Ni la historia ni los personajes me pertenecen.


Capítulo 3

No podía haberlo escuchado bien. No había forma de que planeara hacer lo que había dicho.

—Nadie se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde —dijo— Estarás fuera de su alcance, como todos los demás que los Ascendidos se han llevado.

—Eso... eso ni siquiera tiene sentido—dije, atónita cuando me di cuenta de que hablaba en serio.

—¿No lo tiene?

—¡No! —exclamé— Por varias razones. Empezando por cómo planeas llevarme ahí.

Obito me sonrió y mi inquietud creció.

—Sakura, querida, ya no estás dentro de los Pilares de Atlantia. Estás en la Cripta de los Olvidados, en lo profundo de las Montañas Skotos. Si alguien se entera de que estás aquí, no te encontrarán. Para entonces ya nos habremos ido.

Mi interior se enfrió mientras la incredulidad aumentaba.

—¿Cómo pasaste a las Guardianas?

—Aquellas que desconocían nuestra presencia sintieron el beso de la sombra.

—¿Y las que no?—pregunté, adivinando ya lo que les había pasado— ¿Mataste Guardianas?

—Hicimos lo que teníamos que hacer.

—Dioses —susurré, tragando la ira y el pánico que se arremolinaban dentro de mí— Ellas protegían a Atlantia. Ellas…

—Ellas no eran las verdaderas Guardianas de Atlantia —me interrumpió— Si lo fueran, te habrían matado en el momento en que apareciste.

Mi labio se curvó mientras obligaba a que mi respiración se mantuviera uniforme.

—Incluso si me entregas a ellos, ¿cómo no seré el problema de Atlantia si me devuelves a las personas que planean usar mi sangre para hacer más vampiros?

Levantó el peso de su mano y se sentó derecho.

—¿Es eso lo que planean?

—¿Qué más planearían hacer? —exigí.

De repente, recordé las palabras de la duquesa Teerman en Spessa's End. Ella había afirmado que la reina Kaguya estaría encantada de saber que me había casado con el Príncipe. Que sería capaz de hacer lo que ella nunca había podido hacer: destruir el reino desde dentro. Antes de que pudiera permitir que esas palabras se mezclaran con lo que Obito había dicho sobre mí como una amenaza, las aparté. La duquesa Teerman había dicho muchas mentiras antes de morir, empezando por lo que había dicho sobre la reina Kaguya, una vampira incapaz de tener hijos, siendo mi abuela. También afirmó que Matsuri había pasado por la Ascensión, usando la sangre del Príncipe Itachi. Tampoco podía creer eso.

Obito me miró en silencio por un momento.

—Vamos, Sakura. ¿De verdad crees que los Ascendidos no tienen idea de que tuvieron al descendiente de Jiraya en sus garras durante casi diecinueve años? ¿Más incluso?

Sasori.

Me quedé sin aliento. Estaba hablando de Sasori.

—Me dijeron que Sasori Ascendió.

—Yo no tendría conocimiento de eso.

—¿Pero crees que la reina Kaguya y el rey Zetsu sabían que somos descendientes de Jiraya? —Cuando no dijo nada, luché contra el impulso de lanzarme sobre él— ¿Qué cambia ese conocimiento de todos modos?

—Podrían usarte para hacer más vampiros —Estuvo de acuerdo— O saben de lo que eres capaz. Saben lo que se ha escrito sobre ti y planean usarte contra Atlantia.

Mi estómago se hundió. La idea de ser entregada a los Ascendidos era lo suficientemente aterradora. ¿Pero ser utilizada contra Atlantia, contra Sasuke?

—Entonces déjame preguntarte de nuevo, ¿cómo no es ese problema de Atlantia si ellos...? —Salté hacia atrás contra la pared, mis ojos agrandándose— Espera un minuto. Dijiste que muy poca gente sabía lo que Madara podía hacer, que mis dones eran como los suyos. Podrían haber adivinado que Sasori y yo teníamos sangre de un dios en nosotros, pero ¿cómo iban a conocer nuestro linaje? —Me incliné hacia adelante tanto como pude— Estás trabajando con los Ascendidos, ¿no es así?

Sus labios se tensaron.

—Algunos Ascendidos estaban vivos cuando Madara gobernó.

—Para cuando Zetsu luchó contra los Atlánticos en Pompay, Madara ya no estaba sentado en el trono —dije— No solo eso, sino que fue capaz de mantener a la gran mayoría de los Atlánticos en la oscuridad sobre sus habilidades, sobre de quién descendía. ¿Pero algún Ascendido al azar lo sabía? ¿Uno que logró sobrevivir a la guerra? Porque seguro que no era Zetsu o Kaguya. Ellos vinieron de las Islas Vodina, donde estoy dispuesta a apostar que Ascendieron —Mi labio se curvó con disgusto— Dices que eres un verdadero Protector de Atlantia, pero has conspirado con sus enemigos. ¿La gente que mantuvo cautivos a tus dos príncipes? ¿La gente…?

—Esto no tiene nada que ver con mi hija —dijo, y apreté los labios— Todo lo que he hecho, lo he hecho por la Corona y por el reino.

¿La Corona? Una frialdad horrible se extendió por mi pecho mientras mi mente daba vueltas de un descubrimiento a otro. Abrí la boca y luego la cerré antes de hacer la pregunta de la que no estaba segura de querer saber la respuesta.

—¿Qué? —preguntó Obito— No hay necesidad de fingir silencio ahora. Ambos sabemos que eso no es quien eres.

Mis hombros se tensaron mientras levantaba mi mirada hacia la suya.

—¿Sabían los padres de Sasuke que ibas a hacer esto? —Habían peleado en el Templo, pero eso podría haber sido un acto— ¿Lo sabían?

Obito me estudió.

—¿Importa?

Lo hacía.

—Sí.

—Ellos no saben sobre esto —dijo— Es posible que hayan especulado que nuestra… hermandad se había levantado una vez más, pero no participaron en esto. No les gustará de lo que he formado parte, pero creo que llegarán a ver la necesidad de ello —Inhaló profundamente por la nariz e inclinó la cabeza hacia atrás— Y si no lo hacen, también serán tratados como una amenaza.

Mis ojos se ampliaron una vez más.

—Tú... estás dando un golpe de estado.

Su mirada se disparó de nuevo a la mía.

