¿Ganador?, ¿perdedor? ¡Qué importa!
Sus dedos se arrastraban con fuerza por el azulejo del baño. Los párpados temblaban, sus labios le seguían.
Rukawa se masturbaba en la ducha.
Era molesto sentir a su miembro tan duro por un estúpido cabeza de chorlito que no sabía qué hacer con su vida. La tristeza que lo había impulsado a terminar masturbándose era igual de intensa que el deseo por probar más que su boca.
—Mierda…
Apoyó la frente en el azulejo, jadeante. Estaba cerca. Sentía que algo emocionante no paraba de crecer en sus adentros. A un paso rápido, impaciente, lo atacaba. Los pies se movían torpes por el suelo mojado, cada vez le costaba más estar de pie. Aceleró la fricción en el cuerpo del pene mientras su boca se abría debido a la pesada energía que comenzaba a llenarlo. Buscaba desesperadamente ser expulsada por algún lado. Se concentraba en la punta del pene, le cosquilleaba ahí sin cesar. Chocó los dientes cuando no pudo más y entonces llegó la añorada explosión. Su puño se estrelló contra la pared al tiempo que eyaculaba.
Gemidos roncos, que intentaba contener, retumbaban en las paredes. Su cuerpo sufría espasmos en el acto, la mano se movía rápido sobre el pene para largar hasta la última gota, luego más lento. Poco a poco iba soltándolo, calmándose de esa sensación embriagadora que le nubló los sentidos por un momento.
Los azulejos negros quedaron teñidos de blanco.
Rukawa veía, recuperando el aire, cómo su semen se resbalaba perezosamente por el azulejo gracias a la humedad del baño. Amagó a tocarlo como si se tratara de algo nuevo y excitante cuando, en realidad, era algo que solía ver. Últimamente más. Los dedos se detuvieron cuando el semen se derrumbó a sus pies. Lo vio ahí, escurriéndose por la rejilla, quedando adherido en ella. No se quería ir. Era tan testarudo como sus sentimientos por el pelirrojo.
Esas salpicaduras blancas eran su culpa.
Aquello era la forma que tomaba lo que, increíblemente, sentía por él y no podía expresarle. Encerrado, dolido, se acumulaba en la parte baja a modo de frustración. Aunque se viera grotesco para muchos, aunque fuera juzgado por lo que hacía, esas salpicaduras blancas eran sus sentimientos más puros y sinceros. Y así como todo arrancaba con una fantasía, con una añoranza de estar con él, todo terminaba en un orgasmo agonizante, tan agudo que hasta dolía.
Porque sabía que jamás tendría lo que deseaba.
Lo único que le quedaba era el Básquetbol, su primer gran amor, y la falsa ilusión que se permitía tener debajo de la ducha, pensando en él.
«Soy patético»
Ese día se tapó la cara, odiándose por primera vez en su vida.
Y odiándolo a él.
—Maldito Sakuragi…
—¡Defiéndete, zorro!
Y ahí estaba el pelirrojo en su presente, gritándole sin tener la más mínima idea de todo lo que sufría en silencio. Todo lo que, un chico como él, callaba. Antisocial, sin saber bien cómo expresarse, hacía lo que podía para llegar hasta ese ya apodado idiota. Nada parecía servir. ¿Destruirlo, entonces? ¿Eso le abriría los ojos al cabeza de fósforo?, pensaba. ¿Debía pisotearle el ego, no dejar nada de él, para que así saliera a flote la verdad? Sin el orgullo estorbando solo sus verdaderos sentimientos quedarían a la vista. Pero si estos resultaban ser de puro odio…
—¡Vamos!
Con aquel grito de gloria, Sakuragi despegó los pies del suelo directo hacia él. Picaba rápidamente el balón, sus ojos lo asesinaban. Rukawa, defendiendo en el lugar, no debía dejar que anote. El primero que anotara, ganaría.
En el gimnasio solo se escuchaban las zapatillas chirriando de su eterno rival. Sus compañeros, por respeto, los dejaron solos. De todos modos, ya era tarde. Pocos estudiantes quedaban en la escuela. Solo ellos dos siempre se quedaban hasta tarde entrenando, queriendo superar al otro.
Sakuragi frenó delante de él con el balón. Sus largas piernas, brazos, manos; todo parecía más coordinado que de costumbre. Se movía casi como si no fuera un principiante. Picó el balón una última vez y se fue hacia la izquierda.
Rukawa deslizó las pupilas al balón. Estiró la mano.
—Idiota.
Tocó el balón con los dedos. Sakuragi se alertó. Dio un paso atrás con el balón. Se quedó rebotándolo detrás del cuerpo con los dientes apretados.
—Si vas a hacer una finta, no se lo dejes tan fácil al oponente. —Rukawa flexionaba más las rodillas. En sus ojos, un severo maestro—. Engáñalos con la mirada, mueve el cuerpo hacia el lado contrario del que vas a tirar.
—¡No necesito de tus lecciones!
Sakuragi giró los pies y se fue hacia la derecha. Rukawa estiró la mano hacia allá, pero entonces Sakuragi enderezó el cuerpo y levantó los brazos con el balón, dispuesto a hacer un tiro lejos de la canasta. Rukawa agrandó los ojos.
—Mi amigo Ryota ya me enseñó muy bien eso.
Lanzó el balón por encima de su cabeza. Rukawa lo veía pasar en cámara lenta.
—No va a entrar.
Como si fuera adivino, el balón rebotó en el borde del aro. Sakuragi puso una carita avergonzada. Aún no sabía tirar bien desde lejos.
—Mierda.
—Esa fue una jugada patética, lo único que hiciste fue regalarme el balón. Si no estás seguro de tu tiro, ¡no tires! Intenta otra cosa, aprovecha los huecos que deja el oponente. —Rukawa tomó el balón antes de que se perdiera. Comenzó a picarlo en el lugar. Desconocía porqué, aunque estaba compitiendo contra él, una necesidad de ayudarlo surgía. Quería verlo crecer, y al mismo tiempo temía que creciera demasiado— ¿Y ahora qué vas a hacer?
—¡Robártelo!
Hanamichi se tiró de cabeza al balón. Rukawa lo llevó hacia atrás para evitarlo. Lo lanzó a su mano izquierda detrás de la espalda. Hanamichi se quedó en blanco cuando rápidamente flexionó las rodillas y lo pasó por el costado. Corría picando el balón con la mano izquierda, como si estuviera burlándose de él.
—Tú… ¡engreído!, ¡ven para acá!
Arrancó la carrera de su vida para alcanzarlo. Si Rukawa hacía un solo punto, perdería.
«No puedo perder, no puedo perder, ¡no puedo perder!»
Porque perder conllevaría enfrentar a sus sentimientos. Solo jugando en la cancha podría entenderlos, ese era su lugar seguro. Y por eso lo desafió.
Pero temía lo que ocurriera consigo mismo si perdía.
Rukawa piso fuerte y saltó cerca de la canasta con el balón en la mano. La energía se sentía en el aire, sus ojos abriéndose brillantes resaltaban. Iba a hacer una clavada. Sakuragi, pisando su sombra, saltó también con una sonrisa fanfarrona.
—¡Y aquí viene el matamoscas del talentoso Hanamichi Sakuragi!
Le dio un manotazo al balón, lanzándolo lejos. Y a Rukawa también. Éste se estampó contra el suelo brutalmente. Lo miró desde allí con un ojo cerrado por el dolor. Sakuragi respiraba agitado frente a él.
