Hannibal se sentó junto a Will en la mesa del comedor mientras su marido terminaba de recolocar la cámara del ordenador para enfocarlos. Estaban a mediados de septiembre y ya habían enviado casi todas las pertenencias de Thomas a Inglaterra. Para su sorpresa, su hijo había elegido estudiar Medicina en la Universidad de Oxford, alejándose completamente de su contraparte, que había sido escritor.

Para tranquilidad de sus padres, eso lo situaba a solo dos horas de casa de su hermana. Hannibal estaba pasando un mal momento dejando a su pequeño polluelo salir del nido. Saber que tenía a Abby para cualquier cosa le tranquilizaba mucho.

Las caras de Abigail y su pareja, Michael Vicent, aparecieron en la pantalla dándoles la bienvenida. Aunque a ninguno de los dos les había hecho especial gracia que su hija tuviera una pareja, tras una comprobación exhaustiva de sus antecedentes y vida en general ambos habían tenido que admitir que Michael Vincent era un buen chico y un gran compañero para su hija. Solo con mirarla sabían que la adoraba.

- ¡Hola papá! ¡Hola papá! – Dijo Abigail casi saltando de emoción.

- Hola, cariño. Estás radiante. – Dijo Hannibal, haciendo sonrojar a Abigail, que se rio.

- ¡Gracias, papá! ¿Ya tiene Thomas todo listo? Ayer recibimos los últimos paquetes de libros. – Dijo Abigail señalando una pila de cajas tras ella.

- Todo preparado. Ya hemos pagado la señal del piso. Ha costado Dios y ayuda que acepten a los perros. – Abigail se rio. Por supuesto que Thomas iba a llevarse a sus mascotas con él.

- ¿Y es de tu gusto, papá? – Hannibal resopló de forma muy poco digna, haciéndolos reír.

- Es pequeño, pero aceptable. Se ha negado en rotundo a que le compremos una casa decente.

- A lo que no ha dicho que no es al Bentley que le has regalado. – Dijo Will, sonriendo.

- Mi hijo debe viajar con estilo.

- Por supuesto que sí. Estará allí la semana que viene, ¿Seguro que no supone ningún problema? – Abigail negó con la cabeza, sonriendo, y miró a su pareja.

A Will no le gustó nada aquella mirada conspiracional. No estaba preparado para ver su hija casarse aún.

- Para nada. Pero hay algo de lo que si tenemos que contaros.

Para su sorpresa, Abigail se levantó de la silla y caminó unos pasos hacia atrás, poniéndose de lado ante la cámara.

Sobre su ropa a medida, la curva de su vientre era sutil, pero obvia.

- Oh, Dios mío. – Murmuró Will cubriéndose la boca con las manos. Hannibal a su lado parecía congelado, ni parpadeaba.

Will estaba convencido de que le había dado un ictus. Como mínimo.

- ¡Felicidades, vais a ser abuelos! – Exclamó Michael Vincent haciendo reír a su pareja.

Will lloró de alegría felicitando a su hija y lamentado no estar allí para darle un abrazo, haciéndola llorar a ella también. Hannibal casi exigió cada reporte médico de Abigail y del bebé, obligando prometer a Michael Vincent actualizaciones diarias de su estado.

- Está bien, estamos bien. – Le aseguró Abigail acariciando su barriga con afecto.

- ¿Sabéis ya su género? – Michael Vincent negó con la cabeza.

- Está en una posición un poco rara, es difícil verlo, pero la médico me ha dicho que se irá moviendo estos meses. – Hannibal asintió.

- Es muy común, ¿Cuándo es la fecha aproximada del parto?

- El 20 de febrero, pero ya veremos. No para quieto. – Sonrió Abigail con afecto.

- Insisto en que me enviéis el contacto de tu ginecóloga, Abigail.

- Papá, no puedes acosar a mis médicos. Te prometo que todo está bien.

- Y yo sólo voy a velar porque siga estándolo.

- Dale el teléfono o lo acabará encontrando él. Ahórrale a tu padre varias horas de trabajo. – Le sugirió Will, divertido.

Al final de la llamada Hannibal tenía el teléfono de la doctora Montgomery y todas las analíticas de Abigail hasta la fecha. Will había estado a punto de echarse a llorar de nuevo cuando vio las ecografías.

Dios mío, se estaba haciendo mayor.

Ya con el ordenador apagado, ambos se sentaron en el sofá, recostados uno contra el otro. Will tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Hannibal y había abierto su camisa para acariciarle. Hannibal lo mantenía firmemente abrazado por su cadera y mesaba su cabello distraídamente, sumergido en sus pensamientos.

