Me ahogo. El agua entra en mis pulmones. Me hundo. Todo está negro.

Me sacuden el hombro.

Menos mal. Era una pesadilla sobre lo que ocurrió con Princesa Fragancia. Casi muero ese día. ¿Esto también le pasó a Kagami? ¿O como estuvo congelada no lo recuerda?

– Te has vuelto a dormir en clase, Alix. Despierta.

Es su voz. Normalmente, su tono es muy frío, eso no ha cambiado, pero puede ser un poco más suave cuando quiere.

Me cuesta abrir los ojos. Me pesan los párpados.

¿Parálisis del sueño? A veces me pasa.

– ¡Kubdel! – Oh, mierda. Ese es el profesor. Abro los ojos del tirón y levanto la cabeza rápido. – Al despacho del director.

Me levanto y me da mareo. Kagami me sujeta para que no me caiga.

– ¿Te ayudo? – susurra.

– No hace falta, tranquila.

Me voy de la clase saludando al profesor con alegría. Que me lleven al despacho del director otra vez no me gusta, pero, ¿por qué no chulearle al profesor? Ya que es culpa suya.

Desde Princesa Fragancia estoy agotada todo el tiempo. Ese día hice unos diez portales seguidos, de considerable tamaño, para rescatar a la gente que cayó del puente.

Fluff me drenó mucha energía y aún me estoy recuperando. Después de un mes.

No volveré a hacer eso.

Todavía no ha habido ningún ataque. Lepidóptero está tardando mucho tiempo en hacer el siguiente akuma y ahora que sé que la víctima podría ser yo, estoy cagada.

La Navidad ha sido tranquila. ¿Puede que estuviera de vacaciones? ¿Mi horario va a ir en función del suyo? Hijo de puta.

En vacaciones he estado mucho con mis amigos, más que con mi familia. He pasado el rato con Kim y Max, haciendo retos y jugando videojuegos; el grupo de Marinette, haciendo bufandas (aunque yo no hice ninguna); y charlando por teléfono con Kagami, ya que sus abuelos vinieron a visitarla.

Mi padre y mi hermano no han tenido descanso. Dicen que están estudiando la función social de la magia y los sacrificios humanos en el Antiguo Egipto de "manera comparativista" con la Mesopotámica porque Jalil quiere formular una "teoría nomotética en base al difusionismo", sea lo que sea eso.

Mi padre tiene un máster en Antropología Forense y un doctorado en Arqueología, y mi hermano está haciendo las prácticas de su máster en Egiptología con mi padre.

Están obsesionados. Es muy cansino.

Los he visto poco, aunque al menos hemos tenido la cena de Navidad y la de Nochevieja.

Y a la vuelta de las vacaciones, me he dado cuenta de que Kagami y Chloe son ¿cercanas? Ha tenido que pasar algo.

Ahora sólo falta que yo me haga amiga de Chloe. Pero no quiero. Sólo tengo curiosidad de saber por qué coño es tan puto borde.

Pero sabiendo que Lepidóptero podría atacar a alguna de las tres, tenemos que hacernos amigas y decirnos nuestras identidades. Tenemos que protegernos entre nosotras.

Oh, que dolor de cabeza.

Con lo tranquila que estaba yo sin ser Bunnyx.

Llego al despacho del director Damocles y llamo a la puerta.

– Adelante. – Entro a la oficina. El director levanta la vista de su ordenador y frunce el ceño. – ¿Otra vez tú?

– Lo siento, director, los profesores me tienen rencor. – bromeo.

He estado aquí más veces de lo que se consideraría normal. Ya no me sale el hablar formal con él y a él no le sale el ser educado conmigo. Estamos bastante hartos el uno del otro.

Me siento en uno de los sillones que hay frente a su mesa, con la luz de la ventana dándome directamente en los ojos de manera muy incómoda.

– ¿Qué ha sido esta vez? – dice pasándose la mano por la cara.

– Me he quedado dormida en clase. Las matemáticas son aburridas.

El señor Damocles echa la cabeza hacia atrás, mirando al techo.

