En los dos días que tardó Gintoki en volver a Yoshiwara después del reencuentro, Tsukuyo había pasado por un sinfín de emociones y pensamientos que apenas la habían dejado concentrarse en su trabajo. Le seguía carcomiendo el preguntarse en qué momento el samurái había estado infiltrado allí, y por qué el desgraciado no había intentado contactarla. Por más que rumiara sobre eso, ya era cosa del pasado, y tenía que llamarse a satisfecha con que él se lo hubiera confesado, aunque hubiera sido prácticamente una provocación al haberlo hecho de esa forma, sin darle más respuestas.
Detestó el hecho que, desde esa noche, cada vez que se miraba al espejo se preguntaba si debería volver a cortarse el cabello, apenas podía creer que lo estaba considerando sólo para contentar a un hombre. No, no era "un hombre"... era ese hombre, el único que podía afectar su corazón de esa forma, el hombre al cual había esperado por más de dos años sin dudarlo ni un solo día.
La forma en que sus ojos violetas habían vuelto a brillar desde la mañana siguiente fue tan obvia que hasta Hinowa y las mujeres del Hyakka se percataron de que algo había cambiado de la noche a la mañana, aunque fue la oiran la que no dudó en sacarle la verdad, apenas conteniendo después las lágrimas de felicidad al saber que finalmente Gintoki y Tsukuyo habían dado un paso hacia estar juntos, y que ella había sido tan fuerte y sincera con él, ya sin reticencias a aceptar su amor. La rubia no podía más que sonrojarse ante los interminables comentarios entusiasmados de la mujer más casamentera que había conocido, dándole durante esos dos días consejos de pareja y como mujer. Sin duda serían útiles algún día, así como se estaba adelantando demasiado a los hechos.
En la noche en que Gintoki volvió a Yoshiwara, fue Hinowa la que lo recibió, y le regaló una costosa botella de sake. La cortesana fue discreta en su verdadero motivo, alegando que era un regalo de bienvenida por estar de vuelta en Edo, la otra noche no había alcanzado a preparárselo dada la visita sorpresa de él. Sabiendo que Tsukuyo seguía sin tolerar bien el alcohol, le dijo que en un momento iba a alcanzarles una bandeja con té y dangos, que él fuera subiendo a encontrarse con ella. El samurái le agradeció por todo eso, encaminándose luego a la habitación de la rubia, que estaba leyendo el reporte de una investigación del Hyakka.
- Buenas, Tsukuyo –Saludó el peliplateado, anunciándose.
- Hola, Gintoki. Dame un minuto para terminar con esto.
El hombre asintió y caminó hasta donde estaba ella, sentándose en silencio a su lado. Si bien había dicho eso, Tsukuyo entendió rápidamente que la mera presencia de él allí le impediría concentrarse, ya podía sentir un poco de calor en el pecho y las mejillas, tenía tanta expectativa por verlo que sólo con tenerlo al lado ya se estaba poniendo así. Para cuando leyó tres veces el mismo párrafo y se dio cuenta que apenas recordaba un par de palabras, decidió dejarlo de una vez, disimulando el alterado estado en el que se encontraba.
- ¿Mucho trabajo? –Preguntó Gintoki, para sacar conversación.
- Siempre hay gente que quiere aprovecharse de otros, y las drogas siguen siendo el principal problema en Yoshiwara, sólo que esta vez lo metieron en las bebidas de las cortesanas, y pagarán por ello. Ya nos estamos acercando a resolverlo, no te preocupes.
- Bien, si necesitas ayuda sabes que puedes pedírmelo, no estoy con mucho trabajo últimamente.
- Gracias. ¿Y bien? ¿Qué te trae por aquí hoy? –Preguntó Tsukuyo, tratando de sonar casual para no demostrar cuán contenta estaba de volver a verlo, algunas cosas costaban de cambiar.
- Tú –Contestó él con una sonrisita– Siempre tú, ¿verdad? A esa conclusión había llegado la otra vez, así que no tengo intención de decir una cosa por otra.
- Ah...
La rubia se sonrojó intensamente, no se esperaba que él fuera tan directo, con lo evasivo que solía ser.
- Además, te dije que volvería un día que tuviera más tiempo, hoy no tengo prisas –Continuó– ¿Qué te gustaría hacer hoy? ¿Quieres ir a dar un paseo más tarde? Hinowa va a traer té y dulces ahora.
- Estoy bien con quedarme aquí. ¿Puedo ser directa?
- ¿No lo eres siempre?
- Sí, quiero decir... Hay algo que me gustaría saber, para entender y darle un cierre a todo lo que sucedió en estos dos años que pasaron. ¿Podrías contarme sobre eso, Gintoki? Qué estuviste haciendo, y necesito saber cuándo fue que estuviste aquí en secreto. Es importante atar todos esos cabos para mí.
- Bien, creo que te lo debo –Suspiró– Ya es cosa del pasado, y yo también tengo que empezar a dejarlo atrás, si quiero continuar con mi vida.
En ese momento los dos oyeron unos sonidos suaves fuera, entendiendo que se trataba de Hinowa, que sin embargo no entró a la habitación, seguramente con la intención de darles privacidad. Tsukuyo se puso de pie para ir a buscar la bandeja, elevando la voz para agradecerle a su amiga. Al volver, le ofreció a Gintoki la taza de té y el platillo de dangos, ella también tomando ambas cosas para llenarse el estómago mientras se disponía a escuchar. Después de dar una probada a ambas cosas, el samurái empezó a hablar, explicándole el motivo de su viaje, sus sospechas con respecto al renacer de Utsuro, cómo cuidó a ese peculiar bebé y el resto de la historia. Luego le contó sobre el encuentro con Takasugi y cómo habían vuelto a Edo, dejando boquiabierta a la rubia al confesar que aquel Takasugi que habían atrapado había sido en realidad él.
- Espera, Gintoki... Si estabas con todas nosotras, las personas de más confianza, ¿por qué no te revelaste?
- Por un lado, porque todavía tenía algunos perros oliéndome el rastro. Y por otro... No podía, Tsukuyo, no podía mirarlos a los ojos después de la forma en que me oculté. Lo curioso es que fuiste tú la que me hizo decidir dejar de perder el tiempo.
- ¿Yo? –Inquirió, sorprendida.
- Sí. Dijiste cosas como que no querías avanzar si la persona con la que ibas a caminar lado a lado no estaría, y que todavía me estabas esperando.
- Ah, sí, es cierto –Recordó ella con una nostálgica sonrisa.
- Así que eso fue todo, el resto ya lo sabes porque fue la batalla en la Terminal.
- Entiendo. Gracias por contármelo todo. ¿Puedo preguntarte algo más personal?
- Dime.
- El otro día mencionaste que sueles tener pesadillas, y cosas que quieres olvidar y por eso te emborrachas seguido. ¿Puedo saber de qué va todo eso?
- No creo que pueda olvidar nunca el día en que asesiné a mi maestro, o la cantidad de sangre en mis manos durante esa guerra. Viví tantos años con la duda de si realmente había hecho lo mejor que podía, o si podía haberle salvado la vida a Shouyou, que ya mi mente no conoce otra cosa. Yo lo elegí, así que no estoy arrepentido ni me avergüenzo de mí mismo, pero eso no quita la duda. Supongo que ponerle fin a Utsuro resolvió algunas cosas, ya que fui yo el que le abrió la puerta para renacer, pero todavía no encuentro la forma de liberarme de esa carga e imágenes en mis sueños. O de preguntarme si debo estar aquí en Edo, viviendo y disfrutando mi vida egoístamente, sin más nada que hacer para pagar mis deudas, mientras que Takasugi murió dándolo todo para que yo no tuviera que enfrentarme solo al fantasma de mi maestro.
