La respuesta fue tres horas.
El inspector LaMontagne se presentó con su cara triste y su barba de cuatro días en la puerta con una orden de registro, alborotando a niños y a perros por igual. Junto a él estaba el capitán de la policía de Jacksonville, Gregson, menos triunfante y cómodo que el inspector. Mientras sus abogados aparecían, Will le invitó amablemente a tomar un café, haciéndole sentir incluso peor.
Como esperaba, el señor Gadner y la señora Lockhart no tardaron ni una hora en llegar, exigiendo cada informe, cada foto y cada nombre de los agentes que estaban allí. Will los observó con satisfacción. Hannibal en persona se había asegurado de dejar la casa impoluta y Will se había deshecho de todas las pruebas de su trabajo. No iban a encontrar nada.
Conforme pasaban las horas, más incómodos se veían los agentes que inspeccionaban la casa y más nervioso parecía LaMontagne.
- ¿Qué había en esta habitación? – Dijo LaMontagne señalando la antigua habitación de Thomas.
- Era la habitación de mi hijo Thomas. Ahora estudia fuera del país.
- ¿Dónde exactamente?
- Eso no es de su incumbencia, agente. A menos que quiera lanzar una acusación contra él también. – Señaló la señora Lockhart.
LaMontagne rodó los ojos y continuó inspeccionando el piso superior. Habían puesto toda la casa patas arriba, como un huracán a su paso. El señor Gadner ya se había hecho cargo de hacer las fotografías pertinentes para reclamar daños y perjuicios.
Todo lo que hubiera podido pertenecer a John I (ahora Andrew), a John II (Ahora Spencer) o Sienna estaba en el fondo del mar, con el resto de las pruebas. Ziva y Ruth se habían llevado la mayoría y habían tenido la precaución de ir tirando las bolsas atadas a ladrillos en diferentes momentos del viaje de ida y de vuelta, por lo que tendrían que drenar todo el jodido mar si querían encontrarlas.
A la hora de la merienda el FBI seguía en su casa, escaneando el terreno del jardín en busca de pistas. Como si fueran tan estúpidos como para enterrar un cadáver en él. Imbéciles.
Will había mandado a los niños a pasar el día fuera, sobre todo para evitar el estrés que Paul y Beverly podrían sufrir. En casa ya solo quedaba toda la plantilla del FBI, Will, Mischa y sus abogados. Y los perros persiguiéndoles por doquier.
Dos coches nuevos acercándose le sorprendieron. ¿Qué más podía faltar, la brigada antiexplosivos? Aquello era una fiesta.
Isabella Bouvier bajó del primer coche con aire señorial, como una reina en sus dominios. La seguía de cerca un hombre más joven con aspecto de ser su asistente. Del otro coche salieron el director Armitage y dos hombres que a Will le sonaban vagamente, pero no podía situar.
- Senadora Bouvier. Que sorpresa. Director Armitage, ¿Ha venido a escarbar usted también en mi casa? Han hecho en la última hora más agujeros en el jardín que mis perros. – Preguntó Will con ironía.
- Señor Graham, acabo de ser informado de la orden de registro que se está llevando a cabo. Si me disculpa, voy a hablar con el agente al cargo.
Armitage casi huyó corriendo de la afilada vista de Isabella.
- ¿No está su marido en casa? – Preguntó la mujer, mirando a Mischa con una sonrisa.
- Está ahora mismo en Seattle con un cliente. Volverá a finales de semana si no pasa nada más. – Dijo Will señalando al interior de su hogar.
Iban a necesitar un equipo de limpieza de fin de obra para solucionar el lío que habían montado. Por no hablar de que se habían llevado todo objeto afilado a su paso, incluso las tijeras de jardinería de Hannibal.
- ¿Le han dicho al menos por qué están montando semejante espectáculo? – Preguntó Isabella acompañando a Will al interior de la casa con aire crítico.
- Mi marido y yo estábamos interesados en adoptar a unos niños sin hogar. Se llaman Jane y John. Hace una semana se llevaron a Jane a una casa de acogida a la fuerza, precisamente porque habíamos empezado a hablar con Servicios Sociales para su adopción. Jane tiene mucho carácter, se ha escapado de todas las casas a las que la han llevado y parece que ella y otros niños se escaparon ayer de nuevo.