- Es hora de marcharse, ¿Verdad? – Murmuró Will contra su piel.

- Me temo que eso parece, sí.

- Lo odio. Esta es nuestra casa, hemos invertido tanto en ella… - Gruñó Will, escondiendo el rostro en su piel.

- Lo sé, mylimasis. A mí también me duele abandonar nuestro hogar, pero nuestra familia es mucho más importante. – Afirmó Hannibal acunándolo.

A pesar de la amenaza constante de los abogados de Hannibal y la orden clara de un juez de no molestarlos, el FBI solo había cambiado de técnica. Will podía sentirlo a cada paso que daba. Alguien había dado la orden o repartido sus fotos entre la policía local y ahora, cada vez que salían de casa, había al menos un par de ojos siguiéndolos.

Su anonimato se había acabado y, con él, sus posibilidades de cazar o de cuidar de sus hijos.

Sienna era su secreto mejor guardado y no sabía cuánto podría durar. Los abogados trabajaban a marchas forzadas tratando de encontrar una madre biológica creíble para los papeles de adopción, sobornando a miembros de los Servicios Sociales para obtener todos los documentos legales necesarios en una adopción real y falseando expedientes que les acreditaban como padres aptos.

Era un castillo de naipes. Solo necesitaban que se cayera uno y todo se hundiría.

Will sabía que no era sostenible, que antes o después Sienna tendría que ir al pediatra o al colegio, que necesitaba sus vacunas e interactuar con otros niños. Estaban posponiendo lo inevitable.

- No será tan malo vivir allí. Tendrás la National Gallery para pasar el tiempo y las mejores óperas. – Hannibal sonrió, besando su frente.

- Compraremos una casa en la montaña, en el bosque, cerca de un lago. Podrás pescar todos los días.

- Y ver a nuestros nietos cuando queramos. – Hannibal sonrió, fascinado. Nietos.

Will y él iban a ser abuelos.

- Buscaré una propiedad con un jardín amplio para nuestras cenas en familia. La experiencia me dice que no harán más que crecer. – Will le miró, divertido.

- Más espacio para los perros.

Hannibal suspiró, resignado. Toda su amada familia adoraba a aquellas criaturas llenas de pelo y babas y tenía que aprender a vivir con ello.

Hacia apenas dos semanas Helena les había suplicado adoptar un perrito, dado que Thomas iba a llevarse a Ganache y Praliné a Reino Unido, secundada por Beverly y por Paul. Hannibal no había tenido corazón para decirles que no y habían acudido a su veterinaria de confianza, Susan, para saber si tenían algún perro abandonado.

Habían salido de allí con un dogo alemán mestizo al que Beverly había llamado Scobby-Doo, una perrita Cavalier King Charles Spaniel cuya dueña había fallecido ya anciana que Helena había llamado Charlotte y dos cachorros que eran una mezcla entre perro boyero de montaña bernés y mastín del pirineo, Apolo y Hermes.

Hannibal contaba aquello como una pequeña victoria.

Justo antes de marcharse, una bola de pelo había llamado su atención, parpadeando perezosamente en su dirección. Era una gata pequeña, atigrada y gris, que le miraba con escaso interés desde su jaula. Susan le había explicado que era una gata romana callejera embarazada que habían rescatado. Sus cachorros habían encontrado un hogar, pero ella aún no.

En el mismo instante que el felino se levantó y dejó que Hannibal la acariciara supo que estaba perdido. Galatea volvía a casa con ellos.

Hannibal dio gracias a que no hubiera más animales en aquel lugar o no cabrían en el coche de vuelta. Estuvo tentado a pedirles ayuda con la comida y juguetes a los dos agentes de policía apostados casualmente enfrente de la clínica, pero supuso que no apreciarían su humor.

Will se había reído de él durante días, especialmente cuando le había presentado a Galatea. Si bien le había preocupado un poco que los perros pudieran hacerle daño, había resultado que la gata era más que capaz de defenderse sola y los mantenía a todos a raya con una elegancia que fascinaba a Hannibal.

Ahora Galatea pasaba los días durmiendo en el diván del despacho de Hannibal junto con Charlotte y, en palabras de Will, acabando con la fauna local.

- Es un peligro. – Criticó Will recogiendo el tercer pájaro del suelo que Galatea traía aquella semana antes de que lo vieran sus hijos.

- Es una cazadora nata, Will. No puedes juzgarla por seguir sus instintos. – Le reprochó Hannibal, acariciando a la susodicha que ronroneaba zalameramente en su regazo.

