Capítulo 5:

Mis nuevos compañeros decidieron montar el campamento cerca de unas rocas que había en la zona que estaba más a mi izquierda. Imponentes. Oscuras. Algunas muy afiladas. Coronaban un pequeño desfiladero que resguardaba más piedras, aún más afiladas e imponentes, que parecían estar avisando de que la muerte era inminente en ese lugar. A los chicos no pareció importarles en absoluto que esas piedras fueran peligrosas o estuvieran afiladas, solo querían descansar y cenar.

Podía escuchar como el líder ordenaba que los chicos pusieran algunos manteles en las piedras y las usaran como mesas; además de alguna que otra discusión, sobre todo entre aquel chico rubio y el propio chico de rasgos asiáticos a raíz de quién debía de presidir la mesa; también podía escuchar al chico moreno, al cual, la multitud, no paraba de gritarle: "Fritanga, no lo hagas". El joven, que solía preparar la comida, también solicitaba ayuda para poder hacer un pequeño montículo de piedras para encender una hoguera para cocinar y calentar los alimentos. No tenía ni idea de lo que estaba cocinando, pero el humo de la fogata llevaba consigo un olor delicioso, una mezcla impresionante que me hizo cabalgar en la gloria, pues hacía muchísimo tiempo que no olía algo similar.

Dentro de mi ser me invadió otra vez el rugido del león, mi estómago me estaba recordando que debía comer algo, que ya no aguantaba más. Estaba realmente hambriento. Creía que podría devorar cualquier cosa que tuviera delante, si bien hacía casi una semana, más o menos, que no comía de forma decente.

Mi estado de salud era bastante pésimo, pues el hambre ya había hecho acto de presencia, minando mi energía, mi capacidad de reacción y toda mi percepción de la realidad que, sumado al abrasador calor del desierto, se convirtió en una mezcla mortal para mía, una especie de agonía que me atormentaba todos los días y que ya me había jugado alguna que otra mala pasada. Sin embargo, estaba deseoso de poder comer algo, aunque me moría de la vergüenza el ir hasta la olla del cocinero a pedirle que me pusiera un poco de comida. Sé que es una estupidez, pero lo primero que se me ocurrió fue el llevarme la mano al abdomen. Me seguía doliendo, pero de forma intermitente pero muy punzante, como si me estuvieran clavando un pequeño clavo en dicha zona.

Estaba un poco apartado del grupo, como a unos diez o quince metros del campamento. Solo. Sentado en la arena, acurrucado entre mis piernas, las cuales agarraba con mis propios brazos mientras apoyaba la cabeza en las rodillas. Seguía hambriento, aunque el hecho de que me diera vergüenza acercarme a que alguno de aquellos chicos me diera algo de comer me seguía corroyendo. Una parte de mi material biomecánico, que hacía las funciones de la piel humana, se empezó a difuminar. De pronto la zona de mi cavidad ocular derecha se tornó de un azul metalizado y eléctrico brillante y la cicatriz, que iba desde la zona más a la derecha del ojo y que recorría mi pómulo hasta fundirse con mi cuello, también adquirió ese tono azulado brillante.

No era la primera vez que ese tono azulado invadía la zona derecha de mi cara, sin embargo, sabía que era algo intrínseco en mí. Mi tejido celular no se regeneraba como debería, acrecentando aún más las diferencias entre lo que yo era y los seres humanos normales. Realmente dolía mucho, más era consciente de que llegaría un día en el que no podría reprimir ni forzar más esa situación. Ese era mi verdadero rostro. Esa era mi verdadera condición. La delgada línea que me separaba de los chicos normales, como el grupo de gente que me había rescatado, se iba volatilizando poco a poco, y más cuando el abrasador calor del sol carcomía mi interior, la energía que iba a dicha regeneración.

Traté de llorar. No pude. Quería gritar. No tenía fuerzas. Intenté sollozar. No tenía valor. Toda mi existencia se había basado en reprimir las emociones, en no poder desarrollar un pensamiento propio y en seguir las indicaciones de los superiores, como si fuera una marioneta a la que solo había que moverle los hilos. Solamente se me pasaba un pensamiento por la cabeza: llorar. Llorar de forma desconsolada, sacar toda la mierda que llevaba dentro de mí. Quitarme el pesado lastre de la culpa, ese lastre que me privaba de tener una identidad propia. Pensaba y repensaba sobre ello: «Mi nombre, Elián, es lo único que me separa entre ser una rata de laboratorio y tener algo de dignidad humana, aunque tenga que llevar las atrocidades cometidas por mí, por bandera.

—Hola… ¿puedo… esto… sentarme? —dijo una voz suave, pero titubeante, que provenía desde detrás de mí.

Inmediatamente volví a mi propio ser. Uno de los chicos se había acercado a hablar conmigo. Si bien me habían dejado un poco de libertad para que me recuperase de las heridas, aún tenía pendiente el trato con su líder, Minho, que creo que se llamaba así. Tenía que hablar con ellos y contarles toda la información que yo disponía sobre CRUEL y sobre todo lo que estaba pasando en el mundo. Pestañeé dos veces y miré al chico que se estaba dirigiendo a mí, que estaba a mi derecha, y le respondí:

—¿Eh? ¡Ah… claro! —balbuceé mirándole, pero invitándole a sentarse conmigo—. Puede que ahora solo necesite un poco de compañía, para sentirme un poco más humanizado, entablando conversación con alguien.

—No entiendo mucho lo que dices… pero puedo intentar ayudarte un poco —dijo el chico.

Yo solo mantuve la mirada perdida, en el suelo arenoso, prestando atención a las exposiciones que hacía ese misterioso chico.

—Tiene gracia que digas eso… tus compañeros no parecen tan predispuestos como tú a ayudarme —repliqué de forma directa.

—Créeme que a ellos también les intrigas, y mucho —volvió a balbucear el joven, aún situado a mi lado.

—Yo no tengo nada de especial —conté de raíz la conversación, cerrando el puño derecho entre rabia y algunos gruñidos.

—Hay muchas cosas sobre ti que me intrigan mucho, y parece que a ellos también —decía el joven mirando al campamento, del cual emanaban varias fogatas, con sus respectivas luces y colores rojizos, anaranjados y amarillentos, así como el humo de color oscuro y cenizo, en el cual se reflejaban, de forma tenue, los colores de la fogata—. Aunque no me creas.

Yo también orienté la mirada hacia el campamento, para luego volver a mirar al chico. El tenue color rojizo y naranja del fuego se depositaba de forma suave en sus rasgos faciales, como si estuviera siendo acariciado por unas manos pálidas, pero de muy vivos colores.

—No tengo nada de intrigante, ni mucho menos de especial —espeté mientras suspiraba, agachando la cabeza, mirando al oscuro suelo arenoso—. No tengo nada de valor por lo que dedicar el tiempo que me estás regalando.

—Todos tenemos cosas que aprender de los demás, así como de nosotros mismos, ¿sabes? —murmuró el desconocido en un tono risueño y cómplice.

—Si tú lo dices… —resoplé llevándome la meno derecha a la zona abdominal, pues sentía alguna que otra molestia por las heridas, pero nada grave.

—Bueno… —el chico procedió a sentarse justo en frente de mí, sosteniendo dos platos de comida, uno en cada mano. Me lanzó otra sonrisa amable y me ofreció uno de los platos—. Ten, te he traído algo de comer. Seguro que debes de tener hambre, después de todo, ¿verdad? —dijo el chico sosteniendo uno de los dos platos con su mano derecha.

