V. SE HACE CAMINO AL ANDAR
– Muchas gracias como siempre, querida, de verdad que no hace falta que me ayudes tanto.
– ¡Para nada, señora Makoto! Siempre es un placer ayudar, ya lo sabe.
– Y gracias a ti también, señorito. No sabía que tenías un novio tan apuesto, Minerva. –dijo la señora Makoto sonriendo pícaramente.
– ¡S-señora Makoto! ¡John y yo no somos pareja! –respondió Minerva, roja como un tomate. John, mientras tanto, se limitó a sonreír y soltar una ligera carcajada.
– Qué mona te pones cuando te sonrojas, cariño. –dijo la octogenaria riéndose. –En fin, te veo la semana que viene, como siempre. ¡Que os vaya bien el día!
– A usted también, señora Makoto. ¡Nos vemos pronto!
Despidiéndose Minerva de la amable anciana, John y ella marcharon por la ciudad hacia Kashiku para descansar de una fatigosa mañana de recados y compras. La ciudad estaba mucho más tranquila. La presencia de los Héroes se había rebajado considerablemente y muy pocas eran ya las manifestaciones, si es que acaso se seguía celebrando alguna. Tras anunciar el Cuerpo de Policía que el asesino de Burnin, Hiroki Gotō, había sido encontrado muerto en una base Yakuza tras lo que parecía ser una feroz guerra entre clanes, la gente dejó de proclamar justicia para sus muertos. "Qué rápido olvidan", pensó John tras atravesar un grupo de señores trajeados hablando tranquilamente de sus inversiones, a los cuales recordaba perfectamente celebrar la muerte de su mejor amigo hacía unas semanas atrás, como si nada hubiese pasado. Nadie se acordaba ya de que hubo un cómplice también, o al menos no quisieron acordarse de ese detalle. La violencia contra los Sindones, no obstante, mantuvo su intensidad. La sociedad no quiso rebajar su odio. Para qué, si, al fin y al cabo, era una fuente de alivio, un juguete antiestrés que lanzar contra el suelo y estrujar con su puño opresor con toda la fuerza que tuviese. John lo veía perfectamente. Cuántos Sindones muertos por palizas habrían sido ocultados por las estadísticas oficiales, cuántos habrán perdido su negocio porque algunos psicópatas sedientos de sangre y violencia les prendieron fuego el local… Y para ellos nadie pedía justicia.
– Gracias por ayudarme, John. No hacía falta que vinieras.
– No hay de qué.
– ¿Cómo estás? –preguntó Minerva mientras John miraba al suelo, impasivo.
– Bueno… Ahí voy.
– Poco a poco, John. Ya verás que en nada estarás mejor. –aunque las palabras de Minerva iban cargadas de preocupación y buenas intenciones, John sabía que el dolor era demasiado reciente y demasiado profundo como para poder aliviarlo. Su compañía, no obstante, sí que lograba aplicar algo de ungüento a tan horrible quemadura emocional.
– Eso espero. Una cosa, Minerva.
– ¡Dime!
– Sobre lo de hace unas semanas. ¿Cómo es que llegaste a verme dentro de ese bar?
– Reconocería el suéter de mi padre en cualquier parte. Aunque, si te soy sincera, esa noche, no sé por qué, algo me decía que caminase por ahí. El destino, imagino.
– Ya veo. Gracias por dejarme quedar en tu casa, por cierto. –dijo John mientras mantenía abierta la puerta del portal de la casa de Minerva para que ella pasase primero con las bolsas de la compra.
– Ni lo menciones, John. Ya sabes que mi casa es tu casa siempre que quieras.
– Te lo agradezco.
– A ver donde tengo las llaves. Aquí están. Por cierto, en un rato se va a pasar una amiga mía. ¿Quieres conocerla?
– No, gracias, no quiero molestar.
– Venga, John. Hacer amigos nuevos nunca hace daño. –dijo Minerva mientras ponía las bolsas de la compra en su mesa, como hacía siempre. –Estoy segura de que te caerá bien.
– ¿Y eso?
– Le encanta la tecnología. Es inventora, de hecho.
– ¿Y me caería bien solo por eso?
– Ah, bueno, esto… No sé, pensaba que te gustaba la tecnología. Suelo verte con ropa militar, así que creía que… –de la nada, unos golpes enérgicos emergieron de la puerta de entrada.
– ¿Es ella?
– No creo, es demasiado pronto. Voy a ver quién es.
Apenas había abierto Minerva la puerta cuando un enérgico grito de "buenos días" resonó por toda la casa, llamando seguramente la atención de algún que otro vecino. Esperando fuera se encontraba una chica de estatura bastante baja, algo más que Minerva, pero no demasiado. Lo más llamativo era su pelo color salmón casi rosa organizado en gruesos mechones que le llegaban más allá de los hombros y que parecían casi rastas, pero sin aparentar ser toscos o sucios. Su rostro era ciertamente curioso, siendo lo más destacable una sonrisa que llegaba casi de oreja a oreja y unos grandes ojos, amarillos como la mostaza, y cuyo iris tenía forma de cruz. "Relacionado con su Don, probablemente", razonó John. Vestía un mono mecánico que le cubría hasta el cuello y a su lado yacía una gran caja negra con bordes de acero reforzado. Sea lo que fuere que hubiese dentro, el dueño quería que estuviese muy bien protegido.
– ¡Mei! Pensaba que ibas a llegar más tarde.
– ¡No podía esperar!
– Tendría que habérmelo visto venir… Pasa, pasa. ¿Qué tal?
– ¡No he dormido en 26 horas para darle los últimos toques, pero ha valido la pena! ¡Te va a encantar!
– ¿¡26 horas!? Dios Santo, Mei, ¡deberías dormir!
– ¡Luego! ¿Y este quién es? –preguntó ella sin borrar la sonrisa de su cara. Un poco rarita, a decir verdad, pero no parecía ser mala persona, opinó John.
– Este es mi amigo John.
– John Vane. Encantado.
– ¿Americano?
