A diferencia de la otra vez que habían dormido juntos, la mañana después del evento de la pesadilla Gintoki ya se había despertado con el amanecer, su sueño había sido tan ligero que los mínimos movimientos de Tsukuyo a su lado lo habían despertado seguido durante la noche. Normalmente no podía siquiera conciliar el sueño después de algo así, por lo que había sido todo un logro el dormir al menos un par de horas seguidas, y el resto del tiempo desvelado se lo había pasado contemplando a oscuras el rostro de la cortesana, hasta que eventualmente se relajaba lo suficiente para volver a dormitar.

Agradeciéndole el apoyo y la compañía durante la compleja noche, el samurái se fue temprano, se sentía un tanto culpable de haberle privado el descanso que sabía bien que ella necesitaba, con todo lo que se exigía trabajando a diario. Tsukuyo no lo contradijo pese a que no tenía sueño, se quedó acostada en el futón al menos hasta que él se fuera y pasaran unos minutos. Ese día fue un tanto decaído para ella, preocupada constantemente mientras se preguntaba cómo estaría él de ánimo.

Gintoki no regresó sino hasta tres días después, sorprendiéndola con su presencia un mediodía, en lo que solía ser la hora de descanso y almuerzo de ella. Se veía como siempre, esos ojos rojos entreabiertos con expresión indiferente, aunque últimamente notaba que cuando se encontraban ambos, le brillaban una pizca más cuando la saludaba con una pequeña sonrisa.

- Gintoki, no esperaba verte hoy. ¿Cómo estás?

- Bien, ¿y tú? ¿Cómo van las cosas por aquí?

- Más tranquilas, ya logramos atrapar a los problemáticos de la semana pasada.

- Mejor así. Oye, ¿crees que puedes hacerte un rato esta noche para vernos?

- Puedo.

Asintió con calma, intentando no demostrar que en esa ocasión hubiera sido capaz de cancelar por sí misma su trabajo, con tal de ver con sus propios ojos cuánto mejor se encontraba él realmente, sabía que ese hombre solía esconder sus verdaderas emociones, en especial las conflictuadas.

- Ven a esta dirección cuando termines de trabajar, no importa si es tarde –Explicó Gintoki, entregándole un papelito escrito.

- A eso de las diez y media creo que podría llegar.

- Está bien.

- ¿Cuál es el plan?

- Invitarte a comer afuera, quiero que conozcas un lugar que habitúo –Con una media sonrisa a modo de disculpas, se rascó la cabeza– Perdón, sigue sin ser la barbacoa, para eso tengo que ahorrar un poco más, pero sé que te gustará donde iremos.

- Me encanta la idea, gracias, Gintoki –Agradeció la rubia con una bonita sonrisa– Aunque olvídate de lo de la barbacoa, de verdad que fue una broma que quise hacerte.

- No, eso es algo que quiero hacer, Tsukuyo –Replicó él con más seriedad– Lo hago también por mí, quiero mejorar y ser el tipo de hombre confiable que puede invitarte al menos una vez por mes a algo como eso.

Tsukuyo sintió su corazón derretirse ante eso, además de sorprenderse gratamente, que Gintoki se estuviera proponiendo ese tipo de cosas era un inesperado avance, que él saliera de su posición de asumirse siempre como alguien vago y pobre.

- Está bien, me alegra oírlo.

- Además... Si no puedo siquiera afrontar un gasto como ese, no hay forma que pudiera...

La voz del samurái se fue perdiendo en un murmullo pensativo, como si hubiera hablado más para sí mismo que para que ella lo oyera. La cortesana apenas alcanzó a oír la mitad, por lo que el resto lo tuvo que deducir, interpretándolo por el lado del orgullo o la dignidad de él, aunque se sorprendió de notar un ligero sonrojo en las mejillas de Gintoki. Queriendo evitar que él se pusiera incómodo o en posición de dar explicaciones, ella cambió de tema.

- Nos vemos esta noche entonces, ahora tengo que volver al trabajo, o no terminaré a tiempo.

- Ve tranquila, sólo quería decirte eso. Y tengo que hablar con Hinowa, ella me pidió que viniera.

Tsukuyo lo miró un tanto extrañada, no había oído a su amiga mencionar aquello, y siempre solía adelantarle cuándo invitaba a Gintoki a Yoshiwara, para que "casualmente" ella se hiciera un rato y estuviera también cerca, esa mujer era cupido personificado. Dejándolo pasar, se encaminó en la dirección contraria a la de él, despidiéndose sólo con una mirada cómplice, todavía no se animaba a darle alguna demostración pública de afecto.

Por su parte, el peliplateado se dirigió a Hino-ya, encontrando a la cortesana allí.

- ¡Ah, Gin-san! ¡Qué sorpresa verte por aquí!

