Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Una luna sin miel" de Christina Lauren, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 20
A las pocas horas, Edward me llama (y lo ignoro). Imagino que estuvo ocupado encargándose de Dane, pero, indirectamente, yo también me estoy ocupando de Dane: empacando sus cosas. Me doy cuenta de cuánto quiere Nya que se vaya de la casa cuando me manda a comprar una gran cantidad de cajas a Menards y ni se le ocurre buscar un cupón.
No quiero que se quede sola cuando me vaya, así que llamo a mamá, quien trae consigo a Tori, Alice, Alec y Kate, quien le escribe al tío Arthur y a su hija Ginny para que traigan más vino.
Ginny y el tío Arthur también traen galletas (y un auto lleno de primos). Entonces, en un parpadeo, hay veinte personas abocadas a empacar hasta el último rastro de Dane Cullen y llevar las cajas al garaje.
Exhaustos pero satisfechos, nos acomodamos en la sala de estar y cada uno se concentra en una tarea: yo en abrazar a Nya; Tori en mantener su copa de vino llena; mamá en masajear sus pies; el tío Arthur en que siempre haya galletas en el plato; Alice y Alec en la música; Ginny en recorrer la sala detallando con precisión cómo castrará a Dane; y el resto en cocinar comida suficiente para que Nya coma un mes.
—¿Te divorciarás? —pregunta Kate con cuidado. Todos esperan un bufido de mamá… pero no llega.
Nya asiente con la cara dentro de la copa de vino y mamá intercede:
—Por supuesto que se divorciará. —La miramos pasmados y, finalmente, suspira exasperada—. ¡Ya basta! ¿Creen que mi hija es tan idiota como para enredarse en el mismo jueguito con el que sus padres perdieron dos décadas?
Nya y yo nos miramos y estallamos en una carcajada. Luego de un largo segundo de silencio incrédulo, el resto nos acompaña y, para el final, hasta mamá se está riendo.
Dentro de mi bolsillo, el teléfono vuelve a sonar. Espío, pero no logro rechazar la llamada y volver a guardarlo antes de que Nya pueda ver la foto con la que tengo agendado el número de Edward.
Alegre por el vino, se acerca.
—Aww, es una foto muy linda. ¿Dónde se la tomaste?
En verdad es un poco doloroso recordar ese día, cuando alquilamos el horroroso Mustang verde lima, condujimos por la costa de Maui y nos hicimos amigos. Me besó esa noche.
—Es el espiráculo de Nakalele —respondo.
—¿Era bonito?
—Sí —digo despacio—. Era de verdad increíble. Todo el viaje lo fue. Gracias, por cierto.
—Me alegra mucho no haber ido con Dane —comenta Nya con los ojos cerrados.
—¿En serio? —pregunto y la miro fijamente.
—¿Por qué me lamentaría justo ahora de habérmelo perdido? Sería otro recuerdo arruinado. Debería haberlo sabido cuando todos nos intoxicamos menos Edward y tú. —Me mira conmovida—. Fue un presagio, una señal del universo de…
—Dios —interrumpe mamá.
—Beyoncé —corrige Alec con un dedo en alto.
—… que Edward y tú eran quienes tenían que estar juntos —retoma Nya—. No Dane y yo.
—Estoy de acuerdo —dice mamá.
—Yo también —grita el tío Omar desde la cocina.
—No creo que lo mío con Edward vaya a suceder, chicos —digo mientras levanto una mano para callarlos.
Mi teléfono vuelve a sonar y Nya me observa con una repentina claridad en los ojos.
—Siempre fue el hermano bueno, ¿no?
—Fue un buen hermano —concuerdo—, pero no el mejor novio ni el mejor cuñado. —Me acerco para besarle la nariz—. Tú, en cambio, eres la mejor esposa, hermana e hija. Y todos te amamos mucho.
—Estoy de acuerdo —vuelve a decir mamá.
—Yo también —dice Alec, recostado en nuestros regazos.
—Yo también —gritan a coro desde la cocina.
El buen hermano sigue llamando varias veces durante varios días, y luego cambia los llamados a mensajes de texto simples.
Edward:
Lo siento.
Bella, por favor, llámame.
Me siento un gran imbécil.
Como no respondo ninguno, parece entender el mensaje y deja de intentar contactarse. No estoy segura de si eso es mejor o peor.
Cuando llamaba o enviaba mensajes al menos sabía que estaba pensando en mí. Ahora debe estar concentrándose en superarme y tengo sentimientos encontrados sobre cómo me hace sentir eso.
Por un lado, quiero castigarlo por no haberme apoyado, por permitirle a su hermano ser un pésimo novio/esposo, por ser obstinado y terco en la defensa de un engañador serial. Pero, por otro lado, si estuviera en la misma situación, ¿de qué sería capaz por proteger a Nya? ¿Sería tan difícil para mí como fue para Edward enterarme de que es una mala persona?
