Advertencia: En este capítulo salen cosas algo más fuertes, como maltrato.


Me duele el brazo. Y la espalda.

La cinta no deja de moverse. Lo estoy haciendo bien.

– Bourgeois, levanta tu pierna derecha.

Lo intento. No dejo de mover la cinta.

– ¡Aún está demasiado abajo!

La señora Alarie me levanta la pierna derecha a la fuerza y tira de mi cabeza hacia abajo. El moño me da en la pierna izquierda y me da un tirón en la ingle y en la pierna al mismo tiempo.

Dejo el dorsal, me he hecho daño.

– Vete con otra. – le ordeno a la señora Alarie.

Se supone que ella es la que manda por ser la entrenadora. Pero claro, yo no hago esto de manera profesional y mi padre le paga un pastizal.

Voy al vestuario y me cambio. Mi prodigio y mi Polen están aquí.

Hoy me voy más temprano.

Estoy nerviosa y tensa. Es por eso que he tenido dos tirones. Y el motivo es uno, claro y definido:

Mi madre vuelve.

Después de diez años.

Y he decido que voy a hacer caso a lo que dijo Kagami. Luchar por lo que quiero. No me importa gustarle a los pringados de mi clase.

Quiero gustarle a mi madre.

He visto todas las entrevistas que le han hecho a lo largo de estos diez años.

Sé que su diseñador favorito es Gabriel Agreste, también un amigo de la familia. Sé que su color favorito es el dorado, aunque a mí me gusta más el amarillo. Sé que su olor favorito es el azahar. Todo eso es excepcional.

Es dura en sus críticas. Hace tres años vi una de ellas en vídeo. Criticó la forma, los colores y la tela de las prendas, dejando al diseñador por los suelos. Se tuvo que retirar.

Pero no sólo criticaba al diseñador, sino también a sus modelos. Eran feas, gordas y andaban como un pato mareado.

Por supuesto, yo no podía ser como ellas. Desde ese día, controlo bien todo. Mi maquillaje es perfecto, mi cuerpo es perfecto y la elegancia me sale sola.

En mi suite me ducho con gel, champú y acondicionador de azahar, los más caros que mi padre encontró. Después me pongo una crema, también de azahar y mi nuevo vestido dorado de la última colección Agreste. Siempre que salgo en televisión me aseguro de llevar dorado, por si mi madre me ve.

Me maquillo con la sombra dorada más brillante que tengo, el pintalabios dorado y el colorete también. Me pongo mis tacones dorados de la última colección Agreste y mi perfume de azahar.

Por último, me pongo mis grandes gafas doradas en la cabeza, tapando mi prodigio.

– ¿Estoy lo suficiente dorada? – le pregunto Polen.

– Sí, mucho. Y hueles a azahar. ¿Estás segura de que debes hacer todo esto?

– Por supuesto, mi madre se fue hace diez años y quiero que se quede. Sólo va a estar aquí algunos meses para buscar al nuevo prodigio de la moda.

Polen vuela a mi alrededor.

– ¿Dónde me voy a meter yo?

Le señalo el bolso, dorado y de la colección Agreste. No es tan grande como el blanco, pero cabe.

– Chloe. Tu madre está a punto de llegar. – me llega la voz del mayordomo desde detrás de la puerta.

Antes de que Polen entre en el bolso le doy un beso en la frente. Un beso de la suerte.

Voy rápidamente a la entrada del hotel. Allí está mi padre, acompañado por varios mayordomos y botones. Todos están alineados y detrás, como si esperaran a una reina.

Me coloco junto a mi padre.

La limusina tarda unos minutos en llegar.

Por fin voy a verla, después de diez años. No recuerdo nada de ella en mi vida. Todo lo que sé es por los vídeos.

No sabría decir si estoy emocionada o nerviosa. Sólo que quiero verla.

La limusina para, el chófer sale y abre la puerta de atrás.

Aquí está.

Ella baja, con un elegante mono blanco y negro, un sombrero y una gafas tan grandes como las mías.

Sus tacones hacen un sonido agudo y débil sobre el suelo de la calle.

Los botones se dirigen automáticamente al maletero de la limusina para coger las maletas.

