N/A: Siento mucho haber tardado tanto. Tengo varios exámenes cerca, así que para el siguiente también tardaré. Lo siento. También me gustaría disculparme por las erratas y las palabras que el corrector del teclado me cambia sin que me dé cuenta. No tengo lector beta, así que me pasa más de lo que me gustaría. Desgraciadamente, no sé cómo se corrigen en esta aplicación.

Feliz año nuevo.


Longg me dirige una ráfaga de viento, que esquivo justo a tiempo. En lugar de darme a mí, alcanza la armadura y tira todas las piezas al suelo en un fuerte estruendo.

– ¡Kagami! – grita mi madre al ruido.

Me dirijo al salón, dónde mi madre oye en la televisión el resultado de las elecciones municipales. En realidad no he prestado mucha atención a eso. De todas maneras no puedo votar.

– ¿Qué ha sido ese ruido? – pregunta.

– Nada.

– No me mientas. ¿Crees que no sé cuándo me mientes?

Pues, teniendo en cuenta los últimos tiempos, eso es lo que parece.

– Se ha caído la armadura. – admito.

Mi madre no cambia su expresión. No sé qué piensa.

– Recógela. – ordena finalmente. No hay castigo.

Estoy entrenando mucho estos días. Longg me ha dicho que si quiero aprender más sobre sus poderes, tengo que practicar más. De su entrenamiento, no del humano. Llevo haciéndolo dos meses.

Lepidóptero lleva más tiempo del usual sin atacar. Creo que tiene que ver con el cambio en Chloe. Ya no insulta tanto a los demás. Los dos primeros akumas no tenían relación con ella, pero creo que Lepidóptero se ha vuelto dependiente y no sabe qué hacer.

Por mi parte, yo me alegro de que Chloe no esté tan volátil e irascible. Además, últimamente habla mucho con Alix. Creo que se están haciendo amigas.

En la pantalla del televisor aparece mi profesor, el señor D'Argencourt. En realidad es una imagen estática suya. No está especialmente favorecido.

– ¿Mi profesor se ha presentado a las elecciones?

– Y perderá. – afirma mi madre. – Bourgeois ha prometido doblar la cantidad de policías y que la mitad de ellos se dediquen a proteger a la ciudadanía de los akumas. Ha dicho exactamente lo que la gente quiere oír.

El padre de Chloe va a ganar las elecciones aprovechándose de la desconfianza hacia mi equipo.

Eso hace que me duela el pecho. Tengo una tarea y no soy capaz de cumplir las expectativas con respecto a ella.

Es por eso que entreno aun más con Longg. Tengo que alcanzar el nivel que él quiere para que me explique sobre su magia en profundidad.

– En cambio, tu profesor ha hablado sobre cómo es el descendiente de un ex alcalde del medievo y que le pertenece por derecho. – continúa explicando mi madre.

Suena a locura. Resulta curioso la falta de renuencia de mi madre a que este hombre me imparta esgrima, aunque una vez más, para ella prima el talento antes que la cordura.

No obstante, no creo que los padres de mi instituto público sean tan transigentes.

La cadena muestra la finalización del recuento de votos. Efectivamente, y tal y como mi madre ha predicho, el ganador es el padre de Chloe.

Por un momento, aparecen él y su familia celebrando la victoria en la entrada de Le Grand Paris. Chloe está ahí, saludando y sonriendo de una manera que nunca me sonríe a mí. Esa sonrisa es más fea, como la pintura de una muñeca de porcelana.

El periodista de la cadena intenta acercarse pero hay demasiados reporteros, por lo que en su lugar, transmiten a un grupo de tertulianos en el plató.

Al cabo de unos minutos, el presentador interrumpe la discusión.

– Conectamos con D'Argencourt. – anuncia.

El plató conecta con Nadja Chamack.

– Aquí me encuentro con D'Argencourt. – repite. Acerca el micrófono a mi profesor, que está vestido con el uniforme de esgrima.