Le hice un gesto de agradecimiento y me quedé mirándole fijamente mientras extendía mi mano para coger el plato que me había ofrecido. Me salió una sonrisa sincera, pura como el agua, como si estuviera procesando otro acto de humanidad, un fino hilo al que podía aferrarme para poder darle un sentido a mi vacía y miserable vida.

El hecho de ser diferente a los demás, de no ser un humano al cien por cien, de no poder pensar, sentir ni razonar como el resto de los chicos me deprimía muchísimo. Era como una sensación de desesperación que se iba tornando en un pozo cilíndrico de paredes circulares apretadas y que se iba alargando con el tiempo hasta que se convertía en una prisión inexpugnable, una eterna prisión construida por mi propio ser y el rechazo que yo sentía conmigo mismo. De pronto, el chico me hizo un gesto con los dedos, un chasquido para que volviera en mí mismo.

—¡Chico! No es momento de soñar despierto ahora, ya tendrás tiempo de dormir luego —me dijo el joven desconocido en un tono bastante calmo y agradable mientras soltaba algunas carcajadas—. Además, se te está enfriando la cena.

—Ah… sí… perdón —dije mientras me sacudía la cabeza varias veces y en los laterales al mismo tiempo que empezaba a notar una quemazón en las manos, aunque, comparado con el desmayo en el desierto, eso no era nada—. La verdad es que sí que tengo hambre

Agarré la cuchara, la metí en el plato, removí el contenido y la volví a sacar, para intentar engullir una albóndiga bañada en abundante salsa, la cual llevaba pimientos, cebolla y otro ingrediente que no lograba apreciar. El trozo de carne desprendía un leve humo, futro del calor del plato, pero me precipité en comerme un bocado de aquel manjar tan suculento. Iluso de mí. Metí la cuchara en mi boca y un intenso dolor, punzante, recorrió mi paladar de arriba abajo, como si un puñado de avispas me estuvieran picando toda la zona. Tosí un poco por el intenso calor que desprendía. Estaban recién hechas. Me debí de ver como un idiota, soplando de nuevo y haciendo gestos de dolor.

—Ten cuidado, no te quemes más de lo que ya estás —esbozaba el chico entre risas.

Traté de ignorar su comentario, pero me fue imposible. Realmente ese chico deslumbraba cercanía y empatía, si bien también le rodeaba el misterio, la sensación de que ya le había visto antes, aunque no podía distinguir muy bien los rasgos faciales, debido a la sombra de oscuridad que abrazaba todo el paisaje. Resoplé y me aseguré de ser más directo para tratar de buscar algo de información:

—¿Por qué muestras tanto interés en mí? —pregunté, intrigado, mientras hacía tiempo para que se enfriase un poco la cena—. Es decir, no me conoces de nada, ni siquiera sabes mi nombre —concluí en un tono un poco más altivo, mientras soplaba un poco el plato, más o menos a la altura de mi barbilla.

—Bueno, realmente hay un motivo, un poco absurdo, pero un motivo, al fin y al cabo —decía el chico mientras partía a la mitad las albóndigas de su plato—. Puede que tengas razón en eso de que muestro mucho interés, pero, realmente, apenas conozco a esos chicos, los cuales conforman el grupo del que ahora, según parece, formamos parte ambos.

—Eso también lo he deducido yo, quiero decir, sé que estoy condenado a entenderme con vosotros, pero me intriga que hayáis destinado vuestros recursos, agua, comida, medicinas y tiempo para y por mí —dije mientras pinchaba una albóndiga y la devoraba, del hambre que tenía.

El chico solo se limitó a observar como comía, engullendo una albóndiga tras otra, casi sin dejar espacio para masticarlas. Parecía disfrutar viéndome comer, aunque yo no le hiciera ni el más mínimo caso.

—Sé que tienes hambre, pero, al menos, trata de masticar bien la comida, no te vayas a atragantar —recalcó el joven mientras comía poco a poco.

El silencio solo se vio interrumpido por el sonido del masticar de ambos, así como cuando tragábamos. También cuando bebíamos agua. Estaba demasiado delicioso como para interrumpir con banales palabras. Podían haber pasado entre cinco y seis días desde que comí algo, medianamente decente, sin contar barritas y suplementos varios.

No paré de lanzar miradas nerviosas a aquel chico. Parecía que también me las devolvía, como si la relación entre ambos se hubiera enrarecido, una vez que me terminé la cena. Él no paraba de mirarme, de forma extraña, risueña, pero intrigante. Eso me ponía aún más nervioso pues no quería que un desconocido me tratase de nublar la mente de esa manera.

—Bueno, ¿por dónde íbamos? —preguntó el chico mientras apartaba su plato a un lado y se acercaba un poco más a mí para hablar de forma más privada.

—Esto… —traté de apartarme un poco ante sus extraños movimientos.

—No te preocupes, lo que no quiero es que nadie se entere de que voy a estar hablando contigo, pues se supone que Minho no nos ha dado permiso para ello. Se ve que quiere que sepas lo menos posible para así poder mantenerte un poco más —me dijo en voz baja—. Ah, y, por cierto, me llamo Aris —dijo susurrándome al oído, con su mano derecha tañando la parte externa de mi oreja izquierda.

Yo me quedé helado cuando escuché ese nombre. No sé si era inmune o no a los efectos del virus T, pero estaba claro que muy cuerdo no debía de estar. «Aris», me dije en mis adentros. No podía ser cierto. Era el mismo nombre que hacía varios días que redundaba en mis pensamientos, el mismo nombre de aquel espécimen que CRUEL creó para ponerme a prueba. «¿Qué es lo que realmente tienes de especial, Aris?» volví a preguntarme mientras fruncía el ceño y decidí responderle, con cautela, eso sí:

—Un placer conocerte, Aris. Yo me llamo Elián —espeté al joven mientras le dejé la mano tendida para finalizar las presentaciones.

—El placer es mío —me estrechó la mano—. Eso sí, ya he cubierto mi cupo diario de información que puedo proporcionarte, Elián. No creo que Minho me deje hablar más contigo hasta que cumplas tu parte del trato y les cuentes todo lo que sabes sobre CRUEL, las pruebas y el Destello —concluyó mientras esbozaba un leve bostezo.

—Tienes razón, no sería justo que yo tratase de buscar información a espaldas del acuerdo que he pactado con ese tal Minho —dije mientras recogía mi plato—. Solo una cosa más antes de descansar.

—Dime.

—¿Por qué muestras tanto apego hacia mí? —pregunté mirando al suelo.

—No entiendo lo que me quieres decir —replicó, Aris, contrariado.

—¿Por qué te intereso tanto? Es decir, es una cuestión que habías dejado a medias. Además, no veo lógico que estés pasando este tiempo conmigo sino con tus compañeros de grupo —dije levantando y orientando la mirada hacia el chico, el cual se distinguía entre el repiqueteo y el reflejo de la luz de las llamas de fuego del campamento de los chicos.

—Como te he dicho, previamente, Elián, yo apenas conozco a ningún miembro del Grupo A del Laberinto. Solo llevo con ellos unos cuantos días, y a cada cual más distante —decía el chico en un tono algo apagado y con algo de rabia—. Entiendo que hayan perdido a su amiga, pero, al menos, podrían mostrar algo de interés en, no sé, conocerme un poco —resoplaba Aris con la voz un poco más apagada que al principio.

