Bueno, pues ya tocaba subir la primera actualización de este año. Crucemos los dedos por que no sea la única xP (No sé cómo lo hago, pero de un capítulo que dejé más o menos perfilado en enero, a falta de refinarlo y pulirlo, del que no esperaba superar las 5.000 palabras, al final siempre acabo enrollándome y pasando de las 8.500. En fin, no tengo remedio -_-' Y sí, mis semanas son de quince días, así que todavía estoy en plazo :P).

Por cierto, aviso a navegantes: creo que éste es el capítulo con más ¿salseo? hasta ahora, entendiéndose «salseo» por malentendidos de telenovela y componendas cósmico-amorosas, aunque como no consumo ese tipo de series, probablemente no tenga ni idea de escribir enredos y os he creado expectativas demasiado altas para un capítulo de transición U^_^ Ya me comentaréis. Por si acaso me tiráis tomates, me quedaré oculta entre bambalinas, no sin antes dejaros este delicado fanart que me ha regalado Danna P de nuestra bienamada Consuleia Nereyn, que aparece brevemente en el episodio (Lo he subido en mi cuenta de Wattpad: wattpad (punto) com (barra) user/Erinia_Aelia . Está en el mismo capítulo XXIX).

Y de paso, también os recuerdo el personaje de Áurea, a la que describí en el capítulo 16 y que ya he mencionado en otros: la famosa conversa que antes fue una elfa. Yo suelo imaginármela como Charlize Theron en la introducción de la película de Blancanieves y la leyenda del cazador, pero allá cada uno con su imaginación :P

Por último, si queréis música de ambientación para este episodio, dadle al vídeo cuando lleguéis a la almohadilla #. También podéis buscarlo por el título: Alicent Hightower Theme Suite (House of the Dragon: Season 1).

youtube (punto) com (barra) watch?v=Rykxto_nyII


· CAPÍTULO XXIX: LATENTE ·

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La maleza crujió al abrirse paso a través un furioso huargo portador de malas noticias para Azog. El Nigromante lo convocaba en Dol Guldur y eso no le hacía ni puñetera gracia al Pálido Orco, que ya se había montado en su cabeza mil y una formas de descuartizar a su archienemigo Escudo de Roble en cuanto pusiese un pie fuera de la hacienda del beórnida.

Ah, el Nigromante, esa sombra tenebrosa y errante dentro de la arruinada fortaleza. Cuán poderoso fue en su tiempo y míralo ahora, reducido a comandar un puñado de manadas díscolas, como quien se conforma mendigando migajas. Pero nada más lejos, su desmesurado orgullo de maia caído no le permitía resignarse, ni rendirse, ni humillarse, términos desterrados de su amplio vocabulario en una pléyade de lenguas, así que maquinaba incansable en la penumbra del anonimato para recuperar su dominio, «tiranía» denominada erróneamente por algunos elfos metomentodos —mal rayo parta a Galadriel—.

Y sin embargo, a pesar de las veces que había sucumbido por ellos derrotado, seguía cometiendo los mismos errores, como subestimar a algunas especies o ver a los orcos como esclavos, meros ejecutores de su voluntad, prescindibles como individuos y sin valor más allá de los designios que les encomendase.

Si hubiese aprendido algo más de sus anteriores fracasos, habría variado un ápice su modus operandi, lo suficiente para no encadenar pequeños fallos. Así, en lugar de dictar a su comandante todas y cada una de las operaciones militares y mandarle callar a la mínima disensión, le habría consultado y se habría interesado por los detalles del revés de su misión. Y Azog le habría dicho que algo muy extraño ocurrió en el Claro de los Lobos justo cuando iba a dar caza, por fin, a Thorin Escudo de Roble. Quizás si el Nigromante le hubiese preguntado, se habría enterado de que las Águilas intervinieron —cosa asaz inusual— y, tal vez, de su relato también habría llegado a deducir que otros seres, otrora silenciosos, secundarios y neutrales, habían empezado a abandonar su clandestinidad para molestar sus propósitos imperialistas.

Pero como se empecinaba en tropezar con la misma piedra, desdeñando a sus acólitos, eso no lo sabría hasta mucho, mucho más adelante, cuando ya fuera tarde.

No obstante, Azog tenía un punto de individualismo que, ni queriendo, el Nigromante podría haber domeñado. Su sed de venganza contra los enanos, y contra Thorin de la casa Durin en particular, hizo que apostara un destacamento de vigilancia en la Carroca, aguardando cualquier movimiento de los huéspedes del Gran Oso. Pero los huercos no eran los únicos en acechar una presa.

Tras la conversación con Antares, la Consuleia receló de que tanta casualidad rondase siempre a la compañía: orcos, trasgos, Águilas, Istari, elfos… Nízrim.

Creyó entrever que se estaba gestando algo que había logrado sortear las telarañas que su etnia había tejido alrededor de los principales reinos élficos y humanos. Como Gondor y Rohan llevaban siglos de inestable estabilidad, cuales castillos de naipes, no consideraron necesario pesquisar más en sus tediosos asuntos de estado, tendentes más a las luchas intestinas que a las relaciones exteriores. Y lo mismo pasó con los feudos enanos (de los hobbits ya ni hablamos, no se podía ser más inofensivo y, por tanto, más trivial). Sin embargo, que por piruetas del destino, Nyx hubiese dado con una anónima comitiva que en realidad resultó ser una misión de recuperación, que a su vez parecía estar bendecida y auspiciada por altos elfos, Istari y hasta por las emisarias del Gran Vala Manwë, mira, muy ciegos tenían que ser como para no sospechar que había unos cuantos ojos (e intereses ajenos) puestos en lo que hicieran esos trece enanos (bueno, después de la muerte de Bífur y la partida de Ori y Glóin, ahora ya sólo diez).

Por estadística, los Nicrói no podían ser los únicos maquinando en la Tierra Media para alcanzar sus propios objetivos egoístas. Creer eso era un error que no iba a permitirse, así que en previsión al pacto que Antares iba a firmar con los retacos, convenía adelantarse y movilizar más recursos para proteger sus activos en la compañía; máxime si, como su antiguo suegro había afirmado, Azog el Profanador les andaba a la zaga. Emplazó al binomio más próximo al Bosque Negro, una agua y un tierra, a los que mandó unirse a otro aire subalterno de Annea, con directrices muy concretas: continuar la detección de semiorcos infectados, pero sobre todo, ofrecer apoyo táctico a la ígnea y a su padre cuando lo solicitasen.

