N/A: Me acabo de dar cuenta de que han pasado 18 días desde el último capítulo. Así que he pensado que va siendo hora de subir el siguiente. Ya he hecho el primer examen y falta poco para el otro. Espero tardar menos para el próximo. Y otra cosa. Me he dado cuenta de que siempre me dejo alguna errata, aunque lo revise varias veces. Perdón por eso.


Aquí estoy, dónde me dijo. El hangar del polígono nueve. Todo está oscuro, por suerte, mi transformación me permite ver. No obstante, nadie llega.

Este lugar no es agradable, lo bueno es que es noche de tormenta. Al menos disimula el olor.

– Qué sorpresa, – dice repentinamente una voz tras de mí – una Portadora.

Me giro buscándola, pero sigo sin verla.

– Nos llamamos Triple Súper.

Sólo Longg me ha llamado de esa manera.

– Yo no lo hago así.

La señora, una mujer mayor, completamente cubierta de arrugas que le hacen parecer más mayor de lo biológicamente posible, aparece de la nada.

Saco mi espada. No debería haber venido aquí, no es seguro.

– ¿Por qué sacas tu arma? Eres tú quién me ha citado.

No pierde la calma y yo tengo que aparentar que tampoco.

– Me has sobresaltado, no te he visto llegar.

Guardo mi espada. De todas maneras, aún tengo poderes.

La desconocida sonríe. Hace que su cara se vuelva fea, pero a pesar de eso, no da miedo.

– Aún eres demasiado novata. Sabes usar una espada, pero tu parte mágica está dormida.

Su aspecto no da miedo pero me pone nerviosa, alerta, como si fuera a ser atacada en cualquier momento y no fuera a ser capaz de defenderme.

– ¿Dormida? Puedo convertirme en agua, rayo y viento.

– Y crees que ese es el límite de tu prodigio. – Ella sabe la procedencia de mis poderes. Ella sabe sobre esto, sobre lo que pasa. – Pero no estamos aquí para hablar de eso, sino de magia negra. Y yo soy una experta.

La manera en que lo dice no indica nada bueno. No obstante, que mi madre esté en contra de acercame a gente como esta mujer no me impedirá hacerlo. Debo aprender, sólo no puedo bajar la guardia.

– Si tan experta eres, háblame de ella.

La señora asiente lentamente.

– Hagamos un trato. – propone.

Parece ser deshonesta. No puedo dejarme atrapar por una artimaña.

– ¿Qué quieres? – sueno fría y segura, como mi madre.

La mujer se acerca un paso a mí.

– Estar cerca tuya.

No lo entiendo.

– Ya lo estás.

La mujer sonríe como si hubiera ganado un premio. ¿He hecho algo que no debería? He sido ingenua.

– La magia negra es poderosa. – empieza a relatar. – Usa los sentimientos más intensos de las personas para hacer los más fuertes hechizos.

Es más o menos lo que he visto en Internet y lo que hace Lepidóptero. Usar los sentimientos negativos. Hasta yo sé que un mal sentimiento puede ser más apasionado que cualquiera bueno.

» La magia negra te lleva por caminos que otros tipos de magia no te podrían llevar y consigue objetivos que nunca podrán alcanzar. La magia negra lucha con otros tipos de magia e incluso con ella misma.

No me está diciendo nada. Muchas metáforas, insinuaciones e indirectas. Todo lo que se me da mal.

– No seas tan insegura, joven, nada bueno saldrá de ello.

Yo no soy insegura. Es precisamente por mi seguridad que conozco mis cualidades y defectos.

– ¿Quién eres tú?

– La misma pregunta se podría aplicar a ti, Ryuko. Y las dos podríamos dar la misma respuesta: sólo una persona que quiere saber más.

Vale, si he pillado esta indirecta, creo. Ella quiere saber quién soy yo.

– Sólo soy alguien que quiere acabar con la oscuridad que asola mi ciudad.

La desconocida sonríe de nuevo, y esta vez su cara sí me parece amenazadora.

– Ya veremos.

Se mueve muy rápido hasta estar fuera de mi vista y cuando me giro, ya no está.