– Querida. – saluda mi padre – Bienvenida de vuelta a París. He preparado mi suite para tu estancia.

Mi madre camina hacia la entrada del hotel, detrás nuestra, ignorando a mi padre. Se para justo entre nosotros y su cabeza gira en mi dirección. ¿Me está mirando? No puedo saberlo por las gafas.

– Hola, mamá.

¿Me saludará? A mí no me ignora como a mi padre. Me está prestando atención.

– Estás gorda. – proclama. Después continúa su camino.

¿Qué? No nos hemos visto en diez años y lo primero que me dice es eso. Estoy en shock. Tengo que estar realmente gorda si esas son dos primeras palabras tras diez años.

Mi padre abre mucho los ojos.

– No, calabaza, estás perfecta. – dice alarmado – Tu madre ha debido equivocarse. Esas gafas tienen pinta de alterar la vista.

Las buenas gafas de sol, no. Mi madre nunca se compraría unas gafas malas. Ella no tiene ningún problema, soy yo. Estoy gorda.

– ¡Esto es culpa tuya! Por llevarme a esos médicos que me obligaron a comer. Hace dos años tenía el peso perfecto. ¡Y tuviste que arruinarlo!

Mi padre respira hondo y fuerte. Su ceño se aprieta y su nariz se ensancha. Va en la misma dirección que mi madre. Un gran número de botones los sigue.

Todos ellos lo han visto. Lo siguen viendo. Que estoy gorda. Lo ven mis compañeros de clase todos los días. Y hace poco fue la foto de clase.

Me quiero morir.

Quiero llorar.

Quiero ir a mi habitación y quitarme todo esto. Eso es lo que voy a hacer.

¿Por qué no ha funcionado gritarle a alguien para sentirme mejor?

Voy a mi suite. Una enorme suite para una enorme chica.

Los sollozos se me escapan incluso antes de llegar.

Cuando entro cierro la puerta con llave.

Tiro mis tacones y me echo en la cama. Polen se escapa del bolso. Un líquido negro puro cae de sus ojos.

– Mi reina...

– No quiero hablar de mi peso. En serio.

Las lágrimas calientes ruedan por mi cara. No quiero llorar.

Me duele el pecho, es un dolor caliente. Me cuesta respirar. Lo intento, pero no puedo.

Polen me da un beso en la punta de la nariz. Eso me relaja un poco. Las dos nos limpiamos las lágrimas.

Dos golpes fuertes suenan en la puerta.

– Chloe, déjame entrar.

Es el mayordomo Jean.

– ¡Vete! No quiero hablar con nadie.

No hay más ruido en un rato. Intento calmarme más. Vuelve y abre la puerta. Polen se esconde.

Jean se acerca a dónde estoy.

– No estás gorda.

– Esa es tu opinión, que me importa una mierda.

Él suspira.

– Y la de que lo estás es otra.

– Una que me importa.

Se calla. No lo miro, no quiero hacerlo.

– Has entrado a la fuerza. – Me giro sobre mi cama para darle la espalda. – Vete.

– El señor Bourgeois está hablando con la señora.

¿Para qué? ¿Convencerle de que no estoy gorda? Si lo estoy, lo estoy. Y punto.

– Chloe, ¿recuerdas lo que te dijo tu psicóloga? – Lo hago. – ¿Y tu médico? Si bajas más de peso, llegarás un punto de no retorno y morirás.

Lo sé. Pero mi madre dice que estoy gorda. Después de todo lo que he hecho para ella hoy y no le ha gustado.

Miro mi vestido. Es suelto. ¿Y si mi madre ha creído que estaba gorda porque el vestido lo ha hecho parecer así?

Tengo que ponerme ropa ajustada, para que mi madre vea que sí cumplo.

Me levanto de un salto.

– Jean, quiero que vayas a la boutique Louis Vuitton y compres esto.

Le enseño una foto de un mono de rayas verticales blancas y negras, parecido al que mi madre lleva hoy.

No me gustó mucho a primera vista, pero es perfecto para la próxima fiesta.

Fiesta a la que mi madre asistirá para encontrar al nuevo prodigio de la moda.


– ¡Chloe! ¡Chloe!

Los paparazzi son unos pesados.

