Cómo fumar en el océano sin ser desterrado en el intento.


Él aguardaba por nosotros desparramado en un gran sillón azul rey, me dejo sin palabras inmediatamente. Tenía que admitirlo, Eumolpo era mucho más atractivo de lo que me había llegado a imaginar. Pensaba que sería un poco como mis tíos Zetes y Calais, pero en realidad siquiera mencionarlos en su presencia sería terriblemente irrespetuoso si no fuera por el horrible sentido de la moda que mi hermano marino mostraba. Llevaba puesto un bañador amarillo patito con palmeras rosas neón que dañaba a los ojos por lo hortera que era. Traía encima una anchísima chaqueta de invierno que le quedaba inmensa y le sentaba fatal, parecía que se la había robado a una cazadora de Artemisa por lo plateada que era. Llevaba unas medias largas con la cara de Marie Curie en ellas, me costó reconocer a la ganadora del Nobel porque una de las medias estaba arrugada a la altura del tobillo y la otra estaba tan estirada que le deformaba el rostro, encima de las medias, esto hizo que esa parte de Afrodita de mí quisiera vomitar, llevaba unas sandalias caquis con la suela llena de corales.

Pero no todo era una tiradera de pelos, sus largas rastas estaban teñidas –o tal vez naturalmente eran así– del blanco más puro y brillante, dejando ver buena parte de sus raíces oscuras. La mayoría de ellas se mantenía lejos de su rostro gracias a la coleta que las mantenía en un solo sitio y al rapado en los costados que eliminaba buena parte de lo que sería su cabellera natural, aún así era bastante evidente que no era comodidad sino por estética, porque nadie me convencería que las rastas que estaban sobre su rostro no estaban ahí por estética.

Eumolpo se presentaba a sí mismo como un hombre negro de pecas blancas que parecían estrellas. Sus ojos, a diferencia de todos los ojos de los hijos de Poseidón que he llegado a conocer, son azules, tanto como el cielo despejado, claros y brillantes como diamantes. Sus labios eran gruesos. Su nariz era ancha y llena de esas pequitas blancas. Su rapado estaba levemente decorado con líneas y leves detalles.

Con cualquier otro vestuario, Eumolpo sencillamente lo arrasaría a dónde sea que fuera.

Y bueno, sin el maquillaje artístico feminista mal hecho y sin los ojos enrojecidos que hacían que te preguntaras cuántos porros se había fumando y cómo lo había hecho bajo el agua, sin nada de eso y con otra ropa, definitivamente lo arrasaría.

–¡Hermanes!

Y con solo el tono de ese saludo, supe que iba mucho más fumado de lo que nadie en la humanidad pudo haberlo estado jamás.

–Bienvenides, bienvenides –repite mientras se levanta perezosamente, con mi mirada fija en él y los ojos de Hipo preguntándome mil cosas al mismo tiempo–. ¿Con qué pronombres os trato, hermoses?

Parece que al pobre esclavo espartano se le iba a fundir la cabeza en cualquier segundo, yo me regaño porque ¿cómo diantres se me olvidó hablarle del lenguaje inclusivo? ¿Qué clase de aliada trans soy?

–Hiccup usa pronombres masculinos, yo uso pronombres femeninos –respondo con una sonrisa nerviosa, haciéndole una seña a Hiccup para indicarle que luego se lo explicaría todo con calma–. Y, ¿qué hay de ti, Eumolpo?

Él sacude las manos, como si no tuviera importancia. –Pronombres masculinos, dulce hermanita... oh, ¿te molesta que use el diminutivo? Sé que a algunas de mis hermanas menores eso le pone de los nervios y no quiero que te sientas insegura ni minimizada –es entonces que abre los brazos como para mostrar señalar su templo en los terrenos oceánicos–. Bienvenides, hermano y hermana al espacio seguro más famoso de los territorios de Poseidón, bueno, el único que hay. Aquí se pronuncia el nombre que queráis, aquí nadie os hará sentir incómodos y el respeto y la diversidad son el plato de cada día.