Lo cierto es que no pudo formarse en mejor momento esta dispar cuadrilla, pues el alífero pudo divisar al individuo diferencial de color violáceo avanzando hacia la finca donde la noche anterior se habían alojado sus dos congéneres. Y al igual que a Antares, se le iluminó la cara sólo de imaginar los ensayos a los que podrían someter al singular espécimen que caminaba muerto. Tan feliz él. Pero todo acabó en una boñiga de vaca cuando el beórnida lo decapitó sin miramientos. ¡Porca miseria! Cómo se le ocurre. ¿Es que no se da cuenta de cuán preciada información podían haber extraído del sujeto de prueba? Casi se compadeció de Antares y Nyxiræ, los pobres, rodeados de idiotas y obligados a relacionarse con semejante hatajo de ignorantes. En fin, al menos podía reportar aquella considerable novedad a su superior. Seguro que la noticia también removería la curiosidad de Annea, mal que sabía que ni con ésas sería capaz de admirar alguna mueca de sorpresa en su hermoso rostro esculpido en mármol. Esta etérea siempre tan estirada, tan rígida, tan petrificada. Aunque para petrificados en ese instante, sus cognados.

Nyx y Antares se quedaron de piedra, incrédulos e impactados con los saltos rítmicamente acelerados con los que rodaba la cabeza del medio-orco hasta detenerse bajo los pies de Bómbur, cuya oronda masa desafió la atracción de la gravedad con el salto que pegó del susto.

—Vosotros dos… —Con una calma pasmosa para haber ejecutado a alguien que pasaba por allí, Beorn se dirigió a los nízrim—, sois como la curandera del bosque, Áurea, ¿verdad?

Padre e hija se miraron vacilantes. Aquella interpelación les había pillado con la guardia baja. Tuvieron que reprimir su decepción (alterna entre la depresión y la ira homicida) por la pérdida del infectado y recomponerse raudos antes de responder, porque, ¿de qué diantres conocería el úrsido a la famosa conversa?

—Sí, somos como ella —se adelantó el telúrico sin terminar de decidirse si tenderle o no la mano a su forzoso anfitrión. Si hubiese sido un dúnadan o un silvano, no habría dudado, pues sus costumbres así los dictaban, pero con este tipo no tenía seguro nada, si bien, que el nombre de la benévola Áurea danzase en su boca podía jugar a su favor para ganarse una primera impresión favorable, pareja a la que suscitaba la antaño elfina, hogaño ácuea—. ¿Puedo preguntarle de qué la conoce?

Beorn los escrutó desde la privilegiada posición que le confería su descomunal estatura, pero paradójicamente no detectó insidia en los extraños, al contrario que le pasó a Thorin o Gandalf durante sus primeros encuentros con la nithré; lo cual tenía una explicación razonable, y es que internamente seguían fascinados por contemplar a un beórnida en su hábitat. Su natural predisposición por estudiar todo aquello que escapase a su conocimiento prevalecía a la habitual misantropía que les inspiraba la mayoría de razas. Y el teriomorfo simplemente confundió esa maravillada expresión con una inofensiva y cándida.

—No recuerdo todo del principio —arrancó al cabo mientras se dirigía hacia el tocón donde había estado cortando leña para dejar allí el hacha—, me cuesta acordarme de algunos detalles cuando vuelvo a esta forma. —Se llevó vagamente una mano a la sien y Nyx se percató de que en su muñeca izquierda había un grillete sin cadenas.

»Debí de adentrarme demasiado en el bosque persiguiendo orcos. No recuerdo cómo acabé con ellos ni cómo resulté malherido. Pero sí la recuerdo a ella cuando desperté. Era el ser más bello que había visto nunca, aunque eso es fácil si vives rodeado de orcos.

Una risita espontánea de Bilbo por el agudo comentario interrumpió por un segundo el relato de Beorn, que lo miró con cierta displicencia iracunda ante lo que consideró una impertinencia del mediano. Estaba claro que ese hombre no estaba acostumbrado a que le rieran los sarcasmos… básicamente porque no parecía tener a nadie viviendo con él que lo hiciera.

»Me dio de comer, sanó mis heridas y me indicó el modo de regresar a mis tierras.

Sí, eso parecía muy de ella, le murmuró a la muchacha su padre en haradaico, así como el «olvidarse» de eliminarlo también, para cumplir con la lex tertia: nada de testigos. Aunque quiénes eran Nyx y Antares para juzgarla, si a la postre actuaban igual. Además, despachar a ese maromo en su fase úrsida debía de ser difícil de narices.

—¿Hace mucho de aquello? —intervino la ignífera.

—No llevo la cuenta, pero si tuviera que aventurar una cifra, diría que no menos de un lustro. Periódicamente me allego a las cercanías de Maethelburg para intercambiar huevos, queso y miel por alguno de sus ungüentos y hierbas. —Los dos nízrim alzaron sendas cejas con expresión extrañada e interrogante, lo que violentó un poco al teriántropo, que se sintió presionado a aclarar el motivo por el cual seguía buscando intimar con su congénere—. Para cuando mis animales enferman o le entra alguna plaga a mi huerto.

Antares habría querido continuar sonsacándole más datos para averiguar hasta qué punto era conocedor de los secretos de su especie, pero algo en la comunicación no verbal de Beorn mientras les había estado narrando los hechos tranquilizó al nicrón. Además, en ningún momento había mencionado nada sobre la habilidad acuática de Áurea, ni sobre su necesidad de beber sangre, por lo que presumió que no estaba al corriente de las particularidades más importantes de los Nicrói y por eso la conversa no habría tenido necesidad de liquidarlo.

—Me alegro de que se lleve tan bien con nuestra pariente —se congratuló Antares con una leve inclinación cortés—. Para nosotros, cualquier amigo de Áurea es también amigo nuestro. Es un miembro muy respetado de nuestra comunidad y nunca yerra con quien elige auxiliar.

A Beorn pareció agradarle esa formalidad. Quién iba a predecir que, de entre todos los integrantes de la compañía, los que mejor le estaban cayendo eran los dos en los que menos confiaba el resto.

»Mi nombre es Antares —se presentó al fin, ya que la irrupción del semiorco violáceo había abortado su primer intento—, y ésta es mi hija, Nyxiræ.

El teriomorfo la observó con más detenimiento entretanto ella consumaba su saludo con un breve cabeceo.

—¿Tú también sabes de medicina y herbología? —se interesó.

—No a los niveles de Áurea, pero gran parte de lo que sé, me lo enseñó ella.

Eso fue suficiente para Beorn, que, extendiendo su brazo hacia la casa, les invitó así a entrar de nuevo (y esta vez, con su consentimiento) en su morada. Los enanos se fueron acomodando en las sillas, taburetes y bancos que circundaban la gran mesa frente a la chimenea, aunque algunos no tomaron asiento, como Balin o Thorin, quien se reclinó sobre uno de los pies derechos tallados con motivos de inspiración rohir.