Y con ella se va la desagradable sensación que me dan algunas personas.

Mi investigación sobre magia negra no avanza. Tengo que esforzarme más.

Es hora de volver a casa. La patrulla ha terminado.

Salto por los tejados de la ciudad. Como de costumbre, la gente me hace fotos. Me aseguro de dar varios rodeos antes de entrar en casa.

Me detransformo y bajo al salón.

– ¿Has estudiado mucho? – pregunta mi madre. Está sentada en el sofá, escuchando la tertulia diaria sobre Triple Súper de la televisión.

Antes de nosotras, en televisión hablaban sobre temas sociales más importantes. Ahora eso se ha dejado de lado para tratar siempre el mismo tema. Nos hemos convertido en el circo.

– Sí, madre, estarás orgullosa de mí cuando recibas las notas.

Ella asiente confiando en mis palabras. En mis mentiras.

– Ryuko prometió que nos protegería. – Presto atención a la televisión tras oír mi pseudónimo. – Pero las Triple Súper ignoraron completamente a los ciudadanos afectados por Dark Cupid.

No me suena el hombre que ha hablado. Lleva un traje caro y unas gafas de pasta. Le hace parecer un intelectual.

– Estaban luchando contra el akuma. Si no lo hacen ellas, ¿quién lo hará?

Responde otro hombre que lleva casi el mismo traje que el primero, aunque no gafas.

– Eso está claro, es lo único que hacen. Luchar contra akumas. – replica el primero agresivamente. – Han convertido París en su escenario particular para su rivalidad contra Lepidóptero. ¿Pero qué pasa con la gente? Treinta y dos mujeres están en el hospital en estado crítico.

Oír eso me ha dado una punzada de dolor en el pecho. A pesar de haber ruido lo que podemos, ellas están así.

El segundo niega con la cabeza.

– Eso no es culpa de ellas.

– Y tampoco parece que les importe mucho. Ellas luchan por sí mismas, no por nosotros.

Sí que me importa. Él no sabe quién soy. Él no sabe que me importa o no, y aún así ahí está con el discurso. Ese discurso que se ha estado repitiendo una y otra vez, cada día desde Tormentosa.

Ese discurso que dice que nosotras somos las malas, aunque nos arriesgamos para salvarlos. Aunque somos la primera y única línea de frente contra Lepidóptero.

– Estoy de acuerdo. – añade una mujer que no había hablado hasta ahora. – Y su reticencia a entrevistarse conmigo sólo lo confirma.

La cámara la enfoca.

Yo la conozco. Es Nadja Chamack. Tengo que convencer a Bunnyx para que se entreviste. No podemos dejar que creen una mala opinión pública sobre nosotras.

Un bufido suena a mi izquierda.

– Esa mujer siempre está lloriqueando por no conseguir entrevistar a las Portadoras. – afirma mi madre con su acostumbrada voz fría.

Es la primera vez que la oigo hablar de nosotras. Y ha usado el mismo término que la señora desconocida. El mismo de los kwamis.

– ¿Qué piensas tú? – le pregunto.

Mi madre no se lo piensa ni un segundo.

– Que no tienes que meterte en el tema.

Demasiado tarde.


Desde Dark Cupid me siento sola. No sólo Alix fue expulsada, sino que a la salida de clase, una muchedumbre cabreada esperaba a Chloe. Ella no ha vuelto a clase tampoco.

Estoy en medio de una pelea entre mis dos amigas. Que lo son gracias a que la primera me dijo que me acercase a la segunda. Pero ahora la primera odia a la segunda.

Entiendo a Alix, que nunca ha hecho daño a nadie. Pero también entiendo a Chloe.

Yo fui ella. Intentaba hacer todo lo posible por gustar y complacer a mi madre. Adrien me lo ha contado.

Me doy cuenta de que me he quedado de pie en la puerta del aula y que los compañeros que están aquí se me han quedado mirando.

Sacudo la cabeza para alejar los pensamientos y camino para dirigirme a mi asiento cuando me choco con alguien que estaba justo delante de mí. ¿Cómo no me he dado cuenta? Al levantar la vista me encuentro con los únicos ojos verdes de la clase.

