Capítulo 14: Lo más parecido a un hogar (parte 2)

—¿Falta mucho? — preguntó James aburrido, golpeando un guijarro con la punta de su zapato.

Hacía ya un par de horas que los muchachos transitaban a través del vasto y frondoso Bosque de Dean, en busca de una zona óptima en la que poder montar cómodamente el campamento. No obstante, hasta el momento no se podía decir que hubieran tenido demasiada suerte, por lo que más de uno a esas alturas se planteaba que después de todo, quizás no fuera tan mala idea acampar allí mismo en medio del camino si eso significaba no tener que dar un paso más.

Por suerte para ellos, aunque estaban en el mes de enero, el clima helado de los últimos días se había templado, y el sol lucía sobre el azul de un cielo completamente despejado, calentando parcialmente las copas de los árboles, y los pequeños claros rodeados de espesa arboleda en los que desembocaban algunos de los empedrados caminos del bosque. No obstante, la humedad presente en el ambiente como consecuencia de la delimitación del espacio natural por el río Wye al noroeste y el río Severn al sur, hacía que la sensación térmica fuera aún más baja, calando los huesos bajo las ropas de los jóvenes, que por una vez se alegraron de tener que caminar tanto, pues de esa forma al menos sus cuerpos se mantendrían calientes durante el trayecto.

—Unos treinta segundos menos que hace treinta segundos cuando lo preguntaste — contestó Remus a punto de perder la paciencia, mientras examinaba con detenimiento el enorme mapa que les había prestado Fleamont Potter.

No obstante, el mapa no parecía ser de demasiada ayuda, pues orientarse en medio de un bosque cubierto casi en su totalidad por inmensos árboles y densa vegetación, era de todo menos sencillo. En especial, cuando sus amigos del alma no hacían más que poner trabas a la ya de por sí difícil misión, con sus continuas quejas y sugerencias.

—Oye Moony, ¿Estás seguro de que estás leyendo el mapa correctamente? — cuestionó Sirius cansado de caminar sin rumbo aparente.

Estaban más perdidos que una lechuza en un día de niebla.

El moreno empezaba a pensar que la acampada sin magia no era tan buen plan como le había parecido en un inicio. Aunque claro, siendo una de las estrambóticas ideas de James, ¿Qué podían esperar?.

—¿Quieres intentarlo tú? — replicó Remus notablemente enfadado volviéndose para observar con incredulidad al moreno, que negó simplemente con la cabeza y se abrazó a sí mismo con fuerza, tratando de combatir un poco el frío húmedo que impregnaba el ambiente, y que amenazaba con colarse bajo su fina chaqueta de cuero.

No llevaba ni de lejos el atuendo acorde a un fin de semana en medio del bosque, sino más bien el propio de una ruta de aficionados a las motos. En ese momento se arrepentía sobremanera de haber descartado la idea de ponerse el horrible jersey mostaza que le había tejido a mano la madre de Peter, puede que de haberlo llevado hubiera estado ridículo, pero al menos no estaría pasando tanto frío.

—¿Habéis oído eso? — preguntó Peter asustado, elevando rápidamente la mirada hacia las inquietas ramas de los enormes e intimidantes árboles que descansaban sobre sus cabezas.

—Sí, creo que eso sonaba como un oso. Deberías sacar los cascabeles por si acaso — bromeó James visiblemente divertido, disfrutando de ver como Remus rodaba los ojos ante sus palabras.

El rubio iba tan cargado que al mirar a su alrededor asustado como consecuencia de la mera mención de la palabra oso, perdió momentáneamente el equilibrio y dio un traspiés hacia atrás, pisando por accidente a un despistado Remus, que como no podía ser de otra forma, dejó escapar un sonoro gemido de dolor en consecuencia.

El castaño se agarró el dolorido pie y fulminó a sus amigos con la mirada, antes de respirar profundamente tratando de evitar perder la paciencia, después de todo no tenía su varita para hechizarlos, aunque para ser sincero, ganas no le faltaban.

—Perdona Moony — se disculpó Peter en tono de arrepentimiento agachando la cabeza.

Sirius y James por su parte, intercambiaron miradas cómplices y dejaron escapar una tras otra una serie de ruidosas carcajadas, mientras que a Remus poco le faltó para coger el racimo de cascabeles y estamparlo en las cabezas de hipogrifo de sus encantadores amigos.

—Peter, por Merlín, NO hay osos, no dejes que estos dos idiotas te engañen — insistió con desesperación, volviendo nuevamente la cabeza al indescifrable mapa.

