Capítulo 16: El amargo sabor de las despedidas

Alison Potter caminaba por los pasillos del castillo en dirección a la enfermería.

Estaba realmente enfadada consigo misma por el estrepitoso fracaso de su absurdo plan para acorralar a Regulus. No sólo no había conseguido ni de lejos su propósito y su visita a los vestuarios seguramente habría espantado más aún a su escurridizo amigo, sino que además el equipo de quidditch de Slytherin la había acusado con la profesora McGonagall y ahora tendría que pasar lo que quedaba de tarde y parte de la noche ayudando a la señora Pomfrey en la enfermería.

A decir verdad no era para nada supersticiosa pero cualquiera diría que había roto un millón de espejos en otra vida y aún seguía pagando sus deudas de mala suerte, si un único espejo eran diez años de nefasta fortuna, no quería saber cuántos más podrían quedarle.

Y aunque Sirius le había prometido que hablaría con el moreno y trataría de convencerle, cada día que Reg la evitaba deliberadamente su frustración no hacía más que aumentar.

Frustración que en ese preciso momento se traducía en pasos duros y acompasados contra el suelo de piedra, cuyo eco rebotaba en las paredes, para terminar colándose en sus oídos y entremezclándose con los latidos de su acelerado corazón.

Si seguía a ese ritmo acabaría por despertar a todos los retratos del castillo y en consecuencia, teniendo que apaciguar sus quejas y lamentos, y en ese preciso momento no reunía la paciencia ni el humor necesarios para enfrentarse a decenas de lienzos enfadados, por lo que redujo deliberadamente la cadencia y velocidad de sus pasos.

Para ser completamente sincera, el castigo de la profesora McGonagall era lo que menos le importaba, estaba demasiado ocupada buscando una posible respuesta al distanciamiento de Regulus como para ser capaz de pensar en nada que no fuera su amigo en ese momento.

Muy probablemente estuviera siendo sumamente egoísta, pero desde que el moreno había dejado de contestar sus cartas se había sentido vacía, y cada día sin respuesta ese agujero que se había abierto en el centro de su pecho y amenazaba con asfixiarla, se hacía más y más grande.

Se sentía desnuda, desprotegida, insegura, aquella misma que había jurado y perjurado ser la más valiente e impulsiva de las Gryffindor, había caído en un hoyo de desesperación e incertidumbre del cual no tenía ni la más mínima idea de cómo escapar.

Casi parecía una broma de mal gusto, ¿cómo se supone que una persona a la que apenas conoces de unos meses se convierte en un pilar tan importante en tu vida que cuando se desvanece se lleva consigo toda tu estabilidad?.

Quizás nunca hubiera sido tan valiente ni tan impulsiva ni tan gryffindor después de todo.

Regulus Black, la cara opuesta de una misma moneda, muy probablemente eso fuera lo que había conseguido unirlos tanto en tan poco tiempo, como una respuesta a sus plegarias, una mano amiga en medio del temporal que azotaba con intensidad sus predestinadas vidas. Un aliado, un apoyo, el mejor amigo que soñó tener y que aunque nunca pidió, el destino tuvo a bien regalarle.

No quería ni podía renunciar a él.

Muy probablemente estuviera comportándose de forma sumamente irracional, pero necesitaba al menos una respuesta, era lo mínimo que Regulus le debía. Ojalá Sirius consiguiera convencerle de ello, pues estaba empezando a quedarse sin opciones.

Los grandes portones dobles que guardaban la enfermería se encontraban entreabiertos, por lo que el intenso y desagradable olor a etanol y desinfectante inundó las fosas nasales de la rubia en cuanto se hubo aproximado a la abertura, haciéndola arrugar la nariz involuntariamente. Por muchas veces que hubiera visitado la enfermería en aquellos seis años, nunca lograba acostumbrarse a ese penetrante aroma, que lograba nublar el juicio de hasta el más capaz de los magos, lo cual resultaba bastante irónico teniendo en cuenta que si deseaba convertirse en Medimaga, estaría expuesta a eso y muchas cosas peores a diario en su trabajo.

—Señorita Potter, me han informado de que lo que resta de semana contaré con su ayuda en la enfermería — declaró a modo de saludo la señora Pomfrey nada más ver la cabellera rubia de Alison asomar por el umbral de la puerta, mientras se acercaba hasta donde se encontraba parada la muchacha.

El cansancio era visible en el rostro de la mujer, no solo era algo tarde ya y llevaba trabajando sin apenas descanso desde primera hora de la mañana, sino que además los días que había partido de quidditch, solía haber más movimiento de lo habitual en la enfermería. Ya no solo por los propios jugadores, cuyas bajas solían ascender a dos o tres en los mejores casos, sino también por los alumnos que acudían a ver el partido y acababan en alguna trifulca por defender a sus equipos, o con un buen empacho por sobreingesta de golosinas.