—No. Estoy salvando Atlantia.

—¿Estás salvando Atlantia trabajando con los Ascendidos, poniendo a la gente del reino en un peligro aún mayor y derrocando o haciendo algo peor a la Corona si no están de acuerdo con tus acciones? Eso es un golpe de estado. Eso también es traición.

—Solo si has jurado lealtad a las cabezas sobre las que se asienta la corona — respondió— Y no creo que lleguemos a eso. Mikoto y Fugaku saben que proteger Atlantia puede significar participar en algunos de los actos más desagradables.

—¿Y crees que Sasuke estará de acuerdo con esto? —exigí— ¿Que después de que me entregues alos Ascendidos, él simplemente se rendirá y seguirá adelante? ¿Que se casará con tu sobrina nieta después de que tu hija...?

Me interrumpí antes de exponer lo que Naori había hecho realmente. Retener eso no era por su bien. Dioses, no. El deseo de ver su rostro cuando se enterará de la verdad de lo que había hecho su hija me quemaba salvajemente, pero me detuve por respeto a Sasuke, por lo que él había tenido que hacer.

Obito me miró con la mandíbula apretada.

—Hubieras sido buena para Sasuke, pero nunca hubieras sido mi hija.

—Tenlo por seguro —dije, mis uñas clavándose en mis palmas. Me tomó varios momentos confiar en mí antes de hablar de nuevo— Sasuke me eligió. No se dará la vuelta y se casará con tu sobrina nieta u otro miembro de la familia que puedas arrastrar ante él. Todo lo que estás haciendo es hacer que arriesgue su vida y el futuro de Atlantia. Porque vendrá por mí.

Ojos pálidos se encontraron con los míos.

—No creo que llegue a eso.

—Te engañas si crees eso.

—No es que crea que se rendirá contigo —dijo— Simplemente no creo que tenga la oportunidad de organizar un intento de rescate.

Todo mi cuerpo se bloqueó.

—Si lo lastimas...

—No harás nada, Sakura. No estás en posición de hacer nada —señaló, y tragué un grito de rabia y frustración— Pero no tengo planes de dañar al Príncipe. Y rezo a los dioses para que no llegue a eso.

—¿Entonces que…? —Entonces se me ocurrió— ¿Crees que los Ascendidos me matarán?

Obito no dijo nada.

—Estás delirando —Incliné mi cabeza hacia atrás contra la pared— Los Ascendidos me necesitan. Necesitan sangre atlántica.

—Dime, Sakura, ¿qué harás cuando estés en sus manos? En el momento en que te liberes de los huesos. Los atacarás, ¿no es así? Matarás a tantos de ellos como puedas para liberarte y regresar con nuestro Príncipe.

Él estaba en lo correcto. Mataría a todos los que se interpusieran entre Sasuke y yo porque merecíamos estar juntos. Merecíamos un futuro, una oportunidad de explorar los secretos del otro. De amarnos el uno al otro. Merecíamos simplemente... vivir. Haría cualquier cosa para asegurarlo.

Obito siguió mirándome.

—¿Y qué crees que es lo único que los Ascendidos valoran por encima del poder? Supervivencia. No tendrán estos huesos para retenerte. Y si creen que no pueden controlarte, si piensan que eres demasiado riesgo, te acabarán. Pero antes de que eso suceda, imagino que te llevarás a muchos contigo.

Asqueada, obligué a mis manos a relajarse.

—¿Matar dos pájaros de un tiro?

Él asintió.

—Incluso si tienes éxito, tu plan aun fallará. ¿Crees que Sasuke no sabrá que tú y todos los demás "supuestos Protectores" me entregaron a ellos? ¿Que los lobos no lo sabrán?

—Todavía existe el riesgo de un levantamiento —admitió— Pero es uno pequeño. Verás, les haremos creer que escapaste de tu cautiverio y caíste en manos de los Ascendidos. Nunca sabrán que te entregamos a ellos. Dirigirán su ira hacia los Ascendidos, donde siempre debería haber estado. Todos los Ascendidos serán asesinados y cualquiera que los apoye caerá junto con ellos. Atlantia recuperará lo que nos pertenece. Volveremos a ser un gran reino.

Algo en su forma de hablar me decía que sentiría orgullo y arrogancia en él si pudiera usar mi don. También tenía la sensación de que sentiría sed de más. No creía, ni por un segundo, que su única motivación fuera salvar Atlantia. No cuando su plan ponía al reino en mayor riesgo. No cuando su plan podría beneficiarlo si sobrevivía a esto.

—Tengo una pregunta —le pregunté mientras mi estómago vacío gruñía. Arqueó una ceja— ¿Qué pasa contigo si Itachi o Sasuke se convierten en rey? ¿Seguirás siendo un asesor?

—Sería quien elija el Rey o la Reina. Por lo general, es un lobo unido o un aliado de confianza.

—En otras palabras, ¿no serías tú? —Cuando Obito se quedó en silencio, supe que había dado con algo— Entonces, ¿cualquier influencia que tengas sobre la Corona, sobre Atlantia, podría reducirse o perderse?

Él permaneció en silencio. Y dado que Minato era quien hablaba por los lobos, ¿qué efecto tendría Obito? ¿Y qué tipo de poder quería ejercer?

—¿A qué quieres llegar, Sakura?

—Al crecer entre la Realeza y otros Ascendidos, aprendí desde muy joven que cada amistad y conocido, cada fiesta o cena a la que una persona era invitada u organizaba, y cada matrimonio ordenado por el Rey y la Reina eran todos movimientos de poder. Cada elección y decisión se basaba en cómo se podía retener el poder o influencia o ganarlos. No creo que sea un rasgo solo de los Ascendidos. Lo vi entre los mortales ricos. Lo vi entre los Guardias Reales. Dudo que los lobos o los atlánticos sean diferentes.

—Algunos no lo son —confirmó Obito.

—Crees que soy una amenaza por la sangre que llevo y por lo que puedo hacer. Pero ni siquiera me has dado la oportunidad de demostrar que no soy solo la suma de lo que hicieron mis antepasados. Puedes elegir juzgarme en función de lo que he hecho para defenderme y defender a los que amo, pero no me arrepiento de mis acciones —le dije— Es posible que no puedas sentir el Primalnotam, pero si planeaste que Sasuke se casara con tu sobrina nieta para unir a los lobos y a los atlánticos, entonces no veo por qué no apoyarías esta unión. Darle la oportunidad de fortalecer la Corona y Atlantia. Pero eso no es todo lo que quieres, ¿verdad?

