Capítulo 19: ¿ Qué tal se te da el juego de las escondidas? (Parte 3)

—¿De verdad creéis que estará bien? — preguntó un inusitadamente inquieto Sirius, a la vez que dibujaba distraídamente con la suela de goma de su zapatilla sobre el polvoriento manto de tierra del sendero que conectaba el castillo con la pintoresca villa de Hogsmeade.

Remus, Peter, Caroline y el moreno tal y como habían acordado aquella mañana, se encontraban reunidos justo en el límite de los terrenos exteriores de Hogwarts esperando a una rezagada Sarah, con el objetivo de emprender todos juntos la travesía en dirección al pequeño pueblecito. No obstante, no tardarían en separar sus caminos, pues mientras que Sarah y Remus compartirían una deliciosa y por supuesto, altamente azucarada, merienda junto a Amos y Caroline en la conocida tetería de Madame Tudipié, Sirius y Peter tenían agendada la famosa cita con la hufflepuff Daphne Edgecombe, por la que Peter bebía los vientos, y su inseparable amiga, Audrey Cauldwell, de la que las malas lenguas decían ser una ferviente admiradora de Sirius Black, tanto como para tener varias instantáneas del merodeador prendidas de las paredes de su dormitorio en la escuela. Aunque bueno teniendo en cuenta que los rumores provenían de Bertha Jorkins, quién sabe cuánto de verdad y cuánto de fantasía especulativa tendrían aquellas habladurías.

—Por millonésima vez, Padfoot — empezó Remus con marcada desesperación pasando las palmas de las manos por su ya de por sí alborotado cabello castaño — Ya te hemos dicho que sí, incluso James lo ha hecho, y mira que acostumbra a ser más paranoico que tú, sólo te falta por preguntar a la profesora McGonagall, cosa que dudo que entre dentro de tus planes, así que por favor, céntrate en pasarlo bien por unas horas. Alison está sana y salva en un castillo repleto de alumnos y profesores, no se va a morir por perderte de vista una tarde, igual incluso lo agradece — ironizó el muchacho terminando por perder del todo la paciencia.

Como no podía ser de otra forma, Sirius fulminó con la mirada a su amigo ligeramente ofendido por sus palabras, y digo ligeramente porque hasta él sabía que, como acostumbraba a suceder, Remus tenía más razón que Circe, y estaba siendo algo intenso de más y rematadamente exagerado.

—Por supuesto que estará bien, Pad. Además, Daphne me ha dicho que Audrey es una muchacha muy agradable, estoy seguro de que lo pasaremos de maravilla — trató de animarle Peter, frotando la palma de su mano contra la espalda del moreno — Y lo de las fotos no son más que patrañas inventadas por la tal Jorkins, de cada tres rumores que esparce dos y medio son mentira — resopló el gryffindor indignado, temiendo que lo que había declarado la chivata de la escuela consiguiera hacer que Sirius finalmente acabara por echarse atrás, y en consecuencia Daphne cancelara la cita entre ambos que tanto había estado esperando.

Pero a decir verdad, poco había que pudieran decir que alejara a Alison de los pensamientos del merodeador, ya podían haberle alertado de que Audrey era en realidad una aterradora arpía escondida bajo la piel de una inofensiva y dulce hufflepuff, que esa información le habría pasado completamente desapercibida. Tenía el cerebro tan embotado por una intrincada retahíla de pensamientos, temores y sentimientos inconexos, que centrar su atención en algo tan banal como una cita doble era del todo imposible.

Estaba seguro de que la rubia estaba bien sin él, que no lo necesitaba, había demostrado cientos de veces que era más que capaz de valerse por sí misma, de enfrentarse a lo que fuera que pusiera en peligro su seguridad o la de las personas a las que amaba. Y si a eso se sumaba el hecho de que cada día estaba más desligada de las cadenas que durante mucho tiempo la habían asfixiado, poco tenía de damisela en apuros. Era una mujer fuerte, valiente, inteligente, y por si eso fuera poco, una bruja del todo extraordinaria.

No obstante, por impresionantes que pudieran ser sus cualidades, no era ni mucho menos invulnerable, y lo de Regulus ciertamente había conseguido afectarla impactando de lleno en su corazón. Quizás había sido demasiado necio al subestimar cuan importante se había vuelto la amistad con su hermano para la rubia, pero verla completamente destruida por su ausencia terminó por abrirle los ojos a la verdad. Alison quería a Regulus, quizás no de la forma usual en que las personas se enamoran, quizás no de la forma en que lo quería a él, pero estaba claro que sus lágrimas no estaban siendo derramadas en vano, sino más bien como el acto reflejo de un corazón roto.

Y lo peor de todo es que no podía hacer nada por arreglarlo, no era a quién le correspondía hacerlo, no había nada que pudiera decir o hacer que aligerara la carga y el dolor que sentía, y fue precisamente esa la razón que le llevó a hacer patente a los ojos de la muchacha que estaría ahí para ella, haciendo lo imposible por hacerle más sobrellevable el duelo, sacando a la luz con sus tonterías, tímidas sonrisas robadas, retazos de aquellas que hacía ya un tiempo habían dejado de adornar el rostro de la rubia con la frecuencia debida.