El perfecto moño en el que acostumbraba llevar recogido su cabello castaño se encontraba ligeramente deshecho, y varios mechones rebeldes se escapaban bajo el gorrito de enfermera. Su uniforme, normalmente impoluto, estaba algo arrugado y manchas difíciles de identificar salpicaban el blanco hueso de su recio tejido.

—Tras la primera camilla tiene a su disposición el uniforme y los zapatos que deberá usar durante su estancia en la enfermería — informó haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la espalda de la rubia, para indicarle que se vistiera antes de continuar recibiendo indicaciones.

Alison fue obedientemente en dirección a la primera camilla y tras deshacerse del uniforme escolar, metió la cabeza por el agujero del vestido blanco de tela rígida que había dejado la señora Pomfrey preparado para ella. A continuación, deslizó los brazos por las mangas del delantal de la misma tela que se superponía al vestido y ató el lazo de la cintura. En los pies portaba una especie de aparatosos zuecos de color crema salpicados con numerosos agujeritos. Podía asegurar sin temor a equivocarse que esa vestimenta había acabado de un plumazo con todo su sex appeal, tanto era así que incluso llegó a plantearse su notable parecido con la muchacha de la leyenda urbana muggle de la chica de la curva, que les había narrado Lily durante uno de los banquetes de Halloween en el castillo.

La rubia suspiró, alisó mecánicamente la tela del delantal con las palmas de las manos y salió tras la camilla donde la esperaba la señora Pomfrey con un gesto de impaciencia.

—Bien — pronunció en tono de aprobación inspeccionando la vestimenta de la joven de los pies a la cabeza — Acompáñeme — ordenó con simpleza.

Alison la siguió a través de la sala con un gesto de resignación instalado de manera permanente en su rostro.

—Como bien sabrá, hoy se celebró el partido de Ravenclaw contra Slytherin y en consecuencia, debemos atender a los accidentados, pero no se preocupe, le asignaré algo sencillo para comenzar — aseguró antes de correr la cortina de la camilla frente a la cual había detenido su paso.

En el instante en que la suave tela dejó a la vista al ocupante de la misma, Alison se llevó involuntariamente la mano a la cara. Sí, definitivamente las cosas siempre podían empeorar, al menos para ella.

—El señor Rosier ha tenido un accidente en el terreno de juego — informó señalando las quemaduras de fricción que recorrían de arriba abajo el pecho del muchacho, y el uniforme de quidditch hecho jirones en dichas zonas.

El slytherin la observó con curiosidad, visiblemente sorprendido por su presencia, y en consecuencia Alison trató de darse la vuelta y marcharse, pero antes de poder hacerlo, la enfermera adivinó sus intenciones y continuó con sus indicaciones para detenerla, haciendo que la rubia quedara clavada en el suelo justo frente a la camilla.

—Empiece por cortarle el uniforme, limpie las heridas y aplique los ungüentos que he dejado sobre la mesilla, confío en que será capaz de hacerlo sin mi ayuda — Alison asintió no demasiado convencida, dirigiendo una fugaz mirada al sonriente slytherin — En ese caso, en tanto que lo hace, voy a entablillarle el brazo al señor Boot — informó antes de darse la vuelta.

Cuando la enfermera comenzó a andar en dirección a una de las camillas del lado opuesto, la rubia suspiró y finalmente se decidió a hacer lo que la señora Pomfrey le había indicado. Volvió a correr nuevamente la cortina en silencio, antes de aproximarse al muchacho por el lado derecho de la cama y sin decir ni una sola palabra, evitando en todo momento volver a cruzar mirada alguna con él por fugaz que fuera, tomó las grandes tijeras metálicas que descansaban sobre la mesilla y las acercó a su pecho, introduciendo la punta por uno de los agujeros de la tela.

Trató por todos los medios de no tocar la piel del slytherin más de lo estrictamente necesario, cosa que finalmente fue del todo imposible dadas las circunstancias, por lo que finalmente terminó por resignarse.

No podía explicar qué era lo que le causaba tanto rechazo, pero algo en su interior le advertía a gritos que mantuviera al joven tan lejos de ella como le fuera posible, quizás era su instinto más primario, o quizás fuera simplemente que era un slytherin y además, amigo del asqueroso de Nott.

El pecho del moreno estaba perfectamente trabajado, y si no hubiera sido por las desagradables heridas que lo salpicaban quizás le habría parecido incluso atractivo. Pero, ¡¿En qué nargles estaba pensando?! No. No. No. Mente fría. Evan Rosier era el enemigo, por lo que el mínimo atractivo que pudiera tener debía quedar inevitablemente opacado por eso.

No obstante, su milimétrico trabajo fue interrumpido cuando se dio cuenta de que algunas zonas de la tela se habían pegado a las heridas abiertas. Tiró un poco tratando de despegarlas y una mueca de dolor cruzó el rostro del muchacho en consecuencia.

—Te aguantas, tengo que curarte y no puedo hacerlo sin quitarte por completo el uniforme de quidditch.

—Perdona por quejarme cuando eres igual de delicada que un centauro cabreado — rebatió el slytherin.