– Sí. –dijo John, preguntándose cómo es que siempre todo el mundo era capaz de reconocerle como americano, a pesar de serlo a medias.
– ¿Cómo lo sabes, Mei? –preguntó Minerva.
– Su chaqueta Bomber del Comando de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos le delata. Además, no tiene cara de japonés.
– Has hecho los deberes, eso desde luego. –dijo John, sorprendido por su conocimiento de las ramas de las Fuerzas Aéreas estadounidenses.
– Soy Hatsume Mei, mecánica, inventora y manitas en general. Mi Don me permite hacer zoom en las cosas y puedo llegar a ver hasta una distancia de cinco kilómetros. –de nuevo, esa sonrisa tan intensa no desaparecía de su rostro. John miró a Minerva con una ceja levantada, como si dijese "qué clase de bicho raro es este".
– Mei es una crack a la hora de inventar cosas. La conozco desde pequeñita prácticamente, y siempre me ha ayudado con todo.
– ¡Hablando de lo cual! ¡Aquí tengo lo que me pediste! –dijo Mei señalando la gran caja metálica.
– ¿¡Ya lo tienes listo!? Pensaba que no estaría hasta que empezasen los exámenes.
– Sé que no es mi asunto, pero estoy bastante perdido la verdad. –comentó John.
– ¡Ay, por supuesto! Creo que aún no te lo he contado.
– ¿El qué?
– Mei y yo vamos a hacer los exámenes de la U.A. para poder estudiar allí. Yo quiero entrar en el Departamento de Héroes y Mei en el de Departamento de Apoyo. Nos íbamos a apuntar cuando llegásemos a los quince años, pero con la legislación que salió, solo se puede alistar uno a una academia de Héroes si tiene veintiún años o más. El lío ese de que juntar límites de edades con el resto del mundo y tal y no poner en peligro a gente tan joven, ya sabes. Pero ahora que ya tenemos veintiún años, podremos hacer el examen de acceso y entrar en la U.A.
– ¡En efecto!
– Heroína, ¿eh? –preguntó John con un tono que, de no conocer a John, Minerva podría decir que parecía incluso un poco decepcionado. Ella no lo sabía, pero John no tenía en alta estima a los Héroes. Cierto, algunos eran verdaderamente altruistas, pero por culpa de varios de ellos había sufrido mucho a lo largo de su vida. ¿Y ver a Minerva convertirse en uno de ellos? Él sabía que ella era pura de corazón y que realmente lo haría para ayudar a los demás y no por el estatus, pero aun así… No era un trabajo fácil y muchos lo cogían por el dinero y prestigio que eso trae: razones egoístas que mucho se alejan de la imagen del Héroe que ayuda para mantener la paz y el bien común. Había también momentos duros dentro de la vida de los Héroes. John sabía que, eventualmente, Minerva se tendría que enfrentar a cosas muy difíciles de afrontar que la cambiarían por completo.
– Claro. ¿Te acuerdas lo que te comenté aquella noche? Quiero dar la misma oportunidad que me dieron. Quiero ayudar a todos los que pueda, todo lo que pueda.
– El tema es: yo veo que estás lista para lo bueno, ¿pero estás lista para lo malo también? –esas palabras dejaron de piedra a Minerva. Era algo que no se había parado a pensar, no por inocencia, sino por miedo. –Habrá momentos en los que no puedas salvar a alguien o que tengas que tomar medidas drásticas. ¿Estarás preparada para enfrentarte a eso?
– Yo… no lo sé. –John sintió pena al ver cómo Minerva desviaba su mirada al suelo, como si hubiese aceptado una amarga derrota. En lo esencial, el trabajo del Héroe no era muy distinto al de un soldado como John, pero solo uno de ellos lograba hacer un trabajo eficaz.
– No te desesperes, Minerva. Yo sé perfectamente que harás todo lo posible para ayudar a los demás. No he conocido a nadie mejor persona que tú. Lo harás genial. –no sabía muy bien por qué, pero John solo supo decirle palabras de confort, algo a lo que no estaba acostumbrado.
– ¡Eso haré! –gritó Minerva con una sonrisa dulce pero confiada adornando su rostro de porcelana. Era demasiado pura para este pútrido mundo, y John sabía que eso le acabaría pasando factura, tarde o temprano.
– ¡En fin! ¿Dónde quieres que probemos mi nuevo bebé, Minerva? –dijo Mei con una energía aparentemente inagotable, a pesar de haber dormido menos que un caballo.
– ¿Bebé?
– Así llama Mei a sus inventos. –John creía que esta chica no podía ser más rarita, pero parecía equivocarse una y otra vez. –¿Qué te parece en la azotea?
– ¡Genial! ¡Vamos para allá!
La azotea no era nada del otro mundo. Una simple entrada por la escalera central del edificio que daba a un espacio de hormigón gris adornado con un grupo de sillas y una mesa de decoración simple, pero no por ello desagradable a la vista. No había mucho que destacar aparte del grupo de tres jóvenes que miraban atentamente una caja negra. Mei cogió una palanca de su cinturón lleno de herramientas que John no había visto hasta ahora, abrió la caja y sacó de su interior la máquina como si fuese un legendario héroe de gorra verde sacando un artefacto antiguo de un cofre oxidado. En sus manos, un par de alas mecánicas de un blanco plumaje metálico yacían plegadas como si fuesen las de un cisne en reposo. Al desplegarse, las alas alcanzaban una envergadura de cuatro metros y su aspecto era angelical y majestuoso. John pudo ver casi como si fuese un reflejo de la misma Minerva.
– ¡Tachán! ¡Admirad las "Niké"!
– Mei, son… son preciosas. Yo… –dijo Minerva con la voz entrecortada, claramente emocionada al ver aquellas aladas que parecían sacadas de un cuento de fantasía.