Sus fosas nasales se ensancharon mientras continuaba mirándome.

—El padre de Sasuke quiere venganza, al igual que tú. ¿Cierto? Por lo que le hicieron a tu hija. Pero Sasuke no quiere la guerra. Tú lo sabes. Está tratando de salvar vidas incluso mientras gana tierras. Al igual que hizo con Spessa's End.

Eso era lo que había planeado Sasuke. Negociaríamos por la tierra y la liberación del príncipe Itachi. Buscaría a mi hermano y lidiaría con lo que se hubiera o no convertido. El rey Zetsu y la reina Kaguya no permanecerían en el trono, ni siquiera si aceptaban todo lo que Sasuke les propusiera. No podían. Él los mataría por aquello a lo que habían sometido a su hermano y a él. Curiosamente, la idea de eso ya no me hacía retorcerme de conflicto. Todavía era difícil reconciliar a la Reina que se había preocupado por mí después de que mis padres murieran con la que había torturado a Sasuke y a muchos otros, pero había visto lo suficiente para saber que su trato hacia mí no era suficiente para borrar los horrores que ella había infligido a otros. Pero ahora, si Obito se salía con la suya, ese plan nunca podría convertirse en realidad.

—Lo que hizo con Spessa's End fue impresionante, pero no es suficiente —dijo Obito con voz plana— Incluso si pudiéramos recuperar más tierra, no sería suficiente. El Rey Fugaku y yo queremos que Solis pague, no solo por nuestras pérdidas personales, sino también por lo que los Ascendidos les han hecho a muchos de nuestra especie.

—Eso es comprensible —Darme cuenta de en lo que Sasori podría haberse convertido ya era bastante difícil. Pero también Matsuri, ¿mi amiga que era tan amable y estaba llena de vida y amor? Si la hubieran convertido en una Ascendida como afirmó la duquesa Teerman, sería difícil para mí no querer ver a Solis arder— Entonces, no eres partidario del plan de Sasuke. Quieres sangre, pero más importante, quieres la influencia de obtener lo que quieres. Y ves ese poder deslizándose entre tus dedos a pesar de que yo no he hecho un solo reclamo por la Corona.

—No importa si quieres la Corona o no. Mientras vivas, es tuya. Es tu derecho de nacimiento, y los lobos se asegurarán de que se vuelva tuya —dijo, hablando de su pueblo como si ya no fuera uno de ellos. Y tal vez no se sentía como si lo fuera. No lo sabía y no me importaba— Al igual que era de Sasuke. No importa si detestas la responsabilidad tanto como el Príncipe lo hace.

—Sasuke no detesta la responsabilidad. Estoy segura de que él ha hecho más por la gente de Atlantia en su vida de lo que tú has hecho desde que rompiste tu juramento a Madara —respondí, enfurecida— Él solo…

—Se niega a creer que su hermano es una causa perdida y, por lo tanto, se niega a asumir la responsabilidad del trono, lo que hubiera sido lo mejor para Atlantia —Un músculo hizo tic en su mandíbula— Entonces, depende de mí hacer lo que es mejor para el reino…

—¿Tú? —Me reí— Quieres lo que es mejor para ti. Tus motivaciones no son altruistas. No eres diferente a cualquier otra persona hambrienta de poder y venganza. ¿Y sabes qué?

—¿Qué? —ladró mientras su fachada de calma comenzaba a resquebrajarse.

—Este plan tuyo fracasará.

—¿Eso crees?

Asentí.

—Y no sobrevivirás a esto. Si no es por mi mano, entonces por la de Sasuke. Va a matarte. Y no te arrancará el corazón del pecho. Eso será demasiado rápido e indoloro. Hará que tu muerte duela.

—No he hecho nada por lo que no esté dispuesto a aceptar las consecuencias — respondió, levantando la barbilla— Si la muerte es mi destino, que así sea. Atlantia todavía estará a salvo de ti.

Sus palabras me habrían inquietado si no hubiera visto la forma en que apretó la boca o cómo tragó. Sonreí entonces, justo como lo había hecho cuando miré al duque Teerman.

Obito se levantó de repente.

—Mi plan podría fallar. Eso es posible. Sería una tontería no tenerlo en cuenta. Y lo tengo —Me miró desde arriba— Pero si falla, no volverás a ser libre, Sakura. Preferiría ver una guerra entre mi gente que tener la corona sobre tu cabeza, y desatarte sobre Atlantia.

ZzzzZzzzZ

En algún momento, me trajeron comida, cargada por un hombre o una mujer con la máscara de bronce de un Descendiente. Colocaron la bandeja justo a mi alcance y luego retrocedieron rápidamente sin decir una palabra, dejándome preguntándome si Obito y estos Protectores habían jugado un papel en el ataque al Rito. Sasuke no había ordenado que el ataque se llevara a cabo en nombre del Oscuro, pero había sido organizado y bien planeado independientemente. Alguien había prendido fuego para alejar a muchos de los Guardias del Rise, algo de lo que Akatsuki podría haberse asegurado de que sucediera.

Apreté la mandíbula mientras miraba el trozo de queso y el trozo de pan envueltos en un paño suelto junto a un vaso de agua. Cuando Sasuke se enterara de que no solo Obito lo había traicionado, sino que Akatsuki también lo había hecho, su rabia sería inquebrantable. ¿Y su dolor? Sería igualmente despiadado. Pero, ¿lo qué sentía cuando pensaba en la participación de Obito en la noche en que murieron mis padres? La rabia quemaba mi piel. Él había estado ahí. Había venido a ayudar a mi familia y, en cambio, los había traicionado. ¿Y qué había dicho acerca de que mis padres sabían la verdad sobre los Ascendidos? Obviamente, se habían enterado de la verdad y escaparon. Eso no significaba que lo supieran durante años mientras permanecían al margen y no hacían nada. ¿Y mi madre? ¿Una Handmaiden? Si eso era cierto, ¿por qué no se defendió esa noche? ¿O simplemente no recordaba que ella lo había hecho? Había tantas cosas que no podía recordar sobre esa noche, cosas que no podía descifrar como reales o solo como pesadillas. No podía creer que los hubiera olvidado. ¿Los había bloqueado porque les tenía miedo? ¿Qué más había olvidado?

