El Emperador
Levi Ackerman nació en la ciudad de Versalles, Francia. Su madre, Kuchel, se dedicó al patinaje artístico en su juventud, pero lo dejó una vez que se casó para enfocarse de lleno en su nueva familia.
Desde muy pequeño, siempre se destacó por su inteligencia y la astucia al momento de hacer las cosas, y eso se vio reflejado durante su tiempo en el jardín, donde sorprendió incluso a su maestra por lo rápido que solía aprender.
Era el más grande orgullo de su padre, Hendrick. Este, siendo preparador físico de un importante equipo de fútbol y a pesar de estar la mayor parte del tiempo ocupado, se daba modos para sacarlo a pasear, jugar con él y, junto a su esposa, pasar momentos amenos recorriendo las calles de la ciudad.
Al ser una familia de la clase media, gozaban de los lujos necesarios para tener una vida digna, pero lo más importante para ellos no era las cosas materiales, sino la felicidad de tenerse el uno al otro, compartir anécdotas y reírse de los tantos momentos que así lo ameritaban.
No pedían nada más que continuar con la vida que llevaban, pero no siempre las cosas resultan como uno quiere.
En uno de esos días, cuando Levi tenía 7 años, estaba en el negocio de Kuchel luego de la jornada de escuela. El cielo se encontraba parcialmente nublado, pero no hizo el mayor caso y continuó haciendo tareas hasta que en la televisión, que colgaba en una de las paredes, empezó a emitirse un reportaje.
—Hace una media hora, en el norte de París, se produjo un tiroteo entre bandas delictivas —habló la periodista—. Se presume que fue por conflictos territoriales en la zona urbana. Sin embargo, cabe destacar que civiles se vieron involucrados, y aunque algunos salieron ilesos, otros no corrieron con la misma suerte.
Kuchel, quien estaba limpiando algunos estantes, se detuvo abruptamente al escuchar eso y volteó a ver a la televisión.
Tenía un mal presentimiento al respecto.
—Mamá —Levi la llamó, con un tono que rozaban la preocupación—. ¿En esa zona no trabaja mi papá?
—Sí… —susurró y alejó cualquier mal pensamiento—. Pero no te preocupes, él está bien.
Eso lo dijo más para convencerse a sí misma y no asustarlo, pero cuando nombraron a las personas que habían sido víctimas, todos sus temores se hicieron realidad.
Sin perder ni un minuto más, cerró la tienda y dejó a Levi en casa aun cuando él le decía que también quería ir. Se dirigió al garaje, subió a su auto y manejó a toda velocidad hacia el hospital al que, según las noticias, habían trasladado a su esposo.
Con los nervios apoderándose de todo su ser, logró serenarse un poco cuando estacionó al frente de la enorme infraestructura. Salió de un brinco y corrió puertas adentro hacia la sala de emergencias, topándose con una enfermera a la que no tardó en bombardear de preguntas.
—Ahora está siendo intervenido —dijo con paciencia—. Puede quedarse en la sala de espera. Pronto un médico le dará noticias.
Asintiendo débilmente hizo caso a la sugerencia y caminó hacia el lugar. Se quedó sentada por algunos minutos, pero la angustia no tardó en hacerse presente y se puso de pie para caminar de un lado a otro hasta que un médico cirujano salió de la sala de operaciones.
—¿Señora Ackerman?
—Soy yo —se acercó a toda prisa—. ¿Qué pasó con mi esposo? Está bien, ¿verdad?
El cirujano la miró con un semblante serio y se quitó la mascarilla que cubría su boca.
—Su cuadro clínico fue muy grave. Llegó con heridas severas en órganos vitales, y aunque le retiramos las balas, sufrió un paro cardiorrespiratorio y no pudo salvarse. Lo siento mucho.
En ese instante sintió cómo el mundo se derrumbaba a sus pies. Por una breve fracción el tiempo se detuvo, atrapándola en un fuerte estado de shock, pero cuando nuevamente fue consciente de la realidad, reaccionó con palabras de negación y lágrimas que rodaban por sus mejillas.
—No puede ser… No puede ser… Hendrick, no…
No quería creerlo, se rehusaba rotundamente a hacerlo, pero cuando vio su cuerpo inmóvil y frío sobre la camilla supo que, definitivamente, los había dejado.
Y eso la destrozó por completo.
Fue difícil darle la noticia a Levi una vez que estuvo en casa. Sabía que esconderlo no tendría sentido ya que él era muy consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, incluyendo, por supuesto, cuestiones sobre la vida y la muerte, por lo que trató de mantenerse fuerte y consolarlo cuando rompió en llanto.