– ¡No hay de qué! Están hechas con una aleación de aluminio con grafeno y cuenta con una batería interna de ion de litio aquí en la zona dorsal protegida por una estructura fina, pero resistente, de titanio. Se coloca igual que una mochila, ven. Metes los brazos por aquí, así es. Luego sentirás un ligero pinchazo en la zona de la nuca. –dijo Mei, seguida de un gritito repentino de Minerva. –Vamos, que no es nada. Ese pinchazo permite que se conecte con los impulsos bioeléctricos de tu sistema nervioso para controlar las alas.
– Apenas pesan, es increíble. ¿Cómo las muevo?
– Imagina que quieres expandir las alas. –en efecto, Minerva cerró los ojos y, en apenas un pestañeo, las alas se alargaron, como si fuesen las de una gran águila celebrando una presa recién cazada. Acto seguido, se replegaron de nuevo, igual que las de una lechuza recién posada sobre una rama. –¿Ves? Fácil y sencillo.
– ¡Es increíble!
– Están hechas exactamente a tu medida: 164 centímetros de altura, 53 kilos de peso, fisionomía delgada, tendencia zurda, copa C–
– ¡MEI! ¡No hace falta entrar en esos detalles! –exclamó Minerva con un tono escarlata tan intenso en su piel que rivalizaba al del hierro más candente.
– ¿Sueles hacer muchas cosas de esas? –preguntó John, sin saber Minerva si era para cambiar de tema y evitar su bochorno o porque sus intereses yacían en otra parte.
– ¡Por supuesto! ¡Inventar y crear máquinas es mi vida! Cuando entre en el Departamento de Apoyo y participe en el Evento Deportivo de la U.A., todo el mundo podrá ver a mis preciosos bebés. Centenares de miles de tecnófilos, genios, inventores, filántropos y empresarios verán lo genial que son mis creaciones y me querrán contratar al instante. –dijo Mei con un tono que John podría describir como cuasi-maníaco.
– Optimista eres, eso desde luego.
– ¿Y tú qué quieres hacer, John? –preguntó Minerva.
La pregunta pilló con la guardia baja a John. Ahora que su clan había sido completamente aniquilado, no tenía a nadie con quién ir. No podía volver a la esfera criminal y anunciar que había sobrevivido a todo enemigo suyo que le hubiese dado por muerto; no podía buscar un trabajo normal debido a su falta de documentación y trasfondo, especialmente el escolar; no podía tampoco volver a la vida del mercenario al no existir ya una guerra en la que luchar… John estaba prácticamente sin opciones, y solo ahora se había dado cuenta de ello.
– Yo, ehm… no lo sé, la verdad. –dijo John, pensando en la posibilidad de vivir en la pequeña Innsmouth como otro pescador más, aunque eso le dibujaría una enorme diana en la espalda para el acoso de pescadores con dones e intrusos invasores que buscaban provocar violencia en la zona, algo cada vez más común a lo que John se había enfrentado más de una vez. Tenía el dinero para vivir tranquilo durante una muy larga temporada, pero una vida tranquila ero algo que ni le atraía ni le sentaba bien.
– ¿Por qué no pruebas a unirte a la U.A., John?
– Yo no… No, no. No es para mí.
– ¿Por qué no? –preguntó Mei. John no pudo evitar desviar la mirada dándose la vuelta y apoyándose en la valla de la azotea.
– No me veo siendo un Héroe.
– Y ciertamente no mentía. No se veía poniendo una sonrisa ante el público ni llegando al combate con una carcajada, una capa y una pose vergonzosa para soltar un chascarrillo y vencer al malo maloso de turno. John no era un Héroe y el imaginarse siendo uno de ellos simplemente se sentía mal, equivocado, erróneo. Se le daban mejor otras cosas.
– John…
– Yo… he hecho cosas, Minerva… cosas de las que uno no se puede olvidar, aunque lo quiera con toda su alma. Cosas que no puedes dejar atrás como si fuese un estúpido error del pasado. He tenido que luchar para sobrevivir, y a veces sobrevivir exige un precio demasiado alto. No soy una buena persona. –notó entonces cómo Minerva le cogía suavemente la mano y le miraba firmemente a los ojos con una sonrisa enternecedora cuyo calor podía derretir el más gélido de los corazones.
– Todos merecemos una segunda oportunidad, John. Todos cometemos errores en momentos duros, pero también podemos ser una fuerza al servicio del bien. No quiero ni imaginar por lo que has pasado, pero eso ya quedó atrás. Ahora tienes todo un futuro por delante, y la mejor manera de aprovecharlo es ayudando a aquellos que más lo necesitan. Al menos, eso es lo que yo creo.
– Desde luego que hablas como una auténtica Heroína.
– Tú piénsalo, John.
– Probemos esas alas. –dijo John intentando cambiar de tema. Tras ver como Minerva le soltaba la mano y dibujaba una lánguida sonrisa en su rostro, John se giró hacia Mei, que no se había movido prácticamente. –Imagino que funcionan igual que las de un pájaro.
– ¡Correcto! Tienes que imaginarte que eres un ave que quiere alzar el vuelo. –explicó Mei mirando a su amiga de la infancia. –Está diseñada para que puedas elevarte de forma rápida y con pocos aleteos, y lo mismo para mantenerte en el aire. Si quieres coger velocidad, lo mismo: aletear inclinándote hacia delante. A su vez, he puesto pequeños impulsores de aire comprimido para mejor maniobrabilidad en caso de emergencia, por si te daña algún Villano las alas. También puedes planear y para aterrizar, es cuestión de que le pilles el punto. Te aconsejo ver documentales de pájaros grandes para aprender.
– ¿De verdad creéis que una azotea es el mejor sitio para practicar? ¿Y si Minerva pierde el control y cae al vacío?
– ¡Bien visto! Tranquilo, yo me encargo de ello.
– ¿Estás segura, Mei? John tiene razón. Creo que sería mejor hacerlo en la calle.
– ¡Tonterías! ¡Dale caña, Minerva!