—Oh, perdone su ilustre eminencia, no recordaba que había un magizoólogo entre nosotros. Escribiré a Newt Scamander para informarle de que tiene a la horma de su zapato estudiando en Hogwarts en este preciso momento— replicó James en tono de burla.

Remus puso los ojos en blanco.

—Prongs, creo que los osos no son criaturas mágicas — titubeó con inocencia Peter, en tono apenas audible.

James por su parte sonrió, y tomó a Peter de los hombros para impulsarlo a continuar el camino con decisión

—Oye Moony, eso se parece bastante al sitio al que se suponía que nos dirigíamos — informó Sirius, señalando a lo lejos el pequeño claro en qué desembocaba el camino de tierra que hacía varias horas habían estado transitando.

Remus levantó la cabeza en dirección a dónde estaba señalando el moreno.

—Sí, ¡Al fin! — exclamó emocionado — ¿Lo ves, mago de poca fe? — añadió dirigiéndose hacia James, satisfecho de su logro.

—Desde luego, pero olvidas mencionar que hemos tardado dos horas en encontrar algo que según tú estaba literalmente a quince minutos — puntualizó el castaño, tratando nuevamente de hacer enfadar a su amigo.

Remus negó con la cabeza dando la discusión por perdida.

—Pensé que eras el deportista del grupo — ironizó.

—Y lo soy, es solo que mi instrumento es la escoba — replicó con simpleza James, encogiéndose de hombros.

Y así era, quizás no podía considerarse a sí mismo un deportista de élite, pero desde luego, nadie podía negar que como mínimo el muchacho estaba en forma gracias al quidditch. El problema es que caminar sin rumbo aparente por medio de la nada, no se le antojaba como el plan de su vida, aunque hubiera sido él mismo quién lo hubiera ideado y propuesto.

—Eso y que parece que has venido vestido para ir a la iglesia un domingo. En serio, ¿en qué pensabas cuando elegiste mocasines, camisa y jersey para venir a acampar en medio del bosque? — preguntó en tono de burla Sirius, recorriendo a James de arriba a abajo con la mirada.

—Perdona, justamente fue a hablar el que va vestido como un ángel del infierno, al menos yo he traído una mochila con las cosas que hacen falta para acampar —contraatacó James, ligeramente ofendido porque sus amigos hicieran bromas en relación a la vestimenta que había tenido a bien ayudarle a elegir su madre aquella mañana.

—Por suerte para mí, mi gran amigo Wormtail ha traído suficientes cosas para los dos, ¿verdad? — preguntó divertido sin apartar la mirada de la de James, dejando entrever su reluciente dentadura.

Peter asintió enérgicamente, y Sirius en respuesta apretó los hombros del muchacho con cariño, agradecido por su generosidad.

—Para los dos y para todos los habitantes de Godric 's Hollow — puntualizó James elevando las cejas, mientras observaba a su amigo rubio con detenimiento.

Peter parecía una caricatura de un boy scout experto.

Vestido de los pies a la cabeza de color caqui, sombrero de aventurero incluido, y con una enorme mochila que ocupaba prácticamente el doble de lo que lo hacía el propio muchacho, de la que colgaban distintos artilugios de lo más variopintos, entre los que destacaba una pequeña sartén, un silbato y como no podía ser de otra forma, un racimo de cascabeles.

Tras llegar al claro que había señalado Sirius, Remus se puso manos a la obra mientras el resto de muchachos miraban embobados cómo el merodeador se peleaba con las instrucciones de la primera de las tiendas de campaña.

—¿Alguno ha pensado en echarme una mano?, ¿O vais a seguir mirando embobados sin hacer nada? — reclamó el castaño, tratando de hacer reaccionar a sus amigos.

Para su suerte, tanto James como Peter se pusieron manos a la obra de inmediato después de su regaño, aunque pasado un rato, el merodeador no tenía demasiado claro si sus amigos iban a ser realmente una ayuda para realizar con éxito la ardua labor, o más bien terminarían por ser una carga.

James por su parte, se peleaba con las instrucciones de la tienda, que parecían estar escritas en runas antiguas. ¡Con lo fácil que habría sido montarla con un golpe de varita!. ¡Qué vidas tan duras y laboriosas tenían los pobres muggles!.

Cuando el muchacho llevaba alrededor de diez minutos montando la estructura de la tienda, se dio cuenta de que se le había olvidado por completo meter las varillas dentro de la tela impermeable que la cubría, por lo que con el sonido de las carcajadas de Sirius de fondo y las muecas de incredulidad de Remus, tuvo que empezar el trabajo de nuevo.