- Sientes más empatía por la gata que por la mayoría que personas que conozco.

- Ella es más digna de empatía que la mayoría de personas que conoces.

Bueno, Will no iba a discutirle aquello.

Además, era bueno que Hannibal tuviera alguna distracción ahora que apenas podían dar un paso sin ser vistos. A pesar de que la vigilancia era sobre todos ellos, con Hannibal hacían especial hincapié, probablemente gracias a Jack. Para evitar exponerse más de lo necesario, Hannibal había abandonado su asistencia a casi todas las causas benéficas que apoyaba y viajaba casi de puerta a puerta para hablar con sus clientes y aceptar trabajos.

Había perdido dos trabajos que eran de sumo interés para él debido a la vigilancia férrea de LaMontage. Sus clientes no querían verse expuestos al escrutinio de la policía, lo que lo convertía en un profesional menos interesante para ellos. Hannibal sentía una gran frustración por ello.

La única organización que no había abandonado ni pensaba abandonar era Food for Childhood, una asociación sin ánimo de lucro que se dedicaba a alimentar a los niños sin hogar o en hogares desestructurados.

Hannibal iba los viernes y los martes a cocinar en la asociación y a repartir comida por las calles de diferentes localidades cercanas a San Agustín, incluso en Jacksonville. Dado que la mayoría de los voluntarios eran personas con tiempo y dinero limitados, a Hannibal no le importaba aportar el suyo generosamente. Últimamente le sobraba. A Hannibal aun le costaba asimilar que un país civilizado tuviera tantos pequeños en las calles o en casas de dudosa salubridad sin soluciones.

Dado su nuevo tiempo, libre, se dedicaba a malcriar a sus hijos en todo lo que le permitían. Will le había dado un beso antes de marcharse aquella mañana con Mischa para comprar algunos ingredientes en tiendas selectas de Jacksonville. Mientras paseaba, no pudo evitar observar la cara de cada niño con el que se cruzaban en el mercado.

En el fondo, Hannibal se sentía responsable. Tras una larga charla que Will y él habían tenido en la cama, donde su marido le había contado todos los detalles que conocía acerca de cómo y cuándo habían encontrado a sus hijos. Victoria, Andrew y Spencer deberían estar ya en casa, traídos de la mano de Hannibal, pero aún no tenía ninguna pista, ni nada cercano a ellos. Si se marchaban, cabía la posibilidad de que no les encontraran nunca.

Era miércoles y las calles de Jacksonville a finales de septiembre quemaban hasta el punto que Hannibal empezaba a temer por la integridad de sus zapatos. Había llevado a Mischa consigo, decisión que ahora lamentaba profundamente. Hacía tanto calor que la pequeña ni siquiera había pedido bajarse del carro para andar, lo que era milagroso.

Decidió parar en un pequeño parque a las afueras de un área residencial con la esperanza de que la tierra y los árboles los acogieran un poco. Se sentó bajo la sombra de un árbol y desempaquetó algo del fiambre y pan que había comprado aquella mañana. Estaba untando el pan cuando un sonido en el castillo infantil lo sobresaltó.

En la pequeña casita bajo el parque infantil había un niño en un estado que solo podía definirse como lamentable. Llevaba zapatos y ropa con agujeros, la piel sucia y el pelo aun peor. Le miraba con una mezcla de desconfianza y hambre que a Hannibal le dolió bajo las costillas.

- Buenos días.

- Hola. – Murmuró el niño, apartando la mirada. Hannibal estaba seguro de que, si hacía cualquier movimiento en falso, saldría corriendo.

- Lamento interrumpir tus actividades. Mi nombre es Hannibal y esta pequeña de aquí se llama Mischa.

- Yo me llamo John.

- Encantado de conocerte, John. Precisamente me disponía a almorzar, ¿Te gustaría acompañarme? – El niño dudo, dividido entre el miedo y el hambre. Hannibal no iba a permitir que se fuera sin comer. – Si lo prefieres, puedo prepararte unos bocadillos para llevar.

John pareció relajarse ante esas palabras.

- Vale. Gracias.

- No hay de qué.

Hannibal trabajó en silencio bajo la atenta mirada de John. Cuando terminó el primero, se lo tendió amigablemente, dejándolo en la mesa.

- Ve comiendo el primero. Aun tardaré un rato y pareces hambriento.

John aun tardó cinco minutos en acercarse y coger el bocadillo. Cuando por fin lo tuvo, se sentó en un balancín a varios metros de Hannibal y empezó a comer con ganas.