En otro tiempo, acudir a una cita doble con una muchacha tan bonita como Audrey Cauldwell habría supuesto un subidón para su ya de por sí abultado ego, podía casi adivinar que como había sucedido tantas otras veces, la hufflepuff se limitaría a sonreír sin parar mientras señalaba con admiración sus innumerables virtudes y alababa su notorio atractivo. Una de tantas otras citas intrascendentes que no acostumbraban a tener una segunda parte por razones evidentes. Sirius Black, no era del tipo de chico que se compromete con nada ni con nadie, más bien de los que desde el minuto uno son claros y sinceros respecto a sus intenciones, intenciones que por supuesto, ninguna muchacha sería capaz de cambiar, o al menos así fue por un tiempo, hasta que Alison Potter se cruzó en su camino, y comenzó a contemplar el compromiso como una forma de libertad para ambos, más que como la cárcel en la que durante tanto tiempo había batallado para no verse aprisionado.

Y quizás las cosas entre ellos no fueran especialmente sencillas en ese preciso momento, pero si algo tenía claro era que haría cualquier cosa por ella, guardaría sus espaldas y caminaría a su lado, tanto si en un futuro su relación evolucionaba hacia algo más oficial, como si permanecían por siempre en aquel escalón intermedio entre la amistad y el amor. Porque por mucho que hubiera tardado, acabó por comprender que el amor no es ninguna celda, sino más bien elegir libremente emprender el camino en compañía de tu mejor amigo.

—Remus tiene razón, Sirius. Alison seguirá ahí cuando volvamos, con las pilas cargadas para otra de vuestras insoportables e infructuosas discusiones, que nos dan ganas de agujerearnos los tímpanos a todos — bromeó Caroline tomando cariñosamente al moreno por los hombros, antes de separarse de él rápidamente con un pequeño salto hacia atrás, augurando las consecuencias de sus palabras.

Como no podía ser de otra forma, Sirius se dio rápidamente la vuelta para encarar a su amiga.

—Pagará caro su atrevimiento, señorita Rose — advirtió señalando a la muchacha con el dedo índice antes de avanzar a pasos agigantados en su dirección.

—Eso será si consigues pillarme — le tentó sacando la lengua a modo de burla, antes de comenzar a correr en círculos alrededor del resto de sus amigos con Sirius pisándole los talones.

Al principio, creyó que sería buena idea esconderse tras las espaldas de Peter, pero cuando el moreno alargó la mano tratando de atraparla, Caroline reaccionó tan rápido que hizo resbalar al gryffindor, cayendo de culo sobre el manto de hojas que cubría la tierra húmeda.

La muchacha arrepentida tendió su mano para ayudarle a levantarse, pero como no podía ser de otra forma, su momento de debilidad fue aprovechado por un vengativo Sirius Black, por lo que cuando quiso darse cuenta, el muchacho la había tomado de la parte trasera de las rodillas, cargándola sobre su hombro derecho como si de un saco de patatas se tratara, mientras comenzaba a dar vueltas sobre sus propios talones.

—¿Qué decías, Carol? Hoy olvidé lavarme las orejas y creo que no te he escuchado bien —jugó el chico con una amplia sonrisa dibujada en el rostro.

Caroline por su parte era incapaz de mantenerse seria, reía a carcajadas, a la vez que golpeaba la espalda del chico tratando de zafarse de su agarre.

—Que si no me sueltas ahora mismo le diré a Alison que una vez a la semana tenemos que bañarte con champú antipulgas y frotarte con raíz de jengibre para librarnos del olor a perro mojado que desprendes — continuó con el juego, haciendo que el muchacho comenzara a girar más deprisa en consecuencia — Seguro que le hará mucha ilusión enterarse de que tendrá que ser ella quien lo haga cuando os caséis, igual hasta se quita el anillo voluntariamente para no tener que pasar por ello — le picó a la vez que dejaba escapar un gritito cuando Sirius comenzó a girar aún más rápido.

—Padfoot, tengo una cita con Sarah, como tenga que cancelarla para llevaros a ambos a la enfermería me voy a enfadar mucho — advirtió Remus, considerando seriamente la opción de hechizarlos a ambos.

Sirius trató de frenar tanto como pudo pero cuando al fin paró del todo, estaba tan mareado que tanto él como la chica cayeron de bruces contra el suelo. Por suerte las tostadas hojas secas frenaron diligentemente su caída, por lo que una vez recompuestos comenzaron una competición de lanzamiento de hojas a la que inevitablemente acabaron por unirse Remus y Peter, sobre todo después de que tras una inesperada alianza entre el moreno y la gryffindor, el cabello del castaño acabara cubierto por decenas de crujientes hojas anaranjadas, algunas de las cuales se colaron por la parte interna de su jersey.


