Salto de fe

Disclaimer: Kimetsu no Yaiba no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.

Capítulo: La fortuna.

La amistad que Sanemi había llegado a entablar con el antiguo pilar del agua, de alguna manera, había prosperado. Tomioka seguía sin ser una persona particularmente habladora, pero él mismo tampoco lo era y por ello mismo no podían reprochárselo el uno al otro. Una parte de sí mismo logró empatizar con él cuando descubrió que había perdido a su mejor amigo, a quien había considerado no sólo un modelo a seguir sino un hermano mayor, así como a quien había sido su única hermana.

Sanemi sabía lo que era perder un buen amigo, así como a toda su familia, y lo mucho que ese tipo de pérdidas podían causar en el alma de un hombre. Él mismo se había aferrado a la idea de cuidar de Genya y procurarle con su fuerza un lugar seguro para vivir su vida con tranquilidad. Tomioka no había tenido nada de eso para sostenerse.

Luego de que la cofradía se disolviera, Usui Tengen los había puesto en la misma habitación y casi los había forzado a conocerse como seres humanos y no como meros cazadores de demonios.

Después de todo, ninguno de los dos tenía una vida fuera de ésta ni se encontraban en posiciones de empuñar una espada.

Así, incluso sin Usui de por medio, habían continuado frecuentándose ocasionalmente y hablando. Se servían mutuamente como apoyo, se dijo, aunque eso le disgustara enormemente. Consideraba que se había vuelto débil, y que sólo le restaba vivir el resto de sus días en una paz que no logró conseguir para sus seres queridos.

Era casi una paria, pensó.

Tomioka por su lado había logrado establecerse de cierto modo, tullido como estaba: una mujer se había asentado a su lado y - por lo que sabía - ella tenía todas las intenciones del mundo de arrastrarlo al matrimonio. No es que Giyuu pusiera demasiada resistencia, con sinceridad.

La mujer, que luego supo había sido rescatada por el pilar del agua y del insecto del demonio en el que su padre se había convertido, se llamaba Yae. Era una mujer aguerrida, resuelta y agradable.

Cocinaba un estofado de conejo glorioso, en adición. Sanemi pidió otra porción y ella, con una sonrisa afable, sirvió otra vez un cuenco rebosante para él.

— ¿Cuándo vas a casarte con ella de una buena vez, eh? — Preguntó, mientras la joven salía a atender a una vecina que había aparecido sin aviso. — No soy particularmente dado con la gente del mercado, pero la gente habla, Tomioka.

Él lo observó y bebió de su té un instante antes de responder:

—Nunca pensé en casarme, creí que moriría en cumplimiento del deber.

Sanemi giró los ojos, hastiado, y bufó en burla.

—El deber terminó hace un buen rato, y tiene pinta de que ya cogieron hace rato, también. — Fue tan burdo como quiso, a sabiendas de lo mucho que su vocabulario le molestaba a su interlocutor. — La gente habla, y la gente del pueblo es un asco cuando quiere, si no te casas con ella la convertirás en una escoria.

—No hicimos tal cosa — Giyuu contradijo, ofendido de que le acusara de mancillar el honor de una muchacha a quien había llegado a estimar.

—¿Y crees que la gente de afuera va a creerlo? Comparten techo, Giyuu.

—No lecho. — Insistió, pero entendía a lo que se refería. — No tenemos ese tipo de vínculo.

El hombre de cabello claro contuvo su frustración. Nunca había sido particularmente asertivo, carecía del don de la elocuencia y, sin embargo, estaba totalmente dispuesto a sacudir al moreno hasta hacerlo entrar en razón.

—Si no tenías intenciones de casarte con ella, no deberías haber dejado que se quedara tanto tiempo para empezar. — Expuso, hastiado — Incluso la llevaste al casamiento de Hashibira; por algo sigue aquí ¿no? y, aunque no imagino qué te ve, ella claramente baila a tu alrededor. En resumen, hombre: estás jodido. Y esto está riquísimo.