Tsukuyo sintió su corazón empequeñecerse al oír todo eso, podía entender la culpa y los lamentos de Gintoki. En especial el estar en paz con seguir adelante con cargar la responsabilidad de la sangre de sus personas más queridas manchando su alma, de una forma u otra. Se acercó más a él, y le tomó la mano para apretársela con fuerza, demostrándole que lo apoyaba y entendía. No tenía las respuestas que él buscaba, pero sí podía ofrecerle una en base a lo que había aprendido gracias a sus propias duras experiencias de vida.
- Gintoki... Pienso que te encuentras donde debes estar en este momento. Algo que aprendí de ti, es que decir "hubiera hecho esto o lo otro" no lleva a nada, ya es parte de un pasado que no podemos cambiar. La decisión que tomamos en ese momento es la mejor que podíamos haber tomado dadas nuestras circunstancias y entendimientos. Ahora podemos hacer otras cosas, porque nosotros somos distintos. Vivir una vida feliz, honrada y auténtica no debería hacerte sentir mal, porque seguramente es lo que Shouyou se dedicó a enseñarte todo el tiempo que estuvieron juntos, así como debió ser lo que Takasugi intentó proteger para ti y los demás, aunque él ya no pudiera permitírselo debido a todo el dolor y odio con el que cargaba.
- Sí, yo también lo intento ver así ahora –Asintió el samurái, y se llevó la mano de ella a su regazo, apoyando la otra mano encima– Por eso acepté darnos una oportunidad, Tsukuyo. No me guardaré nada contigo, apostaré todo lo que me queda de esperanza, si tú estás tan determinada a aceptarme tal como soy ahora.
- Por supuesto –Sonrió con calidez la cortesana– Te acepto en todas las formas que seas, con tus luces y sombras, y con la esperanza de que puedas liberarte de esa pesada carga, o al menos compartirla, así se hará más liviana para ti. No te olvides que pasé por algo parecido, te entiendo bien. Soy fuerte por los dos.
- Eres hermosa también. Hermosa y fuerte por los dos. No sé qué hice para merecerte, todavía siento que no lo hago, pero me esforzaré en convertirme en alguien que pueda estar a tu lado con orgullo.
Tsukuyo negó con la cabeza, y luego se acercó hasta estar pegada a él, para poder apoyarle la mejilla en el hombro, mientras le rodeaba el brazo con su otra mano libre.
- Ya eres alguien así, Gintoki. Yo te admiro, no tienes idea cuánto. Te admiro desde la primera vez que luchamos juntos, cuando ya cargabas con todas tus sombras y dolores. ¿Pero sabes qué? Son las sombras las que nos permiten dar más valor luego a la luz. Sin ellas, no sabemos bien lo que tenemos, lo que perdimos alguna vez, o lo que recuperamos. Gracias a esas sombras, tú me mostraste un camino de luz que no sabía que podía andar, y por el cual te estoy más que agradecida. Duelen, pero son necesarias para aprender y vivir mejor, así lo veo ahora.
Con la emoción alojándose en la garganta, el samurái la rodeó por los hombros en un medio abrazo, cambiando de mano para mantener entrelazados sus dedos juntos. Cerró los ojos con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios, no podía más que agradecer tener una mujer así a su lado. A medida que empezaba a romper las últimas defensas que encerraban su corazón, se sentía más y más liviano, creía que honestamente podría llegar a amar y ser amado plenamente.
- Tsukuyo –La llamó, con voz suave.
En cuando ella lo miró, adelantó el rostro para darle un beso en los labios. La apretó un poco más contra él, y cuando ella le correspondió y levantó la mano libre para acariciarle la mejilla, creyó que no podía encontrar mayor dulzura que esa. Por más que le costara admitirlo, sentirse mimado y querido era una de las cosas más bonitas que había, le daban ganas de que ese momento nunca terminara. Todo lo que podría hacer para retribuir la dedicación y cariño que Tsukuyo tenía para él, iba a compensárselo sobradamente.
La rubia ya estaba perdida en disfrutar esos inesperados tiernos besos que Gintoki había iniciado. El hecho de que él no quisiera soltar su mano la derritió por dentro, así como había pocas cosas que se sintieran mejor que estar entre sus brazos. Pero lo que lo superó totalmente a todo eso, fue mirarle el rostro cuando terminaron aquel dulce contacto, y encontrar la más bonita sonrisa y mirada que le había visto nunca, una expresión que guardaba todavía la inocencia y paz que aquel hombre tenía en su alma, y que era la fuente de sus acciones tan compasivas para con todos. Le daba la impresión de que en ese instante, Gintoki era feliz, y quería proteger eso.
Verlo así le generó el impulso de darle un momento más de íntima calma y paz, que él entendiera que podía confiar plenamente en ella y relajarse, permitirse toda la vulnerabilidad que no solía expresar por querer ser siempre el fuerte y protector de los demás. Se palmeó el muslo, y ante la mirada curiosa de él, lo guió desde los hombros para que apoyara la cabeza sobre el regazo de ella.
- P-puedes quedarte así por el momento, si quieres... –Explicó en voz baja, la timidez de pronto asaltándola.
El peliplateado parpadeó un par de veces con sorpresa, y luego sonrió, subiendo su mano para acariciarle la mejilla.
- No recuerdo la última vez que una bonita mujer me dejó descansar en su regazo.
Gintoki cerró los ojos, suspirando profundamente ante la serena sensación. Luego de un par de minutos así, sintió que los dedos de la cortesana acariciaban con delicadeza su cabello, tal toque sumado a la cálida comodidad anterior le estaba empezando a producir somnolencia, sentía el cuerpo pesado y a la vez ligero. Entreabrió ligeramente los ojos para mirar los de ella.
- Esto es tan agradable que podría echarme una siesta así –Susurró, con voz adormilada.
- Si quieres hazlo, no me molesta –Contestó la rubia, sonrojándose un poco.
- Lo haré, un ratito...
Luego de otra respiración profunda, tomó la mano de ella que seguía en su cabeza y la llevó hasta su pecho, poniendo la suya encima. Abrió solamente un ojo, para mirarla con inocente picardía.
- Si te sobra una mano, puedes seguir tocando mi cabello, me relajó.
- Está bien –Accedió Tsukuyo con una sonrisita.
El saber que eso le estaba gustando a Gintoki la relajó a ella también, era la primera vez que hacía algo como eso con alguien. Lo lindo de él era que lo hacía parecer fácil, al punto de que ella no se sintiera cohibida o incómoda, sino que incluso pareciera lo más habitual para ellos estar así. Cuando se decidía a relajarse y dejarse querer, realmente ese hombre era de lo más dulce. Unos minutos después notó que verdaderamente el samurái se había quedado dormido, su respiración superficial y suave. Aprovechando la ocasión, se inclinó sobre él para darle un suavísimo beso en la frente, ese sería su propio tierno secreto, cuánto lo amaba. Llevada por el silencio y la relajante calma, cerró los ojos también.
Para cuando Gintoki despertó, se sorprendió al ver que Tsukuyo estaba muy quieta, con la cabeza inclinada a un lado, dormida. Con mucho cuidado para no despertarla, se movió lo más despacio que pudo para hacerse a un lado, apoyándole las manos sobre los muslos. Debía de estar profundamente dormida a pesar de la posición, ya que no pareció inmutarse. Se sentó a su lado, contemplándola unos segundos, nunca la había visto dormir. Como la puerta del balcón estaba abierta, entraba una brisa bastante fresca, por lo que se quitó la yukata para cubrirla con ella. Al mirar el reloj de la pared se dio cuenta que ya era entrada la noche, había dormido poco más de una hora, por lo cual era hora de ponerle fin al día. Manteniendo el sigilo, se puso de pie para prepararle el futón para acostarla y arroparla más calentita, al menos así podía dejarla descansar sin desvelarla. Sin embargo, la cortesana acabó despertándose, mirándolo con los ojos entrecerrados.
