Capítulo 11
Emboscada en Toprawa
CIUDAD TOPRAWA, TOPRAWA
Después de la intensa reunión con los líderes de la Alianza en el remoto planeta Feena, Vermilion abordó una destartalada nave de línea para el viaje de regreso a Toprawa. El puerto espacial estaba envuelto en una frenética actividad, como siempre. Sin embargo, los guardias de seguridad parecían estar en alerta, sus miradas sospechosas se clavaban en los pasajeros mientras los interrogaban. Notó cómo hacían preguntas sobre su presencia, pero ninguno de los pasajeros tenía nada incriminatorio que contar. Haciendo uso de uno de sus varios disfraces, logró pasar inadvertido bajo las narices de los guardias, deslizándose como una sombra. Fue lamentable tener que abandonar su equipaje, pero no había nada comprometedor allí que el Imperio pudiera rastrear.
Las preguntas fueron una molestia, pero nada más. Sin embargo, Vermilion esperaba que los agentes imperiales no causaran problemas más graves a ninguno de los demás asistentes a la reunión.
Teniendo especial cuidado en asegurarse de que nadie lo siguiera, se puso en camino hacia el escondite secreto de la célula local de la Alianza que comandaba.
El cuartel secreto de los rebeldes se ocultaba bajo la tierra, en el sótano de una vieja escuela. El lugar estaba lleno de actividad febril: guardias armados custodiaban las puertas, mientras personas corrían de un lado a otro, ocupadas con suministros y mensajes que fluían como una danza coordinada.
Poco después de su llegada, al concluir su turno de trabajo en la Estación de Investigación Imperial, Ta'al Pierc, el agente que había llegado recomendado por el alto mando, se presentó ante Vermilion. El líder local compartió con Ta'al los últimos acontecimientos de la Operación Gancho Celestial, subrayando la importancia vital que Toprawa tendría como la última parada del convoy imperial.
—Mon Mothma quiere asegurarse de tener los programas de control del superláser antes de la emboscada —dijo Vermilion, concluyendo su relato.
—Tiene sentido, eso facilitaría las cosas —respondió Ta'al, evaluando la situación seriamente—. Nuestra flota rebelde podría capturar los planos que el convoy transporta en el espacio, sin preocuparse por la parte que ya tendríamos en nuestro poder. Pero…
Vermilion asintió, comprendiendo las preocupaciones no expresadas que flotaban en el aire.
—Pero no será tan sencillo —observó Vermilion, leyendo las preocupaciones en el rostro de Ta'al.
—Me temo que no estoy más cerca de obtener los programas que cuando partiste hacia Feena —respondió Ta'al con cierta disculpa en su voz—. Mis programas gusano podrían haber introducido un sutil sabotaje en los programas de control. Pero no tengo forma de verificarlo, ni de obtener los planos del superláser. Los sistemas están demasiado aislados, es imposible acceder a ellos desde mi puesto de trabajo. A menos que envíes varios comandos armados para abrirnos camino por la fuerza, no veo cómo podría acceder a una terminal del sistema correcto.
Vermilion reflexionó sobre las palabras de Ta'al, apreciaba su franqueza, y sabía que tenían un problema.
—Esa podría ser nuestra opción de último recurso —dijo Vermilion—. Pero antes, exploremos otras posibilidades. ¿Qué opinas de Facet Anamor?
—¿La directora de personal? —respondió Ta'al, confundido por el cambio abrupto de tema.
—Exacto. También es la hija del director Druth Anamor. Los informes sugieren que no es una fanática como él. ¿Crees que aprueba las atrocidades que comete el Imperio? —continuó Vermilion.
—Supongo que no. ¿Quieres intentar reclutarla para nuestra causa? —preguntó Ta'al, sorprendido por la propuesta que insinuaba Vermilion.
—Es lo único que no hemos intentado. Tú la conoces, tu misión será acercarte a ella. Con su ayuda, podríamos conseguir los programas a tiempo —dijo Vermilion, su voz cargada de esperanza y cautela a partes iguales.
