N/A: Lo siento mucho. Sé que he tardado bastante más de lo que debería. Tengo un motivo, pero eso no excusa que haya tardado tanto. La cosa es que he reescrito dos veces la explicación de este capítulo. Si tenéis dudas en esa parte, preguntadlas.
– Tráeme un café. – ordena Max.
– Pues vale.
Tampoco es que pueda hacer mucho más.
Actualmente estoy en casa de Max. Y cómo no tengo ni pajolera idea de ordenadores me he convertido en una camarera.
Llego a la cocina. A su madre no le parece extraño que yo me pasee por aquí como Pedro por su casa.
Max me dijo que tenía que estar aquí mientras él hacía sus rollos hacker. Creo que tuvo el astuto plan de que si él perdía su tiempo, yo también lo haría con el mío.
A veces tengo miedo de que sea más inteligente que yo y descubra la mentira.
Subo con el café.
– Aún no encuentro nada de esta Sociedad Mariposa. Es como si fuera una empresa fantasma.
Y es cuando Max dice cosas como esta, que se me pasa la preocupación.
– ¿Una empresa fantasma? ¿Cómo puede entonces pagar a las cadenas de televisión?
Me hago la despistada. Lo siento, Max. Es por una buena causa.
Para dar con la "Sociedad Mariposa" hemos buscado entre los inversores de las principales cadenas de televisión y redes sociales que difaman a las Triple Súper. Sacamos las coincidencias y descartamos inversores antiguos. Voilà: la Sociedad Mariposa.
Es claramente Lepidóptero, no sólo por el nombre, que también, sino porque apareció después de que Max rastreara la cuenta bancaria desconocida tras la akumatización de Tormentosa.
Lepidóptero se dio cuenta y no quiere correr ningún riesgo. Puto precavido.
– La verdad es que no quiero saberlo. Por lo que sabemos, podría ser la mafia. – En realidad es peor. – Y ya tienes pruebas de que los medios de comunicación son corruptos.
– Un inversor desconocido no es una prueba. Y no estás cometiendo un delito esta vez, sólo encuentras información que la mayor parte de la gente no es capaz.
Max deja el teclado y me quita el café de la mano. Se toma dos tragos largos y pone cara de asco.
– ¿Qué has hecho? Esto está asqueroso.
– Es exactamente el mismo café que te has bebido hace un rato. Es culpa de tu lengua, no mía.
Max arruga la cara con asco. No sé qué se esperaba, es café.
– Pruébalo. – Me tiende su bebida.
– Ni de coña. Tú has bebido de ahí.
Max se encoge de hombros. Me pasa la taza. Vuelve a su teclado. Creo que está borrando el rastro. Si sospecha que tratamos con la mafia, es lógico que quiera hacerlo.
Miro la taza. Ups. Hay un pelo mío. Supongo que la mascarilla de color no sabe bien. Lo quito cuidadosamente sin que lo vea. No creo que haya bebido tanto como para que sea preocupante.
Max termina sus rollo de ordenadores y se levanta para sentarse junto a mí.
– Ya he terminado por hoy. ¿Te quedas a comer?
Es un ofrecimiento muy tentador. En casa siempre comemos comida precocinada o por encargo.
Mi teléfono vibra y cuando lo miro veo un mensaje de mi padre.
"Ven a casa. Tengo que decirte algo importante."
Bien. Tallarines del tailandés de al lado otra vez.
– Lo siento. Tengo que irme.
Max hace un puchero, como los niños pequeños. Le aprieto el hombro antes de irme. Es lo que hay.
Me tomo mi tiempo para llegar a casa. No me gusta cuando mi padre se pone demasiado serio. La última vez fue en mi cumpleaños y dio bastante mal rollito. Y además acabó en la desastrosa manera en que acabó.
– ¿Qué crees que querrá contarte tu padre?
La voz de Fluff interrumpe la tranquilidad. Al estar escondida en mi gorra, oigo muy claramente sus comentarios, y además, tengo un truco para hablar con ella en público.
Saco mi teléfono del bolsillo y finjo hablar a través de él. Simple y efectivo.
– No lo sé. ¿Tú tienes alguna idea?