Un momento, no es el habitual. Este es negro y tiene bordados varios adornos que no deberían estar, entre ellos un escudo que no reconozco.

– ¿Cómo se siente tras su aplastante y humillante derrota e intento de reintroducir el apellido D'Argencourt en la política parisina?

¿Esa pregunta no es un poco cruel?

– No tengo nada que declarar. Sólo he accedido a hablar para deciros que me dejéis. No pienso hacer entrevistas con vosotros. – dice mi profesor antes de girarse y chocar con un poste con un cartel propagandístico del alcalde.

En un ataque de furia, lo destroza con su sable.

– Vaya, no se lo está tomando nada bien. – se burla Nadja. – Enfócalo. – le ordena al camarógrafo.

La pantalla muestra su cara en primer plano.

No es justo. ¿Por qué tiene toda Francia que ver esto? Mi profesor debería poder estar tranquilo sin que vaya ninguna televisión a acosarle.

De todas maneras, ¿qué gana la cadena emitiendo su sufrimiento en directo? Nadie quiere ver eso.

– ¡He dicho que me dejéis! ¡He perdido! No tengo ningún cargo político. No podéis seguir acosándome.

– Pero debemos saber lo que siente después de esta humillante derrota. – repite Nadja.

¿Por qué sigue recordándole que se ha humillado antes todo París?

No puedo quitar la vista de la televisión. Pobre.

– ¿Aún no has subido a montar la armadura? – dice mi madre en su tono frío habitual, aunque un poco amenazador, avisando el castigo me llevaría si no monto la armadura de nuevo.

Una mariposa aparece en pantalla.

No. No es lo que creo que es.

Mi profesor es un adulto. Rompería el patrón. Porque hay un patrón, ¿verdad? Bunnyx lo dijo, y es la más inteligente de las tres.

Pero por mucho que yo lo desee, la realidad sigue siendo otra, y la mariposa entra en el sable de mi profesor.

Nadja y su compañero se alejan varios pasos.

Una silueta de mariposa aparece frente a su cara.

– ¿Eso es un akuma? Nunca hemos visto a nadie en el momento de su akumatización. Grábalo bien. Esto es una primicia.

Las palabras de Nadja me dan náuseas. Está dispuesta a aprovecharse de una horrible akumatización. Es mucha maldad. Y es imposible que ella no sepa que lo es.

D'Argencourt dice algo, que sin el micrófono de la cámara no se oye. De alguna manera, Lepidóptero se las arregla para que no podamos oír sus conversaciones con los akumas. Casi siempre les habla cuando no hay nadie cerca, casi como si pudiera ver lo que ellos ven.

Una especie de nube de humo púrpura oscuro lo cubre, exactamente igual que las desakumatizaciones. Tiene un aspecto tan horrible, que parece alquitrán. Es mucho más impactante ver a una persona cubrirse de eso, que al monstruo volver a la realidad. Y tarda más.

– ¿Están akumatizando a tu profesor? – pregunta mi madre, sin una pizca de alarma.

– Sí. Voy a reconstruir la armadura.

Debo darme prisa y escapar para luchar contra él.

Estoy a punto de salir del salón cuando un grito me hace girarme. En televisión se ve claramente como un caballero de armadura negra obliga a Nadja a arrodillarse y posa la punta de su espada en su hombro izquierdo y luego en el derecho.

Nadja se transforma en un clon suyo que lo obedece. Es como Reflekta, pero peor.

Ahora sí que corro a mi habitación, dónde Longg se quedó esperando. Ha empezado a montar la armadura.

– Deja eso. Tenemos que irnos. Hay un akuma.

– Un momento. – pide Longg antes de flotar hasta un cajón dónde guardo jamón serrano cortado y empaquetado para él.

Poco después de llegar a aquí, buscamos por toda la cocina qué comida le podría gustar más. En el momento en que probó el jamón no quiso nada más. Por suerte, mi madre es una fanática y hace que nos lo traigan desde España.