El cambiapieles empezó a traer bandejas con queso, pan y frutas. Antares estuvo rápido y se ofreció a ayudarle a colmar la mesa para el desayuno. Cada vez le caía mejor el nicrón, su (falsa) amabilidad le recordaba a su adorada Áurea. Qué diferencia con otros de sus invitados, con cara de malas pulgas incluso cuando les servía leche. ¡Enanos! Los detestaba, indolentes con la suerte de aquellos a quienes consideraban inferiores. Algo irónico para tratarse de unos seres tan menudos. Pero admitió que los orcos le gustaban aún menos, así que, a pesar de que juzgó una estupidez su plan de atravesar el Bosque Negro tomando el sendero élfico, se comprometió a brindarles todo lo que precisaran para llegar hasta allí con vida.

El mago dio una última calada a su pipa antes de comenzar a enumerar las vituallas que estimaba imprescindibles. Thorin, Balin y Dwalin se unieron a la improvisada elaboración del inventario y acabaron saliendo de la cabaña para que el beórnida les mostrase aquello que podía prestarles.

Los demás estaban tan cómodos que prefirieron terminar de almorzar a gusto. Al fin y al cabo, no habían podido disfrutar de tan buena y abundante comida desde su estancia en Rivendel; vamos, hacía casi una edad para ellos.

El calor que desprendía el fuego de la chimenea transportó a Bilbo a su añorado hogar. Es verdad que desde que salvó a Thorin, todos sus camaradas se comportaban con confianza y cercanía hacia él, pero eso no quitaba que no sintiese morriña de la Comarca y de la apacible vida que había dejado atrás. Así que se dispuso a evocarla el breve tiempo que permaneciesen alojados en la casa de Beorn.

Por contra, la nithré había dado por perdida cualquier oportunidad de confraternizar con la facción de la comitiva a la que sabía que nunca iba a caer en gracia, así que, ¿para qué esforzarse? Es más, en ocasiones, Nyx seguía sin encajar muy bien en los comportamientos sociales esperados (ni tampoco lo intentaba), como cuando se quedaba mirando fijamente a alguien. No con la pretensión de incomodar, al menos no intencionalmente; lo hacía porque se le planteaban un montón de dudas a resolver mientras captaba detalles de sus compañeros; por ejemplo, las orejas puntiagudas de Bilbo.

El mediano la sorprendió escudriñándolo sin pestañear mientras mondaba la manzana que había cogido del frutero. Al percatarse, se detuvo, suspendiendo en el aire el movimiento de la navajuela; pero ella, lejos de desviar la mirada, prosiguió analizándolo.

—¿Oc-ocurre algo? —inquirió Bilbo por agilizar la resolución de la incómoda situación.

Nyx prolongó su mutismo y sus dedos al cartílago picudo del hobbit, que instintivamente se apartó; mal que no logró evitar que ella acabara sobándolo.

—Es curioso que, siendo una especie proveniente de la humana, vuestras orejas sean más parecidas a las de los elfos. ¿Por qué será? —se cuestionó entretanto continuaba acariciando la ternilla de la oreja con total familiaridad y nula preocupación por la agitación de su pequeño amigo.

Lo peor es que eso llamó la atención también del padre de la chica, que se acercó a huronear y, en un parpadeo, el mediano se encontró entre dos nízrim que lo escrutaban con ojos ávidos, un punto perturbados incluso para el gusto (y disgusto) del pobre hobbit, que no sabía dónde meterse para dejar de ser el objeto de estudio de ese par de locos. Sólo rezaba para que no se entretuvieran con cada alteración morfológica de su anatomía respecto de la de un humano, como sus pies velludos. Le estaba dando un conato de infarto sólo de imaginarlos acariciando sus empeines.

Por suerte para el pobre, Kíli por un lado y Gandalf por otro reclamaron a sus dos acosadores, regalándole así un poco de tranquilidad para terminarse la pieza de fruta de una buena vez, aunque ya había dicho adiós a su minuto de nostalgia por Bolsón Cerrado, y casi que en realidad se le había quitado hasta el hambre, así que acabó dándosela a Bómbur muy bien peladita.

—Ah, por cierto, Bilbo, ¿verdad? —preguntó el padre de su compañera para no equivocarse al llamarlo.

El mediano asintió bonachón. Se había dado cuenta de que, desde que la tarde anterior entraron a la carrera en la alquería, nadie había hecho las presentaciones entre ellos dos, por lo que era normal que dudase.

»Me parece que esto debe de ser tuyo —le dijo Antares mientras de uno de sus bolsillos sacaba

El anillo.

¡¿Cómo?! ¡No podía ser! El hobbit se lo arrebató de la palma de la mano con un ansia casi voraz, pero Antares le restó importancia porque tenía constancia de que para muchas razas, verbigracia los Naugrim, las posesiones materiales podían serles de extrema valía.

»Estaba caído a mi vera cuando me desperté hace un rato, medio escondido entre la paja —explicó—. Casualidad que lo encontrara. El diseño me pareció demasiado sencillo comparado con los que exhiben los enanos, así que supuse que sería tuyo.

—Sí, es mío —se apresuró a confirmar el mediano, frisando las malas formas.

—Si no, sólo me quedaban Beorn o Sōkrátēs, aunque sinceramente, no los veo mucho de lucir alhajas —apostilló por lo bajo con una mano cerca de la comisura contraria para asegurar la discreción del comentario según se iba alejando detrás del susodicho Istar.

Aunque a Bilbo le importó un rábano y casi que ni le prestó atención a la torpe mentira con la que tentaba justificarse. Estaba convencido de que había tratado de robárselo. De seguro la noche anterior lo había cazado sujetando el anillo, aunque el mediano habría jurado que comprobó que todos alrededor dormían antes de extraerlo del bolsillo de su chaleco, pero estaba claro que ese tipejo lo había engañado, fingió con los ojos cerrados y luego lo habría visto con su tesoro.

Sin embargo, para variar y sin que sirviera de precedente, el térreo no mentía. De verdad notó un pequeño objeto cuando se ladeó sobre un costado al desperezarse por la mañana. El anillo había rodado desde la chaquetilla del mediado, y sorteado pacientemente cada montoncito de paja, hasta frenarse bajo su flanco. Pero ni Bilbo, ni Antares fueron testigos de tal hecho inexplicable. En cambio, si lo hubieran presenciado Gandalf o Galadriel, primero, muy probablemente ni mi familia ni yo habríamos muerto y otro gallo nos habría cantado, y segundo, tampoco se habrían sorprendido mucho porque ellos sí conocían la naturaleza del anillo, que contaba con voluntad propia y siempre buscaba al individuo más poderoso para cambiar de poseedor y, así, ir acercándose poco a poco a su legítimo dueño.