Esto también lo supo su hermano, Kenny, quien no dudó en brindarle apoyo tanto emocional como el relacionado con el asunto del entierro y demás.
Se despidieron de Hendrick en un día de lluvia con la compañía de algunos conocidos, notándose su ausencia en cada rincón de la casa. Fue un proceso largo acostumbrarse a ello y recordarlo sin que doliera, pero también tuvo sus altibajos, en especial para Kuchel quien por momentos pensaba que no podría seguir adelante.
Levi fue la razón principal para que no se rindiera, y eso hizo que, luego de ocho meses, se decidiera a llevar a cabo algo en lo que llevaba pensando desde aquel fatídico día.
—¿Estás segura de que quieres irte? —le preguntó Kenny cuando le contó sobre sus planes.
—Siento que es necesario. Sé que Hendrick no estaría para nada contento al verme triste, y como todo en Francia me recuerda a él, quizá cambiar de aires me ayude a sobrellevarlo de mejor manera.
—Si tú lo dices… —se encogió de hombros, aunque muy en el fondo estaba contento por ver que no se había dado por vencida con su vida—. ¿Levi sabe sobre esto?
—Sí. Parece como si ya lo hubiera superado, pero sé que no es así, por lo que también le haría bien.
—Entiendo… ¿y ya decidiste a qué país irán?
—Japón.
—Oh, una elección bastante peculiar —soltó una risita—, pero, independientemente de eso, no olvides que siempre estaré de tu lado.
—Gracias, hermano.
Iniciaron los trámites para la obtención del pasaporte y la visa. Ello tomó un tiempo considerable, por lo que Kuchel aprovechó para poner a la venta la casa, el auto y su negocio y así obtener presupuesto para el viaje y el establecimiento en el País del Sol Naciente.
¿Por qué lo eligió como su nuevo destino? Simplemente se sintió atraída por su cultura, sus valores y todos aquellos detalles que diferían de la mayor parte de los países de occidente. Sería una travesía llena de desafíos, pero estaba dispuesta a todo para aprender y hacer de aquel territorio su nuevo hogar junto a su pequeño sol.
Una vez que todos los asuntos estuvieron finiquitados, prepararon las maletas y se dirigieron al aeropuerto. Kenny los llevó en su auto y aguardaron en la sala de espera hasta que se anunció su vuelo a través del parlante.
—Que te vaya muy bien, hermanita —le dio un fuerte abrazo.
—Así será —susurró, conteniendo las lágrimas de emoción.
—Y tú, enano —se hincó al frente de Levi, quien lo veía con el ceño fruncido por ese sobrenombre—. Cuida de tu madre.
—No tienes que decírmelo —dejó que lo despeinara.
Kuchel lo tomó de la mano y se dirigieron a la zona de embarque.
—¡Espero que no se olviden de mí! —exclamó Kenny y ellos, antes de desaparecer, voltearon y sonrieron por última vez.
El viaje se extendió por más de doce horas sin hacer escalas. Levi se quedó dormido por un largo rato, y cuando se despertó se puso a leer un libro, deteniéndose a veces a pensar en esa nueva aventura a la que irían. Mentiría si dijera que no le dolió despedirse de su tío, aquel viejo lleno de bromas, pero él había aceptado la propuesta de su madre, y aunque llegó a tener sus dudas, estas fueron despejadas una vez que se vio surcando el cielo nipón.
Cuando tocaron tierra en Tokio y bajaron del avión, se maravilló por todo lo que encontró a su alrededor. Una nueva emoción nació en su interior y se sintió listo para explorar ese mundo.
Alquilaron un departamento al oeste de la ciudad y se tomaron un tiempo para adaptarse al idioma y a las costumbres. Una vez conseguido suficiente conocimiento, Levi fue inscrito en una escuela cercana a su residencia, mientras que Kuchel logró conseguir un trabajo en una tienda deportiva.
Pronto se adaptaron a la dinámica de la capital junto a sus contrastes y esa energía única que les recordaba por qué estaban vivos.
Transcurrieron los meses con un aire de tranquilidad y paz. Kuchel continuaba realizando su trabajo sin novedades hasta que, en una ocasión y mientras limpiaba la bodega, se encontró con una caja llena de patines de hielo. Antes ya había visto un par de ellos en exhibición, pero no hizo mucho caso ya que estaba atendiendo a algunos clientes.
Aprovechando que estaba sola, sacó uno y lo observó con detenimiento. Casi de inmediato, cientos de recuerdos de su juventud aparecieron en su mente, aquellos en los que, gracias a su padre, aprendió lo que era el arte sobre hielo.