VIDEOTEATRO, CIUDAD TOPRAWA
El recluta potencial, Havet Storm, era demasiado joven para ser un superviviente de la Orden Jedi. Pero Vermilion había dicho que lo vio usando un sable de luz y habilidades de la Fuerza. Vermilion también dijo que era un recién llegado a Toprawa, lo había visto llegar al planeta en la misma nave que él. Por lo que parecía, buscaba refugio allí, huyendo de las implacables garras imperiales. Y esta desesperada situación podría ser el puente para una alianza entre ellos.
Cuando lo había visto en la nave de línea solo era otro pasajero, Vermilion apenas le prestó atención. Pero todo cambió cuando Havet intervino en su vigilancia a Facet Anamor. Aunque Vermilion inicialmente no se sintió muy complacido por las acciones de Havet, esas mismas acciones parecieron ganarle la simpatía de la chica.
Más adelante, esperó hasta que Havet verificara que no había otras ofertas de trabajo disponibles. Acto seguido, encarnando su identidad de Carmine, Vermilion le brindó una identificación falsa, vital para acceder a la Estación de Investigación Imperial. Además, le dio una invitación para el videoteatro. Su presencia parecía indicar que ha había aceptado.
Desde la sala de control, el agente rebelde vio en sus pantallas a Havet acercándose a las puertas principales. Las encontró cerradas y siguió adelante, alejándose de los carteles que promocionaban una holopelícula de terror que se proyectaría más tarde. No demoró en encontrar la entrada lateral que le había dejado entreabierta, y entrar hasta la sala de proyección. Cuando Havet se había ubicado al final de uno de los pasillos, el agente accionó los controles.
La pantalla cobró vida con una voz enérgica que presentaba un breve video exhibiendo tácticas terroristas imperiales. Luego, la escena cambió y apareció una vista borrosa de la imponente Estación de Investigación Imperial.
—Aquí, el Imperio está desarrollando armamento terrorista más avanzado —anunció el agente por el altavoz—. Necesitamos voluntarios dispuestos a unirse a la Alianza Rebelde. Te ofrecemos la oportunidad de luchar por tu libertad y por el bien de toda la galaxia. Solo te pedimos que te acerques a Facet Anamor, la hija del Jefe de Investigación, y descubras lo que ella sabe.
En la pantalla apareció la imagen de la chica rubia.
—Ya la conozco. Me ofreció trabajo en la Estación de Investigación —interrumpió Havet, mostrando la insignia metálica que usaban los trabajadores de la Estación.
El agente rebelde descartó el resto de las instrucciones que Vermilion le había dejado. Havet había avanzado más de lo que esperaba y no iba a necesitarlas.
—Te subestimé, Havet. Muy inteligente —dijo por el altavoz—. La Alianza realmente puede usar tu ayuda.
Vermilion querría hablar con él, así que el agente pasó directamente a las instrucciones finales.
—¿Conoces la cantina de Al, el alquimista, cerca del puerto espacial? Ve allí tan a menudo como puedas. Scarlett se reunirá contigo allí —dijo, mencionando otro de los nombres secretos de Vermilion.
Havet asintió en silencio. El agente rebelde apagó los altavoces, y esperó hasta que se fuera para cerrar la puerta. Esperaba que Vermilion supiera lo que estaba haciendo al reclutar a este chico.
CALLEJÓN CERCA DE LA CANTINA AL, EL ALQUIMISTA, CIUDAD TOPRAWA
El escalofrío que recorrió su espalda fue como una advertencia silenciosa, pero Havet Storm, decidido y audaz, optó por cortar camino hacia la cantina a través del oscuro y sórdido callejón. Aunque un instinto de la Fuerza le había advertido, lo ignoró, inmerso en su propósito.
El callejón se retorcía, envuelto en sombras opresivas, y el silencio inquietante le produjo un malestar incómodo. Era como si un manto de peligro acechara en los rincones desconocidos. Sin embargo, Havet se aferraba a la esperanza de que solo era su imaginación jugándole una mala pasada.