Adrien es el hijo de Gabriel Agreste. Y es muy distinto a él. Más amable, mientras su padre es frío.

Al contrario que yo con mi madre. A veces no quiero parecerme a ella. Yo intento ser amable, pero no me sale tan bien como a él.

Adrien es tan gentil y tan guapo que me hace bajar la guardia a su alrededor. Es muy incómodo para mí. No obstante, él también lo hace conmigo.

– Hey. – sonríe – Quiero hacerte una propuesta.

Ya no estoy del todo segura sobre cómo comportarme con él.

– Te escucho.

– Tú y yo somos los mejores en esgrima. – empieza – Y compartimos clase, mientras los demás están en otras.

Se calla un momento. ¿Ya está?

– ¿Tu propuesta es dos verdades indiscutibles?

– No, no. – Niega con la cabeza. Ha estado pensando demasiado tiempo. – La propuesta es que... entrenemos juntos. No me refiero a la esgrima, porque eso ya lo hacemos en clase, aunque si tú quieres también. Pero principalmente me refiero a la fuerza, la resistencia, la elasticidad, la agilidad... ¿Se te da bien contorsionarte?

Levanto las cejas. Eso suena a algo muy concreto. Y es una propuesta completamente indecente. Más aún después de la hora que se pasó llorando por Alix en San Valentín.

Adrien parece darse cuenta de cómo suena y se le pone la cara roja.

– Vale. Eso suena fatal. Lo que quiero decir es que tengo un tengo gimnasio y una pared de escalada en casa. Podría ser divertido. Y somos amigos, ¿no?

Entonces él también está incómodo. No me gusta que nos hallamos vuelto incómodos.

– Vale, hagámoslo.

Él se va a su asiento y yo al mío.

Una vez aquí, saco mi agenda y escribo a lápiz "Entrenamiento con Adrien" en un hueco aleatorio de la tarde porque en realidad no hemos dicho una hora concreta.

Lo escribo en japonés. En Francia, la mayoría de la gente no sabe leerlo. Da más privacidad. En Japón siempre escribía en francés.

En Japón todo era distinto. Nunca he sido buena socializando, pero al menos la gente no me miraba como si creyeran que les voy a arrancar la cabeza.

Allí la gente me respetaba por ser una Tsurugi. Aquí la gente odia a la hija del alcalde de París.

Allí mi madre estaba más tranquila. Aquí se pasa todo el día paranoica. Ha sido muy mala suerte mudarnos justo antes de que Lepidóptero empezase con sus ataques.

Allí las mejores clases de esgrima le costaban a mi madre cientos de miles de yenes al mes. Aquí la mejor clase de esgrima es una actividad extraescolar de un instituto público. En realidad esto es algo bueno, pero distinto al fin y al cabo.

Basta ya de nostalgia. Se supone que estoy luchando contra ella.

En Japón no tenía amigas cercanas y aquí sí tengo, aunque se odian entre sí, cosa que pienso solucionar. Pensar en eso hace que la nostalgia se quede tan al fondo que es como si no existiera. Y si hay un akuma, distrae aún más.

Hay una presencia delante de mí. Me tapa la luz de las lámparas, evitando que pueda seguir escribiendo, pues el sol aún no ha salido.

– Hola. – Su voz es aguda y amable. La miro. ¿Qué remedio? La chica es esa que siempre lleva dos colas bajas y una chaqueta gris.– Aún no hemos hablado adecuadamente porque siempre llego tarde y tú siempre te vas muy rápido, lo que es una pena. – Abre los ojos y cambia el tono, como disculpándose. – Que no hayamos hablado, no que te vayas rápido, seguro que tienes algún motivo. Aunque que yo llegue tarde sí es una pena. – Y vuelve a poner ese tono de discurso. – Hoy he venido a tiempo porque me quedé a dormir en la casa de Alya. Aunque creo que tampoco has hablado con ella. – Da un respingo, como si se hubiera acordado de algo. – Eh, puede que me reconozcas porque fuimos a tu competición de esgrima informal. Deberíamos haber charlado en aquel momento. Perdón, he hablado mucho. Ah... me llamo Marinette.