La joven entró con una porción de mochis que amablemente la vecina había traído para ellos. Yae lucía contenta y pensó que Tomioka era tonto si no veía lo bien que podían ir juntos.

—No tengo nada para ofrecerle. — Contestó luego, mientras lo acompañaba al camino una vez que dio por terminada la visita. — ¿Crees que no estaría encantado de casarme con ella? Yae merece una vida agradable, alguien entero; es joven, noble y dulce; puede hacerlo mejor que yo.

—Ya, pero te quiere a tí, ¿no? Pues te jodes, habla con ella y eso: a lo mejor no quiera algo mejor que tú. Al menos sabe que le darás críos fuertes que la cuiden cuando te mueras.

Sanemi se despidió con un movimiento de la mano y emprendió el camino. Sus propias palabras resonaron en su mente y la imagen de Nezuko voló sobre sus párpados cerrados. Era un hipócrita, pero al menos él se había asegurado de no poner en duda la honra de la jovencita Kamado. Ella sí que podía hacerlo mejor que él, era conocedor de la cantidad de admiradores que la muchacha acumulaba.

Aunque también podría darle hijos fuertes para cuidarla, se burló. Su propio padre los había engendrado a diestra y siniestra, no habían sido más hermanos porque murió como el canalla que era. Sabía de antemano que los Shinazugawa eran difíciles de matar y fáciles de reproducir. Su madre siempre había hecho bromas al respecto y sobre lo feliz que sería con un par de decenas de nietos en las navidades.

Nietos que no tendría, ni vería nacer.

Ocasionalmente su mente vagaba sobre Nezuko, sus dulces gestos, adorables maneras y tentadora sonrisa. Al principio había intentado no alimentar su pensamiento, pero siempre volvía a él, incluso cuando tenía la guardía más baja. Soñaba con ella, y lo torturaba el recuerdo de su corazón rompiéndose bajo las glicinas. La imagen de sus cálidos ojos humedecerse y su aliento cortado le removía la culpa hasta que lo engullía.

Él había sido un tipo decente, se recordó. Le había permitido superar su enamoramiento y seguir adelante hasta encontrar un hombre que la mereciera.

No había compartido los eventos de esa noche con nadie, ni siquiera con los antiguos pilares. Era un secreto que guardaba celosamente en su corazón. No entendía cómo había logrado generar un sentimiento así en la joven, aunque bien podría ser sólo una atracción él no se consideraba especialmente agradable de ver: su físico surcado de cicatrices y cara de pocos amigos no colaboraban a ello. Las mujeres le temían, e incluso a la que esperaba que fuera la mujer de Tomioka le habían temblado las manos frente a él en un principio.

Kamado no había temblado ni una vez, eso lo ponía incómodamente torpe al respecto.

El camino hasta su casa le tomaba una media hora a paso tranquilo, le gustaba caminar y tomar algo de aire fresco. Para cuando llegó a su casa el sol ya había comenzado a descender y la tarde estaba en su auge. Sanemi siempre se sentía un poco nostálgico cuando llegaba al lugar que lo albergaba, pues luego de tanto tiempo, el antiguo pilar del viento no tenía nada similar a un hogar.

¿Para qué demorarse si sabía con toda certeza que no le quedaba mucho más tiempo de vida? Después de todo, la marca que había obtenido como cazador consumiría su tiempo vital. Ese había sido un precio que voluntariamente aceptó pagar, sin arrepentimientos.

Senjuro ralentizaba su paso constantemente para ajustarlo al de su compañera de viaje, recordándose a sí mismo que una zancada suya le tomaba un par de ellas a Nezuko para seguirle el ritmo. La joven se reía, tirando de la manga del chico, cada vez que Senjuro se adelantaba demasiado sin pretenderlo. Iban por su segundo día de viaje con el cuervo kusagai que, tras la muerte de Kyojurou se había quedado junto al menor de los Rengoku, les sobrevolaba. Aoi les había solicitado cada vez que partían que les acompañara en caso de que necesitaran pedir ayuda por cualquier motivo.