Alison sacudió la cabeza y continuó con su labor ignorando las palabras del chico. No obstante, la curiosidad no tardó en vencer a su reticencia a entablar conversación. Después de todo, no existirían muchas más ocasiones en las que tendría que dirigirse al moreno, así que cruzar un par de frases con él no podía ser tan malo.

—¿Qué te ha pasado? — preguntó de improviso, dirigiendo una fugaz mirada a los profundos ojos azules del moreno.

El slytherin sorprendido por su pregunta tardó unos segundos en contestar.

—Pues, yo y mi escoba estábamos en la trayectoria perfecta de una bludger y en lugar de esquivarla, mi cabeza pensó que sería buena idea agarrarme a ella, evidentemente me sacudió y me arrastró por todo el estadio antes de que la señora Hooch pudiera pararla.

—Eso no parece muy inteligente de tu parte — sonrió Alison involuntariamente, al imaginar la cómica aunque dolorosa escena.

—Nunca dije que lo fuera, solo que soy un excelente bailarín, y según Slughorn, un virtuoso de la Defensa contra las Artes Oscuras.

—Y muy humilde, que no se te olvide eso — ironizó Alison negando con la cabeza.

Uno de los mechones rubios se escapó del improvisado moño en que había recogido su cabello y cayó rebelde sobre su frente, pero estaba demasiado ocupada cortando las mangas del uniforme de quidditch del muchacho con cuidado de no herirle con las afiladas tijeras como para prestar atención a su peinado en ese momento.

No obstante, cuando hubo cortado por completo la manga izquierda y retirado los restos de tela, sus ojos volaron casi sin quererlo al impoluto antebrazo del joven, sin resto de marca o tatuaje alguno.

—¿Decepcionada por no haber encontrado lo que buscabas en mi brazo? — preguntó Evan, observándola con intensidad.

—Yo no... — balbuceó, cuando sus ojos zafiro se encontraron con la mirada azul del slytherin.

—No te preocupes, lo pillo, ves un uniforme verde y acusas y luego preguntas — reclamó el slytherin en tono serio.

Casi parecía ofendido.

—Yo no te juzgué por tu uniforme — aclaró rápidamente Alison tratando de justificarse.

Evan dejó escapar una carcajada.

—¿Ah no? ¿Y entonces por qué fue? — inquirió.

Alison tomó los botecitos de ungüento y desenroscó las tapaderas antes de volver la mirada de nuevo en dirección al moreno.

—Teniendo en cuenta que eres amigo de Nott...

—Otra vez con Nott, porque es más que evidente que somos la misma persona — contraatacó en tono marcadamente irónico.

—No me tomes por tonta Rosier, el día del baile sabías muy bien de que te hablaba — declaró con seriedad, manteniendo la mirada al moreno.

—Puede, pero eso no significa nada — aseveró sin apartar los ojos de los de ella.

Alison apartó de golpe la vista, y comenzó a esparcir con cuidado el ungüento sobre las heridas del muchacho.

—Gracias por hacer esto — pronunció de pronto Evan en un tono inusualmente amable, con el que nunca antes le había escuchado dirigirse a nadie y menos aún a ella, haciendo que se disipara por completo la tensión que se había generado como consecuencia de la guerra de reproches que había tenido lugar entre ellos hacía apenas unos segundos.

La mirada de la rubia volvió a encontrarse con la del chico. Parecía sincero y por una vez decidió confiar en su instinto y asintió.

—No ha sido nada — contestó casi mecánicamente — Deja que actúe un par de horas y seguramente pasado ese tiempo estarás perfecto para volver a la sala común — informó de pronto, como consecuencia del aura de incómoda cercanía que se había formado entre ambos.

El moreno asintió.

—Voy a avisar a la señora Pomfrey — titubeó Alison haciendo ademán de marcharse, no obstante antes de poder darse la vuelta el joven la tomó por la manga del vestido de improviso, haciendo que la rubia se quedara completamente paralizada sin saber muy bien qué decir o hacer.

Pero antes de poder siquiera preguntar, el slytherin soltó su manga y acercó la mano en dirección al rostro de la chica, colocando el mechón rebelde de cabello dorado tras su oreja.

—Así está mejor— volvió a sonreír con amabilidad, restando importancia a su insólito gesto.

—Gra...gracias — tartamudeó Alison, antes de darse la vuelta para ir en busca de la enfermera.


Lily Evans y James Potter recorrían la sala común de Gryffindor en dirección al retrato de la Dama Gorda. A ojos de cualquier posible testigo, a pesar de caminar uno junto a otro, se encontraban separados por una distancia mínimamente prudencial, de forma que nadie a su alrededor fuera capaz de intuir la avalancha de emociones que amenazaba con desatarse entre ambos.

Casi podían sentir la electricidad emanar de sus cuerpos, enlazándolos de manera invisible mediante corrientes eléctricas afines que luchaban por unirse en un mismo torrente.