- Gintoki... –Murmuró adormilada.
- Perdona por hacerte dormir en una posición tan incómoda, Tsukuyo.
- No, no... Contigo siempre estoy cómoda –Musitó, todavía con la mente aletargada por el sueño.
La cortesana notó que llevaba puesta encima la yukata de Gintoki, y sonrió ante el considerado gesto, envolviéndose con la prenda como si fuese la más confortable manta, olvidándose por un momento que él la estaba viendo. Todo aquello de Tsukuyo no pasó desapercibida para él, robándole un suave suspiro, esa mujer no tenía idea cuán adorable podía ser cuando no se lo proponía. Se acercó nuevamente a ella, hincándose para cargarla en brazos.
- Vuelve a dormir, te preparé el futón –Dijo en voz baja.
La llevó hasta la baja cama y la cubrió, dejándole la yukata puesta, podría recuperarla otro día. Le pasó el pulgar por la mejilla a modo de saludo, pero cuando iba a alejarse, ella reaccionó y le agarró la mano.
- Quédate, Gintoki... –Susurró, mirándolo con anhelo.
- No me lo puedes pedir con esa mirada, eso es jugar sucio –Se quejó el peliplateado.
Sin resistencia alguna, el samurái cerró el ventanal y se recostó de lado sobre el tatami, apoyando el codo allí para sostener su cabeza con la mano. Ella no había soltado su otra mano. Al rato de mirarla largamente, la cortesana volvió a entreabrir los ojos, frunciendo el ceño al verlo tan "lejos".
- ¿Qué haces ahí? Ven aquí, tonto... –Musitó, palmeando la parte del futón libre.
- Pero... Es uno individual, Tsukuyo, no entramos, y no tengo más que estas ropas que no están precisamente limpias.
- ¿Desde cuándo eres tan quisquilloso? Déjate de excusas y acuéstate aquí –Gruñó, irritada.
- Sí, honey –Contestó con gracia Gintoki.
Previendo que él simplemente iba a acercarse un poco, Tsukuyo levantó la manta para invitarlo a acostarse dentro como ella. En cuanto él lo hizo, la abrazó por la cintura y se acomodó para dejarla apoyar la cabeza sobre sus pectorales. No tenía pensado quedarse esa noche ni estar con ella así, pero tampoco iba a negar cuánto le estaba gustando, eso era tanto o mejor que darse unos besos. Le susurró un "buenas noches", besándole la mejilla, que ella le contestó en un ininteligible murmullo, apretándose más contra él. Pronto la rubia cayó dormida nuevamente, y él no tardó en seguirle.
Para cuando sus ojos volvieron a abrirse, se sintió desorientado al ver unos rayos dorados filtrándose por la ventana. Tanteó a su lado instintivamente, y no percibió la cercanía de Tsukuyo. Extrañado, miró alrededor, hasta que la vio sentada junto a una mesa baja, leyendo lo papeles de la noche anterior.
- Buen día, Gintoki –Saludó ella.
- Tsukuyo... Buen día –Abrió mucho los ojos al caer en cuenta de aquello– Espera, ¿de verdad ya es de día?
- Sí, hace rato que amaneció. Eres un dormilón.
- ¿Eh? ¿Qué hora es?
- Las diez de la mañana. Yo me desperté hace rato, pero tú estabas dormido como un tronco, así que te dejé aquí. Incluso hice una ronda de patrullaje y todo, regresé y seguías dormido.
- Vaya... Solamente cuando tengo resaca me quedo tan dormido. No soy un ave tempranera, pero tampoco algo como esto.
- Eso quiere decir que te relajaste, Gintoki, ¿no es eso algo bueno? –Preguntó Tsukuyo.
- Supongo que sí, tienes un buen punto.
- Dormiste tranquilo –Agregó la rubia– Quiero decir, no me despertaste ni te agitaste en sueños.
El samurái asintió, sin dudas él también pensaba que se sentía descansado como si hubiera dormido dos días seguidos, renovado y tranquilo. No siempre tenía pesadillas, pero sí eran recurrentes desde las últimas batallas, todavía estaba todo demasiado fresco y agitado en su mente y corazón.
- Tal vez tendría que venir a dormir aquí contigo más seguido si me hace tan bien, ¿verdad, Tsukki? –Bromeó Gintoki.
La cortesana se sobresaltó, sonrojándose ante aquella posibilidad. Hizo la mirada a un lado, pero había sido demasiado tarde, él ya había notado su reacción.
- Es broma, es broma –Se excusó el peliplateado agitando las manos, tratando de salvar la incomodidad.
- S-si así lo quieres, no me molestaría... –Contestó con voz apenas audible Tsukuyo.
Sabía que era demasiado pronto para ello, apenas unos días atrás habían empezado un vínculo romántico, se habían dado unos besos y ya. A pesar de ello, se aceleraron los latidos ante aquella posibilidad, el corazón no sabía de tiempos, además que no eran recientes conocidos, sino recientes amantes. Si eso era lo que Gintoki necesitaba para relajarse y empezar a aceptar a recibir el amor y el cuidado de otros, ¿por qué se negaría por un motivo tan superficial como las apariencias?
Por su parte, el samurái quedó boquiabierto, no se esperaba esa respuesta de parte de ella, y si seguía insistiendo en que sólo era una broma -aunque en parte sí lo había sido-, temía hacerla sentir mal con su rechazo. Que, además, no podía estar más lejos de sus propios deseos, honestamente una parte de él se estaba conteniendo de poder hacer muchas más cosas que unos inocentes besos, pero sabía que Tsukuyo todavía era una mujer "inocente" a pesar de ser una cortesana, prefería ir de a poco con ella. Por lo que carraspeó, y se rascó la cabeza, también mirando a un costado al contestarle.
- Bueno, no estaría mal algunos días, no pretendía invadir tu vida privada. Si quieres también puedes venir a mi casa, aunque allí siempre estarán Kagura, Shinpachi y Sadaharu rondando, además de la vieja Otose que se entera de todo...
- Tengo trabajo aquí en Yoshiwara, no puedo alejarme de aquí toda una noche –Se excusó la rubia, ante aquella invitación que en su mente ya sonaba propia de una pareja más establecida– Pero siempre que quieras serás bienvenido aquí, conseguiré un futón para ti, o uno más grande para... compartir.
Su voz se fue empequeñeciendo a medida que decía esas palabras, creía que sin querer estaban complicándolo más en vez de aligerarlo, escalando en situaciones íntimas. Gintoki la sacó de su enredo interior, al ponerse de pie.
- Sí, gracias, ya veremos... En fin, tengo que volver a Kabuki-cho ahora, o los mocosos se harán una comidilla conmigo, al menos Kagura sabe que vine aquí anoche. Pasado mañana podría volver, ¿está bien?
- Sí.
- Bien. Hasta luego, Tsukuyo.
Con cierta torpeza acorde a que él también tenía su corazón alterado, el samurái se encaminó a la puerta, aunque se detuvo allí. No podía ser tan cretino como para irse sin más, si bien todavía no estaba acostumbrado ni tenía en claro cómo deberían saludarse o despedirse, si ella esperaba algo más, o qué. Se dio la vuelta, percatándose de cómo los ojos violetas indescifrables lo seguían con atención, y volvió a acercarse, sentándose frente a ella.
- Bueno... Gracias por todo, anoche lo pasé bien, me hizo bien hablar contigo y todo... todo lo demás contigo.