–No estoy entiendo absolutamente nada –reconoce Hiccup, negando en mi dirección.

Antes de poder decirle nada, Eumolpo se acerca levemente a él. –Tranquilo, tranquilo, sé que puede ser confuso. A todo el mundo le cuesta adaptarse a las nuevas revoluciones sociales, tómate tu tiempo, hermano, mientras intentes mejorar cada día nadie te juzgará. El proceso de deconstrucción va a un ritmo diferente para todes, no te alarmes, ¿está bien?

–Siento que estamos hablando idiomas diferentes...

Eumolpo solo asiente con una sonrisa comprensiva en el rostro, le da una palmada en la espalda a Hiccup luego de preguntarle si se siente cómodo con la idea y luego vuelve a dirigirse a mí.

–Te noto muy sorprendida, hermana.

Yo boqueo un poco antes de poder responderle. –Nunca me imaginé a un dios griego... tan feminista y respetuoso con lo que es la comunidad actual.

–Ya, siempre fui un adelantado para mi época, no quiero tirarme flores a mí mismo, pero nunca estuve cómodo en aquellos tiempos de extremo y brutal patriarcado y opresión, sin hablar de la esclavitud y las monarquías absolutas...

Fruncí el ceño confundida. –Pero... intentaste raptar a una sobrina tuya porque te querías casar con ella.

Eso hizo que el pobre reaccionara de inmediato.

–¡Eso son patrañas del viejo de mi padre! ¡La historia de verdad fue completamente diferente! –empezó a asegurar apresurado, enrojecido de la indignación–. Mira, yo estaba enamoradísimo de ella, ¿vale? No te lo pienso negar y sé que actualmente saltan las alarmas si te enamoras de tu sobrina, pero realmente la quería, ¿de acuerdo? Sé que estaba mal quererla, pero la quería. La cosa es que jamás hice movimiento alguno con ella porque sabía que yo no le gustaba en lo absoluto y lo respetaba, incluso mantuvimos una amistad muy bonita durante muchos años.

Se detiene unos largos segundos, pensando seguramente en aquella sobrina, me pareció que incluso la seguía queriendo y que se seguía sintiendo mal por ello.

–Entonces, ¿aún sois amigos? –fue Hiccup quien preguntó.

–¡Pues claro! Viene aquí día sí, día también.

No puede evitar querer saber un poco más. –¿Y qué pasó en verdad?

Nuestro hermano, a cada segundo eso suena aún peor, suspiró antes de empezar a relatar. –Lo que pasa es que un día me emborraché que no veas, fue poco después de que me dijeran que me casarían con otra, y me puse a sus pies llorando porque era ella a quien quería. Recuerdo que ella me dejó abrazarla y yo me desparramé sobre su regazo. La cosa es que Poseidón nos encontró y dio por hecho cosas que no eran. Yo estaba en un momento muy vulnerable, ¿sabes? Y por mucho que intentamos ambos explicar qué había pasado, Poseidón insistió que era un maldito depravado y que o me piraba a Tracia o me mandaban al Inframundo. ¡Y sigue sin admitir su error! ¡Tuve que ser asesinado para que el cabronazo siquiera me dejara volver!

Escucho a Hiccup suspirar con empatía.

–Papá es un cabronazo –asiente dándole palmaditas en el brazo a Eumolpo, consiguiendo que nuestro hermano se permitiría asentir y volver a sonreír.

–Un maldito cabronazo.

–Si no fuera por alguien que yo me sé, sería el peor.

Eumolpo se ríe mientras niega con la cabeza. –¿Qué os he dicho? ¡Aquí podéis decir sus nombres? ¡Mirad! –entonces se encaminó rápidamente a su mueble más alto, se subió con un brinco y gritó con todas sus fuerzas–. ¡ZEUS MALDITO ASQUEROSO!

Es entonces que baja la mirada para vernos sonrientes, demostrando que no había consecuencia alguna a algo como eso.

