«Desde el principio, casi desde el primer instante en que le conocí, sus modales me convencieron de su arrogancia, de su vanidad y de su egoísta desdén hacia los sentimientos ajenos; me disgustaron de tal modo que hicieron nacer en mí la desaprobación que los sucesos posteriores convirtieron en firme desagrado; y no hacía un mes aún que le conocía cuando supe que usted sería el último hombre en la tierra con el que podría casarme.» Recordó Fitzwilliam Darcy en su camino a Londres, no necesitaba que nadie le hablara de su arrogancia, sabía que lo era ¿pero vanidoso y con un egoísta desdén por los sentimientos ajenos? ¿No había tratado de proteger los sentimientos de Bingley ocultando la presencia de Jane Bennet en Londres?
—Entonces primo ¿piensas contarme en algún momento lo que te aflige? —preguntó Richard desde el otro lado del carruaje.
—¿Has escuchado alguna vez que el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones? —respondió el tratando de sonar como si nada lo afectara,
—Por favor Darcy, lo que sea que hayas hecho no puede ser tan malo —respondió su primo escéptico.
—No, no tan malo, es peor todavía, el peor de mis actos. Todo lo que llevó meses deseando, soñando, el futuro más perfecto que había imaginado para mi vida. —Si estuviera solo se habría atrevido a llorar, era una desesperación que nunca antes había sentido, pero no lo haría, no en frente a su primo.
—Cuéntame —insistió.
—¡No, es mejor olvidar todo, olvidarla a ella, exiliarla de mis pensamientos! —exclamó desesperanzado.
—¡Ah! Con que si se trataba de una dama.
—¡Me desprecia, me aborrece, me odia! —replicó pálido.
La verdad es que no tenía ganas de exponer sus pensamientos o la catástrofe de su propuesta de matrimonio, había estado tan seguro el día anterior, se había sentido maravillosamente feliz de pensar que a estas horas estaría compartiendo las noticias de su compromiso. Pero su realidad era otra, y aunque fuera impropio de un caballero de su talla, lo cierto es que quería despotricar libremente como nunca antes en su vida.
—Oh Darcy, Darcy, no pierdas tus esperanzas —respondió su primo al escuchar su relato—. No todo está perdido.
—¿Pero cómo puedes decirme eso Richard? ¿No escuchaste acaso? Soy el último hombre en la tierra con el que podría casarse ¿No lo dijo todo ya? —reclamó enojado.
—Como lo veo yo, es hora de retroceder, reagrupar tus tropas y prepararte para el asedio. La señorita Bennet es tu Constantinopla, lo que necesitas realmente es un mejor plan —respondió su primo tratando de calmarlo.
—¡Richard! —exclamó—. No es una guerra, no es una campaña militar ¡Elizabeth es una dama!
—En medio de tu dolor, te niegas a entender lo que quiero decir primo —respondió Richard con las manos alzadas—. Permíteme preguntarte algo ¿Cuáles son sus puntos débiles?
—¿Puntos débiles? —repitió—. Te lo vuelvo a decir, ella es una dama, no alguna torre a la que hay que derribar con catapultas.
—¿La amas verdad?
—¡Por supuesto que lo hago! ¿No ha quedado claro ya? —confirmó agitado.
—Entonces responde, no es tan difícil, conoces a la dama hace meses, quieres casarte con ella, algo deberías haber aprendido después de tanto tiempo, dime primo, ¿Qué es lo que le importa?
Darcy se llevó las manos a su cabeza tratando de pensar, era difícil, su mente estaba demasiado revuelta y desordenada, era la falta de sueño, el alcohol que había tomado mientras escribía su carta, la presión de Lady Catherine, su ira y rabia, su corazón roto en mil pedazos.
—Me atrevería a decir que su hermana, su familia, y sus parientes de Londres —respondió al fin después de pensar un poco lo que parecía haberla afectado más durante su declaración.
—Bien, la señorita Bennet no es inconquistable, lo que tienes que hacer es atacar cada una de esas debilidades ¿Quieres que cambie su opinión de ti? Puedes hacerlo si te esfuerzas ¿Es realmente posible para ti empeorar la situación? —preguntó—. No, ignora eso, supongo que eres capaz, pero quiero creer en ti y que a partir de ahora todo debería mejorar, solo ten un poco de fe ¡Prepara tus cañones y dispara!