Vacilando, pero confiando en su amiga, Minerva comenzó a batir las metálicas alas y, para sorpresa de John y de su albina amiga, levantó el vuelo con facilidad. Pocos metros separaban a la que parecía ahora un auténtico espíritu celeste bajado del Reino de los Cielos del terrenal suelo de crudo cemento ceniciento, los suficientes como para no provocar una caída letal o que indujese lesiones severas. El viento que levantaban sus alas era considerable, teniendo en cuenta el peso que tenían no solo que levantar, sino que mantener en el aire. Minerva, mientras John consideraba el funcionamiento de esa máquina y trasteaba con algunas ideas en su mente, no paraba de reír, como si fuese un niño pequeño abriendo su más preciado regalo en la noche de Navidad, si bien John no era alguien que supiese cómo se sentía eso.
– ¡Prueba a ir más alto! –exclamó Mei.
– Tampoco quiero convertirme en Ícaro. Creo que esta altura es la suficiente.
– Voy a ponerme en la otra punta de la azotea. Quiero que vengas hacia mí poco a poco, sin prisas. –ordenó John, proponiendo un ejercicio de práctica a su alada amiga.
Minerva, que aún seguía en el aire, estuvo unos segundos pensando cómo moverse. Poco a poco, empezó a inclinarse hacia delante, provocando exitosamente un lento pero continuo movimiento en dirección a John. Parecía estar segura de que esa era la técnica a usar para avanzar, así que decidió inclinarse un poco más. Sin embargo, ya fuese debido a una inclinación demasiado pronunciada o al miedo que tenía secretamente por dentro, Minerva empezó a perder el equilibrio y a tambalearse en medio del aire. No tardó en dirigirse velozmente contra el suelo. Sin embargo, gracias a sus rápidos reflejos, John corrió hacia ella. Entonces, las alas de Minerva dieron un súbito impulso que pilló desprevenido incluso a John y que apenas pudo reaccionar cuando la chica albina se propulsaba como una bala hacia él. Mei pudo ver cómo se chocaban sonoramente y rodaban juntos por el suelo. No obstante, no todo había ido estrepitosamente. John, antes de que ella impactase contra él, logró rodearla con sus brazos mientras se dejaba caer, preparado para llevarse la peor parte del golpe. Pero Minerva, seguramente de forma instintiva, usó las alas para rodear también a su amigo extranjero y protegerle del impacto y la abrasión contra el suelo, rodando los dos juntos hasta que se detuvieron contra el muro de la azotea. Mei solo podía pensar en cómo mejorar los movimientos de dirección de su preciado invento.
– ¿Estás bien, John? –dijo Minerva levantando poco a poco la cabeza y abriendo los ojos, cerrados por instinto. Fue entonces cuando se dio cuenta de que debajo de John estaban sus alas metálicas y comprendió lo que había pasado. No obstante, también se fijó en que ella estaba encima de John, tumbado sobre él, y no tardó en ruborizarse por enésima vez en aquel día.
– Estoy bien. ¿Tú? –respondió John mientras Minerva rápidamente se ponía de pie y le pedía mil veces perdón.
– ¡Creo que tengo que retocar la maniobrabilidad y el cabeceo de esta pequeña preciosidad!
– Deberías. –señaló John tras ponerse de pie y sacudirse el polvo de su ropa. –La próxima vez, entrenad en un parque, en el césped. Bien hecho lo de protegerme con las alas, eso sí. Has estado rápida con eso.
– Gracias… Perdona por haberme chocado contigo. –dijo Minerva casi susurrando y desviando la mirada hacia el suelo.
– Ni te preocupes, era la primera vez que las usabas. Estas cosas pasan. Ahora ya sabes, a entrenar para controlarlas mejor.
– Eso haré.
Y, en efecto, eso siguió haciendo durante las siguientes dos horas casi sin descanso. Aunque al principio le costó hacerse con las varias maniobras de movimiento y equilibrio, Minerva no tardó en acabar dominando las Niké que Mei le hizo, aunque sí que era cierto que tenían que recibir algún que otro ajuste. Una vez recogidas y guardadas, el trío procedió a salir a la calle, viendo que era hora para Mei de irse a realizar otros artefactos.
– De nuevo, muchísimas gracias por las Niké. Son geniales.
– ¡Ni lo menciones! Tú harías lo mismo por mí si tuvieses mi talento. –dijo Mei de forma bastante soberbia, en opinión de John. Sin embargo, a pesar de su clara falta de humildad, John se dio cuenta de que si podía contar con su ayuda, podrían abrirse interesantes posibilidades ante él.
– ¿Y sueles hacer cosas como estas o haces de todo?
– Puedo hacer lo que sea, si eso es lo que te preguntas. –dijo orgullosamente.
– Hmm… Pues de hecho tengo un par de planos que al igual te interesan.
– ¿De qué son?
– ¿Para qué arruinar la sorpresa?
– Me gusta. –respondió Mei con una siniestra sonrisa en su cara, casi como el de un hambriento cazador ante un suculento trozo de carne aún vivo y coleando. –¿Cuándo podrías dármelos?
– ¿Cuándo estás disponible?
– Ahora que estoy preparándome para el examen junto a Minerva, no tengo demasiado tiempo para otros proyectos, pero si me interesa mucho, te lo podría mirar.
– ¿Cuánto costaría?
– ¡Nada! Simplemente que hagas publicidad de mis inventos. –exclamó ella, con los pulgares arriba. –¿Dónde los tienes? ¿Me los puedes dar ahora?
– En mi cuarto. Tendría que ir y volver. Unos 40, 45 minutos.
– Podría dárselos yo, John, si te resulta muy tedioso. –ofreció Minerva.
– ¡Genial! Nos vemos pronto, Minerva. ¡A por la U.A.! –exclamó Mei, yéndose presta como el viento sin importarle si esa oferta de su amiga para con el extranjero se cumpliría o no.
– Tu amiga es todo un personaje.
– Es enérgica, sí, pero también es buena persona. Y muy buena con lo que hace. En fin, ¿vamos a por esos planos?
– ¿Vamos? –dijo John, sorprendido.
– ¡Claro! Nunca me has enseñado tu casa, me haría ilusión verla. Si no es molestia, claro.
– No, no es molestia, es solo que… Bueno, no vivo en una casa en sí.
