Gracias a Katherine y Vicav por ser mis betas.


Los colores se mezclan, como con el akuma. Mi vista está borrosa un momento, pero yo sé qué es.

Dos tíos se pelean. Ojalá fueran tíos reales, sería mucho más divertido.

Uno de los dos gana. El marcador lo llevo yo.

– Max, 27. Kim, 2.

Creo que por fin voy a ver a mis amigos dejar ese videojuego al que le estoy cogiendo tirria. Pero Kim no se da por vencido, nunca lo hace. Incluso cuando pierde por veinticinco puntos.

– Otra más. Aún puedo ganar.

Odio que sea tan pesado.

– Para que ganases, Max tendría que tener los ojos vendados y las manos atadas.

Max me mira con reproche. Uy, no lo siento.

– Lo que Alix quiere decir de manera tan poco amable, es que necesito a alguien de más nivel.

Lo necesita. Si quiere llegar al torneo de videojuegos para el que tanto ha entrenado y que lo ha alejado de ayudarme contra Lepidóptero.

– Si quieres llamo a Nath. Es igual de friki que tú, seguro que se le dan bien los videojuegos. – ofrezco.

Kim frunce el ceño.

– ¿Por qué invitas a ese a mi casa? Es mía. Yo decido quién viene.

Vaya. No sabía que le caía mal Nath. ¿No han hablado como dos veces en su vida?

– ¿Qué te pasa?

– Nada.

¿Se supone que me tengo que creer ese nada?

– Bueno, ya que Kim no quiere invitarle a su casa, vamos a la mía.

– No. Ondine va a venir en un rato y no le he dicho que tú estás aquí. – Eso suena como un gran plan. – Si vamos a tu casa lo sabrá.

No jodas, Sherlock.

– ¿Por qué no le has dicho que estoy aquí?

– Porque cuando le digo que tú vas a estar, no viene.

¿Qué? Pensaba que habíamos hecho este trato silencioso en el que nos ignorábamos la una a la otra por el bien de Kim.

Lo más sorprendente es que él mismo se ha dado cuenta de que pasa algo.

Me levanto. Paso de estar incómoda por esa niñata.

– Un momento, ¿a dónde vas? – pregunta Max.

Me paro en la puerta del cuarto y me giro.

– A mi casa.

Creía que era obvio. Kim también se pone de pie.

– ¿Pero qué os pasa? – grita irritado.

No voy a levantar la voz. No voy a ponerme a su nivel. Yo no he creado este problema. Que use el cerebro.

– Pregúntale a ella. A mí no me pasaba nada.

Salgo de su habitación y paso por el salón para despedirme de su padre antes de irme.

Es al salir de su casa, que encuentro a Ondine frente a mí, a punto de llamar a la puerta.

Veo cómo los músculos de su cara se ponen tensos al fingir una sonrisa.

– Alix. ¿Que haces aquí?

Podríamos habernos llevado bien, pero si no se pone interés, no se consigue.

– Irme. – contesto.

– ¿Por qué no te quedas? ¿Tienes algo que hacer?

Puedo ser falsa a veces, sobre todo si se relaciona con Bunnyx. Ahora bien, en este momento no quiero.

– Lo siento, no puedo. Estoy muy ocupada no estando cerca tuya, como haces tú conmigo. – Abre mucho los ojos, desprevenida. – ¡Ah, espera! No lo siento.

No espero a que diga nada. No voy a montar una escena.

Vuelvo a casa caminando. Estamos cerca del verano y empieza a hacer calor. Voy a tener que dejar de ponerme ropa negra. No sé qué hará Kagami con su chaqueta, apuesto a que tiene a su kwami ahí.

Llego a mi casa y me tiro en el sofá. Me quito la gorra para dejar salir a Fluff.

– Hace calor. – se queja.

– ¡No me digas!

Fluff vuela a mi campo de visión.

– ¿Vas a llorar?

¿Llorar? No. Más bien lo contrario.

– ¿Tengo cara de querer llorar?

El kwami niega con la cabeza. Después, se va jugar con el mando de la televisión.