Las metáforas militares de su primo no le parecían las más apropiadas, pero no podía negar que tenía algo de razón y era capaz de empeorarlo ¿pero cuál era el motivo? Podía reconocer que su comportamiento no había sido el mejor, siempre se había sentido incomodo entre desconocidos, no era la primera vez en que insultaba a alguien sin querer hacerlo, difícilmente sería la última, pero lo importante es que no era algo que hiciera a propósito, sí, lo aceptaba, nunca se había tomado la molestia por mejorar, siempre se había excusado en que sus acciones eran más que suficientes, debían serlo, después de todo eso era lo que definía a un verdadero caballero ¿no?
De hecho, aún hoy lo afirmaría, pero lamentablemente eso no parecía evitar la percepción que muchos tenían de su persona, la de que era un hombre antipático y poco amable, sin humor. Era incomprensible, ridículo e intolerable, la sociedad le daba un valor excesivo a las apariencias, y le molestaba profundamente pensar que había sido víctima de algo tan absurdamente superficial.
Pero pensándolo bien, eso no era la prioridad, no iba a llegar a una decisión en un día.
—En ese caso imagino que debería hablar con Bingley…
—Detente ahí —interrumpió su primo—. Me dices que la dama esta desolada y herida por el abandono de Bingley, si llega a repetir su comportamiento lo único que harás es hundirla nuevamente en melancolía, y lo que requieres es su felicidad, no su tristeza. ¡No! Lo que necesitamos es un pretendiente caballeroso,firme, de buen carácter, que pueda hacerla sonreír —añadió pensativo.
—¿Debería suponer que ese caballero eres tú? —preguntó escéptico.
—¿Tiene la dama una dote de treinta mil libras? —respondió su primo con otra pregunta y algo de curiosidad.
—No.
—En ese caso no soy el indicado. Pero permite que me encargue.
—¿Y por qué no puedo hacerlo yo?
—¿Cuál de tus amigos crees que sea el correcto? ¿Mortimer? Tiene una pared entera de su casa llena de insectos atravesados por agujas. ¿Lord Greystoke? ¿Tiene la dama la constitución adecuada para prolongadas expediciones por Africa? —se detuvo su primo al ver la duda en su rostro—. Pensé que no ¿Quién más? ¿Wakeshaw? Si tú hablas poco, él habla menos. No es que tus amigos sean deficientes en carácter o comportamiento, son todos perfectamente decentes y honorables, pero admítelo, son aburridos.
Darcy decidió rendirse, no pensaba posible objetar los argumentos de su primo. Si por algún motivo el pretendiente resultaba inapropiado, entonces se encargaría él.
—¿Y los parientes de Londres? —preguntó interesado por la respuesta de Richard.
—¿Qué encuentras objetable en ellos? —preguntó.
Se quedó callado, lo cierto es que no tenía ninguna base para criticarlos excepto su profesión, el tío comerciante era hermano de la señora Bennet, y ella era definitivamente vulgar, ordinaria, ignorante, pretenciosa. Pero no por eso el comportamiento de su hermano debía ser similar. Después de todo Richard y él eran absolutamente distintos de Lady Catherine, de igual manera que lo eran sus otros tíos y tías. Sabía que se había equivocado al hablar de ellos de esa manera, podía reconocer que socialmente eran inferiores a él, sin embargo no había sido necesario echárselo en cara a Elizabeth.
—Envía a uno de tus empleados a conocerlos, tu mayordomo, el ama de llaves, eso debe ser más que suficiente para saber cómo actuar. Eso sí, ten en cuenta de que la señorita Bennet muestra un gran afecto y respeto por ellos, debe tener sus razones, y deberías esforzarte por comprenderlas.
Podía funcionar, era una idea sencilla y poco complicada. Sin embargo eso lo llevaba a pensar nuevamente en su comportamiento, de nada le serviría saber si eran buenas personas si no se mostraba preparado para tratarlos adecuadamente ¿era realmente capaz de actuar con mucha más amabilidad?
Darcy no quería mentirse a si mismo, lo que menos deseaba era añadir más frustraciones a las que ya tenía. Estaba seguro de que podía ser cortes, siempre lo había sido, quizás podía participar un poco más en conversaciones y eventos, mostrarse más abierto. Pero alterar excesivamente su personalidad apestaba a falsedad y hipocresía, ¿No criticaba él las artes de las mujeres para intentar atraer su atención? No quería convertirse en otra persona, además que estaba seguro de que Elizabeth sería capaz de adivinar sus intenciones. No, lo que quería era ser amado por quien era, defectos y virtudes de por medio. Ya Elizabeth conocía sus defectos, era imperativo mostrarle el resto.