– Alguna... pero no te lo voy a contar. Sólo tengo curiosidad por saber si tú la tienes.
Fluff es así de cabrona, nunca queriendo decirme lo que piensa o lo que sabe. Supongo que yo también lo seré para los demás, así que en realidad no puedo quejarme.
De todas maneras voy a saberlo en un rato.
Al llegar a casa me encuentro a mi padre sentado en la mesa del comedor, esperándome. En frente suya hay lo que parece ser comida casera. ¿Ha cocinado?
Mi hermano también está ahí, mirando la comida como lo haría un perro callejero.
Mi padre le habrá obligado a esperarme para comer.
– ¡Vaya, papá! No sabía que podías cocinar.
Él sigue igual de serio. No se ha podido ofender por eso.
– Has tardado bastante. ¿Dónde estabas?
– En casa de Max.
– ¿Otra vez? – Esas palabras las dice mi hermano. Por su expresión, sé lo que piensa y no podría ser más asqueroso.
Ese idiota no se entera de nada.
– No estamos aquí para hablar de eso. Antes que nada, sé que eres Bunnyx.
No me esperaba eso. Lo dice como si hablase de quién se comió realmente el último trozo de Selva Negra. Me deja paralizada.
– ¿Lo sabes?
Él asiente cómo si fuera obvio.
– Fui yo quién te dio el prodigio.
Lo sabía desde el principio. Incluso antes de que empezara todo. Y a pesar de eso no me ha ayudado. Me ha dejado sola contra los akumas, cargando con este peso. Siento calor en el pecho.
– Sabías lo que era. – repito. ¿Cómo ha podido hacerme esto? Mi propio padre. El calor me sube a la cara. – ¡Maldito seas! ¡Me has dejado sola todo este tiempo! ¡¿Cómo se te ocurrió darme semejante bomba de relojería?! ¡Eres un padre de mierda!
Sé que decirle eso a mi padre no está bien, pero tampoco lo que él me ha hecho a mí.
– ¡Alix! – Jalil se levanta de la mesa. Sus platos están vacíos. Ni siquiera me he dado cuenta de cuando se lo ha comido todo. – Esa no es la manera de hablarle a papá. – regaña.
Mi padre levanta una mano para indicarle que no interrumpa. Mi hermano se vuelve a sentar. Intenta seguir igual de serio, pero le he hecho daño.
– Lo siento, papá.
– No, tienes razón. Me lo merezco. Sé cuál es el precio de llevar esa carga, y te lo di sin decirte nada. Aunque hice lo que tenía que hacer. Créeme si te digo que no quería imponerte algo tan importante. Con Lepidóptero actuando, debía darle el prodigio al siguiente portador. Esperaba que fuera tu hermano, que es más mayor y responsable, pero resultaste ser tú. No te dije nada porque pensé que el prodigio podría ayudarte a madurar.
¿A madurar? ¿Tan desesperado está? ¿Tan mala hija soy? ¿Por eso lo prefería a él? Sí, bueno, soy un desastre que se mete en peleas con pandilleros por graffitis, que suspende en el instituto y repite.
A lo mejor debería intentar ser más madura, como él quiere.
– No te lo tomes a mal, Alix. No tengo favoritos. Es porque Jalil ya sabe sobre todo esto.
¿A qué se refiere con "esto"? Espero a que se explique, y lo hace.
– Con esto me refiero a la magia. La existencia de los kwamis no es algo desconocido para nuestra familia. Hoy te he hecho venir para hablarte de esto.
» Existe, a lo largo de todo el mundo, o al menos eso concluyen mis investigaciones, personas con capacidad mágica.
No sé cómo responder a esto. Es algo lógico después de conocer a los kwamis, pero al mismo tiempo extraño. Los kwamis son algo nuevo y diferente, pero esa gente... Apuesto lo que sea a que son indiferenciables de nosotros.
» En general, este tipo de personas no conoce mucha magia más allá de su círculo cercano. Es decir, no hay ninguna sociedad ni organización mundial en torno a esto. Esto no es como ninguna historia de fantasía que hayas conocido. No hay escuelas mágicas, no hay gobiernos, sólo pequeños grupos de gente mágica que se conoce entre sí. Como una red, yo conozco una familia, esa familia conoce a otra y así sucesivamente. Al menos ese es el comportamiento en sociedades con tecnología más compleja, como la nuestra. Las culturas con tecnología más simple son mucho más conscientes de esto.