—Entiendo —murmuré mirando al suelo, de nuevo.

—Lo siento si he sonado muy borde, pero es que he visto la oportunidad de poder conocer a alguien, de entablar un fino lazo de amistad, o, por lo menos, intentarlo, y por eso es por lo que yo me he acercado a ti —concluyó el chico mientras se incorporaba y me tendía la mano para ayudarme.

—Es difícil confiar en alguien en los tiempos que corren —espeté mientras agarraba su mano derecha con mi izquierda para levantarme con su ayuda.

—No si sabes cómo y con quién —replicó.

—Nunca debes fiarte de nadie al cien por cien —suspiré mirando al cielo, el cual se percibía despejado por las numerosas estrellas que bailaban y decoraban dicho firmamento con sus tenues e inalcanzables destellos—. Lo digo por experiencia.

Al parecer esa última frase hizo reflexionar un poco a Aris, pues trató de darme una pequeña réplica, pero acabó por balbucear, por lo bajo, algo, que no pude percibir ni entender muy bien. Se quedó pensativo unos cuantos segundos, en un ambiente enrarecido, con una ligera brisa, que soplaba desde el este, acariciando los finos cabellos de nuestras cabezas como si nuestra madre nos estuviera rozando con su mano. Tras unos segundos de reflexión, Aris se digo a responder algo:

—Tal vez tengas razón, pero la confianza se construye y se cimienta junto a la otra persona, donde todos ponen de su parte, sin menosprecios, mentiras ni traiciones. Más, aún estando de acuerdo con tu postulado, si no existiera la confianza la humanidad ya se hubiera terminado por extinguir —finalizó de forma entusiasta y cerrando los puños para marcar un mayor ímpetu.

—Quizá si… —no pude terminar la frase porque un leve bostezo se adueñó de mi ser durante unos segundos, provocando, también, que Aris se contagiara.

—No quiero sonar desinteresado, pero creo que deberíamos de ir a descansar un poco, ¿no crees? Mañana tenemos que seguir caminando rumbo a las montañas —decía el chico mientras bostezaba otro poco, tratando de disimularlo tapándose la boca con la mano, al mismo tiempo que se disponía a volver al campamento, agachándose primero a recoger su plato, vacío, de comida.

—Sí. Ha sido desinteresado. Si bien, es diferente a que a ti no te interese —dije mientras me agachaba, también, a recoger el plato.

—¿Siempre eres así de serio?

—Depende —respondí.

—¿De qué? —volvió a preguntarme Aris mientras seguía su marcha.

—Del día —volví a responder de forma seca y tajante.

—Por eso… por la noche te faltan luces, ¿no? —dijo el chico soltando una leve carcajada.

—Es el peor intento de broma que he escuchado nunca. Por favor, no lo vuelvas a hacer —repliqué de forma sarcástica.

Ambos llegamos a la zona común del campamento, donde aguardaban tres chicos. El que estaba en el medio era Minho, pero de los otros dos apenas recordaba nada. Ni del rubio, a su izquierda, ni del chico de pelo oscuro, a su derecha. Parecían debatir sobre algún tipo de estrategia para proseguir la marcha por la mañana. Realmente eran conversaciones que no terminaba de captar muy bien, aunque no creo que estuvieran hablando de cosas falaces y vulgares.

Al llegar, el chico rubio se percató de nuestra presencia y rompió esa especie de triángulo, o círculo, que formaba con los otros dos chicos, para dirigirse a nosotros:

—¡Aris, Elián! —dijo de forma efusiva, esbozando una gran sonrisa—. Espero que hayáis aprovechado bien el tiempo de descanso—. Finalizó.

—Cierto, porque nos van a venir bien un par de piernas para hacer guardia por la noche. Una hora o una hora y media —apuntilló Minho.

—Pero Minho… —increpó el rubio al líder.

—¿Sí, Newt? —replicó el asiático.

—Deja descansar un poco al verducho, está destrozado y desorientado, no creo que… —expuso Newt, pero le interrumpí en mitad de su argumento.

—No te preocupes, estoy bien. No tengo problema en quedarme a montar guardia por la noche —dije de forma asertiva—. Newt, yo quiero ayudaros y, también, quiero ser útil en todo lo que esté en mis manos mientras la energía y la fuerza de cuerpo me lo permitan —concluí.

—Eso sí que es espíritu —murmuró el otro chico, de forma jocosa.

—Dicho por ti me sorprende, aunque tienes razón, Thomas —balbuceó Minho.

Yo les fulminé con la mirada, soltando unos leves gruñidos de desaprobación. Newt también hizo lo mismo e intervino:

—Creo que deberíamos de irnos todos a descansar, además, no creo que haya nadie en muchos kilómetros a la redonda, pero, si Elián y Minho están intranquilos, podemos montar guardias —dijo efusivamente mientras me miraba fijamente—. Si no quieres hacer guardia, Elián, no te preocupes, te puedo suplir —concluyó.

—Gracias Newt, pero será mejor que descanséis—asentí y sonreí al chico rubio.

—Bueno, pingajos, haced lo que queráis, pero recordad que salimos mañana a primera hora. Buenas noches —dijo Minho mientras se marchaba.

Newt y Aris también se despidieron, así como Thomas, después de Minho, evidentemente. La noche ya hacía tiempo que nos había abrazado. Se cernía sobre nosotros cual depredador sobre su presa. El viento soplaba y la arena, que se movía junto a él, acariciaba tanto mis manos como mi cara. Me relajé mucho, en ese momento. Caminé hacia una gran duna mientras el viento silbaba de forma prominente. Hacía bastante calor pese a ser de noche. Caminé sobre la arena hasta lo alto de la duna, la cual podría tener varios metros de alto, si bien no se veía el suelo desde el lado contrario por el que había subido.

Me senté en la arena a ver cómo pasaba el tiempo. Segundo a segundo. Minuto a minuto. Hora a hora. Realmente quería pasar un tiempo a solas, reflexionando, entendiendo, discutiendo conmigo mismo. Quería tratar de obtener un consenso para definir una postura sobre qué hacer cuando llegara el momento adecuado. Pensaba, y le daba muchas vueltas, en buscar fórmulas para tratar de averiguar la hora que era, pues no tener esa percepción del paso del tiempo me ponía súper nervioso.

Lejos de que me pudiera conquistar el sueño, había soltado un par de bostezos, trataba de no pensar en la hora que era. Seguramente entre las dos y las tres de la madrugada, pero eso solo podía medio deducirlo.

Dejé a un lado esas absurdas teorías sobre la noción del tiempo y empecé a discernir las diferencias que había sentido con Aris y con el grupo, una vez reunidos para despedirnos e ir a dormir. Me corroía por dentro la capacidad que tenían para confiar los unos en los otros, pues realmente yo quería, pero no podía. Los ecos de mi pasado me impedían permitir el florecimiento de la confianza sin obtener nada a cambio, pues sabía de sobra que todo el mundo es propenso a traicionar a sus amigos.

Yo sabía, y sentía, que nadie en este mundo estaba preparado para aceptar a gente como yo. Una especie de creación de laboratorio, un chico que necesitaba de implantes y prótesis robóticas para mantenerse con vida. Empezaba a sentir una especie de rechazo a mi yo sintético. A mi otra mitad. A mi propio ser. El conflicto que florecía en mi interior me estaba volviendo mucho más vulnerable a la creación y sentir de nuevos y desconocidos sentimientos, para mí.