Apenas podía creer que se estaba poniendo nervioso como un chiquillo, no era propio de él. Sin embargo, todo eso estaba siendo demasiado nuevo, y no tenía nada que ver con la edad o la madurez, simplemente nunca había sido tan cercano con una mujer que le gustara, sin arruinarla con comentarios estúpidos o grotescos. Sólo sabía que tenía que ser responsable y considerado, coherente con sus intenciones y sentimientos. Con eso en mente, se inclinó hacia ella y se acercó mientras ladeaba la cabeza, dándole a entender que iba a besarla. Si bien Tsukuyo no se movió de donde estaba, ella también se adelantó, y compartieron un suave y casto beso de despedida. Satisfecho con eso, dejó ver una pequeña sonrisa, y volvió a rascarse la cabeza.
- Hasta pronto, Tsukki, buen día.
- Sí... Que tengas un buen día tú también, Gintoki. Envía saludos a los demás de mi parte.
- Lo haré.
El samurái se puso de pie, esa vez sí más tranquilo de irse. A pesar de ello, seguía teniendo la peculiar sensación de que había algo protocolar y tímido todavía entre ambos, ninguno estaba acostumbrado a comportarse como una pareja. Despedirse como lo había hecho le había dado más la imagen de un reciente y joven matrimonio arreglado, muy correctos ambos, pero lo sentía un tanto artificial. Definitivamente era más fácil ser provocador con ella, y lo mismo parecía ser así de parte de la cortesana, quizás esa sería una forma más fácil para ellos, y luego el comportarse como una tierna pareja vendría naturalmente.
Tsukuyo lo acompañó en dirección a la puerta de la habitación, caminando detrás, alegando que tenía que ocuparse de unas cosas fuera. Cuando él estuvo a punto de abrir la puerta corrediza, se detuvo a mitad del movimiento, llamando la atención de ella.
- ¿Gintoki? ¿Qué te olvid..?
La pregunta quedó ahogada en su boca, cuando la rubia de pronto abrió mucho los ojos ante un repentino y rápido movimiento del peliplateado, que se giró y le tomó el rostro entre las grandes manos, para plantarle un apasionado beso en los labios, que lo continuó con uno y otro igual de fogosos, inesperadamente, mientras una mano bajaba por su espalda para apretarla contra el firme cuerpo de él. Apenas pudo corresponderle, demasiado sorprendida con el rapto de pasión, aunque pronto su cuerpo tomó el control instintivamente, era imposible no sentirse más que acalorada y rezumante de deseo con un hombre como él besándola de esa forma. Dejándose llevar, le devolvió los besos con igual intensidad, cerrando los dedos como garras en la ropa de él. No protestó cuando la mano de Gintoki bajó para darle un apretón en el trasero, y a cambio le jaló un poco el cabello mientras los besos se empezaban a volver más salvajes y desesperados. Sólo se detuvieron cuando la necesidad de incorporar una buena bocanada de aire los hizo separarse, mirándose con los ojos entrecerrados mientras jadeaban.
- ¡¿Por qué fue eso de pronto, Gintoki?! –Inquirió.
- No sé, simplemente se sintió más como nosotros mismos que la otra forma de despedirnos. No me gusta sentirme torpe y demasiado consciente de mí mismo. ¿Te molestó?
- N-no. No es eso... Sólo que no lo esperaba. Es de día.
- ¿Qué tiene que ver que sea de día? –Preguntó el samurái, alzando una ceja. Luego sonrió con diablura– Ooooh, así que si te "ataco" así por la noche, no te parecería nada mal, ¿eh, Tsukki? Tomaré nota.
- ¡C-calla! ¡No me refería a eso! –Contestó Tsukuyo, roja como un tomate.
- Es lo que diste a entender, al remarcar que no te esperabas algo así de apasionado sólo porque es de día. Eres una cortesana nata, al parecer.
- ¡Idiota! ¡Dije que no...!
Gintoki fue muy rápido una vez más, y la acorraló contra la pared, agarrándole las muñecas para que no lo empujara, aunque de inmediato cambió a entrelazar sus dedos para que entendiera que eso sólo era un juego. Bajó la cabeza para poder hablarle al oído, usando un tono bajo y seductor.
- Digas lo que digas, ahora soy yo el que no podrá esperar para vernos la próxima noche, honey.
Soltándola de inmediato, el samurái le sonrió con diablura y abrió la puerta para irse solo, con una expresión mucho más confiada. Tsukuyo lo dejó ir, todavía su mente seguía alborotada, además de que su cuerpo se había alterado por igual ante tal provocador comentario, dejándola llena de deseo también. No podía bajar y dejarse ver así, o sería demasiado evidente para Hinowa o para quién más se encontrara de camino, de que había pasado algo candente con él, si salían juntos y ella tan sonrojada.
Lo peor de todo, fue que las seductoras palabras de Gintoki siguieron rondando su cabeza por varias horas. Tenía que admitirlo, el maldito la había dejado humeando, por lo que esperar un día y medio iba a ser bastante molesto. ¿Podía ser que unos besos la pusieran en este estado? Aunque claro, no eran sólo esos besos, sino la expectativa de preguntarse cuándo sucedería algo más caliente e íntimo, ya eran los dos adultos, y él tenía más experiencia sexual, su actitud final le había dejado en claro que, si iba a contenerse, era sólo por consideración a ella.
Quizás por desear tanto que se reencontraran, fue que el tiempo pasó más rápido de lo esperado. Cuando la noche cubrió el cielo, salió a hacer un último patrullaje con las mujeres del Hyakka, sabiendo que iba a ser el último de ese día si iba a estar con el samurái tanto como el otro día. Al emprender la vuelta, una familiar voz se dirigió a ella.
- ¿Viniste a recibirme, Tsukki?
La rubia se volteó, encontrando una pícara sonrisa en el rostro del hombre de alborotado cabello platinado. Sólo para no darle la satisfacción, le llevó la contraria.
- Ya quisieras, estoy demasiado ocupada como para estar pendiente de algo como eso.
"¿Ya quisiera él, o yo?", se dijo a sí misma, sabiendo que no estaba siendo del todo honesta, había estado bastante pendiente de él a decir verdad. Sin replicarle, Gintoki apresuró su paso para ponerse a la par de ella, saludando brevemente a las mujeres detrás de su jefa.
- Si estás de camino a tu habitación, cuando llegues toma tu haori y vuelve, te esperaré abajo.
- ¿Quieres dar un paseo?
- Algo mejor. Te invito a cenar.
- Hmm, una barbacoa suena bien –Bromeó la rubia.
- Ah... –Murmuró Gintoki, apretando los labios, eso estaba por encima de su presupuesto, pero no quería admitirlo– Supongo que puedo hacerlo.
- ¿Tú puedes pagarme ese tipo de cena? –Replicó ella, con una sonrisa burlona– ¿Acaso asaltaste un banco hoy?
- Oi, ¿acaso te crees que vivo del aire? Puedo costear mis comidas, sabes, y no te olvides que alimento a una Yato glotona a diario.
- Restándoselo de su sueldo y no pagando el alquiler, según tengo entendido.
Gintoki frunció el ceño ante eso, quedándose callado ya sin sonreír. Tsukuyo se sintió inmediatamente culpable de bromear a costa de él, aunque no se esperaba que se lo tomara mal, en otras ocasiones simplemente él le replicaba algo para molestarla, así se divertían.
- ¿A dónde pensabas llevarme? –Preguntó, en un tono más suave, a modo de disculpa.
- Si te lo digo te burlarás, así que voy a llevarte a otro lado –Respondió él, mirando a un costado.
La verdad era que el samurái quería llevarla a comer al puesto de comida callejera del viejo, no era la opción más glamorosa, pero la comida de allí era deliciosa, siempre había pensado en invitarla allí a cenar. Pero después de aquellos agrestes comentarios de la mujer, no quería pasar más vergüenza, por lo que pensó que podía llevarla al restaurante de ramen de Ikumatsu, ese sí podía costearlo, incluso un plato con algo de carne, podía hacer ese esfuerzo monetario a pesar de que no tenía mucho trabajo últimamente, ya vería cómo compensarlo.