Peter y Sirius caminaban en dirección a la taberna de las Tres Escobas, apenas les faltaban unos metros para alcanzar su destino cuando divisaron un par de muchachas paradas junto a la puerta que daba acceso al transitado local. Daphne llevaba el lacio cabello castaño recogido en una cola alta sujeta por un lazo de color crema, a juego con un chaquetón clásico de la misma tonalidad que debido a su escasa estatura casi le alcanzaba los tobillos. Audrey por su parte, contaba con una gruesa mata de rizos que descansaban completamente alborotados sobre sus hombros, sin más sujeción que una fina diadema metálica, chaqueta de cuero, falda vaquera, medias tupidas oscuras y botas negras que alcanzaban la parte inferior de su rodilla.

Ambas muchachas charlaban animadamente junto al umbral de la puerta, ajenas al hecho de que los gryffindor a los que esperaban no tardarían en arribar hasta donde se encontraban.

Por su parte, Peter temblaba como un flan recién salido del refrigerador a consecuencia de los nervios, mientras que Sirius luchaba contra sí mismo para no darse la vuelta y largarse sin volver la vista atrás.

Hazlo por Peter. Pórtate como el buen amigo que se supone que eres. No son más que unas horas. Se repetía una y otra vez como si de un mantra se tratara. Quizás estuviera siendo demasiado exagerado, pero ver la cara de ilusión de la muchacha que lo esperaba, no hizo más que aumentar sus ganas de huir de allí a la menor oportunidad.

¿Por qué se comportaba así? Había hecho eso cientos de veces con James y nunca le había importado lo más mínimo. Una tarde divertida con amigos y buena compañía amenizada, como no podía ser de otra forma, por refrescantes cervezas de mantequilla, y sin embargo no podía evitar sentirse fuera de lugar.

No deseaba hacerlo, al menos no de la forma usual, no quería mostrarse frío o distante, o que se percataran de que si por él fuera no estaría allí, pero tampoco coquetear como había hecho otras veces, o hacerle pensar a Audrey que esa cita podría derivar en algo más entre ellos.

¿Qué demonios le pasaba? ¿Desde cuándo se planteaba siquiera esas cosas? El antiguo Sirius, no pensaba, no planeaba, no hacía hipótesis al respecto, solo vivía el momento, se dejaba llevar. Y sin embargo ahí estaba, estudiando con detenimiento cómo comportarse, qué decir o hacer en una estúpida cita a la que ni siquiera deseaba asistir. Pero para ser completamente sincero en cierto modo lo sentía como una traición, no porque Alison le hubiera exigido nada, después de todo podía darse con un caldero en los dientes con cómo estaban las cosas entre ellos dada la situación, sino más bien porque se había dado cuenta de que la rubia era la única persona con quién deseaba hacer ese tipo de cosas.

—Hola chicas, sentimos el retraso — se disculpó Peter a modo de saludo con una sonrisa nerviosa dibujada en el rostro, a la vez que se acercaba torpemente hacia Daphne y dejaba un fugaz beso sobre su rostro, haciendo que las mejillas de la muchacha se colorearan involuntariamente.

—No os preocupéis, acabamos de llegar — respondió la castaña restándole importancia — Supongo que es una tontería lo de las presentaciones porque hemos compartido clase mil veces pero dado que apenas nos conocemos… yo soy Daphne y esta es mi amiga Audrey — sonrió la hufflepuff con amabilidad en dirección a Sirius.

Audrey por su parte permanecía con la vista fija en el suelo mientras jugueteaba nerviosa con un brazalete de hierro forjado que adornaba su muñeca.

Sirius asintió algo incómodo a modo de saludo antes de presentarse.

—Encantado. Sirius — pronunció simplemente.

Audrey elevó los ojos castaños en su dirección estableciendo contacto visual con el chico. Tenía el rostro salpicado de pequeñas pecas, labios carnosos y mejillas redondeadas, lo que en conjunto, sumado a la ilusión que desbordaban sus ojos oscuros, le daba un aspecto de lo más adorable. No obstante, en lugar de reaccionar con una sonrisa ladeada como de costumbre, Sirius desvió rápidamente la mirada de la de la muchacha, lo que se tradujo en una mueca de decepción por parte de la chica.

—Sí, Peter me ha hablado largo y tendido sobre ti, es evidente que te admira mucho — alabó Daphne, tratando de dar algo de normalidad a la conversación y disipar la tensión reinante hasta ese momento.

Pero en lugar de conseguirlo la traspasó en otra dirección, y es que el pobre Peter le había hecho tales confesiones en privado en un momento de sinceridad absoluta tomándola como su confidente, pero no esperaba ni deseaba que tales palabras salieran de aquella conversación, ni mucho menos incomodar a Sirius.

Y era cierto que lo admiraba, el moreno era todo lo que a Peter le habría gustado ser, el reflejo que le hubiera gustado vislumbrar al ponerse frente al espejo. Pero ni Sirius, ni el resto de Merodeadores podían saber cuánto los necesitaba o significaban para él, pues de hacerlo probablemente se agobiarían y acabarían por darlo de lado, y no había nada que aterrara más a Peter que eso.

Sabía de sobra que James, Sirius y Remus eran los mejores amigos, el inseparable trío de oro al que todos admiraban. Mientras que él no era más que el amigo de. Pero no le importaba ser el añadido, el último en ser elegido mientras pudiera formar parte de ese círculo, de no hacerlo, desaparecería, no sería nada, nadie le hablaría ni mucho menos notarían su presencia.