Hiccup solo se está riendo, yo ruego porque no me caiga ningún rayo encima.

–Luego me apunto a una fiesta en este lugar, ahora tenemos cosas importantes de las que hablarte –le dice con calma, librándome de la incomodidad que sería negarme a la invitación de Eumolpo, tenía tanta emoción desbordando de su cuerpo que me sentiría culpable si le llegaba a decir que no–. Tenemos que llegar con un antiguo amigo tuyo.

Lo veo fruncir las cejas por la confusión. –¿Viejo amigo? ¿Quién? –pregunta cruzándose de brazos.

–Tegirio, el antiguo rey de Tracia –le explico–, aparentemente sigue algo mosqueado por vuestro pasado, estamos en una misión básicamente para hacerle el recado que quiera.

Eumolpo resopla ofendido.

–Le he dicho miles de veces que no pienso disculparme por nada, fui desterrado por intentar poner a su prima en el poder, pero se creyó que quería gobernar yo y cuando Céleo se metió a defenderme no me creyeron ni una palabra. ¡Luego me asesinó ese desquiciado de Erecteo! ¿¡qué más quiere!?

–Justamente queremos descubrir eso. ¿Dónde podemos encontrar a Tegirio? Realmente necesito arreglar lo que sea que él crea que hiciste mal.

Eumolpo bufa mientras, con cuidado, tira algunas de sus rastras para atrás. –Ya sé que quiere ese idiota, me he encargado de repetirle una y mil veces que no tengo lo que quiere, pero se ve que no entiende.

Hiccup alza una ceja. –¿Y qué quiere?

–El Caduceo tracio. Un bastón de oro puro, con miles de piedras preciosas incrustadas de la forma más hortera posible, una vulgar imitación del original. No sé si lo sabíais, pero en Tracia adorábamos a Hermes por sobre cualquier otro, aunque yo me enfoqué en diosas como Deméter y Perséfone, todos los días sacrificaba todo un banquete en sus nombres, como una muestra de respeto y prueba de que no apoyaba en lo absoluto las asquerosidades que padre había llegado a cometer en su contra.

Hiccup sonríe con algo de gracia. –Anda, ¿tú también? Hace mucho me puse al servicio de Deméter. Además de hacer algo similar por lord Ares antes de cualquier tipo de enfrentamiento.

–Ah sí, la pobre Alcipe, honestamente, por todo eso, creo que los hijos de Poseidón deberíamos mostrarnos siempre con la cabeza agachada frente a Ares y sobre todo frente a sus hijas, no sé qué tiene en la cabeza ese niñato de Perseo.

–No sabría decirte si me agrada –bromea con mucha más amargura de lo que seguramente quería demostrar–. Bueno, ¿qué pasó con el Caduceo tracio?

Eumolpo se cruza de brazos. –Lo destrozó el idiota de Erecteo, por eso no se lo puedo devolver a Tegirio, porque ya no existe –al ver nuestras expresiones derrotadas, Eumolpo suspira pesadamente–. Puedo indicaros dónde está él, con suerte querrá algo más que os ayude a cumplir vuestra misión, no os puedo prometer mucho más que mi apoyo por si algo sale mal, ¿de acuerdo?

Es Hiccup quien acepta el apretón de manos, yo tan solo asiento con una sonrisa que oculta lo mejor posible mi desesperanza.

–Venga, debéis estar cansados, id a sentaros por un rato, os llevaré algo bueno para comer y tomar, ¿qué os parece?

–¡Suena genial! –asiente Hiccup con una sonrisa de oreja, parece sencillamente ha aceptado que esta parte de la misión se había terminado por completo, pero yo tenía algo, seguramente la insistencia muda de esas voces, que me decía que faltaba un poco más.