Y no nos engañemos, aquella noche en esa choza sólo había tres personas cuya energía superaba con creces a cualquiera que lo hubiese sostenido desde que se perdió en el Anduin: el maia, el nicrón y su hija, por ese orden; pero que el peregrino gris tuviera puesto a Narya, el Anillo de Fuego, escamó sumamente al Único, pues sabía que su forjador jamás logró someter a ninguno de los tres anillos élficos. De modo que la elección estaba clara.

El problema es que, de vez en cuando, había cosas que se empeñaban en actuar al margen de la voluntad del anillo (qué falta de consideración para con los maquiavélicos planes de Sauron). Primero, que si lo coge un hobbit cualquiera de excursión por las Montañas Nubladas, y luego, que fíjate que los Nízrim no acostumbran a encariñarse con las joyas, por eso de que no les van las posesiones materiales si no conllevan aporte de sabiduría y tal. Que, a ver, es evidente que si a Antares le hubiesen dicho que la sortija que le estaba devolviendo al mediano era la que diseñó Dōnōfer para sí mismo, pues hombre, ni se lo habría pensado, porque bien era sabido que el servidor de Morgoth vertió en su obra toda su erudición y depositó dentro parte de su esencia. Para colmo, desde que mató a Celebrimbor y él fuese vencido, esa tecnología ya no se manejaba en la Tierra Media. Una técnica tan sublimada que era harto difícil distinguir el Anillo de Poder de cualquier otra baratija similar, precisamente porque el Señor Oscuro lo forjó muy bien. El cabrón podía camuflarse y pasar desapercibido para no levantar sospechas en personas non gratas. Lo malo es que al final eso jugó un poco en su contra, ya que el anillo se dio un paseo en balde porque acabó donde al principio, en el bolsillo del jubón verduzco de Bilbo, para desesperación suya (dentro de lo desesperado que pueda sentirse un objeto inanimado). Nada, tendría que conformarse con el mediano hasta toparse con un sustituto mejor al que embaucar.

Por fortuna, su influjo en el hobbit era todavía ínfimo, tal es así que no bien lo hubo escondido entre sus ropas, se le esfumó por completo la aversión hacia Antares. ¿Cómo iba él a enfadarse con el padre de su amiga, encima que le había devuelto algo que había perdido? Cualquiera en Bree se lo habría quedado, o incluso en Hobbiton había quien tenía fama de amante de lo ajeno (cof cof, Lobelia Sacovilla-Bolsón, cof cof). No, definitivamente Antares tenía que ser un buen tipo. Y en ésas estaba cuando Bófur lo sacó de sus pensamientos para pedirle que le echase una mano con un hatillo, porque Fíli y Kíli estaban ocupados con Nyx haciendo no sé qué.

Bueno, no sé qué, no, que estaban haciendo inventario de armas, pero a Bófur cualquier oportunidad se le antojaba apropiada para lanzar alguna pullita salaz, el muy picaruelo. Porque, a ver, tonto no era, que al igual que Antares, a él tampoco se le escapaba que los sobrinísimos estaban muy afectos con la joven desde que ésta volvió a unirse a la compañía, aunque uno más que otro. Concretamente, el rubio más que el moreno. Y sí, Kíli podía haber intentado tirarle más la caña a la muchacha, entre otras cosas porque, aun siendo el menor de los hermanos, era el más abierto y jovial y esa personalidad solía encandilar más a las mozas (y según pudo comprobar en Imladris a su pesar, también a los elfos más efebos). Pero, aunque Nyx fuese su tipo (siendo su tipo cualquier mujer fuerte y mínimamente atractiva) y en varias ocasiones ella parecía seguirle el juego, hubo un momento en el que lo desechó de su cabeza, y ese punto de inflexión fue cuando vio que su hermano mayor no dudó ni un segundo en ser el primero en querer dar su sangre a la chica agonizante dentro de la caverna de las Nubladas.

Eso le impactó. Sí, ella era una compañera y habían llegado a estrechar lazos invisibles desde el lance con los trolls pese a las sucesivas fricciones (alentadas principalmente por su tío, y por Dori y Nori después), pero a la postre, Nyx seguía siendo una extraña, alguien que no pertenecía a su pueblo; en definitiva, una gentil por la que un khuzd no debía arriesgar su vida por encima de otro khuzd al que pudiera salvar en un futuro. Y el hecho de que Fíli no hubiese vacilado ni un segundo en sacrificarse (¿quién les aseguraba que no moriría por exanguinación si ella requería chuparle toda la sangre?), activó un resorte en el cerebro de Kíli que le reveló que lo mismo su hermano sentía algo más fuerte que el simple tonteo que él había mantenido con la nithré, por lo que decidió echarse a un lado.

Obró bien. En las breves conversaciones que tuvo con el rubio desde que se apearon en la Carroca, lo notó preocupado por la muchacha. No sólo porque la habían abandonado a su suerte en el Claro de los Lobos a merced de un puñado de huargos y orcos, sino porque de veras creía que nunca más la volvería a ver dada la distancia que las Águilas habían puesto de por medio. Y pese a que en realidad no le había confesado nada, el moreno conocía a su hermano profundamente y no podía engañarlo, aunque se engañase a sí mismo. Fíli procuraba aparentar entereza, pero el arquero percibía la honda tristeza que lo anegaba: por no haberse podido despedir; porque, a lo peor, ella no sentía lo mismo; porque, aun siendo correspondido, como heredero de la corona jamás aprobarían su relación…

Pero Kíli era bastante bisoño e insensato en general, así que eso último se le daba una higa, de modo que, desde que regresó Nyx, se prometió ayudar en todo lo posible a su hermano para que tuvieran una oportunidad, aunque luego la vida les diera de hostias y los separase a causa de sus responsabilidades, pero al menos no se lamentaría por no haberlo intentado.

De manera que se inventó una excusa vana para dejarlos solos contando armas, bien que no sabía si su hermano lo aprovecharía. Hasta entonces lo había visto coquetear con desenvoltura en tabernas y mercados con muchas chicas guapas, las cuales no hacían ascos a su apostura gallarda y cautivadora. Pero era sólo eso: simples galanterías, habituales entre gente joven y bien parecida, y que no hacía daño a ninguna de las partes. Nunca manifestó pretensión alguna de seducirlas. No quería atarse con compromisos que, por su posición, no podría cumplir, y su mentalidad no concebía afrentar a ninguna dama. Como miembro de la familia real cuya educación se cuidó con esmero, desde pequeño le enseñaron la importancia de las enanas en la sociedad Khazâd; aunque eran de constitución fuerte, sus leyes las protegían, pues su número en proporción era inferior (no llegaban a un tercio de su población), y ese respeto adquirido terminaron profesándolo por extensión al resto de féminas, fueran de la especie que fueran (bueno, hacia las elfas les costaba un pelín de esfuerzo, no iban a negarlo).