Dejando eso de lado, Edward era perfecto en todos los demás aspectos: gracioso, juguetón, amoroso y maravilloso en la cama. Es una mierda haber perdido a mi novio por una pelea que ni siquiera nos involucraba y no porque no nos entendíamos.
Nos entendíamos muy bien. Pero este final (por el contrario) se siente confuso y poco claro.
Una semana después de que Dane se fue, dejo mi apartamento y me mudo con Nya. A ella no le gusta estar sola y a mí me sirve el arreglo: me parece una buena idea ahorrar algo de dinero para comprar una casa o tener un respaldo en el banco para mi próxima aventura, una vez que haya descubierto cuál será.
Veo las opciones desplegarse frente a mí (carrera, viajes, amigos, geografía) y, a pesar de que todo es una locura, difícil y desordenado, creo que nunca me caí tan bien como ahora. Es muy extraño estar orgullosa solo porque me estoy ocupando de mí. ¿Esto es crecer?
Nya es tan estable que, una vez que Dane se lleva las cajas del garaje y se muda definitivamente, parece estar bastante bien. Como si saber que es una basura de persona fuera suficiente para poder superarlo. Divorciarse no es un parque de atracciones en lo absoluto, pero encara una Lista de Tareas de Divorcio con la misma calma y determinación con la que envió los mil cupones para ganarse la luna de miel.
—Iré a cenar con Edward mañana —dice de la nada mientras cocino crepes para la cena. Doy vuelta uno sin éxito, se dobla a la mitad y unas gotas de la mezcla se caen sobre la estufa.
—¿Por qué harías eso?
—Porque me lo pidió —responde como si fuera obvio— y sé que se siente mal. No quiero castigarlo por los pecados de Dane.
—Qué buena persona eres. Pero bien sabes que podrías castigarlo por sus propios pecados. —Frunzo el ceño.
—A mí no me hizo nada. —Se para para volver a llenar su vaso de agua—. Te lastimó a ti, y estoy segura de que lo sabe, pero eso es un problema entre ustedes, y deberías responder sus llamadas.
—No debería hacer nada con Edward Cullen. —El silencio de Nya hace que vuelva el eco de mis palabras y me doy cuenta de cómo suenan. Resentidas pero… familiares. Hace mucho tiempo que no me sentía así y no me gusta—. De acuerdo —me retracto—. Dime cómo de te va en la cena y ahí decidiré si merece un llamado.
Hasta donde sé, Nya y Edward la pasaron muy bien en la cena. Le mostró fotos de nuestro viaje a Maui, asumió su parte de la culpa por el accionar de Dane y la dejó bastante conforme y encantada.
—Sí, tiene muy entrenado el arte de ser encantador en las cenas —digo mientras vacío con violencia el lavavajillas—. ¿No recuerdas la historia con los Hamilton en Maui?
—Me lo contó —Nya se ríe—. Dijo algo sobre una invitación a un club en el que se miran los labios con un espejo. —Bebe vino—. No le pedí explicaciones. Te extraña.
Finjo que lo que acaba de decir no me afecta, pero estoy segura de que mi hermana puede ver la verdad.
—¿Tú lo extrañas? —pregunta.
—Sí. —No tiene sentido mentir—. Mucho. Pero le abrí mi corazón y lo apuñaló. —Cierro el lavavajillas, me apoyo en la encimera y la miro a los ojos—. No creo ser el tipo de persona que puede volver a abrirse.
—Yo creo que sí.
—No creo que hacerlo sea la decisión más inteligente —digo.
Nya me sonríe con una sonrisa nueva, contenida, que me lastima un poco. Dane mató algo en ella: algo de su optimismo, de su inocencia; me dan ganas de gritar. Y luego veo la ironía: no quiero que Edward me convierta de nuevo en una cínica. Me gusta mi nuevo optimismo e inocencia.
—Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti —dice—. Puedo ver que estás cambiando.
—Gracias. —Mi vida es mía de nuevo, pero no sabía que necesitaba que ella lo notara. Tomo su mano y la aprieto.
—Ambas estamos creciendo. Haciendo que algunos se hagan cargo de lo que hicieron, dejando que otros traten de arreglarlo… —
Esboza una sonrisa muy sutil.
—¿No sería raro que Edward, tú y yo volviéramos a pasar tiempo juntos? —pregunto.
—No —niega con la cabeza y toma otra copa de vino—, al contrario, me haría sentir que los últimos tres años pasaron por algo. —Parpadea, como si no quisiera seguir hablando, pero no pudiera contenerse—. Siempre voy a querer encontrar un motivo.
