N/A: Lo siento mucho. Ha habido varios motivos por lo que esto ha tardado tanto.

Gracias a Katherine por ser mi beta. Vicav no puede en un tiempo.


Evaluación Nacional de fin de Secundaria.

Ya estamos en semana de exámenes finales, que son decisivos.

Después de esto, entraremos en bachillerato. He escogido el general, aunque sé que algunos compañeros irán a otras modalidades. Yo aún no sé qué estudiaré. La esgrima no es para siempre.

La primera prueba es matemáticas. Una buena manera de empezar, a mi parecer, pues la más difícil la hacemos con la mente fresca y descansada.

Estamos en el Salón de Actos, junto a las otras clases del curso, ya que haremos los exámenes al mismo tiempo.

Puedo sentir el nerviosismo de mis compañeros. El subir y bajar de sus rodillas, el agitar de sus bolígrafos, el susurro de las hojas de apuntes y comprobaciones de calculadoras.

Yo estoy tranquila. He estudiado y tengo mi pluma. Tengo una tonta superstición: desde que mi madre me la regaló, hago todos los exámenes finales con esta pluma.

Aunque, con el calor que hace hoy, no me siento del todo bien. El ambiente es bochornoso y pesado.

El profesor de matemáticas pasa las hojas. No es el único en el lugar, sino que hay varios para poder vigilarnos a todos. Se parece un poco a cómo eran los exámenes en Japón, si no fuera por la temperatura.

El examen comienza y me resulta sencillo. Escribo rápido y segura, de manera que casi lo tengo terminado cuando falta un cuarto de hora para que termine el tiempo.

Pero todo se trunca cuando mi pluma se rompe.

No sé por qué, si he apretado demasiado fuerte o se ha dado un golpe y está endeble, pero la pluma que me regaló mi madre se rompe.

Y no sólo eso, que ya es preocupante de por sí, sino que la tinta se derrama por toda mi prueba.

Uno de los profesores lo ve y se acerca. Intenta limpiar la tinta con un pañuelo de papel, más no resulta.

– Profesor, ¿puedo repetir el examen?

El hombre me mira como si mi pregunta le extrañase.

– Claro que sí. Y te daremos más tiempo. Toma mi boli, te voy a traer un examen nuevo. Y un trapo.

Aunque no lo estaba antes, ahora sí me pongo un poco nerviosa, sin embargo, lo controlo rápido.

Miro mi pluma rota. No sé que le diré a madre.


La ruptura de mi pluma fue un sabotaje. O al menos, eso dice Longg.

Él estaba allí y conoce mi pluma. Cree que alguien la cortó por dentro parte que cuando yo apretase se partiera por la mitad.

Tengo una lista de sospechosos, aunque más que una lista, es una clasificación en una tabla de tres columnas: inocente, neutro y sospechoso.

En la primera he apuntado a Alix, Chloe y Adrien.

En la segunda categoría se encuentra casi toda la clase.

Y en la tercera, por un detalle, está Marinette. Ella es la única persona que sé que la ha tenido en sus manos. En realidad, eso no dice nada, no obstante, la hace diferente al resto y la única con oportunidad por ahora.

El problema ahora es contárselo a mi madre.

El curso se está acabando y la esgrima ya lo ha hecho. El único motivo por el que mi madre me dejaba salir era para las clases. Si se entera de que la pluma está rota, no me permitirá salir de casa y no tendré una excusa para hacerlo.

Tengo que poder salir, ya que toda la clase iremos a ver la elección de la pareja de jugadores de nuestra escuela que se presentará a la competición de videojuegos.

Yo no sabía de nada de esto hasta que Alix me invitó esta mañana porque Max competirá.

También estoy preocupada por ella. Hace dos días se dio un golpe muy fuerte en la cabeza y ayer faltó al instituto para hacerse un TAC. Le dijeron que no tenía nada grave, pero para que le realicen esa prueba, debió un gran impacto. Incluso los profesores hoy han estado más atentos a ella.

Respiro hondo y miro a Longg.

– Dar una mala noticia a tu madre e intentar pedirle algo después es una idea pésima, Kagami-san. – declara.

Soy consciente. Sin embargo, ya estoy mintiéndole mucho sobre todo lo de ser Ryuko y con excusas para ver a mis amigos. Y no me gusta.

Entro al salón, donde hoy mi madre sí está y escucha música clásica en la televisión. Al menos, está tranquila.