Para aquella hora, la mayoría de los alumnos se encontraba ya en sus respectivos dormitorios, a excepción de unos pocos rezagados que continuaban charlando amigablemente junto al fuego de la chimenea, y un par de estudiantes de tercero que se encontraban en la recta final de una encarnizada batalla de ajedrez mágico.

Los muchachos atravesaron el retrato con decisión, valiéndose como excusa de la oportuna ronda de vigilancia que supuestamente les había tocado realizar la primera noche en el castillo tras las vacaciones. Aunque la realidad era bastante distinta, pues para estupefacción del resto de prefectos, habían sido ellos mismos quiénes se habían presentado voluntarios para realizar dicha ronda. Naturalmente, aquel era un dato que no tenían por qué conocer sus chismosos amigos.

Las manos de James sudaban como nunca antes como consecuencia de los nervios, y su corazón latía tan deprisa que por un momento pensó que se le saldría del pecho. La agitación experimentada por la pelirroja tampoco se quedaba atrás, pues no solo era capaz de sentir su acelerado pulso golpeando con fuerza sus tímpanos hasta el punto de lograr aturdirla, sino que además, a medida que se acercaban a la salida, el aire había comenzado a abandonar sus pulmones en forma de rápidas exhalaciones, hasta dejarla prácticamente sin aliento.

La idea de cuán estúpido resultaba sentir esos irracionales nervios con alguien a quién conocían desde hacía tanto tiempo cruzó fugazmente las mentes de ambos jóvenes. No obstante, se disipó por completo cuando al fin sintieron como la oscuridad, en consonancia con el sepulcral silencio reinante en el desierto pasillo, los envolvía por completo.

El merodeador no esperó ni un segundo más, y sin previo aviso, tomó a la muchacha de la parte trasera de las rodillas antes de elevarla en el aire, haciéndolos girar ambos sobre sí mismos durante varios segundos a modo de celebración.

Lily rió con fuerza, antes de obligarse a sí misma a taparse la boca tratando de reprimir una carcajada, evitando de esa forma hacer más ruido del necesario.

—James, bájame anda — pidió entre suaves risas.

El merodeador obedeció a regañadientes, posándola nuevamente sobre las losas de piedra del suelo.

Cuando las suelas de sus zapatos tocaron nuevamente tierra firme, la gryffindor no lo pensó ni por un segundo y envolvió impulsivamente la cintura del castaño con sus delgados brazos, acomodando la cabeza en su cálido y reconfortante pecho.

—No sabes las ganas que tenía de volver a abrazarte — confesó el joven correspondiendo con fuerza su agarre, a la par que posaba los labios sobre su sedoso cabello cobrizo.

Lily se separó unos pocos centímetros y lo observó con detenimiento, provocando que en consecuencia una mueca de confusión se dibujara en el rostro del merodeador.

No obstante, justo cuando se disponía a preguntar, la pelirroja se inclinó en su dirección, y tras elevarse ligeramente sobre las puntas de los pies para alcanzar sus labios, lo besó tímidamente.

James cerró los ojos en acto reflejo, disfrutando al máximo de la cálida caricia de su boca.

—¿Estás segura de que quieres mantener esto en secreto? — se lamentó con los ojos aún cerrados, bebiendo del roce de los suaves labios de la muchacha — No sé si voy a poder mantenerme separado de ti tanto tiempo — confesó dejando escapar un largo suspiro una vez se hubieron separado, a la par que envolvía las manos de ella con las suyas.

Lily centró sus ojos en los suplicantes orbes avellana del gryffindor.

—Para mí también es difícil, James. Pero no quiero compartir esto con nadie por el momento, seamos solo tú y yo por un tiempo, ¿vale?. Ya habrá tiempo para gritarlo a los cuatro vientos. Además, tenemos las rondas de prefectos y pronto será la primera salida a Hogsmeade, y si aún sigues queriendo, nuestra primera cita oficial — le recordó dibujando una sonrisa dulce en sus labios, mientras acariciaba con suavidad su mejilla.

—Por supuesto que quiero — respondió James ligeramente ofendido porque existiera la más mínima duda al respecto — Aunque todavía tengo que idear un plan maestro para escabullirme de los chicos sin levantar sospechas — recordó de pronto llevándose un dedo a los labios pensativo.

—Seguro que se te ocurre algo — aseguró Lily tratando de parecer convencida.

A decir verdad, ella tampoco había pensado demasiado en la explicación que daría a sus amigas sobre su inexplicable ausencia en la salida al pueblo.

—Acepto lo de mantenerlo en secreto por el momento — interrumpió el joven — Pero únicamente con la condición de que saldes tus deudas de besos y abrazos diarios durante nuestras rondas — gruñó en tono infantil haciendo pucheros.

Lily rió suavemente.

—¡Quién lo diría! James Potter es en el fondo un romántico... — apuntó divertida enarcando una ceja.

—Por ti puedo ser lo que tú quieras, Lily Evans — pronunció teatralmente llevándose una mano al pecho.