Mientras reflexionaba, no paraba de hacer montañas de arena, entre mis piernas. Tenía la mirada perdida en el caer de la arena al mismo tiempo que muchos pensamientos y emociones se iban solapando en mi cabeza, como las hojas cuando caen en otoño.

Agarré un puñado de arena con mi mano derecha. Estaba caliente, pero no lo suficiente como para quemarme la palma de la mano. Los finos granos de arena se deslizaban entre mis dedos, abiertos. Yo presenciaba como iba cayendo la suave arena. Me agradaba. Me hacía sentir bien. Fluía de forma constante. Mientras la arena caía, por mi cabeza se reflejaba algún que otro recuerdo en los campos de entrenamiento de Umbrella:

Un señor de aspecto siniestro, con rasgos faciales marcados, altura de metro noventa, una nariz con cicatrices, así como pómulos con los mismos arañazos; labios marcados y unas gafas de sol tan negras como la misma oscuridad marcaban a un hombre robusto, con unos grandes músculos y de aspecto eslavo. Imponía mucha disciplina con su estatura, sus rasgos, su físico y su marcado caminar de estilo militar. Miré a izquierda y derecha y había chicos, más o menos de unos trece o catorce años, y todos estábamos contemplando a aquel hombre, de forma impertérrita. Había cuatro filas de unos cinco chicos, y yo estaba al frente de la fila de en medio a la derecha.

—Bien chicos, espero que todos seáis… testigos de lo que va a sucederle hoy a uno de vuestros compañeros —dijo con un tono imponente aquel hombre. Su voz sonaba ronca pero fuerte, provocando que se me erizasen todos los pelos en la piel—. Espero que todos toméis buena nota de que nadie, y digo, absolutamente nadie puede desafiar a la Corporación Umbrella e irse sin consecuencias. ¡¿Ha quedado claro?! —finalizó el hombre con un gran grito.

Ese grito provocó que yo me pusiera de forma erguida, disciplinado, al mismo tiempo que apoyaba el pie derecho en el suelo. Sonó el mismo golpe con el pie de todo el pelotón y una voz al unísono:

—¡Sí, señor Wesker, nos ha quedado claro! —gritamos de forma seca, pero acatando la orden del imponente hombre.

El hombre, llamado Wesker, se apartó y dejó entrever a un chico. Había un vidrio transparente justo enfrente de nosotros, a unos tres o cuatro metros de nosotros. El chico estaba colgado en una especie de tubo metálico que desprendía un aura azul en la zona inferior y superior del tubo. Ambas zonas eran una especie de cono sin punta, del cual emanaba esa especie de nube azulada. Los brazos los tenía atados por encima de la cabeza, y los pies también, ambos con una abrazadera metálica, lo que provocaba que estuviera flotando, en una especie de cárcel imantada. El chico estaba medio consciente. Pareciera que quién le hubiera puesto en esa tesitura, quería que pudiera presenciar lo que le iba a suceder.

Wesker se situó detrás del grupo, con los brazos cruzados por detrás de la espalda, con la mirada fija, o, por lo menos eso indicaba la dirección de su cara pues las gafas no permitían contemplar sus ojos, en el cristal.

De pronto una ráfaga de electricidad empezó a chisporrotear sobre aquel chico. Los arcos eléctricos de color morado pintaron toda la sala de ese color, en un espectáculo de luz. El chico solo podía gritar por el dolor que le provocaban las salpicaduras eléctricas de esos terribles arcos. Sus agonizantes gritos penetraban en nuestros tímpanos como estacas.

Algunos de los chicos se vieron apelmazaron ante tal atrocidad. Caras de angustia, miradas frías y perdidas o nerviosismo generalizado y canalizado a través de las manos, invadió a muchos de los compañeros. Yo, por otra parte, contemplaba con una leve sonrisa lo que le sucedía a aquel chico. No sentía ni un solo ápice de pena, lástima, temor o compasión por él. Mis emociones no se manifestaban y nada parecía evitar que disfrutase con esa sensación.

Una mano se apoyó en mi hombro y me susurró:

—Elián, ¿estás bien?

Mi línea de pensamiento se desvaneció. La arena seguía deslizándose por mi mano, como si el tiempo apenas hubiera pasado. Cerré el puño fuertemente mientras la rabia se apoderaba de mí. No soportaba haberme visto en la tesitura de no sentir nada más que satisfacción por ver sufrir a uno de mis compañeros. Lo odiaba muchísimo, sentía como si mi antiguo yo se relamía por verme sufrir de esa manera. Aquel espejo con las manos sangrantes, frente a mi ser, asesinando a sangre fría. Mi respiración se empezó a agitar de forma acelerada y entrecortada, a causa del estrés que sobrellevaba en ese momento. Me costaba respirar con facilidad. Empecé a toser. Mucho. Me dolía el pecho horrores. Me agarré la zona pectoral con fuerza mientras tosía y respiraba de forma ronca.

Todo el estrés del rencor, ligado a mis dificultades para respirar, provocaron que tratase de levantarme del suelo, más acabé cayendo a cuatro patas en la arena. No tosía, pero notaba que me faltaba el aire. Cerré los ojos y todo se desvaneció:

—Tranquilízate, Elián —dijo una voz, que se dirigía a mí, un poco desesperada y estresada.

Yo solo podía toser y notar ese punzante ahogamiento tan estresante. Me volví a agarrar el pecho mientras trataba de ignorar a esa voz que no paraba de decir mi nombre. Otros dos chicos entraron en escena, también alterados, pero más predispuestos a ayudar que el primer chico.

—Rápido Gazzel, pásame el inhalador —dijo una voz, a mi derecha.

—Sí, toma Jay —replicó Gazzel, lanzando el inhalador al chico.

Jay cogió al vuelo el aparato y luego se arrodilló a mi lado y trató de tranquilizarme con un tono de voz cercano y empático.

—Tranquilo amigo, tranquilo —dijo en tono relajado—. Recuerda, respira y expira. De forma lenta, relajada y sin estresarte. No es la primera vez que te ocurre.

Yo trataba de seguir sus pasos, pero me era imposible canalizar la tranquilidad. El estrés y la angustia se apoderaban, cada vez más, de mí; traduciéndose en más tos y más sensación de ahogarme.

—Valir, Gazzel, ayudadme a incorporarle, poco a poco —pidió Jay calmadamente.

Los tres chicos me ayudaron a incorporarme y consiguieron que me tranquilizase un poco. Me ayudaron a sentarme en el suelo y también a tratar de calmarme y a seguir las indicaciones que me había pedido el chico de pelo oscuro. Jay acercó el inhalador y me lo dejó en la mano derecha.

—Úsalo, ya sabes como funciona —espetó el joven.

Agarré el inhalador, metí uno de los extremos en mi boca y apreté el botón para respirar el gas que liberaba. Eso provocó un inmenso mar de esperanza y de libertad. El ahogamiento desapareció y yo me fui recuperando poco a poco.

