¡Hola!

¡No me lo puedo creer! He escrito una continuación de esa historia pese a que no estaba entre mis planes cuando la escribí tres años atrás (wow). Básicamente, porque la inspiración llegaba para la idea loca y se cortaba ahí. Pero gracias al agradable comentario de Riri (¡muchas gracias!) y a la sugerencia de escribir la cita por parte de un buen amigo (gràcies Miquel :D), la cosa acabó tomando forma. Antes que nada, aclarar unas cositas:

1. En este fic no se tiene en cuenta la conversación que Sabo mantuvo con Luffy y otros al final de la saga de Dressrosa.

2. He intentado mantener la esencia del primer capítulo, pero este es un poquitín más azucarado, que es lo que siente mi corazón cada vez que los ve juntitos.

¡A disfrutar!


2. La cita

– ¿Namiii por qué tengo que llevar esto? – se quejó Luffy.

La navegante se lo miraba desde diversos ángulos de la habitación que compartía con la arqueóloga. Había hecho una excepción a su regla más estricta de no dejar entrar ningún miembro masculino de la tripulación (entiéndase "humanoˮ). Y si había hecho una excepción era porque la situación era, como su nombre bien indicaba, excepcional: Luffy tenía una cita...¡Luffy tenía una cita! Su responsabilidad como nakama y estilista personal era transformar su capitán en un "adultoˮ presentable y responsable (la ropa no hacía milagros, pero no perdía nada por intentarlo); y además, era igual de importante evitar que Sabo acabara la tarde intentándose tirar de uno de los acantilados de la isla Soru, el lugar donde ambos irían. El rubio les había asegurado que era totalmente segura, pero de quien no se fiaban era de su capitán, claro. Y ya que los milagros no se podían comprar, poco más podía hacer Nami al respecto.

– No seas idiota, Luffy, te queda muy bien, tratándose de ti – comentó ella haciendo aspavientos con la mano – El color negro te favorece, te endurece las facciones, resalta tus ojos y te hace parecer más adulto, cosa que necesitas a gritos – añadió, dando vueltas al chico retocando el cuello, arremangando las mangas y avaluando la combinación con los pantalones. – ¡Es perfecto! Ahora llamaré a Robin para que te haga los retoques en el pelo.

– ¡Esos pantalones son muy incómodos! – interrumpió el moreno, estirando las piernas arriba y abajo haciendo uso de su flexibilidad imposible para demostrarle a Nami que no tenía razón. – ¿Cómo voy a luchar contra reyes marinos, vestido así? – siguió quejándose, pero se acabó estirando demasiado y se dio varios coscorrones en la cabeza al chocar contra el techo. La pelirroja empezó a desprender llamas al ver como su capitán arrugaba la prenda que había planchado hacía nada menos que 20 minutos, y le dio tal sartazo de mamporros que el chico quedó estirado al suelo unos segundos sin moverse, asustado.

– ¡Tienes una cita con Sabo que no consistirá en luchar contra reyes marinos, ceporro! ¿Crees que eso es lo que quiere hacer él contigo después de ese reencuentro tan esperado? – le gritó Nami con demasiado dramatismo, pero la cara ofendida de Luffy la desalentó de intentarle explicar las cosas que hacen "los adultosˮ "que se gustanˮ cuando tienen "muchas ganasˮ de verse. – Bah, déjalo. Y ahora voy a buscar a Robin, como te vuelva a ver estirándote otra vez durante las próximas 24 horas le prohibiré a Sanji que te sirva carne durante una semana – le amenazó, señalándolo con el dedo y dejando a su capitán más muerto que vivo por aquella cruel amenaza. – Y ponte los zapatos, están en esa caja que hay encima de mi cama. ¡Date prisa, solo quedan dos horas para tu cita, merluzo!

Luffy solo se atrevió a emitir un sonido gutural para confirmar a la chica que la había escuchado, pero luego frunció el ceño y apretó los labios, enfadado.

En aquel momento oyó la risa melódica de la arqueóloga penetrando en la habitación.

– Jo Robin, no tiene gracia... – lloriqueó Luffy levantándose a duras penas del suelo.

– Lo siento, Luffy, no quería ofenderte. Esa ropa te queda muy bien.

– ¿En serio? ¿Crees que a Sabo le gustará? – preguntó el chico olvidando momentáneamente su disgusto.

– Estoy segura de que sí.