– Me da igual que las matemáticas te parezcan aburridas. No puedes seguir viniendo aquí. La última vez pintaste un grafiti en el muro del gimnasio. – dice con exasperación.

– Y está mucho más bonito así. Antes era una pared blanca, fea y sucia.

Decoré el instituto para que fuera más bonito. Y gratis.

– Siempre llevas esa gorra y ahora, guantes sin dedos. Está prohibido.

Necesito estos objetos para cubrir la evidencia de que soy Bunnyx. Obviamente, no puedo decirle eso al director.

– No soy la única. Y nunca castigas a los demás. – Es la mejor respuesta que se me ocurre.

El hombre recobra la postura y se pone serio.

– Deberías al menos quitarte la gorra y los guantes, para demostrar que quieres cambiar tus malos hábitos. – sugiere.

Sé que su intención es buena, pero eso sería un desastre.

– Eso no pienso hacerlo. – Niego con la cabeza. Lo miro con desafío. No pienso echarme atrás. – Expúlsame si quieres.

El director suspira. Me mira durante unos segundos.

– Entonces vas a ir a ver a la psicóloga del colegio. – decreta.

Eso me sorprende mucho. ¿A qué viene?

– ¿Qué? Pero...

– Nada de peros. Vas a ir ahora.

El director hace un gesto con la mano, finalizando la conversación.

Salgo al pasillo molesta. Aquí no hay nadie. Claro, todos están en clase.

– No necesito un psicólogo. Estoy de puta madre. – le digo a Fluff, que es la única que está aquí. – ¿Sabes quién sí necesita un psicólogo? Chloe. Está obsesionada con su aspecto.

Fluff se remueve sobre mi cabeza, puedo sentirla.

– Alix... ¿Recuerdas la conversación con Kagami y Chloe sobre cambios que habéis tenido después de ser portadoras?

Sí, me acuerdo. ¿Por qué lo pregunta?

– ¿A dónde quieres ir?

– Pues que en realidad sí que vas a necesitar un psicólogo. – dice con tono de disculpa. – Longg y Polen tienen poderes que pueden ser controlados por personas sin problema, pero el mío... no está hecho para mentes humanas. – murmura la última parte.

Eso quiere decir algo. Que podría hacerme daño, por ejemplo.

– Si eso es así, ¿por qué tienes una portadora?

Es una pregunta lógica, ¿no?

Otro alumno que va al despacho del director impide que responda. No puedo seguir hablando con Fluff en el instituto.

Cuando llego a lo oficina de la psicóloga escolar, la puerta está abierta.

La habitación es muy pequeña y la mujer está escribiendo algo en un dossier.

– Hola. – saludo – El director me ha dicho que tengo que venir aquí.

La mujer sonríe agradablemente, aunque no levanta la vista de lo que está haciendo.

– Entra y cierra la puerta, por favor. Voy a terminar esto en un momento.

Hago lo que me dice y me siento en uno de los sillones que hay.

Observo el cuarto. Sólo hay espacio para una ventana detrás de ella, una estantería a un lado y un cuadro al otro. Lo principal aquí es su mesa llena de papeles.

La mujer termina de escribir y mira en el ordenador de su escritorio. Se quita las gafas, que le dejan una marca en la nariz, y me mira. Vuelve a sonreír de manera cálida.

– Hola, Alix.

– ¿Damocles te ha mandado mi información?

Señalo el monitor.

– Sí, lo ha hecho. Eso quiere decir también que tu falta a clase está justificada, si es eso lo que te preocupa.

Yo me echo en el sillón con tranquilidad.

– No lo hace.

Ella se aprieta el puente de la nariz antes de volver a ponerse las gafas para echar un vistazo a la pantalla de nuevo.

– ¿Me cuentas algo de ti? – ordena de manera pasiva.

– ¿No lo pone todo ahí?

– Aquí sólo pone lo que personas que no son yo han visto de ti. – explica con tono paciente – Prefiero conocerlo todo de primera mano.

Resoplo. ¿Para qué alargar esto? De todas maneras, el director me obligará a venir hasta que termine mi problema: tener una personalidad que a él no le gusta.