Pero estoy cansada y no he comido mis panqueques, por lo que estoy dispuesta a seguirle el ritmo a Hiccup en cuanto este sale del opistódomos en dirección al naos, pero Eumolpo me toma del hombro con delicadeza, me suelta en cuanto volteo en su dirección, realmente va en serio con eso de no incomodar a nadie con sus acciones, definitivamente no se parece en lo absoluto a ninguno de sus hermanos de parte de Poseidón, lo que me reconforta, no solo por lo obvio, sino porque es prueba para las voces y para mí que no todos los hijos de Poseidón son monstruos.

–¿Podrías hacerme un favor, hermana? Por si es que algún día tienes la oportunidad que yo nunca tendré –me dice con tal calma y tristeza que incluso llego a asustarme por su expresión, luego de estar ignorando todos los sentimientos que venía guardando por la idea de conocerle finalmente estos empezaron a salir poco a poco–. Poseidón me volvió a aceptar en sus mares con una condición, que jamás llegara a hablar con mi madre, nuestra madre –resalta con aun más dolor aquella parte–... dile que no le guardo rencor alguno, dile que no la culpo por nada de lo que pasó... dile que entiendo que era una joven diosa atrapada en una relación con una dinámica de poder que la ponía en la peor posición posible... dile... dile que la quiero y que entiendo que no me quiera en su vida. Dile que me parece bien anteponer su seguridad a nuestra relación.

Sus palabras son completamente sinceras y hermosas, incluso conmovedoras, pero no puedo evitar soltar algo del veneno que tengo por, al igual que Eumolpo, no haber tenido a Quíone en lo absoluto en mi vida. –¿Por qué? –le suelto con algo de brusquedad–, ¿por qué la perdonas? ¿por qué todo esto te parece bien?

Hablo más por mí misma que por él.

Eumolpo me dedica una sonrisa comprensiva que me hace sentir como tonta.

–Mamá era muy joven cuando Poseidón empezó a cortejarla, él ya tenía sus siglos encima, varios más que ella. La encandiló, tuvo la decencia de hacer eso al menos –eso último lo masculla, seguramente pensando en aquello que también pesa sobre la conciencia de Hiccup, el hecho de que su padre era reconocido por su nula importancia por todo el tema del consentimiento–. La cuestión es que nuestra madre en verdad se enamoró, lo suficiente como para estar dispuesta a abandonar toda su vida, lo suficiente como para aceptar ser eternamente una simple amante, pero cuando le contó la noticia de su embarazo Poseidón se burló de ella, asegurando que jamás la dejaría vivir en sus mares pues sería una falta de respeto a su mujer, como si haberle puesto los cuernos en un principio no lo fuera, le reveló que fue una mentira cuando dijo que la protegería eternamente de cualquier daño que Bóreas pudiera causarle...

Se produce un silencio pesado entre nosotros, tanto que por un momento creo que el agua en verdad ha entrado en la estancia y que nos ahogamos en ella.

Eumolpo suspira pesadamente, veo como sus ojos brillan por la amenaza de las lágrimas. –Sabia que su padre la repudiaría por atreverse no solo a tener un amorío a escondidas, sino también por haberlo tenido con un dios tan importante que además estaba casado... sabía que recibiría un terrible castigo si Bóreas descubriera al niño...

–A ti –añado, como corrigiéndolo, sintiendo por un momento que él había empatizado tanto con nuestra madre al punto de que se había olvidado que aquel bebé que fue arrojado al mar era él mismo–, te arrojó al mar para deshacerse de ti.

Él niega apretando los puños. –¡Esa es otra mentira de ese cabronazo! –ruge tremendamente ofendido, con lágrimas finalmente deslizándose por sus mejillas–. ¡Ella no me arrojó, me colocó en una cesta y me entregó a una de mis hermanas! ¡Ella sabía que estaría a salvo en el mar, lejos de mi abuelo! –bruscamente, Eumolpo limpia el llanto de su rostro–. Si hubiera vuelto cuando fui desterrado de los mares, o después de ir en contra Tegirio... si hubiera regresado con mi madre –me rompe el corazón escuchar un sollozo tan sincero y destrozado saliendo de mi hermanastro–... no quiero ni imaginarme qué le hubiera hecho Bóreas.