—¿Qué te pareció eso, eh?
—Imbécil, eso fue falta.
—¡Cómo si eso importara aquí! —Agarró el balón antes de que quedara de su lado—. No me vengas con mariconeadas. Sabes bien porqué estamos jugando, ¿no?
Rukawa fijó la vista en sus ojos; furiosos, competitivos, escondían una vergüenza que no se sentía listo para demostrar.
«Entiendo…»
—Bien, terminemos esto.
Las zapatillas de ambos chirriaban histéricas en el suelo. Los manotazos iban y venían, el sudor se resbalaba por sus rostros. Era una ardua batalla, la más difícil que alguna vez Rukawa tuvo que enfrentar. No tanto por las habilidades del contrario sino por su tenacidad. No se rendía. El maldito pelirrojo no quería rendirse.
Se puso a la defensiva ante los constantes rebotes de Hanamichi, quien buscaba un lugar por donde pasarlo. Éste se fue hacia la derecha. Rukawa se movió hacia allí. Hanamichi cambió rápido y se fue a la izquierda, pero también fue bloqueado. Irritado, saltó con el balón por encima de su cabeza. Rukawa no saltó. Hanamichi chasqueó la lengua.
«No se creyó la finta»
Porque ya la había visto y porque sabía que no podía tirar desde ahí.
Bajó el balón y decidió darle la espalda. Comenzó una batalla de forcejeos donde lo daba todo para proteger al balón de ser robado. Tenía los brazos de Rukawa a los lados de la cintura, su pecho pegado a la espalda, la ingle adherida al trasero.
«Espera, ¡¿qué?!»
—¡O-Oye!, ¡qué me estás apoyando!
—Adivina.
—¡Eso no se vale! ¡Trampa! ¡Estás haciendo trampa!
—Solo estoy defendiendo, idiota. No es mi culpa si tú te me pegas.
Sakuragi hacía todo lo posible para no sentir el bulto de Rukawa en el medio del trasero, pero no había caso. No debía serle impactante, a veces pasaban esas cosas al jugar Básquet. Nadie le daba importancia. Pero digamos que con el zorro era otro tema.
«Es… grande»
Su cara lucía de pocos amigos mientras lo sentía frotarse en la retaguardia. Envidia. Lo que le faltaba, Rukawa la tenía más grande que él. Y eso que la estaba sintiendo dormida. Ni quería imaginarse lo que esa cosa sería parada.
—Maldición… ¡Ya deja de tocarme con tu asqueroso ganso!
—Cuack.
—¡Ese es un pato!
Se dio vuelta y saltó con el balón en un intento desesperado de anotar. Rukawa saltó también. Su mano inmensa atajó el balón en el aire. Hanamichi forcejeaba para que no se lo quitara. El balón se resbaló de sus manos por la fricción, eligiendo caer, para su mala suerte, cerca de Rukawa. Éste último lo atajó enseguida. Clavó la vista en su rival como un águila en su presa.
—Ahora te voy a mostrar lo que es jugar de verdad, perdedor.
Hanamichi no supo cuándo ni cómo sucedió. Fue demasiado rápido. Rukawa lo pasó a una velocidad increíble. Si tuviera el cabello de antes, se le habría volado.
—¡Carajo!
Empezó a perseguirlo. Costaba alcanzarlo. Era como si Rukawa se hubiese estado conteniendo hasta ahora. ¿De dónde salía toda esa energía? Hacía un buen rato que estaban jugando. Debería estar agotado, pensaba.
Con falta de aire, consiguió llegar a su lado. Rukawa lo vio de reojo y entonces frenó de golpe. Sakuragi derrapó los pies, resbalándose. Se recuperó con torpeza, estirando los brazos para que no lo pasara. Rukawa afinó la visión en sus ojos como si quisiera derrumbarlo con ellos. Se vivió un momento de suspenso antes de que deslizara las pupilas un microsegundo a la derecha. Hanamichi se vio hipnotizado por ellas. Su cuerpo se movió instintivamente hacia ese lado.
—Tonto.
Rukawa se fue hacia el lado contrario con el balón.
—¡Ah, mierda!
Hanamichi no llegó a estirar el brazo para detenerlo que Rukawa dio un giro veloz hacia la derecha, haciéndolo resbalarse de nuevo. Terminó de culo en el suelo. Con una agilidad bestial y sin tenerle compasión alguna, Rukawa zigzagueó hacia la izquierda y lo pasó, pegándole el baile de su vida.
—Esta es la diferencia entre tú y yo. Recuérdalo, novato.
Piso fuerte el suelo y pegó un salto con el balón por encima de la cabeza. Lo clavó en la canasta.
Sakuragi, fatigado en el lugar, escuchaba al tablero sacudirse estrepitosamente. Cerró los puños.
Rukawa aterrizó en el suelo. Se tambaleó. Le faltaba el aire. Lo dio todo en ese último salto.
Corrección, lo dio todo desde el principio.
Se limpió la boca con la playera blanca antes de girar los pies para ver al perdedor. Ensanchó los ojos. Sakuragi estaba de rodillas en el suelo. Doblaba los dedos en él con bronca, no se dignaba a levantar el rostro.
«Lo sabía…, esto fue una pérdida de tiempo»
Suspiró.
«Solo hice que me odiara más»
Titubeando un poco, comenzó a caminar hacia él. Puso una mano en su cabeza cuando se detuvo a su lado.
—Para ser tú, no estuvo nada mal.
Le refregó la cabeza y siguió su camino, dejándolo atrás.
Hanamichi lo veía partir reprimiendo las lágrimas. Le pesaba el orgullo.
«Yo juego mucho mejor que esto»
Su frente se iba arrugando a medida que Rukawa abandonaba la cancha. Este se detuvo un momento. Lo miró por encima del hombro con indiferencia y siguió caminando. Hanamichi apretó las muelas. Sus ojos sobre él avivaban la llama furiosa que vivía en su corazón, siempre lista para incendiarlo. Quería golpearlo. Golpearlo mucho. No solo por haber perdido, sino porque ese zorro se había atrevido a confundirlo, a darle vuelta el corazón. Se sentía ofuscado con lo que sentía, irritado por haberse fijado en un zorro apestoso, frustrado por haberse descubierto en medio de una derrota.
«Es tu culpa… ¡Que no pueda concentrarme es tu jodida culpa!»
—¡¿Quién carajo te crees que eres?!
Y no podía soportar esos sentimientos un minuto más.
Gateó hasta él como un león herido y lo agarró de las piernas. Jaló. Rukawa cayó de frente contra el suelo. Una línea de sangre comenzaba a resbalarse de su nariz.
—Eso dolió… ¿Qué mierda te pasa? —Se dio vuelta como pudo con ese enorme cuerpo encima. Lo empujó por los hombros—. Quítate.
Hanamichi se sentó encima de su vientre, robándole el aire de golpe. Agarró sus cachetes con una mano, la otra la llevó hacia atrás. Cerró el puño.
—Es todo tu culpa…
Rukawa apretó los ojos, listo para recibir el puñetazo. Se lo esperaba, casi que lo creía necesario para calmar las aguas. Luego de eso, todo volvería a la normalidad. Luego… podría volver a su casa a lamentarse debajo de la ducha.
Pero el golpe no llegaba.
Abrió los ojos al sentir algo frío en la mejilla. Dos, tres, cuatro… Lagrimas caían de los ojos del pelirrojo. Lo observaba con la mandíbula tensa, cerraba los dedos en sus mejillas hasta dejarlas rojas; una expresión irritante pero lastimosa. Rukawa solo podía verlo embelesado.