– ¡No hay problema!
– ¿Segura que quieres venir? –preguntó John, aunque el que no estaba seguro de las cosas era él.
– ¡Por supuesto! ¿Dónde vives?
– Marakoru.
– Vaya… –dijo Minerva, que no se esperaba como respuesta el barrio más infame de todo Musutafu, donde se cometían los peores de los crímenes y vivían las más bajas de las castas sociales.
– No es el mejor de los barrios, Minerva. Si vienes, tienes que saber que no puedo prometerte que la gente te vea con buenos ojos. –dijo él, tras lo cual ella se quedó muy pensativa.
– Si voy contigo, seguro que nada nos pasará. Vamos. –respondió ella firmemente.
– A Marakoru pues. Tengo mi moto a dos manzanas, ¿tienes casco?
– Sí, el de mi madre.
– Ve a por él y te espero aquí abajo.
– ¡Perfe!
Tras ver cómo Minerva entraba en el portal, John caminó hacia donde tenía aparcada su moto. No fue muy difícil recuperarla de aquella zona llena de policías, pues en cuanto anunciaron que el cuerpo de Hiroki había sido hallado, desaparecieron del lugar más rápido que el contenido una bolsa de patatas abierta durante el recreo del colegio. Sorprendentemente, apenas tenía unos rayones en la pintura, nada que un toque de brocha no pudiese arreglar, aunque las armas de fuego que trajo consigo para el ataque contra Tanya no podían decir lo mismo, algunas rotas y otras desaparecidas. Esperando Minerva a John debajo y con el casco bajo el brazo como si fuese un centurión romano esperando las órdenes de su general, la moto apareció a la vista en muy poco tiempo. Entonces, justo cuando ella empezó a acercarse a la montura, unos gritos irrumpieron en el aire.
– ¡No queremos a gente como tú por aquí! ¿Entendido?
– Me dan ganas de partirte la puta cabeza, escoria.
Doblando la esquina para ver qué ocurría, John y Minerva pudieron ver a una pareja de chavales adolescentes amenazando a un chico algo más joven que ellos que estaba tirado en el suelo y apoyado en la pared, claramente aterrado.
– Los Sindones como tú deberíais estar muertos en una puta cuneta. Solo mancháis la imagen de nuestra querida ciudad.
– Yo no os he hecho nada.
– ¡¿Te he dicho que puedas hablarme, gilipollas?!
Minerva se giró para ver a John y en sus ojos vio una seria ira que no auguraba nada bueno para los matones. Ayudar al chico era algo que ella también quería hacer, pero Minerva era alguien más pacífica. Cogiendo de la mano a su amigo, le miró a los ojos y le dijo:
– Nada de violencia, John.
Él le devolvió la mirada y el ángel de porcelana pudo notar cómo la ira pasaba a una firmeza casi solemne, como la de un rey macedonio observando a su enemigo en su noble Bucéfalo. Entonces, John se dirigió a ellos con un caminar decidido e intimidante. El chico escondía su cabeza entre sus brazos, esperando sufrir una terrible paliza, mientras que los dos matones miraban a John con actitud chulesca.
– ¿Y a ti qué te pasa, cara cortada?
– Tenéis cinco segundos para largaros de aquí.
– ¿O si no qué? –dijo uno de ellos, encarándose a John.
– O si no os mataré aquí y ahora. –respondió él, abriendo su chaqueta para dejar ver el mango de la pistola que llevaba guardada apretada contra el pantalón a la altura del abdomen.
Los dos niñatos, viendo que ese tío iba en serio, decidieron largarse antes de que pudiese pasarles algo malo, no sin antes amenazar en vano a John diciéndole que se iba a enterar de quiénes eran ellos.
– ¿Estás bien? –dijo John al chaval, que le miraba muy confundido.
– ¿Por qué me has defendido? –preguntó el chico rubio con ojos de azulejos de vuelta, tras lo cual John se quedó pensativo un buen rato.
– Eres Sindón, ¿verdad? ¿Cuál es tu nombre?
– Till. –respondió el chaval, que estaba bastante delgado y sucio.
– ¿Till? Sie sind Deutsch? –dijo John, muy para sorpresa de Till.
– Ja… Bist du auch Deutscher? –preguntó el chico en su idioma natal.
– Meine Mutter war Deutsche. ¿Qué hace un chaval alemán como tú por aquí? –respondió John, cambiando nuevamente de idioma.
– Mi padre vino aquí para buscar trabajo como oficinista en una agencia de Héroes hace años. Falleció poco después de cáncer y me quedé solo. No me daban trabajo y no me dejaban entrar en las universidades. Ya no puedo más. –John solo pudo mirarle sintiendo una empática lástima por dentro.
– Hay un sitio para las personas como tú y como yo. Ve al barrio de Marakoru y diles que John Vane te envía. Ahí serás uno más. No es el mejor sitio en el que vivir, pero al menos hay compañía y refugio. Te aconsejo que te mudes allí. Aún tenemos sitio de sobra.
– ¡Muchísimas gracias, señor Vane! ¡Te debo la vida!
– No hace falta ser tan exagerado, pero tranquilo, ya no correrás más peligro. Seien Sie vorsichtig, falls Sie noch mehr Arschlöcher treffen.
– Danke! Danke!
Con eso, el chico salió corriendo hacia lo que John suponía que era su casa, listo para empacar todo y mudarse a aquel barrio ruinoso pero hogareño para los Sindones. John se dio media vuelta y regresó a su moto, donde le recibió su albina amiga.
– Lo has hecho muy bien, John. Puede que no lo veas, pero tienes madera de Héroe.
– Solo hice lo correcto.
– ¿Y qué crees que hacen los Héroes? –dijo ella, dejando pensativo a John, que sabía que los Héroes no eran almas puras que solo buscan el bien común. –A todo esto, ¿hablas alemán?
– Te veo sorprendida.
– Y tanto. No sabía que lo hablases. Pensaba que eras americano.