– ¡Hoy todo el mundo está muy raro, Robin! Ahora Nami me está diciendo qué me tengo que poner, cuando nunca antes le había importado... ¡Y además me ha dicho que Sabo no quiere cazar reyes marinos conmigo! Y antes, durante la comida [eso es: su segunda comida de media tarde] Sanji me ha obligado a usar el tenedor y me ha dicho que si esta noche no los uso como las personas no me dejará entrar en la cocina nunca más. Luego Ussop me ha estado hablando sobre algo de unas reglas para endamorar a las mujeres que según él también son aplicables a los hombres y ha dicho que a las dadmas no les gustan los hombres que solo hablan de comida. ¡Todo el mundo me amenaza con dejarme sin comida! – lloriqueó, incomprendido. – ¿Tan difícil es eso de tener una cita, Robin? ¿Por qué no puedo hacer cosas divertidas con Sabo?

Ella sonrió, enternecida y muy divertida con la situación.

– Yo creo que os lo pasaréis muy bien, hagáis lo que hagáis, ¿no crees?

Luffy asintió y sonrió ampliamente.

– ¡Sí, porque estaremos juntos! ¡Me muero de ganas de oír sus historias de todos estos años, ayer solo le expliqué algunas aventuras nuestras, pero yo aún no sé nada de él! – expresó, alzando ambos brazos hacia arriba, como dándose ánimos. – ¿Crees que habrá luchado contra algún Yonkou? ¿Debe haber incluso superado las habilidades de Ace con la mera mera no mi? No me extrañaría, Sabo es un luchador increíble y estoy seguro que sigue haciendo esos movimientos tan geniales con su tubería como cuando éramos pequeños, nunca lo podía vencer porque siempre sabía como evitar mis golpes y...

Su perorata siguió durante unos cuantos minutos, durante los cuales la arqueóloga aprovechó para peinarle la salvaje melena negra.

– ... Han pasado tantos años y...H-han pasado tantas cosas que no he podido compartir con él y yo creía que estaba m-muerto, que aquella explosión lo había matado... No l-le busqué, no me aseguré y-yo no sabía que él estaba vivo...Y luego A-Ace... – había llegado un punto en el que su voz se había roto y ahora estaba hipando.

Robin lo abrazó, porque no podía soportar ver tan desecho a su capitán. Pese a la felicidad que había florecido en su interior al saber que su querido hermano de brindis estaba vivo, Robin sabía que el dolor de creerlo muerto durante tantos años le seguiría carcomiendo el alma hasta que la herida hubiera cicatrizado. Sabía que su capitán se culpaba de muchas cosas que ella sabía y de muchas otras que ni siquiera intuía porque había muchos aspectos de su vida que la arqueóloga aún desconocía.

– Luffy, él está tan o más feliz que tú de haberte encontrado de nuevo – le dijo cálidamente la morena. Luffy hipó contra su hombro, y se separó, frotándose frenéticamente las lágrimas con el dorso de la camisa. Lo hizo justo en el momento que Nami entraba y lamentablemente vio con claridad y detalle como los mocos que habían estado pegados en su nariz quedaban ahora impregnados en la ropa nueva que llevaba el capitán.

– ¡Si este cara de mono no llega a ser el rey de los piratas será porque un día me lo habré cargado yo!


Sabo quería hacer feliz a Luffy, y tenía una ligera idea de lo que tenía que hacer para cumplir ese deseo.

A las siete en punto aterrizó otra vez a la cubierta del Sunny. Su llegada fue tan elegante y pulida que se ganó los aplausos y silvidos impresionados de Franky, Chopper y Ussop.

– ¡Hola Sabo! – saludó Luffy, saliendo del interior de la cocina con la boca llena de fruta y corriendo alegre hacia él. – ¿Ya nos tenemos que ir? – dijo, y le sonrió, poniendo al descubierto los restos de manzana que estaba engullendo. Era inevitable: siempre que veía a Sabo su boca se curvaba hacia arriba. Era instintivo.

El revolucionario asintió, devolviéndole la sonrisa, cálida y solícita, y se dirigió hacia Franky, pero este se adelantó.

– El submarino está listo, he revisado el combustible y está SUPRRR en marcha – anunció el cyborg.

Luffy abrió los ojos con ilusión y de su boca brotó una sonrisa enorme que competía con el sol.

– ¿Iremos en submarino, Sabo? ¿Dónde iremos? ¿En una isla misteriosa?

–¿¡Es que nunca escuchas cuando te hablan, idiota?! – exclamaron (casi) todos los mugiwara al unísono.