- ¿Y les acusan de secuestrarla?
- Les acusan de sustracción de menores, retención ilegal de menores y de acoso a menores. – Señaló la señora Lockhart entregándole la orden a la senadora.
- Eso es absurdo. – Musitó Isabella releyendo la orden.
- Es estúpido. Teníamos buenas posibilidades con la adopción, nuestros abogados estaban trabajando en ello. La solicitud sigue en curso pero cumplíamos todos los requisitos para ello. Les estábamos convenciendo de ir a un albergue hasta tener permiso para acogerlos. Pero ahora han desaparecido todos gracias al increíble trabajo de la policía. – Dijo Will señalando al capitán Gregson.
- ¿Hay alguna prueba de ello o esto es otro de sus palos de ciego contra una pareja de ciudadanos sin el más mínimo motivo?
- Teniendo en cuenta que tengo una patrulla apostada a dos manzanas de mi puerta, pero con visibilidad directa, día y noche, le puedo asegurar que si hubiera salido de casa a hacer cualquier cosa lo sabrían, ¿Verdad, capitán? – Gregson se tensó, frunciendo el ceño.
¿De verdad creía que no lo había notado? Aquel hombre era idiota.
- La policía solo hace su trabajo protegiéndole, señor Graham, le recuerdo que usted mismo denunció que se sentía en peligro.
- Y yo le recuerdo que Jack está muerto, usted mismo me lo notificó. Por lo pronto, voy a afirmar que no están muy avanzados en ninguna investigación. – Gregson abrió la boca para responder, pero fue cortado por Armitage, que apareció a su derecha.
- Me temo que la orden de registro es sólida, señor Graham. Entiendo que usted y su marido quieran ayudar a estos niños, pero si tienen cualquier información acerca de ellos deben comunicársela a las autoridades. De lo contrario, mañana procederán a continuar con la búsqueda.
- Buena suerte con eso. – Respondió Will con desinterés.
- Si quieren volver mañana me temo que lo harán acompañados de la prensa, director Armitage. No voy a consentir que…
- Con todo respeto, senadora, este ni siquiera es su estado. No entiendo cómo los asuntos del FBI son de su incumbencia. – Gruñó el director Armitage.
- El uso que se da a los fondos que asignamos al FBI es de mi incumbencia, la preocupación de los ciudadanos acerca de la eficacia de los cuerpos de seguridad del estado es de mi incumbencia y el abuso que se hace de los mismos, también.
- Esto es una inspección legitima de una propiedad bajo sospecha tras la desaparición de una menor, ¿Cree que es conveniente poner en duda el trabajo del FBI cuando se trata del bienestar de unos niños?
- Creo que mis votantes estarán muy interesados en conocer esta historia, de hecho. Y el resto de mis colegas en el senado.
Armitage apretó la mandíbula, pero no dijo nada más. Sus dos acompañantes, que resultaron ser el fiscal del distrito y el subdirector del FBI, fueron los bastante inteligentes como para imitarle.
Dos horas más tarde, los agentes abandonaban su propiedad dejando todo el equipo repartido por las inmediaciones para volver en pocas horas y dos agentes apostados en la puerta. Por si se les ocurría sacar el cadáver que no habían encontrado, suponía Will con fastidio.
Para su sorpresa, la señora Bouvier no se había marchado. La encontró finalizando una llamada en el salón. A pesar de parecer cansada, seguía absolutamente impoluta. En ese sentido le recordaba a Hannibal.
Will se dedicó a observar el contenido de la nevera mientras terminaba de hablar y a mandarle un mensaje a los niños. La verdad es que no merecía casi ni la pena cenar en casa, siendo que mañana iban a venir a escarbar de nuevo. Finalmente, decidió mandarle un mensaje a Rossi pidiendo comida y platos de plástico.
Isabella terminó la llamada y miró a su hijo, dudando. Will decidió ahorrarle la incomodidad.
- Puedes preguntar.
- ¿Van a encontrar algo? – Preguntó la mujer directamente.
- Nada de nada. – Le aseguró Will. Isabella asintió.