Ahora estoy sola. Mi padre y mi hermano buscan al guardián. Les toma mucho tiempo. Días y días en los que apenas están en casa. Yo me quedo sola, como ahora, y me hago comida precocinada.

Sigo sin entender cuál es el argumento para que yo no pueda averiguarlo con el prodigio. Y así no estar casi sola en casa.

Estoy descubriendo muchas cosas con el prodigio. Gracias a él he conseguido salvarnos varias veces. Y no se ha desencadenado ninguna catástrofe.

– Fluff, ¿por qué no puedo mirar quién es el guardián?

Deja de morder los botones y me mira con la cabeza ladeada.

– El guardián usa escudos mágicos para esconderse. Nunca podrías averiguar su identidad. Yo tampoco lo sé. – Fluff sonríe y se pone a dar vueltas alrededor de la estatuilla.

Se está haciendo la loca. Es imposible que no sepa quién es. Se supone que lo sabe todo.

– ¿Cómo no vas a saberlo?

Me siento con los pies en el suelo. Tumbada es demasiado relajado y tengo que ponerme seria para interrogarla.

– Lo he olvidado.

Pongo una mano en su camino, obligándola a detenerse.

– ¿Lo has olvidado?

Asiente.

– Soy muy vieja, Alix.

Me la colaría si fuera humana. Pero es un kwami, uno de los seres más poderosos que existen en el mundo.

– Dime quién es. Quiero que mi familia se quede más tiempo en casa.

No soy pegajosa, pero parece que viva sola.

– No puedes usar el prodigio para un capricho. Ya lo estás usando mal.

Se queda callada. ¿Nada más?

– Entonces, tendré que averiguar yo misma el por qué. Usándolo, claro.

Si tan en contra está, tendrá que hacer algo.

– ¡No! – Vuela hasta estar frente a mi cara. – ¡Arruinarás tu mente!

Deja de hacerse la loca y se pone seria. Mira a los lados. Parece que no quería decir eso.

Debería sentirme mal por sacarle así las cosas.

– ¿A qué te refieres con arruinar mi mente?

Fluff vuela hasta la estatuilla y se sienta encima. Le gusta mucho.

– La realidad no cambia. El futuro que veas, será el que ocurra, pues tus propias intervenciones en el transcurso del tiempo ya han ocurrido para crear ese futuro. Es el definitivo. Da igual lo que intentes.

Eso no puede ser. Miré el futuro y vi morir a Kagami. Y lo cambié.

– Si eso es así, ¿por qué...?

Fluff me interrumpe.

– Te dije que estás usando mal el prodigio. Dime, ¿qué sueñas?

Nada. Últimamente duermo tan profundamente que no recuerdo mis sueños. Al despertar tengo sentimientos extraños. Y, a veces, cuando me encuentro con alguien, siento algo diferente a lo que debería.

Como con mi padre. Se supone que estoy enfadada con él, pero me siento triste cuando lo veo.

– No lo sé.

– Pero cuando te despiertas, ha cambiado algo. – afirma, no pregunta.

– Sí.

¿Eso tiene que ver con mis sueños? ¿Es así como me afecta?

– Eso es parte de las consecuencias de ser mi portadora. – Como con Kagami y la tormenta, y Chloe y la miel. – Por eso, evita usar tus poderes a no ser que sea necesario.

Pero los uso muy poco y por eso me juzgan como la peor de Triple Súper. Ahora que he encontrado una manera de que sean útiles, ¿no puedo usarlos?

Ella parece creer que esto ha terminado. No.

– Lo es. – replico. – Tengo que saber los pasos del enemigo para acabar con los akumas. Seguiré usando el prodigio, a no ser que me digas una razón real.

Gracias a eso he conseguido tener el papel del cerebro del grupo y ser útil en lugar de dejar que Kagami y Chloe lo hagan todo.

– No lo usarás porque no es necesario. Hay un prodigio que hace justo eso. – ¿Hay un prodigio de la caja del guardián que hace eso? ¿Entonces para qué sirve el mío? – Te enseñé cómo ver el pasado y el futuro, cómo usar la madriguera para desplazarte. Tú lo has hecho mal.

– ¿Por qué no me lo has dicho antes?