—Por qué te metiste en mi vida… ¿Por qué me confundes así?
—…
—Que me sienta de esta manera… ¡es tu maldita culpa!
Se fue hacia adelante y empujó sus labios con furia. Rukawa tardó en reaccionar. Hanamichi lo besaba entre lágrimas que se hacían escuchar. Eran gimoteos dolorosos, cansados de reprimirse y de luchar contra sí mismos. Sus pesados sentimientos lo traspasaban hasta hacerle doler el pecho.
—Hazte responsable... ¡Hazte responsable de lo que me haces sentir!
Exclamaba sobre él, llevándose a sus labios con impaciencia. Una lengua gruesa trataba de abrirse paso entre ellos. Rukawa suspiró cuando logró entrar a su boca. Apenas se rozaron sus lenguas, un escalofrío trepó por la espada de ambos.
—Hanamichi…
Rukawa subió una mano por su espalda. Se agarró de su nuca, profundizando el encuentro. Sus lenguas se enredaban lento y profundo, confirmando lo mucho que se habían extrañado. El beso se estaba tornando húmedo, demasiado tentador. Rukawa escuchaba al pelirrojo ronronear en su boca, lo veía arquear las cejas con un necesitado placer. Tuvo que flexionar las piernas. No toleraba su voz quebrada. La excitación comenzaba a dominarlo y un beso no era suficiente para calmarla. Lo único que hacía era avivarla.
—Idiota...
Se dio vuelta, estampándolo de espaldas contra el suelo. Hanamichi lo observaba desde lo bajo, agitado. Tenía la cara roja. Rukawa tomó sus manos y las estrelló encima de su cabeza.
—Tú empezaste, ahora ni se te ocurra cagarte. No voy a detenerme.
Volvió a sus labios como si los necesitara para respirar. Hanamichi, extrañamente, no lo detuvo. Por el contrario, se aferró con fuerza de su espalda mientras se besaban con unas ganas que parecían reprimidas hacía tiempo. Respiraciones fogosas chocaban entre sí, sus manos pasaban exasperadas por el rostro y cuello del otro, como si quisieran romperlo.
Rukawa, más impaciente que él, resbaló los labios por su mentón hasta llegar al cuello. Comenzó a besarlo y lamerlo, escuchando de fondo los suspiros fuertes del pelirrojo, quien no dejaba de aferrarse a él como si soltarlo significara la muerte. Succionó la piel de cuello, hallándola un poco salada por el sudor, y luego deslizó la lengua por ella. Una marquita roja comenzaba a aparecer en el lugar afectado.
—Rukawa…
Subió los ojos a quien lo llamaba con fragilidad. Su corazón latió con fuerza al encontrar a Hanamichi con una mirada floja. Lo observaba suplicante, un brillito escapaba de sus ojos. Se vio en la necesidad de aclararse la garganta ante tal panorama.
—De verdad… no voy a detenerme.
Se acomodó mejor sobre él, regresando a su boca. Los besos iban y venían mientras las manos de Rukawa subían por los bordes de su cintura, llevándose su playera. Hanamichi levantó los brazos, ayudándolo. Rukawa se la quitó por la cabeza. Bajó la vista enseguida. No pudo evitar poner una mano en ese torso de piedra que parecía tallado por los dioses griegos.
—¿Todo esto es por andar peleándote como un vago? —se burló, agachándose con un aire vencedor—. Voy a pelearme más seguido. Ah, ya lo hago. Contigo.
Deslizó la lengua por su pezón, haciéndolo estremecerse. Cerró los labios en él. Comenzó a succionarlo lento y tendido. Hanamichi respiraba fuerte mientras Rukawa se dedicaba a rodear el pezón con la lengua, luego lo jalaba suavemente con los dientes. Con la mano estimulaba a su gemelo, pasando los dedos por él, apretándolo hasta endurecerlo.
«Por qué este hijo de puta es tan bueno en esto…»
Cada vez más agitado, cruzó los brazos detrás de su cabeza buscando tener más contacto con su cuerpo. Y lo tuvo. Sentía algo extraño en la entrepierna, un peso ajeno. Bajó los ojos. Rukawa tenía el pantalón gris levantado en la zona de la ingle. Hacía presión hacia abajo, aplastando a su miembro, que también se estaba despertando. Hanamichi estiró el cuello hacia atrás por aquella sensación ardiente. Y entonces, un jadeo ronco se le escapó. Ya no podía contener más la voz. Se sentía tan bien que se rozaran así.
«Ah…, mierda. No puedo controlarme»
Era todo. Deseaba al zorro.
Y su entrepierna era la prueba. Comenzaba a incomodarle. No dejaba de sentir una puntada excitante por dentro. Las caricias de Rukawa no ayudaban, eran lentas pero urgentes. Pasaba las manos por su pecho con fuerza, como si quisiera arrancarle la piel, pellizcaba los pezones haciéndole entreabrir los labios entre suspiros que comenzaban a tomar color en la voz.
—Hanamichi…
El ronco zumbido de su voz en la oreja le hizo cerrar las piernas. Poco duraron así. Rukawa bajaba la mano por su abdomen, la escondía dentro del pantalón corto que llevaba puesto. Hanamichi entornó los párpados cuando empezó a masajearle el miembro por encima del boxer blanco.
—Está más despierto que la última vez.
Besos en su mejilla adornaban esas burlas que lo hacían retorcerse tanto de placer como odio.
—¡Deja de jugar y haz algo!
Rukawa soltó una risita en su oreja que lo dejó impactado. Por fin había conseguido que se riera, aunque de una forma inesperada. No tuvo tiempo de refregárselo en la cara. El impacto aumentó cuando le bajó el bóxer sin avisar. Su miembro saltó para saludarlo.
Rukawa pestañeó al verlo.
—Ah, es más grande de lo que pensé —murmuró con Sakuragi rojo debajo—. Pero no es más grande que el mío.
Rukawa lo examinaba detenidamente, poniéndolo nervioso. Deslizaba un dedo por el tronco de arriba abajo, lo giraba en la punta, provocando que su miembro pegara unos saltitos a causa de los tortuosos amagos.
—Sí que eres sensible…
—¡C-Cierra la boca de una vez! —exclamó Hanamichi, agarrándole la cabeza. Estaba harto de sus jueguitos.
Rukawa le echó un rápido vistazo. Le sonrió, dejándolo otra vez de piedra. Nunca había visto a ese zorro sonreír. Su sonrisa era meramente competitiva.
—¿Quieres que la cierre… pero ahí abajo?
Hanamichi veía, completamente avergonzado, cómo Rukawa bajaba por su pecho entre besos hasta llegar a la entrepierna. Se apoyó su pene en la mitad de la cara, alargando aquella sonrisa tan molesta. Hanamichi tuvo que soltar un jadeo cuando cerró la mano en la base y comenzó a masturbarlo.
—Es tan rosa como mi bicicleta. —decía, frotando con más fuerza aquella piel caliente.
—M-Maldito.
Hanamichi siempre había tenido complejo porque su miembro era bastante rosita. Lo creía poco varonil.
—Me gusta. El rosa es mi color favorito.
Antes de llegar a putearlo —o conmoverse—, Rukawa cerró los ojos y lentamente fue metiéndose su miembro dentro de la boca. Comenzó a chuparlo con una paciencia que al pelirrojo le faltaba. Todo su cuerpo tiritaba debido a esa cálida boca que lo encerraba.