Parpadeo con fuerza para impedir que mis propias lágrimas bajen.

–Mamá debe de adorarte, hermanita –le escucho decir de momento a otro, unos cuantos sollozos se me escapan involuntariamente desde lo más profundo de mi roto corazón–. Estoy seguro de que eres su favorita, estoy seguro de que ama a tu madre mucho más de lo que jamás ha amado a nadie.

Me tiemblan las piernas y necesito taparme la boca con las manos para no llamar la atención con mis llantos de niña pequeña.

–¿Necesitas un abrazo? –me pregunta con delicadeza, con tanto cariño que estoy a punto de romperme aún más. Apenas soy capaz de asentir. Sus brazos me rodean, el material de su chaqueta me recuerda al de Reyna y no puedo evitar aferrarme al abrazo con más ganas por eso. Sus manos acarician tiernamente mi cabello y sus labios dejan besos en mi cabeza.

Mamá siempre dice que el amor se nota en el aire de Quebec, cuando estuvimos allí no me pareció la gran cosa, pero entre los brazos de Eumolpo me doy cuenta que todo ese cariño que me tiene desprende la misma fragancia que aquellas calles canadienses.

Tal vez los abrazos de Quíone se sientan igual, tal vez un poco mejor.

Nunca antes me había ocurrido, pero ahora mismo le ruego a los dioses, esos que odian a mi madre, que algún día me permitan abrazarla, que algún día me permitan tener una relación normal con ella, ser sencillamente su hija sin ningún otro significado de por medio.

–¿Dónde está? –le pregunto entre sollozos, permitiendo que esa niña interna que siempre quiso conocer a su otra madre y jugar con la nieve a su lado hablara por mí, permitiendo que esa niña que solo quería entenderse un poco más a sí misma tomara la palabra, permitiendo que esa niña que se prohibió llorar muy fuerte porque en casa no había espacio para su tristeza finalmente dejara salir sus más fuertes sollozos. Dejando que la niña abandonada dentro de mí finalmente preguntara la cuestión más lógica de esa situación.

Lo escucho suspirar pesadamente. –No lo sé, hermanita, desde que terminó la guerra no se sabe nada de ella... nadie sabe en qué consiste el castigo que le impuso Zeus.

¿Qué?

–¡EUMOLPO! –alguien grita desde afuera. La música se para de golpe, la calma de aquel lugar seguro se ha perdido por completo–. ¡Eumolpo ven rápido!

Con pena y prisa, mi hermano deja de rodearme con sus brazos, me da una rápida mirada para preguntarme si estaré bien, yo asiento con firmeza antes de correr junto con él. Mi hermano está más centrado en descubrir qué ha ocasionado el terror en su pequeño palacio, yo quiero ver dónde está Hiccup.

A las entradas de su palacio, con una brillante espada en mano se encuentra un hombre de profundos ojos verdes, una leve barba tan oscura como su cabello y piel bronceada, a su lado está una mujer nativa americana, jugueteando con una daga reluciente en su mano derecha, que analiza con una sonrisilla toda la estancia, te diría que sus ojos brillan con algo de malicia, pero en verdad no sabría decirte pues aquel brillo parece cambiar con el color de sus orbes.

Se me va la respiración por completo al comprender quiénes son.

Percy Jackson y Piper McLean.


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Eumolpo mi niño hermoso, como te quiero uwu.

Okno ya.

Chan chan CHAN

¿Cómo os habéis quedado? ¿A qué esto no os lo esperabais?

Primero que nada, estoy aprovechando enormemente lo poco que hay de Eumolpo para hacer de él lo que me salga en gana, Elsa necesita una hermano mayor en estos momentos y Eumolpo es perfecto para ese papel.

Pero lo que más me ha gustado de este capítulo, además de esa parte donde Elsa se permite llorar en los brazos de su hermano, es dejaros en claro algo vital para toda la historia.

Quíone no abandonó a su familia, es el Olimpo quien no le ha permitido estar con ellas.