Sí, sé que estoy fabulosa. Este mono me sienta fantástico. Sí, he tenido que recibir la ayuda de una criada para subirme la cremallera porque está muy apretado, pero merece la pena.

Cuando mi madre sale del coche, las cámaras me dejan a mí. Lo entiendo, mi madre es la mujer más excepcional es que existe.

Los invitados van llegando. Un montón de diseñadores y patrocinadores. Incluidas las Tsurugi.

Me alegro, una persona conocida con la que conversar. Aunque me gusta la moda, me cuesta mucho hablar con gente del mundillo.

– Señora Tsurugi. – La saludo. – Hola, Kagami.

Mi amiga hace una pequeña inclinación de cabeza.

– ¿Os conocéis? – pregunta su madre. El tono es frío. Me recuerda a la forma en que Kagami hablaba antes de hacernos amigas. Da miedo.

– Sí. Es Chloe Bourgeois. Una chica de mi clase. – explica ella.

¿No me presenta como su amiga? Intento hacer la pregunta con mis ojos. Kagami niega con la cabeza lentamente.

– Bourgeois.

La señora Tsurugi sigue su camino hacia donde quiera que fuera.

Su ropa es simple y no muy bonita, no lleva ninguna marca. Pero claro, es ciega, ¿por qué iba a importarle llevar ropa bonita?

Un momento. ¿Qué hace aquí?

– Lamento no presentarte a mi madre como mi amiga. Ella no quiere que tenga amigos. Dice que hacen daño.

A esto me refiero cuando digo que es rara. Yo soy la primera que ha sufrido por ex-amigos y no se me ocurre la idea no volver a tener ninguno. Es más, aquí está Kagami como prueba. Y Polen en mi bolso.

Kagami va vestida horrible, como siempre. La pobre chica no sabe lo que es la moda. Lleva ropa antigua japonesa y unos zapatos viejos. Aunque el rojo y el negro le quedan bien.

Gabriel Agreste no se presenta. En su lugar vienen Adrien y Nathalie.

El primero se dirige a nosotras.

Lleva un traje de la nueva colección Agreste, obviamente. Él es modelo y está haciendo su trabajo en esta fiesta.

Me mira de arriba a abajo con los ojos como platos. Está sorprendido. No sé por qué, en sabe muy bien lo extremadamente hermosa que soy.

Hace una reverencia a Kagami e intenta darme dos besos a mí. Yo me echo atrás. Hace un año hubiera estado encantada, hoy no. Él intenta disimular mi rechazo con una sonrisa.

– Hola. – Es esa sonrisa falsa que pone para disimular la incomodidad. La conozco. – Hay mucha gente. Menos mal que estáis aquí, así podemos charlar los tres.

Yo no quiero charlar con traidores. Me aparto de ellos, ya hablaré con Kagami más tarde.

Adrien no es el único modelo aquí. Esto está lleno de chicos guapos.

– ¿La señorita me acompañaría? – pregunta Adrien. No a mí.

Los miro de reojo. Van agarrados del brazo. Kagami me echa un vistazo. Sus ojos me dicen que quiere hablar conmigo más tarde.

Voy a hablar con el primer chico que encuentre.

– Señorita Bourgeois.

Una voz masculina joven. Me vale.

Me giro para encontrar un chico extremadamente guapo.

– Hola.

– Quería decirte que hoy estás despampanante.

Si un desconocido puede ver que no estoy gorda, ¿por qué mi madre no? ¿Dónde está?

– Oh, no es hoy, es siempre. Pero gracias. Tu... – tengo que decir algo antes de buscarla. Ella tiene que oír los cumplidos. – ...camisa es exquisita.

El lino es ligero y con ese color parece un trozo de cielo. No sé de qué diseñador es pero me encanta.

– Gracias. Puedes quitármela cuando quieras.

¿Qué? ¿Qué dice este tío? No lo conozco de nada. ¿Qué edad tiene? ¡Qué asco!

– Eso no va a pasar. Asqueroso.

Dejo de intentar sonar amable.

Me alejo de ese desconocido y busco con quién hablar ahora. Kagami y Adrien están charlando y bromeando en una esquina. No quiero estar con Adrien, sigue siendo un traidor.