En ese preciso instante, Remus se giró para ver cómo le estaba yendo a Peter, y se sorprendió al encontrar al rubio con las mejillas llenas de aire y más rojo que un tomate, tratando de hinchar los colchones en los que dormirían a pulmón.

—¿Pero qué haces, Wormtail? — exclamó incrédulo en voz alta.

—Tratar de inflar los colchones — replicó con obviedad, a la vez que intentaba a duras penas recuperar el aliento.

— Eso ya lo veo. Lo que no acabo de entender es porque no estás usando la bomba de aire que dejé junto a ellos — señaló el merodeador, elevando las palmas de las manos con desesperación.

—¿Esto? Pensé que era algún tipo de artilugio para encender fuego, el enmendador ese que dijo James — suspiró angustiado.

James se dio entonces la vuelta para mirar cómo Sirius se encontraba tumbado plácidamente en una manta sobre el suelo, con la espalda apoyada en el tronco de uno de los árboles mientras tomaba el sol.

—Padfoot, ten cuidado no te vayas a partir el lomo con el trabajo tan duro que estás haciendo — resopló cruzándose de brazos notablemente molesto.

—Estoy supervisando a Peter — se excusó el moreno sin dejar de sonreír.

—Pues supervisas de pena — replicó James, sacando la lengua de forma infantil.

—Oye Remus, creo que la tienda de James está un poco torcida, ¿no crees?. Me da la impresión que don sacosiempreexcelenteentransformaciones, no sabe seguir unas sencillas instrucciones — opinó divertido, señalando la obra de su amigo.

—Agradece que no tenga mi varita, porque un tragababosas sería potencialmente problemático aquí perdidos en medio del bosque — sonrió el merodeador con falsedad, maldiciendo a su amigo entre dientes.

Sí, definitivamente la tienda estaba notablemente torcida. Lo cual muy probablemente tuviera que ver con qué había usado las varillas del techo para hacer las paredes y viceversa, y eso inevitablemente significaba para su desgracia que tendría que rehacerla una vez más.

Para cuando al fin terminaron de montar el campamento ya había anochecido, y los cuatro muchachos se encontraban sentados alrededor de una confortable hoguera que habían conseguido encender entre todos. Sirius y James recolectaron la leña, Peter la yesca, y Remus, como no podía ser de otra forma, ejecutó la difícil técnica que les permitió hacerlos arder.

Como cena tomaron las deliciosas empanadas de Cornualles caseras que había preparado la señora Potter para todos ellos, y de postre, cocinaban al fuego las nubes de azúcar que oportunamente había llevado Remus, después de que Sarah le informara de que eran dulces que tradicionalmente acostumbraban a comer los muggles en las acampadas.

—Esto está realmente delicioso — balbuceó James, con la boca completamente llena de nubes.

—Y que lo digas, los muggles no hacen tan malos dulces después de todo — reconoció Sirius, tostando al fuego otra de las delicias esponjosas — Aunque son casi tan empalagosas como Moony cuando habla de Sarah — le picó intencionadamente.

—Al menos yo he sido lo suficientemente valiente como para decirle que la quiero — contraatacó Remus siguiéndole el juego, sin llegar en ningún momento a ofenderse por las palabras de su amigo.

—Cierto, aún te recuerdo no hace mucho diciendo que preferirías salir con McGonagall antes que con ella — rió James divertido, al traer a su memoria tan cómico evento.

—Bueno, en mi defensa diré que ella dijo que seguramente sería más agradable besar al calamar gigante que a mí — rememoró Remus, haciendo que se generase una sonora carcajada general en el grupo.

—No pero en serio, creo que hablo por todos al decir que estamos muy contentos de verte tan feliz con ella — habló James con sinceridad.

Sirius y Peter asintieron.

—A veces pienso que es demasiado bonito para ser cierto. Es como un sueño hecho realidad, y todo el tiempo temo que llegue el día en que me despierte y no sea real. Aún no tengo claro cómo alguien tan increíble como ella se ha fijado en mí, sobre todo teniendo en cuenta que si sigue conmigo nunca podrá llevar una vida normal — suspiró Remus, dejando entrever a sus amigos parte de las inseguridades que acostumbraban a atormentarlo.

—Remus, quizás sea un poco exagerado pero cuando os veo juntos no puedo evitar pensar en que algún día te vas a casar con esa cerebrito pecosa, y nosotros vamos a ser los padrinos de boda más atractivos con que podría soñar nadie nunca — comentó James medio en broma medio en serio, tratando de cambiar el tono de la conversación a uno más esperanzador y alegre.

—Por el momento el único que tiene planes de boda aquí, es nuestro querido ángel del infierno — bromeó Remus con fingido apuro, dirigiendo una sonrisa tímida hacia donde se encontraba sentado Sirius.