—Bueno…¿entramos? — se apresuró a decir Sirius tendiendo el brazo en dirección a la puerta del local a modo de invitación.

Tanto las chicas como Peter asintieron, y tras hacerlo accedieron al interior de la taberna.

Nada más poner un pie en los desgastados tablones de madera que cubrían el suelo, el incesante bullicio inundó los oídos del moreno anulando por completo su ya de por sí mermada capacidad de concentración. Lo que sumado al intenso olor a canela tostada que flotaba en el ambiente, terminó por marearlo hasta el punto de vagar mecánicamente por el local en busca de un lugar donde sentarse.

La taberna estaba tan abarrotada aquella tarde que encontrar un lugar libre donde hubiera sitio para los cuatro fue una misión casi imposible. No obstante, por suerte, tras dar un par de vueltas una de las mesas situadas en la parte posterior quedó libre, y al fin encontraron un lugar donde sentarse. Junto a ellos una adorable parejita charlaba en actitud cariñosa con las manos entrelazadas sobre la mesa, lo que consiguió que el moreno sintiera una punzada de envidia, que prefirió obviar desviando rápidamente la mirada de la mesa contigua.

—¿Qué os gustaría tomar, chicas? — preguntó Peter en un marcado tono servicial — Sirius y yo iremos a buscar las bebidas — aseguró con una sonrisa nerviosa, obligando al moreno a levantarse de la mesa de un tirón.

Sin embargo, a pesar de ponerse de pie tal y como le había exigido su amigo, el gryffindor lo hizo con una desidia que hacía patente su completa falta de entusiasmo, y tras recibir el pedido de las chicas, ambos muchachos se dirigieron hacia la barra del local.

No obstante, cuando estaban lo suficientemente lejos como para que las muchachas no pudieran escucharlos Peter se detuvo y se volvió en dirección al moreno con mirada suplicante.

—Padfoot, de verdad que me gusta mucho, sé que no quieres estar aquí pero por favor solo trata de ser simpático — suplicó el muchacho juntando las palmas de las manos.

Sirius dejó escapar un largo suspiro.

—Perdona Wormtail, tienes razón, tengo la cabeza en otro sitio, pero te prometo que a partir de ahora me comportaré — aseguró dibujando una sonrisa tímida en sus labios, a la vez que alborotaba cariñosamente el cabello rubio de su amigo.

Peter asintió complacido y tras encargar cuatro deliciosas cervezas de mantequilla, regresaron a la mesa donde les esperaban las muchachas cargados con las bebidas.

—Sentimos la espera, había una cola enorme para pedir — se disculpó Peter posando frente a las muchachas las jarras que portaba, tras lo cual ocupó el asiento situado justo al lado de la pared.

No obstante, justo cuando Sirius se disponía a imitarlo, la pareja sentada junto a ellos se levantó de su mesa de forma apresurada, tanto que en su camino de huida, el muchacho impactó de lleno contra Sirius, haciendo que parte de la cerveza de mantequilla se derramara sobre la camiseta del gryffindor.

—Ten más cuidado — se quejó el moreno levantando la mirada en dirección al culpable de la colisión, a la vez que frotaba insistentemente su camiseta tratando de deshacerse de la mayor parte de bebida espumosa.

Sin embargo, extrañamente, el chico lejos de disculparse como habría cabido esperar, le guiñó un ojo, antes de abandonar la taberna como alma que lleva el diablo de la mano de su cita. Por lo que Sirius simplemente negó con la cabeza antes de sentarse en el asiento libre junto al pasillo.

—Siempre olvido lo deliciosa que es — suspiró Daphne tras darle un profundo sorbo a su cerveza de mantequilla.

—Tie…tienes un poco de espuma — señaló Peter algo apurado, antes de armarse de valor para tomar una servilleta y limpiar con manos temblorosas la comisura del labio de la chica.

Cualquiera podría haber pensado que dicho gesto no tenía la menor importancia, al menos no viniendo de uno de los archiconocidos y legendarios merodeadores, famosos por dejar a sus citas sin palabras con su desparpajo y osadía. No obstante, eso no aplicaba en absoluto a Peter pues para el rubio un atrevimiento como ese había supuesto un subidón de adrenalina. Subidón que se incrementó y lo hizo sentir como un auténtico superhéroe cuando Daphne le agradeció su gesto con una tímida sonrisa, y las mejillas tan coloradas como si acabara de arribar a la meta después de correr un largo maratón.

Durante ese impasse en la conversación, Sirius metió distraídamente las manos en los bolsillos de su chaqueta, encontrando para su sorpresa un trocito de pergamino que rezaba "No te matará sonreír de vez en cuando. Att un buen amigo."

¿De dónde había salido eso?

Y de repente se acordó…el chico de la mesa de al lado. ¿Por qué nargles le habría escrito eso?. Y de todas formas, ¿Qué interés podía tener un absoluto desconocido en su estado de ánimo?.

¿Se estaría burlando de él?

—Y bueno, Sirius, ¿Qué tal las vacaciones de Navidad? — preguntó Daphne al darse cuenta de que tanto al moreno como a su amiga Audrey parecía haberles comido la lengua una babosa carnívora.