- ¿Los niños están bien?
Will la miró, sopesando sus opciones. Si no sabía nada de sus actividades ilegales, por lo menos las sospechaba. Hannibal no había especificado hasta qué punto su madre mantenía una vigilancia personal sobre él y su familia, tenía claro que Isabella sabía dónde se metía.
Le debía, por lo menos, la verdad.
- Ahora mismo estarán ya en el avión camino a Inglaterra con Hannibal. Se quedarán allí un par de meses con Abigail y su marido hasta que podamos viajar con seguridad.
Isabella sonrió, más tranquila y contenta de que su hijo confiara en ella lo suficiente para decirle la verdad.
- Me alegro de que hayáis conseguido encontrarla. – Will se encogió de hombros.
- La seguridad informática de Asuntos Sociales es una vergüenza. Cualquiera con mínimos conocimientos puede acceder a demasiada información. – Afirmó Will limpiando la mesa y poniendo los platos para la cena.
- Lo tendré en cuenta para mi reelección. De todas formas, por mucha presión mediática que haga, me temo que Armitage se ha tomado este asunto como algo personal.
- Igual que Jack.
- Entiendo que vosotros os ocupasteis de él. – Will negó con la cabeza.
- Interceptó a los niños a la salida del instituto a punta de pistola. Se los estaba llevando a quién sabe dónde cuando se resistieron. Helena consiguió quitarle el arma pero siguió pegando a Grace. Le disparó más por instinto que por decisión propia.
- Que barbaridad. – Musitó la mujer, negando con la cabeza. – Sospechaba que había sucedido algo similar. Mis hombres captaron las imágenes del coche de Crawford con los niños, pero creía que tú y tu marido lo habías localizado y acabado con el problema.
- ¿Matar a quien nos amenaza es cosa de familia? – Preguntó Will con calma.
Los ojos de Isabella brillaron, felices. A diferencia de los del propio Will era del color del café tostado, pero la forma y la expresividad eran muy similares a las de su hijo.
- Tu abuelo y tu tío Elijah han sido especialmente propensos a atajar los conflictos desde el inicio. Mis vías y de tu tío Nolan son más diplomáticas, por eso estamos en política, pero no voy a consentir que os maltraten de esta manera.
- ¿Y Dean? – Isabella se rio, sorprendida de que conociera a todos sus hermanos.
- Francamente, nadie sabe muy bien qué hace Dean, y preferimos no preguntar. Le va bien y es todo lo que queremos saber.
- Es… agradable saber de dónde viene mi carácter.
- Te pareces muchísimo a Nolan, más incluso que a tu padre. Lo del carácter es nuestro, sí. – Dijo Isabella sonriendo. – Bueno, de mi familia. Yo era diferente.
Will podía percibir la tristeza y la culpa emanando de su madre como una ola. Se preguntó cuantos años llevaba conviviendo con esas emociones.
- Yo no era valiente, ¿Sabes? Nunca lo fui. Mis hermanos me defendían de mi padre, yo me limitaba a poner buena cara siempre, a ser la buena chica. Pero conocí a Beau y él era muy fuerte, pensé de verdad que podía escapar.
- Papá siempre fue un tipo duro. Nada le amedrentaba, era increíble. – Isabella sonrió con tristeza.
- Tenerte a ti me hizo valiente. La noche que naciste fue la última vez que se le ocurrió al mío levantarme la mano. Me dio un puñetazo, pero no sentí casi nada. Supongo que después de un parto y perder a tu hijo el resto del dolor es relativo. Yo cogí el andador y lo golpeé con él hasta que consiguieron pararme. Casi lo mato. Es uno de los mejores recuerdos de mi vida.
Will asintió, entendiendo. Conocía esa sensación.
- ¿Aun así seguiste viviendo con ellos? – Isabella suspiró.
- Mi madre negoció para evitar una guerra. Todos teníamos mucho que perder, pero no volví a obedecer nunca. En el fondo, lo que más les dolió fue que tuviera más éxito que nadie y ellos no pudieran aprovecharse. Mi padre nunca volvió a dirigirse a mí. Creo que ese día vio en mis ojos la inmensa satisfacción que sentí haciéndole daño y supo que no dudaría en volver a hacerlo. No era estúpido.