– Antropológicamente hablando es muy interesante. – interrumpe Jalil – La gente mágica se organiza en grupos, aquí en Francia, a pesar de que nuestra organización social es...
Mi padre vuelve a levantar la mano para callarlo antes de que empiece a usar términos que no entiendo. Hasta ahora está usando un lenguaje común, que puedo entender.
» En Europa y Asia, especialmente, todas las familias que saben tienen magia y son conscientes de ello, conocen los prodigios. Conocemos los prodigios. Son muy importantes. Mantienen el equilibrio del mundo y sólo unos pocos privilegiados, siempre mágicos, son elegidos por una fuerza superior para ser portadores. – ¿Eso quiere decir que nosotras tres somos mágicas? – Es el mayor honor que podríamos tener. Aunque en realidad, yo tengo una opinión distinta al resto de mágicos sobre los prodigios: traen problemas. La gente piensa que el gran poder que tienen los prodigios es por el objeto, sin embargo, la familia Kubdel siempre tenemos uno en la familia y sabemos que lo que da el poder son los kwamis, no sólo los objetos en sí.
» En cuanto a la magia en sí, hay muchos tipos y dependiendo de la región, se hace una u otra, aunque ninguna de ellas se acerca mínimamente al poder de los kwamis. Y gran parte, si no todas, necesitan de objetos que la canalicen, como los prodigios. La magia es curiosa, interesante, por eso tu hermano y yo la estudiamos. Por ahora tenemos la teoría, tras muchas salidas de campo, de que la magia es acumulación de energía. Y con ella se puede influir en el entorno. Se transmite genéticamente, por así decirlo: la cantidad de energía que tiene una persona es la suma de la energía de sus padres y cuando una persona tiene acumulada a partir de cierta cantidad de energía, se trata de magia. También hemos encontrado que no siempre se hereda energía, aunque no sabemos por qué, resultando en descendencia sin magia, incluso aunque los padres la tengan. ¿Tienes alguna pregunta?
Ha dicho tantas cosas que no sé qué preguntar. Aunque con respecto a lo último... se me ocurre algo.
– Entonces hay gente con magia que no saben que la tienen.
Mi padre asiente. He adivinado correctamente. Y supongo que esta gente que lo tiene y no lo sabe no podrá entrar en el mundillo.
– ¿Y nuestra familia?
– Nuestra familia es distinta, Alix. Al igual que el guardián se encarga de proteger a todos, nosotros debemos de protegerlo a él. Actualmente, tu hermano y yo estamos trabajando en encontrarlo.
¿Por eso están siempre tan ocupados?
– Pero si sabes que soy Bunnyx, ¿por qué no me lo has pedido a mí?
Mi padre niega con la cabeza.
– No. No es buena idea que uses el prodigio para averiguar la identidad de alguien. Tu kwami he tenido que explicártelo.
– No lo ha hecho. – le informo. Él tampoco lo hace.
Venir a clase es un poco más difícil ahora. No he venido en un tiempo por la expulsión, de la que mi padre no me dijo nada. Pero no es sólo eso, sino que me pesan los pensamientos.
Mi mundo ya cambió al conocer a Fluff, pero que mi familia me haya ocultado durante años algo que se supone que es nuestro.
Max me mira de más cuando me siento en mi lugar. Supongo que se me notará en la cara.
Kagami ni siquiera se da cuenta de mi vuelta. Está demasiado ocupada escribiendo algo en japonés en una libreta pequeña.
– ¿Qué haces? – le pregunto.
Ella ni siquiera deja de escribir mientras responde.
– Anoto las cosas que he perdido esta semana. La torpeza es inusual en mi y pienso recuperarlo todo.
Entonces deja de escribir, levanta la cabeza y me mira. Casi sonríe. Casi. Pero es Kagami y eso es lo más que voy a conseguir.
– Has vuelto.
Yo sonrío. Sé que Chloe me está mirando, así que me giro en su dirección y sonrío burlonamente sólo para ella. No ha sido la expulsión más larga de la historia de París.