– Bueno, vale. Me he quedado dormida, de nuevo. La clase es muy aburrida. Por mucho que intento mantener la atención, me cuesta. – En parte es verdad. En parte es que llevo un mes recuperándome de usar en exceso mis poderes. – No me cuesta nada entender a los profesores, pero me aburro. Eso me hizo repetir el curso pasado. Como no quería empeorarlo me las arreglé para aprobarlo. Este es el segundo curso en el que estoy en una clase con gente un año menor. No volveré a repetir, lo juro.

Le cuento toda la verdad sobre lo académico.

Ella asiente y vuelve a mirar la pantalla.

– Según tu historial, tenías buenas notas en primaria. – afirma, aunque en realidad es una pregunta.

Me río. Claro, primaria.

– Sí, primaria era muy fácil. Pero es primaria, es fácil para todos.

– Eso no es verdad. – ¿Me está regañando? Por su tono diría que sí. – Todos los cursos están adaptados a la edad de los alumnos, así que primaria es tan difícil como bachillerato, para las personas que deben estudiarlo. – Escribe algo en un papel que tiene ante ella. No puedo ver lo que pone. – Con respecto a tus calificaciones actuales, sigues sacando buenas notas en arte y gimnasia.

Mis dos grandes pasiones.

– Son las únicas asignaturas en las que no tengo que memorizar algo y vomitarlo en un examen. Y además, me divierto haciéndolas.

– Te entiendo. Estudiar así no es placentero, ni siquiera se le puede llamar estudio. A los dos días, todos lo han olvidado. Es por eso que gimnasia y arte son mejores. Todo es espontáneo y libre, cumpliendo unas normas, pero generalmente así.

¿Esta intentado hacerme creer que somos amigas o algo así para manipularme? Lo siento señora psicóloga cuyo nombre no conozco, soy demasiado lista para que funcione.

– ¿Cuando eras pequeña te gustaba aprender?

– ¿Que si me gustaba sacar dieces sin hacer una mierda? Pues sí. ¿A quién no?

Apunta algo más en el folio y lo observa un rato. Sus propios apuntes de lo que he dicho en estos cinco minutos le van a dar las respuestas del universo.

– Vamos a hacer una prueba, ¿sí?

La mujer busca en sus cajones y me da un libreto cuya portada dice "Test de Cociente Intelectual".

Eh, vale. No sé a qué viene esto, pero parece que a esta mujer se le ha olvidado que sé leer.

– Voy a notificar al director que no vas a asistir a las siguientes dos clases. Empiézalo.

El test es largo, larguísimo. La psicóloga no bromeaba cuando dijo que estaría ahí media mañana.

Al responder todas estas preguntas de gran variedad de temas sigo mi instinto. Hay cosas que ni siquiera sabía que sabía. Aunque es verdad que a veces se me quedan datos aleatorios que he visto o leído.

Datos inútiles que no sirven para sacar buenas notas. Como que la luz del sol se forma por fusión de helio, pero no sé decir en qué parte de la tabla periódica está el helio.

Después de terminar, la psicóloga revisa las respuestas durante unos minutos.

Tamborileo con los dedos en el brazo del sillón. No sé qué pensar. ¿Estoy dentro de la media? ¿Soy más tonta? Eso sería lo lógico, teniendo en cuenta lo mucho que suspendo y que he repetido de curso.

La psicóloga termina de evaluar el test y me mira.

– Eres superdotada. – anuncia la mujer con una sonrisa.


– ¡Mi niña es superdotada! – se alegra mi padre por teléfono. El director lo ha llamado en el momento mismo en el que he salido por la puerta.

Aún estoy tratando de asumirlo, muchas gracias.

La psicóloga me ha explicado que si tengo malas notas y me duermo en clase es porque el sistema educativo no está hecho para mí.

Una putada.

¿Hay alguna solución? Cambiar el sistema educativo. Es decir, no.

Si antes estaba bastante claro, ahora está decidido: me dedicaré al deporte.

O al arte, lo que los profesores digan que se me da mejor.

– Papá. Ahora mismo estoy en clase de gimnasia. ¿Podemos hablar más tarde? – Mi padre me ha llamado por mi reloj digital. – ¿Para que al señor D'Argencourt no le dé por quitarme mi superreloj?