– Y lo soy. De segunda generación. Padre americano y madre alemana. No me acuerdo en qué ciudad exacta nací, pero sí sé que nací en . Al poco tiempo de nacer, nos mudamos a Kamino.
– Entonces fue tu madre la que te enseñó alemán.
– Correcto, aunque hacía años que no lo hablaba.
– Eres toda una caja de sorpresas, John. ¡Let's go! –gritó entusiasmada Minerva en un inglés con un acento japonés ligeramente marcado.
La ida a Marakoru, aunque mejormente conocida como "pequeña Innsmouth" o simplemente "Innsmouth", fue tranquila y sin apenas tráfico. Comprensible, ahora que la gente ya había vuelto a sus casas de trabajar y que el Sol amenazaba con desaparecer en cualquier momento. Era casi tendencia en John el ir a Innsmouth siendo casi de noche, a pesar de que era lo más parecido a un hogar que tenía. Una vez llegaron al decrépito barrio portuario, repleto de sucias casas de hormigón o estructuras de madera de dudosa resistencia, con el Sol ya poniéndose y dibujando un auténtico cuadro sorollano de vivos colores cálidos y purpúreos en el firmamento, las fugitivas miradas a la chica albina que acompañaba a John no pasaron desapercibidas por ninguno de los dos. No obstante, Minerva sentía que no eran miradas de rechazo u odio, sino de curiosidad. ¿Sería por ir con John y no ella sola? Sea como fuere, decidió no alejarse demasiado de John, solo por si acaso. Aparcaron la moto frente a un edificio de madera más grande que el resto y más aparentemente resistente, aunque tampoco tenía mucho mejor aspecto que el resto de edificios. Una luz ámbar brotaba de su interior al mismo tiempo que música y risas ahogadas llenaban la calle, creando un ambiente extrañamente agradable que le recordaba a Minerva a las tabernas medievales de los cuentos de hadas que leía de pequeña. Siguió a John por la puerta principal y pudo contemplar un gran bar lleno de vida y gente disfrutando de bebidas y juegos por todos los rincones, una escena completamente antónima al aspecto destartalado y mala fama de Marakoru.
– ¡John! Hacía semanas que no te veía.
– Han sido unos días duros, señora Rachel.
– ¿Cómo estás ahora, muchacho?
– Voy mejor, gracias. Por cierto, esta es Minerva. Minerva, la señora Rachel.
– Bueno, no sabía que traías compañía, John. –dijo ella con un tono burlesco en la voz. –Un placer, cielo.
– Igualmente, muchas gracias. –respondió Minerva educadamente mientras le hacía una reverencia aquella señora de rostro amable y con arrugas, pero también decidido y que denotaba un carácter firme de una persona que no tenía problemas en sacar a relucir los puños si hacía falta.
– Bienvenida al Refugio de Zadok. Si necesitas beber o comer, tú habla conmigo. Si algún borracho te molesta, también habla conmigo y le echaré a patadas. ¿Qué hacéis por aquí, John?
– Vengo a por un par de cosas… y a ver si podías echarle un ojo a Minerva mientras voy a por ellas.
– Espera, ¿no íbamos a ir juntos?
– Está mal plantar a una chica en una cita, John. Pensaba que te había enseñado mejor.
– No es que no confíe, es simplemente que…
– ¿No quieres que vea dónde vives? –preguntó su amiga, exenta de enfado, sino llena de preocupación por él.
– Es por la Madriguera, ¿no?
– ¿La Madriguera?
– Ahí vive él.
– ¿Tan mal es?
– No tardaré nada, Minerva. Estaré de vuelta en un santiamén. –dijo él, sonriendo a su amiga.
– Vale, John. Confío en ti. Te esperaré aquí. –dijo ella, comprendiendo que tal vez no era una situación agradable para John el enseñarle un sitio no muy digno en el que vivir.
– Un muchacho complicado aquel que ves ahí. –comentó la señora Rachel a la vez que John salía de la taberna hacia la oscuridad de las poco iluminadas calles.
– Es un buen amigo. ¿Cómo llegó aquí? –preguntó Minerva, queriendo saber más acerca de su amigo.
– No sabemos mucho sobre él. No es alguien que hable sobre su pasado ni que confíe en los demás. Sé que se lo encontraron inconsciente en una de las playas cercanas. Parecía haber naufragado. Al venir a Marakoru, encontró un almacén abandonado donde construyó la Madriguera, en un antiguo búnker abandonado.
– ¿Vive bajo tierra?
– Nadie ha visto cómo es en realidad, pero tampoco es un agujero mugriento en la tierra. Soy una de las personas que más tiempo lleva aquí y sé que la casa de John puede ser lo más parecido a una casa de Hobbit que pueda haber hoy en día. ¿Tú cómo le conociste, encanto? Eres la primera persona, aparte de otro chaval, que ha traído jamás. La primera chica, de hecho.
– Le encontré muy malherido en un callejón hace unas semanas. Le traté sus heridas y le di algo de ropa y cobijo mientras se recuperaba.
– Muy pocas personas harían eso, especialmente por un Sindón.
– Yo no soy como los demás. No odio a los Sindones, al contrario. Me fascina vuestra historia, vuestra cultura… que vuestra fuerza sea producto de vuestro esfuerzo y sacrificio en vez de un Don o un poder que facilite las cosas. Me parece increíble todo lo que habéis conseguido durante milenios usando tan solo eso.
– Eres un caso único, cielo. Me estás cayendo bien, la verdad. –dijo la señora Rachel riéndose.
– Igualmente, señora Rachel. –rio Minerva de vuelta. –¿Y su historia cuál es?
– Puedes tutearme, tranquila. ¿La mía? Es una de las largas.
– Creo que a John aún le queda. –dijo Minerva mirando hacia la puerta.