– ¡Campanilla! – grita una voz desde la puerta. Ya me empieza a dar dolor de cabeza. – Has estado fuera muy poco tiempo, ¿no? Apenas me he dado cuenta de que faltabas.
A sus palabras, Max alza las cejas y Kagami parpadea más veces de lo normal. Además, si no se hubiera dado cuenta de mi falta no habría reaccionado así a mi vuelta. Es mentira.
Sobre todo teniendo en cuenta que aún no ha llegado a su asiento y ha gritado desde la puerta.
Aunque yo tampoco voy a decirle que me expulsaron por él. Tengo orgullo.
– Bastante poco. Y aún no tenía ganas de volver.
– No digas eso. – dice Kagami. – Necesitas estudiar para sacar buenas notas.
Bustier llega y comienzan las clases.
¡Primera hora: entrenamiento de siesta extremo! ¡Segunda hora: bocetos de próximos graffitis! Ni confirmo ni desmiento caricaturas de compañeros. ¡Tercera hora: redoble de tambores... y sí, me la paso pensando en el rollo de magia que mi padre me contó ayer!
Ni que decir que no me he enterado de nada de las lecciones.
El recreo es aún peor porque Kim me arrastra al patio por la cara.
– Tienes que conocer a Ondine.
¿Por qué? No tengo que conocerla. No necesito conocerla. Podría pasar toda mi vida sin conocerla. De todas maneras ya la he visto: es una chica alta y guapa. ¿Qué más tengo que saber?
En cuanto Ondine ve a Kim sonríe como las enamoradas. Puaj. Y en cuanto me ve a mí deja de sonreír. Aún peor.
– Ondine, esta es Campanilla, Campanilla, mi novia Ondine.
La chica pone una sonrisa falsa, de incomodidad. La entiendo, yo tampoco quiero estar aquí.
– Así que esta es la chica de la que tanto me has hablado. – le dice a Kim, aunque me mira a mí. – ¿Campanilla es un mote o es que tus padres son extravagantes? – intenta bromear.
– No, es un mote que le puse yo. Ella me llama Hércules.
– ¡Anda! Tenéis apodos el uno para el otro. Kim, no me lo habías dicho.
Por la expresión de Ondine, ya le caigo mal. Y también lo entiendo. No sé como Kim ha podido ser tan idiota como para hablarle mucho de otra chica. Ni como para decirle que tenemos apodos, aunque más bien son insultos, cuando ella no lo tiene.
– Tenía que dejar algo para que lo descubrieras tú misma. Os llevaréis genial, os parecéis mucho. Las dos sois increíbles.
Veo la cara de ilusión de Kim por que nos llevemos bien, la de Ondine de incomodidad mezclada con algo de celos. Y después está mi propia incomodidad. Este es uno de esos momentos en los que pienso "tierra trágame", algo que no pasa a menudo, ya que soy bastante desvergonzada.
– ¡Alix! – interrumpe la voz de Kagami. No me importa el motivo por el que me esté llamando, voy a aprovecharlo.
– Esa soy yo. Es mi verdadero nombre. – explico a Ondine. – Lo siento, me tengo que ir. Es decir, es Kagami. Ella no grita porque sí. Seguro que es algo urgente.
Ondine parece relajarse un poco. La entiendo.
Yo me despido con mi saludo de dos dedos y corro con ganas hacia la dirección de la que vino la voz de Kagami.
No me cuesta encontrarla, si la pude oír es que no estaba muy lejos.
Kagami está sentada en el banco junto a las escaleras del lado izquierdo del instituto. A su lado está Chloe.
– ¿Qué ocurre?
Kagami está un poco más seria de lo normal.
– He perdido mi pluma. Es un regalo de mi madre. Bastante cara. – explica.
– ¿Quieres que te ayudemos a encontrarla?
– Yo puedo comprarte una nueva. – interviene Chloe. – Tu madre no se enteraría.
Kagami casi sonríe. A mí me sorprende que Chloe pueda llegar incluso a parecer amable. Está seria, es un ofrecimiento real.
– Gracias Chloe, pero es personalizada. Tiene el apellido de la familia. – dice Kagami mientras nos enseña su anillo.