– Ya nos podemos ir. – avisa el kwami.

– Longg, transfórmame.


Corro por los tejados. Ya ha anochecido. Me dirijo a la zona que vi por televisión. Está cerca de mi escuela. No ha podido ir muy lejos, aunque ha podido causar daños.

No es difícil encontrar el akuma. En el tiempo que he tardado en transformarme y llegar a aquí, el akuma ha creado un ejército bastante grande en la zona.

Los soldados se mueven a la vez, como un tsunami arremetiendo contra la calle, destrozado todo a su paso.

Los civiles se apartan al verlos, intentando esquivar la destrucción que traen, y nuevos soldados se van uniendo a la turba desde todas direcciones. ¿Cuál de ellos es el akuma?

Salto por los tejados, hasta alcanzar el frente de la hueste. Bunnyx ya está aquí, en una azotea.

– Tenemos que hacer un plan. – le digo. – Nosotras tres solas no podemos acabar con una multitud tan grande.

– Gracias, señora obvia, por señalar lo evidente. Todos son guerreros ahí, aunque no atacan a la gente. Darkblade los quiere para sí. – Bunnyx se remueve. – Creo que vamos a tener que usarlos a ellos.

– ¿A los civiles? ¡No! Ellos no saben luchar. Tienes que hacer otro plan.

Bunnyx se gira con las manos alzadas como si intentara calmar a un animal. Yo no soy un animal.

Un aterrizaje fuerte suena a mi espalda. Queen Bee.

– Decidme que ya tenéis algo.

Yo me giro hacia ella.

– ¡Quiere usar a los civiles! – exclamo.

Queen Bee arruga la nariz y mira hacia abajo.

– Vale.

Mis compañeras se han vuelto locas. Bunnyx me pone una mano en la boca antes de que diga algo más.

– Aún no me has dejado contar el plan. – La chica me mira, comprobando si yo me quedaré callada y la escucharé. Asiente antes de soltarme. – Como he dicho antes, sus soldados no tienen la orden de atacar a la gente, aunque puede que a nosotras sí. La idea es que nosotras les quitemos las espadas y se las demos a la gente.

Eso no parece muy bueno.

– ¿Cómo exactamente? – cuestiona Queen Bee.

– Nos ponemos al frente. El ejército no podrá seguir avanzando si nosotras lo frenamos. Dejamos un espacio detrás nuestra para lanzarlas ahí.

Bunnyx vuelve a abrir la boca como si fuera a continuar, pero la interrumpo.

– ¿Y Darkblade?

Es una pregunta lógica, teniendo en cuenta que él es el akuma de hoy.

– En algún momento tendrá que unirse a su ejército. – responde ella.

– ¿Así que esperamos a que convierta a toda la ciudad?

Ella se cruza de brazos.

– Es lo que tengo por ahora. Podemos improvisar, no es como si fuera la primera vez. Normalmente, los akumas no nos dejan mucho tiempo, ¿sabes? Si tienes una idea mejor, soy toda oídos. – Bunnyx se asoma por el tejado. – Y rápido, porque los clones están aumentado.

No tengo ninguna. Pensar no es lo mío, se supone que es lo de ella. Pero estoy segura de que cualquier cosa es mejor que usar a gente que no se puede defender.

Bajo de un salto a la calle. Lo mío es luchar.

En el momento en el que pongo los pies en la acera, el ejército entero se vuelve hacia mí.

No he caído al frente, sino en uno de los laterales, lo que quiere decir que estoy entre un montón de soldados y una pared. No lo he pensado bien.

Los guerreros me atacan. Por muy buena que sea en esgrima, veinte espadas a una no me daría una victoria.

– Dragón de viento. – susurro. Estoy ansiosa por el momento en que no tenga que decir estas palabras para convertirme en los dragones.