El gryffindor levantó la cabeza de golpe al escuchar mentar su nombre.

—Espeluznantes…pero nada fuera de lo común en la noble y ancestral mansión de los Black — respondió con absoluta sinceridad haciendo reír a ambas muchachas, que como no podía ser de otra forma, pensaban que las palabras del merodeador no habían sido más que una inocente broma.

Peter por su parte abrió mucho los ojos sobresaltado.

—No le hagáis caso, chicas, le encanta bromear — se apresuró a explicar — Daphne me ha dicho que has pasado las vacaciones en Irlanda, Audrey — continuó el rubio tratando de dar fluidez a la conversación y desviar el tema de la conflictiva y para nada agradable, familia de Sirius.

—Si, mi padre entrena al equipo Irlandés para el próximo mundial, así que mi madre, mis hermanos y yo fuimos a verle para pasar la Navidad con él — explicó algo cohibida, lanzando fugaces miradas en dirección al moreno en busca de su atención.

—¡Por todas las mandrágoras! ¿Lo dices en serio? — exclamó Peter emocionado posando las palmas de las manos sobre la mesa con marcado entusiasmo.

—Claro, pensé que te lo había dicho, Peter. Si os apetece verlos jugar, Audrey podría conseguir entradas cuando jueguen en Inglaterra para que vayamos todos a verlos, ¿verdad, Audrey? — propuso la castaña en dirección a su amiga, visiblemente feliz por el hecho de que la conversación comenzara a fluir entre los cuatro aunque fuera poco a poco.

No obstante, la morena se había quedado tan embobada mirando a Sirius de reojo, que no reaccionó hasta que su amiga le dio una patada por debajo de la mesa.

—Emmm si, seguro que papá me las daría encantado. ¿Os gustaría venir? — preguntó tímidamente en dirección a Sirius, esperanzada por obtener una respuesta afirmativa de su parte.

Sin embargo, antes de que el moreno pudiera contestar Peter se le adelantó.

—¡¿Estás de broma?! ¡Sería lo más!, ¿verdad, Padfoot? — se apresuró a exclamar presa de la emoción a la vez que zarandeaba a su amigo.

—Claro, sería genial — corroboró Sirius con una sonrisa tímida.

Y aunque no había sido el gesto más expresivo, parecía que de un momento a otro el merodeador había despertado de su ensimismamiento, por lo que Audrey se sintió satisfecha con su respuesta.

Durante lo que restaba de la tarde los muchachos y las chicas pasaron un rato de lo más agradable charlando de todo y de nada en particular, desde algo tan trivial como sus equipos de quidditch favoritos, hasta temas más profundos como cuáles eran sus planes al finalizar la escuela.

Al final todos sus amigos tenían razón, la cita doble no había sido tan horrible, ni mucho menos la tortura que había imaginado. Audrey y Daphne eran geniales, se habían divertido de lo lindo y el moreno había conseguido desconectar durante unas horas, o al menos todo lo que le fue humanamente posible.

No obstante, ella nunca abandonó sus pensamientos, pero tampoco deseaba que lo hiciera.

Y por esa misma razón, acabó por tomar la decisión que durante tanto tiempo le había martilleado la cabeza y el corazón.

Al finalizar la cita, se disculpó alegando que debía hacer algunos recados pendientes, y tras hacerlo, emprendió una larga caminata a lo largo de los terrenos del castillo en dirección al Lago Negro, permaneciendo sentado en la orilla del mismo durante horas tratando de reunir el valor para poner las cartas sobre la mesa y terminar de una vez por todas con el juego que él y Alison habían estado jugando durante tanto tiempo.


—¿Pastel de chocolate con chispas de chocolate y salsa caliente de chocolate?. Siento como me sube el nivel de azúcar en sangre solo con mirarlo — bromeó Sarah divertida, mientras observaba como un entusiasmado Remus partía un suculento pedazo de tarta con el tenedor, para a continuación llevárselo a la boca.

Sus expresivos ojos de goce al degustar el exquisito pastel, lo hacían parecer un niño la mañana de Navidad, lo cual divertía sobremanera a la gryffindor que poco a poco empezaba a descubrir esa parte de Remus que el castaño tanto se esforzaba en mantener dentro de su círculo más íntimo.

El merodeador era sin lugar a dudas el prototipo de chico serio, responsable, callado, estudioso e inteligente que dejaba ver a la generalidad de las personas, pero también poseía una lista interminable de otras muchas cualidades y rarezas de lo más tiernas que no cesaban de salir a flote cuanto más tiempo pasaban juntos.

No obstante, cabía destacar que el hecho de que Remus Lupin tenía un problema serio con su adicción al chocolate en todas sus variantes, no era ni mucho menos un secreto, sino más bien un dato de conocimiento general entre la mayor parte del alumnado que conocía al merodeador.

—Si quieres un trozo no tienes más que pedirlo — jugó Remus guiñando un ojo a la muchacha — Carol estará encantada de darte un poco de la suya — bromeó el chico.

La castaña levantó la vista de su plato espantada.