Mi madre no parece estar por ninguna parte. En serio, ¿a dónde ha ido?

– ¡Señorita Bourgeois! Mira a la cámara.

Un fotógrafo llama mi atención. Me giro y poso.

El flash me deja confundida momentáneamente. Me siento un momento y miro Twitter para que no se note.

¡Esta fiesta es Trending Topic! ¡Y hay fotos mías!

Mis fotos tienen muchos comentarios. Entro en los tuits y veo por las fotos de perfil que los comentarios son de... hombres mayores, en su mayoría.

"Guardada" dice el primero.

¿Por qué un hombre de cuarenta años querría guardar una foto mía? Se me ocurren motivos, pero ninguno de ellos es agradable.

"Que madura está ya"

¿Madura? No sé por qué, pero ese comentario me sienta mal. El mismo tío tiene otro tuit conectado.

"¿Tiene onlyfans?"

Eso me da náuseas. No quiero leer más. Sé que serán peor. No quiero pensar más.

Guardo el móvil en el bolso y veo a Polen mirarme preocupada.

No puedo dejar que se me vea en la cara. Hay cámaras.

No puedo quedarme aquí. Tengo que encontrar pronto a otra persona o si no pareceré una antisocial y hablarán más de mí.

Voy a buscar a mi madre en serio.

Recorro todo el edificio, las tres plantas. No está. Voy de nuevo a la planta baja.

Salgo al patio. Es un jardín grande muy cuidado con gran variedad de plantas y diversas fuentes.

Hay una zona en la que crece un alto seto de rosal. El seto tiene un hueco por el que se ve algo. Parece… ¿una puerta? ¿Qué hace ahí una puerta?

Entro por el hueco y giro el pomo de la puerta. Está abierta. Adentro está oscuro.

Normalmente diría: No entres ahí, Chloe. No eres la protagonista de una película de terror.

Pero siendo Queen Bee no me da miedo.

Bajo las escaleras con cuidado.

– Polen, estate atenta por si pasa algo. – susurro a mi bolso.

Llego al final de la escalera y encuentro otra puerta.

Dentro me recibe una sala oscura, aunque más iluminada que ha escalera, con gente reunida en corros de dos o tres. Las personas son invitados de la fiesta, incluidas mi madre, la señora Tsurugi y Nathalie.

¿Cómo no se ha dado cuenta nadie? Bueno, yo sí. A lo mejor es por eso. Al haber tres plantas no te das cuenta a no ser que busques a alguien en concreto.

Mi madre me ve y viene hacia mí.

– ¿Qué haces aquí? – pregunta con brusquedad.

¿Qué le digo? ¿Que estoy sola y no sé qué más hacer? ¿Que necesito su aprobación?

– Te estaba buscando. Quiero que vean que somos madre e hija.

Ella hace una mueca, como si oliese algo desagradable. Se inclina para estar más cerca mía.

– Pues yo no lo quiero. – dice en voz baja. ¿Eh? Soy su hija. – Vas vestida como una ramera. – ¿Qué? – No quiero que me relacionen con eso. Fuera de aquí.

¿Cómo que ramera? Me he puesto este mono para que vea que tengo las medidas que ella exige a las modelos. Cumplo con ellas y me esforzado mucho para hacerlo. No lo entiendo. Los ojos me queman y empiezo a verla borrosa. Un dolor punzante y caliente me sube del estómago al pecho.

– Pero mamá, yo me he puesto esto para que veas que estoy delgada.

Me cuesta respirar. No veo nada. No quiero llorar, no aquí.

– Sigues sin estarlo. La única diferencia es que ahora pareces una puta. Fuera de aquí, Clara. – gruñe.

No se sabe mi nombre.

– Me llamo Chloe.

Me marcho, es lo que ella quiere. Me apoyo en la pared al subir.

– Mi reina. – oigo débilmente.

– Polen.

Me duele la garganta.

Salgo de esta escalera oscura y agobiante al hermoso jardín. Tengo que esconderme, no puedo dejar que me hagan fotos así.

Me quedo aquí, detrás de los rosales, dejando que las lágrimas salgan y el maquillaje se corra. Asfixiándome. Mareándome.

Mis piernas se vuelven de gelatina y caigo.

Mi madre no me quiere.

