Reflejos o espejismos
Capítulo 9. Lamento fúnebre

Nota del autor: Antes de seguir adelante, por favor, por favor, no dejéis de leerlo el maravilloso one-shot de April Heather, "One Last Time". Simplemente, es tan perfecto, que es canon para mí. Lo digo en serio; deberíamos haber tenido eso en la serie. Este capítulo de "Reflejos o espejismos" no es sólo una escena faltante de la serie. Es, de hecho, una continuación. Es además un tributo a la magnífica obra de April Heather, que tanto me ha inspirado. Espero que se lo pueda considerar de algún modo también parte de esa historia, igual que yo considero "One Last Time" parte de ésta. Os pido encarecidamente leerlo (o re-leerlo si ya lo hicisteis en su día) antes de leer este capítulo.

Buscadlo, por favor: "One Last Time", de April Heather.

Reconocimientos:

Gracias a misswritingobsessed, gem y J.R.S. por sus comentarios animándome a continuar estas escenas perdidas, y los kudos de los usuarios invitados.

Mi más sincero y efusivo agradecimiento a ingrid_isobel por ayudarme con algunas partes, y a Isobel_Maggie_Wanda24 y Gogo_25 por sus ideas y su apoyo en la escritura de este capítulo.


=Tras FBI S04E14 "Ambition", FBI Most Wanted S03E14 "Shattered" y "One Last Time" de April Heather=

El sudario de fría neblina que trajo el crepúsculo envolvía lenta pero inexorable la ciudad, dándole un aspecto irreal, fantasmagórico.

Isobel sintió a Jubal incluso antes de apartar un momento la mirada del horizonte para verlo. No podía ser nadie más. Acababan de enterrar a la única otra persona que habría ido a buscarla allí arriba.

La ceremonia de homenaje por el Agente Especial Supervisor Jess LaCroix había sido un magno evento con cobertura mediática: comitiva con escolta, salva de 21 cañonazos y toque de gaitas, los elogios escritos por Isobel y el equipo de Jess leídos por los máximos responsables de la agencia...

Pero, para el más íntimo velatorio tras el entierro, sólo para las personas más cercanas, Isobel había ofrecido su propia casa. Tras horas de duelo y desconsuelo, de atender asistentes y confortar amigos, padres, viuda y huérfana, Isobel no había podido evitar necesitar desesperadamente aquel momento de paz en la azotea de su edificio.

La última vez que había hablado de verdad con Jubal, había sido dos días antes, tras el caso Tasker. Él había ido a su despacho y le había propuesto recomendar a Maggie para un reconocimiento al valor que había demostrado hacía dos semanas, cuando había conducido durante seis manzanas una camioneta llena de explosivos a punto de estallar para alejarla de una zona poblada. Isobel había estado totalmente de acuerdo y le había contado que OA acababa de respaldar a Tiffany contra los policías que se habían pasado de la ralla con uno de los sospechosos. En silencio, Jubal e Isobel habían compartido entonces una serena, orgullosa de su gente, sonrisa. Fue la primera vez que ella lo veía sonreír desde hacía semanas. Desde antes de que dispararan a Rina. Había echado de menos su sonrisa.

Isobel había querido decirle mucho más pero su ASAC se había despedido hasta la mañana siguiente y se había escabullido, como recientemente siempre hacía.

Se marchó antes de poder preguntarle cómo había ido lo de Abby. Su hija pequeña había presentado un proyecto en la feria de ciencias de su escuela. Jubal, excepcionalmente, se había tomado aquella mañana unas horas libres en horario de trabajo para estar presente cuando Abby hiciera su presentación, y poder mostrarle todo su apoyo. Isobel lo había cubierto en el JOC mientras tanto.

También antes de poder felicitarlo por el excelente trabajo encubierto que había hecho Jubal esa tarde, incluso cuando la situación se puso realmente tensa dentro de aquel bar.