- Gintoki, a donde quieras que vayamos estará bien, gracias por la invitación –Insistió ella, conciliadora, tocándole el brazo.
- Quizás no esté a la altura de tu nivel lujoso de vida, Tsukuyo, y sé bien que no soy un hombre que puede satisfacerte en ese aspecto, pero me estoy esforzando –Contestó él en voz baja, revelando su orgullo herido.
- Perdón... No pensé que te molestaría tanto, era una broma como tantas veces te he hecho, no era para hacerte sentir menos.
Ah, maldición, lo había arruinado. La cortesana quería clavarse sus propios kunai, oírlo decir con sinceridad lo que le había dolido le había apretado el estómago. Quería tomarle la mano, hacer algo para disculparse con él, pero no se animaba con sus subordinadas detrás, evidentemente atentas y curiosas a ellos. Si seguía insistiendo en el tema, creía que iba a ser peor, por lo que también se quedó callada.
Por su parte, Gintoki también se arrepintió de reaccionar con esa sensibilidad tan impropia de él. Lo cierto era que desde la noche del reencuentro en que Tsukuyo le había abierto su corazón diciéndole que quería estar con él pese a todas sus excusas, entre ellas su relativa pobreza material, sí le había causado desazón el pensamiento de que todavía no era un hombre que podía cuidar bien de ella en ese aspecto. Sabía que eso no era importante en una relación romántica desinteresada, pero su orgullo masculino estaba en juego al creer que estaba lejos de poder "proveer", y tampoco quería aprovecharse de la bebida y comida gratis de Yoshiwara todas las veces. Al menos si ella estaba dispuesta a estar con él en las buenas y en las malas, lo mínimo que quería hacer era agradecerle con algunos detalles especiales.
Ni bien llegaron a la casa de té de Hinowa, donde arriba estaba la habitación de Tsukuyo, ella pudo al fin tomarle la mano y darse la vuelta para mirarlo a los ojos, frente a frente. Le apenó ver todavía una sombra apagada en los ojos carmín, era su culpa, ya que él había llegado de muy buen humor a Yoshiwara, seguramente entusiasmado con la sorpresa de invitarla a esa cena-cita, la primera que tendrían juntos fuera de ese barrio, y ella lo había arruinado sin querer. No le importó si su amiga o Seita estaban por allí, y apoyó su frente contra el pecho de él, apretándole la mano con sus dedos.
- ¿Podemos empezar de nuevo? De verdad lo lamento, tengo la mala costumbre de ser bravucona cuando me pongo nerviosa. Vayamos a comer a algún lado.
- Si no te molesta, preferiría que lo hagamos en otra ocasión. Te llevaré a un mejor lugar, ya verás.
- No hace falta un "mejor" lugar, Gintoki.
- De cualquier forma, no contabas con que saliéramos hoy, así que simplemente déjalo ir. Le compraré la cena a Hinowa, podemos quedarnos aquí esta vez. Tú vete acomodando en tu habitación, debes estar cansada de trabajar tanto, yo subiré en un rato.
El peliplateado subió las comisuras de su boca en una pequeña sonrisa, que sin embargo no llegó a ser tan alegre como otras veces. Eso hizo sentir aún peor a Tsukuyo, pero no le quedó de otra que asentir. Subió a su habitación sintiéndose miserable, tenía que pensar alguna forma de compensárselo, en su egoísmo se había olvidado por completo que Gintoki todavía estaba con los ánimos bajos desde la muerte de Takasugi, además de todos los sentimientos encontrados con respecto al verdadero final de Shouyou y Utsuro, tenía que ser un poco más sensible y no darle más disgustos de los que ya tenía.
Varios minutos después oyó los pasos en las escaleras, y el samurái entró a la habitación, parecía un tanto más relajado, también dispuesto a dejar atrás ese mal comienzo de la noche para ambos. Tsukuyo estaba segura que podía olvidarse por completo del juego de provocación y fogosidad que había quedado pendiente, por lo que, en su lugar, comenzó su forma de compensar su error acercándose a él y acunarle el rostro entre sus manos, mirándolo con calidez.
- Bienvenido, Gintoki. Tenía ganas de verte...
Acercó su rostro para besarlo, dándole un largo y dulce beso con todo el cariño que pudo. Cuando él al fin le empezó a corresponder, bajó las manos para rodearlo por la espalda, colando una mano dentro de la yukata blanca. Poco a poco los besos ayudaron a que los dos al fin se relajaran, y fue ella la que se animó a hacer el contacto más apasionado. Funcionó de maravillas, ya que pronto el samurái hizo lo mismo, robándole un suave jadeo cuando la sorprendió besándole el cuello, antes de volver a los labios. Hasta ahí llegó la pasión del momento, ya que fue él quién interrumpió el beso y la miró a los ojos, recuperando el ánimo y el pequeño brillo en sus ojos.
No pasó mucho tiempo desde que se sentaron hasta que Seita llamó a la puerta, asomándose para avisarles que ya les había traído la cena, de parte de su madre. El niño todavía no sabía del nuevo romance entre ellos dos, por lo que fue igual de fresco y alegre que siempre, saludando a Gintoki muy contento de verlo tan pronto. En cuanto se despidió, los dos empezaron a comer, todavía bastante callados, hasta que fue el samurái quién rompió el hielo.
- Ahora es tu tuno de hablar, Tsukuyo.
- ¿Sobre qué?
- ¿No habías dicho que querías contarme todo lo que había sucedido por aquí en mi ausencia de dos años? Hay algunas cosas que sigo sin saber, como el cambio de tu apodo a "cortesana celestial", o cómo es que Hinowa está caminando con bastón, pensaba que no podía volver a levantarse de la silla de ruedas. No quería ser poco delicado y preguntárselo yo.
- Sobre eso último, fue una cirugía –Explicó, haciendo memoria– Cuando el barrio de Yoshiwara se convirtió en un barrio turístico y acogió a muchos refugiados, había un médico cirujano entre ellos, que como agradecimiento por darle un hogar y comida aquí, le ofreció a Hinowa hacerle la operación, asegurándole que podría recuperarse y volver a caminar, de a poco.
- Ya veo, tiene sentido. Aunque con tantas cosas misteriosas que pasaron con la altana y todo eso, dudaba si podía ser algo así.
- No, fue un avance humano, por suerte, hay gente muy confiable en el mundo –Sonrió, recordando su alivio y felicidad de ver al "Sol de Yoshiwara" de pie después de muchos años– Y sobre lo que sucedió en tu ausencia, te contaré...
Mientras cenaban, Tsukuyo se explayó en todos los detalles que recordaba de esos años, todas las cosas que había querido mostrarle, y compartir con él, al menos en esa ocasión podía contárselo con orgullo. También le contó de las cosas que sabía de los demás amigos en común que tenían, ya que no pensaba que él fuera a tener esa conversación curiosa con cada uno. Cuando acabó de ponerlo al día y terminaron también de comer, ella se llevó la bandeja con los platillos vacíos, regresando con una botellita de sake para Gintoki.
Él había cambiado de lugar, sentándose cerca de la puerta corrediza del balcón que estaba abierta, mirando hacia afuera. Palmeó el lugar a su lado, indicándole a la rubia que se sentara junto a él, y miró con dudas la bebida.
- No tenía pensado beber hoy, gracias.
- Oh... ¿Estás dejándolo? –Preguntó sorprendida.
- Más bien regulándolo, diría. Una copita sola no estaría mal, pero no es necesario.
- Bien, lo dejaré aquí a un lado, por si luego tienes ganas de tomar esa copita.
