La Delgada Línea

Por Ladygon

Capítulo 3: El castigo divino.

Crowley despertó con dolor de cabeza en un piso blanco brillante. Miró hacia todos lados, buscando a su ángel y lo encontró en un costado encerrado en una burbuja de poder, sin poder hablarle. Estaba vestido y con sus alas blancas en la espalda como la primera vez que lo vio en el Jardín del Edén. Se veía igual de hermoso y tan amable como esa vez que lo cubrió con su ala al llover. Era un ángel maravilloso con tintes de maldito, que le fascinaba desde el primer instante que dijo que regaló su Espada Flamífera.

—¿Ángel?

Aziraphale intentaba decirle algo, pero no pudo escucharlo. Solo veía lo desesperado que estaba, tratando de decirle algo que ni siquiera entendía. Él trató de levantarse del suelo, pero no pudo, también estaba en su forma antigua al momento de conocer a Aziraphale, vestido de negro con sus alas a la vista y sus bucles de ángel caído.

—Crowley…

Era una voz que conocía desde tiempos inmemoriales y no quería responderle por nada del mundo. Quedó callado, agachando todo su cuerpo contra el suelo, esperando un rayo caer en su cabeza y pulverizarlo. No podía levantarse después de todo, así que lo mejor era quedarse ahí, aunque seguía mirando a Aziraphale con preocupación desmedida.

—Crowley…

—¿Sí? —respondió en un murmullo.

—Los ángeles me pidieron castigarlos a ustedes dos. No me corresponde hacerlo, pero castigaré a Aziraphale.

—¿Por qué solo a Aziraphale?

—Porque es un ángel.

—Pues yo también fui un ángel una vez, debería tomar el castigo con él.

El ángel estaba histérico y negaba con su cabeza en repetidas veces, lo que le decía que escuchaba lo que estaba pasando afuera de esa burbuja. Crowley tenía rabia de lo que estaba pasando en ese momento.

—El infierno quiere tu castigo Crowley.

—No ha sido el infierno que me trajo hasta aquí.

Aziraphale cerró los ojos por las cosas que decía Crowley. Estaba muy asustado, porque tarde o temprano diría algo grosero y Dios lo pulverizaría en el acto. Necesitaba comunicarse con su demonio para que no metiera las patas y eso lo estaba desesperando por completo con cada segundo que pasaba.

—¿Es eso lo que quieres? —preguntó la voz.

—Me gustaría que solo me castigaras a mí, pero veo que eso es imposible. La respuesta es sí.

—Será así, entonces.

Crowley cerró los ojos y se dejó llevar por el poder. Sabía que sería pulverizado o algo peor, solo le quedaba el consuelo de que Aziraphale no moriría solo.

La burbuja de Aziraphale se rompió con suavidad y este corrió hacia Crowley. Los dos se abrazaron ahí, arrodillados en el suelo.

—Crowley, Crowley, estoy aquí mi amor.

—Ángel.

—No debiste hacerlo.

—Tenía qué.

La luz los tomó de improviso y se abrazaron con fuerza. Las túnicas se movían al son de la energía que los rodeaba. Se elevaron del suelo, pero se mantuvieron abrazados sin soltarse por ningún momento. Crowley y Aziraphale quisieron darse un último beso de despedida, pero al tocar sus labios con un ligero toque el poder los congeló en ese estado.

Quedaron de esa forma, al igual que Sara, convertidos en un estatua de sal, solo que ellos no fueron sal, sino de un fino mármol blanco y negro. La imagen de Aziraphale era un ángel blanco hermoso y la imagen de Crowley un ángel negro igual de bello. Podía decirse que era un ángel, ya que lo único que lo delataba eran sus ojos abiertos, mirando con dulzura al ángel blanco, sus ojos semicerrados tenían esas dos rayas de serpiente. Ese único detalle fabuloso lo catalogaba como un demonio y no un ángel.

Quedaron en esa forma como si estuvieran suspendidos en el aire con sus vestiduras ondeando por un poder divino. Sus alas alzadas en sus espaldas y ellos abrazados en un casi beso de amor. Una imagen muy hermosa para la eternidad. La base de mármol blanco y negro parecía muy frágil como para alzar a las dos estatuas, pero mantenía el equilibrio perfecto.

Una voz se escuchó en todo el Cielo y los ángeles dejaron de hacer sus cosas para poner atención a la voz de Dios.

—Atendí a su llamado y este será su castigo. Permanecerán un tiempo en el Cielo de esta forma y luego irán al Infierno de la misma manera. Podrán verlos y observarlos como son en realidad.

Apareció la estatua al medio del piso del edificio blanco en un corredor por donde pasaban todos los ángeles. Los ángeles se acercaban a la estatua para mirarla con caras de horror como también de fascinación. Estas últimas, estaban dadas por los ángeles más jóvenes que los miraban como si supieran algo que los viejos no sabían. Los viejos quedaban tan asqueados y preocupados, que ya no querían ese adefesio en ese lugar.