Yo ya aprendí que es una pérdida de tiempo buscar motivos, destino o suerte. Pero me pasé este mes tomando decisiones y es hora de pensar qué haré en lo que respecta a Edward. ¿Lo perdono o lo dejo ir?
La noche en que tengo que tomar un rumbo, pasa algo inesperado y terrible: estoy por arrancar con alegría el servicio de la cena cuando Charlie y Molly Hamilton se sientan en mi zona del restaurante.
No puedo culpar a Shellie, la recepcionista. ¿Cómo iba a saber que estos son los peores comensales que podría haberme dado?
Cuando me acerco a la mesa y alzan la vista, todos caemos en un mutismo cadavérico.
—Oh —digo—, hola.
—¿Isabella? —pregunta el señor Hamilton luego de mirar dos veces.
Disfruto mi trabajo mucho más de lo que esperaba, pero no me gusta el pequeño espasmo que lo recorre cuando se da cuenta de que no me acerqué solo para saludarlos, sino que los atenderé esta noche. Esto será incómodo para todos.
—Señor Hamilton, señora Hamilton, qué bueno verlos. — Sonrió e inclino la cabeza hacia ambos. Por dentro estoy gritando como esos personajes a los que persiguen con motosierras en las películas de terror—. Parece que me toca servirlos esta noche, pero creo que todos nos sentiremos más cómodos si los acomodamos en la zona de otro compañero.
—No tengo problema si tú no lo tienes, Isabella —dice el señor Hamilton con una sonrisa tranquila y generosa.
Ah, pero adivinen: tengo problema.
—Creo que lo que intenta decir es que se sentiría más cómoda si no tuviera que atender al hombre que la despidió en su primer día de trabajo. —Molly lo mira con las cejas bien juntas.
Abro grandes los ojos. ¿Molly Hamilton está de mi lado?
Vuelvo a sonreírle, luego a ella, y lucho por mantener la distancia profesional.
—Me llevará solo un momento reacomodarlos. Tenemos una mesa preciosa junto a la ventana.
—¿Estás contento ahora, Charles? —susurra Molly—. ¡Todavía intentas cubrir ese puesto!
Escucho el eco de sus palabras con un oído. Pequeños pinchazos me recorren el cuello mientras me acerco a Shellie, le explico la situación y ella comienza a mover reservas.
Logramos reubicarlos, les damos un aperitivo de cortesía y por fin puedo respirar. ¡Esquivé esa bala!
Pero vuelvo a mi zona y me encuentro con la sorpresa de que, en el lugar que dejaron libre, está sentado Edward Cullen.
Está solo y lleva puesta una camisa hawaiana y un collar de flores de plástico con colores llamativos. Cuando me acerco a la mesa, boquiabierta, me doy cuenta de que trajo su propio vaso: de plástico y con un sticker rojo gigante que dice $1.99.
—¿Qué diablos estoy viendo? —pregunto, consciente de que al menos la mitad de los comensales y gran parte de los empleados nos están mirando.
Parece que todos sabían que iba a estar acá.
—Hola, Bella —dice por lo bajo—. Yo… em… —Se ríe, y verlo así de nervioso me hace querer protegerlo—. Me preguntaba si sirven mai tai.
—¿Estás borracho? —Es lo primero que pensé.
—Intento hacer un gran gesto. Para la persona correcta esta vez. ¿Recuerdas cuando tomamos mai tais? Estaban deliciosos. — Inclina la cabeza hacia el vaso.
—Claro que lo recuerdo.
—Creo que ese fue el día en que me enamoré de ti.
Me doy vuelta para mirar a Shellie, pero esquiva mi mirada. El personal de cocina huye a sus puestos. Ron finge estar concentrado en el iPad cerca de la fuente de agua y, si fuera mal pensada, creería que es de Nya el pelo negro que vi ocultarse a toda velocidad en el pasillo del baño.
—¿Te enamoraste de mí? —susurro y le acerco el menú en un torpe intento por hacer como si nada sucediera.
—Sí —dice—. Y te extraño tanto. Quería decirte que lo siento mucho.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Mientras trabajo?
—Mientras trabajas.
—¿Vas a repetir todo lo que diga?
Intenta mantener su sonrisa bajo control, pero puedo notar cómo mi cambio de actitud lo ilumina.
Intento aparentar que no me sucede lo mismo. Edward está aquí.
Edward Cullen está haciendo un gran gesto con una camisa horrible y un falso vaso de mai tai. A mi cerebro le cuesta alcanzar a mi corazón, que está por reventarme el esternón.
Tan fuerte late que hace temblar mi voz.
—¿Coordinaste con los Hamilton para completar la escena?