Sabo asintió y le ofreció su mano, pero el mugiwara no la agarró, sino que se tiró encima de él, cruzando las piernas en su torso y cerrando los brazos en el cuello del rubio. Sabo pudo evitar la caída agarrando las piernas ajenas a duras penas.

– ¡Sabo, eres el mejor! – exclamó con alegría.

Los mugiwara sonrieron con ternura.

Llegaron a la isla en pocos minutos. Sabo agradeció salir a la superficie después de verse encerrado en un espacio tan pequeño con Luffy colgado encima de él. No había parado de repetir cosas vergonzosas como "estás muy calienteeeˮ (suponía que se refería al hecho que su temperatura corporal era inevitablemente mayor que la de los demás por la Akuma no mi) o "me gusta mucho abrazarte Saboooˮ y no había logrado desengancharlo de él pese a que casi había caído desmayado por sufocación.

La isla Soru era relativamente pequeña, pero no se llegaba a avistar el final del denso bosque que nacía a unos metros de la playa. Los acantilados se percibían hacia el este, y no había ningún pueblo, al menos a la vista.

– ¿Es aquí donde tendremos la cita, Sabo? – preguntó Luffy, excitado. – ¿Comeremos cocos? – dijo, señalando unas largas palmeras.

Sabo dejó escapar una carcajada que estaba a medio camino entre el nerviosismo acumulado de todo el día y la alegría de poder compartir unas horas a solas con él. Por eso aprovechó que el mugiwara seguía enganchado a él (ahora sin apretar tanto su cuello) para abrazarlo también con fuerza por la cintura y enterrar el rostro en un punto inconcreto de su pecho. Respiró hondo durante unos segundos, intentando convencerse de que sí, que estaba teniendo una cita con Luffy, y que no tenía que preocuparse de nada más que de hacerle sonreír.

Luffy también se reía junto a él.

Le había costado muchos años dar con ella y solo tenía dos o tres otros recuerdos que se le parecían y con los que podía comparar, pero Sabo sabía que aquello que sentía era felicidad.

– Los cocos después – dijo, misteriosamente, mientras liberaba a Luffy del fuerte abrazo y agarraba bien su adorada tubería. – Ahora nos divertiremos un poco – añadió justo cuando el mar iniciaba una tempestad de olas que ganaban masa y se hacían más y más altas con los segundos, hasta que al cabo de unos instantes ambos tuvieron al delante un ejército de reyes marinos dispuestos a arrancarles la cabeza de un mordisco. – ¿Preparado? ¿Te gusta la sorpresa?

– Wooooow, ¡como mola, Sabo! – exclamó Luffy con estrellitas en los ojos y la baba brotando de las comisuras de su boca – ¡Estos grandullones serán nuestra cena!

– Eso es lo que tenía planeado – contestó el rubio justo antes de saltar hacia uno de los terroríficos peces. Luffy lo siguió emitiendo un grito de guerra que resonó por toda la isla.

Estaban sentados en la orilla de la playa, mojados, felices y con un botín de diez reyes marinos haciendo cola para ser cocidos a la parrilla. Se habían arremangado y por una vez Luffy se había involucrado en la preparación de la comida sin comérsela antes de empezar a sazonar. Luffy solo hacía que reír y hablar sin parar de tonterías, y preguntándole al rubio cosas como si le gustaba la carne de rey marino muy o poco hecha o si prefería los dangos o el takoyaki. También le había contado lo nervioso que lo habían puesto sus nakama y lo preocupado que se había puesto cuando Nami le había asegurado que no cazarían bichos.

Sabo había traído nihonshu, y Luffy agrandó sus ojos cuando vio dos platitos rojos junto a la botella que el revolucionario se disponía a abrir.

De repente, su rostro se ensombreció.

– Sabo, ¿qué pasó en aquel incidente? Estaba seguro de que te había visto m-morir...

– No sé como, pero sobreviví. El Ejército Revolucionario me encontró pero perdí la memoria y no la recuperé hasta que leí que Ace había muerto en Marineford. No sé si me creerás, pero te juro que si no fuera por eso habría venido a luchar con vosotros y no hubiera desaparecido de vuestras vidas y... Nunca me hubiera alejado de ti, Luffy – dijo, con voz torturada y evitando los ojos del moreno, que lo miraban con una aparente máscara de impasibilidad. Pero de repente los labios del mugiwara se curvaron con facilidad hacia arriba, como si hubiera llegado a una conclusión.

– Ya lo sé – contestó pausadamente – Yo tampoco pude... Salvarlo – añadió, arrastrando las palabras.