- Come despacio, querido John. No va a acabarse la comida, te lo aseguro. ¿Hay alguien a quien pueda llamar para llevarte a casa?

- No tengo padres. – Hannibal asintió, lo suponía.

- Me preocupa, entonces, que vayas a quedarte en la calle tú solo.

- Tengo dos hermanos, Jane y John. – Dijo John, comiendo a dos carrillos.

El corazón de Hannibal se aceleró. Parecía que, finalmente, había encontrado a sus últimos pequeños.

- En ese caso, permíteme que te prepare algunos bocadillos más para ellos. No es sano para niños en edad de crecimiento realizar menos de tres comidas al día.

- Hablas muy raro. – Hannibal se rio, divertido.

- Mis hijos a veces me dicen lo mismo, que soy demasiado formal. Pero creo que la educación es la piedra angular del ser humano.

- No sé qué significa eso. – Dijo John, avergonzado. Siendo un niño de la calle, no le sorprendería que se hubieran reído de él en el pasado.

- La mayoría de los adultos tampoco, querido John. – Le aseguró Hannibal, animándolo.

Se entretuvo en preparar algunos bocadillos más e insistió en que se llevara también agua y magdalenas para el camino, prometiéndole que volvería al día siguiente a por más con sus hermanos.

Ni siquiera se molestó en reponer los ingredientes que había gastado en los bocadillos, condujo directamente a casa para darle las buenas nuevas a Will y pedir su consejo como experto en obtener la confianza de niños y vagabundos.

Insistió en que Hannibal debía volver solo al día siguiente, para no asustarlos, y le instruyó acerca de cómo ganarse su confianza lentamente. Hannibal volvió al parque cada día durante una semana, dándole a John comida, ropa y zapatos. Sabía que los otros dos niños no andarían lejos, pero aun no habían sentido la suficiente confianza como para dejarse ver.

Quince días después de su primer encuentro con John, el pequeño se presentó en el parque con gesto ansioso, alertando a Hannibal.

- ¿Sucede algo, querido John?

- Mi hermana Jane se ha hecho daño, ¿Puedes curarla? – Hannibal sintió que se le aceleraban las pulsaciones.

- Me temo que tengo que ver el daño antes de poder responder a esa pregunta. Vamos a hacer una cosa, yo voy al coche para coger algunas cosas para limpiar y desinfectar las heridas. Tú convéncela de que no voy a hacerle ningún daño. – John asintió, nervioso, y volvió a perderse entre la espesura que cubría el parque.

Cuando Hannibal volvió con un botiquín de primeros auxilios, en su mesa habitual había tres niños. Una niña asiática algo más mayor que John con el brazo feamente vendado con una tela sucia. A su lado había otro niño con el pelo rizado y sucio empujándola también.

- Buenos días. Debéis de ser los hermanos de John. – Dijo Hannibal con educación, sin moverse ni intentar acercarse demasiado rápido.

La niña refunfuñó algo pero los niños no le hicieron caso.

- Ellos son John y Jane. Mis hermanos. Jane se arañó con una verja y se hizo daño. ¿Puedes curarla? – Volvió a preguntar John con ansiedad.

- Primero debo ver la herida. – Dijo Hannibal abriendo el botiquín. – Jane, ¿Me enseñas tu herida, por favor?

La niña le miró fijamente con desconfianza, pero Hannibal estaba más que acostumbrado a esas miradas. Estaba buscando un motivo para huir, algo que le confirmara que Hannibal era una amenaza y no pensaba dárselo.

Finalmente, suspiró y desenvolvió su herida. Tenía mal aspecto. Hannibal trabajó deprisa, desinfectando la herida y limpiando la piel alrededor a la vez que les hacía preguntas. La verja no estaba oxidada, la herida se había hecho hacía más de una semana pero Jane no había sufrido fiebre, lo que era tranquilizador.

- Muy bien, ya está. Mañana volveré para cambiarte el vendaje. Es importante que la mantengas limpia y cubierta. Si notas fiebre, que te cuesta mover el brazo o que se hincha, es muy importante que me lo digas. – Recitó Hannibal, tendiéndole un bocadillo para que comiera mientras recogía el botiquín.

- Gracias. – Dijo la niña con vergüenza, apartándose.

- No hay de qué. Por favor, si hay alguna otra cosa más que necesites, solo tienes que pedirla.

- Nos faltan muchas cosas, no pasa nada. Siempre hemos vivido así. – Hannibal sonrió.

- Eso puede solucionarse, querida Jane. Pero necesitaré una lista.