No sé por qué.

Mi madre no me quiere. Me ha llamado puta.

¿Qué le he hecho yo?

No puedo dejar de llorar. Todos me odian, incluso mi madre. Soy ridícula, absolutamente ridícula.

– ¿Chloe?

Me paralizo. Es la voz de Kagami.

– ¿Dónde está? La viste venir por aquí.

Y ese es Adrien. Saco un espejo del bolso y me limpio la máscara de pestañas que se me ha corrido. No es a prueba de agua.

Guardo el espejo y le acaricio la cabeza a Polen. Ella está preocupada.

Me levanto y salgo de detrás de los rosales.

Ambos me ven enseguida.

– ¿Cómo has llegado a ahí? – pregunta Adrien.

Sus ojos pasan por toda mi cara. Creo que se ha dado cuenta de que estaba llorando.

– Hay un hueco en el rosal. – respondo yo.

– Has llorado. – afirma Kagami. – ¿Por qué?

– No he llorado. Debe ser una impresión tuya.

Adrien se adelanta y me da la mano.

– ¿Has vuelto a caer?

Es demasiado dulce. Se supone que tengo que rechazarlo, es un traidor. Pero ahora no tengo fuerzas para hacerlo.

– Estoy bien. En realidad, tengo que ir al baño. Kagami, ¿me ayudas?

– ¿A qué?

– A bajarme la cremallera. No puedo hacerlo yo sola.

En el baño, a Kagami le cuesta mucho bajar la cremallera.

– Es un duro rival. – comenta. Creo que es un chiste. Los suyos son horribles. Pero me hace sentir un poco mejor.

Por fin consigue bajarla. No se mueve.

– Sal, me estoy meando.

Pero no lo hace.

– Se te notan las costillas.

– Sí, bueno...

– ¿Eres anoréxica? – me interrumpe. Parece preocupación.

Me tenso. No quiero que me vea la cara. Técnicamente, ya no soy anoréxica. Aunque puede que Adrien tenga razón y haya recaído. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer si mi madre piensa que estoy gorda?

– ¿Puedes por favor irte? Tengo que hacer pis.

Kagami no dice nada más y sale.

Justo antes de que la llame para que me suba la cremallera, Polen se escapa del bolso.

– No lo hagas. – ¿Eh? – No te vuelvas a poner el mono.

– No puedo ir desnuda por ahí, Polen, por muy poca diferencia que haya. – replico. – Me han puesto incómoda las reacciones pero quería que mi madre viera lo delgada que estoy.

Debería haberlo comprado una talla más grande y ponerme un body del color de mi piel.

– Tu madre te insulta y te hace sufrir. Su opinión no importa. – dice negando con la cabeza.

– Claro que lo hace. Es mi madre.

Su intención no es hacerme daño, sino que yo mejore.

– Aunque sea tu madre, no está de tu parte. – Polen se apoya en la punta de mi nariz y le da un beso. Habla con dulzura. – Dejó de estarlo hace diez años. Deja de intentar complacerla. Deja de llorar por ella. "No se llora por los traidores" – Esa frase es mía. – La única opinión que importa sobre ti es la tuya.

No puede odiarme, es mi madre. No puede ser una traidora.

– Y yo creo que estoy gorda.

Ella se aleja. Se calla, como si estuviera pensando.

– No. Tu creías estar perfecta hasta que tu madre llegó y después no comiste en tres días excepto la necesaria miel. – responde en un tono más severo. – Y te gustaría comer más de lo que lo haces, pero te da miedo que te llame gorda. Aún así lo ha hecho. Mi reina, como dijo Kagami, sólo tú decides cómo eres.

Eso es cierto. Quiero ser excepcional, y mi madre sabe lo que es excepcional. Me equivoqué y no voy a hacerlo otra vez.

– Tienes quince años – continúa – No deberías llevar esa clase de ropa, no deberías estar pensando en tener pechos perfectos. Eres una niña. – Su tono ha vuelto a ser dulce, como antes. – Es más, ni siquiera deberías preocuparte por eso siendo adulta. No es importante. Lo importante es que te quieras a ti misma. Mi reina, he vivido millones de años y puedo asegurarte que no existe la perfección. Perseguir ese ideal sólo te hará daño a ti misma.