Que no es este, el reloj ultramoderno con un montón de funciones, sino el de bolsillo del siglo XVIII, pero aún así no quiero que me lo quiten.

Además, tengo que comportarme bien si quiero convencer al profesor de que no hagamos nada que implique usar las manos.

Durante las vacaciones he estado entrenando bastante para saber cómo luchar con mi paraguas mágico. Y estúpidamente, me ha reabierto los puntos de las palmas de las manos.

Joder, no parece que estos cortes se me vayan a curar nunca. Duele como el demonio.

Puedo soportar escribir, comer y otras tareas que puedan hacerse de manera delicada. Pero no puedo tirar y recoger balones.

Le doy un último sorbo a mi lata de Red Bull. La termino justo antes de empezar con el ejercicio o si no, me desmayaría de agotamiento.

Salgo del vestuario. Soy la última de las chicas. Me dirijo al profesor antes de que empiece la clase.

– Señor D'Argencourt.

El hombre levanta una ceja.

– ¿Qué pasa?

– ¿Podríamos no hacer un deporte que implique usar las manos?

– ¿Por qué?

Cualquier excusa que use será absurda. Mejor decir la verdad. De todas maneras, nadie excepto Queen Bee sabe que Bunnyx se cortó las manos. Y Chloe no se fija una mierda en mí.

Me quito uno de los guantes sin dedos que llevo y le muestro al profesor la mano vendada con cuidado de que nadie en mi clase lo vea.

Él coge mi mano y levanta la venda un poco para ver qué hay debajo.

– ¿Cómo te has hecho eso? – pregunta con preocupación.

– Me corté con un vaso.

El profesor me mira alarmado.

– Vale. Voy a pensar una alternativa al baloncesto, que ibais a hacer hoy. Ve con los demás.

¡Sí! Me acabo de librar de un deporte de altos.

Mi clase se ha puesto en un círculo de calentamiento. Ya sabes, todo el mundo en circulo estirándose para que no les dé un tirón o algo peor. Después de eso, viene darle varias vueltas al patio.

– Hoy haremos atletismo. – anuncia D'Argencourt.

La clase se divide en grupos de tres. Yo acabo con Kagami y Chloe. Vamos a hacer carreras de relevos en cinco grupos.

La primera ronda enfrenta a Chloe con Marinette, Mylene, Nino y Max. Los grupos son sólo de chicos o sólo de chicas, para que el profesor nos evalúe mejor.

– Más te vale que corras bien. – le advierto.

Chloe levanta una ceja.

– No es una carrera, sólo quiere ver cómo de rápidos somos.

– El grupo de chicas y el grupo de chicos que quede primero se librarán de recoger el material de esto y el partido de fútbol que tendremos después. – decreta el profesor.

Miro a Chloe. Ella levanta las manos.

– Vale. Pero sólo porque no quiero recoger. De todas maneras, ganarle a esas seis está chupado.

– No te creas, Alya es bastante competitiva. – digo.

– Y persigue bastante a las Triple Súper. – añade Kagami.

La señalo para remarcar lo que ha dicho.

– Y Juleka tiene las piernas muy largas.

– Que suerte que ellas no son mi problema. Yo voy contra Dupain-Cheng, que se tropieza con el aire. Tranquilas, incluso un gusano le ganaría en una carrera.

Es cierto que podemos usar eso como ventaja, pero la manera en la que lo dice es demasiado despectiva, incluso para mí.

Se ponen en posición (cada uno en la que quiere, ya que ninguno hace atletismo) y el señor D'Argencourt se coloca en la línea de salida, que a su vez es la de meta, ya que tienen que volver, con un cronómetro muy moderno al que le hace varias cosas. El punto de retorno está señalizado con conos.

El profesor toca el silbato y los cinco corren.

Observo atentamente.

Al principio, Chloe va última, pero coge fuerza y empieza a adelantar. Marinette tiene una espectacular caída en la mitad de la pista y tarda unos segundos en recobrarse. Nino va bien, el primero. Mylene se asfixia antes de llegar a los conos. Y Max corre bastante lento.