Volverme viento es difícil de controlar. Las partículas de aire están mucho más separadas entre sí que las de agua. Y al no afectarme la gravedad, al menos, no tanto, no acabo cayendo sobre ningún tipo de superficie que me pueda servir de guía. Tengo que moverme en base a la posición en la que estaba antes de transformarme. Además, de alguna manera, mi movimiento es más veloz y violento de lo que yo siento.

Mi sentido del tacto deja de notar sólido, por lo que supongo que he llegado al frente del ejército. Mejor pelear desde aquí.

Recupero mi forma y busco a los soldados. Desde el punto en el que yo aparecí, aproximadamente, hasta aquí, todos los caballeros están tirados en el suelo e intentando levantarse.

Debería hacer caso del plan de Bunnyx y coger todas las espadas posibles antes de que se recuperen. Alcanzo a recoger cuatro entre mis brazos y con cuidado de no cortarme.

Me alejo varios metros de ellos y las suelto. Aunque no todas, me quedo una. Nunca he peleado con dos espadas, pero puedo intentarlo. Soy una Tsurugi.

Bunnyx aterriza a mi lado.

– ¿A qué ha venido eso?

– A seguir tu plan. – contesto. Mi arrebato debería haberle mostrado la dificultad de ejecución de su idea.

– No seas idiota. Aún no has escuchado la parte de Queen Bee.

Bunnyx señala detrás nuestra.

Entre dos farolas, Queen Bee está corriendo y pasando la peonza de un lado a otro. Su cuerda mágica infinita se está convirtiendo en una especie de red de contención. Hay parte de la acerca que no está cubierta, pero no caben tantos por ahí.

Ata su peonza en un nudo fuerte que no se soltará y se dirige a nosotras. Coge dos de las espadas que he dejado en el suelo.

Me sorprende. No sabía que podía manejarlas.

– ¿Sabes algo de espadas?

– Que cortan. Y que es lo único con lo que puedo defenderme en este momento.

Queen Bee se encoge de hombros, resignándose.

– Ya que no tienes armas que sepas usar, podrías buscar al akuma y atraerlo hacia aquí. Ryuko y yo intentaremos desarmarlos.

Queen Bee asiente y corre en la dirección contraria a la que están los soldados. La veo recorrer la calle dando indicaciones a los civiles con las espadas y girar a la derecha en la primera intersección.

No puedo evitar fijarme en la trampa improvisada.

– ¿Funcionará?

Bunnyx también se gira.

– Es de metal mágico. No podrán cortarlo tan fácilmente. – suspira, como si estuviera cansada. – Bien. Yo al hueco de la izquierda y tú al de la derecha. Así tendrán que ir de uno en uno o cortar el cable de Queen Bee.

La turba se ha recuperado de mi viento por completo y vuelven a caminar. Es como si tuvieran el cerebro lavado. Caminan todos al unísono y cuando los anteriores se paran el resto lo hace. Continúan cuando lo hacen los que tienen delante.

Darkblade les ha dado una orden: llegar a un sitio concreto, destruyendo lo que encuentren a su paso si es necesario. Y si nos ven, atacarnos.

– Espera. – la detengo. – Coge esa espada.

– Oh, qué idiota. Si la dejamos aquí, la volverán a tener. ¿Cómo se me ha podido pasar?

– No me refiero a eso. Úsala para defenderte.

Ella me mira a los ojos y no sé que ve, pero asiente.

Ambas nos vamos a nuestros puestos de escudo humano.

Soy una Tsurugi. Voy a detenerlos. Soy mejor que ellos. Sólo son simples soldados, aunque me saquen dos cabezas.

Se me acelera el pulso. Recoloco los dedos en ha empuñadura de la espada que cogí antes. No puedo tenerles miedo, no es el primer akuma al que me enfrento.

Sólo tengo que enfriar mi mente y no dejarme llevar.