– De acuerdo, intentaré resumirla. Verás, como imaginarás, yo soy inglesa, de Birmingham. Cuando estaba aún en primaria, nos mudamos a Londres y estuvimos en Whitechapel, uno de los pocos sitios de relativa paz para los Sindones en Europa. Al llegar a la mayoría de edad, me metí al ejército, aunque ya no había utilidad para nosotros, por lo que nos daban un entrenamiento básico y nos ponían de guardia o limpieza en campamentos y otras bases. Trabajo de esclavos, básicamente. Ahí conocí a mi esposo, Ryan. Nos casamos, abrimos un bar y vivimos bastante felices durante mucho tiempo. Finalmente, él falleció por un ictus y descubrí que se había endeudado mucho. Tuve que huir de Londres y dejar atrás todo lo que conocía. Di muchas vueltas hasta que acabé aquí, en Marakoru, Innsmouth, como quieras llamarlo. Un señor muy amable llamado Deckard montó todo lo que ves alrededor. Logró crear una comunidad refugio para la gente como nosotros, Sindones que han perdido a alguien o han perdido todo, o ambas, en una zona abandonada de la ciudad. Él solo, prácticamente. Unió a todos los desamparados y les dio un hogar por el que luchar y trabajar. Él escuchó mi historia y juntos decidimos montar esta taberna. Tiempo después, llegó John y el señor Deckard le acogió como a uno más de nosotros. Estaba muy interesado en John. Creo que tenía que ver algo con su apellido, no estoy muy segura. Sea lo que fuere, al poco tiempo nos atacó una banda y el señor Deckard murió. Aquella noche nadie salió a las calles, tomadas por los malditos pandilleros. Nadie excepto John. Después de esa noche, fueron expulsados y no volvieron jamás, aunque hemos tenido que volver a defendernos en más ocasiones posteriores.
– Lamento mucho oír todo eso.
– No te preocupes, querida. Ahora estamos mejorando. Aunque es verdad que, sin una figura líder como Deckard, estamos en una situación precaria. Algunos creemos que John, con todo lo que ha ayudado y protegido este sitio, sería un buen sustituto, pero él no quiere tomar el manto.
– ¿Por qué crees que no quiere?
– He visto muchas cosas y muchas personas, cielo. John es alguien que está roto por dentro. Vi personas como él en el ejército, pero no tan jóvenes. Ha debido vivir cosas muy duras para ser así. Pero cuando le vi entrar aquí contigo, por primera vez, pude ver cierto brillo en sus ojos. Puede que no te estés dando cuenta, Minerva, pero tu compañía está curando a John más allá de lo que un hilo y aguja puedan hacer. Has logrado arrancarle una sonrisa a alguien que jamás había levantado la comisura de sus labios. Así que, por favor, sigue con él.
– Eso haré, señora Rachel. Se lo prometo.
– No me trates de "usted", que me siento vieja. –dijo riéndose.
– Vale, vale, perdona. Mira, ahí llega.
– Hazle feliz, Minerva. Se lo merece. –le dijo a Minerva mientras John entraba con unos tubos de cartón en la mano.
– Aquí los tengo. ¿Todo bien?
– Tu amiga es un encanto, John. Deberías traerla más a menudo.
– ¡Por supuesto! Me lo he pasado bien aquí.
– Bueno, si realmente quieres volver alguna vez, supongo que puedo traerte.
– Disculpe, ¿señor Vane? –dijo una voz curiosamente aguda que hizo que John se diese la vuelta para ver quién le hablaba.
– Ah, Till. Veo que has podido llegar.
– Sí, hice como usted me indicó. Metí todo en mi ranchera y conduje hasta aquí.
– Ha sido rápido.
– Tampoco tenía mucho que meter.
– Ya veo. La señora Rachel seguro que puede-
– Muchísimas gracias por salvarme de nuevo, señor Vane. Todos los días he pensado que no le importaba a nadie y que estaría mejor muerto, pero usted… Me salvó cuando nadie más quería hacerlo. Le debo mi vida, señor Vane.
– No es necesario. Me alegra que estés bien ahora.
– ¡Bienvenido al Refugio de Zadok, jovencito! ¿Primera vez en Innsmouth? –preguntó la señora Rachel amablemente al nuevo invitado de John. Dos en una noche. Era todo un récord.
– Sí.
– Imagino que necesitarás un sitio en el que pasar la noche. Tenemos camas arriba. Ya hablaremos del pago por la mañana.
– Mil gracias, señora… Rachel, ¿no?
– Así es. Ahora siéntate, imagino que tendrás hambre.
Viendo que la señora Rachel había captado la situación a la perfección y que ya se estaba encargando de ello, John decidió partir. Tras despedirse de Till y su por ahora protectora, salieron de la taberna y se dirigieron hacia la moto de John mientras este se encendía un cigarro. Entonces, Minerva se puso a reír delicadamente.
– ¿Qué es tan gracioso? –dijo John, con algo de risa en su voz.
– Tú, cabezota. ¿No lo ves?
– ¿El qué?
– Has actuado como lo haría un verdadero Héroe. –tras oír esas palabras, John se quedó ciertamente atónito. –Le has salvado la vida a un chico que lo había perdido todo y le has dado esperanzas para seguir adelante. A partir de ahora, seguro que Till querrá ser como tú.
– No es para tanto.
– ¡Claro que lo es, John! Le has dado una segunda oportunidad en la vida a alguien. Has actuado de forma altruista por el bien de alguien que no conoces. Eso es lo que hacen los Héroes.
– Eso hacen, ¿eh? –dijo John, mirando al suelo, dándose cuenta de que, a diferencia del Héroe que dejó morir a sus padres, él sí que había salvado a alguien cuando esa persona más lo necesitaba.
– No sé qué clases de cosas has sufrido, pero todo lo que he visto y oído de ti hasta ahora solo me hacen ver que eres alguien que se preocupa por aquellos que no pueden defenderse, alguien que lucha por su gente sin importarle el peligro. Tienes un buen corazón, John. No solo lo he visto, sino que puedo sentirlo. Serías no solo un gran Héroe, sino un símbolo de esperanza para todo los Sindones del mundo. Que alguien como tú pueda alcanzar el estatus de Héroe demostraría al mundo que sois iguales que el resto.
– ¿Tú crees?
– No solo lo creo, lo sé.