- Un depredador reconoce a un depredador. – Isabella le miró analíticamente.
- ¿Es así como conociste a tu marido?
Will soltó una carcajada. Eso era mucho, mucho resumir.
- ¿Cuánto sabes de nosotros? – Preguntó Will.
- Lo suficiente para plantearme enviar a alguien a hacerle una visita hace siete años. Se escapó de milagro.
- En ese momento te lo hubiera agradecido, pero ahora me alegro de que no lo hayas hecho. Me hizo daño, y yo se lo hice a él, pero ahora somos felices. De verdad. No cambiaría nada de mi vida. – Le aseguró Will. Eso pareció tranquilizarla.
- Tu padre le hubiera pegado un tiro.
- Sin duda alguna, incluso sin saber lo que me había hecho. Es demasiado estirado. – Isabella se rio.
- Era un hombre de otro tiempo, el dinero no le impresionaba. Nunca aceptó de mi ni un céntimo, por muy mal que estuviera. Solo me dejó pagar tu seguro médico y tus estudios, porque quería lo mejor para ti. Pero nada más.
- ¿Hablabais? – Preguntó Will, sorprendido. Su padre jamás la había mencionado, ni para bien ni para mal.
- Nunca me cogió el teléfono ni respondió a las pocas cartas que pude mandarle, pero me mandaba fotos todos los años. No podíamos arriesgarnos a más. Me aseguré de que le enterraran donde él quería, al lado del mar. He ido a visitarlo alguna vez.
- Cuando fui al funeral me sorprendió que papá pagara un seguro tan bueno para su muerte, con lápida y todo. No me lo imaginaba preocupándose por algo así.
- Lo visité antes de morir, como un año antes. Se enfadó cuando se lo conté, pero no dejé de pagarlo. El cáncer ya estaba muy mal en aquella época, pero no quiso ir a un hospital.
- Lo hubiera matado antes estar encerrado que el cáncer. No podía vivir si no era cerca del mar. Fumaba como un carretero, debía de imaginarse que algo así pasaría. – Dijo Will, resignado.
Beau Graham no había dejado de fumar ni sus últimos días, a pesar de las súplicas de su hijo. Había muerto en su barco, su única casa y había sido enterrado en un pequeño cementerio en Nueva Orleans reservado casi exclusivamente a pescadores. Hacía ya más de una década de aquello y a Will aun le costaba hacerse a la idea.
- Fue el mejor padre que pudo ser, a su manera. La salud mental o emocional no era algo que le sonara, pero daba buenos consejos y me enseñó a apreciar el trabajo. Intento tenerlo mucho en cuenta con mis hijos, porque yo lo eché de menos.
- Los he visto, en fotografías. Parecen muy felices. – Will sonrió.
- Intentamos que lo sean, pero nos están haciendo la vida imposible. No van a conseguir nada, pero no podemos arriesgarnos. – Isabella suspiró con resignación.
- Entiendo que ya tenéis un plan de huida.
- En enero nos mudamos a Inglaterra, cerca de Thomas y Abigail. Está embarazada. – No sabía por qué le estaba contando todo aquello, pero era agradable. Era increíble tener a alguien con quien hablar de su familia sin mentir.
- Oh, dios mío. Mi hijo va a ser abuelo. No estaba preparada para esto.
- Yo no estoy preparado para esto. Apenas lo estoy para ser padre, Hannibal lo lleva mucho mejor.
- La vida no te prepara, nada lo hace. Pero tú tienes la oportunidad de ir aprendiendo. Yo hubiera dado cualquier cosa por tenerla. – Le dijo su madre con afecto.
La comida llegó poco antes que los niños. Su madre trató de ayudarle a terminar de poner la mesa, pero Will insistió en que no hacía falta. Finalmente, el Jeep amarillo de Grace y el Audi blanco de Helena aparcaron en la entrada. Los niños volvieron a casa agotados y hambrientos, saludando a su padre a besos hasta que se percataron de la presencia de una mujer desconocida en su salón.
- Está bien, está bien. No va a haceros ningún daño. Niños, ella es Isabella Bouvier. – Will dudó unos segundos, sintiendo la palabra atascada en su garganta por el desuso, pero finalmente se las apañó para vocalizar. – Es mi madre.