Lily lo golpeó juguetonamente en respuesta, y tras hacerlo ambos se observaron en silencio durante unos segundos.

Finalmente, James se decidió a posar la mano sobre su mejilla, empujándola con delicadeza en dirección a la pared de piedra, antes de volver a estampar sus labios contra los de ella, esta vez de una forma mucho menos romántica y gentil, robando un jadeo de los labios de la pelirroja que inevitablemente lo hizo sonreír contra su boca.

—No es lugar para hacer esas cosas, alumnos — riñó la Dama Gorda desde su retrato, con una notable mueca de desaprobación.

Los jóvenes se disculparon entre risas y con las manos enlazadas comenzaron a correr por los pasillos del tercer piso en dirección a las escaleras, mientras sus contagiosas y para nada disimuladas carcajadas, inundaban cada rincón de la estancia a su paso.


Regulus Black acariciaba con las yemas de los dedos la hoja de celulosa acuarelable que había guardado celosamente dentro de su libro reglamentario de hechizos de quinto curso, sobre ella estaba dibujada casi a la perfección la constelación Leo, y dentro de ésta la más brillante de sus estrellas, Regulus o Régulo, con cuyo nombre habían tenido a bien nombrarle sus padres a su nacimiento.

En la esquina inferior del papel se podía leer en excelente caligrafía "Con cariño, Alison Potter".

¿Cómo no iba a enamorarse de ella?. Aún sin responder ni una sola de sus cartas, la chica había mantenido la correspondencia unilateral durante todas las vacaciones de Navidad, obsequiándole incluso con el dibujo que había prometido pintar para él, acompañado de una enorme caja de dulces irlandeses que había encargado a una amiga que le comprara.

Pero eso sólo conseguía hacer las cosas más difíciles. ¿Cómo se deja de querer a alguien así?. ¿Cómo diantres haría para borrarla de su corazón cuando había conseguido enterrarse en lo más profundo de su alma?. Se había repetido una y mil veces que no debía enamorarse de ella, una misión que en inicio no parecía difícil para alguien tan frío y poco sentimental como él. Pero Alison Potter, con sus penetrantes ojos azules y su innata dulzura, había arrasado a su paso cada milímetro de su cordura y buen juicio.

Si sus padres hubieran sabido lo que pasaba por su cabeza en ese preciso instante lo habrían reprendido por ser tan pusilánime, tan humano como para dejarse afectar por algo tan nimio como el amor.

Después de todo, nunca había tenido la oportunidad de experimentar qué era o cómo se sentía ese peculiar sentimiento entre los muros de la sombría mansión Black. Claro que le habían inculcado el respeto y lealtad que se debe a aquellos que comparten tu misma sangre, pero las muestras de afecto jamás habían sido consideradas como una prioridad, sino más bien ñoños indicios de debilidad.

En especial porque el amor acostumbra a volverte vulnerable e irracional, algo no del todo conveniente cuando lo que se espera de ti es precisamente lo contrario, contar con la fortaleza, arrojo y frialdad suficiente como para cumplir con tu deber y con los objetivos marcados sin cuestionar en ningún momento los motivos, y por supuesto, sin rastro de vacilación o duda. Lo cual estaba a la orden del día en familias tan ilustres como la suya.

Y aunque no podía importarle menos, ojalá le hubiera pasado con cualquier otra persona que no hubiera sido ella, porque si hay algo que te destroza más que amar tanto a alguien que sientes que te falta el aire, es amar de esa forma a alguien que sabes que nunca podrá corresponderte.

No recordaba haber vuelto a llorar desde sus peleas infantiles con Sirius hacía ya muchos años, y sin embargo esa Navidad había llorado como nunca antes por su corazón roto, en silencio eso sí, después de todo los Black no lloraban, y menos aún los hombres de la familia. Su madre se habría sentido muy decepcionada si le hubiera visto hacerlo, y más aún por un sentimiento tan absurdo e inútil como el amor.

—¿Cómo amaneciste hoy, hermanito? — interrumpió Sirius sentándose en el lado opuesto de la mesa de la biblioteca, justo en frente de él.

Regulus cerró de golpe el libro para evitar que su hermano se percatara del dibujo que escondía entre las hojas, y fijó su mirada en sus ojos grises enarcando una ceja.

—¿Y ahora qué es lo que quieres, Sirius? — exigió con dureza, sin un ápice de broma en su tono de voz.

Bastante tenía ya sobre sus hombros con todo lo que le estaba ocurriendo, como para encima tener que lidiar con las tonterías de su hermano. Por no hablar de que precisamente Sirius, era el tercero en discordia en el triángulo amoroso que había creado su corazón roto.

—No pareces contento de verme — comentó divertido, con una amplia sonrisa dibujada en el rostro.

Por un momento, deseó con todas sus fuerzas golpear a su hermano y borrar esa insoportable sonrisa impertinente que acostumbraba a adornar el rostro del gryffindor.

—Estoy ocupado — replicó con simpleza, señalando con obviedad el abultado y polvoriento libro frente a él.