Un tanto contenta ya que sabía lo que representaba el alcohol para él, Tsukuyo dejó la bebida a un lado y se sentó junto a él. No quería poner más distancia, por lo cual se fue acurrucando a su lado, y Gintoki sonrió y acomodó sus piernas para darle lugar a que se sentara en el piso entre el hueco de ambas, rodeándola por la cintura para atraerla e invitarla a que se inclinara hacia atrás para apoyarse en él. La rubia lo aceptó gustosa, y se quedaron así en un agradable silencio por un buen rato.
- Me vas a malacostumbrar a volverme una perezosa, Gintoki. Me está gustando demasiado el estar así, tranquilos –Dijo al fin ella.
- Si con eso te relaja de tu obsesión por el trabajo, me siento satisfecho. Al menos algunas noches está bien que descanses, y entrenaste muy bien a las mujeres del Hyakka como para confiar en que ellas resolverán problemas menores. No puedes vivir para trabajar.
- Tendré que aprenderlo del hombre que gusta de tomarse más días libres en todo Edo.
Confiando en que al menos esa broma se la tomaría bien, Tsukuyo giró el cuerpo para poder mirarlo, contenida entre los brazos de él, y se levantó para alcanzar a besarlo, jalándolo hacia ella de la parte trasera de la cabeza. Pudo sentir una sonrisita en los labios de él, por lo que relajó. Creía que nunca tendría suficiente de besarlo, era una sensación de lo más cálida y emocionante, la hacía olvidar por completo el resto del mundo, no existía más el tiempo, el lugar, las ocupaciones, ni las preocupaciones. No tenía referencia de besar a otras personas, pero le daba la impresión de que la forma en que Gintoki la besaba era particularmente dulce, aun cuando se ponía más fogoso. Parecía estar en la profunda naturaleza de ese hombre el ser gentil, le gustaba pensar que era la propia proyección de él de cuánto anhelaba amar y ser amado. Curiosamente, fue él quien dijo algo similar sobre ella en cuanto terminaron esos largos besos.
- Para lo tsundere que eres, das unos besos muy dulces, honey. Te queda perfecto el apodo.
El aire se le escapó de los pulmones a la cortesana al ver la mirada tan rezumante de cariño que veía en los orbes carmín, no eran muchas las veces que lo veía así, junto con esa plácida y bonita sonrisa que acompañaba perfectamente, por lo que era casi hipnótico, le daba felicidad el verlo así, sólo siendo él en ese momento y disfrutando, sin cargas, sin sufrimiento.
- Estaba pensando lo mismo de ti.
- Yo no soy tan tsundere –Se defendió, arqueando una ceja.
- Me refería a los besos. ¿Ves? Siempre te enfocas en lo malo de ti.
Tsukuyo se mordió la lengua, aunque demasiado tarde, ya lo había dicho. Temió que él se volviera a poner serio, aunque para su sorpresa, Gintoki hizo la mueca de una media sonrisa, y suspiró.
- Esa es mi mala costumbre, te dije que ibas a tener mucho trabajo conmigo.
- Y yo te dije que eso no es trabajo para mí.
- Entonces me aprovecharé de tu generosidad.
Compartieron otros besos, con una sonrisita en los labios, hasta que luego de separarse, Tsukuyo le acarició el brazo.
- ¿Te quedarás esta noche?
- Claro.
Sin más que hacer y con el ánimo tan tranquilo, decidieron acostarse de una vez. Prepararon el futón, y Tsukuyo luego le alcanzó una bolsa a Gintoki, ligeramente sonrojada.
- Ten, puedes ponerte esto. Si vas a quedarte a dormir algunos días, pensé que sería más fácil si tenías una muda de ropa para dormir, así que te compré una.
El samurái abrió más los ojos, parpadeando sorprendido al recibir la bolsa, que contenía una yukata color celeste grisáceo. Se le quedó mirando unos segundos, y luego soltó una breve risa, tocándose la frente y los ojos con una mano.
- Ah, tú… Ahora sí que te mereces esa barbacoa, mujer, tendré que esforzarme más.
- No, no te sientas en deuda, no hace falta.
- Hmm, entonces me ocuparé de que tú también tengas una muda para cuando quieras quedarte a dormir en mi habitación, ¿te parece bien?
Tsukuyo se sonrojó hasta las orejas, ante la idea que pronto tuvieran esa costumbre de dormir juntos, en el hogar de uno o de otro. En particular, porque eso significaba que no ocultarían más su romance a nadie. Asintió, y le dijo que podía cambiarse allí, mientras ella lo haría en el baño. Gintoki la siguió mirando mientras se iba, a él también le había impactado el no tan pequeño detalle de caer en cuenta que, si ya tenía pertenencias en la casa de otra persona, era un paso bastante grande, por más que hubiera sido un regalo pensado desde la comodidad y la higiene.
Se cambió la ropa con lentitud y un poco de rigidez, no podía evitar sentirse un poco ansioso con esa realización. Ya se estaba haciendo a la idea de que, si la cosas seguían bien entre ellos, estaba encaminándose a compartir la vida con Tsukuyo, pero estaban avanzando a un ritmo tan tranquilo en el plano romántico, que esa puntual realidad "hogareña" fue demasiado para su acostumbrada vida solitaria. Sin embargo, le había ofrecido con toda naturalidad el hacer lo mismo por ella, no supo de dónde había salido eso, aunque tampoco se arrepentía. En esos últimos días estaba disfrutando de una refrescante y cálida paz interior que no pensó que sentiría a tan poco tiempo de los dramáticos eventos de la última guerra con Utsuro, y quería seguir en ese camino, tenía la esperanza de volver a ser un hombre completo.
Ese pensamiento lo tranquilizó, y para cuando se recostó en el futón y vio a Tsukuyo volver al dormitorio ya cambiada a su ropa de dormir, su corazón dio unos latidos de más al verla así vestida, una imagen de lo más atractiva e íntima, sabiendo que esa ligera yukata era lo único que vestía. No quería quedar como un hombre pervertido y desesperado por tener sexo, tenía en claro que quería invitarla por lo menos a una cita oficial antes de pensar en meterle mano, más a una mujer virgen como era ella. Por lo que se obligó a echarse un baldazo de agua fría mentalmente para calmar su instinto sexual, por ese motivo era que le resultaba más fácil ser dulce y tierno con ella, al menos no lo tentaba de la misma forma que la ardiente despedida del otro día.
- Me alegro que te quede bien el talle, fue la primera vez que compraba ropa para un hombre –Dijo la cortesana.
- Es cómodo y de muy buena calidad, gracias.
En cuanto Tsukuyo se metió en el futón, Gintoki se giró de lado para quedar frente a ella. Estaba indeciso, no le faltaban ganas de besarla, pero también sabía que eso le iba a hacer más difícil controlarse después, en especial si ella se animaba a tocarle parte del torso expuesto, o si sus piernas desnudas se enredaban juntas. No ayudaba verla con las mejillas sonrojadas, seguramente ella estaba pensando algo similar. Su limitada caballerosidad le ganó la pulseada, al menos esa noche, aunque no sabía cuánto más podría contenerse, quizás pronto era conveniente que tuvieran esa conversación. Lo resolvió abrazándola por la espalda y atrayéndola hacia él, dándole un suave beso en los labios, para después apoyar su mejilla sobre la cabeza de ella.
- Buenas noches, Tsukki.
- Buenas noches a ti también, Gintoki, que duermas bien.
La rubia tuvo que poner su mano sobre el corazón con la esperanza de que él no sintiera cuan fuerte este latía, a diferencia de la noche anterior en la que ya estaba soñolienta, esa noche estaba totalmente despierta y consciente de que había invitado a dormir a Gintoki con ella, incluso comprándole ropa de dormir y todo el paquete. Se sorprendió que él simplemente le deseara las buenas noches más allá de buscar la cercanía, aunque en cuanto apoyó su cabeza sobre el pecho de él, sus ojos se abrieron al notar los fuertes latidos, también él debía estar un poco ansioso por estar así juntos. Sonrió para sí misma, y le devolvió el medio abrazo, quería de alguna forma transmitirle que los dos eran nuevos e igual de torpes en eso. Tan calentita y cómoda estaba así, que pronto cayó dormida.