Noto movimiento en mi visión periférica. Miro hacia arriba y veo a Marinette asomándose por la barandilla de la escalera.
– ¿Has perdido tu pluma? – Baja corriendo la escalera seguida de Alya. – Te ayudaremos a buscarla, ¿verdad? – dice mirando a su amiga.
Marinette es un poco... metomentodo, aunque siempre con la intención de ayudar. No sé cómo hace para enterarse de cuando la gente está en problemas.
– Por supuesto. Tengo dos hermanas pequeñas, se me da bien encontrar objetos perdidos.
– Muchas gracias a todas. Es muy importante para mi madre, si se enterase se decepconaría, e incluso podría castigarme sin salir. – se preocupa Kagami.
¿Qué ha sido eso? Por un momento me ha parecido que Marinette... me lo habré imaginado.
– Podríamos pedirle ayuda a Adrien. – sugiere Alya mirando a Marinette.
No es el momento de hacer de Celestina, Alya. Aunque creo que es buena idea, él es amigo de Kagami.
Alya le manda un mensaje a Nino. Nos quedamos aquí esperando. En el tiempo me doy cuenta de que Chloe tiene una expresión extraña, que nunca había visto.
Odio. Odio puro hacia Marinette. Ni siquiera vi esa expresión cuando le vacié una bolsa de basura encima. Ahora sé que a mí no me odia como yo creía, sólo le caigo mal.
Los chicos no tardan en venir y Alya no tarda en dividirnos en parejas: ella con Nino, yo con Chloe y Marinette con Adrien. Kagami sola.
No sé por qué me ha puesto con Chloe y no sé por qué le hacemos caso. Hoy no tengo ganas de discutir, aunque la pija sí debería haberlo hecho.
Nosotras vamos al aula de arte, dónde, obviamente se dan las clases de arte. Kagami ha estado aquí hoy, como todos los demás.
En su interior se encuentra, sorpresa, sorpresa, Nathanael. Puede que sea por él que Chloe ha elegido este lugar. Ella se lo queda mirando unos segundos antes hablar.
– Eh, tú, dibujante aficionado, – dice en un tono que intenta sonar amenazante, pero que con su voz ronca sólo parece un anciano cascarrabias. Sí, Chloe, seguro que así te lo vas a ligar. – ¿Has visto la pluma de Kagami?
Nathanael está desprevenido.
– ¿La pluma de Kagami? Os ayudaré.
Nathanael cierra su libreta y la guarda en su bandolera. ¿Este chico no tiene recreo?
Lo que no tiene es amigos. Puede que no tenga nada más que hacer en el descanso. Yo quiero ser amiga suya. Decidido: esta tarde, en el club de arte, charlaré con él.
Los tres buscamos por la clase de arte y no la encontramos. Chloe parece muy cabreada todo el tiempo.
Aún nos quedan diez minutos de recreo.
En el camino a los baños de las chicas, el siguiente lugar que nos dieron en el reparto, le pregunto sobre el tema.
– A ti no te importa.
¡Es tan borde!
– Mira, sé que eres imbécil y tal, pero intentaba ser amable, simpática. Tú también podrías de vez en cuando.
Chloe titubea.
– No me creerías. – dice finalmente.
Ella es Queen Bee. Tengo que creerla, que poder confiar en ella. Además, ella también es mágica, como yo.
– Te creeré.
– No lo harás. – Chloe niega con una sacudida de cabeza. – Me odias.
– No te odio. Es cierto que te tiré basura encima, pero no te odio. Sólo me caes mal.
Ella frunce el ceño. Sí, la gente no suele decir esa clase de cosas a la cara. Yo sí.
– Tú tampoco me encantas. Te lo diré cuando estemos a solas, lejos de oídos indiscretos.
Oídos indiscretos... Sé lo que significa, aunque no esperaba que Chloe conociese la expresión. Aún así, no sé quién tendría interés en oír nuestra conversación.
Una vez en el baño, esperamos a que no haya nadie. Chloe incluso ha mirado si había pies en los huecos bajo las puertas de los cubículos.
– Es culpa de Dupain-Cheng.
La declaración me sorprende.
