Día 16/8:

Kiss in the Rain


La lluvia caía en forma de fuerte aguacero, con tanta intensidad que Kagome apenas podía ver lo que tenía a un palmo de sí. Sin embargo, a pesar de encontrarse en una situación tan peligrosa, ella no tenía miedo. Algo en su interior no dejaba de insistir en que no tenía por qué tenerlo, en realidad.

Que él no dejaría que le pasase nada, a pesar de todo el tiempo que habían pasado separados. Aun sabiendo que podían considerarse prácticamente unos extraños, que sus vidas habían cambiado, que ellos mismos lo habían hecho.

No tenía miedo. No con él. Nunca de él.

Pero había también una bola dentro de ella, asentada en su estómago, que se había ido alimentando todos estos años de su corazón triste, perdido... solitario. Una bola que ella creía que desaparecería con el tiempo, pero que había sido todo lo contrario, no dejaba de crecer con cada día que pasaba. Y una bola que le era imposible ignorar en este momento...

Así que lo soltó:

—¿Por qué no me escribiste?— exclamó, dando un par de pasos adónde sabía que estaba él, mirándola fijamente— ¿Por qué? No había terminado para mi.

Nunca terminó, al menos no del todo. Ella había creído... había esperado... soñó cada segundo de su vida con que él volvería de nuevo, que no dejaría que nada ni nadie se interpusiese entre los dos...

—Te estuve esperando durante 7 años— terminó escupiendo Kagome—. Y ahora ya es tarde.

Por qué era tarde, no lo sabía; pero de nuevo, algo en su vida le decía que ya no había vuelta atrás. Que había ocurrido algo en su vida, algo muy importante, que le impedía dar rienda suelta a sus sentimientos. A todo lo que llevaba escondiendo todos estos años. A esta energía que les envolvía y que ambos santían, que era tan palpable como una maldita montaña.

—Te escribí 365 cartas— dijo él y sus ojos dorados refulgían sobre las nubes oscuras que descargaban toda su furia sobre sus cabezas—, todos los días durante un año.

Dio un paso hacia atrás, trastabillando por la sorpresa.

—¿Me escribiste?

Espera. ¿Escribirme? ¿Cómo podía escribirme?

De nuevo, esa incesante voz en su cabeza le estaba diciendo que había algo que no cuadraba. Porque si Kagome y él se hubiesen separado, la joven estaba segura de que las cartas entre ellos nunca hubieran sido un medio comunicación elegido. Imposible. Él no sabía escribir... y no existía el correo que viajase por el tiempo.

—Sí— juró con voz ronca, dando un paso en su dirección—. Lo nuestro no acabó, jamás ha acabado— exclamó con furor y sin dudarlo ni un instante, acortó la distancia que les separaba. Acunó el rostro femenino con sus manos y Kagome sintió el suave roce de sus garras, aunque no llegó a hacerle daño. Nunca lo haría.

El corazón le iba a mil por hora, pero no se separó. Le sostuvo la mirada, admirando el dorado más puro y brillante que jamás había visto, y Kagome se derritió en sus brazos cuando él se inclinó para darle el mejor y más maravilloso beso que jamás nadie le había dado.

A su alrededor el mundo parecía estar haciéndose pedazos.

—InuYasha...

Cuando abrió los ojos, con la respiración errática y el corazón a punto de escapársele por la boca, se paralizó. Porque la otra persona que le devolvía la mirada era... ¿Sesshomaru?

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~o~o~o~o~

·

—¿Te pasa algo? Llevas un día de lo más rara. Ya de por sí lo eres, pero estás más callada de lo normal... y esa miradita que a veces me lanzas me pone de los nervios. Sí, no me mires así, me he dado cuenta, mocosa.

—No es nada, InuYasha...

—Mentira. Estás mintiéndome a la cara. Y estoy seguro de que tiene que ver conmigo porque de no ser así, me habrías gritado que me metiera en mis asuntos.

—¿Tan mal crees que me porto contigo?

—Sí, pero no me cambies de tema. ¿Qué te pasa?

—...

—Kagome...

—Yo... bueno... solo... No puedo dejar de pensar que...

—¿Sí?

—En... bueno... tu... ehm, uhm, tu hermano...

—... ¿Qué? ¿M-mi h-her-hermano?

—Sí.

—¿P-por qu-qué él?

—Porque tengo dudas sobre cómo sería... uhm, besarle. Es decir, en mi tiempo hay un dicho que habla de que los hombres más fríos y herméticos, en el fondo son los más... pasionales, y...

—¡Basta!

—Pero si me dijiste querías saber...

—¡PERO NO... ESO, MUJER ESTÚPIDA! ¡¿Por qué de pronto estás pensando en besar a alguien... en besar a mi hermano?!

—Es solo un pensamiento intrusivo, InuYasha, no significa nada...

—¡Y UNA MIERDA QUE NO!

—Creo que estás sacando las cosas de quicio. Es una reacción inconsciente de mi cerebro. Que lo piense no signifique que esté enamorada de esos chicos...

—¿Esos? ¿Estás hablando en plural? ¡¿Hay más?!

—InuYasha...

—¿Cuántos más? ¿Has pensado en besar a ese lobo sarnoso, eh?

—InuYasha, por favor...

—¡¿Y en mí?! ¡¿Has pensado en besarme a mi también?!

—¡InuYasha, sient-

—¡¿Por qué no en vez de pensarlo lo descubres tu misma?!

—...

—...

—...

—¡La próxima vez que pienses en besar a alguien... te exijo que me lo digas, ¿has entendido?! Argh, y ahora sigamos andando, los demás se han adelantado mucho. ¡No tardes!

—... ¿M-me a-acaba de b-besar...?


Nota del autor: Punto extra para quién adivine la referencia cinematográfica en la que se basa el capítulo, je, je.