Finalmente, cuando creía haber superado lo peor, divisó a un hombre doblando la esquina delante de él. Parecía inofensivo, un individuo pequeño, obeso y de mediana edad. Aquella visión lo reconfortó, persuadiéndolo de que había estado siendo paranoico.
Pero entonces, algo sucedió que hizo que el hombre se sobresaltara, levantando su mirada hacia una sombra siniestra bajo una escalera de incendios cercana. La expresión de terror en sus ojos denotaba un miedo genuino. ¿Qué había en aquella sombra que lo aterraba de esa manera?
Un nudo de inquietud se formó en el estómago de Havet, y la curiosidad y el temor lo llevaron a observar cómo aquel hombre se alejaba rápidamente de la misteriosa sombra, huyendo de un peligro desconocido.
—¡Yo no hice nada! —rogó el hombre, suplicando clemencia.
—Pensaste que podías traicionar al Imperio, Ta'al Pierc. Te equivocaste —replicó con dureza una voz femenina y amenazante, emergiendo de las profundidades de la sombra.
Los ojos del hombre se abrieron desmesuradamente y, de repente, se encontró con la mirada de Havet.
—¡Por favor! —gritó, con las manos extendidas hacia él, implorando ayuda—. ¡Me va a matar!
Pero ya era tarde para salvar a Ta'al Pierc. Un disparo silenciado resonó en el callejón y el impacto fue inminente. Pierc cayó sin vida al suelo, víctima de un ataque despiadado. Solo quedaban Havet y la enigmática figura oculta bajo la sombra de la escalera, quien sabía que Havet había sido testigo de todo debido al grito de terror de Pierc.
Con el miedo recorriéndole la piel, Havet buscó su bláster, pero antes de poder tomar acción, otro disparo silencioso le alcanzó la mano, provocándole una intensa quemazón y haciéndole perder el arma. A pesar del dolor, comprendió que no podía quedarse allí. Corrió por su vida, alejándose velozmente del peligro que se escondía en las sombras del callejón.
Sin mirar atrás, corrió desesperadamente hacia la calle, sintiendo el peso del peligro acechándole. Las calles no ofrecían suficiente refugio, por lo que se desvió hacia un estrecho mercado interior.
Havet esperaba que el caos del mercado ayudara a despistar a su perseguidora. Atravesó los puestos, tropezando con cajas de frutas y causando confusión a su paso. Aunque el vendedor lo miró con enojo, Havet no pudo preocuparse por las consecuencias. Havet se adentró aún más en el mercado, zigzagueando entre los puestos en una frenética carrera por su vida, hasta que divisó una salida de servicio en la parte trasera. Solo unos pasos más y estaría a salvo, o eso esperaba. Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando una voz escalofriante lo detuvo en seco.
—¡Alto! —resonó la voz de la asesina, y Havet sintió el cañón frío de su bláster apuntándole—. No seas estúpido. Date la vuelta y mírame... lentamente.
Las manos de Havet temblaron mientras obedecía y se enfrentaba a la peligrosa mujer. Se encontraba sentada con las piernas cruzadas junto a una pila de cajas de cartón vacías. Parecía tan tranquila y confiada, como si todo esto fuera solo un juego para ella.
—Te voy a hacer unas preguntas. Piensa bien antes de responder. Mentir sería fatal. ¿Qué acabas de ver en el callejón? —advirtió ella con frialdad.
Havet estuvo a punto de decir «¡Nada!», creyendo que eso era lo que ella quería escuchar. Sin embargo, las palabras de la asesina lo hicieron reconsiderar su respuesta.
—Te vi matar a un hombre —respondió finalmente. La sonrisa de satisfacción de la mujer dejó claro que su respuesta era la correcta.
—¿Lo reconociste? —preguntó ella.
—No, nunca lo había visto antes —contestó Havet, con sinceridad.
—¿Me reconoces a mí?