– ¿Marinette? – Chloe asiente. – ¿Pero qué dices? Ella nunca haría algo así.
Sé que le he insistido para que me diga lo que piensa, pero aún así...
Ella se cruza de brazos.
– Haría exactamente esto. Es su estilo: algo que no pueda incriminarla.
– Estás loca. Marinette es una buena persona. Siempre ayuda a todo el mundo.
– La forma... – comienza intentando gritar, lo que le hace toser. – La forma de saber si alguien es una buena persona es ver cómo trata a quienes le caen mal. Ella es un mal bicho.
Ahora soy yo la que se cruza de brazos. Acaba de excluir a casi toda la humanidad de eso, hasta a mí.
– Si crees que esa es la definición, entonces nadie es una buena persona. Ni siquiera tú.
Ella aparta la mirada. Es consciente.
– Nunca he dicho que yo sea una buena persona. Quién sí, es Kagami, por eso estoy cabreada.
– Entonces, ¿por qué a Marinette le caería mal?
Es una pregunta tonta por mi parte. Yo misma podría responderla.
Pero antes de que ella pueda hacerlo, Kagami nos envía un mensaje: 'Marinette la ha encontrado.'
Chloe alza las cejas con ironía.
Yo creo que está cegada por su odio.
En la hora del club de arte, planeo llevar a cabo lo que he pensado esta mañana.
Es cierto que he estado bastante distraída por lo que mi padre me contó ayer, pero tengo que seguir con mi vida. Y eso es lo que voy a hacer. Algo que quería desde hace demasiado tiempo: acercame al friki solitario de la clase.
Hoy Nathanael está metido en su mundo, como siempre. Completamente concentrado en dibujar algo. Nunca le enseña a nadie lo que pinta.
Antes de dirigirme a él, termino el mío. Es la nostalgia. El arte abstracto es simple y al mismo tiempo complicado. No es fácil hacer una figura que realmente pueda representar lo que se intenta en lugar de hacer un simple garabato.
Por mi parte, me resulta mucho más fácil la elección de colores. La nostalgia la he hecho con celeste pastel, algunos toques de blanco y otros de malva.
– Me gusta. – comenta el profesor. – Lo has hecho muy bien. Supongo que ahora irás a por otro. ¿Qué tal la ira? Suele tener colores mucho más potentes.
– Ahora me gustaría hablar con algún compañero, saber lo que hacen los demás.
– Es una buena idea, Alix. Todos aquí sois muy talentosos.
Yo sonrío. Eso es mentira. Aquí hay gente que dibuja como si tuviera cuatro años. Aunque este profesor es de los que dice que no hay forma correcta de hacer arte. Un idiota.
No se da cuenta de que animar a gente sin talento a que se dedique al arte es arruinar sus vidas. Yo misma creería que me miente si no fuera por los cientos de miles de seguidores que tengo en mi cuenta de arte de Instagram.
Intento acercarme a Nathanael sigilosamente. Es cierto que nunca nadie ha visto los dibujos de su libreta, ni siquiera el profesor. Así que intento hacerlo sin que se dé cuenta.
Pero lo hace. Al verme, masculla algo y cierra la libreta. No lo he conseguido.
– ¿Qué has dicho?
– ¿Por qué de repente estáis todas tan pesadas conmigo? – repite en voz alta. – Kagami me dijo hola en noviembre, Chloe me ha estado mirando durante semanas, y ahora tú. ¿Qué queréis de mí?
¿Eso es ser pesada? E incluso parece un poco agobiado.
Es gracioso que pueda ponerse nervioso por algo tan tonto como eso.
Me dan ganas de meterme con él.
– Ah, eso. – Me acerco un poco a él y bajo la voz. – Verás, es que las tres hemos hablado sobre cómo queremos montarnos una orgía con algún chico de la clase. – Nathanael se paraliza y abre mucho los ojos. Es una expresión muy cómica. Contengo la risa. – Y te hemos elegido a ti.
A Nathanael se le pone la cara como un tomate y empieza a tartamudear. Yo no puedo contener más la risa y suelto una carcajada.
– ¡Es broma!
Nathanael se relaja visiblemente.
– No es graciosa.
– Para ti. Para mí es tronchante.