Sin embargo, últimamente el arquero creyó apreciar algo de timidez en Fíli cada vez que hablaba con Nyx, un rubor desconocido que jamás le había cazado en sus anteriores galanteos juveniles. Por eso no sabía su hermano aprovecharía ese rato a solas para avanzar posiciones tácticas, pero de lo que sí estaba seguro era de que disfrutaría mucho de su compañía, mal que no intercambiasen una sola palabra. Sencillamente parecía bastarle estar junto a ella. Y sólo con eso el moreno era feliz.

—¿Y esa sonrisa alelada? —Oyó una mofa inocente a sus espaldas.

La inesperada y bien templada voz de tenor de Antares le sacó de su ensimismamiento.

—Oh, no es nada. —La verdad es que, salvo cuando flirteaba, Kíli no era el summum de la agilidad mental en cuanto a contestaciones ingeniosas se refiere, y para colmo, con los mayores tendía a arredrarse. Tanto más con el padre de su compañera. Máxime cuando cayó en la cuenta de que lo mismo a él, al igual que a su tío, podía no gustarle la idea de que su hija alternase con alguien que no fuese de su especie.

—¿Nada? —repitió el térreo burlón—. Pues para no tratarse de nada, parecía divertirte ver a tu hermano departiendo con mi hija.

Tamaña pillada le había hecho. No esperaba haber sido tan obvio, sobre todo porque estaba convencido de que, aunque la muchacha caía bien a algunos de sus apareceros como Bófur u Óin, su plan de juntarla con Fíli no iba a tener una calurosa acogida entre los miembros de la compañía y por eso debía ser cauto con sus componendas. Sin embargo, la reacción del nízrim distaba mucho de la que tuvo su tío en Rivendel después de sorprenderlos tonteando con la joven. De hecho, diría que era completamente opuesta. ¿Acaso no le molestaba que Nyx se emparejara con un enano?

—Bueno —titubeó el arquero—, es porque simplemente creo que hacen buena pareja —soltó con franqueza sin pensarlo mucho. Había algo en la cercanía de ese hombre que le infundía confianza, bien que no sabría explicar el porqué.

Pero Antares sí que conocía el motivo, era bastante simple. Ya se lo recalcó a Nyx durante su primer encuentro tras abandonar Imladris, en el que deliberaron quiénes de los trece enanos (al mediano lo descartaron rápido) serían los escogidos. Incluso estando a punto de degollar a Kíli, los sobrinísimos no sólo no albergaron rencor por esto, sino que además fueron los primeros en sentir atracción por ella debido principalmente a un tema hormonal de su pubertad… coadyuvado por el particular olor corporal de los Nízrim. ¿Quiénes eran ellos para desdeñar la efectividad de determinados agentes químicos cuando podía jugar tanto a su favor?

Aunque para jugada a su favor el tremendo aliado que acababa de ganarse Antares. Exultante se hallaba. No se creía su buena suerte. La noche anterior porfiando porque su vástago había metido la pata con el rey nogoth y eso le había costado tener que tramar enrevesadas futuras acciones encaminadas a agenciarse a los sobrinos reales, y de resultas que uno de ellos estaba ya de facto colaborando desde las sombras.

—Humm —fingió sopesar la irreflexiva afirmación del zagal—, no me resulta descabellado —contemporizó con él, dispuesto a empezar a sembrar para recoger pronto los frutos—. ¿Sabes? Tu hermano se parece bastante físicamente a un antiguo novio de Nyx, así que no me sorprendería que a ella también le gustase. Al fin y al cabo, es su tipo —deslizó como al descuido según salía de nuevo de la choza al exterior, dejando al moreno flotando en un mar de sensaciones encontradas.

¡Estaba internamente saltando de alegría, todo esperanzado con que la chica se sintiese naturalmente atraída por Fíli y con la posibilidad de que, efectivamente, pudiesen acabar juntos! Aunque rápidamente le sobrevino el bajón, porque hasta ahora no había caído en la cuenta. La realidad de su propia raza le asestó como un mazo. La confidencia de Antares acerca de antiguas parejas significaba que los Nízrim eran como los humanos, podían querer a varias personas. En cambio, los elfos y los enanos sólo se enamoraban una vez. En toda su vida sólo amaban a una única pareja, y si por desventura, ese amor no era correspondido o la otra persona fallecía temprano, el enano estaba destinado a terminar sus días solo. Una cruel condena la remembranza del ser amado ausente, por quien suspiraría afligido hasta que le llegase la muerte. Por eso, para los Dernlir el amor era algo muy serio, tan serio que muchos enanos pasaban sus largas vidas solos por propia elección, ya que si no estaban completamente seguros de que sus sentimientos eran auténticos, preferían la soledad a casarse con una enana que de verdad no amasen. De ahí que el cortejo enano en ocasiones se alargase por décadas. También había casos de flechazos o amor a primera vista, en los que no cabían dudas y todo iba muy rápido (y tampoco había mayor problema); pero para aquellos cuyo enamoramiento se fraguaba a fuego lento, cualquier prisa quedaba descartada de plano.

Una súbita presión atenazó al arquero. ¿Y si se equivocaba y su hermano no estaba enamorado pero él forzaba lo contrario? Lo estaría sentenciando. No, no podía precipitarse, tenía que asegurarse antes. ¿Quizás si le preguntaba directamente? ¡Qué cuernos! Eso no le iba a funcionar, últimamente Fíli se había comportado más retraído. Desde lo de la chica muerta y el chamizo de las Nubladas, ya no se abría tanto con él cuando charlaban en sus rondas nocturnas. De hecho, ya casi no hablaba, o hablaba muy poco en comparación con antes. Se dio cuenta de que había sido él el que prácticamente había copado sus conversaciones y que el rubio se había limitado a escuchar y a intervenir con monosílabos u oraciones simples. Mas ese decaimiento levantó después del regreso de Nyx; su semblante desapasionado y circunspecto se disipó y recuperó la apacible luz del Fíli de antes. Por eso, el moreno creía haber leído bien esas señales. Eso tenía que significar algo, ¿no? Volteó a observarlos juntos de nuevo y ahí estaba, su hermano literalmente irradiaba. Enfrascados en repasar el filo de aquellas piezas melladas o romas, Fíli se había animado a relatarle a la joven los pormenores de las guardas de sus dagas y los misterios de la simbología gonhir que encerraba su talla. Y ella atendía con avidez.