Una especie de nostalgia inundó su pecho, pero al mismo tiempo pensó que no sería mala idea revivir los viejos tiempos, aunque sea por una vez.
Con ello en mente, adquirió un par de patines que lo descontaron de su sueldo y buscó una pista en la que pudiera patinar. No tardó en encontrar una abierta al público, por lo que, un día luego del trabajo, se dirigió hacia allá.
Al llegar, notó que había más jóvenes y uno que otro adulto junto a niños. Por un momento sintió que no encajaba, pero alejó cualquier pensamiento pesimista de inmediato y se colocó los patines para saltar a la pista de hielo.
Aun cuando había pasado un buen tiempo desde que estuvo en una, no olvidó cómo mantener el equilibrio y se deslizó sin mayor problema, recorriendo toda la superficie y realizando uno que otro giro sencillo.
Se sintió tan bien hacerlo que volvió los días siguientes, y al ver a algunos padres enseñándoles a sus pequeños quiso hacer lo mismo, por lo que se lo planteó a Levi una noche durante la cena.
—¿Patinar? —preguntó él un tanto extrañado.
—Así es. Cuando estuvimos en Francia lo dejé, pero ahora lo estoy retomando y quisiera enseñártelo.
—Hum… —jugó un rato con los utensilios—. No creo que sea una buena idea.
—¿Por qué? Oh, vamos, hijo. Es muy divertido. Además, es un deporte que requiere de disciplina, pero no está exento de desafíos.
Esta última palabra captó su atención. Y es que siempre buscaba actividades complejas que desarrollaran habilidades que, por lo general, no tenía. En la escuela, los deportes más comunes como el fútbol, básquetball, volleyball, tenis y softball eran bastante fáciles de practicar y los dominaba a la perfección, por lo que intentar algo salido de esa línea no estaría tan mal.
—Está bien —dijo al fin—. Veremos si es tal y como dices.
Kuchel aprendió contenta y, mencionándole un entusiasmado "No te arrepentirás", lo llevó al día siguiente tras alquilarle un par de patines. Él, ya con estos puestos, vio a las personas en la pista y supuso que no era complicado deslizarse de un lado a otro siguiendo un patrón, pero una cosa era decirlo y otra hacerlo, y esto lo comprobó cuando puso los pies en el hielo y casi se cae de bruces si no fuera porque Kuchel lo sostuvo a tiempo.
—Tranquilo, cariño. Parece sencillo, pero toma su tiempo acostumbrarse.
—¿Qué rayos? —se resbaló, sosteniéndose con fuerza del brazo de su madre—. Es imposible mantener el equilibrio.
—¿Y qué crees que estoy haciendo? —soltó una risita ante su cara asustadiza—. Ya te lo dije. No es algo que se aprenda de un momento a otro. Debes intentarlo primero.
Dado lo nuevo que estaba experimentando, tuvo que familiarizarse con la idea de que, en efecto, no era tan fácil, pero ese tinte de dificultad hizo al asunto más interesante y despertó en él la chispa de determinación.
Siguió los consejos básicos que Kuchel le dio y poco a poco logró dominar el patrón de los deslizamientos. Luego intentó los giros sobre su eje y con las piernas cruzadas, y cuando creyó que no había nada más por aprender, vio a unos chicos realizar saltos, ya sea picando el hielo o despegando con la cuchilla interna y aterrizar de una manera bastante impresionante.
Sus ojos adquirieron un tinte de emoción, y quizá desde ese momento quedó enganchado de aquel deporte al que mostró sus dudas al principio.
Fue un reto inmenso tratar de replicar aquellos saltos a sus 8 años. Empezó primeros con los de medio y un giro, y cuando ya los manejaba bien intentó los de dos giros. Por supuesto sufrió caídas, pero enseguida se levantaba y continuaba.
Y esa perseverancia llamó la atención de cierta persona que siempre visitaba la pista.
Un día, mientras Kuchel lo alentaba a hacer un salto consecutivo, un señor se les acercó y le propuso a Levi ser su entrenador. Este no comprendió a qué se debía ese interés ya que creía que ya había aprendido todo, pero el señor le explicó que había algo más aparte de los saltos y que estos, de hecho, se clasificaban en otras categorías adicionales.
—Lo que tú haces, pequeño, son los saltos Loop que son los más fáciles. Y, si me lo permites, te enseñaré todos los demás para convertirte en una verdadera estrella.
Fue una propuesta bastante inesperada. Kuchel, por su parte, la consideró una oportunidad única para que pudiera aprender más de ese arte, pero dejaría que decidiera si aceptaba o no ya que era una cuestión que dependía enteramente de él.