Lo he estado usando mal desde que quise ver el futuro por primera vez y ella no me ha dicho nada.

– ¿Me harías caso?

No digo nada. Ella parpadea un par de veces. Creo que sabe por qué no respondo.

Y eso es lo que le da el motivo para contarlo todo.

Se levanta de la estatuilla y empieza a dar vueltas en torno a mi cabeza. No la soporto cuando hace eso.

– Aún te preguntas por qué no puedes saber la identidad de Lepidóptero. Es por esto.

Muevo las manos alrededor de mi cabeza. Las esquiva.

– No he dicho nada. – me excuso. A ver si así deja de marearme.

– Tienes que confiar en que yo te estoy cuidando. – continúa. – Yo no puedo ver tu futuro, sólo las infinitas posibilidades a partir de un momento concreto. Líneas temporales. Líneas que tú también puedes ver y yo conozco y confundo.

» No sé en cuál estamos, lo que sí sé es que en la mayoría de ellas, conocer la identidad de Lepidóptero acaba en catástrofe. Como te dije, está en una situación muy delicada. Si tú miras tu futuro, te volverás loca por no poder cambiarlo. Si miras otras líneas temporales, las confundirás. Es lo que te está pasando, y es por eso que debes dejar de usar el prodigio de esa manera.

¿Y cómo, exactamente, saber la identidad de Lepidóptero con mis poderes acaba en catástrofe pero al método normal no? Tiene que ser otra cosa.

– ¿Y si miro la identidad de Lepidóptero pero no hago nada? Me estoy acercando con Max.

Ella se para por fin y niega con la cabeza.

– No lo haces. Sólo averiguas cosas que no podrías con el prodigio. La magia y la tecnología no se llevan del todo bien.

¡Oh, vaya! Ha soltado información. Seguro que ha sido sin querer.

– Aún así, si dices que el destino no cambiará. ¿Qué más da? Sabes lo que pasará de todas maneras. Si tiene que pasar, lo hará, y si no, no.

– Eres una inconsciente. Yo no sé en qué línea temporal estamos. No sé qué va a ocurrir y no me quiero arriesgar.

"Eres una inconsciente." Me lo dicen más a menudo de lo que me gustaría. Soy inconsciente e inmadura. Problemática. No soy de fiar, por lo que, ¿para qué darme una oportunidad?

– Te he dicho que no haré nada.

Hago lo que puedo. Y con este tema, estoy siendo la más responsable. Dudo mucho que Kagami o Chloe estén investigando a Lepidóptero por separado. Bueno, en realidad no lo hago yo, lo hace Max pero él no sabe qué es esa información. Sólo yo sé interpretarla.

Y sé que nuestro enemigo es un hombre corrupto y manipulador con una gran cantidad de dinero a su disposición. No se esconde, lo que quiere decir que los sobornados saben quién es.

– No me fío de ti.

Llaman a la puerta.

Señalo a Fluff con un dedo, advirtiéndola de que la conversación no ha terminado.

Vuelven a llamar.

Me levanto rápido. Estoy a punto de avisar de que voy, cuando pienso, que podrían volver a ser Testigos de Jehová. Y que no tengo ganas de aguantar otro sermón.

Así que, al llegar a la puerta, me asomo por la mirilla.

Kim y Max. ¿Han dejado de lado a Ondine y venido aquí? Raro. Pero al menos no son predicadores religiosos.

Abro la puerta.

– ¿Qué queréis?

Los dos se apartan y dan paso a Ondine, que estaba escondida detrás.

¿Por qué la gente se empeña en concretar reuniones sorpresa con personas con las que no me llevo bien cuando es culpa de la otra?

– ¿A qué viene esto?

Me cruzo de brazos. Seguramente parezca una niña enfurruñada, pero me da igual porque no puedo cambiar mi altura. Eso sí, como Kim diga algo del tema le doy un pellizco.

No lo hace, aunque levanta los brazos con exasperación.

– ¡De verdad que no te entiendo! Te enfadas cuando Ondine te evita y cuando te busca, también.