El primero llega. Desvío su ataque con esta espada negra y lo estampo contra la pared. No me resulta difícil quitarle su arma y darle una patada en el pecho para alejarlo de mí. El soldado tropieza con el compañero que tiene detrás y ambos caen. Tampoco me cuesta darle una patada a la hoja de éste y que ésta se deslice hasta la zona tras la red.

Al siguiente lo paro entrecruzando mis armas y usándolas de palanca para arrebatar la suya.

Se queda quieto. Si eso le pasa a todos los guerreros desarmados, son inútiles.

Otro combatiente lo echa a un lado y me ataca.

Continúo desarmando por lo que a mí me parecen horas, aunque si le preguntase a Bunnyx, me diría que han sido sólo minutos.

Una enorme bola de piedra cae del cielo desde algún lugar detrás del ejército y choca con la red de la peonza, rebotando contra ésta y cayendo al suelo, como un gol de un partido de fútbol. Afortunadamente, no cae sobre ningún civil transformado por Darkblade

No tengo ni idea de qué ha sido eso, y ninguno de los soldados armados deja de moverse, por lo que yo tampoco puedo hacerlo.

Algo me llama la atención en mi campo de visión. Entre tanto negro hay... amarillo. Queen Bee está aquí, lo que quiere decir que el akuma también.

Me vuelven a atacar y me defiendo, no obstante, cuando vuelvo a mirar ya no está.

– ¿Necesitas ayuda?

Esa voz me toma por sorpresa, no esperaba oírla. Es la de Adrien. ¿Qué hace aquí?

Giro la cabeza y veo de reojo que detrás de mí hay un grupo de civiles. Muchos menos de los que vi antes.

Es cierto que necesito ayuda. Quiero ir a donde está Queen Bee. Ella nunca podría vencer a Darkblade, como Bunnyx no pudo vencer a mi madre.

– En realidad, sí. Las espadas tienen que estar lejos de los guerreros, si los civiles podéis hacerlo.

– Claro que podemos.

Adrien se queda callado y ningún otro civil me habla. Bien, tengo que concentrarme en desarmar a todas estas personas y poder ayudar a Queen Bee cuanto antes.

– Sé luchar. – vuelve a hablar Adrien. – Con espadas. Soy alumno del akuma, el segundo de su clase. Kagami es la mejor. Ojalá estuviera aquí.

Eso me da ganas de sonreír. Sí lo estoy.

Pero desvío rápidamente mis pensamientos sobre eso. Lo importante ahora es que se está ofreciendo voluntario. Si él ocupa mi lugar, podré ir a donde Queen Bee antes.

Confío en él. Confío en que podría mantener mi puesto dignamente. El problema son las críticas que me llevaría por esto.

No creo que estos civiles sean de los que están en nuestra contra, aún así, eso no evitaría que los haters (como dice Chloe) nos criticasen.

– ¿Quieres entrar en la refriega? – le pregunto, para asegurarme de que he entendido bien.

– Sí.

Un vistazo rápido a Bunnyx me informa que ella está bien en su lado. Entre nosotras se encuentran muchos soldados intentado cortar la red, chispas saltando cuando el metal se encuentra con el metal.

Voy a hacerlo.

Irónico, hace un rato le dije a Bunnyx que no quería hacer luchar a los civiles. Aunque Adrien es distinto.

– Vale, si vas a ayudarme, coge dos espadas del suelo. Ocuparás mi lugar.

Oigo una exclamación ahogada tras de mí.

– ¿Tu lugar?

– Sí. Y tendrás que imitarme. ¿Puedes hacerlo?

Adrien tose muy fuerte antes de hablar.

– Sí, puedo hacerlo.

– Bien. Prepárate. – le doy unos segundos hasta que siento su presencia a mi espalda. – ¡Ya! – aviso antes de avanzar y meterme entre la multitud.

Un grito alto, muy alto, se eleva sobre el ruido de las armaduras metálicas y los pasos coordinados. Viene de mi izquierda.