Levi miró al hombre con cierta intriga. Bueno, en lo personal, no estaba interesado en volverse una estrella, pero sí en todo lo demás que había mencionado, y eso fue razón suficiente para que, dejándose llevar por su espíritu competitivo, aceptara.
Satisfecho, aquel hombre, que resultaba ser el famoso Keith Shadis, lo llevó a su propia escuela de patinaje y comenzó a entrenarlo junto con otra deportista destacada del país. Desde el inicio ambos pulieron las habilidades con las que ya contaba sin ninguna presión, y poco a poco le enseñaron elementos nuevos que logró aprender en un período relativamente corto en comparación con otros niños de su edad.
Así continuó durante los años posteriores en los que, tras la inspiración otorgada por sus maestros y Kuchel, se decidió a participar en competencias locales juveniles, escalando hasta llegar a aquellos a nivel nacional e, incluso, siendo considerado para los campeonatos continentales.
Su fama entre los más jóvenes fue algo que no pasó desapercibido, pero justo cuando estaba en su mejor momento, el destino decidió, sin piedad, poner la tragedia en su camino una vez más.
Kuchel había caído gravemente enferma con una afección a los pulmones. Logró recuperarse luego de un par de semanas, pero con la llegada del invierno sufrió una recaída que la dejó en cama por un largo período. Levi, entre los estudios y sus entrenamientos, se dio tiempo para atenderla y hacerle compañía, contándole varias de sus tantas anécdotas que a ella tanto le gustaban.
Verla sonreír le daba la esperanza de que pronto superaría la enfermedad, pero de un momento a otro su situación empeoró y, cuando los médicos le realizaron nuevos exámenes, descubrieron que una rara infección estaba atacando su corazón. Fue internada en el hospital de la ciudad y sometida a diversos tratamientos, pero lastimosamente no hubo respuesta favorable y poco a poco comenzó a marchitarse como una flor.
Enterado sobre su condición, Kenny hizo un vuelo de emergencia para ir a verla, pero dos días después fue testigo, junto a Levi, de su lamentable deceso.
Aquella tarde de febrero se tiñó de un gris abrumador, y el frío fue mucho más intenso, helando su alma y haciendo más insoportable el dolor de la pérdida. La habitación era un pozo de silencio, un silencio tan espeso que ninguno de los dos se atrevía a romper.
—Debería iniciar los trámites para llevarla a Francia —susurró Kenny al fin.
—No es necesario —Levi se levantó de su silla y caminó hacia la ventana—. Antes de que llegaras, ella mencionó que quería ser enterrada aquí. Además, sería una buena idea si pudieras traer los restos de mi papá. Sé que te lo agradecería.
—Esa fue su última voluntad, ¿no? —sonrió con melancolía—. Definitivamente se enamoró de esta tierra. Está bien. Así será.
—Es bueno escucharlo.
—¿Y tú? Todavía tienes 16 años, así que requieres tutela hasta llegar a la mayoría de edad y…
—Iré a Canadá —lo interrumpió—, y espero que me ayudes con eso.
—¿Canadá? —lo miró confundido, levantándose de su asiento—. ¿Existe alguna razón?
Levi miró a través de la ventana, aunque, realmente, veía a un punto aleatorio de la nada.
—Mamá era una gran admiradora de la escuela de patinaje de Montreal, así que entrenaré allá y terminaré mis estudios de preparatoria. Haré realidad su sueño, dondequiera que esté.
—Oh… —Kenny identificó un sentimiento particular en sus palabras, lo que logró conmoverlo—. Como digas —sonrió y se acercó, palmeándole levemente el hombro.
—Gracias… —le tembló la voz y, de manera inconsciente, lágrimas empezaron a empapar sus mejillas.
Luego de la ceremonia de entierro —la cual fue sencilla—, Levi continuó sus estudios hasta terminar el primer año. De inmediato dio inicio a los trámites para viajar a Canadá con la ayuda de Kenny. Una vez que todo estuvo listo, emprendió el vuelo, no sin antes prometerle a Kuchel que la visitaría frecuentemente.
Cuando llegó a la capital canadiense, sintió de nuevo aquella emoción que solo aparecía al conocer lugares nuevos. La brisa primaveral le dio la bienvenida y la dijo "Hola" a la que sería su vida por un largo tiempo.
Kenny le compró un departamento en Montreal y firmó los papeles de inscripción para el segundo año de preparatoria. Gracias a las referencias enviadas de Japón, no tardó en integrarse a la tan famosa escuela de patinaje, donde Dot Pixis, una de las más grandes figuras del último siglo, se convirtió en su entrenador.