Y entonces, por primera vez en muchísimo tiempo, John pudo atisbar un camino para él alejado de muerte. Un camino de esperanza, no solo para él, sino para los suyos, aquellos que tanta discriminación habían sufrido a lo largo de toda su vida y también muchas antes que ellos. ¿Acaso era posible que una sola persona marcase la diferencia para toda una sociedad? Solo había una forma de saberlo.
– Está bien. Me apuntaré a la U.A. contigo. Me convertiré en un Héroe.
– Me alegra mucho oírlo, John. –dijo Minerva, tras lo cual, atrapó a John en un suave y tierno abrazo.
– Bueno, ¿por dónde empezamos?
Varios días habían pasado ya desde que John había decidido emprender el camino del Heroísmo, a pesar de lo que ello implicaba. Había, no obstante, complicaciones ya desde el primer momento. ¿El principal? Que, aunque la U.A. permitía a los Sindones apuntarse, las habilidades de John eran demasiado sospechosas y levantarían más de una ceja. Eso le explicó a Minerva, aunque no entró en detalles sobre el tema. No era necesario decirle a Minerva que John era un experimentado soldado y criminal. Con saber que se le daba bien el combate era suficiente. Ambos razonaron que muy seguramente sería producto de una investigación por parte del profesorado, pues no todos los días aparece un aspirante a estudiante con unas capacidades militares absolutamente impecables. Además, a todo ello se le sumaba el problema de que John no tenía ni un solo documento. Para Japón, John era un fantasma, alguien que no existía oficialmente. Minerva no era muy partidaria de falsificar sus habilidades, pero entendía que John podría meterse en serios problemas si no lo hacía. Odiaba mentir, pero odiaba aún más ver a sus amigos sufrir. No quería seguir viendo a John en las calles luchando por sobrevivir día a día, forzado a tomar duras decisiones si quería ver otro amanecer. Le quería ver feliz, esperanzado y con un futuro por delante. Finalmente, eso fue lo que le impulsó a acceder. Cómo cargarían con tan importante secreto es algo de lo que tendrían que ocuparse los John y Minerva del futuro. El primer paso era entonces obtenerlos. Y John conocía a la persona perfecta.
Entrando en uno de los distritos de oficinas más importantes de la ciudad, John, maletín en mano, buscó una plaza de sobra familiar para él. Formada por imponentes rascacielos repletos de miles de oficinistas que parecían las diligentes trabajadoras obreras de un gran hormiguero de hormigón, John buscó uno en específico. De color blanco, como si fuese el más reluciente de los mármoles de Carrara, y con un cartel luminoso que decía orgullosamente "Weyland-Yutani". La entrada estaba formada por cuatro puertas giratorias. Entrando John por una de ellas, se dirigió al ascensor y pulsó la planta -5. Una vez en el garaje, emprendió a paso decidido su camino a través de las hileras de coches hasta que vio una serie de contenedores de cargamento harto oxidados y abandonados. La puerta de uno de ellos, tras forzarla un poco, chirrió ante el tirón del americano y reveló un interior vacío. No obstante, aquí había mucho más de lo que el ojo del simple oficinista podía ver. En uno de los laterales, el que estaba pegado al muro del aparcamiento, una casi imperceptible puerta oculta yacía inerte hasta que John la empujó. Debido al óxido y la falta de lubricante, costó un poco hacerla moverse, pero finalmente lo logró, dando lugar a otro ascensor, esta vez uno mucho más antiguo muy diferente al pulcro elevador moderno del ordinario rascacielos. Resonando la misma sinfonía cuyo instrumento principal era la fricción de óxido con óxido, bajó por aquel montacargas olvidado y, finalmente, llegó a su tan oculto destino. Ante él había una gran sala de cemento iluminada por unos mástiles repletos de centelleantes faros de luz aceitunada. En su medio, se abría una barra donde se imponía un joven de tez grisácea y un pelo teñido verde radiactivo, con numerosos piercings repartidos por toda la cara. Vestía una chaqueta abierta del mismo intenso tono que su cabello sin camiseta debajo, revelando sus abdominales y diversos tatuajes.
– Chernobyl. –dijo John, tras lo cual el otro chico simplemente le miró a los ojos. Una persona de pocas palabras, sin duda alguna. –Vengo a pedirte otra cosa. No son armas esta vez. Documentos. ¿Podrías obtenerlos?
– ¿Qué tipo?
– Certificado de nacimiento, permiso de residencia, documento de identidad, registro sanitario, civil… todo lo necesario para crear un perfil falso sobre mí. –explicó John viendo cómo Chernobyl tecleaba algo en su portátil.
– Podría. ¿Algo especial en mente?
– Necesito un perfil que diga que nací y viví en Japón toda mi vida, que diga que tengo un Don que me da habilidades militares innatas y tener un registro escolar. Necesito que parezca que he estado toda mi vida aquí. Lo único que existe es mi certificado de nacimiento, pero quiero que ponga "Johannes Vane" mejor. ¿Cuánto me costaría?
– Bastante.
– ¿Con esto serviría? –dijo John, tras lo cual apoyó el maletín con el que cargaba en la barra y lo abrió con confianza, revelando cientos de fajos de billetes de enorme valor cada uno: el último pago de Tanya Tajima al mercenario y soldado John Vane.
– Sí.
– Un placer hacer negocios contigo como siempre, Chernobyl. ¿Para cuándo lo tendrías?
– Antes de primavera.
– Perfecto. ¿Podrías incluirme la munición de siempre en el pedido?
– Sin problema.
– Gracias. Nos vemos, Chernobyl.
Tras cerrar el maletín y dejarlo detrás, John salió del refugio subterráneo de Chernobyl y subió hacia el impoluto rascacielos de hombres trajeados. Otro asunto más zanjado, y uno de gran importancia además. ¿El siguiente paso? Prepararse para el examen de acceso de la U.A. y demostrar al mundo quién estaba equivocado.
(Chernobyl es un personaje creado por la increíble y talentosa blxxdstalker, khaosphobia en Instragram. Un abrazo de oso desde aquí 3)