– Madre.

Llamo su atención y ella se gira más o menos hacia mí.

– Kagami. Quería hablar contigo.

Longg mira de una a otra. Yo tampoco sé qué puede querer. Espero que sea algo bueno.

– Hoy has empezado los exámenes de la Evaluación Nacional de fin de Secundaria. ¿Cómo te ha ido?

Sólo quiere saber sobre mis notas. Eso es algo que nunca me ha preocupado. Tengo buenas calificaciones.

– Bien, madre. Historia y francés han sido sencillos. Aunque, en matemáticas – Esas palabras hacen que la expresión de mi madre se torne tensa. Yo continúo. – he tenido un problema. La pluma que me regalaste se rompió y manchó la hoja de la prueba, por lo que tuve que repetirla.

Mi madre frunce el ceño, que se ve ligeramente por encima de las gafas.

– Habrás guardado los restos de la pluma. Dámelos.

Afortunadamente, tiene razón. He guardado los trozos en los que se ha convertido la pluma y los he traído.

– Me gustaría hablar de algo más. – digo tras entregarle la pluma. – El curso ya ha terminado y hoy hay una reunión de la clase para ver la clasificación de una competición de videojuegos, ya que hay un compañero que va a intentarlo. Yo quisiera asistir.

Mi madre toca las piezas que le he dado concienzudamente. Apenas me presta atención.

– Puedes ir.

Abro un poco mi camisa para que Longg se meta. Es incómodo, pero no se nos ocurre otra solución por ahora.

El kwami mira a mi madre. No entiendo qué les ocurre.


La competición de videojuegos es en la biblioteca de la escuela. Alix me explica que es porque son los institutos los que promueven esto.

Me resulta curioso, porque en Japón los videojuegos son para vagos que no quieren estudiar ni trabajar.

Hay bastante gente aquí.

No sólo Max quiere uno de los puestos, sino muchas otras personas, incluido Adrien.

– ¿Cómo has podido venir con patines? ¡Te diste un golpe en la cabeza hace unos días! – exclama el primero de los dos mientras se nos acerca.

– Estoy bien, papá.

Max frunce el ceño y mira a Kim.

– ¿Y tú no has hecho nada?

– La he llevado al estilo princesa por la escaleras. – sonríe el chico.

Adrien está un poco lejos, hablando con Nino. Creo que debería ir a saludarlo. No sabía que le gustasen los videojuegos.

– No te pedí que lo hicieras.

– Se lo pediste a Kagami.

Voy a saludarlo. De todas maneras, no quiero estar aquí oyendo a Alix y Kim discutir otra vez.

– ¿Kagami?

Aún menos cuando quieren que yo participe.

Adrien me ve llegar y sonríe. Nino me saluda con la mano.

– ¿Cómo es que estás aquí? – pregunta el rubio. – Creía que no te gustaban los videojuegos.

Siento como si alguien me mirase, esa extraña sensación de sentirse observada.

– Y no lo hacen. He venido con Alix. – Su expresión cambia por completo cuando la ve. Aún sigue enamorado. Y se supone que yo tengo que ayudarlo con eso, así que me pongo en medio. – ¿Y tú? No sabía que estabas interesado en los videojuegos.

Adrien sonríe de nuevo aunque le he tapado la vista de Alix.

– Hay muchas cosas que no sabes de mí.

– Tendré que remediarlo.

Su sonrisa es tan bonita, como modelo que es, que me hace querer devolverla y accidentalmente lo hago. Sale solo.

En cuanto me doy cuenta, la borro. Adrien frunce el ceño ligeramente.

– ¿A ti también te gustan, Nino?

Miro al chico, que parece sorprendido de que le pregunte. No sé por qué. Está aquí y es una persona. No voy a fingir que simplemente no existe.

– Eh, no especialmente. Es decir, están bien, pero no es mi cosa favorita para hacer.

Está hablando. ¿Cuál era el siguiente paso en mi aplicación para hacer amigos?

– ¿Cuál es?

– La música. Hago música y la subo a Internet.

– Tiene muchos seguidores. – comenta Adrien.

Si es así, debe ser bueno.

– No tantos. Todavía tengo mucho que mejorar.

– Me gustaría escuchar algo tuyo.

– Claro, aunque en otro momento.

Nino también sonríe. Eso es bueno.