Me ha contado su vida. Y ha dudado de su propio nombre. Es un poco penoso.

– Te recuerdo. Eres la chica que le dijo al Señor D'Argencourt que yo perdí el duelo del día de las pruebas. Aunque según Adrien, gané.

Es cierto, es el mejor recuerdo que tengo de ella. El resto del tiempo sólo era una persona que estaba de fondo.

Ella abre los ojos y un poco la boca, con el ceño un poco fruncido. Creo que la he herido. ¡No! Es ella la que se ha acercado. Y yo quiero hacer más amigos.

Voy a disculparme cuando ella lo hace primero.

– Lo siento. Pero al final entraste, ¿no?

– Sí, lo hice. Y todo el mundo puede tener un error.

Ella asiente y sonríe.

– ¿Te gustaría venir esta tarde a la panadería de mis padres? Puedes probar los pasteles que hago gratis.

¡Qué bien! Otra invitación. Aunque es una lástima que no pueda ir.

– Lo siento. Esta tarde ya he quedado con Adrien. Pero puedo ir mañana.

La chica parece desinflarse, pero pone una sonrisa muy grande.

– Mañana no puedo. Bueno, ya veremos cuando. Voy a volver a mi sitio, que la profesora va a entrar pronto. ¡Hasta luego!

No puedo evitar sonreír mucho.

También en San Valentín una chica quiso ser amiga mía. Erika, a la que salvé de Reflekta. Me dijo que el chocolate y la carta las metió ahí el conserje, que al parecer tiene que limpiar todas las taquillas de la escuela todas las semanas. No es una buena idea, sin importar por dónde se mire.

Esta chica es muy fan de las Triple Súper y cree, irónicamente, que yo me parezco a Ryuko. Dice que tengo un perfil de superheroína.


La mañana ha sido un desastre. No me considero una persona torpe, pero hoy mi agilidad ha funcionado a la mitad.

En los cambios de clase me he tropezado por las escaleras, en todos ellos. He perdido mi libro de matemáticas, mi bolígrafo y el cuaderno de historia.

Y en música. No soy especialmente capaz, a pesar de mi obligado estudio del violonchelo, aunque mi bochorno ha aumentado tras el intento de tocar la flauta dulce y que sólo sonaran chirridos desagradables. Después resultó que me había dejado la escobilla dentro.

Todos se rieron en ese momento, pero tras ello Adrien me ayudó a colocar bien los dedos y conseguí sonar medio decente. A él sí se le da bien la música.

Y aquí estoy. Sentada en mi escritorio, escribiendo todo lo posible sobre magia negra y formas de combatirla. Longg me ayuda a analizar lo poco que esa mujer dijo. Mi madre, de nuevo, no está en casa. Cada vez me preocupa más su constante ausencia.

– La bruja dijo que había varias formas de enfrentarla. Por experiencia propia, una portadora transformada es por cuenta misma neutralizadora de magia negra.

Levanto la vista de la pantalla. Detrás de Longg, por la ventana, veo el cielo oscuro y la lluvia fina e incesante de hoy. Hay algo de esa frase que me suena mal.

– Pero eso no es así. Queen Bee no pudo matar al akuma de Reflekta.

Longg se apoya en el ordenador.

– Ella había sido transformada en clon.

– ¿Eso quiere decir que la magia negra puede anular la nuestra?

– Y la vuestra puede anular la magia negra. – apunta – Vuestra piel de magia kwami y voluntad humana.

Por su cuenta los kwamis no pueden combatir la magia negra. Y también pueden ser utilizados para ella. Eso quiere decir que la magia negra y la magia blanca viene de los humanos, de su voluntad. La magia kwami es distinta.

– ¿Por qué no me lo dijiste antes?

Longg se encoge de hombros, más o menos. No tiene hombros, pero hace el gesto.

– Pensé que era obvio.

– Si hubiera sido obvio no hubiera buscado información sobre magia negra.

No comprendo por qué Longg no me ha dicho nada de esto antes. La lógica kwami es rara.