—El postre no se comparte, todo el mundo lo sabe. Es una ley no escrita, pero una ley al fin y al cabo — replicó llevando el plato en dirección a su pecho en actitud defensiva, tratando de protegerlo de posibles asaltantes golosos.

Amos negó con la cabeza.

—Estoy con Sarah, no sé cómo podéis comeros eso, yo al primer bocado ya me habría empalagado — picó, llevándose un trozo de deliciosa tarta de calabaza con cobertura de crema batida y nueces a la boca, sin despegar sus ojos de los de la chica.

Caroline frunció el ceño ligeramente ofendida porque alguien hubiera osado menospreciar tal manjar.

—Eso es porque no tenéis ni idea, pero claro no todo el mundo puede nacer con un gusto exquisito como nosotros, ¿verdad, Remus? — contraatacó chocando su hombro contra el del castaño juguetonamente.

El muchacho asintió conforme y extendió su tenedor para chocarlo con el de la muchacha en señal de alianza.

Sarah negó con la cabeza divertida, y su mirada se cruzó fugazmente con la del merodeador sentado frente a ella.

Sus ojos castaños se encontraron y por un instante el tiempo pareció detenerse de golpe.

Era agradable tener la confianza para mostrarse tal y como era, un respiro, un lugar seguro. Y aunque con sus amigas siempre había sido de esa forma, con Remus iba mucho más allá, se sentía ella al cien por cien sin importar la situación o lugar donde estuviera siempre que él permaneciera a su lado. Un remanso de paz en medio de una huracanada tormenta. Un oasis en el centro del asfixiante desierto. Una férrea ancla en la inmensidad del caos más absoluto.

—El lado positivo es que si pides eso nadie tratará de robarte el postre — bromeó Amos consiguiendo que Caroline le sacara la lengua en respuesta.

—Tomo nota, nada de pasteles de chocolate por tu cumpleaños — suspiró la castaña en tono de derrota, no sin antes hundir furtivamente su tenedor en la tarta del hufflepuff a modo de venganza.

—Ehhhh pensaba que el postre no se compartía — se quejó Amos, que en absoluto parecía molesto por la intromisión, sino más bien divertido por el imprevisto impulso de la chica.

De un tiempo a esa parte se había sorprendido al descubrir en la muchacha alguien tan compatible con él mismo, pues contra todo pronóstico sus personalidades encajaban a la perfección, complementándose hasta formar el cóctel perfecto. Era una gryffindor de los pies a la cabeza, eso era innegable, y su valentía y arrojo lo hacían sentirse tan vivo como nunca antes, un complemento perfecto a su yo más reflexivo y callado, que sacaba a flote su lado más pícaro y gamberro, y de igual manera lo animaba a hacer locuras, a atreverse, a saltar al vacío sabiendo que ella lo sostendría, dejando a un lado su hasta entonces confortable y cómoda seguridad.

Nunca se había fijado en Caroline Rose de esa forma hasta la fiesta de Slughorn, de hecho, siendo completamente sincero, apenas había reparado en su existencia, estaba demasiado obcecado con que Lily Evans era la chica perfecta para él para siquiera plantearse que pudiera existir alguien más. Y sin embargo, desde que sus caminos se cruzaron y sintió la adrenalina invadir cada rincón de su cuerpo, tuvo la certeza de que esa muchacha alocada de cabello castaño pondría su vida patas arriba como si de un huracán se tratara. Y lo peor de todo es que a lo mejor había perdido por completo la cabeza pero, no podía esperar para recibir su impacto.

—Técnicamente ha sido un robo, y por lo tanto no cuenta — balbuceó Caroline con la boca llena de pastel de calabaza consiguiendo hacer reír a Remus y Sarah, y que como no podía ser de otra forma una amplia sonrisa se dibujara en el rostro del hufflepuff.

No obstante, justo cuando Amos se disponía a corresponder el robo de la chica haciendo lo propio, la pareja que acababa de acceder por la puerta del local llamó su atención.

—¡Branstone! ¡Qué alegría verte por aquí!. Pensaba que tu territorio era la biblioteca — bromeó a modo de saludo Amos, agitando la mano para invitarlos a acercarse hasta donde se encontraban sentados.

—Diggory — saludó el muchacho haciendo un gesto con la cabeza, a la vez que la chica que lo acompañaba movía tímidamente la mano.

—No sabía que vendríais. Pensé que habías dicho que os quedaríais en la biblioteca haciendo la redacción de Transformaciones.

—Si, es que acabamos antes de lo previsto y Holly quería comprar algo de tinta en la Casa de las Plumas, y después pensamos en pasar a tomar algo — titubeó el chico rascándose la nuca.

—Eso es genial, en ese caso, sentaros con nosotros — invitó Amos— No sé si conocéis a Caroline, Sarah y Remus, son de Gryffindor — presentó y ambos muchachos agitaron la mano a modo de saludo.

—Pues es que justo nos íbamos ya — se apresuró a decir el chico.

—Pero si acabáis de llegar — comentó Amos confundido.

—Cierto, pero acabo de recordar que quedé con MacDuff para jugar al quidditch — se excusó el hufflepuff, que junto a su cita parecía querer escapar de allí como alma que lleva la saeta.