Eso también es cierto. Puede que no exista la perfección, aunque sí la excepcionalidad, y eso puedo conseguirlo.

Me voy a ir a mi casa.

Mi madre no quiere que nos vean juntas porque le daría mala imagen, las fotos que me puedan hacer desencadenan babosos en Internet y Kagami está muy bien con Adrien.

No tengo motivos para quedarme aquí.

Aviso a Kagami, que me ayuda a recolocarme el mono y le informo de que me voy.

– Pero Adrien y yo queremos pasar tiempo contigo.

¿Adrien quiere pasar tiempo conmigo? Dijo que no sería mi amigo hasta que no cambiase mi forma de comportarme para gustarle a sus nuevos amigos.

Ah, claro, es que tiene por objetivo intentar convencerme. Adrien es muy ingenuo, como todos los que están a ese lado.

Kagami también es bastante ingenua, pero está más del mío que del suyo. La única a la que no sé descifrar es a Alix. Ella está de su lado, pero no es ingenua. Es mucho más manipuladora de lo que parece y no tengo ni idea de qué quiere conmigo.

Eh, me estoy distrayendo y tengo menos ganas de llorar así. A lo mejor sería bueno seguir acompañada de Kagami.

– Me voy a ir a mi hotel. Puedes venir conmigo si quieres o puedes quedarte aquí.

Abro la puerta del cubículo, es muy estrecho para las dos.

– ¿Y Adrien? – dice ella mientras salimos.

¿Quiere que Adrien también venga?

– Depende.

– ¿De qué?

Pongo mi sonrisa confiada, aunque no me sienta así en absoluto.

– De que responda correctamente a una pregunta.

Salimos del baño de las chicas al jardín dónde Adrien espera sentado en un banco que rodea una de las majestuosas fuentes.

Se levanta al vernos llegar a él.

– ¿Te has traído más trajes como ese? – consulto antes de que ninguno de los dos pueda abrir la boca.

– ¿Eh? – Adrien frunce el ceño en confusión. – ¿Sí?

No me gusta hacer esto. Hiere mi orgullo. Pero prefiero herir mi orgullo frente a Adrien y Kagami que ser humillada por desconocidos en Internet.

– ¿Me prestas uno?

– ¿Bueno?

Sigue confundido.

– Genial. – Intento que en mi voz no se note las ganas de llorar que todavía tengo. – Tráemelo. No quiero que me vean así otra vez.

Él se levanta y se acerca a mí.

– ¿Por qué? ¿No has elegido tú ese conjunto?

– Es una larga historia. Simplemente, creo que se ve más de lo que me gustaría.

Polen tiene razón. No quiero más babosos de Internet hablando de mi cuerpo. No pienso volver a ponerme algo como esto nunca más.

– ¿Sabes que eso no es culpa tuya? Los viejos verdes. – interviene Kagami.

– Aún así.

Adrien se quita su chaqueta y me la da. La verdad es que es mucho mejor así.

– ¿Quieres venir a Le Grand París?

– ¿Escaquearme de esto? Sí, por favor.

Las limusinas que nos trajeron ya se marcharon y el coche de Kagami se tiene que quedar para su madre. Los tres nos vamos en un taxi.


Hoy es sábado, así que por supuesto, toca patrulla.

Tengo un gran cansancio, tanto físico como mental. No tengo fuerzas ni ganas de hacer la guardia.

– Bee, tu vas por allí, – Ordena Bunnyx señalando a su izquierda y algo hacia delante, lo que sería su noroeste. – Ryuko, en esa dirección – Señala a su noreste. – y yo hacia allá. – Termina señalado detrás suya.

Estamos dentro del patio de Françoise Dupont. Hoy sí puedo ver algo, la luna brilla intensamente.

– ¿Por qué tengo que ir yo a los barrios dónde las casas son feas y pequeñas? – replico.

Nunca paso por allí. No quiero.

– Porque la gente pobre también tiene derecho a que le protejamos de akumas. – contesta ella con mordacidad. – Si estamos de acuerdo, nos vemos aquí a las dos.

Bunnyx y yo nos giramos para marcharnos.