– Entonces, ¿ahora que sabes esto dejarás de intentar aprender más sobre magia negra?

El kwami me mira fijamente, esperando que responda su pregunta.

– Desde luego. A partir de hoy aprenderé todo lo posible sobre tu magia. La mujer dijo que el prodigio me permite realizar mucho más de lo que hago actualmente.

Longg va a decir algo cuando un tono de llamada lo interrumpe. Es mi teléfono.

El nombre 'Adrien' está en la pantalla.

– ¿Estás lista? – es lo primero que dice tras descolgar.

Voy a responder, pero Longg niega con la cabeza.

– No. No lo estoy. No dijimos nada de una hora.

– Es cierto, lo siento. Iré a recogerte y esperaré el tiempo que necesites.

Miro por la ventana. La lluvia sigue. Es esa clase de lluvia que parece que no moja hasta que llevas un rato bajo ella y te das cuenta de que te has empapado.

– No es necesario. Estaré lista pronto. Hasta luego.

Hay unos segundos de silencio por parte de Adrien.

– Hasta luego entonces.

Y cuelga.

– ¿Por qué me has dicho que le diga que no? Estoy lista. No tengo nada que preparar. – me dirijo a Longg.

Él no tarda en contestar, como si lo tuviera muy claro.

– Kagami-san, soy mucho más viejo que tú. Y sé que en esta situación, te habría hecho parecer una persona desesperada y sin vida deseando que cualquiera te llame para pasar el rato.

¿Por qué le da tantas vueltas? ¿Tengo que intentar parecer algo que no soy?

– Pero esa es la verdad.

– No lo es. Tienes amigas, una doble vida y una investigación en curso. Además del trabajo grupal que aún no habéis terminado.

Suspiro. Cierto. Estoy ocupada. Tan ocupada que hacer ejercicio con Adrien es casi una distracción.

– Bueno, vale. – admito – ¿Pero qué más da si Adrien cree que estoy desesperada? Él lo está mucho más. La impresión que causemos el uno en el otro ya no importa. No después del día de San Valentín.

– Puede que tengas razón. – acepta. Me señala con el dedo de arriba a abajo. – Ahora deberías cambiarte de ropa, a no ser que quieras hacer ejercicio con una falda de tartán blanco.

Tiene algo de razón. Me pongo mi chándal favorito y bajo. Longg se ha escondido en la chaqueta. No me la podré quitar. Aunque tampoco creo que haga falta. El frío es suficiente para congelarme la nariz.

Salgo del jardín de mi casa y me quedo junto a la verja. Me encanta el olor a tierra mojada que desprende el exterior. En mi habitación no abro la ventana, por lo que normalmente no me llega.

La limusina no tarda mucho en aparecer y Adrien abre la puerta desde dentro.

– Hola de nuevo. – Sonríe. Creo que ese día realmente le ayudé.

Yo le correspondo con otra mucho más pequeña. No quiero hacerla más grande, vaya a ser que lo espante.

Cierro el paraguas negro y entro en el vehículo.

Adrien me pasa la mano por la cabeza y los hombros.

– Te has mojado un poco. – explica.

Yo asiento y nos quedamos callados.

El silencio se extiende. Se vuelve tenso, al menos para mí. Miro a Adrien de reojo. Él parece tranquilo. ¿Soy la única que siente esta incomodidad?

– Hoy voy a ganar. – declara Adrien. – Soy más fuerte que tú.

Eso es un tanto infantil. No obstante, relaja el ambiente.

– Te demostraré lo equivocado que estás.

Yo también puedo ser infantil a veces.

Cuando llegamos a su casa, nos recibe una mujer de mediana edad vestida con un elegante traje de chaqueta morado. La mujer me recuerda a mi madre, por algún motivo que no consigo discernir.

La he visto anteriormente, en la fiesta de la que Chloe, Adrien y yo nos acabamos escapando.

Ella nos guía hasta la habitación de Adrien, aunque estoy segura de que él podría haberlo hecho solo.