No obstante, me sorprende lo diferente que es de Japón. Allí, la mayor parte de los estudiantes y padres prefieren es notas altas para entrar en la universidad y conseguir una carrera que dé un puesto fijo en una empresa.

Yo también tendré que hacerlo. No quiero vivir del dinero de mi familia toda mi vida.

El tiempo que dura clasificación, yo aplaudo aunque no entienda del todo qué ocurre. Lo que sí sé, es que Max gana todos los duelos que le tocan, al igual que Adrien y, inesperadamente, Marinette.

Es en el duelo contra ella que Max pierde. Es el que más tiempo dura. Varias veces parece que Max vaya a ganar. No obstante, al final no lo hace.

Tras perder se queda mirando su mando fijamente. Después se levanta y se marcha sin decir ni una palabra. Kim lo sigue.

Marinette celebra con Alya el haber ganado cuando Alix se dirige a ella.

– ¿Da verdad, Marinette? Nunca te han gustado los videojuegos y ahora, de repente, te gustan tanto que tienes que quitarle la oportunidad a Max en algo de lo que lleva hablando meses.

La muchacha abre la boca y se lleva la mano su corazón.

Y en ese momento lo sé. No es una buena persona. Me da la sensación.

No sé con qué intención ha hecho esto, pero sí que no ha considerado los sentimientos de Max.

Eso hace que mi duda sobre la pluma se convierta en sospecha real.

– Yo no se lo he quitado. He ganado de forma legítima. – dice Marinette.

– ¿Y no has pensado que, si a ti no te importa, podrías perder a posta para hacerlo feliz?

– ¡Pero la competición sí es importante para mí! Mucho. – añade mirando a Adrien, que parece no darse cuenta.

Es eso. Quiere estar cerca de Adrien, por ello, ha destrozado el ánimo de Max hoy.

Un ánimo que nunca había sido tan bajo en él, un chico de nuestro instituto que aún no se ha akumatizado.

Salgo de la biblioteca y corro escaleras abajo.

Kim ha ido con Max, por lo que algo lo retrasará, más no creo que esté capacitado para tranquilizar a alguien. Kim no es muy inteligente y no podría darle argumentos a Max sobre por qué debería estar tranquilo.

Los encuentro no muy lejos del instituto, discutiendo acaloradamente.

– ¿Cómo te atreves a decirme eso? ¡Te pasabas todo el día retando a todos por cualquier rollo! ¡Tienes que apoyarme!

Sus gritos se oyen desde varios pasos de distancia.

– Puede que me encanta retar a la gente, pero acepto cuando pierdo. Si no, no hubiera retado tanto a Alix.

Max tiene la cara roja y entonces, veo una mariposa acercarse.

Empiezo a alejarme. Tengo que buscar un sitio donde esconderme para transformarme.

– ¡Kim, corre! – lo aviso. Él también tiene que reconocerla, ha sido akumatizado anteriormente.

Pasan unos segundos antes de le oiga gritar.

– ¡Akuma!

Tras eso, toda la gente que hay en esta calle se alarma y corren de un lado a otro en completo caos.

Esta debería ser una buena manera de esconderme sin llamar la atención.

Pero no me es posible, ya que Kim me hace un placaje y me doy un buen golpe contra el suelo. Levanto la cabeza justo a tiempo para ver cómo un láser da a una mujer y ésta desaparece.

Eso iba para mí.

Kim se levanta aprisa y tira de mí. Entramos en una tienda, llamando mucho la atención, y nos escondemos tras un expositor.

– Gracias. – le digo.

Él asiente.

– Gracias a ti. No me puedo creer que Max...

– Tranquilo, Triple Súper lo salvará.

– Lo sé, no es eso lo que me preocupa.

No entiendo qué lo hace, entonces. Me gustaría saberlo, pero no somos tan cercanos como para preguntarlo.

Tengo que separarme de él, aunque no sé cómo.

Todos a nuestro alrededor se esconden y tiemblan. Están aterrados.

La puerta del negocio se abre con un sonido de campanita, ya que esta tienda no es de una cadena comercial.

– El akuma ya ha pasado por aquí. Podéis iros.

Es la voz de Bunnyx.

La gente escapa en el momento en que lo dice. Excepto Kim, que quiere hablar con Bunnyx.

Yo salgo a la calle, dónde ya no queda gente. Aún así, no confío en que no me vean.