Chloe adelanta a estos dos últimos. Y llega a nosotras la segunda. El profesor aprieta cinco veces el botón y las marcas se van guardando. Las apunta con rapidez.

El tiempo del cronómetro no para y Kagami sale en el momento en el que entra Chloe. Ella va contra Adrien, Alya, Sabrina e Ivan.

Alya intenta adelantarla, pero Kagami es mucho más rápida. Tanto que casi se iguala con Adrien.

– Mi grupo va a ganar. – se jacta Kim.

– En los tíos. Nosotras ganaremos en las tías. – apunto.

Él sonríe de la manera que odio. Con esa chulería.

– Pero mi grupo será el más rápido de toda la clase. Yo te voy a ganar.

Soy consciente de la ventaja que tiene, aunque, ¡joder!, no me gusta que me diga esas cosas.

Me coloco en posición. Kagami y Adrien se acercan. Un chico se ha saltado las clases e intenta escapar del instituto sin que le vean.

Piensa rápido.

– ¡Eh, Chloe! ¿Ese no es tu novio?

– ¿Qué? – pregunta ella muy confusa.

– ¡¿Novio?! – se alarma Kim.

Kagami y Adrien llegan. Yo salgo corriendo y Kim se queda parado, buscando al chico.

– ¡Kim! – gritan Adrien y Nino.

¡Ups! Mi momentánea confusión lo ha distraído.

Yo sigo aumentado mi velocidad. Ahora tengo bastante ventaja.

Su debilidad es útil. Le gusta Chloe. Aunque me molesta, como todo en él.

Al final, llego primera y Kim segundo.

Voy a ir a donde Kagami habla con Chloe cuando él se mete en medio.

– Has hecho trampas. – acusa.

Sí. No es culpa mía que a él le guste Chloe y a mí nadie.

– No, sólo me he equivocado de persona.

Intento pasar, pero él se mueve para impedirlo.

– Chloe no tiene novio.

– Pues mira que bien. – sonrío un poco falsa. ¿A mí que me importa?

– Has ganado con trampas.

– Lo que tú digas. De todas maneras, has quedado antes que Nathanael. Te libras de recoger.

Kim me mira con el ceño fruncido. Y después sus ojos pasan a mis manos.

– ¿Qué le dijiste antes al profesor?

– Que le pago cien euros si me pone matrícula de honor.

A ver si captas la indirecta, Kim. Quiero terminar esta conversación de una puta vez.

– Te quitaste un guante. – afirma. – No te has quitado esos guantes en un mes.

¿En serio se cree que se lo voy a decir?

– ¡No sabía que te gustaba tanto mirame las manos! Voy a tener que empezar a cobrarte. – bromeo. Así le quito seriedad.

Kim sonríe. Esa burlona que significa problemas. Me agarra fuerte del antebrazo. Forcejeo, pero no me suelta.

Él mismo me quita el guante de manera muy bruta. Duele.

Busco al profesor con la mirada. Está en el cuarto de material. No importa, haría demasiado jaleo.

– Hijo de puta, suéltame. – exijo con un bajo volumen. No quiero que Chloe me vea.

Kim deja caer la sonrisa y abre la boca.

– ¿Qué es esto?

Su sorpresa le hace aflojar, así que le pego una patada en la espinilla y consigo soltarme.

Él se encoge y se frota la pierna.

Miro a los demás: cada uno está a lo suyo. Me alegro de no ser el centro del mundo.

– Nada que a ti te importe.

– Estás sangrando.

– Ah, ¿y de quién es la culpa?

Me da el guante, que me pongo otra vez. Por suerte es negro, así que la sangre no se verá.

Kim va a Max, que habla con Adrien y Nino, y lo aparta para decirle algo. Max mira entre Kim y yo con el ceño fruncido.

Kim vuelve.

– Nos vamos a la enfermería. Max se lo dirá al profesor – ¡Eso es incluso peor que Alya con los secretos! – y no le he dicho el motivo.

Cuando llegamos, la enfermera no está. Maravilloso.

Me despatarro en una silla y me quito el guante y la venda para que le dé el aire a los puntos. Se ve que hoy no voy a dar ni una clase.