—Oh, estoy seguro de ello, huir de Alison tiene que ser tremendamente cansado — replicó Sirius desafiante, mientras se cruzaba de brazos sin despegar los ojos de los del slytherin.

Regulus lo fulminó con la mirada.

—No huyo de ella — aseguró manteniéndole la mirada, tratando de parecer convencido de sus propias palabras.

—¿No? Pues el hecho de que haya terminado castigada por colarse en los vestuarios masculinos porque no tenía otra forma de hablar contigo, me dice que si lo estás haciendo. Pensé que ella te importaba, Reg — comentó Sirius contrariado, cambiando el tono de la conversación.

—No lo entenderías — negó con la cabeza, desviando la mirada hacia sus puños cerrados, cuyas uñas habían empezado a clavarse mecánicamente en la piel de las palmas como consecuencia de la ansiedad que lo invadía.

—Prueba — insistió el mayor de los Black.

—Te aseguro que no deseas que tengamos esta conversación, ni yo tampoco — rió sin gracia, alborotando con frustración su hasta ese momento perfectamente peinado cabello color azabache.

—Vale, si no quieres hablar conmigo lo acepto, pero habla con ella, es lo mínimo que le debes. Tú dejaste que entrara en tu vida, no puedes echarla de ella así como así cuando te apetezca y hacer como si no hubiera pasado nada — zanjó en tono serio, antes de levantarse de la silla y abandonar la biblioteca sin siquiera despedirse.

Tenía razón, no solo se lo debía, sino que además no tenía demasiado sentido retrasar lo inevitable.

No podía huir eternamente así que… de perdidos al caldero.


Remus y Sarah habían conseguido escabullirse aquella tarde tras la finalización de las clases, y aunque el sol de finales de enero aún no calentaba lo suficiente los terrenos próximos al castillo, ambos extrañaban sus interminables paseos junto al lago y tener algo de tiempo para disfrutar de la compañía del otro en soledad, sin alguno de sus inoportunos amigos revoloteando alrededor y recordándoles cuan empalagosos se veían juntos.

—Les conté a mis padres que salía con alguien — confesó Sarah con valentía entrecerrando los ojos.

Remus se giró en su dirección y detuvo su paso, inevitablemente sorprendido por las palabras de la joven.

— Vale — contestó con simpleza sin pararse demasiado a pensarlo.

—¿Te molesta que lo haya hecho? — interrogó Sarah con inseguridad, sintiéndose culpable por momentos por haber sido tan bocazas.

La castaña no acostumbraba a tener secreto alguno con sus padres, y por eso mismo al inicio no creyó que el hecho de contárselo pudiera llegar a suponer un problema.

Remus reflexionó durante unos segundos antes de volver a hablar.

—Vas a tener que tenerme un poco de paciencia, soy realmente terrible en estas cosas. Perdona si por un momento ha parecido que me había molestado — se disculpó tomando a la chica por las manos — Todavía estoy intentando acostumbrarme a la idea de que quieras estar conmigo voluntariamente a pesar de saber la verdad sobre mi condición.

Sarah hizo una mueca como consecuencia de sus palabras, para inmediatamente a continuación golpearle a modo de regaño.

—Ay — se quejó Remus frotándose el brazo donde había recibido el impacto de la gryffindor.

—Es tu culpa por decir tonterías — y tras estas palabras, envolvió con sus manos cubiertas por gruesos guantes de lana el rostro del merodeador y lo obligó a mirarla a los ojos — He elegido estar contigo con todas las consecuencias, Remus Lupin, y te prometo que me voy a esforzar cada día que estemos juntos por acabar de una vez por todas con esas inseguridades que te atormentan — prometió con la voz ligeramente quebrada, dando un golpecito cariñoso en la nariz del chico.

El castaño la abrazó con fuerza entre sus brazos y aspiró el dulce olor a vainilla que emanaba de la piel de su cuello, ligeramente cubierta por una suave bufanda de ganchillo.

Hasta conocer a los muchachos durante su primer año en Hogwarts había permanecido a la deriva, navegando sin rumbo fijo en un montón de circunstancias que no tenía la madurez para afrontar, pero gracias a sus amigos al fin había logrado encontrar su lugar en el mundo, lo cual le hacía sentir una deuda perpetua con ellos que no tendría suficientes vidas para agradecerles.

Pero con Sarah era diferente, aquella joven de grandes anteojos y ensortijado cabello castaño había conseguido que por primera vez se sintiera como en casa, muy probablemente fuera demasiado joven o inexperto para entender qué significaba eso exactamente, pero ese aroma a vainilla que emanaba la chica a la que de un tiempo a esta parte llamaba novia, olía a hogar.

—¿Te escribieron tus padres durante las vacaciones? — tanteó Sarah con delicadeza, cuando al fin se hubieron separado y sentado junto a la orilla del lago.

Remus lanzó una de las piedras de la orilla en dirección a la oscura superficie del agua, dejando un camino de ondas a su paso.