Su novia, detrás de él, frunce el ceño. Sí, es idiota. Se supone que llevas saliendo con él unos meses, Ariel, deberías saberlo.

– Yo no tengo nada que ver con esto. – interviene Max.

– ¿Y qué haces aquí?

La respuesta me sale sola. Estoy molesta. No con él, pero estoy molesta.

Alza las cejas, como si se burlase.

– Ah, ¿quieres que me vaya?

¿Yo a solas con Hércules y Ariel? No, no quiero hacer mi primer intento de suicidio esta noche.

– Quédate. Entrad.

No digo por favor, que sería lo habitual aquí, porque no quiero que entren.

Los guío por el pasillo lleno de fotos de gente aleatoria de otros países, mapas y pinturas, máscaras, figuritas y cosas que no tengo ni puta idea de qué son. Sólo sé que no tengo que tocarlas.

– Ya sabéis las reglas. Nada de tocar si no queréis que os ponga las esposas chinas.

Mi padre nunca ha sido muy estricto. Sólo hay una cosa que lo hacía ponerse serio: sus objetos antropológicos y arqueológicos. Si mi hermano o yo los tocábamos nos castigaba con sí, esposas chinas. Hasta que aprendimos a soltarnos, que casualmente coincidió con aprender a no tocar sus cosas.

Y el castigo se extendió a nuestros amigos. Porque de alguna manera, él siempre sabe cuándo alguien ha tocado algo. ¿Será magia?

Me doy la vuelta para mirar a Ondine, que parece confundida.

– Lo digo en serio.

Kim asiente.

– Reglas de la casa. – dice Max.

Espero que nuestras voces hayan alertado a Fluff.

Señalo a mis amigos.

– Vosotros al salón. – Después a Ondine. – Tú conmigo a la cocina.

Ella mira a Kim. Él frunce el ceño, pero me hace caso.

Llegamos a la cocina y rebusco para encontrar el paquete de patatas fritas.

– ¡Oh, que cocina tan...!

– Corta el rollo. – la interrumpo. – No quiero oír una frase sacada de un programa de reformas.

En el armario no está. ¿En el cajón bajo la encimera?

– No es... – Me giro con una ceja alzada. – Bueno, sí lo era. Lo siento. No sabía que te estaba haciendo sentir incómoda. No quería evitarte, sino que...

– He dicho que cortes el rollo.

Tampoco están aquí. ¿Se las habrá comido Jalil?

Me enderezo y me giro para apoyarme en la encimera. Está nerviosa.

– ¿Me vas a contar la verdad?

Una cosa es tener celos, que se calmaron un poco cuando él la empezó a llamar Ariel, y otra distinta, evitarme. Kim ha tenido que largar más de la cuenta.

Ha tenido que haber un detonante.

– No entiendo a qué te refieres.

Está mintiendo. Evita mi mirada y no para de jugar con sus manos.

– Vale. Algún día lo sabré. Tenlo por seguro.

Miro en el microondas como última opción. Aquí están las patatas.

Vamos al salón y me siento entre Kim y Max, ella al otro lado de su novio.

– ¿Lo habéis arreglado?

Ella asiente. Sólo espero que ahora sí que nos tratemos con indiferencia de verdad.

Kim la besa.

Verlo hace que se me revuelva el estómago. Quiero salir de aquí y vomitar. Siento la cara caliente y dolor en el pecho.

Giro la cabeza. Debo estar enferma. Odio ver a la gente besarse.

Max me mira a los ojos. Veo moverse su nuez de Adán cuando traga saliva.

– Ahora que lo habéis solucionado, me vais a ayudar con mi concurso.

Sí, una distracción.

– ¿Has traído el videojuego?

Max se queda quieto y parpadea un par de veces. No entonces. Me giro de nuevo con algo de recelo. Están separados. Kim tiene la boca abierta como un idiota y Ondine se encoge de hombros.

Genial. Ahora se me tiene que ocurrir algo divertido que hacer en mi casa, con cuatro personas y sin romper nada.

Si estuviera a solas con Kim, sería fácil. Sólo tendría que retarlo a cualquier tontería y él lo haría divertido.