No me quejo.

– ¿No te vas a limpiar la sangre?

– Nop. Ya lo hará la enfermera.

Kim se queda de pie, mirándome. Antes le dije que si me iba a mirar tanto le cobraría.

– Cinco euros. – extiendo la mano que no está ensangrentada.

Parpadea un par de veces.

– Lo siento. – se disculpa – Te he hecho sangre.

– Bueno, ya sabes para la próxima. Cuando te diga que no hagas algo, no lo hagas. – Ya que estamos con disculpas, yo también debería hacerlo, ¿no? – Yo también lo siento. Por mi cumpleaños. – Desde luego, no por hacer trampas. – No debí tratarte así. Eres el único que se acordó.

– Ya ha pasado mucho de eso. No importa.

La atmósfera cambia. Como que ya no hay tanta tensión.

Kim trae un bote de alcohol y un algodón. Me limpia la sangre. Duele todavía más.

– Esto lo tiene que hacer la enfermera.

– Pero es culpa mía. – Intenta limpiar con cuidado, pero tiene las manos demasiado grandes como para ser suave. – Estoy seguro de que tengo más cicatrices que tú, aunque siempre lleves tiritas en las rodillas.

– Pues claro que sí. Eres mucho más idiota que yo.

– ¿Hacemos una apuesta? – pregunta esperanzado.

– No hay nada que apostar. Estamos de acuerdo en que tienes más cicatrices que yo.

Él se desinfla. Eso me hace reír. Desde mi cumpleaños no ha podido hacerle ningún reto a alguien y está desesperado.

A lo mejor puedo usar esa desesperación para algo bueno.

– Bueno, podemos apostar: estoy segura de que yo me akumatizaré después que tú.

Deja de limpiarme la mano.

– No te entiendo.

– En el trato no estaba que yo no podía retarte. Únicamente, que tú no podías a los demás.

Kim parpadea varias veces y después sonríe muy feliz. No hay arrogancia, no hay burla. Sólo felicidad.

Cuando sonríe así no me dan ganas de pegarle.

Me dan ganas de sonreír también.

Pero entonces recuerdo que es Kim. El "se supone que somos medio amigos pero le quiero pegar un puñetazo cada vez que lo veo".

– Si tú te akumatizas primero, yo me quedo tus patines.

¡Qué obsesión! Si ni siquiera le caben.

– Y si lo haces tú... Ya veré.


Lo cojo por el mango. Ese típico mango curvo con agarre incómodo y demasiada tracción. Hago un movimiento para golpear el lateral de mi enemigo imaginario.

El paraguas se me resbala y vuela, acabando peligrosamente cerca de la televisión.

Lo recojo y vuelvo a empezar. Esta vez, lejos del aparato más importante de la casa.

– ¿Por qué no te transformas para entrenar? – pregunta Fluff.

Ha estado un rato jugando con los botones del mando. La tele lleva todo el tiempo apagada.

Es un poco rarita.

– ¿Cómo que por qué? – La miro y la señalo. – Pues, para que me enseñes a usar un paraguas como arma. Kagami no ha podido.

Ella niega con la cabeza sonriendo.

– Yo no sé usar un paraguas como arma.

– ¿Cómo puedes no saber usar tu arma? – me sorprendo.

– Porque no es mi arma. Es el arma de mis portadores.

Sus portadores. Esos que al parecer, necesitan un psicólogo. Portadores como yo. Y todos Kubdel.

Me recuerda que tenemos una conversión pendiente.

– Quiero hablar de eso.

– ¿De qué?

– Sabes a qué me refiero. – Dejo el paraguas normal apoyado en el sofá y me siento – Tus portadores. ¿Por qué nos tienes si tu poder no está hecho para la mente humana?

Fluff se pone boca abajo.

– Sin ti, mi reloj pararía.

Esa metáfora suena aterradora.

– ¿Por qué?

Fluff me da la espalda y se sienta sobre la figurita de no sé dónde que mi padre puso en la mesita de café.

– Todos los kwamis necesitamos un alma humana para vivir. Con el tiempo nos hemos vuelto demasiado débiles o incontrolablemente fuertes. Esos cambios pueden matarnos.