A Will no se le escapó la alegría y la emoción contenida que manaba a oleadas de su madre. Los niños la miraban con fascinación, olvidando en un segundo toda la desconfianza que habían sentido.
Beverly fue la primera que se acercó, casi galopando, hasta quedarse en los pies de Isabella. La mujer acarició su cabello con afecto, haciéndola sonreír.
- ¿Entonces eres como una mamá?
- A la mamá de un papá se le llama abuela, Bev. – Señaló Grace.
- Oh, abuela. No sabes los años que llevo deseando oír esa palabra.
Al segundo siguiente Isabella se encontró rodeada de sus hijos, que le hacían preguntas y la miraban con auténtica fascinación. Excepto Paul, que prefirió quedarse sentado junto a su padre y los perros. Ella parecía encantada con toda su atención, haciendo a Will sonreír aún más.
Parecía que su familia había ganado otro miembro.
Hannibal llegó a casa sintiendo que le habían dado una paliza de muerte. Ni matar a Mason Verger le había supuesto semejante esfuerzo físico. O se estaba haciendo mayor, quizás. No era descartable.
En la última semana había atravesado el país en jet, luego viajado a Inglaterra para dejar a sus hijos a buen recaudo con sus hermanos. Gracias a Dios Thomas había decidido mudarse a una casa de dos plantas para acogerlos, porque era imposible que todos cupieran en el céntrico piso de Abigail. Su hija había acogido con alegría a Sienna, Marcus y Emma, mientras que Thomas se encargaba del poco trabajo que podían dar Spencer, Andrew y Victoria. La niña era más que feliz con su nuevo nombre, que ella misma había escogido.
Michael Vincent no había hecho más preguntas que las vacunas y el estado de salud de los niños en general. Tener a un médico en casa era una ventaja, aunque no fuera el tipo más ideal. Como traumatólogo, poco sabía de la salud de los niños, pero estaba más que dispuesto a ayudar.
Su hija había elegido bien, se dijo.
Tras volver a Seattle en un vuelo privado que lo dejó a quinientos kilómetros de la ciudad para no levantar sospecha, finalmente había llegado tras siete horas de coche a su reunión con Jean-Paul, que había quedado encantado con su propuesta de trabajo que enviaría directamente a su nueva dirección en Guilford, Inglaterra. Iban a vivir a menos de dos horas en coche de Thomas y de Abigail.
Lo único que quería era llegar a casa, besar a su marido, abrazar a sus hijos y despellejar vivos a Armitage y LaMontagne. Aunque dudaba de que pudiera convencer a Will. Haría un boeuf bourguignon al vino tinto exquisito con ellos si se lo permitiera.
Lo que le recibió al entrar en su casa, sin embargo, fue Isabella Bouvier sentada tranquilamente en la alfombra con Paul, Beverly y Mischa, ayudando a su hijo a construir una nave espacial y evitando que la bebé la destruyera mientras la niña pintaba.
- ¡Papá! – Gorjeó la bebé, contenta, y se las apañó para librarse de las manos de la mujer y caminar hacia su padre.
Con un año y tres meses Mischa ya era más que capaz de corretear por si sola, aterrorizando a todos los seres vivos de la casa, gato incluido. El pequeño terremoto casi chocó contra sus piernas si Hannibal no estuviera ya tan acostumbrado a atraparla.
- ¡Papá! – Repitió la pequeña, abrazándolo.
- ¡Hola papá! – Gritó Beverly, yendo a abrazarlo también.
Hannibal echó un vistazo a su casa. Aunque no estaba evidentemente hecha un desastre, se notaba que el FBI había pasado por allí como un elefante en una cacharrería. Las cosas no estaban en el mismo lugar en el que las había dejado una semana antes y faltaban detalles como cuchillos y objetos de cristal que esperaba recuperar.
- Hola, papá Hannibal. – Saludó Paul sin levantar la vista de sus bloques.
- Hola, hijo. Espero que estés pasando una buena tarde. Señora Bouvier, que grata sorpresa.