En tiempos de paz, eso sería inusual. Pero Senjuro, quien no veía cómo ofrecer tal seguridad a la joven médico podía ser dañoso, aceptó de inmediato. El cuervo, de nombre Kurokai, había inflado el pecho con henchido orgullo tras ser llamado de nuevo a servir de alguna manera.

Les faltaba otro día de viaje antes de arribar a su montaña y Nezuko no estaba acostumbrada a caminar tanto. Le avergonzaba reconocer que no poseía la fuerza física de la que su hermano había hecho alarde y Senjuro, con su metro ochenta y largas piernas, la dejaba atrás si no se esforzaba en mantenerse al corriente con ella. Odiaba admitir que iban a paso lento porque era incapaz de seguir el ritmo.

—No te esfuerces, Nezuko: no hay apuro ni necesidad de agotarnos sin razón — Ofreció el joven.

Kamado reprimió un puchero con todas sus fuerzas y se resignó a volver a tomar un descanso bajo la clemente sobra de un cedro. Pese a haber sido criada en una montaña, y quizá por la cantidad de tiempo que pasó siendo un demonio, la aprendiz de médico detestaba el sol directo. Disfrutaba del aire libre y los días soleados como cualquiera, pero prefería resguardarse de los fuertes calores. Conocía el sendero sobradamente y ya sabía de antemano cuáles eran los mejores sitios para parar y tomarse un momento. Después de todo, ese era su tercer viaje para ver a Kanao.

Como dos compañeros que han andado lo suficiente juntos, Senjuro le ofreció la cantimplora de agua fresca tan pronto como alisó los bordes de su Yukata. Nezuko bebió y continuó alisandose la falda nerviosamente. Se estaba comenzando a arrepentir de la decisión que en su momento había tomado con toda seguridad: acompañaría a Kanao las últimas semanas y avisaría a Aoi cuando pensara que Kanao estaba demasiado próxima a ponerse de parto.

Aunque Nezuko se sentía preparada para recibir a su primer sobrino, Aoi también era hermana de Kanao de una forma completamente diferente. Ambas querían acompañarla, pero Aoi estaba ocupada cuidando de los habitantes de su pueblo quienes estaban afrontando una terrible epidemia de fuertes fiebres. Nezuko había dudado sobre abandonar la finca de las mariposas en medio de tanto revuelo. Aoi bufó, molesta por la situación, y tras conversar ambas llegaron a la inevitable conclusión de que alguna debía quedarse y otra partir preventivamente. Kanao estaba cursando el que creían que era su último mes, pues ella no había sido particularmente regular o cuidadosa respecto a sus periodos y, por ende, debían guiarse de mediciones para saber qué estadio de gestación cursaba.

—Tendrás que ser tú quien viaje. — Aoi apuntó —Tengo más experiencia y velocidad para preparar las medicinas para la fiebre y tú, Nezuko, no has tenido la varicela. No puedes ni acercarte a los pacientes.

Nezuko hizo un mohín.

—Con cuidados, puedo hacerlo.

—Sabemos que se contagia por contacto, pero no sabemos si por aire, así que no: tu vas, yo me quedo.— Aoi gimió. — ¿Por qué justo ahora?

Lo mismo se había preguntado ella cuando Naho le empacó sus cosas y la despidieron con barbijos y largos mandiles de enfermería. Nezuko había sido desterrada de la finca hacia la casa de los Rengoku cuando la epidemia de varicela alcanzó su punto álgido. De modo que se resignó, a sabiendas de que si se enfermaba daría más trabajo que ayuda, y aceptó ir por su cuenta a ver a Kanao cuando el plan original había sido ir ambas sanadoras.

—¿Te sientes bien, Senjuro? — Preguntó Nezuko.

—Un poco mareado. — Respondió.