Pero había otro que también tenía el ojo puesto en la buena sintonía entre Fíli y Nyx. Y no le gustaba ni un pelo.

Thorin los vio de refilón mientras seleccionaba pertrechos por la hacienda junto con Dwalin y Balin. Al principio no le concedió importancia, pues detectó las armas apiladas y dedujo acertadamente que las estaban aprestando. Empero, como pasó varias veces y en todas los vio juntos y solos, aquel conventículo empezó a mosquearle. No sabía qué le jodía más: si el hecho de que la prohibición que impuso a sus sobrinos en Rivendel había terminado diluyéndose con el tiempo y el roce, y ellos la presuponían ya expirada, o el hecho de ver a la muchacha tan abiertamente relajada disfrutando con la compañía de otro hombre. Decidió que no tenía por qué conocer el motivo de su fastidio y, para disolver su conchabeo por la vía rápida ahorrándose una escena de celos de la que ni él mismo estaba seguro, reclamó a su sobrino en voz alta desde la distancia para encargarle cualquier otra tarea.

Si bien es cierto que a Nyx le irritó un poco que cortara tan abruptamente su cháchara con lo que estaba aprendiendo acerca de los motivos geométricos con los que los Nogothrim ornaban sus hachas y espadas, se recompuso presta porque su padre requería ayuda. De hecho, la ígnea se molestó profundamente de que no la hubiese llamado antes. Beorn había amagado con incinerar el cadáver (esta vez, de verdad, porque ya no se movía) del medio-orco que decapitó por la mañana y su padre tentaba disuadirlo por todos los medios con flema diplomática, pero le estaba costando horrores convencer a aquel hombretón de que, al menos, le dejase analizarlo. Hasta Gandalf apoyó sus argumentos científicos, pues desde el mazazo de saber que una peste ignota se estaba propalando sin que ni él ni sus aliados se hubiesen percatado, había asumido como propio el mismo interés de los Nízrim (por raro que le resultase coincidir con ellos) en combatirla, y para ello, la mejor baza era documentarse.

Pero el teriántropo, erre que erre, que a ese bicho había que quemarlo.

—Tiene razón, padre —reviró Nyx para sorpresa de los allí presentes—. Puede que nosotros, el brujo e incluso los enanos seamos inmunes, pero ni los beórnidas ni los hobbits tienen sangre maia, élfica o naug que les garantice una probabilidad de no contagiarse.

—La transmisión es por saliva o sangre a través de mordedura y éste ya no puede morder —contraargumentó el telúrico apuntando a la piltrafa—. El riesgo es prácticamente nulo ahora.

—Sí, pero la progresión del contagio ha ido incrementándose de forma exponencial desde el último bienio. Puede que se deba a que los tiempos de incubación del patógeno se hayan reducido, pero tampoco descartaría un cambio en el modo de propagación —arguyó serena—. Y en tal caso —se giró hacia el cambiapieles—, le recomendaría encarecidamente que no manipulase el cadáver.

Vaya, vaya. Ésa sí que era buena. Se la había colado, Antares no lo vio venir, de verdad creía estar debatiendo con su vástago sobre la conveniencia o no de eliminar al inficionado sin poderlo estudiar, pero en cuanto destapó su as, le asaltó un súbito orgullo por el ingenio de Nyx. Sembrar el miedo a infectarse para que el teriomorfo se retirase (no sin antes prometerle que ellos se encargarían de que no quedasen ni los huesos del desdichado) y les dejase proceder con la inspección visual (porque poco más podían hacer).

Y así, la tarde se les escurrió ajetreados entre una rústica autopsia a unos, y los preparativos del inminente viaje a otros. Pasarían la noche en el caserío y partirían al amanecer, cuando Beorn regresase de su guardia nocturna en fase úrsida, pues la luz del alba era la que más laceraba la visión nictálope de los orcos.

Gandalf y Antares fumaban apaciblemente en la veranda, alternando ratos de charla con otros de silencio sosegado. El mal rollo que se generó durante la áspera negociación se le antojaba lejano al ermitaño: el incidente con el semiorco; las advertencias del cambiapieles durante el desayuno acerca de los huercos, los poco amistosos elfos silvanos y la oscuridad creciente en el Bosque otrora Verde, ahora lleno de peligros insondables; y todo el frenesí de los Hadhodrim poniendo patas arriba el rancho en su acopio de suministros hicieron que aquel conticinio el viejo cascarrabias se sintiese un poco más viejo y un poco menos cascarrabias debido al cansancio. Si bien al principio, cuando el nicrón arriscó unirse unilateralmente a su momento de asueto privado, intentó no ceder porque quería saborear a solas lo poco que le quedaba de la hierba del viejo Toby, mas acabó rindiéndose a la personalidad arrolladora y dicharachera del terroso.

Entre otras cosas, porque tal vez podía sacarle partido a la compañía de su viejo conocido y aprovechar para sonsacarle información que no pudo obtener de la joven: cualquier dato extra sobre la plaga, sobre la tumularia, o, ya puestos, sobre las maquinaciones de su propia especie, por ejemplo. Soñar era gratis.

A Antares no le costó discernir enseguida las intenciones del anacoreta, pero sentenció útil compartir determinados detalles (máxime cuando había estado presente hacía un rato cuando destriparon al medio-orco). A fin de cuentas, los Nicrói se caracterizaban por su pragmatismo, cuantas más manos luchasen contra la propagación de la enfermedad, menos trabajo para los suyos. Con reservarse los resultados de ciertos informes calificados como «alto secreto» por los prætores, bastaba.

Luego, el quintañón sacó a colación el episodio de la tumularia. Su problema es que, por desgracia (o bueno, más bien por fortuna) él no había sido testigo presencial, sino que todo lo que sabía (que era poco) se lo habían contado los enanos, y bien conocía el mago su tendencia a exagerar las historias. Acostumbrados a escribir epopeyas de sus hazañas bélicas, a veces caían en la tentación de exornar demasiado sus relatos épicos.

El sísmico le refirió los cuentos de terror que contaban los Nízrim a sus hijos acerca de los tenebræ como una suerte de manual de instrucciones en el improbable caso de cruzarse con alguno. Gandalf ya había escuchado a otras culturas hablar de espectros similares; por ejemplo, en Rohan los llamaban dwimmerlaik. Infirió que el fenómeno de los tumularios no se circunscribía únicamente a la región de las Quebradas de los Túmulos, sino que podía replicarse en puntos distantes entre sí. ¿Quizás conjurando algún ritual?