– Un momento, – irrumpe Ryuko antes de que nos separemos. – ¿Sabéis algo más de Lepidóptero?

Nos quedamos calladas un momento. Bunnyx investigó una vez. Ella debería tener algo.

– No se ha gastado ni un céntimo en el resto de akumas por ahora, si es lo que querías saber. – responde Bunnyx. – Tengo entendido que Chloe Bourgeois le ha hecho el trabajo sucio.

Sí, vale, es culpa mía. Pero aunque no sé sobre sobornos, algo me ha parecido extraño.

– Yo sí he visto algo raro. En las redes sociales nos critican mucho. – explico – He encontrado hastags de odio hacia nosotras en Twitter, Instagram, Facebook, Tik Tok... Es muy extraño, porque después de Stoneheart nos adoraban.

– Yo también he presenciado mucho disgusto hacia nosotras en programas de tertulias televisivos y de radio. – añade Ryuko. – En incluso artículos de opinión en periódicos que nos critican.

– ¿Periódicos? ¿Tertulias? ¿Es que tienes ochenta años? – critico.

Ella se gira hacia mí con el ceño fruncido.

– Me fío más de profesionales que de las redes sociales. – rebate con molestia. – Cualquiera puede escribir ahí.

Yo me pongo las manos en la cintura.

– Cualquiera con dinero puede comprar a los profesionales.

Mi padre lo hace mucho.

– Cualquiera puede comprar las redes sociales.

Esta discusión no llega a ningún lado.

– Bueno, creo que ya sabemos en qué se está gastando Lepidóptero su dinero. Las dos tenéis razón. Tendré que investigar sobre eso.

Ryuko levanta una mano.

– Eso no lo sabemos, puede que realmente estemos teniendo un mal desempeño. – discute Ryuko. – A veces nos coordinamos y realizamos buenos planes y otras veces somos pésimas. Además, creo que la cadena de Aurore desea entrevistarnos.

Me encantaría. Salir en la tele en una versión de mí que no odian tanto.

Bunnyx se cruza de brazos.

– No. No me gustan las cámaras. No quiero salir en televisión.

Ryuko de encara a ella.

– Estoy de acuerdo en no salir en televisión todavía, pero tendremos que hacerlo en algún momento. Estamos siendo vigiladas constantemente, no podemos evitarlo para siempre.

Bueno, que discutan ellas.

Salto hasta el tejado del instituto y voy en la dirección indicada: los barrios pobres.

Nunca vengo por aquí. Como dije antes, las casas son feas y pequeñas, no hay árboles y las calles están sucias.

Cuanto más me alejo, más ruinosas están las casas. Las farolas no funcionan y veo a gente drogándose en algunos callejones.

Eso me da un escalofrío. No entiendo por qué alguien se autodestruiría así. Yo también me hice daño por un tiempo.

Cada vez que me sentía con ganas de morir, que me veía tan gorda, que mi padre me ignoraba, que en mi clase empezaban a tratarme como una bruja.

Entonces aprendí que me sentía mucho mejor cuando les respondía, cuando eran los demás los que sufrían en mi lugar.

Y dejé de cortarme.

Aún así, después me vuelvo a sentir mal. Y ahora también hay akumas, pero no puedo evitarlo, me sale solo.

Sigo mi camino.

En el espacio de hierbajos secos entre las últimas casas y la zona de polígonos, hay vagabundos calentándose con un bidón de fuego. ¿Por qué no consiguen un trabajo? No entiendo cómo pueden vivir así. ¿Son unos inútiles y por eso no los contratan? Es horrible. Es una pesadilla. Me hace sentir... mal.

Continúo mi camino hasta la frontera de la ciudad, los polígonos.

Aquí hay mujeres casi desnudas, aunque estamos en febrero. Coches paran junto a ellas y se suben. Sé lo que son, sé lo que les pasa. Quiero vomitar, no puedo seguir viendo esto.

Por eso no quiero venir a los barrios de pobres. Nada de esto es culpa mía y no puedo hacer nada para solucionarlo.

Vuelvo, intento quedarme en la parte menos pobre del barrio. Me siento en un tejado y espero a que pase el tiempo.

En la casa de enfrente hay encendida una luz. Como Queen Bee, veo más colores, y esa ventana brilla especialmente.