Sin dudarlo, y siguiendo el entrenamiento más básico que había recibido, Nezuko se apresuró a revisarlo. Senjuro no sólo estaba mareado, sino que estaba presentando una febrícula que, sin atención, derivaría inevitablemente en una fiebre.

Oh…no.

—Senjuro, ¿dijiste que no habías tenido varicela?

Él abrió los ojos y luego los cerró en resignada revelación: eso explicaba por qué los brazos no paraban de picarle.

—La casa del señor Tomioka no está lejos de aquí, veamos si puede hospedarnos hasta que pase. — Razonó la muchacha.

Y, por primera vez en todo el viaje, Senjuro camino a una larga distancia de Nezuko.

El camino se volvió sinuoso y estrecho antes de ampliarse cuando arribaron a la casa que ocupaba el antiguo pilar del agua. Senjuro lució sorprendido cuando fue Yae quien los atendió en el umbral, sintiéndose avergonzado sin saber realmente por qué.

Nezuko se adelantó para hablar con ella.

—Había un brote de varicela en el pueblo, algunos casos se pusieron muy muy feos antes de venir. Ibamos camino a ver a ver a mi hermano, Kanao está muy cerca de su fecha de parto y no puede viajar. — Narró brevemente la morena — Si ya han tenido la varicela, ¿podría Senjuro quedarse aquí con ustedes?

Yae sintió la urgencia en el tono de voz de la joven Kamado, quien estaba a todas luces en un dilema sobre qué hacer. Su lealtad le indicaba quedarse a cuidar a Senjuro, su querido amigo, mientras que su lado más lógico le decía que era necesario revisar a Kanao para ver cómo se hallaba.

—Le preguntaré a Tomioka, pero por mi cuenta pasé la varicela cuando era niña, yo cuidaré de él. — Prometió con firmeza.

Tomioka había pasado la varicela hacia varios meses, con uno de los primeros brotes, de modo que Senjuro encontró un sitio donde descansar antes de que la fiebre se agravarse. Nezuko ahora necesitaba un sitio donde quedarse en cuarentena al menos unos tres días para verificar que no se hubiera contagiado. Tomioka resolvió la cuestión rápidamente:

—Shinazugawa vive cerca, unos veinte minutos a pie. — Indicó. — Te llevaré con él, estoy seguro de que no tendrá problema en dejar que te quedes unos días.

Nezuko se quedó sin habla y no pudo hacer más que asentir, sin saber cómo explicarle a el antiguo pilar del agua lo mucho que esa idea la mortificaba. Sí, había pasado más de un año desde todo aquello y sí, era la decisión más lógica. Eso no significaba que no quisiera que se la tragara la tierra.

Yae se ofreció a quedarse con ella en casa de Shinazugawa para que no se sintiera incómoda, pero Tomioka se negó. Los rumores sobre "la mala vida" de Yae circulaban sin parar, no quería agregar más leña al fuego. Desde la pelea de la morena con una de las vecinas más cotillas de la pequeña villa que habitaban, Tomioka ignoraba que el centro de la discusión había sido él, dicha vecina se había encargado de hablar mal de Yae a quien fuera que le prestara el oído.

Mucha gente lo hizo, y ahora la reputación de Yae estaba por los suelos y Tomioka, lógicamente, estaba furioso consigo mismo por haber dejado que las cosas llegaran a ese punto.

Por lo que debía hablar con Yae, quien era consciente de que la gente rumoreaba a sus espaldas, pero no sabía qué decían los rumores. Tomioka sí. Así que no iba a dejar que Yae diera respaldo a uno de los muchos rumores que Yurika, como se llamaba la vecina en cuestión, había esparcido sobre ella.

"¿Viste al hombre que visita a Tomioka Giyuu, el de las cicatrices? ¡Pues también visita a Yae, ya sabes! Hay mujeres que no tienen respeto por sí mismas."

Si Sanemi Shinazugawa llegaba a enterarse en primer lugar lo golpearía, y luego exigiría hablar con Yurika Shinso. Pero no tenía intenciones de contarle.