—Y hablando de eso, ¿Cómo lo llevas con mi prima? — preguntó James con curiosidad .

—Ufff creo que voy a tener que ir a por el alcohol si realmente queréis que tengamos esa conversación en este preciso momento— indicó con incomodidad, a la vez que se levantaba para ir a buscar la botella de whisky de fuego que había guardado James en su mochila de acampada, y que había estado reservando desde hacía meses para una ocasión especial.

Su relación con la rubia no era algo de lo que le apeteciera hablar especialmente, y menos aún con sus amigos. Si había algo que Sirius Black odiaba casi tanto como a sus propios padres, eso era sin lugar a dudas mostrar debilidad, y ese impasse en que se mantenían Alison y él desde hacía ya varios meses, le hacía sentir como si estuviera situado sobre el tejado de la Torre de Astronomía de manera permanente, con el único apoyo de sus propios pies. Sentía vértigo, pero no en el buen sentido, sino más bien el desequilibrio e inestabilidad que percibes cuando no sabes en qué va a desembocar algo que significa tanto para ti, cuando la mera posibilidad de perderlo, te golpea una y otra vez como la más dolorosa de las maldiciones.

Sirius sirvió el contenido en cuatro tazas de latón que había llevado Peter a la excursión, las repartió entre sus amigos y tras hacerlo, dio un largo trago al recipiente que portaba entre las manos antes de decidirse a hablar.

—Para ser sincero no sé bien ni que deciros, a veces pienso que no hacemos más que ir hacia atrás, que estoy perdiendo el tiempo al tratar de reconstruir algo que ella hace tiempo que dio por perdido. No lo sé chicos, se supone que ahora somos casi amigos de nuevo, o al menos ya no tiene ganas de meterme la cabeza en un caldero hirviendo, pero creo que todo el tema de la maldita boda nos ha alejado más que nunca, a veces me planteo si realmente hice lo correcto al aceptar, o he condenado lo nuestro al fracaso — confesó dejando escapar un largo suspiro.

—Padfoot, yo creo que ella te quiere de verdad, no hay más que ver cómo te mira cada vez que os cruzáis por los pasillos, pero pienso que quizás deberías tratar de darle algo de tiempo y tomarte un respiro tú mismo de esa situación de mierda que os ha tocado vivir, puede que ahora mismo parezca impensable pero con el tiempo todo acaba volviendo a su cauce — opinó Remus, regalando una mirada de comprensión a su amigo moreno.

—Moony tiene razón Padfoot, es cuestión de tiempo, además recién comenzamos el sexto curso, no es justo que lo pases triste o amargado por algo que ni tan siquiera depende de ti, si realmente es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de cuánto la quieres, como dice Remus será cuestión de tiempo que las cosas vuelvan a su sitio. Y es una Potter, así que no se os ocurra poner en duda la inteligencia de los Potter — advirtió James en tono de broma, elevando el dedo índice en dirección a sus amigos como si fuera un director de orquesta.

—Si Padfoot, es más que evidente que estáis hechos el uno para el otro — agregó Peter, tratando de animar de igual forma al moreno.

Sirius sonrió tímidamente regalando miradas de agradecimiento a sus amigos.

—Además, Sirius, sé que te dije que no tenías ninguna oportunidad con ella, pero en esta ocasión no podría estar más feliz de tener que comerme mis palabras. Ya solo falta que os deis cuenta vosotros — señaló Remus, terminando de convencer al joven, que por un momento sintió que se había quitado un peso de encima de la cabeza, y por ende, del corazón.

—¿Aún sigues dudando de Regulus? — se atrevió a preguntar entonces James.

Sirius dio un largo trago al contenido de su vaso y con la mirada perdida en las crepitantes llamas de la hoguera, se removió incómodo en la silla antes de contestar.

—Lo de Regulus claramente es un tema espinoso. No se da cuenta o no quiere darse cuenta de que se está enamorando de ella, pero lo está haciendo, y presiento que eso no va a acabar bien para él por muchas razones — respondió Sirius, cambiando involuntariamente el tono de voz a uno más serio.

—¿Y crees que Alison se está dando cuenta de eso? — preguntó Remus confundido.

—Creo que ella ha encontrado en Regulus un apoyo que nunca imaginó que tendría, alguien que la puede llegar a entender mejor incluso que yo mismo, porque está exactamente en su misma situación — explicó el moreno dejando escapar un suspiro — Y creo que ella en cierto modo lo sabe, pero a veces somos demasiado egoístas como para reconocer lo que pasa por delante de nuestros ojos por miedo a que hacer frente a la verdad pueda llegar a implicar perder algo que valoras tanto y que es tan importante para ti, y Ali no está preparada aún para eso — terminó pensativo, volviendo a dar un trago a su bebida.