—No te he visto jugar al quidditch en la vida, pensé que tenías miedo a las alturas — comentó con extrañeza Amos, sin terminar de creerse lo que acababa de decir el muchacho.

—Si, es que estoy tratando de vencer mis miedos, ya sabes lo que dicen 'Hay que coger al hipogrifo por las plumas' — explicó encogiéndose de hombros.

—¿No era por las alas? — interrogó confuso el hufflepuff.

—Eso. Bueno nosotros ya nos vamos, encantados de conoceros — sonrió nerviosamente, mientras empujaba apresuradamente a su acompañante de camino a la salida.

La puerta del local se cerró con un estruendo como consecuencia de la corriente y Amos volvió la cabeza nuevamente en dirección a sus acompañantes completamente desconcertado por el extraño comportamiento de su compañero de casa.

—Desde que Peeves lo dejó encerrado toda la noche en el armario de las escobas no ha vuelto a ser él mismo — explicó distraídamente, antes de robar tal y como había planeado un pedazo del pastel de chocolate de Caroline, aprovechando el desconcierto reinante como consecuencia del extraño encuentro.


Alison Potter caminaba por los terrenos aledaños a la escuela tratando de hacer tiempo hasta que sus amigos regresaran de la salida a la villa de Hogsmeade. Sus pasos eran erráticos y apresurados, como si el hecho de andar más deprisa fuera a conseguir que de igual forma las manecillas del reloj giraran a una velocidad mayor.

Y es que a esas alturas, ansiosa por su vuelta, solo podía pensar en cuánto necesitaba que trajeran de nuevo a su vida el ruido y las conversaciones triviales e intrascendentes sin ningún tema en particular. Puede que en un primer momento la soledad y el silencio hubieran parecido el mejor de los planes, pero no tardó en descubrir que la consecuencia directa de quedarte a solas con tus pensamientos, sin ningún tipo de distracción posible, no era otra que tu cerebro rememorando incansable todas y cada una de tus decisiones equivocadas y las consecuencias de las mismas.

Así que no, por un largo periodo de tiempo, las tardes a solas se habían acabado para ella.

Al principio y nada más darse cuenta de su error trató de buscar a Lily a conciencia, pero no solo no la encontró en la Biblioteca, sino tampoco en ninguno de los principales lugares de reunión de que disponía el castillo, y por supuesto tampoco dio con nadie que conociera su paradero, eso habría supuesto tener algo de suerte, y en ese último año más bien parecía que Alison Potter había volado por los aires una tienda de espejos, fundado un refugio para gatos negros, y por supuesto, supervisado la construcción de todas las obras pendientes en Londres, asegurándose de pasar bajo cada andamio y escalera disponible.

Y no, no estaba siendo supersticiosa, más bien acostumbraba a tomarse con humor las cada vez más comunes desgracias que no dejaban de atormentarla, hasta conseguir hacer parecer sus dos últimos cursos una broma de mal gusto.

Pero para su fortuna, como si alguien hubiera escuchado sus plegarias, de la nada un par de figuras conocidas cruzaron su campo de visión.

—¿Lils? ¿James? ¿Qué hacéis aquí? — irrumpió caminando en dirección a los muchachos, incapaz de ocultar su asombro por haberlos encontrado juntos, completamente solos y rodeados de un insólito ambiente de complicidad.

La pelirroja y el castaño levantaron la mirada de golpe en su dirección, con sendas expresiones de sorpresa dibujadas en sus rostros.

—Madre mía, Ali, nos has dado un susto de muerte, casi me da un infarto — reaccionó Lily llevándose la palma de la mano al pecho, tratando de recuperar el ritmo normal de su pulso.

La rubia rodó los ojos.

—Tampoco ha sido para tanto, al paso que iba, un hipogrifo en una cacharrería se habría acercado de forma más sutil. Además, te lo tienes bien merecido por desaparecer de la faz de la tierra y abandonarme de mala manera sin previo aviso— puntualizó algo confusa en fingido tono de regaño, a la espera de una explicación sobre el misterioso paradero de su amiga durante las últimas horas.

—Si, perdona, es que al final me cansé de estudiar y decidí salir a dar un paseo. Y bueno ya de regreso me crucé con James que volvía del entrenamiento — mintió Lily desviando ligeramente la mirada en dirección al suelo.

Alison sentía que algo no encajaba del todo, en especial, por la incomodidad presente de forma palpable en el ambiente desde su llegada. No obstante, antes de poder siquiera comenzar a construir una teoría al respecto, su espacio vital fue invadido por un cariñoso James, que sin previo aviso rodeó sus hombros con ternura, reconduciéndola hacia el castillo.

El corazón de Lily, ya algo más calmado, dio un saltito de alegría, y como no podía ser de otra forma una sonrisa se dibujó en el gesto de la chica, que sin perder un segundo comenzó a caminar junto a ellos.

No sabía cómo era posible que no se hubiera dado cuenta antes pero James y Ali eran mucho más parecidos de lo que pudieran aparentar a simple vista. Pero bueno, después de todo eran primos, así que muy probablemente no fuera tan extraño apreciar las similitudes entre ambos.

