Prefacio

—¡Haz malditamente que se detengan! —grita un hombre rubio entrando al despacho. Parece furioso, con el rubor de sus emociones tiñendo sus mejillas como principal señal de su frustración, y lo que parecía una mancha de vino tinto en su camisa blanca.

Contrario a lo que cualquier otra persona haría, la mujer no levanta la mirada; lleva los lentes cayendo ligeramente por su nariz, demasiado concentrada en los papeles que sostiene en las manos.

—Estoy cansado de esta jodida situación. No puedo ni siquiera ir a comer con mi esposa sin que un lunático fan tuyo me ataque. Detenlo de una maldita vez —gruñe acercándose hasta donde el escritorio le permite.

Y es cuando ella levanta la mirada, con aquellos ojos marrones que siguen como aquella primera vez que la vio. Con los desordenados rizos enmarcando su rostro. Con el ceño ligeramente fruncido y los labios, aquellos labios que ha besado en tantas ocasiones, formando una línea recta.

—Todo es tu culpa.

Lo ve, con la indiferencia que le han dado los años, levantando ligeramente una de sus perfectas cejas. ¿Cuándo comenzó ella a usar lentes?

—¿Mi culpa? —pregunta—. ¿Mi culpa o la de tu mujer que no deja de atacarme en cada oportunidad que tiene?, ¿mi culpa o la de tu mujer que no deja de hacer indirectas en mi contra?, ¿mi culpa o la de tu mujer que se metió en mi relación, fingió un embarazo y chantajeó a mi novio para que se casara con ella?

Se ríe sin gracia, poniéndose de pie y juntando los papeles en rápidos y descontrolados movimientos.

—No vengas a culparme a mí por las acciones de tu mujer, no cuando yo he intentado en cada oportunidad que he tenido aparentar que esa puta no destruyó mi corazón y bailó sobre él en su fiesta de matrimonio. Supéralo, Draco, ya no somos adolescentes escondiéndose en los pasillos del colegio, ni veinteañeros que intentaron huir de sus responsabilidades. Cada quien hizo su elección, vive con las consecuencias de ellas.