Capitulo tres: sombra y agua
– No dijiste que el desvío estaba a unos tres kilómetros de la última glorieta? Pues ya llevamos por lo menos cinco… - el potente motor del coche rugía bajo las exigencias del demonio, que se metía en las sinuosas curvas de la carretera en cuarta, harto de jugar con el cambio- y aquí no veo más que un camino de cabras, ángel…
Es que… me temo que nos hemos metido en un camino secundario que también viene aquí señalado… -el ángel consultó el mapa de nuevo, que se empeñaba en enroscarse en sus manos y en sus brazos, o en colocársele de mascarilla antiarrugas en la cara como si tuviera vida propia- alégrate, se supone que por este camino son menos kilómetros… y por dios, baja un poco la velocidad…
Claro que me alegro… no ves que estoy pletórico de felicidad? – gruño el fastidiado demonio. Algo se movió en el polvoriento arcén súbitamente, y Crowley pisó el freno sin pensarlo- Oh… vaya, un pobre perrito… seguramente lo haya dejado aquí algún hijo de…- el can de repente salió ladrando como un loco seguido de unas cabras raquíticas intentando morder una rueda del Giulia, provocando que el demonio diese un volantazo – Perro estúpido! Pero qué coño haces?
Aziraphale disimuló una sonrisa. Su amigo era todo contrastes. Por fin, se apaño con aquel mapa maldito que se empeñaba en sabotearle e informó al demonio.
Esta carretera se une con la principal un kilómetro más allá. Después solo faltan dos kilómetros más hasta Villasimius. Asi que nos hemos ahorrado camino, ¿ves?
Lo tenías todo planeado, no? En realidad, estamos justo donde querías…
Bueno, estamos llegando a donde quería, y lo cierto es que los paisajes de esta carretera son gloria bendita… -Aziraphale contempló el mar que se extendía radiante con su espléndido color turquesa bajo un cielo azul de ensueño- … es un viaje para disfrutarlo.
La maravillosa naturaleza de aquella isla le había seducido desde que llegaron, con sus extrañas formaciones rocosas, sus playas blancas con aguas turquesas, sus bosques jóvenes aunque con algunos ejemplares notables de árboles, sus gentes y su maravillosa gastronomía… hablando de comida, tanto la cena del día anterior como el desayuno en el hotel habían sido una auténtica maravilla. Allí todo eran sonrisas, gente amable que sabía apreciar a un buen gourmet y que disfrutaban cuando veían a alguien de buen comer aceptando sinceramente los dones de aquella tierra. Si hasta habían intentado en el desayuno que Crowley dijera que sí a una omelette sarda hecha ex profeso para él! Al final, Aziraphale había acabado comiéndose una y media, pero bueno, la intención es lo que cuenta. Y estaba decidido a que, al menos en ese viaje, el demonio comiese en condiciones, en lugar de beber en condiciones.
Cinco minutos después, estaban entrando en la localidad que Aziraphale quería visitar.
Bueno, pues parece que al final hemos llegado. Has dicho que querías quedarte por esta zona, no? – el demonio aparcó en un sitio a la sombra estupendo reservado a vehículos de emergencias.
Por esta zona, sí, pero no en este lugar. ¿Y si tiene que venir una ambulancia? Por favor, no dejes el coche en este lugar, querido.
Pero… oh, está bien- gruñó el demonio- Mira, baja aquí y yo iré a hacer lo que tengo que hacer. Quedamos en una hora en… -el demonio miró a su alrededor- aquel café de allí, el del cartel en forma de taza. Te parece?
El ángel miró a su alrededor para ubicarse. No le hacía mucha gracia que el demonio tuviese que ausentarse, y más porque intuía que iba a realizar alguna tentación. Sin embargo, sabía que no podía frustrar todos sus intentos de tentación porque eso le traería problemas. Solo podía confiar en que Crowley seguiría el juego al infierno hasta donde pudiese, como había hecho siempre.