Con Max también sería fácil. Sin su videojuego aquí, seguiría con la búsqueda de la Sociedad Mariposa. Él mismo me dijo que hay cosas que no sabe hacer y está aprendiendo.

– ¿Y si vemos una película? – sugiere Ondine.

Aburrida.

– Podríamos jugar a verdad o atrevimiento. – dice Kim.

Los tres nos negamos. Aunque si él quiere un atrevimiento, se lo puedo dar.

Vuelvo a la cocina y cojo salsa picante que a mi hermano le dio por comprar en un capricho. Después resulta que no se la come. Y yo tampoco puedo. Lo he intentado.

Coloco el bote en la mesita. Se llama "Get Bitten".

Los tres la miran sin saber muy bien de qué va el tema.

– Kim, te reto a que bebas una cucharadita de esto.

Él pone una de sus sonrisas típicas arrogantes.

– Chupado. Si gano...

Levanto una mano para cortarlo. Después me doy cuenta de que ese gesto es igual al de mi padre y la bajo.

– Lo que tú quieras. Si gano yo, no quiero nada. Aún no he usado mi premio de la última apuesta.

Max frunce el ceño. Cierto, él no lo sabe.

– ¿Qué apuesta? – pregunta.

– Cuál de los dos se akumatizaría primero. Gané yo. – presumo.

Miro a Kim. Ya no sonríe, sino que aprieta los labios y mira hacia abajo.

Nos quedamos en silencio. ¿A qué viene eso?

Lo levanto y lo llevo al pasillo. No se lo espera para nada.

– ¿Qué te pasa? – susurro. Claramente, he dicho algo mal.

Abre mucho los ojos y niega con la cabeza.

– No me pasa nada.

Está mintiendo.

Se ha puesto así después de mencionar su akuma. Dark Cupid.

– Te sientes culpable.

Es sorprendente. Kim, con todo su orgullo y arrogancia, se siente culpable.

Puede que se me refleje en la cara, porque Kim habla.

– ¿Por qué te sorprendes? ¿Crees que soy uno de esos locos que no sienten culpabilidad?

¿Locos que no sienten culpabilidad? Sociópatas. Piensa que lo veo así. ¿Tan mala soy con él?

– ¡No, por supuesto que no! Es que eres demasiado orgulloso para admitir tus errores, y menos aún algo que ni siquiera es culpa tuya.

– ¿Cómo que no? ¿Quién mandó a esas mujeres al hospital? Yo. He visto las fotos. No fuiste tú, no fue Max...

– Fue Lepidóptero. – le interrumpo. – No tú. Eres inocente.

Una vez más, su expresión me hace sentir mal.

Creo que no me molesta Kim tanto como yo pensaba.

Ahora sí que voy a averiguar quién es Lepidóptero. Después pensaré un plan para que deje de estar en esa situación delicada que provocaría una catástrofe y lo pillaremos.

Es una buena idea, ¿no? Se supone que eso soy: la chica de las buenas ideas.

Lo que sé seguro es que no voy a ver a Kim así otra vez. No quiero.


– Fluff. ¿Dónde estás?

El kwami sale de su escondite, detrás del televisor.

– ¿No habrás mordido los cables?

– No, no. Las televisiones son caras. – Se queda quieta mientras cojo el mando y hago zapping. – Tengo hambre.

Una distracción para que no le hable de la conversación sin terminar. Yo también tengo que disimular que ya he tomado una decisión al respecto.

Así que me levanto del sofá en busca de las minizanahorias. De cualquier manera, ella tiene que estar bien alimentada si voy a transformarme.

Lo he pensado, más o menos. En realidad fue una decisión impulsiva, pero mientras veía a Kim intentar comerse la salsa picante, a Max riendo, he pensado en ello. Y cuanto más lo hago, más creo que es lo correcto.

Una Alix desprevenida de otra línea temporal perdió a Kagami, otra dejó que descubrieran a Chloe.

Mi padre quiere que sea más madura y responsable. Puedo serlo. Puedo.

Fluff come su zanahoria y yo meto la mano en el bolsillo de mi pantalón.

Paso el pulgar por el grabado de mi reloj. Una flor, algo clásico y adecuado a la época. En el otro lado hay un pentágono, más extraño. Tuvo que ser un encargo de mi antepasada.