– ¿Y qué tenemos que ver?

Ella me mira con los dos entrecerrados, como si la hubiera interrumpido. Hago un gesto con la mano para que continúe.

» Nosotros controlamos aspectos de la naturaleza. Somos necesarios para que esos aspectos existan, pero también nos vemos afectados por cómo cambian con pasar del tiempo. Desde que existen los humanos, todo se ha alterado de forma extrema. Esas alteraciones también nos afectan, por tanto, cuando un kwami se veía más débil o más fuerte de lo que debería, se anclaba a un objeto humano, ya que sois vosotros quiénes lo habéis provocado. Eso equilibraba el poder y el kwami sobrevivía.

» Esos objetos a los que se anclaban pertenecían a un humano concreto, por lo que en realidad se anclaban a dicha persona. El objeto actuaba de canalizador. Unión de un kwami con un alma humana. Una que no se puede romper a no ser que sea con la muerte. La vuestra, claro. Nosotros no envejecemos y casi no enfermamos.

Eso quiere decir que ser portadora es como estar casada. El matrimonio antiguo, claro, el de hoy en día es endeble. Aunque la conexión mágica es real y Fluff dice que es irrompible.

» Con el tiempo, los objetos a los que los kwamis se habían unido, que eran, en instancia, los objetos a los que realmente estaban enlazados, acabaron recogidos en una caja. Quién posea el prodigio puede usar nuestro poder cuando quiera, incluso contra nuestra voluntad. Aunque eso no quiere decir que quién lo use sea el legítimo dueño.

Son esclavos.

– ¿Eso quiere decir que yo soy tu "legítima dueña"?

Fluff asiente.

» Al estar todos en un mismo lugar, que una sola persona controlaba, se creó un problema: ¿Y si el guardián, elegido por el anterior, se equivocara? ¿Quién lo solucionaría si estaban encerrados en la misma caja?

– ¿Cómo es que los kwamis, si son tan viejos, no vieron el error antes? – pregunto.

Fluff frota la coronilla de la figurita.

– Lo vieron, pero no pudieron evitarlo. Necesitaban que un humano poseyera los prodigios. Incluso si no es el legítimo dueño, es decir, el más adecuado, un prodigio no puede estar abandonado.

» Todos los kwamis habían pasado por eso, el anclarse a un humano y acabar en la caja, excepto yo. El tiempo es lo más fuerte. La invasión humana no me afectaba todavía. Así que cuando pasó algo catastrófico en el siglo XVIII, me vi obligada a escoger un portador antes de que me tocara. Tuve que enlazarme a pesar de que mi poder aún no había sido modificado por los humanos y que eso quería decir que no estaba adaptado a vuestra mente. Escogí a una antepasada tuya.

Me remuevo. ¿Qué podría tener una antepasada mía para que el último kwami libre la eligiera? No importa, haga lo que haga, nunca estaré a su altura.

Espero que Fluff no haga comparaciones.

» Después de solucionarlo, me quedé fuera de la caja por si volvía a pasar algo así. Yo sería el kwami de emergencia y tendría siempre a un humano de tu familia, ya que el objeto que elegí se lo quedó ella y se convirtió en herencia. Es por eso que el resto de kwamis eligen a portadores que no tienen relación entre sí mientras yo sólo tengo Kubdels. Ellos heredan al guardián y yo directamente a los portadores.

Se puso encima una gran responsabilidad. Y como es mi kwami, yo también la tengo.

– Entonces tú no necesitas un portador.

– No lo hacía, ahora sí. Siempre estoy conectada a alguien de tu familia, pero no le digo que se transforme a no ser que haya algo que combatir y los prodigios del guardián no puedan encargarse. Mi poder no afecta tanto si lo miras de esa manera.

– ¿Pero podrías liberarte y elegir a alguien que te guste más que yo?

– Si nos separamos de nuestro prodigio morimos.

Su voz pasa de ser tranquila a triste. Extremadamente triste. Un kwami tuvo que morir de esa manera.

Extiendo mi mano para que Fluff se pose. Me gustaría abrazarla, pero es demasiado pequeña.