Independientemente, no tenía idea de si las Handmaidens de la Reina eran guardias o no. Y no creía que ninguna oscuridad, además de Obito, estuviera involucrada con esa noche. Su retorcido sentido del honor y la justicia le impedía reconocer lo que había hecho. De alguna manera, había llevado a esos Craven hacia nosotros y luego dejó a todos en esa posada para que murieran. Todo porque yo llevaba la sangre de los dioses dentro de mí. Todo porque era descendiente del rey Madara.

Una parte de mí todavía no podía creer nada de eso, la vieja parte de mí que no había podido entender qué sobre mí, más allá de un don que no tenía permitido usar o haber nacido en bolsa amniótica13, me había hecho lo suficientemente especial como para ser la Elegida. Bendecida. La Doncella. Y esa parte me recordó a cuando era una niña y solía esconderme detrás del trono de la reina Kaguya en lugar de ir a mi habitación por la noche porque la oscuridad me había asustado. Era la misma parte que me había permitido pasar las tardes con mi hermano, fingiendo que mis padres estaban paseando juntos por el jardín en lugar de haberse ido para siempre. Se sentía increíblemente joven e ingenuo. Pero ya no era esa niña. No era la joven Doncella. La sangre en mí explicaba los dones con los que había nacido y por qué me había convertido en la Doncella, cómo había crecido mi don y por qué mi piel resplandecía. También explicaba la incredulidad y la agonía que había sentido de la reina Mikoto. Ella sabía exactamente de quién descendía, y debió enfermarla pensar que su hijo se había casado con la descendiente de un hombre que la había traicionado repetidamente y casi destruyó su reino en el proceso. ¿Cómo podría ella darme la bienvenida sabiendo la verdad? ¿Podría Sasuke volver a mirarme de la misma manera?

Mi pecho se retorció dolorosamente mientras miraba la comida. ¿Siquiera tendría la oportunidad de volver a ver a Sasuke? Los segundos se convirtieron en minutos mientras trataba de evitar que mis pensamientos se desviaran hacia lo que planeaba Obito. No podía permitirme pensar demasiado en eso, pensar en el peor de los casos que se desarrollaba en mi mente. Si lo hiciera, el pánico contra el que había estado luchando se apoderaría de mí.

No dejaría que el plan de Obito tuviera éxito. No podía. Necesitaba escapar o luchar en el segundo que pudiera. Lo que significaba que necesitaba mi fuerza. Tenía que comer.

Extendiendo la mano con cuidado, partí un trozo de queso y lo probé con cautela. Tenía poco sabor. La sección de pan que probé a continuación definitivamente estaba rancia, pero rápidamente me comí ambos y luego bebí el agua, tratando de no pensar en el sabor arenoso o lo sucia que probablemente estaba.

Una vez que terminé, volví mi atención a la lanza. No podría ocultarla, incluso si pudiera liberarla de la pobre alma a mi lado. Pero si pudiera romper la hoja, podría tener una mejor oportunidad. Tomando una respiración que se sentía... extrañamente pesada, moví mi mano hacia la lanza y me detuve de repente. No eran las ataduras. No se habían apretado. Tragué y mi corazón dio un vuelco. Una dulzura extraña cubría la parte posterior de mi garganta y mis... mis labios hormigueaban. Presioné la punta de mis dedos contra ellos y no creí sentir la presión. Traté de tragar de nuevo, pero se sentía extraño, como si la mecánica de mi garganta se hubiera ralentizado.

Los alimentos. El sabor arenoso del agua.

Oh, dioses.

Ese sabor dulce. Los somníferos que hacían los Curanderos en Masadonia tenían un regusto dulce y azucarado. Había una razón por la que había rechazado los preparados, sin importar lo poco que durmiera. Eran poderosos y te dejaban completamente inconsciente durante horas y horas, dejándote completamente indefenso. Me habían drogado. Así era como Obito planeaba moverme. Como planeaba entregarme a los Ascendidos. Podría quitarme las ataduras de forma segura cuando yo estuviera inconsciente. Y cuando llegara a... Había una buena posibilidad de que volviera a estar en manos de los Ascendidos. Y el plan de Obito probablemente se haría realidad porque yo nunca permitiría que los Ascendidos me usaran para nada.

La ira hacia ellos, y hacia mí, explotó dentro de mí y luego rápidamente dio paso al pánico mientras me tambaleaba hacia la pared. Apenas sentí el dolor de las ataduras apretándose. Desesperada, me estiré por la lanza. Si pudiera conseguir esa hoja, no estaría desarmada, incluso con las malditas ataduras de huesos y raíces. Traté de agarrarla, pero mi brazo no se levantó. Ya no se sentía como si fuera parte de mí. Mis piernas se volvieron pesadas, entumecidas.

—No, no —susurré, luchando contra el insidioso calor filtrándose por mis músculos, mi piel.

Pero fue inútil. El entumecimiento recorrió mi cuerpo, cerrando mis párpados. No hubo dolor cuando la nada vino a por mí esta vez. Simplemente me quedé dormida, sabiendo que me despertaría ante una pesadilla.

ZzzzZzzzZ

Luces titilantes cubrían el techo de la cripta cuando abrí los ojos. Mis labios se separaron mientras inhalaba profundas bocanadas de... aire fresco y limpio. No era el techo o luces lo que veía. Eran estrellas. Estaba afuera, ya no en la cripta.

—Maldita sea —maldijo un hombre a mi derecha— Está despierta.

Mi cuerpo reaccionó de inmediato al sonido de la voz. Me levanté… La presión apretó todo mi cuerpo, seguida de una ola aguda y punzante. Mi mandíbula se cerró con fuerza contra el grito de dolor mientras mi cabeza se levantaba de una superficie plana y dura. Huesos de marfil entrelazados con raíces oscuras y gruesas yacían a través de mí desde mi pecho hasta mis rodillas.

—Está bien. No se va a liberar.

Mi mirada se dirigió en dirección a la voz. El comandante Akatsuki estaba a mi izquierda, una máscara de lobo plateada ocultando su rostro. Inclinó su cuerpo hacia el mío. Más allá de él, vi los restos desmoronados de un muro de piedra bañado por la luz de la luna, y luego nada más que oscuridad más allá.