Fluff mira a mi mano, como si esperase que comience a acribillarla con preguntas otra vez.

No me queda claro si se preocupa por mí o por la seguridad de nuestra línea temporal.

Sé el momento exacto en el que se da cuenta de lo que realmente voy a hacer.

Sus ojos se vuelven mucho más grandes y suelta un chillido desagradable.

– ¡No! ¿Es que no me has escuchado? – pregunta alarmada.

Sí. Por eso estoy asustada.

Lo digo antes de arrepentirme.

– Fluff, transfórmame.

Una vez en la madriguera, pienso exactamente cómo debo actuar.

Antes que nada: quién es Lepidóptero.

La fila horizontal del portal por el que he entrado es mi línea temporal. No quiero perderme, así que no hago nada en el que he entrado. Escojo el que está a su lado.

El último akuma fue Mylene, por lo que pongo la mano en el lado izquierdo del portal, ahora como ventana. Esta vez no me estoy equivocando, estoy segura.

La luz en el lugar que veo, la Torre Eiffel, se vuelve cálida y el cielo naranja, rosa y azul, los colores del atardecer.

Lo paro ahí.

Después pongo las dos manos en lo que desde mi posición serían los extremos de una diagonal, que en un círculo no existe. Sólo hay diámetros.

La muevo un poco al centro, dándome una vista de París al completo.

Me desplazo hasta el instituto y hago el movimiento contrario a antes.

Ahí está el akuma. Ahora sólo tengo que volver atrás hasta el momento en que Mylene salió de la clase y seguirla.

Ahí está la mariposa. El único rastro que deja Lepidóptero.

La sigo con dificultad, pues es muy pequeña.

El insecto entra en una casa grande, confirmando las sospechas de que es un hombre rico.

Algo en esa casa me suena. Estoy segura de que nunca he estado dentro, pero la he visto antes.

Veo a la mariposa llegar a una habitación oscura, dónde hay muchas más como ella, blancas. Así son las mariposas sin corromper.

Rodean a Lepidóptero, cuya transformación es muy elegante. Me fijo en que su arma es un bastón.

Doy para atrás en el tiempo, con el corazón latiendo tan fuerte que creo que se va a salir de mi pecho.

El brillo lo cubre.

Gabriel.

El padre de Adrien.

Me recorre un escalofrío por la espalda.

Está muy cerca. Da miedo saber que este psicópata está tan cerca de mí.

De nosotras.

Aunque, a parte de eso, no siento nada más. No estoy flipando. Puede que en mi interior supiera que era un buen candidato, y no me sorprenda.

Pero es peligroso.

Y algo en su situación puede acabar en una catástrofe. No puedo imaginar el qué.

¿Qué hay en él, en su entorno, en su persona, que pueda provocar el horror?

Ahora toca el siguiente paso: buscar otra línea temporal en la que ocurra lo que tanto teme Fluff.

Esto es mucho, mucho más largo. Tengo suerte de que el tiempo aquí dentro no pase.

Para evitar que ocurra lo que mi kwami me dijo, todas las visitas son de lejos, mirando París a gran escala.

Miro veinte años al futuro en cámara rápida, esperando a la catástrofe.

A partir de la décima empieza a dolerme la cabeza, siendo que me duele cada vez más cuanto más me alejo. Hay muchas líneas temporales.

Hasta que la encuentro. O eso creo. A este punto siento mareo y el dolor de cabeza es como si me hubieran clavado un cuchillo en la nuca.

Esta vez no tengo que ir mucho tiempo en el futuro esta vez. Sólo un año, más o menos.

París está inundada, como en una película post-apocalíptica. Al alejarme más, veo que no es sólo París. Los continentes y océanos son diferentes.

¿Lo veo mal? Veo un poco más borroso de lo normal.

¿Me he ido a una línea temporal demasiado lejana? Podría, si no fuera porque mi ciudad es igual, sólo que ésta está inundada.

Es mucho más escalofriante que saber lo cerca que tenemos a Lepidóptero.

Voy atrás en el tiempo.