– Cada kwami controla un aspecto de la naturaleza. Si el kwami desaparece, también lo hará ese aspecto. Si yo muero, vosotros os congelaríais. Todo se quedaría paralizado para siempre. – Su tono intenta ser menos triste.

Le acaricio su cabecita con un dedo.

– Pero también existe Polen.

Ella abre los ojos y sonríe con melancolía.

– Polen es mi contraria. Los aspectos de la naturaleza más poderosos tienen uno. Por ejemplo, la creación y la destrucción. – explica. – Ambos son contrarios pero también necesarios. En realidad son lo mismo. Lo que para algo es su final, para otro es su principio. La diferencia entre una y otra idea es el punto de vista: negatividad o positividad. Los poderes que pertenecen a esos dos kwamis representan las dos caras de la misma moneda. Es por eso que al juntarse pueden cumplir cualquier deseo.

¿Eso es lo que busca Lepidóptero? ¿Por eso nos ataca? ¿Su objetivo soy realmente yo?

– ¿Y como son? – digo en lugar de todas las otras preguntas que hay en mi cabeza. Ya que Fluff no puede responderlas.

Mi vista pasa por el reloj de pared. Las nueve menos cinco. Tengo una hora para intentar aprender a usar el paraguas.

– Pues Tikki prefiere enfocarse en el aspecto regenerativo de la creación. –
Comienza Fluff. Me levanto y ella flota alrededor mía. – Después de que algo se destruya, con los restos, se crea algo nuevo. Y Plagg es simple. – Compara. – Su poder es la estricta palabra de destrucción: coger algo que existe y separarlo, romperlo, hacer que sea imposible que vuelva a ser igual.

Cojo el paraguas más arriba del mango. Creo que no voy a hacer caso de lo que dijo Kagami y voy a sujetarlo con las dos manos, incluso con la herida. Ojalá estuviera Tikki aquí, con tanto que le gusta regenerar.

Pero sólo un momento, que no tengo ganas de tener a dos locas que le echan mayonesa al helado y no lo avisan. Aunque, supongo que los kwamis también tendrán sus propias personalidades.

– Nosotras, como comodín, tenemos el papel de proteger el resto de prodigios. Pero sobre todo, proteger a esos dos. – continúa.

Pues eso, demasiada responsabilidad para dársela a una chica que arriesga un examen por un reto.

Golpeo al enemigo imaginario. Esta vez no resbala.

– Si nosotras tenemos ese papel, ¿Por qué el guardián me ha asignado dos compañeras?

Una pregunta que tengo desde el primer día. Me gustaría saber que piensa la gente que está por encima de mí.

– Es cierto que se ha arriesgado mucho, – lo excusa – pero no se vio capaz de dejarte a ti sola luchando contra Lepidóptero. No es un desalmado. Además, eligió muy bien. Sabía quienes eran las más preparadas para ser tus compañeras.

Supongo que es una buena respuesta.

Pienso en mi enemigo imaginario. Hasta ahora, Kagami como Ryuko me ha entrenado y yo he intentado luchar siguiendo normas muy estrictas.

Ahora intento moverme un poco más libre y creo que me está saliendo algo mejor.

– ¿Has oído lo que ha dicho la psicóloga hoy?

Fluff asiente.

– ¿Y crees que ser superdotada me ayudará en todo esto de ser Bunnyx?

– No. Todos en la familia Kubdel lo sois. Comparada con tus antepasados, eres una de los peores portadores. Al menos, con lo poco que has hecho hasta ahora.

¿Me acaba de llamar floja? Me acaba de llamar floja.

– Gracias. ¡Así es como se levanta el ánimo! – exclamo con sarcasmo.

Ella da vueltas alrededor de mi cabeza.

– ¡Gracias! – Sonido envolvente es como lo llaman, ¿no? – ¿Puedo morder el mando de la televisión? Sus botones son muy blanditos.

– No.


N/A: Estoy buscando un lector beta. Si creéis que algún personaje es OOC, decídmelo. Por último, creo que a partir de ahora voy a responder los comentarios al final del capítulo siguiente.Hasta el próximo capítulo.