—¿Dónde estoy? —dije ásperamente.

Su cabeza se inclinó hacia un lado, sus ojos nada más que sombras dentro delas delgadas hendiduras de la máscara.

—Estás en lo que queda de la ciudad de Irelone —respondió mientras extendía los brazos ampliamente— Es lo que queda del alguna vez grandioso Castillo Bauer.

¿Irelone? Eso sonaba vagamente familiar. Tomó un par de momentos para que mi mente se aclarara lo suficiente para los mapas antiguos con su tinta descolorida, creados antes de la Guerra de los Dos Reyes, tomaran forma. Irelone... Sí, conocía ese nombre. Había sido una ciudad portuaria al norte y al este de donde estaba ahora Carsodonia. La ciudad había caído antes que Pompay durante la guerra. Buenos dioses, eso significaba...

Estaba en las Wastelands.

Mi corazón tronó en mi pecho. ¿Cuánto tiempo estuve dormida? ¿Horas o días? No sabía dónde había estado la Cripta de los Olvidados en las Montañas Skotos. Por todo lo que sabía, las criptas podrían haber existido en las estribaciones de las montañas, a medio día de camino al norte de los confines de las Wastelands.

Con la garganta seca, levanté solo la cabeza para mirar a mi alrededor. Docenas de los tan llamados Protectores estaban en el centro de lo que podría haber sido el Gran Salón delcastillo alguna vez y alrededor de los bordes de la estructura en descomposición, todosescondidos detrás de relucientes máscaras de el tipo de vista conjurada desde las profundidades de las pesadillas más oscuras. ¿Estaba Obito entre ellos?

En la oscuridad más allá de las ruinas, una sola antorcha se encendió.

—Están aquí —anunció un hombre enmascarado— Los Ascendidos.

El aire se detuvo en mi garganta cuando varias antorchas más se incendiaron, lanzando un resplandor anaranjado sobre montones de piedras caídas y tierra que se habían negado a albergar nueva vida en los cientos de años que habían pasado. Se formaron sombras y escuché los sonidos de los cascos y las ruedas en la tierra compacta.

—Lo creas o no —Akatsuki se acercó, colocando sus manos sobre la piedra mientras se inclinaba sobre mí— no le desearía tu destino a nadie.

Mi mirada se disparó hacia la suya mientras la ira cubría mis entrañas.

—Estaría más preocupada por tu destino que por el mío.

Akatsuki me miró por un momento y luego metió la mano en el bolsillo de sus pantalones.

—Sabes —dijo, levantando su mano ahora llena con un bulto de tela— al menos sabías cuándo mantener la boca cerrada cuando eras la Doncella.

—Voy a...

Empujó el fajo de tela en mi boca, asegurando los extremos detrás de mi cabeza y silenciando efectivamente mis amenazas. Las náuseas se agitaron ante el sabor y el aumento de la impotencia que sentía. Arqueó una ceja antes de apartarse de la losa de piedra, su mano cayendo a la empuñadura de una espada corta. Sus hombros se tensaron y deseé poder ver su expresión. Se apartó de mí mientras otros sacaban espadas.

—Manténganse alerta —ladró— Pero no se involucren.

Los hombres enmascarados desaparecieron de mi campo visual mientras cesaba el crujido de las ruedas del carruaje. No podía permitirme pensar más allá del próximo segundo, ese mismo momento, mientras veía las antorchas avanzar, clavadas en el suelo alrededor de los restos rotos del Castillo Bauer. Mi corazón latía con fuerza. No podía creer que esto estuviera pasando. Giré la cabeza hacia un lado, con la esperanza de soltar las ataduras, pero no se movieron. El pánico aumentó cuando una sombra oscura se acercó a lo que quedaba de los escalones y luego los subió lentamente. Una figura envuelta en una capa negra y roja se paró en medio de las paredes medio derrumbadas. Dejé de moverme, pero mi corazón siguió lanzándose contra mi pecho.

Esto no podía estar pasando.

Dos manos pálidas levantaron la capucha de la capa, bajando la tela para revelar a una mujer que no reconocí, una con el pelo del color de la luz del sol, atado lejos de un rostro que era todo ángulos fríos. Caminó hacia adelante, los tacones de sus zapatos haciendo clic en la piedra. Ni una sola vez miró a los demás. Parecía no tener miedo de su presencia y de las espadas que sostení su enfoque estaba en mí, y me preguntaba cómo cada bando podía compartir el mismo espacio que el otro. ¿Podrían la necesidad de estos supuestos Protectores de deshacerse de mí, y el deseo de los Ascendidos de reclamarme, ser tan grande? ¿Y los Ascendidos me tomarían y no intentarían capturar a todos los atlánticos de pie entre ellos, todos tan llenos de la sangre que ansiaban tan desesperadamente?

Dioses, una parte enferma de mí esperaba que esto fuera una trampa. Que los Ascendidos se volverían contra ellos. Sería algo muy apropiado.

Me obligué a no mostrar ninguna reacción cuando la mirada de la Ascendida pasó por mis piernas, su labio curvándose mientras pasaba su mirada sobre las cadenas de huesos y raíces.

—¿Qué es esto? —preguntó con frialdad.

—Es para mantenerla... tranquila —respondió Akatsuki desde algún lugar detrás de mí— Tendrás que quitárselas. ¿La mordaza? Bueno, estaba siendo bastante grosera. Te sugiero que se la dejes puesta el mayor tiempo posible.

Bastardo.

Yo hervía en silencio, mirando a la Ascendida mientras se acercaba.

—Ella parece bastante tranquila ahora —Me miró, a mis cicatrices, con ojos que se tragaban la noche. Un suspiro se estremeció fuera de ella— Es ella —gritó a quienquiera que permaneciera en la oscuridad mientras me alcanzaba. Dedos fríos rozaron mi frente, haciéndome estremecer. Los labios rojo sangre formaron una sonrisa— Todo estará bien ahora, Doncella. Te llevaremos a casa. Donde perteneces. Tu Reina estará tan...

La Ascendida se echó hacia atrás sin previo aviso mientras algo húmedo y cálido rociaba mi cara y cuello. Ella miró hacia abajo al mismo tiempo que yo, mis ojos y los de ella se agrandaron al ver la gruesa flecha ahora incrustada profundamente en su pecho. Sus labios se separaron y dejó escapar un gruñido agudo, revelando colmillos dentados.