- Buenas tardes, señor Lecter. Will me había dicho que llegarías más o menos a esta hora. Debe estar volviendo ya de comisaría. – Hannibal frunció el ceño, contrariado.
- ¿Va todo bien? – Isabella movió la mano en gesto tranquilizador.
- Perfectamente, va a declarar con las niñas que no se movieron de casa la noche que desapareció Jane. El agente LaMontagne ha insistido.
Hannibal se contuvo de poner una mueca de fastidio. No queriendo perder a la mujer de vista, desistió de su ducha y se dirigió directamente a la cocina para empezar a preparar la cena.
- Me sorprende que siga ostentando su placa después de la atención mediática a la que se les ha sometido. – La sonrisa que Isabella le devolvió fue tan afilada como el cuchillo con el que había empezado a picar las verduras.
- Su placa y su cabeza no son de mi interés, es Armitage el que debería preocuparse. Su reputación pende de un hilo y yo voy a cortarlo.
- Abuela, ¿Qué es una reputación? – Preguntó Beverly con curiosidad.
Si no tuviera el excelente autocontrol del que siempre había presumido, se habría cortado un dedo.
- La reputación de una persona es cómo los demás piensan que es. Si es amable, si es educado, tiene buena reputación. En cambio, si es una persona impertinente o mentirosa, tiene mala reputación. – Explicó Isabella pacientemente.
- Ah, vale. – Respondió Beverly alegremente y se volvió a su dibujo.
Se había ido una semana de su casa y ahora tenía una suegra. Fantástico.
- Entiendo que su relación con mi marido ha avanzado.
- Estamos conociéndonos y esforzándonos por recuperar el tiempo perdido. ¿Cómo están los niños? Espero que no haya sido demasiado inconveniente para Abigail recibirlos. – Preguntó desinteresadamente mientras mantenía un ojo en Mischa, que ahora trataba de alcanzar a Galatea en el sofá.
Hannibal iba a matar a su marido en cuanto pusiera un pie en la casa.
- Muy bien, muchas gracias. Se han mostrado reacios a separarse de nosotros tras todo este desagradable asunto, pero quedarse con su familia les ha tranquilizado. Me consta que se estás esforzando mucho para adaptarse.
- Mi consejo es que partan directamente de un pasaporte europeo. Los funcionarios son igual de sobornables allí que aquí, con la diferencia de que el FBI no podrá presionarlos. En todo caso, se ofenderán de que unos yankis les digan cómo hacer su trabajo. – Señaló Isabella con elegancia, levantando a la pequeña Mischa.
- Gracias por su consejo. Lo valoraremos cuidadosamente. – Isabella le dedicó una sonrisa afilada, como si pudiera entrever la ironía en sus perfectamente educadas palabras.
Posiblemente podía, dado que era su pan de cada día. Era difícil saber si Isabella poseía el mismo don que su hijo, pero Hannibal intuía que sí.
Un coche sonó acercándose a la casa. Un par de minutos más tarde Grace, Helena y Will entraban en la casa, agotados y hambrientos. El rostro de los tres se iluminó al verle, y le asediaron a besos y a abrazos.
- ¿Ha ido todo bien? – Will asintió, abrazándolo. Hannibal no necesitaba preguntar para saber que tenía una migraña incipiente.
- El juez se ha negado a ampliar el plazo y a amenazado a LaMontagne y a Gregson con acciones legales si no para el acoso. Tus hienas han presentado todos los vídeos de la policía paseándose por nuestra puerta y van a pedir una indemnización, creo. Yo qué sé, ya no estaba escuchando. – Hannibal asintió acunando a Will contra él.
- Los mantendrá preventivamente alejados las próximas semanas. Cuando quieran darse cuenta estaremos lejos de su alcance. – Prometió Hannibal.
Will se separó de él y fue a darle un beso a su madre, que le pasó a la pequeña Mischa.
- ¿Se han portado bien?
- Perfectamente. Mischa no ha llorado ni una vez y Paul ha estado de lo más tranquilo. Beverly se ha dedicado a pintar a los animales. – Will se rio, divertido.
- Beverly es un ángel, solo le puede la curiosidad. ¿Te quedas a cenar?
- No quiero molestar si tenéis planes. – Dijo Isabella mirando a Hannibal con ojo crítico.
