Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Una luna sin miel" de Christina Lauren, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.


Epilogo

Dos años después.

Edward

—Por dios, está desmayado.

—¿Está babeando?

—Es tierno cuando duerme. Pero, wow, qué profundo. Seguro le dibujaban la cara en la universidad.

—No suele dormir tan profundo. —Hace una pausa. Intento abrir los ojos, pero la niebla del sueño todavía es densa—. Estoy tentada de lamerle la mejilla para despertarlo. ¿Sería muy mala si lo hago?

—Sí.

Muchos dicen que mi novia y su hermana son tan parecidas que hasta tienen la misma voz, pero, después de dos años con ella, puedo distinguir la de Bella sin problema. Ambas son dulces y tienen un acento casi imperceptible, pero la de Bella es más ronca, con bordes un poco menos nítidos, como si no la usara demasiado.

Suele ser la que escucha, la observadora.

—¿Dem? —De nuevo la voz de Nya, lenta y rítmica, como si la trajera el agua—. ¿Crees que podrás bajarlo del avión en brazos?

—Lo dudo.

Alguien me empuja. Una mano se apoya en mi hombro y me recorre el cuello hasta llegar a la mejilla.

—Edwardddddddd. Soooy tu paaadreee. Estamos por aterrizaaaaar.

No es mi padre, claro; es Bella, que habla a través de su puño directo en mi oreja. Me esfuerzo mucho para despertarme. Pestañeo.

El asiento de adelante aparece desenfocado, trato de aclarar la vista; siento los ojos pegajosos.

—¡Está vivo! —Bella se ubica en mi campo de visión y sonríe —. Hola.

—Hola. —Levanto una mano, pesada, y la paso por mi rostro para intentar disipar la niebla.

—Casi aterrizamos —dice.

—Juro que acabo de dormirme.

—Hace ocho horas —aclara—. Lo que sea que te haya dado el doctor Dem funcionó de maravilla.

Me incorporo. Bella está en el asiento del medio, Nya en el pasillo y su nuevo novio (mi amigo de toda la vida y médico, Demetri Lestrange) del otro lado del pasillo.

—Creo que me diste una dosis para caballo.

—Eres un tipo pesado.

Me recuesto sobre el asiento y me preparo para volver a cerrar los ojos, pero Bella se acerca y señala algo a través de la ventana.

La vista me deja sin aliento: la intensidad del color es como una bofetada. Me lo perdí la primera vez que vinimos a Maui porque pasé todo el vuelo intentando (sin éxito) no mirar el escote de Bella en medio de un ataque de ansiedad. Debajo del avión, el océano Pacifico es un zafiro que descansa en el horizonte. El cielo es tan azul que parece de neón; solo unas nubes livianas y pasajeras se atreven a interrumpir un poco la vista.

—Mierda —comento.

—Te lo dije. —Se inclina y besa mi mejilla—. ¿Estás bien?

—Drogado.

—Perfecto. Porque la primera parada es un chapuzón en el mar. Te ayudará a despabilarte. —Bella se acerca y me acaricia la oreja.

Nya baila en su asiento y espío a mi novia cuando ve la reacción de su hermana. La alegría de Nya es contagiosa, pero la de Bella es conmovedora. Fue difícil para ella haberse quedado sin empleo, pero también le dio una claridad que nunca había tenido. Se dio cuenta de que amaba la ciencia, pero no su trabajo. Al cabo de unos meses, en Camelia le tocó atender a una mujer que dirigía una ONG dedicada al cuidado de la salud. Luego de una larga cena condimentada con una gran conversación mientras Bella cubría el turno de la noche, Ruth la contrató como coordinadora de educación comunitaria. Ahora está a cargo de dar charlas sobre la ciencia que hay detrás de las vacunas en las escuelas, en grupos parroquiales, hogares de ancianos y empresas. O sea, le pagan por ser supernerd y hablar sobre la vacuna de la gripe por todo el oeste central.

Cuando se enteró que la Conferencia Nacional de Prevención Sanitaria este invierno sería en Maui, supimos que era el destino: le debíamos a Nya un viaje a la isla.