Sin embargo, algo la despertó en mitad de la noche, sentía algo de frío, y ahí fue cuando se dio cuenta de que ya no estaba entre los brazos del samurái, él estaba boca arriba. Le pareció raro despertarse sólo por eso, con lo acostumbrada que estaba a dormir sola, cuando de pronto oyó algo que llamó su atención.
- ...sugi...
Sus ojos se abrieron por completo, al percibir una nota de angustia en el susurro de la voz que sin dudas pertenecía a Gintoki. Él estaba boca arriba, con el ceño un poco fruncido, y pudo notar la tensión que tenía su rostro.
- No... No...
Apenas entendía lo que él decía, pero alcanzaba para darse cuenta de que debía estar soñando algo malo, sus murmullos se mezclaban con jadeos agitados.
- ¿Gintoki? Oi, despierta –Susurró ella, sin tocarlo todavía, prefería que se despertara sin sobresaltos.
- Taka...no... Tsuku...
"¿Tsuku?" No sabía si él conocía a otra persona con ese nombre, pero algo le decía que también estaba soñando con ella. Nunca había despertado a alguien en medio de una pesadilla, pero no podía dejarlo así, no cuando el tono de él se volvía más nervioso y angustiado cada segundo. Se decidió a despertarlo, y se sentó a su lado, para estirar su mano hacia el hombro de él para sacudirlo ligeramente, cuando de pronto un inesperado grito y movimiento hacia delante de él la hizo casi saltar de la cama hasta el techo.
- ¡TSUKUYOOO!
Un sonoro jadeo de susto escapó de sus labios, ese grito creyó que podría haber resonado en medio Yoshiwara, y tanto fue su sobresalto que cayó hacia atrás, sobre su trasero.
- ¡Gintoki!
Olvidando todo intento calmo de despertarlo, se incorporó rápidamente. No llegó a tocarlo, cuando alcanzó a ver que al fin se habían abierto muy grandes y asustados los ojos de él, su respiración acelerada como si hubiera hecho una carrera.
- ¡Ginto...!
Ni bien alcanzó a tocarle el rostro, ahogó un jadeo al verle los ojos brillantes anegados con lágrimas, pero eso fue todo lo que alcanzó a ver ya que él rápidamente la atrapó para abrazarla con fuerza, demasiada fuerza. Pese a ello, se esforzó por hablar y por intentar abrazarlo, tenía que calmarlo.
- Gintoki, tranquilo, fue una pesadilla, fue sólo una pesadilla.
No entendió por qué, pero él le miró el cuerpo todavía con una expresión asustada en el rostro, y le tocó el abdomen, mirándose luego la mano, como si quisiera comprobar algo. La rubia entendió que él debía haber soñado con que alguien la había herido, lo que buscaba era su sangre.
- Oi, Gintoki, mírame, mírame, aquí estoy, estoy bien.
A la fuerza, le tomó el rostro entre sus manos y lo obligó a mirarla a los ojos, lo cual pareció devolverlo un poco más a la realidad. Sin embargo, no estaba preparada para verlo llorar, no creía que tanta angustia fuera posible en esos ojos rojos, dilatados por el miedo.
- Tsukuyo...
- Sí, ¿me ves? Soy yo, estoy bien. Estabas soñando algo malo, pero sólo fue eso, tranquilo. ¿Qué... qué soñaste?
Después de unas cuantas respiraciones para retomar algo de autocontrol, él empezó a hablar.
- Quería recuperarlo... De verdad quería recuperarlo –Musitó Gintoki con la voz temblorosa.
- ¿A Takasugi?
- No pude proteger a mi maestro. No pude proteger a mi amigo. Y él... Tú te metiste en el medio para intentar protegerme, y él te...
Eso le bastó a Tsukuyo para entender de qué iba la pesadilla, y se estremeció ante la cruda imagen. Aprovechando que él había aflojado el férreo abrazo desesperado, ella logró sacar sus brazos para abrazarlo y contenerlo, haciendo que él apoyara la cabeza sobre su pecho. Le acarició la espalda con toda la calma que pudo reunir, con la intención de serenarlo.
- Vuelve aquí, Gintoki, conmigo, olvida ese sueño. Estoy aquí, a salvo, y Takasugi...
Se interrumpió sola, no le pareció necesario recordarle que su amigo estaba muerto. Se quedó callada, dándole tiempo a procesar todo, no debía ser la primera vez que tenía una pesadilla así, aunque no podía imaginarse lo horrible que debía ser que esos sueños fueran recurrentes. De pronto, se sobresaltó nuevamente cuando la puerta de su habitación se abrió, y allí aparecieron Hinowa y Seita, con una expresión más que preocupada.
- ¡¿Qué sucedió, Tsukuyo?! ¡¿Estás bien?! –Preguntó la cortesana.
- Sí, no me pasó nada, fue... Gintoki tuvo una pesadilla.
- Oh... –Al lograr enfocar los ojos en la oscuridad, Hinowa vio que Tsukuyo tenía en sus brazos al samurái– Oh, Gin-san... Nos despertó el grito en medio de la noche, y pensamos que alguien había entrado y te había atacado.
- ¡Gin-san! –Exclamó Seita, y se acercó al hombre, tan preocupado que no pidió permiso.
Gintoki levantó una mano en el aire, en señal de que ya estaba mejor. Hinowa también se acercó, aunque para sacar delicadamente a su hijo.
- Gin-san, te traeré un poco de té para que te ayude a calmarte.
- Sake... –Susurró.
- Perdón, no te oí bien.
- Necesito sake.
- ¿Sake? Pero eso no te hará...
- Sake –Gruñó más fuerte, con la mirada turbulenta.
Tsukuyo se estremeció de pies a cabeza, y apretó los labios. Al fin se unían las piezas de todo lo que él le había dicho la otra vez, de que se emborrachaba hasta perder la consciencia para lidiar con sus malos pensamientos y pesadillas. Compartió una mirada apremiante con Hinowa, y negó con la cabeza.
- Gintoki, tengo aquí la botellita que dejamos anoche, te daré eso.
- No alcanzará. Una maldita botella no alcanzará –Dijo con un tono más grave.
- No, pero... Yo estoy aquí, no estás solo. Te ayudaré a calmarte.
- No se van a ir, Tsukuyo. Las imágenes no desaparecerán.
A la cortesana le angustió oírlo, podía entenderlo, ella también había tenido pesadillas horribles luego de la muerte de Jiraia, pero nunca había recurrido al alcohol para sobrellevarlo.
- Quizás no tienen que desaparecer a la fuerza, sino que entiendas que sólo fueron un mal sueño, que no fue real ni lo va a ser, porque... Perdón que lo diga, pero sabes bien que Takasugi ya no está entre nosotros.
- Déjame lidiar con esto a mi forma, Tsukuyo –Gruñó Gintoki, y se zafó del abrazo de ella.
- No.
- ¿Qué?
- No te dejaré hacer eso –Contestó con firmeza– No voy a juzgarte, pero tampoco voy a dejar que te ahogues en alcohol. Te prometí que iba a ayudarte a estar mejor, y eso haré.
- Tú no sabes nada...
- Quizás no, pero sé que algún día tendrás que librarte de tu adicción, por más duro que sea. Tú me dijiste hace unas horas que estabas empezando a regularlo, así que es también tu voluntad. Admito que no sé cómo llevar esta situación, por lo que vamos a encontrar un punto medio. Te daré esa botellita de sake, pero no más.