¿Tenía envidia de Reg?. Puede que un poco. Incluso a veces había dudado de sí mismo y había pensado que existía la posibilidad de que la rubia acabara por corresponder los sentimientos de su hermano, pero los había visto interactuar a ambos en varias ocasiones y mientras que él la miraba como si fuera capaz de sostener el mundo si ella se lo pidiera, en los ojos de Alison no había visto esa chispa de adrenalina que podía distinguir cuando lo miraba a él.

—Podrías tratar de hablar con ella — propuso James.

—No me corresponde a mí, Prongs. Me ha costado mucho entender que no soy quién para meterme en las decisiones que toma. Por el momento bastante tengo que arreglar de nuestra relación, como para meterme en la que tiene con otra persona, aunque esa persona sea Reg — razonó Sirius, tratando de convencerse a sí mismo de sus propias palabras.

—¿Y si hablas con él? — preguntó Remus encogiéndose de hombros.

—No sé si eso sería aún peor, ha estado muy raro desde la cena de navidad y no estoy seguro de si es solo por Alison o le pasa algo más. El problema es que no somos tan cercanos como solíamos serlo, y ahora mismo no creo que sea la persona que mi hermano elegiría para contarle sus preocupaciones — explicó, dejando entrever parcialmente la desesperación que sentía respecto a ese tema.

En ese momento se hizo el silencio entre los muchachos, que inmersos en sus propios pensamientos, disfrutaban de la tranquilidad que les proporcionaba estar perdidos en medio de un enorme bosque, con la bóveda celeste sobre sus cabezas, y el sonido de las aves nocturnas y del balanceo de las ramas y hojas movidas por la suave brisa de la noche, como banda sonora de un momento tan íntimo y especial entre ellos.

—De igual forma, decidas lo que decidas, quiero que sepas que nosotros siempre estaremos ahí para apoyarte — aseguró James, regalándole una sonrisa sincera.

Sirius por su parte, asintió agradecido antes de volver a hablar.

—Bueno, dejando a un lado está conversación tan melancólica, creo que de lo que es hora es de buscaros pareja a vosotros dos — opinó el moreno, señalando a James y a Peter alternativamente.

James se atragantó con la bebida y tosió escandalosamente, mientras Peter le daba golpecitos en la espalda para tratar de ayudarlo a recuperarse.

—Al final va a ser verdad lo de que eres alérgico al compromiso, querido Prongs — bromeó Sirius con una sonrisa ladeada, siendo acompañado por la ligera risa de Remus.

—No, es solo que puede que ya haya conocido a alguien — se atrevió a decir, desviando rápidamente la mirada.

—¿Qué tú qué? ¿Y cómo no nos has dicho nada?. Se supone que somos tus amigos — replicó Sirius entre incrédulo y sorprendido.

James suspiró.

—Es que aunque me encantaría, por el momento no puedo deciros nada más, se lo he prometido a ella — explicó con sinceridad, jugueteando distraídamente con la taza de latón que tenía entre las manos.

—No hace falta que nos lo cuentes aún — se apresuró a decir Remus.

James sonrió agradecido.

—Y una mandrágora. Habla por ti Moony, yo quiero saber quién le ha robado el corazón a mí mejor amigo — exigió Sirius, ligeramente ofendido porque su mejor amigo no le hubiera contado nada respecto a su reciente y del todo inesperado affaire.

—No os lo voy a decir, Padfoot. Pero chicos, creo que nunca antes había sentido algo como esto por nadie, sé que siempre dije que no estaba preparado para ceder mi libertad, pero con ella ha dejado de importarme eso, me siento libre estando a su lado, como si volara, como un viaje a máxima velocidad en la más veloz de las escobas — relató, sintiendo como una descarga de adrenalina se apoderaba de cada célula de su cuerpo, al traer a su memoria las sensaciones que experimentaba cuando estaba cerca de la pelirroja.

Remus puso los ojos en blanco ante la metáfora.

—Desde que nos acercamos he cambiado, pero no lo he hecho porque me lo haya pedido, ha sido porque quiero ser mejor para ella, alguien que realmente la merezca — explicó pensativo, con un notable tono de decisión en sus palabras.

—Madre mía, Prongs, creo que las cosas muggles azucaradas esas te han dado diabetes, a mí al menos empiezan a dolerme las arterias — bromeó Sirius, al que todavía le costaba creer que esas palabras hubieran salido de boca del casanova y eterno soltero, James Potter.