Abrí los ojos después de pestañear y volvía a estar en la inmensidad del desierto, ahogándome. Recordé que ese inhalador siempre lo llevaba en uno de los bolsillos del cinturón que, para mi alivio, era lo único que CRUEL no me había quitado. Me senté despacio, recordando esa especie de flashback donde mis compañeros me ayudaban y busqué en todos los bolsillos del cinturón. Mientras la respiración ronca y la sensación de falta de aire proseguía. Con la mano izquierda apretaba mi pecho para tratar de aliviar el pinzamiento tan brutal que sentía, era como si me clavaran una daga y la estuvieran retorciendo en mi torso. Agarré el dichoso inhalador y seguí el procedimiento. Una vez respiré con él todo se volvió a calmar. El estrés desapareció y volví a respirar poco a poco.

Seguía inmerso en mis crisis internas, pues, si bien estaba mejor, mis problemas solo hacían que incrementarse. Era un sinvivir. La aguda soledad que enfrentaba, la ausencia de emociones y la crisis interna sumaron un aliado más: una dificultad respiratoria que, a juzgar por esos nuevos recuerdos, arrastraba desde hace tiempo.

—¿Estás bien, Elián? —habló una voz a mis espaldas, en cierto tono de preocupación.

Se me encogió el corazón al sentir aquella voz, la cual reconocía a la perfección. Me sentía desnudo ante la adversidad, vulnerable ante los ojos de los demás e inútil ante mis propios problemas.

—Tho…mas —titubeé sin orientar la mirada hacia él.

Me levanté poco a poco, sacudiéndome la arena de los pantalones, guardando el inhalador en los bolsillos delanteros del cinturón, y tratando de exponer una falsa postura de tranquilidad y normalidad.

—Te he escuchado toser y me había preocupado mucho —dijo el chico preocupado.

—¿Qué haces aquí? —respondí de forma cortante, con la mirada perdida en la inmensidad del desierto.

—Preocuparme. He venido a hablar contigo —contestó de forma asertiva.

Yo ignoré su comentario, tratando de hacer como si no lo hubiera escuchado.

—No hagas oídos sordos, por favor —suplicó el chico—. Solo quiero hablar, como te he comentado. De amigo a amigo.

Esas palabras volvieron a descolocarme, provocando que mi diera la vuelta y le mirase fijamente a los ojos. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y me permitían discernir, un poco, los rasgos de Thomas y su aparente cara de preocupación.

—Es demasiado pronto para estar despierto —comenté, tratando de desviar la atención del joven.

—¡Y qué lo digas! —exclamó.

—¿Eh? —contesté.

—Sí. Me han despertado los ronquidos de Minho —comentó mientras miraba de reojo al campamento.

No sé cómo, pero su comentario consiguió sacarme una leve sonrisa. Yo traté de seguir su camino:

—Bueno, parece que no soy el único al que le crea rechazo ese tal Minho —dije en tono sarcástico.

—Ja, ja, ja, no tienes sentido del humor —respondió entre carcajadas.

—¿Y por eso has venido de paseo hasta aquí? ¿Para decirme lo bien que te llevas con Minho? —expuse con una leve sonrisa.

—Evidentemente no, solo ha decirte que, bueno, hace ya varios días que sueño contigo. Al menos, parece que son fragmentos de algunos recuerdos superpuestos en mi subconsciente. También me ha pasado con Teresa y otras personas que no logro conocer e identificar —comentó Thomas para mi asombro.

—¿Conmigo? —respondí de brazos cruzados y mi rostro y mi cerebro adoptaron una postura más seria y concentrada.

—A Minho no le gustas ni un pelo, pero Newt y yo queremos darte el beneficio de la duda. No sé por qué, pero me intrigan muchas cosas de ti, y sé que sabes más de lo que Minho pueda pensar, por eso quería charlar un poco contigo, a solas —finalizó el joven.

—Sé algunas cosas. Son solo simples vagos recuerdos de un pasado que parece que he olvidado de la noche a la mañana —dije mientras le volví a dar la espalda a Thomas—. Aunque también he tenido algunos fogonazos en forma de leves recuerdos donde salías tú. Yo sólo contaré lo que sé mañana, como había acordado con ese tal Minho —finalicé en tono agresivo.

—Lo sé y soy consciente de ello. Pero no he venido a sonsacarte esa información, pues sólo quiero saber una cosa —decía mientras caminaba para ponerse a mi altura y sentarse en el suelo de la cima de la arenosa y sedosa duna, entrecruzando las piernas.

Seguí su gesto y me senté, a su lado, al ritmo de una increíble sensación de paz y cosquilleo interno.

—Dime —esgrimí a la defensiva.

—¿Nos hemos visto antes? —preguntó de forma incisiva mientras hacía círculos en la arena con uno de sus dedos.

—¿Por qué quieres saber eso? —repliqué de forma seca.

—Por asegurarme de que puedo darte una oportunidad.

—¿Para traicionarme, como han hecho todas las personas que han pasado por mi lado? No gracias. La confianza no sirve para nada, y más si la gente cómo tú prejuzga a las personas como yo —dije entre repudios a su comentario, que provocaron un ligero tono de cólera y rabia en mi entrecortada voz.

—¿De qué estás hablando? No puedo prejuzgar a la gente que no conozco. Solo desarrollar un pensamiento iniciar frente a la primera toma de contacto, nada más que eso —expuso firmemente clavando su mirada en mí.

—Nadie, jamás, me ha dado ni un solo motivo para confiar en él. Eso solo es una mera falacia para poder aprovecharse de la gente. Yo siempre he ido por libre, en cada misión, en cada orden y en cada pelotón del que he formado parte. La gente ha ido yendo y viniendo, y ahora estoy aquí y quién sabe donde estaré mañana —dije apretando los puños fuertemente y contra mis piernas.

—Mañana vas a venir con nosotros —replicó Thomas firmemente.

—¿Qué estás diciendo? —respondí sorprendido mientras le devolvía la mirada.

—Desprendes una mirada sincera, Elián. Aunque seas preso de tu pasado, como yo lo soy del mío, no podemos juzgar a tu ser antes de aparecer ante nosotros —declaró el joven.

—Creo que sigo sin comprender a dónde quieres llegar, Thomas —respondí.

—Yo también he hecho cosas horribles, Elián —enunció Thomas mientras lanzaba una mirada al infinito y una lágrima recorría su rostro.

—No creo que sea peor que asesinar a sangre fría, Thomas, yo… —manifesté mientras observaba la lágrima del chico. Eso me punzó el corazón y me estremeció por primera vez desde que tenía uso de memoria.

—Yo ayudé a encerrar a mis amigos en el Laberinto. Observé durante años como iban muriendo, uno tras otro, todo con el fin de darle algo a CRUEL, algo que un hombre nos dijo que era en pos de un bien común. Mi creación les iba matando poco a poco —murmuraba Thomas provocando que cada palabra que recitaba se convirtiera en una puñalada en mi propio ser—. A pesar de eso me han acogido y ayudado. Ahora puedo llamarles 'amigos' y confiar ciegamente en ellos, porque sé que vana a estar siempre a mi lado cuando nos necesitemos mutuamente —finalizó entre gimoteos y algunas lágrimas de desolación.

Yo estaba rozando el derrumbamiento general. Estaba a punto de experimentar la humana sensación del perdón y la redención. La tristeza y la reconciliación. La propia confianza. Me costaba muchísimo confiar en esta gente, pero ellos sí querían ayudarme y darme una oportunidad.

—Yo… no sé lo que es sentir, Thomas. Tuve un accidente mortal que me dejó paralítico en una cama. Varias vértebras destrozadas, costillas, la pierna y brazo izquierdos. Magulladuras, golpes, moratones y contusiones cerebrales —exponía con la voz entrecortada y titubeante.