Comenzaron a quejarse con sus autoridades y estas no veían la forma de quejarse con Dios, si ya se habían quejado y este era el resultado de ello. No podían volver con Dios sin que este se enojara con ellos por ser tan pesados. Debían aceptar el castigo que recibieron estos dos traidores, porque era un castigo dado por Dios. Así que, con miedo a ser castigados ellos mismo por ser tan insistentes dejaron la estatua hasta que fuera el tiempo. Aguantaron todas esas miradas lascivas de los jóvenes ángeles y esos pensamientos lujuriosos, que los adultos o ancianos creían que estaban corrompiendo al Cielo en vez de ayudarlo. Solo debían aguantarlos unos años, al menos eso creían. Los años pasaban pronto en un mundo inmortal. Después acabarían en el Infierno y ellos podrían estar tranquilos, por eso debían mostrar paciencia del todo.

Esa paciencia debía tener sus frutos. Los jóvenes ángeles estaban muy revolucionados con la estatua e iban casi todos los días a verlo, por esto se formó una comisión para impedir la visita, pero no duró mucho, porque a Dios no le gustó esta comisión. Debían dejar la estatua en paz para verla. La forma de cómo supieron, que Dios estaba molesto por eso, fue porque la estatua comenzó a desaparecer de la comisión y aparecer en otros lugares. Cuando la volvían a vigilar, la estatua desaparecía. Así supieron que era Dios quien la movía, porque no quería que la vigilaran, por eso sacaron la comisión. Según los jóvenes ángeles estos eran los guardias y carceleros que por fin los dejaban solos.

A la comisión le salió el tiro por la culata, ya que en vez de detener que vieran la estatua, con los movimientos y cambios, la estatua era conocida por todos los rincones del Cielo. Así se volvió famosa y no hubo ser celestial que no conocieran a Crowley y a Aziraphale. Impacientes por saber cuándo terminaría la exhibición, de un momento a otro, la estatua se fue.

Recibieron la noticia de que se encontraba en el Infierno. Allá estaba la obra de Dios, casi con la misma devoción que tenía en el Cielo, puesto que en el Infierno fue mejor recepcionada por todos. Sin embargo, los demonios mayores les sucedió básicamente lo mismo que a los ángeles viejos, no querían a esos dos ahí por ningún motivo y elevaron una solicitud a su amo Lucifer para que los sacara del Infierno a la brevedad. En cuanto a Lucifer, los mandó a volar con la petición.

—¡Querían castigo divino! ¡Ahí está! ¡No jodan! —chilló el amo de los demonios.

Estos quedaron de brazos caídos. Sin embargo, para su felicidad, no tuvieron que esperar mucho tiempo cuando la estatua también dejó el Infierno, desapareciendo de vista de los seres sobrenaturales. Aliviados, no volvieron a preocuparse de esos dos nunca más. Así pasaron bastante tiempo sin saber dónde estaba la estatua y parecía no interesarle a nadie. Eso era muy bueno, porque se obtuvo lo que ellos merecían.

La estatua apareció en el mundo humano. Esta vez, eran las personas de la Tierra quienes tenían que admirarla. Por eso apareció en un sitio arqueológico, enterrado bajo el sol de las piedras. Al principio no fue nada impresionante cuando los cepillos comenzaron a desenterrarla, pero después creó un revuelo mediático tan importante, que el mundo entero estaba asombrado.

Pasó la prueba de carbono y, después de unos días, se fue a exhibición a un museo de Inglaterra. La edad de las figuras estaba en ocho mil años —otro chiste de Dios—, suficiente para ser importante para la historia del arte, principalmente, porque nadie sabía cómo podía mantenerse en pie con una base tan delgada e irregular. Había una explicación poco clara científica sobre el equilibrio, pero esta también era de asombrosa curiosidad. Tener esa explicación fue suficiente para que soltaran la estatua a un museo, de lo contrario, se hubiera quedado por la eternidad en un laboratorio de física, encontrando las causas de tal milagro de la ciencia.

El museo estaba repleto de personas de todos los países del mundo. Venían a ver el milagro en mármol negro y blanco, al beso que casi rozaba los labios de dos ángeles, enamoradísimos, en la perspectiva de tercera dimensión. Parecían vivos, como si en cualquier momento dejarían el pequeño pedestal para salir volando con sus hermosas alas tan detalladas y, entonces, pronto se reiniciaría, por eso no debían pestañear.