—Siempre lo hacen — dijo dejando escapar un suspiro.

—¿No quieres hablar con ellos? — se atrevió a preguntar ella, mientras posaba la palma de la mano sobre la rodilla del chico a modo de apoyo.

—No es eso, es que a veces siento que el fatídico día que me convertí en lo que soy se rompió algo entre nosotros que es del todo irreparable. Sé que me quieren pero a sus ojos soy un monstruo, alguien que muy probablemente puede dañar a sus vecinos y amigos o incluso a ellos mismos — declaró con la mirada fija en la superficie opaca, lanzando nuevamente una piedra en dirección al horizonte.

—Yo creo que deberías hablar de esto con ellos Remus, son tus padres y no creo que piensen como dices, te conozco y quizás eres tú quien se mantiene distante por miedo a dañarlos — opinó Sarah.

—Es posible, pero puedo ver el miedo en sus ojos cuando me miran. Cuando te miro a ti o a los chicos no veo terror, creo que por eso me siento más cómodo y confiado aquí entre los muros del castillo — explicó regalando una sonrisa triste a la gryffindor.

—Somos un equipo Remus y siempre me vas a tener a tu lado, pase lo que pase lo afrontaremos juntos — aseguró a modo de promesa, apretando con cariño su mano para tratar de reconfortarlo.

—Te quiero — dijo Remus en respuesta sin siquiera pararse a pensarlo.

—Y yo a ti, lobito. Aunque espero que me quieras lo suficiente como para cenar con mis padres porque están deseando conocerte — canturreó, mientras se levantaba de golpe y comenzaba a correr en dirección al castillo.

—Eh, ¿Cuándo he aceptado yo eso? — exigió en tono de queja levantándose de un salto del suelo, mientras observaba como su escurridiza enamorada le dejaba atrás.

Sarah se dio la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro.

—Para decir que no, primero tendrás que atraparme, en caso contrario consideraré que aceptaste la invitación — rió antes de salir corriendo como alma que lleva el fénix.

Remus sonrió para sí, y tras sacudirse las hojas secas y la tierra de los pantalones comenzó a correr tras ella.


Tras la conversación con Sirius, y decidido a poner al fin las cartas sobre la mesa y sincerarse finalmente con la joven que había logrado poner su mundo patas arriba, Regulus esperó a Alison en el pasillo frente a la enfermería, aguardando a que la muchacha diera por finalizado su castigo aquella tarde.

Aún no sabía con exactitud qué sería lo que le diría, o cuales serían las palabras que elegiría para hacerlo, tan sólo esperaba no quedarse en blanco o salir corriendo impulsivamente al verla aparecer.

Era consciente de lo que ella le diría si le diera la oportunidad, que le quería pero no de esa forma, que estaba enamorada de su hermano, y que aunque no fuera así, estaba obligada a casarse con él si deseaba seguir viviendo, debido al asqueroso e inhumano juramento inquebrantable que le habían obligado a aceptar los hipócritas de sus progenitores como garantía de su unión con Sirius, a petición de la maquiavélica matriarca de los Black, a la que de tanto en tanto acostumbraba a llamar madre.

Por esa misma razón, jamás la pondría entre la espada y la pared, conocía a la perfección sus circunstancias y el por qué una relación entre ambos más allá de la amistad era del todo imposible.

Ojalá no fueran Alison Potter y Regulus Black, sobre todo porque prefería mil veces un rechazo de su parte, antes que un corazón roto por algo que desde el inicio nunca pudo ser.

Maldita la hora en la que decidió bajar esa noche a las cocinas, todo habría sido mucho más fácil si simplemente hubiera mantenido la relación entre ambos dentro de los límites de cordialidad que le conferían ser el hermano de su prometido, y nada más que eso.

Haber sido testigo de lo jodidamente preciosa que estaba con aquel vestido había acabado por romperlo del todo. Nunca podría verla así, al menos no de su brazo, y eso era algo que lo enfermaba hasta tal punto que por momentos pensó que quizás morir fuera menos doloroso que experimentar aquella agónica tortura. Pero así es el amor después de todo, ¿no?, te consume hasta hacerte pensar que cuando se acaba ya nada tiene sentido, cuando la realidad es que por mucho dolor que pueda llegar a provocar un corazón roto, el desamor no te mata, simplemente terminas pasando página y aprendes a vivir con la incógnita de lo que podría haber sido pero nunca fue.

Aunque pensándolo bien, quizás fuera diferente para él, en especial porque Regulus Black nunca antes había sentido esa chispa de felicidad e ilusión que le invadía cada vez que compartía tiempo con la rubia. Y aunque hasta ese momento no se había permitido a sí mismo desear o soñar, condicionado por los designios de sus padres, sin buscarlo ni pretenderlo, Alison había conseguido prender una llama de esperanza en su hasta entonces impertérrito corazón.