De acuerdo –suspiró- iré a ver los alrededores, y después de un café podemos ir a la playa, si te parece, antes de que sea demasiado tarde y el sol esté muy alto. Hay que evitarlo entre las doce del medio día y …
Pero si es cuando los humanos abarrotan las playas! Me parece que no tienes mucha idea de cómo se comportan ellos…
Aziraphale sacudió la cabeza y se bajó del coche. Tomó sus cosas del maletero del coche, y dirigió una mirada nostálgica al demonio, súbitamente triste porque le dejara solo, aunque fuera durante una hora.
Por favor… ten cuidado y... bueno… sabes que confío en ti. No vuelvas tarde, ¿de acuerdo?
No te preocupes, ángel – el demonio agradeció sus eternas gafas de sol, pues de ese modo su amigo no podía ver el reflejo de la pena en sus ojos- volveré enseguida. Ni que se me fuera a llevar un sabueso infernal en la boca!- dijo, riendo un poco forzado.
Aziraphale se colocó la mochila que había traído y sacó un plano, mientras Crowley desaparcaba y, tras tocar el claxon en son de despedida, se dirigía al muelle dando un rodeo.
El parking del pequeño muelle recreativo de Villasimius estaba abarrotado, pero Crowley aparcó el Giulia en una zona de tierra un poco más atrás. Ya había localizado al pasar la primera vez con Azirafel el barco que estaba buscando, y llegó justo cuando terminaban de prepararlo. Echó un vistazo a los alrededores. La pequeña embarcación de recreo ya estaba lista para zarpar, así que no tenía mucho tiempo para actuar. Echó un apresurado vistazo a sus papeles y confirmó que el tipo que estaba hablando con uno de los encargados del muelle era el humano que había venido a buscar. Ahora tendría que colarse discretamente en el barco, ya que en aquella ocasión prefería hacer su trabajo en el mar.
Empleó un truco clásico para distraer la atención de los humanos que estaban a la vista en el pequeño muelle. Llenó de aire los pulmones, hizo bocina con las manos, miró hacia una cala escondida y gritó en sardo: "Señora! No está permitido hacer nudismo en esta zona! Pero gracias por las vistas!"
Instantes después se colaba en el barco atravesando sin problemas el desierto muelle.
Veinte minutos más tarde, Renato Conti saltaba del barco para darse un chapuzón en el mar abierto, tras quemar gasoil poniendo su embarcación de recreo a todo trapo. Le encantaba evadirse con la velocidad surcando aquellas aguas turquesas y con el viento soplándole en la cara. El hecho de que fueran costas protegidas y estuviera prohibido ir demasiado deprisa por el bien de la fauna a él le traía sin ningún cuidado. Tenía importantes amigos entre la guardia costera, como en todas partes, así que no tenía nada de lo que preocuparse. El agua estaba a una temperatura deliciosa, como de costumbre, y aprovechó para nadar vigorosamente durante unos minutos. Había que conservar la forma para no desentonar demasiado con la modelo con la que iba a cenar esa noche. Si se portaba bien y hacía todo lo que él quería, puede que hasta le diera el nombre de un conocido suyo del mundillo ese de mariposones de la alta costura. Sonrió pensando en cómo pensaba tomarle las medidas a la chica… desde luego, la vida no podía irle mejor ni sonreírle más… ya ni se acordaba del asesinato de aquella chica que no había sido buena con él hacía diez años… y mucho menos se acordaba de lo que había sucedido aquella misma noche con un viejo grimorio y un puente oscuro…
Conti notó un extraño escalofrío. Pensó que se habría metido en una corriente fría, pero su cuerpo seguía sumergido en agua templada. Un extraño impulso le hizo mirar hacia su coqueta embarcación, anclada y mecida por las olas a poca distancia. Todo parecía normal. Todo… un momento! Donde estaba la escalera de popa?
Preocupado, nadó hasta el barco, convencido de que sus ojos le estaban engañando. Tenía que estar en el otro lado… si, eso sería, estaría a estribor…
Nada. Ni a estribor, ni a babor, ni rastro ninguno de la escalerilla. El casco liso y perfectamente pintado del barco se alzaba ante él. La cubierta, a dos metros de distancia, estaba casi al alcance de sus manos. Casi. Y estaba solo. Sin ninguna posibilidad de volver a subir al barco… ni de llegar a la costa.