El tren de aterrizaje baja; el avión atraviesa en su descenso todo el paisaje de la isla. Miro a mi izquierda y veo que Nya estiró un brazo sobre el pasillo para tomar la mano de Demetri. Corresponde que su primera vez en Maui sea con alguien que la adore tanto como él.

Y corresponde que este segundo viaje a Maui con Bella lo haga con un anillo en mi bolsillo.


Es el segundo día y, aunque costó, logramos convencer a Nya de ir a hacer tirolesa. Fue difícil, primero, porque no es gratis.

Después, porque en esencia consiste en saltar al vacío desde una plataforma, confiar en el arnés y volar por el aire con la esperanza de que haya una plataforma del otro lado para atajarte.

Para una mujer como Nya, a quien le gusta tener todo bajo control, la tirolesa no es una actividad ideal.

Pero es una de las pocas cosas que Bella y yo no hicimos en nuestro primer viaje, y mi novia no aceptará un no como respuesta.

Buscó el mejor lugar, compró los boletos y ahora nos alienta con las manos para que lleguemos a la plataforma del primer salto.

—Suban —dice.

—Wow. Es alto. —Nya mira hacia abajo y retrocede de inmediato.

—Eso es bueno. —Bella intenta darle seguridad—. Sería mucho más aburrido hacerlo cerca del suelo. —Nya la mira seria—. Mira a Dem. Dem no tiene miedo.

Se convierte en el centro de atención mientras se ajusta el arnés.

Saluda con timidez.

—Dem no tiene miedo porque Dem hace parapente —digo girando la cabeza.

—Se supone que estás de mi lado —gruñe Bella—. En el equipo Por-Dios-Escuchen-A-Bella-Que-Esto-Será-Divertido.

—Siempre estoy en ese equipo. —Hago una pausa y le dedico una sonrisa ganadora—. Pero creo que es hora de buscar un mejor nombre, ¿o no?

Me mira fijamente y tengo que contener una sonrisa porque si le digo que con esos pantalones azules, la camiseta blanca, el arnés y el casco amarillo se parece a Bob el Constructor, puede llegar a asesinarme con sus propias manos.

—Mira, Nya —dice, y sus labios forman una hermosa sonrisa —. Iré primera.

El primer salto es de quince metros sobre un barranco y la siguiente plataforma está a cincuenta metros de distancia. Hace dos años, Bella hubiese esperado a que todos hubieran llegado bien al otro lado antes de saltar, segura de que su mala suerte podría cortar la cuerda o romper la plataforma y hacer que todos terminemos apilados en la copa de un árbol. Pero la veo avanzar hacia la puerta y seguir las instrucciones. Duda solo un segundo, toma carrera y se desliza (gritando) por el cielo del bosque.

—Es tan valiente —comenta Nya mientras la observa.

No lo dice como si acabara de tener una epifanía; lo dice como un hecho, algo que siempre supimos acerca de Bella, una característica. Y claro que es verdad, pero que esas pequeñas verdades sean dichas en voz alta son como diminutas y perfectas revelaciones depositadas como gemas en la palma de Bella.

Aunque ella no la haya escuchado, es maravilloso ver a Nya admirar tanto a su gemela, como si siguiera encontrando motivos para asombrarse de la maravillosa persona que conoce tan bien como a su corazón.

El último tramo de la jornada es el más grande de Hawái. Casi ochocientos cincuenta metros entre una plataforma y otra. La mejor parte es que hay dos cuerdas paralelas, por lo que podremos tirarnos al mismo tiempo. Mientras subimos, le explico dónde poner las manos y que debe doblar las muñecas para el lado opuesto al que desea girar.

—Y recuerda que, aunque nos tiremos juntos, es posible que yo vaya más rápido porque peso más.

Se detiene y levanta la vista hacia mí.

—De acuerdo, sir Isaac Newton, no necesito una lección.

—¿Una qué? No te estaba dando una lección.