Gintoki le dedicó una fiera mirada, nada conforme.
- Beberás eso, que es suficiente para embotar tu mente, este sake es una bebida fuerte. El resto lo haré yo, me quedaré contigo hasta que te tranquilices.
- No dormirás nada.
- No me importa, ¿te crees que no he pasado más de una noche en vela alguna vez? Por favor, Gintoki, no me subestimes.
Tsukuyo miró con seguridad a Hinowa y a Seita, en un claro pedido de que los dejaran solos, lo cual ellos acataron al instante, confiando en ella. La rubia se puso de pie y fue a buscar la botellita junto a la copa, y se sentó al lado de Gintoki, manteniendo una expresión impasible, para darle a entender que no iba a ceder, esperaba que él entendiera que era por su mayor bien. Le iba a costar horrores, todavía su corazón estaba comprimido de angustia de verlo así, con lo tranquilo que había estado horas antes. Pero ese era también Gintoki, esa oscuridad era parte de él, y ella tendría que aceptarlo y abrazarlo, si quería ayudarlo.
Le entregó la primera copita, que él vació en su boca de un solo trago, y se la acercó para que se la llenara. No tardó más de un par de minutos en terminarse la botellita, un trago tras otro, y para cuando terminó, Tsukuyo dejó las cosas a un lado y lo miró a los ojos, esperando que él le devolviera la mirada para levantar la mano y acariciarle la mejilla.
- Gintoki, ¿estás conmigo?
- Sí –Respondió él, con una mezcla de sentimientos encontrados bullendo en su interior.
- Ven, acuéstate conmigo otra vez, estaremos más cómodos. Sólo eso, no importa si no te duermes, sé por experiencia que uno no quiere hacerlo, porque tiene miedo de volver a soñar lo mismo. Pero trata de relajarte, y recuerda que ésta es la realidad, no la de tu mal sueño –Le tomó la mano con un buen apretón, mirándolo con todo el afecto que pudo, y le sonrió con confianza– Sé que podrás hacerlo, poco a poco.
Por más contrariado que el samurái se sintiera con la amargura de su interior, una parte de él no quería ser tan cretina como para alejar a Tsukuyo, por lo que le siguió la corriente y se dejó arrastrar de vuelta al interior del futón. Lo cierto fue que poco a poco con el pasar de los minutos, la calma empezó a hacerse lugar en su alterado corazón, sumado al confortable calor corporal de la cortesana, que lo mantenía abrazado y le acariciaba la espalda con el dedo pulgar. A pesar de ello, en cuanto cerró los ojos algunas imágenes desagradables de su sueño volvieron a hacerse vívidas, en especial el momento en que Takasugi atravesaba con su espada el abdomen de Tsukuyo, y ella caía moribunda en sus brazos. Odiaba esa manía masoquista de la mente de volver a recordar una y otra vez las peores escenas, y no solamente en sueños. Inconscientemente se apretó más contra la rubia mientras se tensaba por el pensamiento de que no soportaría perderla.
- ¿Te encuentras un poco mejor?
- Sí, al menos no peor.
- ¿Hay algo más que pueda hacer para ayudarte? –Preguntó preocupada.
- Sí, lo hay –Levantó la mirada, dedicándole una muy intensa– Déjame embriagarme de ti, eso es lo único que tengo por seguro que me hace olvidarme de todo lo demás. Perdona que sea egoísta, pero quiero perderme en tu boca hasta que simplemente nada más me importe.
Tsukuyo quedó boquiabierta unos segundos, exceptuando el contexto de no era el momento para ponerse cariñosos, nunca había oído algo tan romántico y apasionado en toda su vida, ya que sabía que sus sentimientos al menos sí eran honestos. Sabía que era más una necesidad de distraerse que algo genuinamente amoroso, pero esa noche le bastaba con aquello, si Gintoki podía salir de ese estado.
En respuesta, fue ella la que recortó la distancia entre ambos para besarlo. No se contuvo nada, lo hizo como si lo necesitara tanto como él a ella, presionando sus labios como si quisiera llegar hasta al alma del samurái. Él le correspondió de la misma forma, besándola presuroso con su boca más abierta, succionando los tiernos labios de ella con intensidad. Tan sólo los primeros segundos de ese contacto lo trajeron de inmediato al presente y le devolvieron el calor a su pecho, tan frío un momento antes. En el impulso de buscar besarla hasta fundirse juntos, aprovechó un suave jadeo de ella para empujar su lengua, notando el ligero sobresalto de la cortesana ante esa nueva sensación, aunque luego ella lo abrazó con más fuerza y empezó a corresponderle tímidamente, hasta que poco a poco sus lenguas danzaban en sincronía.
Sus manos no iban a quedar ociosas, por lo cual Gintoki llevó una para enterrar sus dedos en la lacia melena rubia, mientras deslizó la otra mediante caricias por toda la espalda y los costados de ella, todavía una parte consciente de su mente seguía alineada con la decisión de no tocarla de forma más íntima, eso llegaría en otra ocasión más apropiada. Además, lo que buscaba esa noche no era precisamente satisfacer sus impulsos de excitación, sino de colmarse de la sensación de estar vivos, de ser amado, así como que no importaba qué tan hondo era el pozo en el que se encontrara, qué tan oscura sería la noche, siempre habría una mano luminosa que lo sacaría de allí. Tsukuyo representaba esa luz para él, era una mujer fuerte en la que se reflejaba por lo mucho que se identificaban, y así como él le "había devuelto la luz del sol", también pensaba que ella estaba haciendo lo mismo para él.
Nunca había aceptado y mostrado su vulnerabilidad tanto como en esos últimos días, y por primera vez, si bien tampoco le resultaba fácil, estaba dispuesto a revelarla por completo sólo con ella. Un alma desnuda, tal como la cortesana había dicho que se entregaría a ser junto a él. No tenía sentido seguir resistiéndose o negando sus temores, tenía que confiar por completo a ella, al menos revelando los que seguramente le producían esas horrendas pesadillas, ese era el primer paso para sanar su maltrecho corazón. Ese pensamiento le provocó una fuerte emoción, y la abrazó con más fuerza, incluso entrelazando sus piernas también, aunque aun así creía que esa cercanía no alcanzaría para transmitirle cuán preciosa era ella para él.
Alineado con esa sensación de que el tiempo había dejado de existir, al menos el tiempo mental, siguió besándola con fervor hasta que al final decidió darle un respiro. Gintoki podía sentir su rostro muy caliente, todo su cuerpo también, y se imaginaba que lucía tan sonrojado como ella. Se miraron a los ojos por interminables segundos mientras se serenaban, hasta que los de Tsukuyo mostraron una pizca de preocupación nuevamente.
- ¿Qué ves ahora? –Preguntó con sutileza.
- Sólo a ti.
La rubia sonrió con alivio y ternura, acariciándole el rostro y bajando la mano para dejarla apoyada sobre el corazón de él.
- Me alegra oírlo.
- Gracias, Tsukuyo, de verdad. Sigue manteniendo tu fe en mí, y te prometo que me esforzaré en dar lo mejor.
- Siempre lo haces, Gintoki –Se movió un poco más hacia arriba en el futón, para volver a quedar en posición de contenerlo a él en sus brazos, y le dio un beso en la parte superior de la cabeza– Siempre lo haces.
Buenas! Continuando aquí con este agridulce capítulo, todo tiene una razón de ser. Como siempre, espero que les haya gustado, y como se habrán dado cuenta, el romance y lo hot viene cocinándose a fuego lento, no quería forzar las cosas para llegar a eso todavía.
Gracias por sus kudos, comentarios y por todo el apoyo, el feedback es muy cálido y enriquecedor, y un mimo para los que disfrutamos de hacer contenido para nuestras ships favoritas.
Muy buena semana, y hasta el próximo capítulo!