Hay un chico haciendo algo en un escritorio, probablemente estudiando, algo que yo también debería hacer.

El chico tiene la mayor gama de colores que he visto hasta ahora. Es impresionante, maravilloso. Algo bueno que sacar de esta visita.

Me quedo embobada, lo admito. Bajo a la calle porque quiero verlo más de cerca. Esta calle está desierta, los drogadictos de encuentran más afuera.

Al acercarme más veo que lo conozco. Es Nathanael. No sabía que vivía aquí, él no huele tan mal como esta calle.

No sé qué hora es. A lo mejor podría preguntarle, al menos a él lo conozco.

Salto alto y aterrizo en el alféizar. El ruido le hace mirar en mi dirección.

Abre mucho los ojos y la boca. Se queda parado mirándome fijamente.

– Queen Bee... – murmura. Él también es mi fan.

Yo entro. Me estoy acostumbrando a que la gente flipe cuando soy Queen Bee.

– ¿Tienes reloj?

Miro por su habitación, por si hay alguno de pared. Pero en su lugar sólo hay pinturas y dibujos.

Pinturas y dibujos que conozco bien. Son de mí, Queen Bee.

Él es QueenBeeFan187.

No sé cómo tomármelo. Él odia a la civil y adora a la heroína.

Se levanta para llamar mi atención y evitar que vea su arte. Pero ya es tarde.

– Hola. ¿Qué... qué haces aquí?

– No tengo reloj y he quedado en encontrarme con Ryuko y Bunnyx a las dos. ¿Eres mi fan?

Baja la cabeza con la cara roja. Sus colores son mucho más intensos y variados que nunca. Es hermoso.

Sonrío. Ahora está con la versión de mí que más le gusta.

– ¿Me dirías la hora?

Cuando soy Queen Bee esperan que sea dulce y amable. Y eso es lo soy, al menos con los civiles.

– Sí. Por supuesto. – Mira en su teléfono móvil. Casi se le cae de los nervios. – Es la una.

Vaya diferencia de trato.

– Pues tengo una hora. – Busco dónde sentarme. Su cuarto está mucho más ordenado de lo que creía. No hay ropa sucia ni nada de eso, incluso su cama está hecha. Ahí me siento. – ¿Qué hacías a estas horas?

Nunca me ha importado una mierda Nathanael, pero saber que es QueenBeeFan187 lo cambia mucho. He conocido al sujeto de mi adoración.

Él se queda mirándome sentada en su cama unos segundos.

– Yo... te dibujaba.

¿Un sábado por la noche a la una de la mañana? Eso es estar obsesionado conmigo. Aunque lo veo compresible. Tiene la pinta de haberse criado leyendo cómics de superhéroes. Y ahora existimos. Tiene que ser increíble para alguien como él.

– Enhorabuena, tienes una hora para usarme de modelo.

Él da un respingo y se levanta para buscar el trozo de papel o lo que sea más grande que tiene. En su ordenador, uno viejo y con muchos arañones, aparece una notificación de Twitter.

"Es una puta"

Nathanael me ve mirándolo.

– Estoy discutiendo con un tío de Internet. Hoy, una chica de mi clase ha ido a un evento con una ropa... inapropiada. – Está hablando de mí. – Y están estos tipos que no paran de decir guarradas sobre ella y yo no puedo dejarlo así, aunque sea una persona horrible.

¿Me está defendiendo?

Se sienta y empieza a dibujarme muy concentrado.

Yo intento olvidar el día.


N/A: Puede que me haya pasado un poco, pero Chloe tiene que sufrir antes de ser feliz, como iba a pasar en la serie antes de que Thomas la odiara.

También voy a intentar corregir erratas de capítulos anteriores, así que es posible que os lleguen notificaciones, pero si no hay un capítulo nuevo es por eso.

Respuestas:

Hola, Manu.

No sé que quieres decir con eso de romper cuarta pared, si pudieras explicármelo.

Me gustaría dejar de hablar sobre la cuarta temporada, porque no me interesa más allá de quién obtenga los nuevos prodigios, y Marinette, porque me cae mal y no quiero hablar de un personaje que me cae mal.

Gracias por comentar.

Hasta la próxima.