Y antes de que pudiera atreverse a reprocharle "ya no me miras a los ojos, casi no me miras a la cara..."

Apenas una hora después, Isobel recibió la terrible llamada de Sheryl.

Desde entonces, a lo sumo había cruzado unas pocas docenas de palabras con él, todas relativas a cuestiones de las que debían hacerse cargo por la ceremonia o el entierro.

Al principio del responso, Jubal se había quitado los guantes a pesar del frío, y la había cogido de la mano; ambos habían perdido un hermano dos días antes. No se la había soltado hasta que no se habían subido a los coches para dejar el cementerio, rumbo a la casa de Isobel.

El resto de la tarde sólo se habían mirado ocasionalmente desde el otro lado del salón lleno de dolientes.

Los pasos de él se aproximaron despacio, casi aprensivos. Ella no se volvió. Su entereza debilitada hasta haberse convertido en el más frágil cristal.

Jubal se había sentido tan profundamente avergonzado de haber dejado a Isobel verlo llorar como un niño por Rina, que de hecho la había estado evitando desde entonces. Cuán absurdo y mezquino se sentía ahora su propio comportamiento.

Caminó hasta ella y le puso su abrigo sobre los hombros. Lo había cogido del perchero antes de subir, cuando Maggie se le había acercado disimuladamente y, preocupada, le había llamado la atención sobre que Isobel había desaparecido. Hacía demasiado frío para sólo una blusa y una austera falda sastre.

Un poco de gélida brisa agitó el oscuro cabello de Isobel y ella se arrebujó en la prenda sin decir nada, mirando sin ver a la lejanía. Aflojándose la negra corbata que llevaba horas ahogándolo, Jubal estudió de reojo el rostro de Isobel. Todavía llevaba cuidadosamente colocada la máscara de solemne serenidad que le había visto durante todo el día. Él sólo había vislumbrado sus lágrimas brevemente al recibir el ataúd en el aeropuerto la madrugada del día anterior.

Cuando había acudido junto con Sheryl al aeródromo del FBI a recoger a Byron, Sarah, Tali y sus abuelos para llevarlos a la ceremonia, Jubal vestía el mismo traje que en el homenaje de Rina, hacía sólo un par de semanas. Estaba un poco arrugado; ni siquiera había tenido ocasión aún de llevarlo al tinte. En el corazón, sin embargo, Jubal llevaba un tono distinto de luto. Uno teñido de sombrío entumecimiento y asfixiante soledad.

La hija de Jess, de negro riguroso, aceptó el abrazo que él le había dado pero ni siquiera lo saludó, la mirada perdida en un vacío del que no parecía poder regresar. "No ha dicho una sola palabra desde que..." le había murmurado apenada la madre de Angelyne a Jubal.

Abrazada a Byron, el padre de Jess, Sarah lloró desconsoladamente todo el tiempo durante la ceremonia y el entierro. Sólo logró recomponerse un poco para el momento en el que el Director le entregó la prolijamente plegada bandera. Tali, en cambio, permaneció impasible, sentada junto a sus abuelos, presente en cuerpo pero ausente en espíritu.

Un pequeño grupo de cigüeñas los sobrevoló cuando el ataúd descendió al interior de la Madre Tierra, el brillante blanco de sus majestuosas alas recortado contra el pálido celeste del cielo invernal.

No fue hasta después del entierro, que la muchacha pareció regresar levemente de su trance cuando vio que Tyler estaba allí también. Sam y Allan le habían hecho el favor a Jubal de traerlo a él y a Abby, quien pegada a su madre sollozaba en silencio por su "tío Jess". Tyler no le dio el pésame a Tali, simplemente que le cogió las manos. Jubal vio a la muchacha mirar a su hijo, mirarlo de verdad. El muchacho la abrazó, como había hecho hacía poco más de cinco años, en el funeral de Angelyne. Tali rompió a llorar por fin. Los adultos a su alrededor los protegieron de los medios.