—Estabas explicándome cómo funciona la gravedad. ¿No crees que es un poco machista de tu parte?

Quiero discutir, pero sus cejas se inclinan en un gesto de Piensa antes de hablar, y me hace reír. Tiene razón.

—Lo siento. —Me inclino para besarle el casco amarillo.

Frunce la nariz y mis ojos siguen el movimiento. Sus pecas fueron lo primero que noté cuando la conocí. Nya tiene algunas, pero Bella tiene doce, dispersas por el puente de la nariz y las mejillas. Podía hacerme una idea de ella antes de conocerla (sabía que era la gemela de la novia de Dane), pero no estaba preparado para las pecas y la forma en que se mueven cuando sonríe ni para la adrenalina que recorrería mis venas cuando me saludara.

No volvió a sonreírme de ese modo por años.

Su cabello está ondulado por la humedad y tiene algunos mechones fuera de la coleta. Incluso vestida como Bob el constructor sigue siendo la persona más hermosa que vi.

—Esa disculpa fue más fácil de conseguir de lo que pensaba. —Hermosa pero desconfiada.

Paso el pulgar por un bucle rebelde y lo alejo de su cara. Estoy de muy buen humor. Intento encontrar el momento indicado para hacer la pregunta, pero disfruto cada segundo más que el anterior; eso solo hace que sea más difícil elegir cómo y cuándo hacerlo.

—Lamento decepcionarte —digo—. A ti y a tu impulso peleador.

—Cállate. —Pone los ojos en blanco y vuelve hacia el grupo. Contengo una sonrisa—. Deja de hacer esa cara.

—¿Cómo sabes que estoy haciendo una cara? Ni siquiera me estás mirando.

—No necesito mirarte para saber que estás haciendo esa cosa rara con los ojos.

Me inclino para susurrar en su oído.

—Quizá estoy haciendo esta cara porque te amo, y me gusta cuando discutimos. Cuando volvamos al hotel puedo mostrarte cuánto.

—¡Vayan a la habitación! —Nya intercambia una mirada cómplice con Dem mientras aseguran su polea.

Pero luego gira y se encuentra con la mirada de Bella en la plataforma. No necesito entender la telepatía secreta de las gemelas para saber que Nya no está feliz por su hermana, está extasiada.

Nya no es la única que cree que Bella se merece cada gramo de dicha que pueda conseguir. Ver a esa mujer diminuta estallar en carcajadas o enojarse o iluminarse como una constelación me da vida.

Solo tengo que hacer que quiera casarse conmigo.


El cuarto día nos regala un atardecer tan surreal que parece hecho por computadora, y entonces creo que encontré mi momento.

El cielo tiene capas como un pastel; el sol parece resistirse a desaparecer por completo y es una de esas secuencias perfectas en las que podemos verlo achicarse de a poco hasta que solo queda un pequeño punto de luz que de golpe… ¡puf! Desaparece.

Entonces nos tomo una selfie en la playa con mi teléfono. El cielo está de un púrpura azulado que me resulta relajante. Su cabello vuela sobre su cara, ambos estamos alegres. Nuestros pies descalzos se hunden en la cálida arena y la felicidad en nuestros rostros es palpable. Mierda, es una gran foto.

La miro mientras algo da vueltas en mi interior. Estoy tan acostumbrado a ver nuestros rostros juntos, tan acostumbrado a cómo encaja en mi hombro. Amo sus ojos y su piel y su sonrisa.

Amo nuestros momentos alocados y los calmos. Amo pelear y reír y tener sexo con ella. Amo lo tranquilos que nos vemos cuando estamos juntos. Pasé los últimos días agonizando porque no sabía si debía o no proponerle matrimonio, pero creo que ahora es el momento indicado para hacerlo: en este lugar tranquilo, solos disfrutando de la noche perfecta. Nya y Dem están lejos, caminando por la orilla, esquivando las olas. Esta parte de arena nos pertenece. Me doy vuelta para mirarla.

—Ey, tú. —Mi corazón se siente como un trueno dentro de mí.