Veo qué lo causa: una luz blanca. Una luz blanca que destruye todo lo que toca, y que asciende desde la Torre Eiffel.

Me acerco hasta ver a un chico vestido de gato blanco.

Más cerca...

Adrien. Él lo causa.

Es su hijo. Esa es la situación delicada. Si hijo podría matarnos a todos. Destruir el mundo.

Adrien tiene el poder de destruir el mundo. No, no puede ser. Él es sólo un chico. Mágico, por lo que parece, pero sólo un chico.

Un poder así es del prodigio de la destrucción. Es su portador.

Miro lo que ocurre, cómo ha llegado a esa situación.

Aquí los portadores son Adrien y Marinette. Triple Súper no existe. Estoy muy lejos de mi línea. Lo que pase en esta no tiene por qué ocurrir en la mía, pero aun así lo miro. Podría ser lo que pase aquí.

Aquí está enamorado de ella, en lugar de mí. Al enfrentarse a Lepidóptero y descubrir quién es, lo ponen en un aprieto: su padre el psicópata o su novia heroína.

No consigue elegir bando, algo que más que sorprenderme, me aterra.

Entonces, su padre lo akumatiza.

Todo se vuelve borroso y siento que algo caliente me cae por la cara. Toco el líquido y me miro los dedos.

Blanco. Apenas se puede ver en mi guante.

Me sale de la nariz y sé que no es moco. Es sangre. Mi sangre como Bunnyx.

Abro el portal a mi cocina y salgo de la madriguera.

Siento temblar mis rodillas y caigo al suelo.

No puedo más. Quito la transformación.

En el momento en que lo hago, dejo de ver la cocina. Ahora es un callejón.

Un hombre está frente a mí, apuntándome con una navaja.

Me tumbo en el suelo boca arriba.

El callejón cambia por un hospital.

– Nunca podrá volver a caminar. – dice un hombre.

Mi madre llora a mis pies.

Fluff se pone en medio y grita, pero no entiendo nada.

El fondo detrás de ella cambia de nuevo. Ahora es un prado, con la luz del sol calentándome y el olor de las plantas rodeándome.

Estoy tumbada en la hierva. Alguien me llama.

Fluff se va.

Cierro los ojos. Dejo de sentir la hierva, se convierte en manos que me acarician y labios que me besan. Abro los ojos y no conozco al chico sobre mí.

Se desvanece y en su lugar aparece una mujer mayor que me corta con un bisturí.

Estoy muerta.

Vuelvo a la cocina.

Mi hermano llega y grita como Fluff. Me coge en brazos y me lleva a otro sitio. No sé dónde.

Miro el techo.

Siento que se me va a olvidar lo que he visto. Tengo que pensar rápido.

Adrien no fue capaz de elegir. La escena se reproduce ante mis ojos.

Eso quiere decir que no es capaz de distinguir entre el bien y el mal. Que es un sociópata.

La desesperación en su cara no parece de alguien así.

También podría ser, y espero que lo sea, que no está tan enamorado de Marinette como para elegirla por encima de su padre. Aunque sea una mala persona, si depende de él, no hay nada que hacer.

Sabía que había algo raro con él. Los príncipes de Disney no existen.

Mi hermano viene y me da algo de comer con una cuchara.

– ¿Qué ha pasado?

Está preocupado, aunque no lo puedo ver. Siento su mano agarrando la mía. La aprieto y miro a su cara desenfocada.

– Sé quién es Lepidóptero.


Respuestas a comentarios:

Hola, Manu.

Que Chloe le desee la infelicidad a la persona que le ha hecho bullying y puesto a todos sus compañeros en su contra es lo lógico, sobre todo con su personalidad.

En ningún momento he deseado que se apuñale, Chloe la insultaba por su torpeza. Es más, ella pone la posibilidad de que se apuñalase por accidente como algo malo.

No sé si he mencionado que la violencia va a estar, es por eso que lo he etiquetado como M, no por sexo, como hacen otras personas.

Lo siento, pero sobre la cuarta temporada y las que vengan después no quiero saber nada, de verdad.

Gracias por comentar.

Hasta la próxima.