A Jubal le desgarraba el corazón ver ahora aquel mismo distante vacío de los ojos de Tali en los de Isobel, un abismo que la convertía en inalcanzable.

—¿Tali está bien? —preguntó Isobel.

—Tyler sigue con ella.

Las palabras de ambos, pequeñas nubes flotantes en el aire helado.
—¿Sarah?

—Con Sheryl.

Isobel asintió abstraídamente.

—La última vez que vi a Jess vino a buscarme a la azotea del 26 Fed —dijo casi para sí misma.

Jubal tragó saliva. La última vez que él vio a Jess estuvieron hablando de ella. No exactamente, pero en realidad sí.

La sensación de pérdida dentro de Jubal creció tanto en su interior que casi se lo tragó. Se concentró con desesperación en Isobel antes de que pudiera ocurrir del todo.

Ella se abrazaba el cuerpo con una mano, mientras que con la otra recorría de manera incesante con dos dedos el colgante en forma de infinito que llevaba al cuello, acariciando las dos piedras de nacimiento que lo adornaban. Jubal recordó que fue un regalo de su madre, y supo que Isobel estaba volviendo una y otra vez a los otros seres queridos que había perdido. Él también lo estaba haciendo.

—Dios mío... Jess... —murmuró ella— ¿Por qué ha tenido que pasar esto? ¿Por qué?

Jubal vaciló pero le pasó el brazo por los hombros. Notó que Isobel estaba temblando. La atrajo hacia su costado con suavidad.

—No hay una razón, Isobel —respondió con voz queda—. No una que nosotros mortales podamos averiguar. Sólo podemos decidir qué vamos a hacer con ello.

Con la respiración agitada, Isobel no contestó. Entonces, se volvió bruscamente y lo agarró por las solapas de la chaqueta de su traje.

—Estoy furiosa, Jubal —gruñó con los dientes apretados, sin mirarlo a la cara; un demonio salvaje se intentaba abrir paso en su pecho a zarpazos y dentelladas—. Tan furiosa. Sólo quiero gritar.

—Entonces hazlo.

Isobel alzó la mirada con indignación, preguntándose si él se estaba burlando. La absoluta seriedad de los rasgos de Jubal fue respuesta suficiente. Cerrando los ojos con fuerza, Isobel enterró la cara en su pecho, aún aferrada a su chaqueta. Él sólo dudó un segundo antes de envolverla en sus brazos, atrayéndola hacia sí.

Entre ahogados jadeos, Isobel luchó contra aquel demonio.

Montañas de papeleo le habían impedido ver a Jess más a menudo, pero sabía que no era una excusa. Debería haberlo visto más, haber pasado más tiempo con él y con Tali. Cómo quería volver al día antes de que él se fuera a aquella maldita misión. No habría necesitado palabras, sólo abrazar a su amigo con fuerza una última vez. Después de aguantar todo el día, las imágenes del juvenil y pálido rostro de Tali lleno de tristeza, los brillantes colores de la bandera sobre el ataúd de caoba, el vívido recuerdo de la siempre deslumbrante sonrisa de Jess, de su incondicional afecto, todo ello entrelazado, perdurando en su mente, mezclado y llegando a ella como una marea embravecida, no pudo soportarlo más...

Y gritó.

No sólo con la boca, sino con todo el cuerpo, con toda el alma. Sonó amortiguado dentro de la seguridad de su abrazo, pero fue un inarticulado lamento de ira y dolor como Jubal no había oído nunca. Le vació a Isobel los pulmones y desgarró su garganta. Le arrancó de los ojos las lágrimas que pensaba que ya no tenía para nadie.

Sobrecogido, Jubal la sostuvo y dejó escapar las que había estado conteniendo durante días.

Juntos, ocultos por la niebla, se permitieron llorar la injusta, arbitraria, trágica muerte de su hermano.

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