Bambi estaba reamente aterrorizado; después de oír ese aterrador trueno no había sido capaz de encontrar a su madre.

Los ladridos de los perros y los gritos de los hombres se mezclaban en una terrorífica cacofonía que parecía seguirle.

De repente, Bambi se quedó rígido, completamente petrificado por el terror.

Justo delante, una alta figura se cernía sobre él...

Supo inmediatamente por el olor, ese inconfundible olor, que era un ser humano.

Pero la extraña aparición, no hizo ningún movimiento para atacarle, como él se temía... es más, su expresión era agradable, parecía casi como... ¿estaba sonriendo?

Bambi no lo sabía, pero había tenido la suerte de ir a toparse con la hija del guardabosques.

Poniendo una mano en su lomo, empezó a guiarle en cierta dirección y Bambi, demasiado asustado para resistirse, se dejó llevar.

Llegaron a la cabaña del guardabosques, donde se ocultaron hasta que los sonidos de la cacería se extinguieron por completo.

Cuando salieron, largo rato después, Bambi estaba muy confuso.

¿No se suponía que los humanos eran malos?

Y, sin embargo, este ser humano, no sólo no lo había atacado, sino que además lo había protegido de otros seres humanos.

Pensó en Ronno, que aunque también era un ciervo, siempre se había portado muy mal con él.

¿Podría ser que, al igual que no todos los ciervos eran buenos, no todos los humanos eran malos?

Mientras cavilaba sobre todo esto, una voz lo sacó de sus ensoñaciones.

"¡Bambi! ¡BAMBI! ¿¡Dónde estás!?"

¡Era la voz de su madre!

Justo mientras se percataba de esto, su madre emergía de detrás de unos árboles.

Sintió la mano del ser humano en la espalda, empujándolos suavemente hacia delante y, sin pensárselo dos veces, empezó a correr en dirección a su madre.

Pero, justo cuando estaba a mitad de camino, algo le hizo detenerse.

Se dio la vuelta, se acercó a la criatura a la que hasta hacía poco había considerado su enemiga y se la quedó mirando.

No sabía si podía entenderle, pero igualmente tenía que intentarlo.

Frotó su cabeza contra las piernas de la criatura y dijo "Gracias".

La criatura acarició su cabeza y dijo "No hay de qué".

Entonces corrió hacia su madre.

Ni ciervo ni humano supieron en ese momento lo cerca que habían estado de entenderse.