—Eso es genial, Prongs. Eres un tío increíble y te mereces estar con alguien que sea tan increíble como tú — sonrió Peter, feliz de ver a su amigo tan emocionado.

—Bueno en ese caso solo faltas tú, Wormtail. He oído por ahí que una tal Daphne Edgecombe de Hufflepuff te tiene echado el ojo, así que si te parece podría pedirle a alguna amiga suya una cita doble — propuso Sirius encogiéndose de hombros.

Para ser completamente sincero, el moreno no tenía demasiadas ganas de salir con nadie que no fuera la rubia pero dadas las circunstancias, quizás no era tan mala idea tomarse un respiro del drama constante en que se había convertido su vida en los últimos meses.

Peter asintió enérgicamente y ambos muchachos cerraron el trato con un apretón de manos.

El rubio no dejaba de pensar en si lo que había dicho Sirius era cierto o si lo decía para hacerle sentir mejor. Nunca se había considerado a sí mismo lo suficientemente bueno como para ser del interés de nadie, sobre todo teniendo en cuenta que seguramente optaran por cualquiera de sus amigos antes que él en caso de tener elección, pero por un momento sintió como una chispa de ilusión y esperanza se instalaba en lo más profundo de su corazón.

Los jóvenes permanecieron un rato más charlando al calor del fuego, hasta que sintieron como el cansancio se empezaba a apoderar poco a poco de sus cuerpos, por lo que en cuanto comenzaron a encadenar bostezos y para evitar quedarse dormidos a la intemperie, se metieron en sus respectivas tiendas, completamente dispuestos a dejarse envolver por los brazos de Morfeo.

No obstante, en torno a las cuatro de la madrugada un sonoro estruendo los despertó de golpe, haciéndoles salir asustados de sus tiendas sin dejar pasar ni un solo segundo.

—¡La trampa para osos! ¡La trampa para osos! ¡Ha saltado la trampa para osos! — exclamó Peter aterrorizado, con el corazón a punto de salirse de su pecho.

—¿Trampa para osos? ¿Habéis puesto una trampa para osos, descerebrados? — exclamó Remus entre susurros en tono de reprimenda, mientras Sirius, James y Peter se escondían a su espalda.

—Fue idea de James — se justificó rápidamente Peter.

—Eres un bocazas, se suponía que no le diríamos nada a Remus — reclamó James tragando saliva notablemente asustado.

—Se suponía que no habría ningún oso — balbuceó Peter, tratando de controlar el temblor de sus piernas.

Los cascabeles sonaron con intensidad nuevamente y Remus elevó la linterna y empezó a caminar en dirección a dónde provenía el intenso tintineo, con el resto de muchachos pegados a su espalda.

La tensión se podía cortar con un cuchillo y a esas alturas, hasta el propio Remus estaba asustado por lo que pudieran llegar a encontrar en la trampa que habían montado los locos de sus amigos.

—No hay osos, chicos — insistió nuevamente.

No obstante, ni él mismo estaba convencido de sus propias palabras en ese momento.

Se acercaron con sigilo hasta la red colgada de un árbol que se agitaba violentamente frente a ellos, rompiendo el silencio de la noche con el molesto tintineo de los cascabeles prendidos de ella.

La temblorosa mano de Remus elevó la linterna en dirección a la red, y cuando el haz estaba a punto de llegar al fin hasta la parte superior, los cascabeles se agitaron de nuevo con fuerza, haciendo que los muchachos gritaran impulsivamente invadidos por el terror.

—¡¿Se puede saber qué hacen?!. ¡Bájenme inmediatamente de aquí! — reclamó una voz en tono autoritario.

Remus elevó la linterna finalmente y pudo divisar a un hombre de mediana edad con uniforme de policía atrapado entre las cuerdas de la red. Por lo que antes siquiera de acercarse para soltarle, dirigió una mirada de reproche en dirección a sus amigos, que sonrieron apurados a modo de disculpa, algo más tranquilos de que lo que hubiera caído en la trampa no fuera un terrorífico y enorme oso.

Los jóvenes colaboraron para poner en libertad cuanto antes al guarda forestal, que cuándo al final pisó suelo firme y se hubo colocado correctamente el uniforme se dirigió a los chicos.

—¿Saben que está prohibido acampar en esta zona del bosque, y en especial encender hogueras? — les reprendió autoritario, señalando el campamento que habían montado los chicos — Por no hablar de que han montado una trampa ilegal, y atrapado a una figura de la autoridad dentro de ella. Voy a verme obligado a llevarlos conmigo hasta la comisaría — informó en tono serio, a la vez que apuntaba algo en su libreta.