Me escondo en el callejón donde vi a Bunnyx por primera vez y aquí me transformo.

Escalo hasta la parte superior del muro, y desde aquí, me desplazo de un tejado a otro.

Al tiempo, Queen Bee se une a mí.

– ¿Lo has visto? – pregunta.

Yo niego con la cabeza. Es cierto, en realidad no lo he visto, a pesar de haberme encontrado justo a su lado.

– ¿Y tú?

– No. Por eso te he preguntado.

Veo una luz verde brillante, y de repente, una pirámide gris se alza sobre los tejados. Tiene una ventana verde a uno de sus lados y extremidades articuladas de metal.

Esa cosa tan grande es Max.

– ¿Qué es eso? – se sorprende Queen Bee.

– Una especie de robot gigante inspirado en "La guerra de los mundos". – contesta Bunnyx, que aparece de la nada.

– ¿Lo has visto?

Ella asiente.

– Lanza láseres que hacen desaparecer a la gente y se hace más grande.

– Los absorbe. – declara Queen Bee.

– Eso parece.

¿Cómo lo derrotaremos? Un akuma así parece un contrincante muy difícil. Además, no veo el objeto akuma, pues no hay nada que desentone, y no puede ser su arma porque ésta es todo.

Debería haber mirado más tiempo.

– Ah, y el chico Dark Cupid me ha dicho cuál es el objeto akuma, ya que ese de ahí es su amigo. Son... gafas. No tengo ni idea de dónde pueden estar, pero no creo que mintiera.

¿Gafas? Ahí no hay gafas. Apenas se puede hablar de que tenga siquiera cara.

Nos acercamos un poco más al akuma, y entonces veo a Alya escondida tras una esquina, grabando.

¿Qué hace ahí? ¿Cuán temeraria puede ser esta chica? Sé que no le agrado. Aún así, no puedo dejarla desprotegida ante un akuma. Todos los civiles merecen que les protejamos, por lo que la voy a alejar del lugar.

Salto del edificio aplicando poca fuerza, ya que no quiero volver a destrozar la acera. Mis compañeras no dicen nada. Es probable que Bunnyx esté haciendo un plan con mi impulsiva acción.

– ¿Qué haces aquí?

La chica se gira cámara en mano.

– Grabar al akuma.

– No puedes quedarte aquí. Todos huyen y tú estás quieta. Te pones una diana en la cabeza.

Alya me ignora y apunta la cámara hacia los tejados, buscando a mis compañeras.

Si no me escucha, no me queda más remedio que llevármela a la fuerza.

La agarro por las piernas y la cuelgo sobre mi hombro como un saco de patatas, así le será difícil soltarse. Además, tengo mucha más fuerza que ella.

– ¡Eh! ¿Qué haces?

– Agarra bien tu cámara.

Un cubo de basura y una farola son suficientes saltos combinados para llegar al balcón de una casa y desde ahí, subir al tejado.

Alya grita cuando empiezo a saltar, llamando la atención del akuma. Ahora sí somos una diana.

Max nos dispara un láser y lo esquivo, aunque con Alya a cuestas es más difícil.

– Lady Wifi, tú avisas a dónde apunta. No puedo mirar atrás todo el tiempo.

– Vale. Puedo hacerlo.

Más que confirmarlo, parece intentar convencerse, pero no digo nada. Sólo espero que salga bien.

Alya lo consigue un par de veces. El resto del tiempo no recibimos más ataques, pues Bunnyx y Queen Bee. Creo que envolverlo con el cable de la peonza, aunque no puedo verlo bien en la distancia.

Ahora debo decidir qué hacer con ella. A mi parecer, lo mejor es dejarla en casa y que sus padres la vigilen.

– ¿Dónde vives?

– No te lo voy a decir. Quiero filmar al akuma. Mi blog necesita imágenes de acción dónde salváis gente y vencéis a Lepidóptero.

– Ya las tienes. Si no vas a decirme dónde vives, te dejaré en otro sitio.

Como la estación de policía, con profesionales que pueden mantenerla a raya.

Estamos justo sobre una en este momento.

Los policías se sorprenden al verme. No tenemos mucha relación con ellos.

– He traído a esta chica porque se niega a alejarse del akuma. Por tanto, la pido que la mantengáis aquí hasta acabar con el asunto.