– ¡No! ¡Ryuko, no vayas! ¡No vayas!

Una advertencia de Bunnyx. Ella no deja de pelear ni un momento. Aunque eso no hace que dé menos miedo. Un escalofrío me recorre la columna. No sé que le hace estar tan ansiosa, aún así, tengo que ir. Queen Bee no puede luchar contra Darkblade. Es cosa mía.

Los soldados me aplastan entre sí con su caminar. No me atacan. Es como si no me vieran. Como si yo sólo fuera otra civil más. En algún momento han dejado de acometer contra nosotras por ser quienes somos y lo han hecho porque estábamos en medio.

¿Darkblade ha dado la orden de que dejen de arremeter o que se centren en continuar su camino?

O puede que esa fuera la orden desde el principio: atacar a quien interfiera.

De igual manera, no importa.

Avanzo entre la multitud, buscando con la mirada un rastro de amarillo.

Queen Bee lo ha encontrado y él ha venido a rodearse de sus siervos, que son todos iguales a él. Espero que no lo haya perdido de vista.

La encuentro. Tras los soldados.

Queen Bee esquiva los ataques violentos y rápidos de Darkblade. Ella consigue igualar su ritmo con volteretas de gimnasia que no sabía que podía hacer.

Los observo varios segundos, mientras corro hacia ellos. Queen Bee sigue haciendo volteretas en la dirección contraria a la mía. Algo me dice que ha sido ella quien lo ha atraído hasta aquí, a lo largo de su duelo, dónde tiene más ventaja que en mitad del ejército.

Las espadas que se llevó antes están en el suelo. No sé por qué las has dejado ahí. Pero enseguida lo entiendo cuando en mitad de una voltereta las coge, se arrodilla y las alza hacia Darkblade, que seguía avanzado hacia ella.

No le funciona. Darkblade frena a tiempo y aprovecha que ella está quieta para intentar atravesar su estómago.

Eso sí que no funciona. Porque yo estoy aquí. Y no dejo que Queen Bee muera. Tiro de ella y la espada no le alcanza.

El caballero se sorprende y se gira hacia mí.

Yo me pongo entre ambos con mis dos espadas listas.

– Presumes de ser un noble. ¿Mas dónde está el honor en matar a inocentes?

El akuma parece molesto por mi interrupción.

– Ve a sustituir al civil que ha ocupado mi lugar. – indico a Queen Bee.

– Pero Bunnyx... – comienza ella.

Yo la interrumpo.

– ¡Ve!

Darkblade me ataca a mí ahora. Al igual que antes, sus movimientos son rápidos y violentos. Esquivo sus ofensivas lo mejor que puedo, algunas las desvío. Es cuando intento parar uno que descubro que tiene mucha más fuerza de la que me esperaba. Aunque era de esperar, porque él es un hombre adulto.

Su golpe viene desde arriba, directo a mi cabeza. Sólo tengo tiempo de cruzar mis espadas para pararlo. La suya se clava justo en la intersección, con tanta fuerza que mis pies se hunden en el asfalto.

Él aprieta más y yo me hundo más. Me duelen los brazos, esta posición no es la mejor para hacer fuerza.

Por un momento creo que me acabará cortando por la mitad, pero de repente se aparta y me da una patada en la cabeza que me tira al suelo.

El dolor es tan profundo que no me puedo mover. Veo a tres Darkblade acercarse a mí y observarme durante algunos segundos antes de marcharse.

¿A dónde va? ¿No me matará?

Me tumbo de lado y escupo sangre. Creo que tengo un diente suelto pero no pienso dejar que se mueva de ahí.

Mi visión triple se vuelve una otra vez. Bien. Sólo ha sido un momento.

Darkblade ya no está aquí. No entiendo. ¿Por qué ha corrido a...

Bunnyx.

Va a por ella porque Lepidóptero quiere su prodigio más que los nuestros. No hay tiempo.

– Dragón de rayo.