Thomas volvió su mirada hacia mí. De forma compasiva, piadosa. Quería que le siguiera contando cosas sobre mí. Estaba tendiéndome un puente para poder confiar en mí. Se secó las lágrimas y clavó su mirada en mis ojos mientras yo proseguía:

—Umbrella me ayudó, mediante implantes robóticos y sintéticos. Entré a formar parte de su programa de "fidelización", es decir, un programa de reeducación que servía para extraer lo que nos quedaba de humanidad y convertirnos en meras máquinas, marionetas manejadas a su antojo. Despojados de sentimientos, emociones, raciocinio y con una sed insaciable de sangre. Disciplinados, obedientes y efectivos. Thomas, he matado a sangre fría a civiles desarmados. Soy un puto monstruo. —concluí sin tapujos y al borde del llanto.

Thomas se estremeció mucho tras escuchar mi historia. Sin embargo, no parecía que eso hiciera que quisiera salir corriendo o alejarse de mí.

—Perdonar es el mayor gesto de humanidad posible. Aunque no se te puede juzgar pues no eras tú el que lo hacía sino ellos —dijo el joven.

—No Thomas, yo he sido cómplice de ello también. Eso no cambia nada —concluí de forma tajante.

—Lo cambia todo —replicó Thomas mientras me tendía la mano.

Yo no sabía como reaccionar a este cierre de conversación. Le di la mano. Fue muy rápido y poco instintivo. Era como si mi corazón quisiera seguir a Thomas y darle una oportunidad.

—Eso no quita que sea diferente a vosotros, Thomas —respondí tratando de cambiar de tema.

—Tiene gracia —dijo entre leves carcajadas—. Porque cambiar de tema de esta forma, cuando te quedas sin argumentario, es lo más humano que se puede hacer —comentó sonrientemente.

—Ya, pero mis implantes hacen que… —no pude finalizar puesto que Thomas me cortó la frase.

—No cambia nada, Elián, métetelo en la cabeza. Eres tan humano como yo, Newt o Minho, o cualquier persona del mundo. Ahora cállate y sígueme.

Agaché la cabeza y le di la mano.

Caminamos varios minutos sin dirigirnos palabra alguna. Todo se convirtió en un silencio acogedor. Llegamos al campamento y Thomas se fue a buscar algo en uno de los sacos de la izquierda. Sus compañeros estaban durmiendo profundamente sobre unas mantas en la arena. Era una sensación extraña para mí.

—Ten, toma esta manta y vamos a dormir, que seguro que necesitas descansar —expuso Thomas lanzándome la manta.

La cogí en el aire y la extendí en la arena. Me tumbé en la, aún, cálida arena y hundí la mirada en el cielo estrellado, dejando que la inmensidad del firmamento me consumiera hasta el sueño más profundo, en un último aliento que supusiera el fin de ese largo y abrumador día. Caí en el abrazo del sueño.

El repentino calor matutino empezaba a hacer estragos en el desierto. Yo seguía plácidamente dormido, incomprensiblemente. No por mucho tiempo. Noté que alguien me daba pequeños golpes en el hombro, diciendo mi nombre.

—Elián, despierta —decía una voz tenue, que se perdía en la profundidad de mi cabeza, como si fuera un resplandor.

Yo estaba como noqueado. Me notaba perdido y todo me daba vueltas. No había sido mi mejor noche, si bien el listón tampoco estaba muy bajo. Abrí los ojos lentamente mientras me cubría con la mano derecha para tapar los rayos de sol. Estaba acurrucado, en medio de la manta, con las rodillas flexionadas, la espalda un poco encorvada y las piernas cruzadas, de lado. Notaba que tenía bastante arena encima, lo que podía indicar que había habido un fuerte viento por la noche. Volví a cerrar los ojos y a recostar la cabeza. La voz insistió con más fuerza:

—¡Elián, que nos vamos sin ti! —replicó con intensidad.

Eso provocó que me incorporase lentamente, frotándome los ojos y buscando el lado contrario al de los rayos del sol, para que no me molestasen. Me incorporé y me senté con las piernas cruzadas. Bostecé y estiré los brazos de forma exagerada para, luego, rascarme la cabeza y colocarme el pelo, con una raya hacia la izquierda, un estilo invertido.

—Buenos días —dije mientras seguía algo aturdido y adormilado.

—Buenos días, verducho —contestó el chico.

Cuando me acostumbré a la intensa luminosidad, tanto del Sol como del reflejo de la luz en el reluciente mar de arena infinita, pude ver a aquel chico rubio. No le reconocía, de primeras.

—¿Quién eres? —pregunté con intriga, aún sin percibir bien sus rasgos.

—¿Tan rápido te has olvidado de tus compañeros, verducho? —respondió entre carcajadas mientras me tendía la mano para ayudarme a levantarme—. Soy Newt —dijo sonriente.

—Lo siento, Newt, estoy un poco… aturdido —apelé cabizbajo mientras le tomaba la mano y me incorporaba con su ayuda.

—No te preocupes, estamos aquí para ayudarte, porque todos los que conformamos este grupo hemos tenido dudas. Quizá más grandes que las tuyas, pero, al fin y al cabo, son dudas —expresó el chico rubio.

—Efectivamente Newt, todos tenemos dudas, es más, merecemos que sean respondidas —expuso el chico asiático, el cual, había aparecido de la nada y llevaba en la mano una pequeña bolsa—. Ten verducho, es para ti. Buenos días, lo primero —finalizó lanzándome esa pequeña bolsa.

Alcancé la bolsa al vuelo y la abrí. Dentro había un par de trozos de pan, algo de queso y una barrita de cereales, así como un poco de agua en una pequeña botella. Tras examinar los víveres, la cerré y me dirigí a Minho:

—Gracias por dejarme estar con vosotros y por compartir vuestros recursos conmigo —murmuré hacia el líder.

—De nada, supongo. No es por mí por lo que vas a continuar con nosotros, es por estos dos pingajos de aquí, por si se lo quieres agradecer —hablaba Minho mientras señalaba a Thomas y a Newt—. Además de que tenemos un trato, tú y yo, y esa información es por lo que vas a acompañarnos, quieras o no —continuaba el chico—. En marcha, clarianos, tenemos que seguir, las montañas están a unos kilómetros, no debemos flojear ahora —animó mientras hacía un gesto para indicar al grupo que le siguiera, mientras se cargaba una mochila a las espaldas.

Cogí un trozo de pan y un poco de queso y le di un mordisco. Su increíble sabor volvió a transportarme al cielo, como si estuviera en una nube. Mi cara de satisfacción no pasó desapercibida para Newt, el cual parecía que fuera mi mentor, pues no se había separado de mí en toda la mañana.

—Está bueno, ¿verdad? —preguntó el rubio con una amplia sonrisa.

—S-sí —dije entre titubeos y algo nervioso por mostrar tanto aquella expresión de satisfacción.

—No tienes por qué avergonzarte de ello, Elián —replicó Newt entre amables risas—, seguro que hacía días que no comías.

—A mí me alegra que este chico sepa apreciar el buen gusto culinario que tengo —dijo Fritanga mientras se abría paso hasta nosotros.

—No te vengas tan arriba, Fritanga —dijo Thomas a lo lejos.