La coloco en el suelo y hombre con aspecto familiar viene hacia nosotras.

– Hola, señor Raincomprix. – lo saluda Alya. Es el padre de Sabrina. Después, se dirige a mí. – No es justo que me traigas aquí.

– Sí lo es. – afirmo con contundencia. – Mi deber es mantenerte a salvo, a ti y todos. Eso estoy haciendo.

Este es mi papel. Por esto tengo el prodigio. Sería una desfachatez por mi parte tenerlo sólo por gusto y para hacer lo que me plazca.

Encontrar al akuma es más fácil que la vez anterior, pues ahora tiene un tamaño aún mayor. Pensé que nos compañeras se encargaron de él. Evidentemente, me he equivocado.

La escena con la que me encuentro es curiosa: Queen Bee lo tiene atado por las piernas y Bunnyx da saltos alrededor de su cabeza mientras el robot intenta atraparla.

– ¿Qué hacéis? – pregunto a la abeja.

Ella tira del cable con esfuerzo. Tiene la cara apretada.

– ¿Me ayudas?

Me pongo al lado sus y tiro del cable también. No pincha. Queen Bee mintió al akuma de Mylene.

– Hemos descubierto que esto no es el akuma. – explica. – Él está dentro de esa pirámide, lo vimos a través de la ventana. Bunnyx lleva intentando romperla desde entonces.

El robot se mueve y nosotras nos tambaleamos para seguir sujetándolo.

– ¿Y si lo electrocutas? Podrías dejarlo sin energía.

¿Cómo puede sugerir eso? Podría matarlo. Casi mato a las víctimas de Darkblade. Max también está envuelto en metal. No lo usaré.

Tampoco el agua, ya que es un robot y podría tener electricidad propia.

– No. Bunnyx lo conseguirá.

En el momento en que lo digo, el akuma lanza a la chica tan lejos que no la vemos caer. Después, desata el cable de sus piernas con facilidad y nos arroja en la dirección contraria.

La fuerza con la que nos lanza provoca que atravesamos la parte superior de varios edificios. Al aterrizar me pica la espalda.

No es la primera vez que un akuma me lanza contra objetos más grandes, aunque las otras ocasiones no me ha afectado, ya que las paredes no son mágicas. Pero el akuma sí. Puede que dependa de la fuerza que aplique.

– ¿Tenías que gafarnos? – dice Queen Bee al levantarse.

La magia existe, más no creo que un simple deseo mío vaya a influir en los resultados.

– Debemos encontrar a Bunnyx.

Queen Bee me agarra de la cintura y usa su peonza para llegar al tejado del edificio más cercano.

– ¿A ti también te ha picado? – pregunta.

Asiento.

– Eso quiere decir que no somos tan inmunes a los objetos no mágicos como creíamos.

Y puede que Bunnyx esté peor que nosotras.

La encontramos en mitad de la calle, mirando a nada en especial.

– ¡Bunnyx! – llama la abeja.

Ella se sacude y alza la cabeza en nuestra dirección.

– Gamer ha ido al estadio del París Saint Germain.

No voy a preguntar por qué lo sabe, sino cómo se han comunicado con Max.

– ¿Habla?

– ¿Que si habla? ¡Es uno de los más divos! – se queja Queen Bee. – Ese robot tiene altavoces. Y se puso a hablar no sé qué cosa de que él es el mejor y nos va a derrotar a su manera y con público.

– No sé con qué derecho llamas divo a otra persona cuando tú te nombras reina a ti misma. – contesta Bunnyx.

Van a discutir. Ahora, de todos los momentos. Me adelantaría si no fuera porque no sé dónde se encuentra el estadio.

– ¿Alguna de vosotras sabe llegar? – las interrumpo. Las dos asienten. – Guiadme, entonces.

El estadio está lejos. Al llegar, vemos que Gamer sobresale un poco por encima de las gradas.

– ¿Quiere un combate de gladiadores?

Los gladiadores eran esclavos obligados a luchar a muerte entre sí o contra un animal para divertimento de la gente.

Es una manera indirecta de decirnos que somos esclavas. Esclavas de París, y aun así nos reprochan. Él también lo es, de Lepidóptero. O puede que sea un autoracti y nuestro enemigo su lanista.

– Esto trata sobre un espectáculo. Si le damos uno, estará contento. – afirma Queen Bee.

– Primero, entremos. Pensaré un plan. No creo que esa sea su única regla.