No es el dragón más fácil de controlar, pero sí el más rápido.

Siento que estoy tocando muchas cosas. Es extraño. La última vez que lo usé, contra Tormentosa, apenas toqué nada.

¡Oh, no! ¡Los afectados por el akuma están todos cubiertos por armaduras de metal! ¡Podría matarlos!

Recupero mi forma y cuando vuelvo en mí todos a mi alrededor están en el suelo. Cao.

Queen Bee y Bunnyx están en sus puestos. Ambas han soltado las espadas a tiempo y a ninguna le ha afectado.

Los he matado.

He matado a un montón de gente y se suponía que debía protegerlos.

Me pitan los oídos. Sólo puedo ver muertos, muertos y más muertos.

Alguien me agarra del brazo, deteniéndome. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba temblando.

Es Queen Bee. Dice algo, sin embrago, no puedo oírlo.

– ¿Puedes repetirlo?

– Están vivos. – dice con una voz dulce y calmante. – Sólo se han desmayado. Bunnyx dice que una descarga eléctrica lleve puede desmayar a una persona.

Eso me hace soltar el aliento, aunque aún sigo temblando.

– ¿Y Darkblade?

Queen Bee mira a un agujero en el asfalto.

– Está en las alcantarillas.

No espero a que diga nada más. Salto al agujero. Voy a acabar con este maldito akuma ahora.

Casi me corta la cabeza al caer. Ahora no tengo las espadas negras, sólo la mía, que se puede transformar en rayo.

La saco en un movimiento rápido. Aún tengo el dragón de agua.

– Deberías haberme matado.

– Eso haré.

¿Darkblade puede hablar?

Me da un puñetazo en el mismo sitio que me dio la patada.

Caigo de nuevo. Esta vez al agua sucia de alcantarilla que me arrastra. Llamo al último dragón.

Mi poder hace que pueda volver al suelo.

Recobro mi cuerpo con una espada al cuello.

– Adiós, Ryuko.

Me ha vencido. Esta vez moriré de verdad.

No voy a cerrar los ojos. Busco los de Darkblade, que se ven en las rendijas de su casco. Espero que Lepidóptero pueda verlos y que le atormenten el resto de su vida.

No tengo miedo. Los Tsurugis nunca lo tenemos. Y si lo tenemos, lo ocultamos.

Aunque la muerte no es uno de los míos.

Darkblade se queda quieto como si no se atreviera a empujar. Como le pasó a Dark Cupid. Los akumatizados se resisten a hacer cosas que no quieren.

Una silueta de mariposa aparece en su cara. Y Darkblade empieza a apretar.

La piel de reptil se corta, justo bajo el prodigio. El filo llega a la mía.

Una patada a la espada la manda lejos. Y un paraguas da fuertemente en la cabeza de Darkblade. Un cable metálico lo envuelve. Queen Bee se sienta encima suya, impidiendo que se mueva más.

Bunnyx me quita la espada y la usa para cortar la suya. Un corte limpio y la mariposa sale. Ella la atrapa y la mata.

– Te dije que no vinieras. – dice.

¿Eh?

Bunnyx se da la vuelta. Está llorando.

– ¡Te dije que no vinieras, idiota! ¡¿Por qué no me haces caso?! – grita. A mí.

Se acerca y me mira el cuello. Suspira.

– Te vi morir. Entré en mi madriguera para ver cómo vencerlos y te vi morir. Darkblade te cortaba el cuello. Estabais los dos solos. No quise mirar nada más. Por eso te dije que no vinieras. Y no me haciste caso. Maldita idiota.

Está muy preocupada. ¿Cree que yo sufriría?

– No le tengo miedo a la muerte.

– Yo sí. – declara antes de alejarse. – Vamos. Tenemos que devolver a la víctima a casa.

Los cuatro vamos por las alcantarillas hasta llegar a una entrada real, con escaleras.