La mujer no sentía simpatía por él. Esplendido.
- La madre de mi esposo siempre es bien recibida en mi mesa, ¿Tiene alguna preferencia especial? – Isabella le sonrió cínicamente.
- Cualquier comida vegetariana.
Cenaron todos juntos en relativa paz. Las niñas le contaron todo lo que había pasado y le enseñaron fotos del estado del jardín que hicieron a Hannibal resoplar, furioso. Todas sus patatas arruinadas por un estúpido detector de metales. Que desperdicio.
La señora Bouvier se despidió de su hijo y sus nietos con un beso y prometió volver mañana para ayudar a las niñas con sus deberes.
Después de una larga ducha, Hannibal se reunión con Will en su despacho, donde su marido ya le esperaba recostado con una copa de vino que Hannibal agradeció. Había sido un día muy largo.
- ¿Qué tal ha ido?
- Los niños están encantados con Thomas y Abigail. Nuestra hija ya está plenamente redonda, para su absoluto disgusto. – Will se rio.
- Menos le gustará el parto, creo yo. No puedo esperar a estar allí. – Hannibal besó su pelo, recostándose contra él.
- Tu madre también parece entusiasmada por la idea.
- Oh, no te haces una idea. Un bisnieto cuando aun se está haciendo a la idea de ser abuela. Los va a malcriar incluso más que nosotros.
- Mi presencia, sin embargo, no parece que le genere tanto entusiasmo.
- Sabe lo de Baltimore. – Reconoció Will.
- Era lo esperable.
- Te escapaste por tres días de que enviara un equipo a matarte. No lo hizo para que no sospecharan de mi tras mi liberación.
- El destino. Asumo que mi presencia en tu vida no es apreciada. – Will se encogió de hombros, apoyado en él.
- Respeta mi decisión y sabe que soy feliz, no significa que le guste. Lo primero que me dijo es que mi padre te hubiera pegado un tiro.
- ¿Es cierto?
- Nada más verte. No hubieras tenido tiempo ni de abrir la boca. Mi padre no soportaba a los estirados.
- Mis padres te hubieran adorado. Mi madre te hubiera tratado como otro hijo más.
- ¿Incluso después de clavarte un cuchillo en el estómago? – Hannibal sonrió.
- Honestamente, creo que se hubiera puesto de tu lado. Ella era fieramente protectora con sus hijos, habría entendido tu motivación. Mi estilo de vida, sin embargo, no creo que hubiera sido apreciado. A veces me pregunto qué hubiera pensado mi familia acerca de mis hábitos culinarios.
- Te habrían querido igual, como yo te quiero y como te quieren tus hijos. No tengo la más mínima duda. – Dijo Will.
Hannibal le besó y acarició suavemente su rostro con las puntas de los dedos. Su dulce esposo, su Will. Inconsciente de todo el poder que sus palabras y su presencia ejercían sobre él. Mataría y moriría por su felicidad, se cortaría una mano antes de hacerle ningún daño. Viviría el resto de sus días en una celda para hacerle sentir seguro si fuera necesario, su vida no tenía sentido sin él. Su libertad, tampoco.
Will siempre le había acusado de tener el control sobre sus emociones y su relación. Si supiera hasta qué punto Hannibal era un mero sirviente a sus pies, un simple esclavo de sus deseos. Hannibal tenía la certeza de que Will podría sobrevivirle, ser feliz en su ausencia. Hannibal no sería nada sin él.
Se quedaron así, recostados, disfrutando de su mutua presencia hasta que oyeron a Mischa llorando desde el otro lado del pasillo.
- Voy a ver qué le pasa. Debe estar muy nerviosa con tanto desconocido. – Will le dio un último beso y se levantó perezosamente.
Cuando los pasos de Will se perdieron en el pasillo Hannibal se levantó y se encaminó hacia su escritorio. Sentándose frente a él, abrió el cajón derecho y puso el reloj oculto en el cajón en las siete y media, abriendo el compartimento.
Abrió la carta lentamente, esperando a que se deshiciera bajo sus dedos. Dos páginas completas le esperaban en ella. Inspirando lentamente, se dispuso a leer.