Su cuarto es distinto del mío. Mas o menos el mismo tamaño, pero mil veces menos intimidante. Hay un piano justo en medio y un futbolín cerca. A la derecha una canasta y junto a ella una pared de escalar. Tiene un sofá con televisión y una escalera que lleva a una biblioteca personal. En el espacio entre la escalera y la cama tiene un escritorio con un monitor enorme.

Mi dormitorio no es tan acogedor. Tengo mi cama, mi escritorio, mi armario y una gran estantería. Pero además tengo espadas colgando de las paredes, muñecos de entrenamiento de todo tipo y una armadura samurái, sólo por el capricho de mi madre.

Al adentrarme encuentro que también hay un armario empotrado y un cuarto de baño.

– ¿Dónde está el gimnasio?

– Un poco más allá. – dice Adrien señalando por la escalera.

Efectivamente, tras la escalera hay un gimnasio. Su habitación es más grande que la mía.

– ¿Qué hacemos primero?

– Eres tú el que me ha invitado.

Tras ese pequeño intercambio, Adrien y yo competimos durante tres horas en todas las máquinas que tiene aquí. Cinta de correr, levantamiento de pesas,... e incluso la escalada. Por algún motivo, la competitividad de Adrien ha vuelto, y me gusta.

– Voy a volver a subir. – le digo señalando la pared de escalada.

– ¿Otra vez? – se sorprende Adrien. – ¿Cuánta energía tienes?

– Pues... – Mis ojos se van a la ventana. Sigue lloviendo.

Un momento. A lo lejos veo una sombra. Sobre el muro de la casa de Adrien.

– ¿Qué es eso? – pregunto. Si estuviera en forma de Ryuko podría verlo, no obstante, ahora soy incapaz.

– ¿El qué?

Adrien se levanta de un salto de su sofá, dónde se había tumbado completamente agotado. Pero cuando ambos volvemos a mirar, la sombra ya no está.

– Yo no veo nada.

Sigo mirando el punto y lo señalo.

– Te juro que había algo.

– Te creo. – asiente Adrien. – Puede que fuera un búho.

– ¿Un búho? Si está lloviendo. Los pájaros odian el agua.

El niega con la cabeza.

– Los pájaros adoran el agua.

No lo hacen. Pero no voy a discutir sobre esa tontería. Adrien vuelve a su sofá y me mira fijamente.

– ¿No ibas a subir la pared? – dice con una sonrisa.

Desde luego. Es un buen entrenamiento para mejorar mi escalada. No quiero tener que usar mis poderes para subir a lugares altos a los que no pueda llegar saltando. Y tampoco puedo depender de que Queen Bee siempre esté ahí para llevarme con su peonza.

Escalo la pared siguiendo un patrón distinto a las otras veces. Pierdo agarre un par de veces, pero consigo no caerme.

Al llegar al suelo me encuentro a Adrien al pie de la pared.

– ¿Qué haces aquí? ¿No estabas agotado?

Pone las manos en sus caderas y después se cruza de brazos.

– Te he visto resbalarte. Así que me he puesto aquí por si caías.

¿Intenta ocultar la preocupación? ¿Y qué iba a hacer?

– ¿Para ser un colchón humano? – pregunto genuinamente. – Muchas gracias.

– ¿Colchón humano?

– Sí. Yo me caigo y tú recibes el daño. Es un gran gesto por tu parte.

Él suelta una risita que se convierte en una carcajada. No entiendo qué es tan gracioso.

– Claro que no voy a ser un colchón humano. Era para atraparte con los brazos.

Alzo una ceja.

– ¿Al estilo de princesa? Creo que hay más probabilidades de que yo te cargue así que tú a mí.

El recuerdo de que eso es cierto y pasó en la akumatización de Juleka me hace sonreír. Adrien se pone rojo. Probablemente esté pensando en lo mismo.

Él vuelve a echarse sobre el sofá. Tirado así parece un gato.

– ¿Puedo... hablar contigo de algo?

Aunque está tumbado sobre el sofá de esa manera parece que se ha puesto incómodo.

Su repentina timidez me hace creer que quiere hablar de algo que le avergüenza. Entonces es sobre Alix.

– ¿Crees que alguna vez podré gustarle a Alix?

La respuesta es clara. Tanto como ella la dio.