—¿Qué demonios...?

Otra flecha atravesó su cabeza, rompiendo huesos y tejidos. La vista fue tan inesperada y tan repentina que ni siquiera escuché los gritos al principio. Todo lo que podía hacer era mirar fijamente el lugar donde ella había estado, donde su cabeza había estado. De repente, algo grande y blanco apareció en mi línea de visión, derribando a un hombre enmascarado.

Iruka.

Un gran alivio se elevó tan rápidamente dentro de mí que grité, el sonido amortiguado por la mordaza. Estaban aquí. Me habían encontrado. Giré la cabeza hacia un lado y hacia atrás, esforzándome por mirar tan lejos como podía ver. Otro lobo corrió hacia adelante, éste grande y oscuro. Se disparó a través del suelo de las ruinas del castillo, sus poderosos músculos tensos mientras se lanzaba sobre una de las paredes medio caídas. El lobo desapareció en la noche, pero siguió un chillido agudo procedente de la oscuridad. El lobo había capturado a un Ascendido.

—Saku.

Mi cabeza giró hacia la derecha y me estremecí al ver a Naruto. No se parecía en nada a la última vez que lo había visto, su piel ahora era de un cálido marrón contra el negro de su ropa. Comencé a estirarme, y la acción terminó en un siseo de dolor. Con una maldición, agarró la mordaza y la sacó de mi boca mientras sus ojos pálidos me recorrían.

—¿Qué tan gravemente estás herida?

—No lo estoy —Me obligué a permanecer quieta mientras ignoraba la sensación algodonosa que la mordaza había dejado en mi boca— Son estas ataduras. Son…

—Los huesos de una deidad —El disgusto curvó sus labios mientras alcanzaba la que descansaba justo debajo de mi garganta—Sé lo que son.

—Cuidado —le advertí— Tienen espuelas.

—Estaré bien. Simplemente... no te muevas —ordenó, los músculos de su brazo desnudo se estiraron mientras tiraba de la primera fila de ataduras.

Mil preguntas surgieron, pero la más importante salió primero.

—¿Sasuke…?

—Actualmente está destripando a un idiota en una maldita máscara de Descendiente —respondió, agarrando el hueso y las raíces con ambas manos.

Incluso aunque eso sonaba extremadamente grotesco, volví la cabeza hacia el otro lado, tratando de encontrarlo…

—Quédate quieta, Saku.

—Lo estoy intentando.

—Entonces intenta más —espetó Naruto, entrecerrando los ojos en la piel devastada de mis muñecas— ¿Cuánto tiempo has llevado estas cosas?

—No sé. No tanto —dije. La mirada que me lanzó Naruto me dijo que sabía que mentía— ¿Están todos bien? ¿Tu padre?

Él asintió mientras un hombre de hombros anchos aparecía varios pies detrás de Naruto, el cabello rubio del hombre recogido en un nudo en la nuca. La conmoción me atravesó cuando el hombre se volvió hacia un lado, empujando su espada en el pecho de un hombre mientras le quitaba la máscara de Descendiente. Era el padre de Sasuke. Él estaba aquí. Tal vez fuera el hambre o el pánico residual de estar a segundos de estar en las garras de los Ascendidos una vez más. Quizás era todo lo que me había dicho Obito. De cualquier manera, las lágrimas subieron por mi garganta mientras miraba al Rey Fugaku. Estaba aquí, luchando por liberarme.

—Creo que mi padre está actualmente desahogando su ira al destrozar a los Ascendidos con Neji y Kiba —me dijo Naruto.

—Parece que el padre de Sasuke está haciendo lo mismo.

Respiré a través de las crudas emociones que me recorrían. No podía creer que Fugaku estuviera aquí. Era increíblemente peligroso para él estar tan lejos de Atlantia. Si alguno de los Ascendidos supiera que era él vestido de negro, lo rodearían. Él tenía que conocer los riesgos, pero aún estaba allí, ayudando a Sasuke. Ayudándome a mí.

Naruto resopló.

—No tienes idea.

Todavía tenía muchas preguntas, pero necesitaba asegurarme de que Naruto supiera con lo que estaban lidiando.

—No fue solo Obito. No sé si está aquí, pero el comandante Akatsuki lo está. Lleva una máscara de Descendiente plateada.

La mandíbula de Naruto se endureció mientras partía la atadura en dos. Los extremos cayeron a los lados.

—¿Alguien más a quien reconocieras?

—No —Mi corazón dio un vuelco— Pero... Hidan, no era él en el Templo. Él esta... —Mi voz se quebró— No fue él.

Naruto agarró la segunda fila de ataduras.

—Saku…

—Hidan está muerto —le dije, y su mirada se disparó hacia la mía mientras se paralizaba— Lo mataron, Naruto. No creo que lo hayan planeado, pero sucedió. Él está muerto.

—Mierda —gruñó, moviéndose una vez más.

—Akatsuki tomó la forma de Hidan. Dejó Spessa's End con nosotros. No Hidan. Akatsuki lo admitió todo, y Obito dijo que planeaba entregarme a los Ascendidos.

—Obviamente —respondió Naruto con ironía, rompiendo otro par de huesos y raíces— Qué idiota de mierda.

Me reí, y sonó ronca y totalmente mal en medio de los gritos de dolor y gruñidos de ira. Se sentía tan mal, pero extrañamente maravilloso que yo pudiera reír de nuevo. Se desvaneció mientras el ceño en las cejas de Naruto.

Lo que dije salió como un susurro:

—Obito dijo que soy descendiente de Jiraya. Que soy pariente del rey Madara, y que estuvo allí la noche en que murieron mis padres. Fue…

Un movimiento más allá del hombro de Naruto llamó mi atención. Un hombre enmascarado corrió hacia nosotros… Antes de que pudiera gritarle una advertencia a Naruto, él estaba allí, alto y tan oscuro como la noche arrastrándose entre las ruinas, su cabello negro azulado sacudiéndose con el viento. Cada parte de mi ser se centró en Sasuke mientras su espada carmesí se hundía en el estómago del Protector, incrustándose en la pared detrás de la figura enmascarada. Sasuke se volvió y cogió a otro del brazo. Un rugido oscuro escapó de su garganta mientras arrastraba al hombre hacia él. Con los dientes al descubierto, bajó su cabeza sobre la garganta del hombre, rasgando a través de la piel mientras empujaba su mano a través del pecho del hombre. Levantando la cabeza, escupió un bocado de la sangre del hombre en la cara del Protector.