—Ah… —Ya no podía guardarse más el placer. Sus dedos se fruncían contra ese cabello desordenado como si quisieran arrancarlo—. R-Rukawa.
Rukawa lo daba todo de sí en esa materia que desconocía. Siempre se había enfocado en el Básquet, esa era la primera vez que tenía deseos por alguien. Nunca pensó que terminaría cayendo por un hombre, tampoco por una mujer. No le atraía nada. Hasta el punto de llegar a pensar: ya qué, supongo que nunca me gustará nadie. Pero entonces un día apareció ese maldito pelirrojo y le pegó una trompada que le hizo ver las estrellas. Quién iba a pensar que ese tipo sería el elegido.
Bien, ahora Rukawa le haría ver las estrellas.
—Rukawa..., espera.
El nombrado pasaba por alto sus suplicios. Seguía succionando fervientemente, enfocándose en el glande. Giraba la lengua por él sintiendo aquella piel resbalosa. Una gotita comenzaba a salir de la punta. Deslizó la lengua por ella, llevándosela consigo.
—Salado…
Hanamichi tembló cuando su boca llegó más a fondo, cubriendo la mitad del miembro. Rukawa no dejaba de aumentar la velocidad, atragantándose en ocasiones. Con la mano frotaba el cuerpo del pene, endureciéndolo más.
—E-Espera, no tan rápido. Si sigues…
Un cosquilleo intenso vibraba en la zona baja, luego subía hasta el estómago. Era su primera vez con alguien, la posibilidad de quedar en ridículo era alta. Temía que ese fuera el plan del zorro, hacerlo acabar antes de tiempo para que perdiera la dignidad.
Rukawa sentía cómo el grosor de su miembro crecía dentro de la boca. Con la lengua percibía las venas hinchadas, el jugo ajeno que se mezclaba con su saliva al ir y venir por él. Cada vez le costaba más mantenerlo dentro de la boca de lo duro que se estaba poniendo. Se rio por dentro, entendiendo todo.
Las caderas del pelirrojo se sacudieron cuando se lo quitó de la boca, dejándolo brillante, y fue hasta los testículos ya hinchados. Comenzó a succionarlos despacio, provocándole una sensibilidad extraña. Una y otra vez, él succionaba hacia afuera aquella piel que solo tendía a enrojecer.
—¡E-Eso no!
Rukawa llevó una mano a sus pezones. Continuó estimulándolos para callar futuras quejas. Hanamichi respiraba agitado, doblaba el rostro resistiéndose a la inevitable explosión. Sus ojos exponían el placer que su garganta se negaba a gritar.
—R-Rukawa, voy a…
—Hazlo.
Rukawa regresó para envolver al pene con su boca, como si pidiera disimuladamente que la descarga la lanzara allí. Hanamichi no creía lo que veía. Tampoco podía creer que el panorama no le resultara una mariconeada total, pues Rukawa, todo lo que hacía, lo hacía con la firmeza de un hombre digno. O algo así. No tenía la energía para analizarlo. Sus ojos rodaron cuando Rukawa se fue hasta el fondo de su ser, comiéndoselo, literalmente, todo.
«Al carajo»
Qué importaba cómo se veía, se halló pensando. Su cuerpo empezaba a convulsionarse, escalofríos excitantes subían por él. Se sentía jodidamente bien.
—Ah… ¡Ah!
Lo impulsó hacia abajo por la cabeza cuando las agudas sensaciones lo superaron. Rukawa abrió los ojos de par en par, atragantándose. Su boca comenzó a llenarse del espeso semen de Hanamichi que, además de salado, lo creyó algo amargo.
El pelirrojo temblaba debajo de él mientras terminaba de vaciarse. Soltaba jadeos entrecortados mientras veía al otro tragarse todo su placer. A Rukawa le costaba pasarlo por la garganta. Lo notaba en su nuez, que se elevaba insistente en cada mal trago.
Rukawa poco a poco fue arrastrando la boca hacia arriba por su tembloroso miembro, llevándose el semen restante. Lo dejó en libertad un segundo, tomándose un momento para respirar, y luego volvió a chuparlo lentamente para no dejar ni una sola gota afuera. Con la mano continuaba frotándolo, manchándose por doquier, haciendo ruidos pegajosos que avergonzaban al joven que tenía debajo. Éste veía todo con los párpados decaídos, una de sus manos pasaba amable por el cabello de Rukawa.
—Sí que eres un maricón... ¿Tanto te gusta chuparlo?
Rukawa se fue hacia atrás, soltándolo finalmente. El miembro de Hanamichi rebotó contra su rostro, salpicándolo del placer que aún colgaba de la punta. Se relamió los labios blancos.
—Es un asco, pero parecía que te sentías bien.
Conmoverse a esa altura del partido no era la idea, pero Hanamichi así se sentía. «Lo hizo por mí», no dejaba de pensar. Trató de incorporarse con los codos. Rukawa no lo dejó. Estampó la mano en su pecho, devolviéndolo al piso.
—Es mi turno.
Hanamichi tragaba pesado mientras él se limpiaba la cara con la playera. Tenía el pantalón más levantado que antes.
—N-No pienso chupártela, si es lo que quieres.
—Quién dijo que quiero eso.
No llegó a cuestionarlo que Rukawa ya le estaba bajando los pantalones. En el medio se quitó la playera y entonces todo se volvió nieve para Hanimichi. Sintiéndose hechizado por la desnudes de su cuerpo, no pudo evitar llevar las manos a ese pecho de porcelana y tantear con los dedos sus bien formados abdominales, tal como el joven hizo antes con él.
—Tu piel… es muy suave.
Rukawa se dejaba acariciar con unos ojos abstraídos; iguales a los que lo admiraban desde lo bajo. Agarró una de sus manos y se la llevó a los labios. La besó. Hanamichi se sonrojó hasta las orejas. De todo lo que le había hecho hasta ahora, eso le había resultado lo más impactante.
—Hana…
Rukawa se bajó el pantalón por los bordes, dejándolo debajo del trasero. Los ojos del pelirrojo saltaron al mismo tiempo que su miembro. Como pensó, era grande. ¿Quizás unos cinco centímetros más grande que el suyo? Y más grueso, y pálido. Además de sentirse intimidado por él, algo molestó en el orgullo.
—Maldición… ¿Por qué en eso me tienes que ganar también?
—¿Ah?
—¡Por qué la tienes más grande que yo!
—Eso es obvio, torpe. —Rukawa le dio un fugaz beso en la boca—. Porque soy mejor que tú.
—Mierda…
Hanamichi cerró los ojos queriendo parar esa locura, pero el deseo iba en contra de la razón. Su cuerpo estaba en demasía sensible, era como si respondiera a la excitación del joven frente a él.
Rukawa le agarró las piernas y las levantó, dejándolas flexionadas. Y al pelirrojo en una posición muy comprometedora. Sus ojos bajaron un segundo a esa entrada palpitante que parecía estar esperándolo. Volvió a subir la vista. Comenzó a arrastrar los dedos por la pelvis de Hanamichi. Éste último veía, incómodo, cómo los remojaba en el semen que seguía esparcido allí.
—¿Q-Qué estás haciendo?
—Preparando la zona.
Deslizó los dedos ya húmedos hacia abajo. Muy despacio presionó su entrada. Hanamichi palideció.
—Espera, no pensarás…
—¿Qué? —murmuró Rukawa, inclinándose hacia él. Capturó su labio inferior mientras comenzaba a frotar aquella entrada que hacía sobresaltar a su dueño. Con cada vaivén se iba dilatando más—. Te dije que no iba a detenerme.