A su lado, Sabo miraba fijamente la línea del horizonte, como si esperara que de un momento a otro Ace les saludara con la mano y les invitara a subir a bordo de su barco pirata. Siempre se imaginaba al Ace que él recordaba, porque no lo había visto crecer; aún no tenía más de 11 años y tenía tantos sueños por cumplir que no los podía enumerar todos. Era muy doloroso.

– Ace murió defendiendo sus sueños – expresó el rubio – Nunca se dejó pisar. Sé que no hubiese querido que fuera de otra manera, aunque yo también me siento responsable de su muerte.

Sus manos se buscaron. El contacto de una piel sobre la otra les permitió relajarse.

– ¿Brindamos? – propuso Sabo. – Por Ace.

– ¡Por Ace! – coincidió Luffy, chocando los platitos. – Y para que nunca más nos volvamos a separar – le pidió, mirándole intensamente. Sabo asintió y empezó a asar los reyes marinos con el fuego que expulsaban sus manos.

– Cuéntame lo que hiciste antes de que nos encontráramos en Dressrosa, ¡quiero saberlo todo! ¿Cómo son tus nakama? ¿Qué objetivos tienes? ¿Contra quién lucháis en el Ejército Revolucionario? ¿Y ahora que ya hemos cazado reyes marinos... Cuando comeremos cocos?

A Sabo se le volvió a escapar la risa.

Las horas pasaban sin remedio, y el sol corría peligrosamente hacia el horizonte, transformando la luz en colores nostálgicos y de despedida. Ambos seguían atrapados en una conversación infinita de recuerdos, largas explicaciones y preguntas que habían quedado durante muchos años sin respuesta. Poco a poco volvían a conocerse de nuevo después de tantos años separados.

– Es muy tarde, creo que tendríamos que volver a Okama – murmuró Sabo, con pesar. A su lado, Luffy había envuelto su brazo derecho con el del rubio y le impedía deshacerse de su agarre. Al oír aquellas palabras, el cuerpo de Luffy había temblado y el agarre se hizo más fuerte.

– Luffy... ¿Tienes miedo de que vuelva a desaparecer, verdad? – murmuró Sabo con voz muy baja, dándose cuenta de todas las veces que el moreno se le había aferrado como un loco desde que se habían reencontrado en Dressrosa.

Luffy no contestó, sino que se acercó más a él, si es que eso era posible.

– No voy a irme, ya te lo dije y te lo vuelvo a repetir... Luffy, ambos tenemos nuestros propios sueños, y no nos podremos ver tan a menudo como queramos... – Luffy volvió a encogerse – Pero yo... Intentaré mantener el contacto contigo lo más seguido que pueda, siempre que sea seguro para los dos, claro, y si es que quieres tenerme cerca...

Luffy levantó la cabeza y se lo quedó mirando arrugando las cejas.

– ¿A partir de cuantas citas té podré convencer de que te quiero mucho? De que quiero estar siempre contigo, hasta en los momentos en los que me lo estoy pasando genial con mis nakama o estoy luchando con el enemigo más fuerte que me he encontrado nunca? ¿Ya sé que esta es la primera, eh? ¿Pero te lo puedo decir, Sabo? ¡Te quiero mucho, mucho, mucho, much...!

– ¡D-de acuerdo! – aceptó el rubio apurado pero sintiendo mariposas bailando descontroladas dentro de su estómago. – De acuerdo, a-a mí me pasa lo mismo contigo, soy muy feliz cuando estoy a tu lado porque eres muy importante para mí – le confesó besándole la nariz con dulzura. Luffy sonrió.

– ¿Y me quieres mucho también? ¿Comeremos cocos? Saboo...

Sabo enrojeció sin remedio. Se sentía atontado. Y enamorado. Y encima Luffy lo miraba como si estuviera esperando algo de él.

No contestó, sino que acarició el rostro de Luffy con ternura, aprovechando aquella cercanía intoxicante, sintiendo que los ojos del moreno lo miraban fijamente, con anhelo, y sus respiraciones se entrecortaban. Pero de repente Luffy ya había cerrado aquella pequeña distancia entre ellos y lo estaba besando con avidez, como todo lo que hacía, y se agarró a su cuello con fuerza, diciéndole sin palabras "te quiero, te quiero, te quiero...ˮ que resonaban como un mantra que no se acababa y que Sabo sabía interpretar porque lo conocía como nadie.

Pese a tantos años de distancia (y olvido).

Se separaron al cabo de unos segundos, muy lentamente. Sabo se preguntaba si podría estar separado de él ahora que había probado su boca. Se miraron y sonrieron.