Nezuko fue hablando casi sin parar mientras caminaban, estaba nerviosa y llenaba el vacío con su discurso sobre la varicela, lo poco oportuno de la epidemia, y su emoción por ser tía. Giyuu siempre había sido bueno escuchando y le alegraba profundamente que alguien tan noble como Tanjiro se convirtiera en padre. Se merecía encontrar la felicidad, por el tiempo que les quedara.

Sí, definitivamente necesitaba hablar con Yae.

Nezuko sabía que Tomioka había ido con esa señorita tan agradable al casamiento de Inosuke y Aoi, la había visto allí, algo tímida. No podía conectar bien cómo había llegado a, por lo visto, convivir con quien fuera el pilar del agua. No podía hilar esos dos momentos en una conexión simple. Miró de reojo a Tomioka, no quería preguntar pues sería muy maleducado, pero la duda palpitaba en su cabeza.

¿Acaso el honorable Giyuu Tomioka estaba en concubinato con una señorita tan buena?

Ella misma había recurrido a mentir que Senjuro era su primo en una ocasión cuando una furiosa tormenta interrumpió una de las visitas a su hermano y debieron buscar refugio en una posada. No, se dijo. Seguramente Yae había estado de visita, se dijo.

Una visita muy familiarizada con la disposición de las cosas, su mente le indicó. Nezuko se repitió a sí misma que Giyuu era un hombre honorable, le había salvado la vida después de todo.

Debería preocuparse por su propia reputación, para el caso: iba a quedarse a solas unos días con el hombre que le había quitado hasta el sueño. Apretó los ojos, quería de todo corazón salir huyendo, perderse y no volver. Tomioka parecía ignorante de todos los hechos que se habían desarrollado entre ella y Shinazugawa. De ninguna otra manera Tomioka hubiera pensado que era correcto dejarla "a su cuidado".

Que se la tragara la tierra de una vez, aún había tiempo.

A diferencia del hogar de Tomioka, que se asentaba casi sobre el camino y muy cerca del centro del pueblo, la casa del antiguo pilar del viento estaba escondida y aislada cuesta arriba y oculta entre altos árboles. Si Nezuko había temido originalmente por su reputación, no debería. Nadie podría verla allí de casualidad. Ahora temía por el exceso de intimidad que los cedros nipones, la cumbre y la paz les podrían dar.

No, ese tren de pensamiento no la llevaría a nada bueno.

Nezuko se obligó a seguir caminando, paso a paso, cuando Giyuu subió los escalones que llevaban a la puerta principal. La muchacha se aferró a sus morrales y envió una rápida oración a cualquier deidad que pudiera escucharla: "Por favor, permitan que me vaya de aquí con toda dignidad".

—Shinazugawa, ¿estás en casa? —Preguntó Giyuu mientras golpeaba una de las paredes junto a la puerta principal. Nadie contestó. — Sigueme, Nezuko: debe estar en el patio de atrás.

Bajaron los escalones de la entrada y rodearon la casa hasta el patio trasero. Allí escucharon a lo lejos un ruido que Nezuko reconocería en cualquier lugar: un hacha cortando madera. Sin mediar palabra Giyuu siguió camino hasta donde escuchó el sonido. Nezuko fue muy cuidadosa de esconderse tras la imponente figura de Tomioka, aunque moriría de vergüenza antes de reconocerlo. Escuchando otra vez la voz de su consciencia, que sonaba peligrosamente como Aoi, salió de detrás de la silueta masculina al sopesar que no estaba haciendo nada malo y no tenía por qué ocultarse.

Y lo que vio al ponerse pie junto a Tomioka le auspició unos largos días en la residencia de Shinazugawa y era su propietario, sin nada más que su hakama, levantando el hacha en el aire para partir un considerable tronco a la mitad. La forma en que los musculos de su espalda ondularon con su movimiento le recordó a Nezuko sin paradas lo mucho que él le atraía.