«¡Georgiana!» pensó. No le gustaba recurrir a tales artimañas, pero todos reconocían que solía actuar de manera más delicada en presencia de su hermana, y si algo aceptaba y necesitaba era usar todo lo que estuviera a su alcance para convencer a Elizabeth de que no era el hombre que se había imaginado.
—Primo, no te distraigas.
—Solo pensando Richard —respondió él con un suspiro mientras seguía observando el viejo camino de tierra a Londres.
—¿Planes para la familia?
No, no pensaba en eso, pero tampoco podía obviarlo, eso era lo que presentaba mayores dificultades. El señor Bennet es quien debería encargarse de controlar a su esposa e hijas, era su responsabilidad, no la suya, no obstante no podía ignorar que de alguna manera debía interferir en su manejo, sin embargo tampoco los conocía lo suficiente como para hacerlo, y tampoco tenía manera de demandar mejor comportamiento. Para eso era necesario formar parte de la familia, debía conseguir primero la buena opinión de Elizabeth, hacerla reconsiderar su negativa, enamorarla.
—No tengo ningún tipo de autoridad para hacer algo respecto a ellos Richard.
—No la tienes ahora, pero en dos meses podrías tenerla.
—¿Dos meses? ¿No es eso poco? —preguntó cauteloso, no pensaba poder conseguir comprometerse con ella en tan poco tiempo.
—Bueno, conociéndote, tal vez unos tres meses sean más apropiados, no te rindas, tendrás mi asistencia, solo tienes que escucharme antes de actuar, escribe lo que quieres decir antes de hacerlo, no vayas a repetir esa calamidad de propuesta.
—Realmente me pregunto qué me hizo pensar que compartir mis problemas contigo me ayudaría en algo.
—No actúes así primo, te has acostumbrado demasiado a tomar decisiones sin pensar en los demás, sin escuchar otras opciones, y mira a lo que te ha llevado.
Eso también era cierto, no era su manera de actuar pedir opiniones, tal vez en eso Elizabeth tenía razón, por mucho que hubiera querido proteger a Bingley, no consideraba a otras personas antes de decidir qué hacer.
—Ya tenemos un plan, detén tu angustia, eres un gran hombre, inigualable en muchos aspectos, créeme que no te envidio, pero las ventajas de tu posición son obvias, quisiera yo poder casarme sin tener que pensar primero en riquezas.
—Ahora que mencionas riquezas Richard ¿Cómo crees que reaccionaran tus padres?
—Madre será difícil de convencer, la conoces, ha tenido aspiraciones respecto a tu matrimonio todos estos años, te ha presentado con muchas damas de alto rango y nunca has aceptado una… y ahora pretendes casarte con una dama pobre y desconocida, la harás enfrentarse con sus queridas amigas ¡Colosal! —respondió su primo entre risas.
Darcy asintió. En realidad había llegado al punto en que poco le importaba la opinión de su familia, había sido un error darles tanta importancia al considerar su decisión.
—¿Y el conde?
—Después de todo el desastre con Patrick creo que puede estar dispuesto a considerar tus razones.
Patrick, Vizconde Warburton, había sido obligado a casarse con una dama hija de un Marques, el matrimonio había resultado un verdadero desastre, ambos esposos con personalidades tan opuestas que se negaban a compartir una misma casa. El vizconde incluso había manifestado su rechazo a tener hijos con semejante arpía, no fuera que heredaran el mal carácter y amargura de su madre.
—Me sorprende que tus padres no te estén presionando más para que te cases —respondió él un poco más tranquilo.
—Madre lo hace, ¿Sabes que tiene una lista? Puedes pedirle que te la muestre, está perfectamente ordenada por posición social, dote, conexiones, pero he sido claro que no pienso casarme con ninguna mujer de su elección, es imposible para mi confiar en sus habilidades —resopló el coronel—. Gracias a Dios que padre es el que da las órdenes, y Patrick por supuesto me apoya.
Darcy miró nuevamente por la ventana, tenía todo en contra de sus aspiraciones, sus riquezas y buen aspecto no le iban a servir de nada, en retrospectiva nunca había intentado conquistarla realmente, pensó que con unas cuantas caminatas y pocas conversaciones bastaban, pero no era así. En su mente nunca había considerado la posibilidad de ser rechazado excepto por tal vez la hija de un duque, pero no ciertamente por una dama de pueblo, y ahora le tocaba batirse en duelo no contra un enemigo cualquiera, sino contra el peor de ellos, él mismo.