Hanamichi despegó la espalda del suelo cuando Rukawa comenzó a meter lentamente un dedo.
—¡E-Espera! ¡Se siente raro!
—Pronto se sentirá bien.
—¿Y-Ya hiciste esto?
—Nop.
—¡Entonces de qué carajo hablas! ¡Sácalo!
—Confía en mí.
Le cerró la boca. Hanamichi no supo porqué, si fue el tono de voz, su mirada profunda o qué, pero se encontró queriendo confiar en él. Queriendo sentirse y sentirlo aún mejor, aunque eso implicara abandonar, según él, su completa hombría.
Rukawa, al notar su cuerpo relajándose, se animó a posar un segundo dedo en la entrada. Sus lenguas se entrelazaban entre suspiros mientras los hundía en su interior. Ese lugar de textura acolchonada era, además, muy estrecho. Se resistía a él, no le permitía pasar por completo. No se dio por vencido. Con el pelirrojo gimoteando de fondo, giró un poco en aquella cueva para ensancharla. Ésta latía contra sus dedos, los encerraba sin piedad. Al sentir el paso un poco más libre, sumió sus largos dedos hasta el fondo. Buscaba un punto de placer, algo que lo hiciera retorcerse.
Hanamichi apretaba fuerte los ojos. Le ardía, no le gustaba. Separó los labios para ordenar una tregua, pero entonces sus ojos se abrieron de golpe. Sintió un tirón excitante por un momento. Fue algo que tocó al regresar. Todo lo demás se sentía doloroso o raro.
—E-Espera un segundo, zorro. Si vas a hacerme perder la dignidad aquí, al menos hazlo bien.
Rukawa levantó la cabeza cuando Hanamichi le tomó la muñeca.
—Vuelve un poco. Antes tocaste algo… que se sintió bien.
Se sorprendió de que hubiera admitido tal cosa. Hanamichi le decía todo con las orejas hirviendo de lo rojas que estaban. Costó guardarse la sonrisa enternecida que quería esbozar.
—¿Aquí? —le preguntó, removiendo despacio los dedos de su interior.
Hanamichi, al tiempo que lo hacía, estrechaba los ojos de forma dolorosa. No sabía qué le daba más impresión, si cuando salía o cuando entraba. Pero entonces sintió de nuevo ese tintineo que le causaba un escalofrío veloz a todo el cuerpo. Antes de que saliera de él, lo frenó.
—¡Ahí! ¡Es justo ahí!
—¿Aquí? —Rukawa miró hacia abajo. Ahora solo tenía dos falanges dentro de él—. Es cerca de la entrada… ¿Te gusta así? —Hizo presión hacia arriba, aplastando una piel mullidita que resaltaba.
Hanamichi soltó un inmediato gemido que le hizo acelerar las palpitaciones. Ese gemido no tenía nada que ver con los demás. Era finito, débil. Fue como si hubiera apretado un botón explosivo.
—Sí…, es aquí.
Comenzó a frotar esa pared alta que lo hacía retorcerse. El miembro de Sakuragi comenzaba a despertarse de nuevo, estimulado por las caricias. De a poco, como si le costara, amagaba a levantarse. El de Rukawa ya no podía estar más en alto. Y pidiendo clemencia. Dolía de lo mucho que necesitaba atención, casi que le golpeaba el abdomen. Llevó la mano a él y empezó a masturbarse a un ritmo lento incentivado por la imagen de Sakuragi gimiendo con la boca abierta. Un hilo de saliva colgaba entre su labio superior e inferior cada que iba y venía por esa pared alta que parecía ser su debilidad. Afinó los ojos, acelerando los movimientos en su miembro. No podía soportar más la excitación.
—Hanamichi…
Le alzó más las piernas y apuntó su miembro a la entrada. Apoyó la punta en ella. Hanamichi abrió los ojos con dificultad cuando empezó a frotarse contra esa piel que sentía palpitar.
«Oh no… ¿De verdad voy a dejar que me la meta? ¿Por qué no puedo ser yo el macho que la mete?, ¿es por una cuestión de tamaño?»
Se preguntaba, alternando los ojos entre la mirada apagada del muchacho y su miembro entusiasmado, al cual veía como un arma en ese momento. Se sentía indefenso desarmado en el suelo.
—No va a entrar…
—Lo hará.
Rukawa acomodó mejor las rodillas en el suelo, reforzando el agarre en sus muslos. Comenzó a impulsar las caderas hacia adelante. Hanamichi iba cerrando los ojos a medida que su miembro empujaba esa entrada ya no tan pequeña. La sentía estirarse para recibirlo, luego resistirse cuando consiguió tapar la cabeza.
—¡Agh!
Ardor. De pronto sentía que se le prendía fuego el trasero.
Rukawa llevó las caderas hacia atrás, luego hacia adelante. Así continuaba penetrándolo con apenas la punta para que se acostumbrara.
Pero Hanamichi no se estaba acostumbrando.
—¡Duele, duele, duele, duele! —Pataleaba como un niño— ¡Sácalo! ¡Sácalo ya!
Rukawa trataba de mantenerlo firme en el suelo, sosteniéndolo fuerte por las piernas.
—C-Contrólate. ¿Eres un hombre o no?
Hanamichi se achicó en el lugar.
—Lo soy…
—Entonces, aguanta.
Rukawa tomó aire y volvió a empujar despacito. Se estremeció al sentir una leve succión en el miembro. Aquella piel rugosa lo frotaba y apretaba al moverse, estimulándolo. Se acomodó mejor entre sus piernas y empujó un poco más, logrando meter la mitad del miembro. Hanamichi gritó. Ardía mucho. Por no decir que sentía una sensación conocida que para nada tenía asociada al sexo. Temía manifestarla.
—¡E-Espera, Rukawa!
—Aguanta un poco más.
—Pero siento que…
—¿Qué?
Rukawa se inclinó hacia él, hundiéndose dos centímetros más. Hanamichi se abrazó a su espalda sudorosa. Tenía la cara tan roja como su retaguardia.
—Que… me cago. —murmuró con la voz finita.
Rukawa ensanchó los ojos. Ahí se quedó, duro (literalmente) entre sus piernas largas mientras no quitaba la vista del nervioso rostro de Sakuragi. Y entonces, sucedió un milagro.
Se echó a reír.
Sakuragi no podía creer lo que veía. Verlo sonreír ya era una cosa. Reír para dentro, no estaba mal. ¿Pero reírse a carcajadas? El mundo se había puesto de cabeza. Lo peor es que era una risa contagiosa. No pudo evitar dejarse llevar por ella y reírse también. Una risa cansada y cómplice, un chiste interno de los dos.
—¡Ay!
Bueno, quizás reírse no fue una buena idea con su cosa ahí adentro. Se contrajo aún más.
—¿Acaso eres tonto? ¿Quieres ir al baño justo ahora? —le preguntaba Rukawa aún riendo bajito, acariciándole la mejilla.
Sakuragi inflaba los cachetes.
—¡No lo sé! Es que siento la misma sensación que cuando me estoy cagando…
—Quizás porque estoy jugando con el agujerito que usas para cagar.
—¡No lo digas así, zorro! Le quitas la magia.
—Tú se la quitaste apenas dijiste que te cagabas. Además, ¿magia? —Rukawa sonrió amable, sonrojándolo. Se inclinó a su oreja— ¿Tan especial es hacerlo conmigo?