—Es linda. —Me quita el teléfono y sonríe mientras mira la foto.

—Sí. —Respiro hondo para intentar calmarme.

—Pongámosle un título a esta foto —dice, ignorando por completo el alboroto de mi interior por la preparación mental para uno de los momentos más importantes de mi vida.

—Mmm… —digo, un poco abatido, pero intentando seguirle la corriente.

—Tengo uno: "¡Dijo que sí!". —Estalla en una carcajada y se acerca a mí—. Oh, por Dios. Salimos muy bien, pero es exactamente el tipo de fotografía de vacaciones que la gente de Minnesota exhibe en sus estantes sobre un mantelito para recordar el brillo del sol cuando están tapados por el invierno. —Me devuelve el teléfono—. ¿Cuántos habitantes de Minnesota crees que se comprometieron en la playa? ¿El ochenta por ciento? ¿Noventa? —Sacude la cabeza y me sonríe—. Qué…

Luego se detiene, su mirada se fija en mi rostro. Se siente como si un bollo de algodón se hubiese atascado en mi garganta. Bella se tapa la boca con la mano y la súbita claridad hace que sus ojos se abran de un modo cómico.

—Oh. Mierda. Oh, Edward. Oh, mierda.

—No, está bien.

—No ibas a hacerlo. ¿O sí? ¿Tan imbécil soy?

—Yo… pero no. No… no es eso. No te preocupes.

Se queda con la boca y los ojos abiertos por el pánico mientras se da cuenta de que su comentario sarcástico no estaba tan lejos de la realidad.

—Soy tan imbécil que dañé tu cerebro y ahora no puedes ni hablar.

No sé si este intento fallido de proposición me divierte o me destruye. Parecía el momento perfecto; parecía que estábamos en la misma sintonía, y luego… nop. Ni un poco.

—Edward, estoy tan…

—Bella, está bien. No sabes qué iba a decir. Crees que sí, pero no. —Noto su mirada insegura y agrego—: Confía en mí. Todo está bien.

Me inclino e intento que se olvide de lo que sucedió con un beso gentil en el labio inferior, un gemido me dice que se está ablandando, abre su boca para que la sienta, queremos pasar al siguiente nivel, ese en el que cae la ropa y los cuerpos se acercan, pero, aunque esté oscureciendo, no está tan oscuro ni estamos tan solos en la playa.

Cuando me alejo y le sonrío como si todo estuviera bien, puedo sentir el escepticismo en su cuerpo que se mueve con cuidado, como si no quisiera hacer nada fuera de lugar. Aunque sospecha que iba a proponerle casamiento, no ha dicho nada como Sabes que diría que sí o Estaba esperando que lo preguntaras, así que puede que sea algo bueno que no haya conseguido decirlo. Sé que su visión del matrimonio está arruinada por la experiencia de sus padres y de Nya con Dane, pero creía que había conseguido cambiar su opinión sobre el compromiso. La amo con locura.

Quiero esto, quiero casarme con ella, pero tengo que aceptar el hecho de que no es lo que ella quiere y podemos ser igual de felices y pasar toda la vida juntos sin que una ceremonia nos una.

Dios, de repente mi cerebro se convirtió en una licuadora.

Se recuesta en la arena y me empuja con cuidado hacia atrás para poder recostarse de lado con la cabeza sobre mi pecho.

—Te amo —dice.

—Yo también te amo…

—Lo que ibas a decir…

—Cariño, olvídalo.

—De acuerdo. Bien.

Necesitamos un nuevo tema de conversación, algo que nos ayude a olvidar este accidente.

—Te cae bien Demetri, ¿no? —pregunto.

A Nya le tomó un año volver a tener citas luego del divorcio. Dane tenía la esperanza de que lo perdonara y pudieran arreglar su relación, pero no la culpo por no haber querido intentarlo. Mi hermano no perdió solo la confianza de Nya, también perdió la mía.

Las cosas entre nosotros están mejorando de a poco, pero tenemos mucho camino por delante.

—Sí. Es bueno para ella. Me alegro de que los hayas presentado.