—Um… no. Pero nunca te olvidaré —balbuceó Havet, reconociendo la gravedad de la situación.
La mujer rió con malicia, disfrutando de la torpeza de Havet.
—Nunca es mucho tiempo; realmente necesitas seguir pensando en cómo vas a mantenerte con vida durante los próximos minutos —dijo, riendo ante la respuesta de Havet—. Soy la comandante Diamond de la Estación de Investigación Imperial. El hombre al que me viste ejecutar era un miembro de la Alianza Rebelde —confesó sin titubear—. Me propuse expulsar a los rebeldes de Toprawa, y él no fue el primero al que maté. Entonces, joven, ¿me ayudarás a buscar a los demás?
—¿Yo? —preguntó Havet sorprendido.
La Comandante Diamond rió nuevamente, pero esta vez sin rastro de humor.
—Sí, tú. ¿Ya eres miembro de la Alianza?
—¡No! —afirmó Havet rápidamente, decidido a ocultar su verdadera afiliación. Había visto lo que ella hacía a quienes creía que eran rebeldes y no quería correr ese riesgo.
A lo lejos, se escuchó un motor cobrando vida.
—Es una gran lástima —suspiró la comandante Diamond—. Significa que no tienes valor para mí y, sin embargo, todavía tengo el problema de que fueras testigo del accidente de Pierc.
El motor rugió y se acercó cada vez más.
En un instante, Diamond disparó su arma, pero Havet reaccionó como solo un Jedi podía hacerlo. Desenvainó su sable de luz en un ágil movimiento y bloqueó el primer disparo de la asesina. Diamond disparó de nuevo, pero Havet desvió el proyectil directamente hacia ella, haciendo que cayera de espaldas.
Havet se aproximó cautelosamente. Aunque la comandante estaba inconsciente, comprobó que vestía un chaleco antibalas que impidió que resultara gravemente herida. Aunque era probable que eso le ahorraría problemas en el futuro, Havet no podía matarla mientras estaba así.
Mientras evaluaba la situación, el ruido del motor se hizo más cercano. Una carretilla elevadora se dirigía hacia él, y rápidamente se apartó del cuerpo inconsciente de Diamond. La carretilla impactó una pila de cajas, haciéndolas caer y enterrando a Diamond bajo ellas. Havet miró sorprendido al hombre que estaba al volante, un elegante traje oscuro y un cinturón rojo lo distinguían.
—¡Vamos! —exclamó su misterioso salvador con urgencia—. ¿Quieres seguir aquí cuando ella salga de debajo de esa pila?
Aunque no reconocía a Vermilion bajo su disfraz, Havet comprendió rápidamente que su mejor opción era seguirlo. Juntos corrieron por las calles de Toprawa, sin detenerse ante el peligro inminente. Tras unos minutos de carrera, Vermilion finalmente se detuvo frente a una biblioteca tapiada y activó su comunicador, demostrando una inusual calma.
—Aquí Scarlett —dijo Vermilion al establecer la conexión—. Pierc está muerto. Diamond lo mató. Estaba persiguiendo a un chico, creo que es un testigo.
Hubo una breve pausa, y Havet imaginó la tensión en el otro extremo de la comunicación.
—Muy bien, allí estaré —respondió Vermilion antes de apagar el comunicador.
—Tú eres Scarlett, el agente de la Alianza que me dijeron que buscara en la cantina —dijo Havet, tratando de asimilar todo lo que estaba sucediendo.
—¿Eso te dijeron? Sí, soy Scarlett, encantado de conocerte —confirmó Vermilion, aunque su semblante se tornó serio—. Pero me temo que tendremos que posponer nuestra charla, tengo asuntos urgentes que atender.
Havet asintió, comprendiendo la gravedad de la situación.
—Entonces, ese hombre que mataron, Ta'al Pierc, era tu colega… —continuó Havet, tratando de comprender qué estaba sucediendo—. Lamento mucho lo ocurrido. Me hubiera gustado ayudar, pero todo sucedió tan rápido y esa mujer es despiadada.