Los cuatro muchachos se miraron entre ellos, pensando si era o no una buena idea salir corriendo para huir de esa situación, pero finalmente desecharon el descabellado plan, y tras recoger todas sus cosas siguieron al guardia hasta el lugar donde se encontraba aparcado su vehículo.

—No sé para que os hago caso — resopló Remus en tono bajo para que solo los muchachos pudieran escucharle.

—Remus tiene razón, sois un par de alcornoques, por una vez que vamos de acampada y acabamos detenidos — coincidió Sirius agotado, a la vez que dejaba escapar un amplio bostezo entre sus labios.

—Perdón por querer protegeros de los osos, la próxima vez dejaremos que os coman — refunfuñó James cruzándose de brazos.

Peter por su parte miró en dirección al suelo arrepentido, rezando internamente porque los policías no avisaran a sus padres, de lo contrario muy probablemente no volviera a ver la luz del sol en mucho tiempo.

—En esta zona llevan sin avistarse osos unos cincuenta años, muchachos — interrumpió el policía inevitablemente divertido, negando con la cabeza.


Lily Evans caminaba de un lado a otro de su habitación tratando sin demasiado éxito de calmarse. Si seguía a ese ritmo, muy probablemente terminaría por hacer un agujero en el suelo.

No obstante, lo de contar hasta diez había dejado de tener efecto hacía ya varios días, y la posibilidad de lanzar a Petunia un maleficio aliento de pimienta para instarla a cerrar el pico, cada vez se presentaba como una opción más atractiva para ella, aún teniendo en cuenta la prohibición de realizar magia fuera de los terrenos de Hogwarts que tenían los menores de edad.

Esas vacaciones estaban siendo las peores con diferencia desde hacía ya varios años, pues su hermana no había cesado día tras día en su incansable labor de recordarle cada uno de los aspectos que en su, para nada humilde, opinión no estaban bien con ella.

Como siempre, sus padres habían tratado de mediar entre ambas, pero cada vez parecían más cansados y pasivos con respecto a la situación, y Lily sentía en lo más profundo de su corazón una chispa de reproche, porque no se esforzaran lo suficiente en hacer entender a Petunia que lo que ella era no estaba mal ni era raro, sino sencillamente diferente.

Que distinto hubiera sido si en algún momento su hermana hubiera logrado alegrarse mínimamente por ella, quizás así podría haberle contado cosas del mundo mágico, de lo que hacían en clase, de sus amigas y bueno, incluso de James.

Pero no, su hermana prefería permanecer ajena a todo aquello en lo que la magia estuviera involucrada de alguna forma, y por eso cada vez que trataba de contar algo a su familia, Petunia forzaba un cambio en la conversación para llevarla a su terreno, y evitar así que Lily pudiera mencionar nada que fuera mínimamente extraño o difícil de entender.

No obstante, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando el timbre de la vivienda vibró con intensidad y pudo escuchar como Petunia espetaba en un tono de voz elevado y cargado de desprecio 'No compramos nada' y tras ello, el sonoro impacto de la puerta al cerrarse con fuerza.

Pero el timbre no tardó en volver a vibrar, y tras unos segundos de silencio, pudo escuchar con claridad gritar a su hermana nuevamente, aunque esta vez desde el hueco donde se encontraban situadas las escaleras que conducían al piso superior.

—¡Lilian!. En la puerta hay un tío rarito que dice que te conoce. Haz el favor de bajar — vociferó sin un ápice de cortesía con respecto al inesperado visitante.

Severus.

Ese fue el primer pensamiento que cruzó su mente, después de todo el muchacho era algo especial en lo que a aspecto físico e indumentaria se refería, y el único de sus conocidos que vivía mínimamente cerca de ella.

Pero no, no podía ser él. Después de todo, Severus la odiaba, y en consecuencia, no la visitaría sin un buen motivo para ello.

La pelirroja bajó los escalones de dos en dos en dirección al recibidor, encontrando para su sorpresa en el mismo a un sonriente James, que en ese instante, como no podía ser de otra forma, estaba siendo escrutado por su agradable hermana Petunia, que le observaba con desconfianza cruzada de brazos.

A decir verdad, el muchacho no tenía una apariencia para nada extravagante, ni que insinuara mínimamente que había un hechicero escondido bajo su clásico chaleco de punto y su camisa celeste, tanto era así que de esa guisa, habría pasado totalmente desapercibido en cualquier grupo de muggles.

Pero a pesar de su normalidad, intuyó que su hermana lo había considerado 'rarito' única y exclusivamente por tener que ver algo con ella misma.