—N-No… —Sakuragi corría el rostro mientras recibía suaves besos en la mejilla—. Sigue… Quizás se pase la sensación si me acostumbro.
—Bien… Voy a moverme.
Rukawa se acomodó mejor entre sus piernas. Comenzó a mecer las caderas a un ritmo lento, llevándose su cuerpo con él. Hanamichi iba y venía por el suelo con los ojos bien cerrados. Cada vez que Rukawa metía y sacaba su miembro de él, esa sensación molesta aparecía. Solo podía pensar en que quería ir al baño. Entendió que eso ocurría más cuando estiraba su piel hacia afuera.
Pero mientras más se estiraba, más se iba acostumbrando a la invasión. La probabilidad de tener un accidente iba en picada. La de excitarse, en subida. Abrió los ojos de a poco. Rukawa se mecía hacia él con el labio inferior desprendido, sudor se resbalaba por su frente. Cabellos negros bailaban hacia él, su aliento entrecortado le acariciaba el rostro. Le pareció hermoso, y se odió por ello. Llevó una mano a su mejilla, jadeante. De a poco iba doliendo menos. Seguía ardiendo, pero al menos ahora podía tolerarlo.
—¿Mejor? —le preguntó Rukawa con la voz algo tomada.
Hanamichi asintió, cruzando los brazos detrás de su cuello. Le parecía increíble lo amable que estaba siendo ese zorro.
—Un poco.
Rukawa veía su semblante tímido, sintiéndose desarmado. Ya no aguantaba más a ese tipo que se hacía el rudo solo para no admitir que era una ternurita por dentro. Comenzó a golpearlo con más fuerza, meneando las caderas de arriba abajo entre sus piernas.
Sakuragi cerró un ojo recibiendo las embestidas. Tenía calor. Sus gemidos comenzaban a hacer eco en el gimnasio. La respiración pesada de Rukawa también.
—Hana…
Rukawa se apoyaba con los codos a los lados de su rostro, bajaba la cabeza con una expresión que empezaba a tornarse sufrida, meneaba más rápido las caderas. Podía sentir todo su peso sobre él.
—Ah…
Sakuragi se aferró de su cabello. La voz lo traicionaba, y en más de un sentido. Una necesidad de llamarlo por su nombre de pila estaba aflorando, tal como el joven se había atrevido a llamarlo por el suyo. Hasta elevó la apuesta diciéndole "Hana", un apodo demasiado meloso. Le irritaba tanto como le gustaba.
De pronto Rukawa se enderezó con un semblante que vio algo impaciente. Sacó su miembro de él, haciéndole arrastrar un jadeo sonoro. Dolió.
—Date vuelta.
—¿H-Huh?
Rukawa lo volteó por la cintura, dejándolo boca abajo. Le levantó el trasero por las caderas. Hanamichi pegó un grito al cielo.
—¡Eso sí que no! ¡En cuatro no!
—¿Qué tiene?
—¡No llegué a ese nivel de mariconeada aún!
—Ja, pues bienvenido. Ya estás en él.
Rukawa abrió su trasero con las manos. Deslizó su miembro entre las nalgas. Hanamichi tuvo un escalofrío cuando empezó a refregarse contra él emitiendo roncos jadeos. Sentía esa piel húmeda y resbalosa ir y venir como una serpiente, abriéndose paso a la fuerza.
—¿Q-Q-Qué estás haciendo, zorro?
—Solo un poco…
Rukawa tenía los ojos cerrados, una expresión de inmenso placer. Se sentía demasiado bien frotarse contra ese trasero suavecito. Tanto, que se le escapó un gemido. Y algo más.
—Mierda…, acabé un poco.
Hanamichi temblaba furioso mientras sentía un espeso y caliente liquido resbalarse por su nalga derecha.
—Te voy a... ¡Ah!
Bajó la cabeza cuando Rukawa lo penetró de lleno y sin avisar. Comenzó a mecerse rápido, fuerte, como si no hubiera tiempo que perder.
La amabilidad de antes desapareció.
Los brazos de Hanamichi se arrastraban por el suelo debido a las brutales embestidas. La frente también. Escuchaba a sus testículos chocar directo contra él. Lo creía asqueroso y excitante a la vez. Su miembro, colgando debajo del cuerpo, se levantaba cada vez más. Del glande se resbalaban gotas.
Rukawa, viendo todo desde arriba, se inclinó hacia adelante y pasó un brazo por encima de su vientre. Cerró la mano en su pene para comenzar a masturbarlo. Hanamichi chilló. Doble estimulación, no lo soportaba. Ese lugar especial que había descubierto dentro de sí mismo le tiraba una puntada aguda constante, los dedos rápidos de Rukawa sobre el pene le hacían retorcerse junto a una sensación pesada. Eran placeres diferentes, pero juntos funcionaban de maravilla, aunque de un modo desesperante.
—H-Hanamichi…
Sintió una alerta. El miembro de Rukawa lo raspaba cada vez más rápido, se endurecía, sus movimientos comenzaban a ser torpes. Giró el rostro y lo vio con una expresión ida. Ese chico estaba a punto.
—Oye…
Rukawa pasó el otro brazo por debajo de su vientre. Lo jaló hacia atrás. Hanamichi gritó cuando cayó sentado encima de él. Fue por completo atravesado.
—Lo siento, pero…
Rukawa abrió más las piernas, aferrándose fuerte de su abdomen, y continuó moviendo las caderas precipitadamente. Hanamichi, entre gemidos desgarradores, saltaba encima de él. Ahora sí que lo sentía en toda su gloria. Una mezcla de dolor y placer no dejaba de atacarlo. Daba la impresión de que el miembro de Rukawa estaba jugando en su estómago, no allí abajo, de lo fuerte que le cosquilleaba esa zona. Se lo aferró apretando las mandíbulas. Se iba romper. Sentía que se iba a partir por la mitad.
—R-Rukawa, cálmate un poquito. Estoy a punto de…
El nombrado, respirando agitado en su oreja, agarró su miembro otra vez. Aceleró la masturbación en respuesta. Hanamichi bajó la cabeza sin poder soportar más el hormigueo que sentía.
—¡A-Ah!
Semen se resbalaba por la mano de Rukawa. Este último no dejaba de frotarlo, de estimularlo ahora con aquel espeso néctar. Bañaba a su miembro en él. Frotaba fuerte la piel, bajándola y subiéndola mientras no dejaba de golpearlo con las caderas. El pelirrojo, tembloroso por los espasmos del orgasmo, lloriqueaba encima de él recibiendo esas fuertes penetraciones.
—Hana… michi.
Rukawa cerró los ojos. Sin poder soportar más la sensación excitante pero a la vez agónica que lo recorría de pies a cabeza, levantó las caderas una última vez y soltó un ronco jadeo que retumbó en el gimnasio.
Hanamichi abrió los ojos con impresión. Sentía algo caliente adentro. Era apenas perceptible, pero ahí estaba, llenándolo. Estaba acabando dentro de él. Ese maldito zorro se había atrevido a mancharlo. Podía soportar todo; estar en cuatro, ser penetrado, incluso ser llamado por ese estúpido apodo, pero eso…
—M-Maldición…
Lágrimas de orgullo herido se resbalaron por sus mejillas. Rukawa las veía pasar con una mirada perdida. Poco a poco su cuerpo paraba de temblar, iba bajando las caderas. Su miembro se resbaló hacia atrás, abandonando ese lugar cálido que por unos largos minutos fue su refugio.