Bunnyx y yo lo acompañamos por la calle hasta su casa, llamando la atención de todos los civiles que nos encontramos.

Queen Bee vuelve al lugar de la batalla para hacer su diplomacia. Es a la que mejor se le da de las tres.

Tras acompañarlo a su hogar, nos dirigimos a nuestro lugar de reunión. Hoy ha pasado algo distinto y tenemos que hablar de ello.

– ¿Y bien? – comienza Queen Bee nada más llegamos. – Dijiste que eran adolescentes y esta vez ha sido un adulto. ¿Cuál es el patrón ahora?

Bunnyx se mira las manos, a Queen Bee y mi cara.

– No lo sé. Puede que... – se calla, pensando. – Puede que gente de ese instituto con malos sentimientos.

Queen Bee se cruza de brazos.

– Es decir, lo mismo que antes, pero sin lo de adolescente. – se queja. – Y cuando akumatice a alguien de fuera de ese instituto, ¿cuál? ¿Gente viva? Porque eso en realidad no reduce nada. A no ser que estemos considerando también a los muertos. – añade.

Bunnyx se lleva las manos a las sienes.

– No lo sé. No tengo todo el conocimiento del mundo. No sé qué criterio tiene Lepidóptero. No me puedo meter en su cabeza.

Queen Bee se calla y Bunnyx también. Debería comentarles mi suposición.

– Creo... – Las dos mueven la cabeza bruscamente hacia mí. – Creo que Lepidóptero puede vernos, que puede ver lo que los akumas.

– Es por eso que casi siempre les habla cuando están solos. – deduce Bunnyx.

– ¿Y eso en qué nos ayuda? – interviene Queen Bee de nuevo.

No lo sé.


Longg me echa agua en la cara.

– Quédate quieta. – ordena. – Tengo que limpiarte las heridas.

– No tengo heridas. – le respondo.

Estamos en el baño, en el espejo he visto mi cara: el labio cortado e hinchado, la mejilla izquierda amoratada e igual de hinchada. El ojo está bien. Tengo suerte de que la magia de Longg estuviera ahí.

La armadura era mágica, y la fuerza, mucho mayor de lo normal. Un adulto akumatizado es más peligroso.

– Claro que tienes heridas: tu labio está cortado. Y tras eso caíste en agua de alcantarilla. Se infectará. Y mi deber como tu kwami es mantener tu seguridad.

Suspiro y me resigno. Longg sigue echándome agua. De la suya, que es mágica.

– Ojalá estuviera aquí Tikki. – murmura.

– ¿Quién es Tikki?

Longg parpadea un par de veces.

– La kwami de la creación. También se comporta un poco como nuestra curandera.

Me vuelve a echar agua, pero yo ya no puedo más.

– Bien, ya está, Longg. Me voy a duchar.

– Vale. Montaré la armadura. – dice antes de atravesar la puerta. Se me había olvidado lo de la armadura.

Abro el grifo y espero a que el agua se caliente.

Las batallas con los akumas no deberían ser tan emocionales. Soy una Tsurugi. No debería permitirme sentir preocupación o culpabilidad, igual que hago con el miedo. Las emociones tienen que estar al fondo, guardadas en un cajón.

También tengo que mejorar mi resistencia al dolor. No puedo quedarme quieta por un golpe. Soy débil. Tengo que ser más dura, como mi madre.

Me meto en la ducha y el agua caliente me da en la cara. Duele, y aún así no me nuevo.

Ahora supongo que tendré que usar maquillaje para ocultar los moretones.

Tengo maquillaje. Mi abuela me lo regaló por Navidad. El mensaje de que le parezco fea está claro. A mí no me gusta el maquillaje, no me importa si soy fea. Aunque supongo que ahora tendré que usarlo.

Adiós a la libertad.


Respuestas:

Hola, Manu.

Feliz año nuevo y gracias por avisarme de que Felix tendrá el prodigio de Chat Noir.

Hasta la próxima.