Nathanael baja la vista, es tímido, aunque también sincero.
– Si has venido a burlarte de mí, vete.
– No he venido a burlarme de ti. – le calmo, o por su expresión incrédula, lo intento. – Tengo curiosidad por saber qué dibujas. Nunca he visto tu arte, ni siquiera los trabajos obligatorios de clase.
– Puedes pedírselo al profesor. Los usa de ejemplo para los de primer año.
¿En serio? ¿Tan bueno es? Ahora quiero verlo aún más que antes.
– ¿Y los de tu libreta? La que siempre llevas encima. – La señalo, está sobre la mesa.
– Eso es privado.
Se queda callado, quieto y mirándome durante varios minutos. Creo que está incómodo.
Vale, esa broma no ha sido la mejor forma de acercarse a él. Voy a intentar otra cosa.
Me dirijo a la plataforma en la que he dejado todas mis cosas y cojo mi cuaderno de esta mañana y un lápiz.
Cuando vuelvo a su mesa, él ya ha continuado con lo que hacía antes, de nuevo absorto. Ha creído que lo he dejado solo. Qué iluso.
Me siento a su lado, lo que le hace darse cuenta de que estoy aquí de nuevo. Parpadea más veces de lo normal en desconcierto.
Esa expresión es genial para mi dibujo.
Abro mi cuaderno tranquilamente por una página en blanco mientras él me observa. Cojo mi lápiz y empiezo a dibujarlo.
– ¿Me estás dibujando? – se da cuenta con horror.
– Sí.
– No me gusta que me dibujen.
Yo no dejo de hacerlo.
– Oh, que pena.
Nathanael pone una mano entre mi lápiz y el folio. Ahora parece seguro, la primera vez que lo veo así.
– No me dibujes, por favor.
– Tú no le pides permiso a quien sea que te pases el día pintando, ¿o sí?
Por la forma en que pasa de seguro a otra vez nervioso, he acertado.
– No tengo intención de decírselo a nadie, sólo quiero verlos. Tú puedes ver los míos.
¿No le gustaría hacer amigos? ¿Quiere estar solo para siempre?
Él se queda pensando un rato largo y después hace algo que lo condena para siempre a algo que nunca podrá regresar: tenerme de amiga. Nathanael me da su libreta y coge la mía.
Durante todo este tiempo me había hecho una idea de cómo son los misteriosos dibujos de Nathanael. Los de verdad, no los que nos obligan a hacer a todos os igual en la clase de arte.
Aún así, no me esperaba encontrarme tanta belleza. Los dibujos están hechos con todas las técnicas posibles que permiten los materiales que hay en esta aula. En las clases normales sólo lo veo usar lápiz. Estos dibujos los ha hecho aquí, en el club de arte.
Hay dibujos de todo tipo: hiperrealismo, surrealismo, caricaturas, bodegones, de tipo cómic, de tipo manga, graffitis... Y retratos, abundantes retratos de una misma persona: Marinette.
Es por eso que no quería que los viese. Pero yo ya sabía que le gusta Marinette, y también que ella ignora su existencia.
– No le diré nada a Marinette, lo prometo. Pero tío, ¡esto es una pasada!
Sonrío mucho, tanto que me duelen las mejillas. Me encanta el arte, los buenos dibujos. Y Nathanael debería dedicarse a esto, es muy bueno.
– Tienes que enseñárselo a más gente, no los de Marinette, pero sí el resto. No puedes privar a la gente de esta maravilla. Eres demasiado bueno.
Él también sonríe y se ha sonrojado.
– ¿Tú crees?
– Desde luego, y yo soy sincera. Por ejemplo, Lea está perdiendo el tiempo.
– ¡Vete a la mierda, gilipollas! – grita Lea desde el otro lado.
Esta vez, Nathanael sí se ríe.
– Te creo.
Respuestas:
Hola, Manu.
Gracias. Feliz Navidad para ti también.
Siento tener que decirte que no los shipean. Kagami cree que están liados y lo ve mal, y Alix no sabe que el chico es Nathanael.
Sobre el one-shot, no creo que vaya a hacerlo porque tengo muchos trabajos que entregar para clase.
Hasta la próxima.