Bunnyx nos agarra de las manos a cada una y salta, muy alto y muy lejos. Mucho más que mis máximos cuatro metros.

La sensación es un tirón al principio. Luego siento un momento de casi ingravidez, como si estuviéramos flotando en medio de París. Dura un instante, seguido de la irrefrenable precipitación hacia el suelo siendo mi cuerpo un peso muerto.

Veo el verde del césped, el estadio lleno. Bunnyx nos suelta y se prepara para aterrizar. Yo también. No causaríamos buena impresión llegando de manera poco elegante. Y esta vez, tenemos público.

Rodilla en el suelo, un poco inclinada hacia delante y apoyo la mano. Saco mi espada en un movimiento rápido. Mis compañeras hacen lo propio con sus armas.

Gamer está a cierta distancia, más desde aquí puedo saber que mi espada no corta sus extremidades. Es demasiado pequeña en comparación.

La audiencia, por lo que veo son hinchas del equipo, ya que están vestidos de azul. Eso quiere decir que Gamer usa a la gente que ha absorbido para otro asunto, relacionado con su tamaño.

Otro motivo para no usarla.

– No. Así, no. Mi combate, mis normas.

Gamer dispara un láser en nuestra dirección, que las tres evitamos y da en el suelo.

Del lugar donde ha dado sale esa especie de humo que transforma a los akumas. Nos alejamos, sin embargo, a nuestra espalda también está la misma negrura. Un círculo que nos envuelve.

La magia negra nos apresa y una oleada de ira y tristeza me ciega por un momento.

Aunque se va, dejando una cabina con tres ventanas que dejan ver que estamos a gran altura. Frente a cada una hay un asiento. Bajo ellas, se encuentra una serie de mandos y botones.

Tenemos que imitarlo y luchar a través de un robot gigante.

– Ya sé lo que vamos a hacer. – declara Bunnyx.

– ¿Sí? No me digas. Yo también puedo figurármelo a estas alturas. Un combate de robots gigantes. Su nombre es muy adecuado, porque vaya friki.

– ¿Has dejado ya de quejarte? – Queen Bee se cruza de brazos. En mi aplicación dice que eso es una barrera. – Tú y yo nos quedaremos aquí, manejando esta cosa, mientras Ryuko se cuela en su cabina y lo desakumatiza.

Bunnyx se da la vuelta y me mira. Va a explicar cómo entrar ahí, porque a mí no se me ocurre una manera.

– Yo no sé usar esto. ¿Tú sí? – replica Queen Bee. Bunnyx la ignora.

– Gamer debe tener un sistema de ventilación, si no, se moriría de asfixia. Tú sólo hazte viento y entra por ahí.

– ¿Y para salir de aquí?

– Usa el agua. Nosotras también debemos tener uno. La gravedad te llevará al suelo.

No puedo. Este robot es eléctrico. Si lo hago, no sólo lo estropearé, y por tanto al plan, sino que las mataré por descarga eléctrica.

Una punzada de dolor en el pecho me atraviesa al pensarlo.

– ¿No hay otro modo?

– Tranquila. No nos harás daño.

¿Cómo lo sabe?

No me da tiempo a preguntarlo, pues un golpe nos sacude. Caemos al suelo, pero tanto Queen Bee como Bunnyx se recuperan rápido y se sientan en los dos asientos de los extremos.

Busco la rejilla de ventilación, que encuentro al fondo de la cabina.

Recibimos otro golpe, que me hace perder el equilibrio de nuevo.

Espero que sea suficiente distracción.

– Dragón de agua.

En mi camino al suelo siento chocar contra algo frío varias veces. El metal de magia negra del robot, que parece oxidarse donde lo toco.

De esta manera, me resulta más fácil saber que llego al césped.

Me alejo todo lo que puedo, con bastante dificultad, ya que si recobro mi forma y me aplastan, moriré.

Espero que ninguno de estos civiles grite cuando me vea. Eso podría alertar a Gamer. Pasó una vez con Reflekta y fue un gran obstáculo.

Me reformo y observo al akuma. No parece tener ninguna rejilla de ventilación exterior.

Tiene que ser de otra forma. Debo darme prisa. Las está machacando.

Y lo veo, ahí, justo cuando estira el brazo hacia atrás para dar otro golpe. Hay en hueco en la articulación del hombro.