—Mh… —ronroneó contra la mejilla de Sakuragi por lo bien y relajado que se sentía. La besó, para luego darle un leve mordisco.
Sakuragi veía, asqueado y aún recuperándose de los espasmos, cómo el semen de Rukawa se resbalaba de la entrada. Pegajoso, caliente, en una hilera espesa caía por su piel. Era mucho. Ese chico había dejado todo en él. Podía sentir más adentro. No lo quería allí, por dios que no. Casi llorando, hizo fuerza para expulsarlo. No funcionó. El semen se asomó por la entrada, amagando a salir, pero volvió a esconderse en esa cueva dilatada. El asco aumentó. Hizo más fuerza.
Rukawa se humedeció los labios cuando su placer fue expulsado por aquel orificio palpitante. Se derramó en el suelo, otro poco en su pierna.
—¿Lo haces apropósito? Provocarme así…
Hanamichi se sonrojó ante el ronroneo excitante que le acariciaba la oreja en un vientito.
—¿Será porque eres un hombre? Que sabes lo que me gusta. —continuaba, pasando la lengua por el borde.
—¡Cierra la boca! No me interesa calentarte, solo no quiero esa cosa adentro. —Hanamichi trataba de bajarse de él. Rukawa no lo dejaba. Lo arrimaba hacia sí por el abdomen— ¿Por qué lo hiciste? ¡Ni siquiera me avisaste, zorro asqueroso!
—Lo siento, no llegué a sacarla a tiempo. —Rukawa apoyó la frente en su cabeza— ¿Quieres hacérmelo a mí? En venganza.
—¡No! Solo quiero bañarme para sacarme esa cosa de encima.
—Vamos juntos.
—¡No quiero!
Sakuragi le dio un manotazo para soltarse. Rukawa, viendo que no obtendría mucho más, lo dejó en libertad.
Cuando se puso de pie, Sakuragi entendió que no quizás no era una buena idea depender de sí mismo justo en ese momento. Se le doblaron las piernas. Terminó de frente contra el suelo.
—Mierda.
Sentía flojas las rodillas, el culo, todo. Cada vez que trataba de levantarse, un calambre molesto atacaba a sus piernas y un ardor intenso se disparaba directo a su trasero. Rukawa disfrutaba del espectáculo con una sonrisa fanfarrona.
—¿Tan duro te di que no te puedes mover? —le preguntó, levantándose el pantalón tranquilo.
—¡Cierra el culo!
—Díselo al tuyo, aún está abierto. Lo veo.
—Rukawa… —Hanamichi consiguió levantarse, tambaleante y con un puño cerrado. Lo llevó hacia atrás, listo para golpearlo— ¿De quién crees que es la culpa de que esté así, imbécil?
Rukawa se puso serio, desorientándolo. Dobló el rostro y se señaló la mejilla.
—Hazlo si te va a dejar más tranquilo, pero eso no va a borrar lo que pasó. Cruzamos la línea. Ya no hay vuelta atrás.
El puño de Sakuragi temblaba por la frustración. Cierto, ya no había vuelta atrás. Todo lo que sucedió fue con su consentimiento. Él hizo lo que deseó. Fue a la cancha y jugó contra el zorro para terminar de descubrir sus verdaderos sentimientos; si era odio, admiración o quizás atracción lo que sentía por Rukawa. Lo descubrió cuando perdió, cuando ese zorro le dio una palmada en la cabeza como si fuera una mera mascota. Se sintió dejado atrás al ver su espalda alejarse. Esa imagen le hizo predecir un futuro que no le apetecía: aquel joven algún día se marcharía para ser un profesional, y quién sabe a dónde.
Lejos, intuía.
Se le estrujó el corazón. Su futuro era prometedor, nadie podía negarlo. Rukawa, seguramente, se convertiría en uno de los mejores basquetbolistas de la historia. ¿Y él? Él siempre estaría un paso atrás, lo perdería de vista.
No quería.
No quería ni dejar de ser su rival, ni rendirse a ser el mejor jugador, así como tampoco dejar de pelearse con él por cualquier estupidez. No quería dejar de golpearlo, de besarlo, de tocarlo… Allí, cuando entendió eso, fue cuando no pudo domar más a los sentimientos.
«¿Por qué tuvo que ser él? De todas las personas…»
Su puño iba bajando mientras una expresión amarga se apropiaba del rostro. Rukawa lo veía ceder con indiferencia. Éste descansó una mano en su mejilla. Pasó el pulgar por uno de sus ojos, limpiándole una lágrima que se asomaba.
—Vamos.
De la mano, lo llevó a la ducha.
Hanamichi se dejaba abrazar debajo del agua por ese cuerpo musculoso. Rukawa lo aplastaba contra la pared, le besaba el cuello con suavidad, como si así pudiera borrar las marcas rojas que le dejó antes.
Luego de tal sesión, Hanamichi no iba a negar que necesitaba esos mimos. De hecho, los creía perfectos. Primero algo salvaje, luego cuidadoso. Le gustaba esa combinación. Lo que no le gustaba era que no podía parar de llorar y ya ni sabía porqué. Hacía lo posible para tragarse las lágrimas. Agradecía al ruido de la ducha que se mezclaba con su llanto, ocultándolo, pero su nariz roja revelaba la verdad. Odiaba ser tan sensible.
—Hanamichi…
Cada vez que el zorro pronunciaba su nombre con dulzura, las lágrimas se aflojaban. No lo entendía bien, porqué escucharlo le hacía llorar.
Desde afuera, cualquier persona empática le diría que esas lágrimas tenían todo el sentido del mundo. Estaba haciendo una transición importante. Había pasado de ser completamente devoto a las mujeres a animarse a estar con un hombre. Ese era un cambio fuerte, nuevo. Requería un tiempo asimilar aquello, en especial porque a quien se había entregado no era a cualquier hombre sino al hombre que era amado por la mujer que juró amar por un buen tiempo: Haruko. Sí, un enredo amoroso que no le facilitaba la transición. Ahora que estaba bajando unos buenos cambios, que el placer se iba de su sistema y la realidad se hacía presente, la culpa empezaba a surgir. Había tenido sexo con el amor no correspondido de Haruko.
Se detestaba.
Pero es que no pudo evitarlo, la situación se le fue de las manos. Se encontró deseando tanto al zorro que simplemente se le nubló la razón. No pudo conformarse solo con un beso.
«Soy lo peor»
Y si iba a continuar siendo lo peor, pues como dijo el muchacho, ya no había vuelta atrás, al menos debía dar las merecidas explicaciones.
—Tengo que hablar con Haruko. —Se le escapó en voz alta.
Rukawa salió de su cuello. Lo miraba a una corta distancia, labios con labios.
—¿Esa niña?, ¿por qué?
—Porque ella…
«No puedo decirle que está enamorada de él, prometí guardar su secreto»
Se tapó la boca con una expresión incómoda.
—Nada. Solo tengo que hablar con ella.
—¿De qué?
—¡De nada que te incumba! —Perdió la paciencia—. Métete en tus asuntos.
Rukawa frunció el entrecejo. Las gotas se resbalaban de su semblante enfadado. Puso un brazo en la pared.
—Dime.
—Agh… Qué molesto eres, zorro. —Hanamichi lo empujó por el pecho—. Vamos, ya es tarde. Salgamos de aquí.