– Allí – dijo Sabo, señalando una línea infinita de palmeras tras ellos. Estaba acalorado y tan contento que podría bailar una danza hula si hacía falta pese a lo pésimo que era como bailarín. O al menos eso decía siempre Koala. – Allí están los famosos cocos, ¿qué te parece si antes de irnos hacemos una competición para ver quien consigue más?

A Luffy se le iluminaron instantáneamente los ojos. Se despegó por fin de él (todos sus miedos aparcados) y se preparó para el nuevo reto.

– ¡Shishishishi, prepárate, Sabo!


Llegaron al Thousand cuando la luna ya había recortado el cielo por la mitad. Los mugiwara estaban preocupados y expectantes y más de uno tenía preparado el Den Den Mushi por si tenían que avisar al Ejército Revolucionario sobre algún percance con su segundo al mando.

Llegaron a la cubierta agarrados de la mano, Luffy vistiendo su mejor sonrisa de oreja a oreja y Sabo con un ligero sonrojo en la cara al saberse observado por los amigos del moreno.

Hubo unos instantes donde nadie dijo nada, quizás todos estaban sorprendidos de ver como ambos caminaban como si nada. Nadie se creía que todo hubiera ido bien.

– ¿Nos persigue la Marina? – preguntó Zoro, aburrido.

– ¿Había preciosas doncellas en la isla Soru? – aquél era Sanji, con su monotemático tema. O quizás era que seguía dándole demasiadas vueltas al "tema Carolˮ (le había gustado demasiado) y tenía que disimular.

– Pues los dos están vivos, sí... – murmuró distraídamente Robin.

Nami iba a hacer un comentario de mal gusto para avergonzarlos pero lo cambió por una sarta de insultos cuando se fijó bien en el pésimo estado que estaba la ropa de su capitán: una manga se le había quemado, el pantalón tenía un agujero y había olvidado los zapatos en algún rincón de la isla Soru.

– ¡Luffyyyyy! ¡Ya puedes ir vaciando ese cerdo que tienes por hucha porque te voy a dejar seco como un bacalao...!

–¡Hola a todos! – exclamó Luffy, haciendo caso omiso de la peliroja, que tuvo que ser agarrada por Zoro para evitar que le lanzara un rayo encima de la cabeza con su Sorcery Clima-Tact. – ¡Hemos comido cocos! – chilló, sin más, levantando los brazos para anunciar su gran victoria. – ¿No es genial?

– ¡¿Quééééééééeéé?! – gritaron Sanji, Nami, Franky y Ussop totalmente escandalizados. Robin levantó una ceja, incrédula, y rio divertida. A su lado, Zoro había tenido que liberar a la navegante, que seguía gritando, pero ahora pidiendo explicaciones a Sabo, que estaba rojo como un tomate y les intentaba convencer de que todo era un malentendido y que para nada tendría que haber aceptado los condones que la chica le había ofrecido unas horas antes.

– ¡Hemos comido cocos literalmente, literalmente! – intentó asegurarles.

– ¡Sí, igual que Zoro y Robin! – añadió Luffy feliz, abrazando a Sabo otra vez y dejándolo medio muerto de vergüenza y de frustración.

– ¿¡Otra vez con eso?! – se quejó Zoro, pero Robin parecía más que complacida con la comparación.

– Es un honor – dijo ella.

– Robin... – masculló Zoro entre dientes, mientras la morena sonreía aún más.

Hubo un estallido de risas que poco ayudó a calmar el corazón desbocado de Sabo. La risa de Luffy ofuscaba los comentarios sarcásticos de Nami y Ussop, que querían saber "cuantos cocos habían comidoˮ y "de qué maneraˮ.

En medio de todo aquel caos, Sabo suspiró, y miró a Luffy, que seguía abrazado a él, sin dejarlo ir. Decidió que pese a los sustos, sufocaciones, estrangulaciones y ataques al corazón, así era lo que suponía pasar un día junto a Luffy. Y así lo quería Sabo, siendo él.

– Luffy... – murmuró el rubio en voz baja para que solo pudiera oírlo él – Un día te contaré bien eso de los cocos.


Ahí está. No sé si estoy abusando ya de la bromita de los cocos, pero me río yo sola y eso también es importante, ¿no? XD No quería hacer una continuación sin un besito, sentía que me lo debía a mí y a los demás fans de este pobre y tan denostada ship. Gracias a todo el mundo que creyó más en esta historia que yo misma y decidió followearla. Quizás seguiré inspirándome, quien sabe.