Yo volví la mirada hacia Newt para responderle, al mismo tiempo que me sacudía los pantalones con la mano derecha:

—Sí, la verdad es que hacía varios días que no comía nada tan contundente, y varios meses que no probaba algo decente. Últimamente me he alimentado de barritas energéticas, algo de fruta y poco más —dije mientras masticaba un trozo de pan.

—Pareces una persona sincera, la verdad, no sé por qué Minho te tiene tanta desconfianza —murmuró Newt.

—Hace bien, no le voy a guardar rencor por eso —repliqué.

—¿Y eso, por qué? —respondió de forma retórica.

—La confianza es sólo la primera piedra de la traición. Es efímera y frágil, y yo no creo en ella. Bastantes puñaladas me han dado por culpa de esa gran mentira —espeté con algún gruñido.

—Y, sin embargo, aquí estás, con gente desconocida, comiendo del mismo plato y bebiendo de la misma agua —finalizó el rubio lanzándome una mirada agresiva.

—Eso es cosa mía —dije mientras me agachaba para coger una mochila y algunas bolsas para cargar, tratando de evitar el contacto visual con Newt.

—¿A qué te refieres? —preguntó.

—A que lo que yo haga es sólo asunto mío. Yo decido si me arriesgo o no en confiar en vosotros. A eso me refiero —respondí de mala gana.

—Sabes, así no funcionan las cosas aquí —declaró Newt, irguiéndose y reivindicando el liderazgo ante el ausente Minho, haciendo gestos con las manos para indicarme que rebajase el tono.

—Y yo lo respeto, de hecho, no vengo a intentar cambiar nada —replicaba mientras empezaba a caminar y trataba de evadir mi descontento.

En ese instante, Newt se apresuró a ponerse delante de mí, poniendo su mano en mi pecho, frunciendo el ceño y con signos de no estar cómodo en esta situación.

—¿Dónde crees que vas? —replicó mosqueado.

—A buscar a Minho. Quiero soltar todo lo que tengo que decirle e ir por mi propio camino, ¿o eso tampoco funciona así?

—Solo intento ser amable contigo, maldito pingajo —murmuró Newt muy enfadado.

Esas palabras resonaron en mi interior con muchísima fuerza e intensidad, provocando que me parase a reflexionar sobre las acciones que estaba intentando imponer en ese lugar. Me quedé mirando al suelo durante varios segundos antes de dar una respuesta:

—Lo siento… puede que tengas razón —dije avergonzado.

—Escucha, verducho, no tienes por qué intentar hacer todo de forma unilateral. Nosotros tenemos tres reglas, o al menos las teníamos hace no mucho: la primera es que no tenemos sitio para gorrones y cada uno tiene que hacer su parte —explicaba mientras levantaba el dedo índice de la mano derecha—, dos —levantaba el segundo dedo—, el grupo no funciona si no hay confianza mutua, pues todos los clarianos estamos dispuestos a dar la vida por nuestros compañeros, de forma incondicional; y tres —exponía mostrando los tres primeros dedos de la mano extendidos—, nadie se aventura a ir en solitario sin decírselo a nadie.

Al final estuvimos hablando un buen rato Newt y yo. De alguna forma, el chico rubio, consiguió rebajar la tensión del momento y calmar mis nervios. Me puse en una postura más predispuesta, escuchando y tratando de construir y aportar algo al grupo que me había salvado la vida y me había acogido sin conocerme de nada.

Tras unos minutos de preparación, todos estábamos preparados para empezar a caminar, yo seguía sin saber hacia dónde se dirigía esta gente. Thomas estaba charlando con Aris y con Minho, pegados a una de las afiladas rocas de esa especia de piscina pétrea. No conseguía alcanzar a percibir lo que estaban hablando, así que traté de restar importancia a ese asunto, si no fuera porque el chico asiático no cejaba en su empeño de seguirme con la mirada. Minho se incorporó y se dirigió hacia mí:

—Espero, verducho, que cambies un poco tu postura, pues si discutes con Newt así, sin provocaciones previas ni cosas similares, no creo que tengas un buen futuro en el grupo —exponía el líder mientras me daba una palmada en el hombro izquierdo. Ahora en marcha —finalizó mientras trotaba para tomar la delantera del grupo y empezar a caminar.

—Lo sé, últimamente estoy demasiado irascible, no sé que me está pasando —balbuceé mirando al suelo mientras me secaba el sudor de la frente.

Aris se aproximó a mí y se puso de cuclillas:

—No te deprimas, Elián, sólo trata de darnos una oportunidad, te aseguro que no te vamos a defraudar —dijo Aris mirándome a los ojos y apoyando su mano derecha en mi hombro.

Pasó cerca de una hora y media, aproximadamente, desde que el grupo reanudó su marcha. Caminábamos bajo el calor abrasor del Sol, el cual parecía recaer sobre nuestros cuerpos como una losa imposible de sobrellevar. El inmenso mar de arena se perdía en el horizonte, donde unas montañas se alzaban imponentes como grandes columnas que sostenían el cielo. Hasta cierto punto, el camino no parecía tan duro. Parecía, claro. Hasta que empezó a vislumbrar una miríada de vigas, escombros y edificios en ruinas, por detrás de las dunas. Era un panorama aterrador. Al grupo no pareció impresionarle esa primera ojeada, desde la lejanía, a los maltrechos restos de la ciudad.

—Bueno Elián, creo que va siendo hora de que nos cuentes todo lo que sabes de CRUEL —espetó Minho sin mirar atrás.

—Depende de lo que quieras saber —respondí.

El grupo entero empezó a subir la duna entre jadeos. Yo empecé a contar la historia de cómo había llegado hasta este desierto y todo lo que sabía, o de lo que estaba al tanto de CRUEL y de Umbrella.

—Ya sé que no confías en mí, Minho, pero tampoco tenéis motivos para confiar en CRUEL. Es una organización sin escrúpulos, que nació del apocalipsis para intentar unificar esfuerzos en torno a una cura. Desarrollaron su programa mucho antes de la aparición del virus T, o el Destello, como vosotros lo llamáis —empecé a explicar entre jadeos.

—Eso ya lo sabemos, prosigue —replicó Minho.

—El programa de CRUEL está aún lejos de obtener una cura, si bien es cierto que han realizado progresos muy interesantes, la cura es sólo un sueño faraónico de algún político que estaba sucumbiendo a la locura.

—Eso no explica el origen ni la misión de CRUEL, ni siquiera aclaras el motivo que te lleva a estar entre nosotros —me recriminaba Fritanga por detrás.

—Además, ellos nos han propuesto darnos la cura al Destello si lográbamos superar las pruebas de la Quemadura —expuso Thomas, el cual se secaba el sudor de la frente y daba algún trago a su bolsa de agua.

—Por lo que yo sé, y por donde vengo, la cura es propiedad de Umbrella, los auténticos creadores del virus T —balbuceaba mientras me estremecía al mencionar dichas palabras, entre jadeos y con un tono un poco ronco.

Mis relatos provocaron que muchos de los clarianos empezasen a murmurar y susurrar cosas entre ello. Muchos estaban incrédulos ante mis palabras y otros se negaban a aceptar que nadie quisiera extinguir a la humanidad entera sólo por diversión. Minho y Thomas también parecía que no se terminaban de creer mi versión.

—Eso no tiene sentido —replicó Newt, en el mismo tono con el que se dirigió a mí hace unas horas, cuando estaba enfadado.