James sonrió al divisar al fin a la muchacha, y la pelirroja no pudo evitar sonreír de igual forma cuando sus ojos al fin se encontraron.

—Ya puedes irte Gardenia, gracias por tu desmedida amabilidad — dijo James distraídamente, sin apartar sus grandes ojos avellana de los de Lily.

—Es Petunia — reclamó notablemente ofendida con voz chillona.

—Cierto, perdona — apuntó James divertido.

Era más que evidente que lo había hecho a propósito para molestarla un poco, pero surtió el efecto deseado y la castaña se marchó resoplando en dirección a la cocina.

—¿Salimos a tomar un poco de aire? — propuso Lily entonces.

No quería que Petunia pudiera escuchar su conversación con James, era algo suyo y no deseaba compartirlo con alguien que la trataba con tanto desprecio como acostumbraba a hacer ella.

James asintió.

—¿No quieres enseñarme tu casa?. Prometo que me comportaré bien en presencia de tus padres. Llamaré a Amapola por su nombre — bromeó, cuando comenzaron a caminar por la acera frente a la casa de la muchacha.

—No es eso, mis padres han salido para ir a ver una obra de teatro esta tarde, y la verdad es que no quería que Petunia nos molestara, como has podido comprobar no acostumbra a ser especialmente agradable, en especial cuando se trata de mis amigos — suspiró haciendo patente el agotamiento mental, físico y emocional que sentía.

—Ven aquí — dijo James aproximándose en su dirección, para inmediatamente después envolverla con fuerza entre sus brazos.

Sabía de buena tinta que Lily no estaba pasándolo especialmente bien esas fiestas, pero apreciar con sus propios ojos cómo la muchacha fuerte, decidida y valiente que había conocido en el colegio, se encontraba completamente derrotada y a punto de tirar la toalla, no solo le enfureció sobremanera, sino que además generó en él el impulso y la necesidad de querer protegerla a toda costa de todo aquello que pudiera causarle cualquier mal.

Lily por su parte, se dejó abrazar por el muchacho, acomodándose en su pecho y en consecuencia, aspirando el relajante aroma a verbena y cítricos que impregnaba la ropa del gryffindor.

—Aún no te he preguntado qué estás haciendo aquí — apuntó en forma de pregunta la chica cuando al fin se hubieron separado.

—En realidad, había planeado venir a verte ayer para darte una sorpresa, pero dado que tuve que pasar la noche anterior y parte de esa misma mañana en una celda, después de sacarme de allí a mí y al resto de chicos, a mis padres no les hacía demasiada gracia que volviera a salir de casa — explicó el castaño, a la vez que se rascaba la nuca con nerviosismo.

—¿Celda? ¿Cómo hicisteis para acabar en una celda si estabais de acampada? — preguntó Lily notablemente confundida.

—Es una larga historia, mejor no preguntes — replicó avergonzado al recordar su hazaña — Pero lo importante es que he venido, te noté algo alicaída en las cartas y quería animarte un poco, así que aquí me tienes, esforzándome por sacar de sus casillas a la encantadora Camelia — explicó con una sonrisa tímida dibujada en los labios.

Lily le observó durante unos segundos conmovida.

James Potter, James Potter acababa de tener ese gesto tan gentil y desinteresado con ella, y por un momento sintió como su corazón se llenaba de fuerza y esperanza, y la tensión y malestar que había experimentado hasta ese momento, se disipó por completo como si nunca hubiera estado allí, siendo sustituida por una profunda y apacible calma.

Lily le abrazó nuevamente con fuerza en agradecimiento, provocando un gesto de sorpresa en el chico que no esperaba el contacto de la muchacha.

—¿Y cómo encontraste mi casa? — balbuceó la pelirroja contra su camiseta.

—Bueno, digamos que tras insistir un poco Remus se apiadó de mí y me la dio, aunque para ser sincero, después de que nos arrestaran por mi culpa pensé que estaba tan enfadado que aunque fuera sólo por venganza no me la daría — explicó sin poder evitar que una mueca de diversión se reflejara sutilmente en su rostro.

—Remus es un santo y yo necesito conocer esa historia ya — pidió Lily divertida, tomando a James por la cintura mientras caminaban sin rumbo aparece en dirección al horizonte.

—Está bien, pero para empezar a contarte la historia en primer lugar tengo que hablarte del increíble peligro que suponen los osos salvajes y de las técnicas más eficaces para combatirlos —empezó James.

Lily alzó las cejas incrédula.

—Intuyo que me voy a reír a carcajadas con esta historia — aventuró, mientras dejaba que el brazo de James envolviera con cariño su hombro.