—Humm —rumió el ermitaño su alongada pipa—. Nyxiræ fue la única que estuvo lo suficientemente cerca de ese engendro. Puede que-

—No, Sōkrátēs —atajó hábil Antares—, no vas a interrogar a mi hija sobre la tumularia. No deseo que reviva recuerdos con sabor a óxido y putrefacción.

—Pero es necesario recabar la mayor cantidad de datos posibles. Que los muertos caminen siempre ha sido presagio de próximas catástrofes.

—Y como concordamos en ese punto, ya hemos abierto las diligencias previas para iniciar la investigación.

El brujo alzó una ceja de indisimulado asombro.

»Tampoco te sorprendas tanto, viejo. —Se sonrió el térreo por la confianza del espontáneo apelativo con que se había acostumbrado a dirigirse al Istar—. Que una tenebra ande suelta por un andurrial no es algo que nos incumba. Pero si esa criatura se adentra en territorio habitado y esparce sin control sus estragos, ya nos contraría algo más. En este caso, si avanzaba hacia las Nubladas y se topaba con demasiados trasgos, los de aire se habrían ido quedando progresivamente sin sustento, y eso no nos conviene en absoluto.

A Gandalf le cuadraba la exposición de su amigo, pero no quería condescender tan pronto, así que simuló meditarlo entretanto daba una calada pausada.

»Además, ya sabes que todo lo enigmático nos intriga —remató para terminar de disuadir al mago de abordar a Nyxiræ—. Jamás desdeñamos un buen arcano que tenga su miga. Es como una droga para nosotros. Así que descuida, en cuanto desentrañemos el misterio, yo mismo te lo comunicaré.

—No sé si puedo fiarme —masculló mientras masticaba la boquilla—. Sobre todo, si me toca esperar otra media edad para charlar de nuevo contigo.

El nicrón soltó una risotada franca que acompañó con un par de palmadas en el hombro de su colega, dejándola allí apoyada al percatarse de que alguien se aproximaba, lo cual tomó como un signo propicio para zanjar ahí su tertulia.

—Hmm, algo me dice que la próxima vez no tardarás tanto en volver a verme —aventuró el térreo conforme se ponía en pie. Y no reprimió una breve risa que iluminó sus facciones, buscando que el maia gruñón desfrunciera el entrecejo.

Otra de las habilidades del terrino: era capaz de imbuir una convincente tranquilidad con la misma desenvoltura con que podía concitar el más subrepticio de los temores. O quizás fuese el ascendiente de Narya, el anillo rojo que el Istar siempre portaba consigo, lo que animó a Antares a hablar más de la cuenta y a filtrar ese augurio como quien desvela a medias un secreto, para reconfortar así al venerable anciano y de paso, escaquearse dentro de la masía y dormir sus cuatro horas reglamentarias.

Cuando entró, la mayoría estaban ya en el quinto sueño, salvo su hija, abstraída en un libro exquisitamente encuadernado, de indudable factura élfica, el mismo que ya le había visto la noche anterior, lo cual reavivó su curiosidad. Se valieron del crepitar de la lumbre en la chimenea para susurrar en su idioma nativo por fin, ya que nadie podría oírlos.

Nyx le resumió a su padre que lo encontró en la biblioteca de Elrond, de donde lo tomo «prestado» porque ponderó peligroso que hubiese un compendio sobre los Nicrói, por eso de que «nada por escrito».

El asunto no era baladí. Si un señor elfo había editado un epítome saltándose el pacto tácito de no divulgar la existencia de su etnia, nadie les aseguraba que otros no hubiesen obrado de igual manera. Debía comunicarlo a la mayor premura, aunque la chica apostaba a que Annea ya habría hecho lo propio, puesto que llegó a mostrarle el intonso antes de que se separasen tras aterrizar en la Carroca.

Sea como fuere, la ígnea disuadió a su progenitor de ponerse a convocar a la peña a altas horas de la madrugada para algo que perfectamente podía esperar a otro día. Pero en ese instante, como si los hubiesen oído o leído la mente en la distancia, el fuego mortecino que el trashoguero aún mantenía vivo comenzó a titilar. Un mensaje críptico más extenso de lo habitual.

—¿Qué dicen? —inquirió Antares cuando percibió que las llamas retornaban a la normalidad.

—Nereyn nos proporciona un equipo de apoyo para la misión —tradujo sin apartar la vista de la flama por si acaso todavía tuviesen algo más que notificarles—. Por lo visto, Áurea está dentro. A los otros dos apenas los conozco, aunque supongo que tú sí. Annea será la superior al cargo —resopló con hastío. La ígnea había fantaseado con no tener que volverle a ver el careto hasta después de haber confrontado al dragón, y resulta que ahora la iba a tener hasta en la sopa. Dabuti.

—¿Algo más?

Nyxiræ negó con la cabeza.

»Bueno, tiene lógica que Áurea sea una de las asignadas a la brigada —hiló el terroso—. Lleva años radicada en las estribaciones del Bosque Verde. Es la que más cerca les pilla de nosotros y la que más puede acortar los tiempos de respuesta ante una eventualidad.

«Sí, si tendrá toda la lógica del mundo, pero que me jode tener a Annea todo el rato sobrevolándonos cual mosca cojonera», se enfurruñó el alter ego de Nyx.

Mejor una última partida de ajedrez para desquitarse, y luego, al catre, que tenían que levantarse frescos y antes que los demás para hincarle el diente a alguna cabra u oveja para aumentar sus reservas.

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El teriántropo regresó de su ronda de vigilancia mucho antes de que se distinguiesen los colores con la luz del sol naciente, empero los dos nízrim estaban ya fuera de la casa, entrenando algún arte marcial que el beórnida desconocía, pero no se sorprendió por eso, sino porque era demasiado temprano aún como para que estuviesen ya levantados. Por su parte, a Antares le chocó verlo tan pronto de vuelta, y no a primera hora, como habían acordado. Beorn alegó que esa noche había habido poco trasiego entre las manadas huercas. Obviamente, ellos no estaban al corriente de que Azog, Bolg y sus respectivas cohortes se habían congregado en la fortaleza en ruinas de Dol Guldur, por lo que sólo unos pocos retenes ejercieron de centinelas de los movimientos de los Naugrim.

Con todo, las escasas señales de huercos no cambiaron en nada los planes y, a la alborada, ensillaron todos los equinos de la granja. El cambiapieles los acompañó durante una milla adentrándose en el abedular hasta un calvero donde sus cabalgaduras pastarían y abrevarían una última vez.

—Liberad a los ponis antes de entrar en el Bosque —demandó Beorn al nicrón y al mago, el cual le dio su solemne palabra antes de que el aleteo de unos cuervos los pusiese en alerta.