Scarlett asintió, mostrando comprensión.
—Gracias, pero no podemos permitirnos detenernos en lamentos —advirtió «Scarlett» con determinación—. Tú, por otro lado, debes tener cuidado, Diamond ahora te persigue a ti.
—Lo sé —dijo Havet asintiendo con resolución—. ¿Qué tiene que ver todo esto con Facet Anamor, la chica a la que debía acercarme?
—Te lo explicaremos más tarde. ¿Has conseguido su dirección o un trabajo en la Estación de Investigación? —preguntó Scarlett con urgencia.
—No sé su dirección, pero ya les conté a tus colegas en el videoteatro que conseguí un trabajo en la Estación de Investigación… —respondió Havet.
—Perfecto —dijo «Scarlett»—. Aunque ahora no será posible, necesito llevarte a hablar con Vermilion. Encuéntrame esta noche en la cantina de Al.
Havet asintió, sintiendo la urgencia de la situación y la complejidad de los eventos que se desarrollaban en Toprawa.
—Aunque no puedo darte todos los detalles en este momento, deberías saber que los soldados imperiales del planeta estarán alterados en las próximas horas. Ten cuidado —advirtió Scarlett antes de alejarse rápidamente, dejando a Havet con la firme decisión de enfrentar los desafíos que se avecinaban.
Toprawa no resultó ser el refugio tranquilo que Havet había esperado, pero estaba decidido a asumir su papel en la lucha contra el implacable Imperio, sabiendo que sus nuevos amigos de la Alianza necesitarían su ayuda.
ESPACIO, SISTEMA TOPRAWA
El convoy imperial surgió del hiperespacio, y las cuatro corbetas modificadas clase CR92a pusieron rumbo hacia el planeta Toprawa, ansiosas por asegurar el último fragmento de los planos de la Estrella de la Muerte e iniciar el trayecto final de su misión. En la oscuridad del espacio, las fuerzas rebeldes permanecían al acecho, conteniendo su anticipación.
—Ha llegado el momento —anunció el almirante Ackbar agitando sus zarcillos en el equivalente calamariano de una sonrisa de satisfacción—. ¡Los tenemos justo donde queríamos!
En la sala de mando del crucero Independencia, a pocos pasos de distancia, el navegante ejecutó la activación del hiperimpulsor, desencadenando el microsalto que habían calculado con antelación. Al mismo tiempo, las demás naves rebeldes siguieron su ejemplo, posicionándose estratégicamente para bloquear cualquier vía de escape al hiperespacio que las corbetas imperiales pudieran intentar.
—Sus comunicaciones están bloqueadas —informó Bria Tharen desde el relé de la holorred—. Volvemos al Emancipador para ayudar en la captura.
—Corbetas imperiales, aquí el almirante Ackbar de la Alianza Rebelde —comunicó a través de un canal abierto, su voz llena de autoridad—. Se encuentran en una situación sin salida y superados en número. Desactiven los escudos y entreguen los planos. Evitemos un derramamiento de sangre innecesario. Les garantizo que serán tratados con justicia.
En lugar de responder, las corbetas imperiales respondieron con una lluvia de fuego dirigida a las lanzaderas rebeldes que se aproximaban para abordarlas. Era la negativa esperada, pensó Ackbar con una mezcla de resignación y firmeza. No quedaba otra opción más que continuar con su plan original para obtener los planos por la fuerza.
Las lanzaderas rebeldes maniobraron rápidamente para evadir el fuego enemigo, mientras un ágil caza ala-A se lanzó hacia las corbetas imperiales.
Keyan Farlander evitó hábilmente los disparos enemigos, su nave zigzagueando a través de la mortífera lluvia de láseres. En una serie de maniobras vertiginosas, logró ejecutar un escaneo de sensores de las corbetas. En su tercer intento, obtuvo el resultado deseado.
—Aquí Azul 1 —dijo transmitiendo las lecturas—. El objetivo se encuentra a bordo de la corbeta Vandor.