En nombre de todo lo santo, pensó ella y tragó en secó cuando él se secó el sudor de la frente. Llevaba el cabello mucho más corto, se dio cuenta.

¿Si había superado su enamoramiento por Sanemi Shinazugawa? Un día antes Nezuko habría afirmado que sí sin dudar, ahora sentía que no, él todavía le aceleraba el corazón de un golpe.

Pum, pu-pum, pum, pu-pum, podía sentirlo en sus oídos.

Sanemi reparó de inmediato en Tomioka, más no se apuró con el último tronco antes de voltearse. Ver a Nezuko junto a él lo sorprendió, pero pensó que era una reacción esperable y pronto procuró recuperarse y tomar su papel ferro frente a Tomioka. Se acercó, asintiendo en reconocimiento, y de pronto la falta de ropa para cubrirse lo asaltó.

No era pudoroso ni se avergonzaba de su aspecto, pero supuso que Nezuko seguía siendo una jovencita y no parecía apropiado.

—Hola, Tomioka. Kamado, buenas tardes. — Se inclinó ligeramente hacia ella — ¿Pasó algo?

Que Giyuu lo visitara no era nada demasiado raro, iba de vez en cuando. Pero jamás esperó ver a la más joven de los Kamado en su patio. Tenía el cabello más largo, trenzado, y parecía un poco mayor.

—Nezuko iba camino a ver a Tanjiro, pero Senjuro - quien le acompañaba- enfermó de varicela. Ella nunca la tuvo, y debe permanecer aislada para asegurarse de no estar contagiada antes de seguir viaje: ¿podrías hospedarla? — Resumió para él.

¿Y cómo, por todo el infierno, podría negarse? No podía soltarle a Tomioka, mucho menos con ella enfrente, que la deseaba muchísimo y desconfiaba de su propio autocontrol si la dejaba bajo su techo. No, se dijo, él no desconfiaba de él: desconfiaba de ella. Había puesto distancia luego de su confesión de amor y no había tenido intenciones de alimentar esa atracción.

Tenía veinticinco años y sabía que podía caer muerto cualquier día.

Y ella tenía unos ojos preciosos.

—Claro, si en tres días está sana, la acompañaré hasta la casa de su hermano. Senjuro estará en cama al menos una semana.

Giyuu asintió, le entregó el morral que cargaba al peliblanco y se volvió hacia la muchacha detrás de él. Con voz cálida, tanto como podía, le dijo que no se preocupara por Senjuro y descansara.

Luego se fue.

Nezuko miró a Sanemi, a unos tres metros de distancia frente a ella. Le temblaron las rodillas bajo la intensidad de esa mirada.

"Por favor, permitan que me vaya de aquí con toda dignidad", reiteró.

Buenas. Voy a hacer un pequeño paréntesis acá, porque lo creo necesario. En la época en la que se ubica el manga y esta historia en particular, el lugar de las mujeres es bastante difícil. Las mujeres siempre estaban en una posición desventajada, no podían viajar solas y en su mayoría - salvo cuando la riqueza lo permitía - casarse era casi una manera de asegurarse una vida digna y segura. La mayoría de los trabajos aptos para las mujeres eran roles "femeninos": enfermeras, maestras de artes como la escritura o pintura, costureras, ya entienden. Y el concubinato, como en la enorme mayoría de las culturas androcéntricas, estaba terriblemente mal visto: arruibana la reputación de una mujer que luego no podía casarse y muchas veces eran rechazadas por su propia familia.

Entonces: 1) Imaginense el horror de Nezuko cuando pensó que Yae era la concubina de Giyuu y 2) el terror de que la vieran sola con Sanemi, más allá de todo

Este capítulo es algo corto par alo que suelo presentarles, pero así de corta de tiempo vivo yo así que bueno, creo que es mejor ir corpantiendo de a puchos que nada. Ahora sí, preparense, que se vienen días de jugosa tensión sexual en este fanfic.