Pensé que Bella nunca más dejaría que un hombre se acercara a su hermana. Al principio estaba a la defensiva, pero una noche, cenando, Demetri (médico, aventurero, viudo y padre de un niño de cuatro años, el más adorable que vi jamás) logró conquistarla.

—¿Edward? —dice despacio y me da pequeños besos en el cuello y la quijada.

—¿Sí?

—Vi un vestido horrible el otro día. —Contiene la respiración y exhala temblorosa.

No entiendo el punto, así que la animo a continuar:

—Créeme que quiero saber más. Me tienes atrapado. —Se ríe y pellizca mi cintura.

—Escucha. Era de un naranja horroroso. Medio texturado. Como si fuera terciopelo, pero no. Algo entre terciopelo y fieltro. Fieltiopelo.

—Esta historia no para de mejorar.

Vuelve a reírse, apoya los dientes en mi quijada.

—Pensé que podríamos comprárselo a Nya. Para devolvérsela.

—¿Qué? —Giro para mirarla. De cerca solo veo rasgos individuales: ojos color café enormes, boca roja y gruesa, pómulos pronunciados, nariz apenas respingada. Pone los ojos en blanco y gruñe. Cuando habla, puedo ver su valentía; es la misma Bella que saltó sin dudarlo desde una plataforma para atravesar el bosque.

—Lo que digo es que… si nos casáramos, ella tendría que usar el vestido horrible esta vez.

—¿Quieres casarte? —Estoy atontado y esas dos palabras son todo lo que logro decir.

—¿Tú no? —Retrocede con una inseguridad repentina.

—Sí. Totalmente. Absolutamente. —Tropiezo con mis palabras y la acerco hacia mí—. Creí que no… por lo de antes… pensé que tú no.

—Sí, quiero —dice, levantando la barbilla para mirarme directamente a los ojos—. Creo que el chiste que hice antes fue muy freudiano. Pensé que ibas a hacerlo. Pero como pasaban los días y no sucedía, pensé: ¿por qué no lo hago yo? No hay ningún manual de instrucciones que diga que tiene que ser el hombre.

—Es verdad… no tengo que hacerlo yo, podrías arrodillarte sin ningún problema, pero, solo para que lo sepas, no creo que este anillo me quepa. —Tomo la caja diminuta de mi bolsillo.

—¿Para mí? —chilla y se incorpora para tomar la caja.

—Bueno, solo si lo quieres. Puedo preguntarle a otra persona si tú…

Bella me empuja y se ríe. Si no me equivoco, sus ojos están empañados. Abre la caja y se lleva una mano a la boca cuando ve el delicado cintillo con un halo de diamantes coronado en el centro por una esmeralda. Lo admito, estoy orgulloso: es un gran anillo.

—¿Estás llorando? —pregunto con una sonrisa. Generarle emociones positivas me hace sentir todopoderoso.

—No. —Claro que Bella nunca admitiría las lágrimas de felicidad.

—¿Estás segura? —La miro de reojo.

—Sí. —Se las ingenia para secarse los ojos.

—De acuerdo. —Me acerco para mirar mejor—. Pero un poco parece.

—Cállate.

—¿Te casarías conmigo, Isabella Swan? —Beso con cuidado su comisura.

—Sí. —Cierra los ojos y una lágrima se escapa.

—¿Te gusta? —Sonrío, beso el otro lado de su boca y deslizo el anillo por su dedo.

—Em… Sí. —La voz le tiembla.

—¿Siempre eres tan mala conversadora?

Se ríe. La arena bajo mi espalda sigue tibia y siento un pequeño fuego en el pecho. Yo también me río. Fue una propuesta ridícula, tonta y accidentada.

Absolutamente perfecta.


NOTA:

Hemos llegado al final, tenemos un final feliz.

Muchas gracias por leer y por sus reviews.

Si les gusta el misterio y adolescentes haciendo el trabajo de la policia y descubriendo asesinos, les invito a pasarse por mi nueva adaptación que se esta actualizando todos los días.