—¿Los Hamilton? —pregunta, y se gira para seguir mi mirada hasta su mesa—. ¡Oh! —Se inclina y me mira con los ojos abiertos de un modo gracioso. Como si hubiera manera de esconderse con esa camisa—. Wow —susurra—. ¿Están aquí? Eso es… una coincidencia. Incómoda.
—¿Eso te parece incómodo? —Miro con intención su camisa chillona y el vaso verde en el medio del elegante y silencioso comedor de Camelia. Pero, en lugar de avergonzarse, Edward se endereza.
—Ah, ¿estás lista para algo incómodo? —pregunta por lo bajo y comienza a desabotonarse la comida.
—¿Qué haces? —digo entre dientes—. ¡Edward! No te quites…
Se deshace de la prenda sonriendo y me quedo sin palabras porque, debajo de la camisa hawaiana lleva una musculosa verde que me hace acordar mucho a…
—Dime que no es —digo, conteniendo una carcajada; no sé si tengo fuerza para resistir tanto.
—Era de Alice—confirma Edward y mira hacia su pecho—. La hicimos con su vestido. El tuyo debería estar intacto en tu armario.
—Lo quemé —digo, y se prepara para protestar contra la decisión—. Está bien, no lo hice, pero lo pensé. —No puedo evitar estirar la mano para sentir ese satén resbaladizo—. No sabía que te
habías encariñado tanto.
—Claro que sí. Lo único mejor que tú con ese vestido eres tú sin ningún vestido. —Edward se para y ahora todos lo miran: es alto, sexy y lleva puesta una musculosa verde brillante que no deja nada a la imaginación. Tiene un gran cuerpo, pero igual…
—En verdad es un color horrible —digo.
—Lo sé. —Se ríe divertido.
—Que le quede mal a alguien tan lindo como tú es la prueba definitiva.
Su sonrisa se vuelve seductora.
—¿Crees que soy lindo?
—Pero no eres mi tipo.
Se ríe y me hace doler el pecho lo mucho que amo esa sonrisa, en esa cara.
—Lindo, pero no tu tipo. De acuerdo.
—Eres el peor —gruño, aunque sonrío y no me alejo cuando toma mis caderas.
—Puede ser —dice—, pero ¿recuerdas lo que te dije de mi moneda? ¿De que no se trataba de suerte, sino de que me recordaba a momentos en los que me pasaron cosas buenas? —Señala la camisa y hace un gesto con las cejas—. Quiero recuperarte, Bella.
—Edward —susurro y escaneo todo con mis ojos, sintiendo la presión de todas las miradas sobre nosotros. Esto comienza a sentirse como una reconciliación y, por más que mi corazón, mis pulmones y mis partes íntimas estén de acuerdo, no puedo olvidar el verdadero problema: no estuvo bien en no creerme—. De verdad me lastimaste. Teníamos esa confianza tan única y maravillosa, fue muy difícil para mí que pensaras que estaba mintiendo.
—Lo sé. —Se inclina y acerca los labios a mis orejas— Debería haberte escuchado. Debería haber escuchado mi instinto.
Esto me hará sentir una mierda por un largo tiempo.
Me debato entre dos posibles respuestas. Una es un alegre De acuerdo, ¡hagámoslo! y la otra es un temeroso No lo creo. La primera se siente ligera y relajada, la segunda se siente cómoda, segura y familiar. Por más que ser cautelosa se sienta mejor y que prefiera arriesgarme al aburrimiento y la soledad antes que a sufrir, ya no quiero estar cómoda.
—Supongo que mereces otra oportunidad —digo a pocos centímetros de sus labios—. Das buenos masajes.
Apoya su sonrisa sobre la mía y el restaurante estalla. A nuestro alrededor, las personas se levantan de las sillas y, cuando alzo la vista, me doy cuenta de que los hombres que estaban sentados en la esquina son papá y Alec con pelucas; las mujeres de la mesa del fondo son mamá, la tía Mione, Ginny, Alice y Tori; y la mujer que vi en el pasillo del baño sí era Nya. Toda mi familia está en el restaurante y ahora se paran para aplaudirme como si fuera la mujer más afortunada del mundo. Y puede que lo sea.
Veo a los Hamilton cerca de la ventana, también parados y aplaudiendo. Sospecho que no es casualidad que estén aquí (creo que Nya los trajo para que vieran que el tiempo que tuvieron que soportarnos en Maui sirvió para que Edward y yo forjáramos algo verdadero), pero mucho no me importa.
Nunca creí que pudiera ser tan feliz.
Suerte, destino, determinación… sea lo que sea, lo acepto.
Atraigo a Edward hacia mí. Siento la tela resbaladiza de su camiseta y el eco de mi risa dentro de un beso.
