirte que acabas de recordarme mucho a Remus — bromeó la rubia con confianza.

No sabía por qué pero a pesar de no conocer apenas a Regulus, por alguna extraña razón no se sentía incómoda en su presencia o charlando con él. Más bien parecía como si hubieran sido amigos durante años. No lo sentía ni mucho menos como a un desconocido.

—¿Debería tomármelo como un piropo? — rió sorprendido por sus palabras, mientras la imagen del desgarbado y algo empollón, Remus Lupin se materializaba en su mente.

Alison golpeó juguetonamente el brazo de Regulus en represalia.

Ambos sonrieron y continuaron charlando de nada en particular durante aproximadamente una hora. No obstante, pocos minutos después, la muchacha no pudo evitar quedarse profundamente dormida sobre la mesa mientras hablaban.

Regulus continuó la conversación durante unos segundos antes de darse cuenta y cuando lo hizo, se permitió observarla con detenimiento durante unos instantes.

Estaba tan agotada que se había quedado plácidamente dormida encima de uno de sus brazos, sobre el que había empezado a babear. E incluso así se veía adorable.

Había oído hablar muchas veces a sus compañeros slytherin sobre Alison Potter. De hecho, era un tema de conversación recurrente en las mazmorras pues tanto su belleza como el estatus de su sangre, habían sido un bien codiciado por muchos de sus compañeros de casa.

No obstante, nada más oír su nombre, Regulus se obligaba a desconectar de esa conversación, pues los comentarios que solían acompañarlo eran asquerosos y repulsivos como poco. Le ponía enfermo escuchar como alguien se refería a otra persona en aquellos términos tan poco elegantes.

El slytherin disipó ese pensamiento rápidamente de su cabeza y se detuvo a pensar en cuál era la mejor opción.

¿Debía despertarla?.

Claramente no.

Parecía que era la primera vez que conciliaba el sueño en mucho tiempo y no quería ser él quien la desvelara cuando al fin había logrado dormirse.

¿Y si la llevaba en brazos a la Torre de Gryffindor?. No era excesivamente tarde y era bastante probable que todavía quedara alguien despierto capaz de abrirle la puerta.

Sí, eso haría.

Se acercó cauteloso a la rubia, pero antes siquiera de tocarla, frotó las palmas de sus manos tratando de calentarlas, para evitar así despertarla por la diferencia de temperatura entre su piel y la de ella.

El muchacho puso uno de los brazos bajo las piernas de la chica y la cargó de un impulso para, a continuación, posar su otro brazo a mitad de su espalda para sujetarla.

Estaba tan profundamente dormida que no se había despertado con la brusquedad del movimiento. Así que, tras asegurarse de que la tenía bien sujeta, emprendió el camino en dirección a la torre de Gryffindor.

Al llegar al retrato de la Señora Gorda, la buena mujer soltó un amplio bostezo, antes de exigirle en un tono de voz grave la contraseña de acceso.

—No la tengo — explicó algo apurado — Solo venía a dejar a esta Gryffindor en su sala común, ¿podría comprobar si hay alguien ahora mismo en la sala que pueda abrir la puerta? — pidió en tono suplicante.

La Señora Gorda miró con desaprobación al slytherin antes de desaparecer a regañadientes.

Por suerte, la puerta no tardó demasiado en abrirse, apareciendo tras de ella un confundido Remus Lupin.

—Yo… se quedó dormida en las cocinas y solo venía a traerla — balbuceó Regulus haciendo el amago de acercarse a Remus, que automáticamente tendió los brazos para coger a la muchacha.

El resto de merodeadores no tardaron en asomar sus cabezas por el umbral, tratando de descubrir qué era lo que sucedía.

Tras hacerlo, James le devolvió una mirada incrédula al slytherin, mientras que Sirius le observaba con seriedad y un Peter notoriamente confundido, se tapaba la boca para ahogar un bostezo.

Por un momento pensó que su hermano sería capaz de atravesarle con la mirada.

Estaba celoso. Era más que evidente. Pero ese no era su objetivo, ni mucho menos su intención. Tan solo deseaba dejar a la chica sana y salva en su sala común e irse de allí tan rápido como le fuera posible. Después de todo...seguía siendo un slytherin.

—Bueno yo ya me...iba — murmuró antes de darse la vuelta y emprender el camino de vuelta a las mazmorras, dejando a los cuatro muchachos con cara de pánfilos plantados en el umbral de la puerta.