El cabo del ancla! Si, eso es… -dijo en voz alta- treparé por él.- "Esos imbéciles del puerto"- pensó lleno de odio- "han quitado la escalerilla sin avisarme… voy a j***rles de tal manera que no van a levantar cabeza ni los nietos de sus nietos…"- nadó hasta la proa, buscando con la vista el escoben… del que colgaba la cuerda del ancla, seccionada.
Conti se quedó en shock. Él estaba seguro de que había echado el ancla.
Cuando volvió a mirar, vio a un hombre mirándole desde la popa del barco, cerca del agua.
Eh! Eh, tu! Polizón! …tú…- el miedo sustituyó a la ira- oye… escucha, échame un cabo, por favor, y te daré mucho dinero, vale? Mucho más de lo que vale el barco…no vayas a dejarme aquí…déjame subir.
Se acercó nadando de nuevo a la popa. La tensión nerviosa y el tiempo que llevaba ya en el agua le estaban agotando. Al dejar de deslumbrarle el sol dio un grito de terror. Los ojos de aquel hombre estaban fijos en los suyos. Y eran de víbora. Y le decían que ya estaba muerto. Y que era propiedad del Infierno.
Había transcurrido casi una hora cuando la embarcación de Conti llegó de nuevo al puerto de Villasimius. Nadie reparó demasiado en ella, ni en el hombre que saltó ágilmente de la misma y se marchó paseando tranquilamente, tras tirar en una papelera el localizador gps del barco que había arrancado e inutilizado antes de que dejaran el puerto.
El cuerpo del hombre nunca sería encontrado. Su alma ahora aguardaba haciendo fila en el infierno la asignación de su eterno tormento. Primer trabajo terminado. Suspiró y miró hacia la cafetería.
Se dirigió hacia la misma caminando a paso rápido. A Aziraphale no le agradaba la impuntualidad. Agradecía que hubiese aceptado tan fácilmente dejarle actuar, pues el tipo de trabajo que acababa de llevar a cabo nunca lo hubiese tolerado de haberlo sabido… ni que a él le gustase, por cierto, y además ni siquiera pertenecía a su departamento. Él era un Tentador, no un Recolector. Pero había sido la condición inexcusable para poder estar diez días sin rendir cuentas al infierno sobre sus actividades; se aprovechaban de la falta de personal, como siempre. Aunque en teoría, era un trabajo fácil. Solo tenía que recolectar seis almas en esos diez días, nada más, pero pobre de él si incumplía…
Hizo una mueca recordando cómo había aprendido esa lección por las malas. Si te comprometías a realizar un trabajo con el infierno, daba igual como lo hicieses, pero tenías que hacerlo. Y en plazo. Si no… bueno, si no igual tendrías que hacerlo, pero tus condiciones de partida empeorarían catastróficamente. Distraídamente se llevó la mano a la zona lumbar, en la que el recuerdo de cómo podían empeorar las condiciones de uno permanecía en forma de una cumplida colección de cicatrices. Que no se le olvidase volver a hacerlas desaparecer si iban a la playa. Junto con todas las demás.
Aziraphale acababa de sentarse cuando vio a su amigo asomar por la puerta. Le hizo una seña desde la acogedora mesita con unas magnificas vistas del puerto. Una vez localizado, el demonio se le acercó rápidamente.
Ya estoy aquí, angelito. ¿Ha sido fructífera tu investigación?- dijo, tomando asiento frente a él.
Ni por asomo…- repuso algo enfurruñado el ángel- No he logrado encontrar lo que quería ver. Parece que aquí el único punto al que prestan atención es el puerto y las playas…
Crowley hizo un gesto a la camarera, que se acercó para tomarles nota.
Creía que tenías un mapa…eh… tal vez fuese buena idea aprovechar para comer algo rápido, además del café, no?
Oh, si, aquí tienen también unos menús muy apetecibles. Señorita, yo tomaré el especial de la casa. Con todo incluido, por supuesto.