Fue una sorpresa para los otros patinadores verlo ya que era el más joven de todos, y aunque algo habían escuchado sobre él en las competencias asiáticas, rápidamente se convirtió en uno de los más destacados, en especial por esa pasión innata para intentar cosas nuevas.
Y, aunque se volvió más serio de lo habitual, eso no fue impedimento para que lograra simpatizar con ellos.
No descuidó sus estudios y se graduó dos años después. Ya con esa parte de su vida completa, buscó un empleo y decidió prescindir de la ayuda que Kenny le daba. También pudo enfocarse de mejor manera en los entrenamientos, y gracias a su estilo único, no demoró en participar en los campeonatos nacionales y llegar, incluso, a sus primeros Juegos Olímpicos representando a su natal Francia.
Esta experiencia fue simplemente el fruto de su arduo y constante trabajo. Tener la oportunidad de competir con patinadores de otras partes del mundo era simplemente magnífico, algo para recordar ya que no todos lograban esa hazaña.
Po supuesto no estuvo exento de nervios, pero pudo enfocarse y dar lo mejor de sí como lo venía haciendo desde hace años, convirtiéndose, para muchos, en el favorito para llevarse la medalla de oro y, en sí, del deporte en general.
No defraudó a su creciente número de fanáticos, obteniendo el primer lugar gracias a su rutina libre llena de saltos de alto grado de dificultad. Y aunque nadie pudo verlo, fue una dedicatoria a su madre, quien fue la que le inculcó el amor por el patinaje.
Definitivamente estaría muy orgullosa.
Pero, aunque su mayor prioridad era patinar, eso no le impidió formar lazos sentimentales con personas a las que, a la larga, consideró muy importantes en su vida.
Uno de ellos fue su mejor amigo, Varis. Aunque era un patinador que representaba a Canadá, llegaron a llevarse bien y compartir distintas anécdotas sobre su vida y sus inicios en el deporte. Se caracterizaba por ser tranquilo y muy leal, además de que admiraba enormemente a Levi por siempre estar buscando y desarrollando rutinas que otros no se atrevían a intentar.
Y la última fue la patinadora danesa, Nifa. Si bien empezaron siendo amigos, su carisma, fortaleza y perspectiva que compartían en distintos ámbitos los unió más hasta convertirlos en pareja. Ella se volvió un apoyo relevante, casi indispensable con quien podía ser él mismo y compartir tanto sus victorias como sus derrotas.
Su relación no fue un misterio dentro de la escuela de Montreal, y fue quizá una de las más estables durante cuatro años hasta que un fatal descubrimiento hizo que se replanteara una y mil cosas respecto a la confianza ciega.
Fue como un golpe que lo dejó sin aire. Y es que nunca se imaginó que en una simple y aleatoria visita a Nifa se encontraría a Varis entre sus sábanas. Un caos se generó de inmediato, lleno de intentos de explicaciones de que no era lo que él creía, pero nada podía engañar a sus ojos y simplemente se fue, evitando que la violencia lo arrastrara y azotando la puerta.
Sencillamente no podía entenderlo. ¿Cómo es que fueron capaces de darle semejante apuñalada por la espalda? ¡Confiaba en ellos, maldita sea! ¿Y esa era la forma en que le pagaban?
La furia se apoderó de todo su ser, pero a medida que se iba calmando fue reemplazada por la decepción y un sabor amargo que no lo abandonó por un buen tiempo.
Tal traición tuvo un efecto colateral sobre su carácter. Se volvió más frío, envolviendo su corazón en una fortaleza que le impedía confiar en la gente, y aunque no dejó que afectara su rendimiento deportivo, una vocecita en su interior no lo dejaba en paz y lo llamaba a alejarse de todo.
Y así sucedió.
La sorpresa de un retiro indefinido incendió a la prensa deportiva cuando lo anunció en una entrevista. Por supuesto, las preguntas queriendo averiguar las razones fueron las más recurrentes, pero él simplemente contestó que quería darse un tiempo para sí mismo y descansar de muchas cosas que estaban sucediendo. Esto lo dijo una vez que se coronó campeón en sus segundos Juegos Olímpicos, y de ahí se tomó un año y medio hasta que, tras plantearse nuevos rumbos sin dejar de lado el patinaje, se decidió a volver a Japón y formar parte del equipo de entrenadores de la Academia de Hielo de Kioto.
Y ahí estaba, a sus 27 años, al frente de jóvenes patinadores que lo miraban como si fuera un espejismo o un personaje mítico sacado de una leyenda.
Había llegado la hora de ponerse a prueba a sí mismo y a las mocosas que, a partir de ese día, estarían a su cargo.