Sasuke arrojó el cuerpo al suelo y miró a otro hombre, la sangre manando de su boca.

—¿Qué?

El hombre enmascarado giró y corrió. Sasuke era más rápido y lo alcanzó en un abrir y cerrar de ojos. Empujó su puño en la espalda del hombre y tiró su brazo hacia atrás bruscamente, sacando algo blanco y manchado de sangre y tejido. Su columna vertebral. Queridos dioses, era la columna vertebral del hombre.

Los ojos de Naruto se encontraron con los míos.

—Está un poco enojado.

—¿Un poco? —susurré.

—Okay. Está realmente enojado —corrigió Naruto, alcanzando las ataduras justo debajo de mis pechos— Se ha vuelto loco buscándote. Nunca lo había visto de esta manera —Sus manos temblaron levemente mientras se doblaban sobre las cadenas de huesos y raíces— Nunca, Saku.

—Yo... —me detuve cuando Sasuke se dio la vuelta.

Nuestras miradas se encontraron, y el propio Jiraya podría haber aparecido ante mí, y no habría podido apartar la mirada de Sasuke. Había tanta rabia en la expresión aguda de sus rasgos y sus ojos. Solo se veía una delgada franja de ónix, pero también vi alivio y algo tan potente, tan poderoso en su mirada que no necesitaba ningún don para sentirlo.

El viento levantó los bordes de su capa mientras se dirigía hacia mí. Un guardia salió volando de la oscuridad, uno que vestía el uniforme negro de la Guardia del Rise y había venido con los Ascendidos. Sasuke se giró y agarró al guardia por el cuello mientras le clavaba la hoja en el pecho.

—Lo amo —susurré.

Naruto se detuvo junto a mis piernas.

—¿Acabas de darte cuenta de eso?

—No —Mi mirada siguió a Sasuke mientras desenvainaba una daga de su costado y la arrojaba a la noche. Un grito agudo y demasiado rápido me dijo que había dado en el blanco. Cada parte de mí vibraba con la necesidad de tocarlo, de sentir su piel debajo de la mía para poder borrar el recuerdo de cómo se había sentido su piel la última vez que lo toqué. El aliento que solté fue tembloroso— ¿Cómo me encontraron todos ustedes?

—Sasuke sabía que otros miembros de la Guardia de la Corona tenían que estar involucrados —explicó Naruto— Dejó muy claro que, si no averiguaba quién, empezaría a matarlos a todos.

Mi estómago se hundió mientras mi mirada se disparaba hacia la de Naruto. No tuve que preguntar.

—Él usó la compulsión. Descubrió a cuatro de ellos de esa manera, pero solo uno sabía realmente algo —dijo— Nos dijo dónde estabas retenida y qué estaba planeado. Llegamos a esas criptas solo unas horas después de que te fuiste, pero no llegamos con las manos vacías.

Tenía demasiadas esperanzas para siquiera preguntar, pero lo hice.

—¿Obito?

Apareció una sonrisa salvaje.

—Sí.

Gracias a los dioses.

Mis ojos se cerraron brevemente. Odiaba la traición que debía sentir Sasuke, pero al menos Obito no estaba ahí fuera.

—¿Saku? —Las manos de Naruto estaban en la última de las ataduras de huesos— Voy a asumir que incluso si te pido amablemente que te quedes fuera en esta pelea, no me escucharás, ¿verdad?

Me senté tentativamente, esperando dolor. En cambio, no había nada más que los dolores anteriores.

—¿Cuánto tiempo me tuvieron?

Las fosas nasales de Naruto se ensancharon.

—Han pasado seis días y ocho horas.

Seis días.

Mi pecho se elevó bruscamente.

—Me mantuvieron encadenada a la pared de una cripta llena de restos de deidades. Me drogaron y planearon entregarme a los Ascendidos —le dije— No voy a quedarme fuera.

—Por supuesto que no —suspiró.

El último hueso se rompió y luego Naruto lo apartó. En el momento en que desapareció, una ola de hormigueo recorrió la parte posterior de mi cabeza y bajó por mi columna vertebral, ramificándose y siguiendo las vías de mis nervios. El centro de mi pecho se calentó, y hasta ese momento no me había dado cuenta de que la frialdad que había sentido no se debía solo a la fría humedad de la cripta. También había sido por los huesos. Era como si mi sangre regresara a partes de mí que se habían adormecido. Pero no era la sangre, ¿verdad? Era el… el éter. Sin embargo, la sensación de hormigueo no era nada dolorosa; más como una ola de liberación. El centro de mi pecho comenzó a zumbar, el sonido vibrando a través de mis labios. Mis sentidos se abrieron de par en par y se estiraron, conectándose con los que me rodeaban. Probé miedo amargo y empapado de sudor, y el ardor ácido y caliente del odio. No intenté detenerlo. Dejé que el instinto, el conocimiento primordial que había despertado en las Cámaras de Jiraya, tomara el control. Bajé las piernas de la superficie elevada mientras Sasuke derribaba lo que parecía ser un Ascendido, con su padre luchando junto a él. Me puse de pie, sintiendo una oleada de poder solo por poder estar de pie después de haber sido retenida por los huesos y raíces durante tanto tiempo.

Naruto recogió una espada caída, frunciendo el ceño mientras miraba la hoja.

–Aquí —me ofreció el arma.

Negué con la cabeza mientras daba un paso, mis piernas temblando levemente por no soportar mi peso durante tanto tiempo. El zumbido en mi pecho creció, el éter en mi sangre intensificándose mientras mantenía mis sentidos abiertos de par en par. Esta gente quería hacerme daño. Lo habían hecho. Y habían hecho daño a Sasuke, Naruto y todos los demás. Habían matado a Hidan.

Ninguno de ellos merecía vivir.

Las esquinas de mi visión se volvieron blancas, y en mi mente, los delgados cordones de color blanco plateado se deslizaron fuera de mí, crujiendo por el suelo y reconectándose con los demás. Mi ira se unió a las palpitantes emociones que ahora inundaban mis sentidos. Respiré hondo, asimilando los sentimientos de todos, dejando que su odio, miedo y sentido retorcido de justicia se filtraran en mi piel y se convirtieran en parte de mí. Esas emociones se entrelazaron con los cordones en mi mente. Lo asimilé todo, sintiendo la tormenta tóxica retumbando dentro de mí. No habría tiempo para que se arrepintieran de lo que formaron parte. Los destruiría. Los aniquilaría…

Las palabras de Obito volvieron a mí en ese momento.