Ya en el vestuario, Rukawa se refregaba la cabeza con una toalla. De reojo espiaba a Hanamichi cambiarse. Se estaba poniendo el pantalón del uniforme. Lucía pensativo. Un silencio incómodo reinaba desde que salieron de la ducha. Solo lo acompañaba la lluvia inoportuna que golpeaba la ventana. Volvió los ojos adelante, luego los apuntó a las zapatillas. Comenzó a atarse los cordones con una molesta sensación en el medio del pecho. Le pesaba. No dejaba de sentirse inseguro por el evasivo comportamiento del pelirrojo, y el hecho de sentirse así por su culpa le molestaba aún más. ¿Acaso no habían avanzado?, ¿por qué de nuevo sentía que habían vuelto al punto de partida? No…, se sentía incluso más atrás que antes. Y tales sentimientos no eran buenos para su concentración. Partidos importantes se acercaban.
«Esto no debería ser así...»
Chasqueó la lengua.
—No me gusta que jueguen conmigo.
—¿Huh? —Hanamichi se volvió a él, pasándose la playera blanca por la cabeza. Rukawa se colgaba el bolso en el hombro, le daba la espalda. Llegó a ver su frente arrugada.
—Arregla tus asuntos antes de coger conmigo, idiota.
Dio un portazo, dejándolo solo en el vestidor. Hanamichi se quedó de piedra.
—¿Qué…? ¡¿Y ahora qué?!
Se mandó la maratón de su vida para alcanzarlo. Tenía la playera puesta al revés y los cordones desatados de lo apresurado que salió del vestidor debido al berrinche del zorro. Iba puteándolo en el camino.
—¡Oye, zorro!
Frenó los pies en la entrada de la escuela, agitado. Rukawa se alejaba por la vereda. La lluvia caía sobre él, dándole un aspecto lúgubre. Sakuragi apresuró los pasos al verlo, una zapatilla se perdió en el camino.
—¡Para un momento! —Lo tomó del brazo, alcanzándolo. Rukawa no lo miraba, se limitaba a darle la espalda— ¿Por qué te fuiste así?
—… Suéltame.
—¡Dímelo en la cara!
Sakuragi lo giró por los hombros. Rukawa mantenía los ojos al costado.
—¿Ahora qué bicho te picó?
—Ya lo sabes.
—¡No lo sé!
—¡Te lo dije! —exclamó Rukawa, sobresaltándolo. Era la primera vez que lo veía tan alterado—. No me gusta que jueguen con-
—¡No estoy jugando! —lo cortó, reforzando el agarre en sus brazos.
Rukawa mostró un segundo de sorpresa.
—Entonces dime de qué quieres hablar con ella.
—Eso…
Sakuragi bajó el rostro. Sus manos se resbalaban por los brazos de Rukawa.
«Maldición… ¡¿Por qué carajo quedé en el medio?!»
Se sentía una cómplice de Haruko. Allí, protegiendo su secreto de amigas cueste lo que cueste. Si le decía que tenía que hablar con ella para contarle lo que sentía por él, él preguntaría: ¿y ella qué tiene qué ver? Ni siquiera gusta de ti, ¿por qué es necesario aclarárselo? Porque está enamorada de ti, tendría que contestar Sakuragi a la fuerza.
«Otra opción. ¡Debo inventar algo!»
—¡S-Sobre una tarea! ¡Me iba a dejar copiarme su tarea!
Rukawa observaba su rostro inquieto, ya empapado por la lluvia. Suspiró.
—Cuando te aclares, hablamos.
No le creyó nada. Y Sakuragi no llegó a retenerlo. No llegó a hacer nada. Rukawa se soltó, lo miró una última vez y se fue, dejándolo solo debajo de la lluvia.
En sus ojos vio cansancio, por eso no pudo luchar más contra él. Ya no eran unos ojos vigorosos, siempre dispuestos a pelear, sino unos que le pedían, por favor, que se decidiera de una buena vez. Y que si no lo hacía, que lo dejara de molestar entusiasmándolo.
—Yo… no estoy jugando. —Se tapó la frente. Entre sus dedos, una mirada afligida. Sabía porqué Rukawa estaba enojado. Creía que pasaba algo con Haruko. Nada más lejos de la realidad—. Está malinterpretando todo.
La lluvia caía en su cabeza rapada. No la sentía. No sentía nada más que culpa.
Lo correcto hubiera sido hablar primero con Haruko, dejar las cosas claras y luego concretar las cosas con el zorro. Pero no. Perdió la cabeza y terminó debajo de él siendo totalmente profanado.
Se refregó la cabeza.
—Tsk, mierda.
Las manos cayeron muertas a los costados del cuerpo, luego fueron a los bolsillos del pantalón. Desganado —y aún medio adolorido en la retaguardia—, levantó los pies para buscar la zapatilla perdida y volver a su casa. No tenía tiempo para estarse enredando así, dentro de poco tendrían el partido con Ryonan. Debía concentrarse.
—Haruko…, tengo que hablar ya con ella.
Aún no podía creer estar pensando así. Antes ella era el amor de su vida, hacía lo imposible para alejarla de Rukawa. Y ahora tenía que encararla para decirle que ¿estaba enamorado de él? Eso aún no lo tenía claro. Pero que le atraía y que, extrañamente, lo quería, era un hecho.
«Y a Haruko, a ella…»
Quizás ella nunca fue tan el amor de su vida, se encontró pensando bajo la lluvia.
Quizás siempre fue más una amiga. Una muy buena amiga.
Y por eso mismo tenía que decirle la verdad.
Continuará…
¡Bueenas bueenas! Espero que anden bien, gente linda!
Por acá dejo el capítulo cinco para los que seguimos vivos en esta plataforma. Ahhh quisiera tener más tiempo libre para actualizar más seguido D; Pero bueno, acá estamos de vuelta. Espero que este capítulo compense un poco mi ausencia *guiño guiño*. Aunque creo que al final salió más ridículo/chistoso que otra cosa, pues son Hanamichi y Rukawa xD, pero me gusta que sea de esa forma cuando se trata de ellos. Tipo, torpe y natural (?
Ojalá las estrellas se alineen bien para que pueda publicar mas seguido *reza*.
Nos leémos prontito!
BellMunT: Hooli! Muchas gracias por pasarte y comentar! Me alegra mucho que la historia te guste tanto! Trato de escribirla lo más prolijita posible aunque el vocabulario sea medio brusco. Lo hago así apropósito porque se trata de Sakuragi y Rukawa, que no son los más educaditos al hablar xD Y si el narrador fuera demasiado delicado, chocaría también con sus personalidades. Al menos eso me parece jaja.
La verdad, no creo que los demás personajes tomen mucha importancia en esta historia, ya que está pensada para ser cortita. Pero nunca se sabe. Si hay algo que no hago —pero que capaz debería hacer— es pensar en una estructura cuando escribo, solo me dejo llevar. Por eso suelen salir cosas improvisadas. Yohei, por ejemplo, no estaba pensado que aparezca, pero le pintó aparecer cuando vio a Hanamichi en problemas. Y qué bueno que lo hizo, PUES QUÉ HOMBRE x2 Siempre es un placer verlo. Enamorada desde los noventa de él estoy, he dicho. ¿Ya viste la peli? Yo la vi hace poco y sigo reee hype. Así que tengo inspiración para rato. Muchas gracias de nuevo por tomarte el tiempito de comentar! Siempre es un incentivo para seguir, en especial en esta plataforma que tanto adoro pero que parece cada día más abandonada ): Me gustaría que volviera a la vida *shora*. Te leo en el próximo capítulo, entonces! Un beso! :)