– Dragón de viento.

Gamer no se lo espera. Me acusa de jugar sucio, sin respetar las reglas. Yo le arrebato sus gafas, que tienen forma de mariposa, con facilidad.

Acabar con este akuma hubiera sido mucho más rápido si Alya no hubiera estado en medio.


Han pasado varios días. Los exámenes han terminado y yo tengo una extraña quemadura en la mano, de la que no me percaté hasta llegar a casa por la adrenalina de la pelea. Mi madre sí, ya que había llegado a la conclusión de que la tinta de la pluma era tóxica.

Por ahora estoy bien. Fuimos al médico y me recetó un tratamiento.

– ¡Vamos, Equipo M! – grita Alya. Es ruidosa. La puedo oír sin dificultad, a pesar del gentío y la considerable distancia que nos separa.

Pero no me gusta animar a la chica que creo culpable. Aunque, como no tengo pruebas, no puedo juzgarla. Inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Adrien ha renunciado a su puesto en el dúo. Sabe que para Max es muy importante y para él no tanto. Sólo quiere hacerlo sentir mejor.

Es tan amable. Me reafirma la idea de que no todos se mueven por interés propio y que existe la gente realmente buena.

Él lo es.

Y no creo a Nadja. No estoy tan alejada de la realidad. Ella tiene la opción de no apoyar el mal y elige hacerlo. La decisión de no hacerlo siempre existe, pero para ello, hay que tener principios de verdad. Algo de lo que a mi parecer, carece.

Observo a Adrien, su sonrisa por hacer feliz a los demás. Una sonrisa distinta a sus fotografías, auténtica. Contagiosa.

Abre la boca como si fuera a decir algo y se gira hacia mí.

Por un momento se queda parado, pero después vuelve a sonreír. Levanta una mano y la acerca a mi cara.

Me aparto un poco.

– ¿Qué haces?

Adrien ladea la cabeza. Muy posiblemente no me ha escuchado con tantos gritos y se inclina más cerca de mí, para susurrarme al oído.

– Tienes pintalabios en los dientes. Tengo las manos limpias.

– ¿Tanta confianza tienes de tocar mis dientes?

– ¡Claro! ¿No sabes que soy dentista? – Se separa sólo para guiñarme un ojo, bromeando. – Ahora en serio. Me ha pasado antes y es muy incómodo.

Eso era. Él es modelo y habrá ayudado a compañeras. O habrá ocurrido a él. A los modelos le ponen mucho maquillaje.

Le enseño los dientes y él lo hace. Una vez más, siento una confianza incómoda, y por su sonrojo, Adrien también.

Después de un momento, se separa un poco y mira mis dientes antes de asentir.

Paso la vista por mi alrededor. Nadie nos está mirando con expresión extraña, por lo que no nos han visto.

– Estoy pensando en dejar de llevar maquillaje.

Mi cara ya casi está curada: el moratón de mi mejilla tiene un color amarillo leve. Y nunca me ha gustado el maquillaje, es como ocultar tu rostro tras una máscara. Es falso.

– ¿Por qué? – pregunta mi amigo.

– Porque estoy fea. La reacción de la gente me lo dice.

Esa es la tercera razón. No me gusta que se rían de mí, y aunque no soy vanidosa, prefiero estar guapa.

– Tú nunca estás fea. Aunque si te quieres quitar el maquillaje, hazlo. De todas maneras, es malo para la piel y sé de lo que hablo.

"Tú nunca estás fea". Eso hace que mis mejillas se calienten. ¿No se da cuenta de lo que ha dicho?

Un montón de aplausos y jaleo estalla a nuestro alrededor.

Max ha ganado.


N/A

1: La escuela secundaria en Francia y se divide en collège y lycée, que aunque tenga una duración diferente a la española, se corresponden a la ESO y Bachillerato. Este examen es el paso de una a otra. No sé la equivalencia en América.

2: No sé dónde se harían los exámenes allí, así que he puesto el lugar donde se hacían en mi instituto.

3: Voluntario y su entrenador.

Respuestas a comentarios:

Hola, Manu.

¿No lo había dicho? Ya lo he cambiado en la información de la historia.

Lo que cuentas del creador suena bastante perturbador de varias maneras distintas.

Yo Netflix no veo ahora. A lo mejor en vacaciones. Por ahora tengo muchos trabajos que hacer.

Hasta la próxima.