Aunque la incipiente luz solar los retuviese en sus posiciones, los orcos no cejaban en su cometido de acechar a la compañía. Gandalf se revolvió crispado porque estaba seguro de que la verdadera pieza clave del rompecabezas le estaba siendo vilmente esquiva. Se le antojaba harto difícil que la simple venganza fuese lo único que arrastrase al Pálido Orco fuera de su agujero.

»Hay una alianza entre los orcos de Moria y el hechicero de Dol Guldur —reveló Beorn—. Las manadas se reúnen allí. Cada día llegan más y más.

Dol Guldur… El Istar remembró la conversación con Radagast el Pardo, quien le advirtió de que allí se escondía aquel a quien llamaban «El Nigromante». Y ahora se enteraba de que Azog el Profanador le rendía pleitesía. ¡Maldición! Aquello no pintaba bien. Desde el fin de la Guerra de la Última Alianza, sin Sauron, los orcos sólo siguieron a cabecillas de su propia raza y no hincaron la rodilla ante ningún otro señor. ¿Por qué diantres ahora un huerco de la talla de Azog se plegaría a las órdenes de un hechicero?

—Gandalf, no perdamos tiempo —urgió Thorin desde el claro.

Comenzaba a impacientarse. Todo minuto era valioso para poner tierra de por medio entre ellos y la hueste enemiga.

—Hay más —instigó el teriántropo—. No hace mucho corrió el rumor de que habían visto muertos caminando en los Altos Páramos de Rhudaur.

Evidentemente, Beorn puntualizó que no se refería a muertos como el semiorco del día anterior, sino de espectros que salían de sus tumbas, pero hasta entonces él no había tenido constancia de que hubiese enterramientos en esas montañas. Gandalf tuvo que admitirlo: allí fue sepultado el Rey Brujo de Angmar junto con sus acólitos, perecidos en la última Gran Guerra. Pero, en teoría, habían lanzado fuertes encantamientos élficos para prevenir que tornase del Más Allá. ¿Cómo habían conseguido romperlos?

»Recuerdo un tiempo en el que un gran mal gobernó estas tierras, lo bastante poderoso para resucitar a los muertos —reflexionó Beorn lóbrego—. Si ese enemigo ha regresado a la Tierra Media, deberías decírmelo.

Antares había estado callado todo el rato. En realidad, él sólo quería despedirse amistosamente de su anfitrión. Le había gustado la experiencia de vivir un par de día con un beórnida, era un privilegio poco común para un nízrim; pero acabó enganchado dentro de la conversación entre aquellos dos sin saber muy bien cómo salir sin parecer maleducado. Sin embargo, le intrigó el cariz que estaba tomando la plática.

Cuando Beorn mencionó la habilidad de revivir a los muertos, enseguida le vino a la mente un conocido suyo, un peredhel de nombre Bronwë («Constante» en sindarin) que ya había tenido problemas con muertos vivientes y posesiones de cuerpos por ánimas furibundas. Un concepto este, el de las almas en pena, que para la mayoría de sus congéneres elfos era sinónimo de herejía. Eru Ilúvatar, ser supremo todopoderoso, había dispuesto para los Edain, sus segundos hijos mortales, un destino diferente del de los Eldar, y éstos no concebían que ese hado se redujese a permanecer atados a este mundo como fantasmas errantes sin posibilidad de redención.

El térreo valoró fugazmente reencontrarse con Bronwë para averiguar más sobre las tenebræ cuando todo el asunto del reclutamiento de los cuatro seleccionados hubiese concluido. Quizás la vasta experiencia como exorcista del peredhel, en ese campo ignoto para Antares que era el ocultismo —por considerarlo acientífico—, pudiese paradójicamente arrojar algo de luz a las sombras de la masacre de la cabaña.

Empero, de todo lo que dijo Beorn, no fue la alusión a los cuerpos reanimados lo que más espeluznó a Antares, sino la insinuación de que cierto enemigo podría haber regresado. Gandalf trató de tranquilizar al cambiapieles asegurándole que el jefe de su orden afirmaba que fue vencido y destruido, pero cuando le interpeló por su propia opinión, el peregrino gris se retrajo, dubitativo, eludiendo verbalizar su temor, como si con sólo mentarlo, pudiese tornarse corpóreo. Y eso escamó en suma al nicrón. A ver, hacía un tiempo que su etnia había detectado actividad huerca en Dol Guldur y, al igual que el Istar Pardo, habían sentido hablar del Nigromante, pero para ellos se trataba del típico megalómano flipado que, con unos pocos conocimientos de magia negra, echaba un mal de ojo y atemorizaba a los cuatro pueblerinos de turno.

No obstante, que Sōkrátēs, uno de los mayores conocedores de la naturaleza del Señor Oscuro, albergara serias sospechas (fundadas o no) de que ese taumaturgo fuese Sauron, ¡ay!, amigo, eso eran palabras mayores, por mucho que el tal Saruman perjurase lo contrario.

No, no podían dejar de investigar esa pista. El solo hecho de que Dōnōfer volviese a la Tierra Media (daba igual en qué forma, incluso como si se reencarnaba en un inofensivo conejito) trastocaría por completo el proyecto a largo plazo de los Nicrói. Ante la gravedad de la suposición, en ese momento Antares asumió el papel de su amigo el Décimo Tribuno y se obligó a creer que esa remota posibilidad era cierta y a actuar en consecuencia, por lo que debía elevar sin demora tal información capital, así fuese una mera especulación, a la Consuleia.

Otra bandada de grajos revoloteó ruidosa y Beorn supo que les había robado demasiado tiempo a sus huéspedes, así que les apremió a marchar al galope y el térreo maldijo no disponer ni de un mísero minuto para poder enviar su mensaje ni tan siquiera a la cuadrilla de apoyo. Aun así, decidió aplicar la primera ley del codex quattor legum de su raza y transmitírselo a su hija. Si por lo que fuere, se separaban y a él le pasaba algo, la desconfianza del anacoreta de que Sauron había regresado no podía perderse en el olvido. De modo que, como compartían montura, se lo espetó sin tapujos, pero sin pretensión de alarmarla, sólo como una hipótesis reservada que necesitaba ser verificada. Se habían ubicado convenientemente en la retaguardia de la escuadra y el ruido desbocado de los cascos de la caballería amortiguó su revelación a posibles oídos indiscretos. Tampoco es que nadie fuese a entender un carajo hablando en su lengua materna, pero por si acaso. Nunca se es lo suficientemente precavido.

Sin embargo, si hubiera presagiado que su hija iba a morir por conocer ese secreto, jamás se lo habría revelado.

Pero Antares lo supo demasiado tarde y ya no pudo hacer nada para evitarlo.