Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Chimaki Kuori.
5. Música.
Shijima estaba disfrutando del futuro. El futuro era maravilloso.
Y lo más maravilloso del futuro era que tenía con quien compartirlo.
En el pasado era conocido cómo "El hombre silencioso", un título acorde con el sentido que había decidido anular para incrementar su cosmo. Pero que fuera llamado de esa forma no significaba que no pudiera charlar; podía comunicarse vía cosmo, por señas, por señales de humo, dibujos… Sin embargo, todas esas opciones nunca fueron lo suficiente fuertes para los demás, quienes preferían dejarlo en su templo, solo, meditando, cuando en realidad moría de aburrimiento viendo cómo todo a su alrededor se empolvaba.
Por eso le gustaba el futuro. En el futuro vivía con muchas personas, había mucha gente con la que podía compartir todos y cada uno de sus pensamientos. Estaban Shaka, Shun e Ikki; regularmente veía a June y Dysnomia; de vez en cuando aparecía Hades, en el cuerpo de Shun, y sus pintorescos subordinados. Probablemente la casa de Virgo jamás había estado tan llena.
Así que pasó los primeros meses de su nueva vida charlando con todo aquel que se le cruzara, tratando de descifrar el complejo mundo moderno. Aprendió sobre cocina, filosofía, historia, aprendió a utilizar las nuevas herramientas que la tecnología, ya avanzada, le brindaba, y todos aquellos detalles pequeños que la modernidad le brindaba. Usaba ropa de las época, comía la comida basura de los más jóvenes, veía los programas en la caja mágica que todos veían. Y compartía todo con todo el mundo.
Debido a eso, algunos de los habitantes de Virgo estaban algo, algo, cansados de él.
June en especial. Siempre que por fin lograba que Shun dejara de comportarse como una virginal adolescente, Shijima aparecía para interrumpir su preciado momento. Era agotador para la joven, quien sólo quería disfrutar de su vida romántica con su novio. Por eso, June le había solicitado a Dysnomia, como su alternativa final, que la ayudara a deshacerse del pelirrojo.
Había sido un pedido extraordinario, pero nada que no pudiera cumplirse si a cambio Shun dejaba de insistir en su entrenamiento como santo de Virgo, y, por lo tanto, dejaba de pasar tiempo con Shaka.
Así fue como un domingo cualquiera, mientras Shijima veía una de esas famosas películas, Dysnomia se paró justo frente a él, con las manos en la espalda.
—Ah… Dysnomia… la caja mágica no se puede observar bien si estás frente a ella —le dijo. Alguna vez había escuchado que Ikki le gritaba a Seiya algo así como "la carne de burro no es transparente", pero él no podía decirle eso a la dryade, podría ser destruido.
Sin responderle, Dysnomia se acercó un poco más a él para poner sobre su cabeza una extraña diadema delgada que le cubría los oídos por completo.
—¿Esto es otra de esas cosas tecnológicas que no entiendo? —preguntó cuando notó que la diadema tenía dos cables, uno en cada lado, que se unían en un pequeño aparato rectangular.
—Shhh… —lo silenció ella, llevado su dedo índice a los labios— Por una vez en tu segunda vida guarda silencio —murmuró, sacando un rectángulo aún más pequeño y delgado que introdujo en el primer aparato.
Entonces Shijima lo escuchó.
Escuchó cuerdas, percusiones, y la voz de un hombre taladrando directo en sus oídos. Alto y fuerte. Tan diferente a la música de su época que sólo pudo mirar a la dryade asombrado.
—¡¿Qué es esto?! —gritó. Cómo respuesta sólo vió a Dysnomia mover la boca, puesto que su voz estaba oculta detrás de la música.
Sin embargo, eso dejó de tener importancia cuando se sumergió en el mundo musical que se había abierto frente a sus ojos, o sus oídos en realidad.
Escuchó a un tal Elvis Presley, un muchachito llamado Michael Jackson, un grupo de jóvenes llamados The Beatles y a su contraparte, The Rolling Stones. Escuchó a Édith Piaf, Nirvana, Metallica, Plácido Domingo, Donna Summer, Jacques Brel, Kylie Minogue, Luciano Pavarotti, Juan Gabriel y un sin número de cantantes y grupos más, en cualquier idioma, en cualquier estilo musical.
Sin importar a donde fuera o lo que estuviera haciendo, Shijima siempre estaba con sus audífonos y su inseparable walkman.
—¡Shijima!
Debido a eso, sus contemporáneos decidieron al fin preguntarle qué ocurría. Durante los desayunos en el templo principal lo habían visto tan callado que por un momento creyeron que estaba preparándose para alguna nueva guerra.
—Disculpa, Cardinale, creo que accidentalmente me quitaste mis audífonos. —Molesto por no ser escuchado, Cardinale había recurrido a medidas extremas y le había quitado al pelirrojo su diadema para lograr captar su atención— Pero te perdono, si me disculpas voy…
—Oh, no, no, no —Izō sostuvo a Shijima de la mano para evitar que este se pusiera bien sus audífonos de nuevo—. Tú vas a explicarnos qué es esa cosa y qué ha estado ocurriendo contigo en los últimos días. Acordamos que compartíamos todos nuestros descubrimientos sobre el futuro —recordó.
Shijima asintió ante el recuerdo. Lo había olvidado completamente, pero, en su defensa, estaba tan maravillado con todas esas voces y todos esos ritmos que simplemente se había perdido.
—Lo lamento —se disculpó, poniendo en pausa su cassette de Elefthería Arvanitaki—. Es sólo que… ni siquiera sé por dónde comenzar…
Así que, sin palabras, hizo lo mismo que Dysnomia había hecho con él, poniendo sus audífonos sobre la cabeza de Izō, ya que era el hombre más cercano a él, y les mostró la magia de la música individualizada.
Tres días después, toda la generación pasada tenía sus propios audífonos, y cada uno estaba escuchando su propia música.
—No puedo creer que esos ancianos que siempre están hablando sobre modales y respeto estén usando sus audífonos en la mesa —se quejó Afrodita al cuarto día, cuando en el desayuno se encontraron con que ninguno de sus antecesores los estaba escuchando o prestando atención.
—No lo entiendo —murmuró Mū—. Athena no nos da dinero a nosotros, mucho menos a ellos, ¿de dónde sacaron los walkman?
—¡Sí! ¿Y por qué ellos tienen uno y yo no? —se quejó Kanon, con los brazos cruzados.
—Pídele uno a tu otro jefe.
Mientras Kanon alababa las buenas ideas de Camus, Shijima se quitó sus audífonos y suspiró triste. La batería se había agotado, dejándolo a la intemperie de los ruidos comunes.
Existían muchas cosas del futuro que no entendía, muchas que no le agradaban y otras más que aún no conocía, pero eso no le impedía creer, con seguridad, que la música era lo mejor del futuro, incluso por encima del famoso cereal de colores. El hecho de que hubiera una variedad incontable sólo la hacía más rica, hecha para cada persona y con la posibilidad de que todos pudieran escuchar algo diferente a la vez.
Maravilloso. Simplemente maravilloso. Eso ya compensaba haber sido revivido sin su permiso.