Los click de las cámaras de alta gama y celulares no dejaban de sonar, desde que abría el museo hasta que cerraba. Las ventas de suvenires también iban muy bien con respecto a esa exhibición. Todos querían tener un recuerdo de esa bella obra de arte, por eso todos los días estaban ahí e incluso, los noticieros estaban extrañados del fenómeno artístico, aunque lo que más llamaba la atención, no era que pudieran salir volando, sino que concretaran ese beso suspendido en el tiempo. Eso era lo esperado y por eso se llenaba todos los días también, por la esperanza de ver un milagro. Ellos no lo sabían, pero no faltaba mucho para que pasara.

Cierto día, todavía no terminaba la mañana, cuando los ruidos de los click de las cámaras, celulares o flashes impertinentes, que olvidaban las reglas, fueron testigos de los primeros indicios del milagro. Las puntas de las plumas comenzaron a verse no como piedras, sino como verdaderas plumas. Pocos dieron cuenta de esto, pero cuando lo hicieron, lo hicieron ver a los demás. Esto provocó una euforia para fotografiar a los ángeles y la euforia fue peor cuando las alas estaban descubriéndose, poco a poco, para terminar con las alas totalmente descubiertas, tanto las alas blancas como las negras. Las fotografías inundaron el salón, hasta que llegaron los encargados del museo y decidieron sacar a todos los que estaban ahí.

Una exclamación de descontento general se sintió, porque mientras trataban de sacar a las personas, la estatua seguía descubriéndose de a poco. Las alas ya estaban despejadas y se veían sus hermosas plumas negras y blancas, brillantes. Muchos periodistas lograron colarse, no querían hacer caso a los guardias del museo y la dirección se vio sobrepasada. Tuvieron que llamar a la policía para que se hiciera cargo de los curiosos.

Cerrar el museo a estas alturas parecía imposible, nadie quería irse y abandonar lo que estaba sucediendo. Estaba pasando algo magnífico, mágico, y no podían irse sin ver. Así que hicieron todo lo posible para quedarse y eso incluía oponerse a la policía que quería echarlos del museo. No es sorpresa la revuelta que se creó por esto.

Una lucha campal por tener fotos, ahora ni siquiera las mejores fotos, sino también los videos, ni los mejores, solo aquellos que podían enfocar mientras las personas se empujaban la una a la otra. La situación se confundía y el caos reinaba. La policía se vio sobrepasada y eso asustó a las autoridades. Querían el museo para ellos mismos, para hacer sus estudios acabados, pero con ese nivel de desorden no podrían hacer nada.

Las cosas se estaban saliendo de control, y fue una verdadera locura cuando las alas quedaron totalmente descubiertas para seguir con los cuerpos. A cada instante se descubría más la estatua en un proceso rápido a los ojos de las personas. Como si se estuviera descongelando unos ángeles atrapados en el hielo, eso era fascinante. Las personas, en vez de salir, comenzaron a juntarse para entrar, querían verla con sus propios ojos. Se formó un tumulto, varios desórdenes por querer entrar y la policía antimotines apareció y fue un desastre. El museo tuvo que cerrar sus puertas y, mientras todas esas cosas pasaban, la estatua seguía volviendo a la vida. El cambio estaba sucediendo muy rápido para los administradores, ellos no sabían qué hacer, lo único que hicieron fue grabarlo. Grabar todo el proceso con cámaras sofisticadas que usaban para las restauraciones. No podían hacer nada más, porque el proceso se aceleró y las alas comenzaron a moverse. Eso fue tan sorprendente que las personas gritaron sin control. Gritaron más fuerte cuando vieron que la estatua se volvió por completo en carne y hueso, entonces, el pedestal desapareció como si fuera un hielo que se evaporó.

Ellos se mantuvieron en el aire y luego el beso congelado volvió a la vida. Por fin se juntaron los labios en pasión. Los gritos fueron tan grandes que asustaron a los ángeles. Estos abrieron los ojos sorprendidos, viendo cómo y dónde estaban. Cowley chasqueó sus dedos, pero no pasó nada. El ángel solo miraba confundido de un lado para el otro, así que el demonio reaccionó. Tomó a Aziraphale del brazo y comenzó a volar, buscando una salida.

Parecían pájaros enjaulados en una gran pajarera. El techo era alto y volaron bajo el asombro de los presentes, quienes seguían enloquecidos y usaban sus cámaras con flashes que lastimaban los ojos. En un aleteo, pareció que se caían ambos al suelo, pero Aziraphale logró desplegar sus alas y pudieron volver al aire. El ángel vio la puerta, por suerte era bastante grande y alta como para salir por ahí, por eso guio a Crowley hasta ella para cruzar el umbral.

Las personas estaban locas, gritaban y gritaban al ver esos ángeles en el techo. Crowley vio una ventana y se lanzó hacia ella, sin saber si podían o no, solo pasó arrastrando a Aziraphale con él. Por suerte el ventanal fue lo bastante grande para lograr pasar. Crowley rompió los vidrios con su cuerpo y salieron volando hacia el cielo.

Fin capítulo 3.-