El convoy imperial se desordenó mientras las naves rebeldes convergían en un ataque calculado. Las fragatas y corbetas, incluyendo la Emancipador y la Retribución del Escuadrón de la Mano Roja, junto con escuadrones de cazas estelares, se abalanzaron sobre las corbetas enemigas. La danza espacial se convirtió en una sinfonía de láseres y torpedos, cada movimiento cargado de consecuencias.
Las naves rebeldes avanzaban con determinación, buscando deshabilitar las capacidades defensivas de las corbetas imperiales sin reducirlas a escombros. Por una vez, a diferencia de demasiadas otras batallas recientes, los rebeldes gozaban de superioridad numérica y estratégica.
Sin embargo, la Vandor no se dio por vencida. Mientras las otras corbetas imperiales cubrían su retirada, viró con determinación hacia Toprawa, confiando en recibir apoyo desde la superficie. Aunque no sabía que las fuerzas rebeldes locales, lideradas por Vermilion, habían tomado control de las defensas antiaéreas del puerto espacial. Con precisión implacable, infligieron daños críticos a la corbeta, forzándola a evacuar en cápsulas de escape y lanzaderas.
Los tripulantes de la corbeta Vandor demostraron ser perseverantes. Los sensores mostraron que habían cargado los planos en una lanzadera, que ahora efectuaba maniobras evasivas a baja altura mientras se dirigía hacia la Estación de Investigación Imperial.
Los cazas ala-X persiguieron a la lanzadera volando prácticamente por las calles de ciudad Toprawa. La lanzadera se elevó para esquivar unos disparos láser, exponiéndose inadvertidamente al fuego de los cañones antiaéreos del puerto espacial. Gravemente dañada, perdió el control y terminó estrellándose contra un edificio bajo.
—Almirante, tengo contacto visual con la lanzadera estrellada —dijo Vermilion—. Me dirijo hacia allí. Tal vez todavía podamos recuperar los planos.
CALLE FRENTE A LA CANTINA AL, EL ALQUIMISTA, CIUDAD TOPRAWA
Sin estar informado sobre la batalla que las fuerzas de la Alianza libraban contra el convoy imperial, Havet Storm se dirigió a la cantina. Tal vez no debió haber llegado tan temprano, porque en vez de encontrar a Scarlett, se encontró con Boba Fett. Ya habían tenido sus diferencias antes, y el cazarrecompensas no estaba dispuesto a perdonarlo. La pelea fue inevitable.
Fett apuntó nuevamente su bláster, y Havet se lanzó al suelo intentando esquivarlo. El rayo que surcó el aire le pareció abrasador, y el estruendo que lo acompañó fue ensordecedor. Havet se vio envuelto en una onda expansiva gigantesca. ¿Qué diablos estaba disparándole ahora? Al levantar la vista, notó que Fett ya no disparaba, sino que estaba mirando hacia el cielo.
¡Una batalla espacial colosal estaba teniendo lugar en el firmamento! Las alarmas resonaban mientras la gente huía buscando refugio.
Una lanzadera imperial fue alcanzada y empezó a caer directamente hacia donde estaba Havet. Se unió a los ciudadanos aterrados que huían en todas direcciones. En cuestión de segundos, la lanzadera impactó contra un edificio cercano a la cantina, provocando un voraz incendio.
Cuando Havet se levantó, la batalla ya había avanzado. La cantina de Al estaba envuelta en llamas. Boba Fett había desaparecido. Aunque desconocía los detalles de la batalla espacial, sabía que de alguna manera, le habían hecho un favor.
Nota del autor:
La mayor parte de este capítulo viene de Jedi Dawn. La llegada de Vermilion, su reunión con Ta'al y la batalla espacial son extrapolaciones más especulativas, pero todo lo demás es adaptación de fragmentos de la "aventura solitaria".
La escena de su muerte es la intervención más importante de Ta'al Pierc en esa o cualquier otra historia.