—Así que... ¿nos echabas tanto de menos que has venido a buscarnos?. Por Merlín, Ali, si alguien se entera vas a tirar por tierra esa faceta de chica dura que te has esforzado tanto en construir — bromeó el castaño divertido chocando su hombro con el de la chica juguetonamente.

Alison resopló simulando por un segundo haberse ofendido por las palabras del gryffindor, y antes de que James pudiera siquiera adivinar sus intenciones, tomó la capucha de su sudadera y cubrió la cabeza del muchacho hasta los ojos, antes de gritar 'El último en llegar al castillo hará los deberes de Transformaciones del otro durante un mes' y echar a correr como alma que lleva el Fénix en dirección a la escuela.

James y Lily se miraron por un segundo y tras el asentimiento de cabeza de una divertida pelirroja, ambos comenzaron a correr a toda velocidad tratando de alcanzar a la rubia, que para sorpresa del merodeador, a esas alturas les llevaba más ventaja de la que esperaba.


—Buenas noches, forastero, ¿Qué tal la famosa cita? — saludó Alison desde el sillón enfrentado a la chimenea de la sala común, al ver aparecer al moreno por el umbral de la puerta.

El muchacho había faltado a la cena, lo cual era bastante extraño dado que tanto Peter como Daphne y Audrey sí habían acudido al Gran Comedor esa noche, por lo que en consecuencia, había decidido quedarse leyendo en la sala común hasta su regreso con el objetivo de asegurarse de que el merodeador estuviera bien. De lo contrario le sería del todo imposible conciliar el sueño. Sí, vale, estaba preocupada. Pero eso no lo admitiría ni con la cabeza metida en un caldero de Veritaserum.

Sirius sonrió cuando sus ojos se cruzaron con los de la rubia, antes de acercarse en su dirección. No esperaba encontrarla en la sala común tan tarde, sobre todo considerando que se había saltado la cena y que casi todos los alumnos se encontraban ya en sus respectivos dormitorios, pero la había echado tanto de menos ese día, que no pudo evitar que su corazón diera un vuelco al verla allí.

—Entretenida — respondió simplemente encogiéndose de hombros, tras lo cual levantó con cuidado las piernas de la rubia para sentarse en el lugar que ocupaban, quedando éstas apoyadas sobre las rodillas del muchacho.

No obstante, Alison no se sorprendió ni sintió incómoda por la interrupción, más bien se quedó observando al chico en silencio con curiosidad.

Llevaba la camiseta algo arrugada y adornada por una mancha amarillenta, el pelo completamente despeinado y profundas ojeras enmarcaban sus hipnóticos ojos grises.

—¿Tengo que sobornarte para que me cuentes algo? — se impacientó la rubia.

Sirius rió.

—No, no tienes que sobornarme. Aunque me encantaría saber con qué pretendías hacerlo. — apuntó divertido — Ha estado bien...pero — titubeó pensativo.

—Pero — insistió Alison volteando la palma de la mano.

—No he sido capaz de dejar de pensar en ti ni un solo momento — confesó Sirius con sinceridad fijando sus ojos en los de la chica.

Alison le observó durante unos segundos, tratando de asegurarse de que lo que acababan de escuchar sus oídos fuera realmente cierto, y no una hipotética escena recreada por su imaginación como consecuencia de la falta de sueño.

Para ser sincera, la muchacha tampoco había sido capaz de alejarlo de sus pensamientos. Independientemente de que hubiera sido ella quién lo hubiera animado a salir y divertirse en la cita, se odiaba a sí misma por haberlo hecho porque eso no era ni mucho menos lo que deseaba. Le dolía el corazón solo de imaginarlo, pero había sido demasiado cobarde como para sincerarse con respecto a sus sentimientos. Y quizás había llegado el momento de dejar de lado los miedos y limitaciones que la frenaban, quería a Sirius, lo quería de verdad y no precisamente como se quiere a un amigo. Además, si él había sido lo suficientemente valiente como para pronunciar esas palabras, ella desde luego no se quedaría atrás.

—Potter — interrumpió una gryffindor de segundo año, acercándose hasta donde se encontraban sentados los muchachos — La señora gorda dice que un slytherin muy apuesto te busca, está esperando en la puerta de la sala común — informó antes de dirigirse hacia las escaleras que subían a los dormitorios de las chicas.

¿Sería Regulus? ¿Por qué estaría buscándola a esa hora? ¿Le habría sucedido algo?

Alison hizo ademán de levantarse, pero acabó por quedarse completamente paralizada al observar como un reflejo de decepción atravesaba los cansados ojos del moreno.

—Deberías ir — apuntó Sirius tratando de facilitarle la toma de la decisión.

El merodeador y la gryffindor intercambiaron una mirada fugaz cargada de significado, y aunque Alison odió tener que marcharse en ese momento dejando la confesión del chico sin respuesta, finalmente se levantó a regañadientes, no sin antes dirigir unas últimas palabras al moreno que lejos de ser una despedida fueron más bien una promesa.

—Hablaremos luego — aseguró sin despegar sus ojos de los de Sirius.