Quizás no fuera amor después de todo, o al menos no en lo que se refería al concepto general del amor, pues la naturaleza de las emociones que hacía despertar en él la gryffindor era mucho más fuerte que un pueril enamoramiento, lo que muy probablemente tuviera que ver con el hecho de que veía en ella la redención, una luz al final del túnel en el que pensó que tendría que vivir eternamente.

Pero a fin de cuentas su destino estaba sellado, sobre todo en lo que se refería a los planes de sus padres, por lo que quizás lo mejor era dejar de vivir de ilusiones y efímera esperanza y abrazar la oscuridad de aquel túnel en el que muy probablemente estaría condenado a mantenerse.

Por suerte para Regulus, sus pensamientos autodestructivos se vieron interrumpidos cuando finalmente la puerta de la enfermería se abrió, apareciendo tras ella la muchacha rubia que, aunque agotada, se quedó parada frente a él notablemente sorprendida por su inesperada presencia.

—¿Podemos hablar? — preguntó al aire Regulus, haciendo palpable por su tono de voz que la conversación que tendrían sería de todo menos agradable.

Alison asintió en silencio y tras acercarse hacia donde se encontraba el slytherin, ambos se deslizaron sobre las baldosas del suelo, quedando sentados uno junto al otro con las espaldas apoyadas en el muro de piedra del pasillo y la vista fija en un punto aleatorio de la pared que se alzaba frente a ellos.

—Siento si hice algo que te molestara aquel día del callejón... — tanteó la joven rompiendo el silencio que se había generado entre ambos.

Regulus suspiró pesadamente con la vista fija en el frente, sin atreverse a corresponder siquiera la suplicante mirada de la muchacha, que a esas alturas se había volteado en su dirección para enfrentarlo.

—No hiciste nada que me molestara, Alison — negó él, dejando escapar un largo suspiro.

Ambos jóvenes volvieron a quedarse en silencio durante unos segundos.

—Creo que solo necesito algo de espacio ahora mismo — explicó con sinceridad Regulus, sin atreverse a mirarla a los ojos.

Alison se volvió hacia él nuevamente, inevitablemente sorprendida como consecuencia de su confesión.

—¿Dices que no he hecho nada pero aún así quieres alejarte de mí? — inquirió la gryffindor visiblemente dolida, con un nudo en la garganta.

Estaba a punto de romper a llorar, pues en ese momento la sensación de que estaba a escasos segundos de perder a uno de sus mayores apoyos, se presentó como la más dolorosa de las rupturas, haciendo que un llanto se escapara finalmente entre sus labios.

Regulus se volvió al fin para mirarla.

—Por favor, Ali, no llores — suplicó en un hilo de voz, dirigiendo la mirada hacia los encharcados ojos azules de la chica.

—No puedes pedirme que me aleje y pretender que esté feliz con eso — rió sin gracia, mientras las lágrimas comenzaban a empapar sus mejillas — Pensaba que éramos amigos — reclamó en marcado tono de reproche.

—Quiero ser tu amigo pero no puedo — admitió abriéndose en canal frente a ella.

—¿Por qué no? ¿Esto es por los slytherin?. Nott te ha vuelto a decir algo, porque si es así… — exigió la rubia entre lágrimas.

No obstante, el joven la interrumpió antes de que fuera capaz de terminar la frase.

—Porque estoy enamorado de ti — confesó, poniendo al fin en palabras el dolor y la frustración que había estado sintiendo hasta ese preciso momento.

Alison se quedó muda de golpe.

Quizás lo hubiera sabido siempre e inconscientemente eligió obviarlo con tal de no perderlo, o quizás estaba tan preocupada por sus propios sentimientos y deseos que ni siquiera había llegado a plantearse cómo se sentía Regulus. En cualquiera de los dos casos, lo que estaba claro era que era una amiga realmente nefasta

—Y antes de que digas nada, sé que no hay sitio para mí en tu corazón, al menos no de esa forma, porque tú estás enamorada de otra persona. ¿Entiendes por qué tengo que alejarme? — preguntó en tono de súplica.

Necesitaba su permiso, pues de lo contrario no sería capaz de hacerlo.

Alison asintió.

—Pero yo no quiero perderte — consiguió decir ella entre lágrimas.

—Y no me vas a perder, solo necesito un respiro para olvidarme un poco de ti — sonrió con tristeza.

La gryffindor sorbió por la nariz y volvió a asentir.

Si eso era lo que Regulus necesitaba, no podía sino aceptarlo, negarse o incluso suplicar que lo reconsiderara habría resultado sumamente egoísta por su parte. Sobre todo estando prácticamente segura de que si lo hiciera, muy probablemente el moreno habría acabado reconsiderando su decisión con tal de hacerla feliz, aún a riesgo de terminar con el corazón completamente hecho trizas.

—¿Puedo al menos abrazarte? — preguntó entonces con ojos suplicantes.

Regulus no contestó a su pregunta, al menos no con palabras, simplemente la envolvió entre sus brazos, dejando que la joven empapara con sus lágrimas su jersey del uniforme.