—Hasta donde yo sé, sí. Yo soy un "empleado de Umbrella" —dije haciendo comillas con mis dedos de ambas manos—, y conozco algunos de los entresijos de la corporación. Tienen un modus muy corrupto para eliminar a todo aquel que sepa de los tejemanejes que realizaron en la Colmena, en Racoon City en 1998. Pero esto es sólo un rumor infundado, muy fuerte, pero sin confirmar, pues nadie que haya ido a Racoon City ha regresado con vida para contarlo.

—Entonces… ¿CRUEL sí que es buena? Tal y como decía Teresa —expuso Thomas en voz alta.

—Si es cierto lo que está diciendo este pingajo, sí —replicó el líder.

—Aunque creáis eso, nada es lo que parece ser. CRUEL también tiene su historial realizando experimentos con humanos, así como ha visto incrementar tanto su dinero como la violación de los Derechos Humanos. Ellos también se han aprovechado de la coyuntura para sacar tajada del pastel, aunque ese pastel esté abocado al colapso.

Minho se quedó quieto y se volteó para mirarme a los ojos.

—¿Y por qué nos han mandado a este lugar? Estamos muertos antes de llegar, siquiera, y no tenemos ni idea de lo que nos vamos a encontrar en esas fucas montañas —dijo Minho mientras se dirigía a mí señalándome y en un tono muy rabioso.

—Lo que os haya hecho esa gente no es de mi incumbencia, Minho, y tampoco soy yo el responsable del Armagedón. De hecho, estoy tan 'fucado', como soléis decir, como vosotros, pues esa gentuza también me ha metido en este jodido desierto —repliqué frunciendo el ceño.

—O sea que, si no morimos abrasados en la Quemadura, nos destruirá el Destello, el virus T o como diablos se llame esta pedazo de clonc.

—Te repito que estoy igual que todos vosotros, de igual a igual.

—Ya, pero tú eres un ciborg, puedes aguantar mejor que nosotros este calor —murmuró Aris desde mi derecha.

—Yo tuve un accidente hace unos tres años. Es lo único que puedo recordar de mi vida pasada —suspiré—. Odio a mi mitad robótica, Aris. Es una tortura. Los campos de entrenamiento de Umbrella son un reto que te va carcomiendo desde dentro de tu ser. La moral, el físico y la conciencia, como si un gusano devorase una hoja poco a poco —volví a suspirar mientras dirigía la mirada hacia la arena del desierto.

—Todos tenemos que hacer frente al pasado para poder afrentar el presente y el futuro —espetó Newt, el cual se acercó para mostrar algo más de calidez hacia mí.

—Para ti será fácil decir eso, Newt, pero parece que me gusta tener que esconder esta fuca cicatriz de mi cara —le respondí en un tono triste, dejando entrever la cicatriz azul, la cual solo había visto Aris—. Perdí toda movilidad en el cuerpo, de cabeza hacia abajo, el brazo y la pierna izquierda, totalmente destrozados, varios órganos dañados, un traumatismo craneoencefálico, así como la pérdida de mi ojo derecho y parte de la cara desfigurada. Me tuvieron que sedar durante varios meses, y la operación tuvo el coste de que mi alma, mi ser y mi capacidad fuese vendida, como pago, a Umbrella —declaraba con un tono lloroso.

—Elián… lo siento… no quería… —trataba de disculparse Newt mientras se acercaba, cojeando, y me ponía la mano en el hombro.

Le interrumpí, sin mirarle:

Jamás volví a tener contacto con el mundo exterior, y me convirtieron en una máquina de matar, sin escrúpulos, sin raciocinio y sin poder desarrollar ninguna emoción, más allá de las que me permitían desde la Corporación —exponía con voz entrecortada, titubeante, dolida y cerrando bien fuerte los puños de ambas manos—. Por eso no creo en la confianza, la amistad ni nada parecido. Los tres años de vida que he tenido han sido todo de lo cual he podido aprender. No tengo vida más allá del accidente.

—Como nosotros cuando nos despertamos en aquella Caja sin poder recordar nada —dijo Thomas titubeante.

—Yo… últimamente tengo muchas pesadillas. En mis sueños se me proyecta la imagen de una vida idealizada, sin enfermedad, prótesis robóticas y llena de felicidad. Siempre se acaba nublando, como si ardiera un intenso fuego, la culpa. La ardiente culpa. Siempre es lo mismo. Una imagen de mí mismo matando a sangre fría a inocentes, hombres, mujeres y niños. Todo lo acaba precediendo un charco de sangre y mis manos cubiertas de ese color intenso. Me atormenta desde hace varios días, provocándome confusión, irritación y tensión constante —titubeaba mientras seguía caminando.

Un silencio mudo invadió al grupo, como si todos estuvieran tratando de analizar toda la información que había soltado de repente. Solo se escuchaban los pasos en la fina arena, sonaban como una persona agonizante a punto de afrontar su destino. El viento se había levantado, lo suficiente como para permitir que la arena arañase nuestra piel de forma brusca. Todos nos cubrimos con algunos harapos y otras telas, a modo de bufandas. Volví la vista al frente y rompí el silencio de nuevo:

—Lo único que me queda es buscar un camino a la redención, conmigo mismo. Cuando CRUEL me quitó el chip que drogaba mi cerebro, para inhibir los pensamientos y mi conciencia, sentí como si me liberasen de una horrible prisión —exponía firmemente—. Sé que solo soy la primera generación de seres humanos sintéticos, pero no permitiré que nadie dicte sentencia al mundo sólo por tener dinero, pues si me han estado utilizando a mí, pueden seguir haciéndolo una vez termine la pandemia y liberen la cura —seguía exponiendo hasta que un chico moreno me interrumpió.

—Pero ¿cómo podemos tener la certeza de que lo que nos cuentas es cierto? Es decir, apareces en medio del desierto y dices no ser propiedad de CRUEL, te mandan también a la Quemadura, no sabemos si estás infectado o no, nos cuentas algo de una colmena y que, para colmo, eres parte de una especia de plan para suplantar a la humanidad por una generación de humanos sintéticos —reflexionó el chico—. Yo no me lo creo —finalizó negando con la cabeza.

—Eres libre de creer lo que quieras, chico.

—Yo sólo digo lo que pienso, nada más.

—Tranquilo Winston, todos estamos muy confundidos en estos momentos, deberíamos de acelerar el paso y llegar a la ciudad para poder resguardarnos, comer y recuperar fuerzas —finalizó Minho.

Llegar a la ciudad y descansar. Los edificios se empezaban a ver más imponentes, pero rodeados de un aura fantasmagórica. Descuidados, viejos y en ruinas, acaban con todas las esperanzas que tenían mis compañeros de poder encontrar gente que nos pudiera ayudar. Yo lo sabía, pero creí oportuno no decir nada en absoluto. Este era el nuevo mundo, el caos, la devastación y la miseria. Nada más lejos de la realidad.

Alcanzamos las primeras calles en una media hora, la cual hacía como tres horas más desde que partiéramos del campamento por la mañana. El Sol brillaba de forma intensa, sofocante y abrasador, como de costumbre. Debía de estar en las horas centrales del día. Nadie pronunciaba palabra alguna, quizá por miedo a gastar energía y agua de forma absurda.

Mi respiración se tornó más ronca, era evidente que el clima me hacía mella en el sistema respiratorio. Volví a sacar el inhalador y a dar un par de bocanadas a la medicación. Era horrible pero necesario, pero nada tan aterrador como lo que nos esperaba en esa ciudad fantasma.