– No.

– Pero... – empieza a replicar Adrien.

– Ya lo discutimos en San Valentín. Ella te dijo que no le gustabas. Y un no siempre es un no. Fue clara.

Espero no haber sido demasiado dura. Me voy a sentar junto a él en el sofá. Aparto sus pies para hacer sitio y él se queda sentado.

– Sé que es difícil, pero cuando pase un tiempo mirarás atrás y dirás 'lo he superado'. – Le agarro la mano y le doy un apretón. – ¿Vale?

Él pone una sonrisa. Pero sigue pareciendo triste.

– Hablando de ella. ¿Se te ocurre una manera en que puedo hacer que se lleve bien con Chloe?

Adrien bufa.

– Ni siquiera yo puedo llevarme bien con ella. Y eso que lo he hecho desde siempre.

– Pero no se llevaban mal. Hasta lo de Kim.

Él asiente.

– Eso es lógico. Alix y Kim son... muy amigos.

¿Qué significa ese tono?

– Chloe se disculpó. Hablé con ella y la convencí. También ayudó que se sintiera culpable.

Adrien abre mucho los ojos.

– ¿Se sentía culpable?

– Sí. No entiendo. – Me mira inquisitivo. – No entiendo que preocupándote tanto por ella se haya distanciado de ti.

Me echo más hacia atrás. Puede que sea una pregunta incómoda. Según mi aplicación para hacer amigos, esa clase de preguntas existen.

– Yo tampoco lo entiendo. Cada vez que le hablo me dice que no será mi amiga si sigo juntándome con quien lo hago. Aunque no especifica a quién se refiere.

Esto se está volviendo triste. Decido cambiar de tema.

– Después de la sesión de hoy ha quedado claro que soy mejor que tú. – lo reto.

Él me da una mirada dulce, como agradeciéndome que haya cambiado de tema.

– No, para nada.

Volvemos a competir. Otra hora más.


– ¡Ya estoy aquí! – anuncia Chloe llegando a donde la he citado. Una cafetería. – La reina ha llegado.

Cuanto más mal se siente, más diva intenta parecer. Lo he aprendido después de la fiesta de moda. Y de que Adrien me lo dijera.

La gente la mira mucho, con desagrado por el grito que ha dado al llegar.

Mis ojos pasan a Alix, que mira a Chloe con asco sin disimular.

– ¿Qué hace esa aquí? – pregunta.

– Podría decir lo mismo. – dice Chloe mientras se sienta.

Las dos me miran con el ceño fruncido.

– ¿Por qué la has traído?

Yo pongo las manos sobre la mesa, con los dedos cruzados. Es una postura que, según mi aplicación para hacer amigos, causa sensación de proximidad.

La aplicación también dice que tengo que ayudar a mis amigas cuando se peleen.

– Porque quiero que hagáis las paces y os reconcilieis. – intento poner una voz calmante, aunque no dulce, ya que le da miedo a Chloe. – Que os llevéis bien.

Alix me dedica la mirada de asco que le dio antes a Chloe.

– Ugh. ¿Desde cuándo te has vuelto una hippie? Odio los hippies.

– Yo también. – concuerda Chloe.

Alix la mira durante unos segundos.

– A partir de ahora me encantan los hippies. – anuncia tras dejar de observarla.

Chloe cruza los brazos y las piernas y se echa en el respaldo de la silla. Se ha ofendido.

Alix le da una sonrisa burlona.

Se comportan como niñas. Somos adolescentes, algo de madurez tiene que haber.

– Alix no piques a Chloe. – riño. A veces se pasa. – Mirad, sé que sois muy contrarias y que no os ponéis en el lugar de la otra. Pero la realidad es que las dos tenéis razón a vuestra manera. Y yo no tengo la intención de ser parcial. Tampoco tengo la suficiente paciencia, así que vais a solucionar vuestros problemas mientras yo me tomo mi café solo con Adrien.

Señalo a dónde él está sentado. Nos saluda con la mano.

Me levanto de la mesa con la intención de ir a la suya.

– Pero nosotras nunca hemos sido amigas. – enuncia Alix.