"Eres peligrosa ahora, pero eventualmente te convertirás en algo completamente diferente".

La inquietud explotó en mis entrañas, dispersando los cordones plateados en mi mente. Estas personas se merecían todo lo que les hiciera. Lo que había dicho Obito no importaba. Si los matara, no sería porque no pudiera controlarme. Y no era porque fuera impredecible o caóticamente violenta como se suponía que eran las deidades. Solo quería que probaran sus emociones, que esa fealdad fuera lo último que sintieran. Quería eso más que... Quería eso demasiado, cuando no debería quererlo en absoluto.

No disfrutaba matando, ni siquiera a los Craven. Matar era simplemente una dura realidad, una que no debería desearse ni disfrutarse.

Inquieta, aspiré aire seco e hice lo que tenía que hacer cuando estaba entre una multitud o alrededor de alguien que proyectaba sus emociones en el espacio que los rodeaba. Apagué mis sentidos, forzando la telaraña plateada de luz de mi mente. El zumbido en mi pecho se calmó, pero mi mente no lo hizo. Me había detenido. Eso es todo lo que necesitaba saber para demostrar que lo que había dicho Obito no era cierto. No era una entidad caótica y violenta incapaz de controlarme.

Naruto vino a mi lado, inclinando su cuerpo para poder verme y a todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Se quitó la capa.

—¿Estás bien?

—No soy un monstruo —susurré.

Él se puso rígido.

—¿Qué?

Tragando saliva, negué con la cabeza.

—N-nada. Yo... —Vi al Rey Fugaku derribar a otro hombre enmascarado. Él y su hijo luchaban con el mismo tipo de fuerza graciosamente brutal— Estoy bien.

Naruto colocó el suave material sobre mis hombros, sorprendiéndome.

—¿Estás segura de eso?

—Sí —Mi mirada se posó en la suya mientras él aseguraba el botón justo debajo de mi cuello. Fue entonces cuando recordé que no llevaba nada más que el vestido delgado y ensangrentado. Él junto las mitades— Gracias. Yo... me voy a quedar fuera de esta.

—Quiero agradecer a los dioses —murmuró Naruto— Pero ahora realmente me tienes preocupado.

—Estoy bien.

Mi mirada siguió a Sasuke mientras giraba, golpeando una espada de la mano de un Protector. La hoja resonó en el suelo de piedra mientras Sasuke bajaba su espada, preparado para asestar un golpe fatal. La luz de la luna se reflejó en la cubierta facial del hombre: una máscara plateada.

Akatsuki.

—¡Sasuke, detente! —grité. Se detuvo, su pecho subiendo y bajando consus respiraciones pesadas mientras apuntaba con su espada a Akatsuki. Más tarde me maravillaría por el hecho de que se había detenido sin dudarlo. Sin preguntar. Caminé hacia adelante— Le hice una promesa.

—Pensaba que te ibas a quedar fuera de esta —dijo Naruto mientras seguía el ritmo conmigo.

—Lo haré —le dije— Pero él es diferente.

Sasuke se puso rígido ante mis palabras y se lanzó hacia adelante tan rápido que pensé que podría dar el golpe fatal de todos modos. Pero no lo hizo. Agarró la parte delantera de la máscara plateada y la arrancó a un lado.

—Hijo de puta —Arrojó la máscara al suelo.

Los ojos de Akatsuki se movieron entre Sasuke y su padre.

—Ella será…

—Tienes que callarte una puta vez —gruñó Sasuke mientras se acercaba a mi lado.

Caminé hacia adelante, la piedra fría bajo mis pies descalzos mientras Naruto me seguía. Al pasar junto a Sasuke, presionó la empuñadura de su espada en mi palma, y sus labios ensangrentados tocaron mi mejilla.

—Saku —dijo, y el sonido de su voz abrió un pequeño agujero en el muro que había construido alrededor de mis dones. Todo lo que sentía en el momento me alcanzó.

La acidez caliente de la rabia, la sensación refrescante y amaderada de su alivio, y la calidez de todo lo que sentía por mí. Y dado lo que había experimentado antes, la amargura del miedo y el pánico.

Me estremecí mientras miraba a Akatsuki.

—Estoy bien.

Sasuke apretó mi mano que ahora sostenía su espada.

—Nada de esto está bien.

Él estaba en lo correcto. Realmente no lo estaba. Pero sabía lo que haría que todo estuviera un poco mejor, bien o mal. Me liberé de Sasuke.

—¿Qué te prometí? —Le pregunté a Akatsuki.

El comandante de la Guardia Real alcanzó su espada caída, pero yo era más rápida, empujando la espada. Gruñendo, se tambaleó hacia atrás, dejándose caer sobre sus rodillas. Mirándome, cruzó las manos sobre la hoja como si pudierarealmente detener lo que estaba a punto de suceder.

—Te dije que sería yo quien te matara —Empujé lentamente la hoja en su pecho, sonriendo mientras sentía sus huesos romperse bajo la presión de la espada al encontrarse con un tejido más suave. La sangre burbujeó de la comisura de su boca— Mantengo mis promesas.

—Al igual que yo —dijo con voz ronca, la vida desvaneciéndose de sus ojos mientras sus manos se deslizaban de la hoja, la piel de sus palmas y dedos desgarrada por los afilados bordes.

¿Al igual que yo? Sin previo aviso, algo me tiró hacia atrás con tal fuerza que un ardiente dolor estalló en mi pecho. Perdí el agarre en la espada. El movimiento fue tan repentino, tan intenso, que no sentí nada por un momento como si me hubiera separado de mi cuerpo de alguna manera. El tiempo se detuvo para mí, pero la gente aún se movía, y vi un destello de Minato mientras saltaba sobre la espalda de un Protector, sus dientes apretando la garganta del hombre enmascarado. Algo cayó de la mano del hombre. Un arco... una ballesta.

Lentamente, miré hacia abajo. Rojo. Tanto rojo por todas partes. Una flecha sobresalía de mi pecho.