Me paro a mitad de camino y me giro hacia ellas.

– Una vez quisisteis serlo. Podéis conseguirlo. – respondo en un tono serio.

Las dos se quedan calladas en la mesa, mirándose fijamente mientras yo llego a la de Adrien.

– ¿Crees que funcionará? – inquiere él.

Me siento al lado suya en lugar de enfrente, para poder observarlas.

– Espero que sí. No quiero que Chloe también me deje y que Alix también me rechace.

Eso es lo que le ha pasado a él. Me da una mirada que no consigo descifrar. Después de unos segundos, vuelve a ellas.

– Es muy arriesgado.

Por un segundo me relajo demasiado y casi se me escapa un suspiro exasperado. Eso es culpa de Adrien, la relajación, quiero decir.

– Lo sé. Pero cuando conocí a Alix me dijo que siempre había intentado hacerse amiga de Chloe. Yo sólo lo conseguí primero. Con ambas.

Hay un momento de silencio en el que los dos las observamos. Ambas están calladas y no se miran.

– No entiendo como puedes tomar eso. – suelta Adrien de repente, señalando mi café.

¿A qué viene eso? ¿Es posible que yo le transmita la misma sensación que él a mí?

– Tiene un sabor fuerte y amargo. Me gusta. – explico. Adrien frunce el ceño, negando con incredulidad. – Lo que yo no entiendo es cómo puedes beber eso.

Él toma un sorbo largo de su batido de arándanos con la pajita.

– Está bueno.

Por muy trivial que sea la conversación, no consigue distraerme de la inquietud, nerviosismo que lucha por controlarme en este momento. Afortunadamente, tengo el hábito, aprendido a lo largo de los años, de no mostrar mis sentimientos.

Podría perder a mis amigas. Ellas se conocen entre sí desde hace más tiempo que a mí y me han metido en medio. Ahora voy a hacer lo que creo que debo y las voy a acercar.

Sin embargo, ese factor no quita el riesgo.

– Oye. – Adrien llama mi atención. – Si consigues que ellas dos se lleven bien, ¿podrías hacer lo mismo conmigo?

– Adrien, Alix te dijo que no.

– No me refiero a ella. – corrige. Oh, vaya, me he equivocado. – Cuando entré en el instituto dejé de estar con Chloe porque descubrí que era mala con los demás. Porque eso fue lo que me contó Nino. Pero saber que ha recaído me hace pensar hay algo aquí que me estoy perdiendo. Y lo último que querría sería abandonarla cuando lo pasa mal.

Yo tampoco podría hacerlo. Saber que alguien lo está pasando mal, realmente mal, y dejarle a su suerte es desalmado.

Y por lo poco que entiendo, Chloe tiene grandes problemas de autoestima.

Hay movimiento en su mesa. Están discutiendo. Me levanto. Creo que no voy a poder dejarlas solas. Necesitan a alguien que haga de intermediario.

– Voy yo. – ofrece Adrien, poniéndome una mano en el hombro y sentándome.

Se dirige a las chicas y le habla a una y a otra. Ninguna de las dos parece muy feliz por su intervención.

Los contemplo. A los tres.

En Japón no tenía ni un amigo. Siempre me encontraba en soledad.

Muchas cosas han cambiado. La gente aquí se comporta diferente. Mi madre se comporta diferente.

Aquí tengo un kwami, que actualmente duerme en el interior de mi chaqueta. Le encantan las siestas.

Aunque lo más distinto es que aquí sí tengo amigos.

Saber que eso es cierto me hace sentir feliz.


Respuestas:

Hola Arepa.

Gracias por gustarte mi capítulo.

¿A qué exactamente te refieres con que yo logre hacer?

Ahora no puedo evitar imaginarme a Max de esa manera. Es gracioso.

Hasta la próxima.

Hola Manu.

Lo dije desde el principio: no voy a hacer spoilers y por mucha tentación que tenga, así va a ser.

Gracias por comentar.

Hasta la próxima.

Hi Adeycoola1234.

It's okay. Sometimes we say things that sound different than we wanted.

Thank you for commenting.

See you next time.