Gintoki apretó los labios en una sonrisa tensa, agradeciendo para sus adentros que Tsukuyo ya no estaba cerca para haber oído eso, o le habría parecido muy sospechosa la contradicción. Por lo que se llevó un dedo al labio con una sonrisita culpable.

- Shhh. Hinowa, ¿podrías hacer de cuenta que tú me invitaste hoy?

- Oh... Claro, Gin-san –Aceptó la mujer, curiosa, de inmediato borrando su expresión de sorpresa, y bajó la voz– Dime en qué puedo ayudarte.

- ¿Por casualidad Seita necesita alguna clase de apoyo en sus estudios?

- Le está yendo mejor en la escuela, aunque supongo que siempre puede reforzar algunos temas, además de que le gusta mucho estudiar contigo. ¿Necesitas trabajo?

- Sí, en lo que puedas ayudarme.

- ¿Cuánto necesitas? Sabes que puedes pedirme prestado cuando quieras.

- Prefiero trabajar por mi dinero esta vez –Contestó con una media sonrisa– Seré directo, ¿cuántas horas tendría que ayudarle a Seita con sus estudios para que pudieras pagarme unos cinco mil yenes? Quiero llevar a Tsukuyo dentro de una o dos semanas a comer yakiniku, pero no sé si llegaré pronto a ese dinero con los trabajos de Yorozuya, que además tengo que repartir con los chicos.

Hinowa parpadeó varias veces, sus ojos volviéndose más y más brillantes cada segundo, aunque se esforzó por disimular su emoción, ella encantada le hubiera hasta regalado ese dinero con tal de que invitara a Tsukuyo a salir a algo así.

- Déjame ver... Unas cuatro horas estaría bien.

- ¿Qué? ¿Cuatro horas? –Cuestionó Gintoki boquiabierto– ¿No es muy poco? Me esperaba unas ocho o diez, a lo que me sueles pagar. Tampoco soy un profesor de verdad...

- Cuatro horas, y lleva a Seita al cine y a comer algo una tarde en mi lugar, ¿sí? Eso suma otras tres horas de tu tiempo. Hay una película de acción que quiere ver, y estoy segura que le encantará ir contigo... Vayan con Tsukuyo, los tres, será más divertido así, y ella también necesita relajarse y divertirse. ¿Te parece bien?

La sonrisa de Hinowa fue tan luminosa e inocente, que el samurái no se atrevió a volver a cuestionarla. Ni bien oyó que mencionó a la rubia, supo que ese era el plan de la cortesana madre, cualquier excusa le servía para dejarlos pasar más tiempo juntos. Le agradeció por la generosidad y la buena predisposición.

- ¿Está bien la semana que viene? Ya invité a Tsukuyo a cenar esta noche al restaurante de unos amigos, no quiero interferir demasiado con su trabajo.

- Claro, cuando quieras. Puedes ayudar a Seita esta semana, y dejar el cine para la próxima, te pagaré adelantado.

- Suena bien, perfecto. Gracias, Hinowa.

- Cuando quieras. Ah, y Gin-san... Si vas en serio con Tsukuyo, cuenta conmigo cuando necesites sugerencias, o si necesitas algo para hacer más de esas salidas especiales. Me alivia el corazón verla feliz contigo, y sé que tú la cuidas bien.

Gintoki asintió, sintiendo esa ligera presión de que más que la amiga y la persona a la cual la rubia protegía, Hinowa por momentos actuaba como la madre, atenta al bienestar y porvenir de ella. Acordaron los días para las clases de apoyo de Seita, y luego de eso el samurái regresó a Kabuki-cho.

A la hora acordada por la noche, él ya la estaba esperando en la puerta de Hokuto Shinken, el restaurante de ramen de Ikumatsu. Pasaron varios minutos hasta que Tsukuyo apareció, caminando a paso apresurado. Llevaba puesta su yukata de siempre, con un haori lila y floreado, aunque para sorpresa de él, esa vez llevaba el cabello suelto.

- ¡Perdona, Gintoki, se me hizo tarde! –Exclamó, dando los últimos pasos aún más rápidos.

Dando una rápida mirada alrededor para asegurarse que no hubiera nadie, Tsukuyo se puso de puntillas y lo saludó con un corto beso en los labios, que sorprendió aún más al samurái.

- Ah... No te preocupes, no esperé tanto. ¿Entramos?

Ni bien pasaron la puerta corrediza, los ojos violetas de la rubia se abrieron mucho al reconocer a una persona conocida dentro del restaurante, aunque no como cliente, sino detrás del mostrador.

- ¿Katsura?

- No soy Zu... Espera, sí dijiste bien mi nombre –Se corrigió el samurái, demasiado acostumbrado a contradecir a Gintoki– Bienvenida, Tsukuyo-dono.

- Bienvenida, yo soy Ikumatsu –Se presentó la cocinera, con una reverencia– Gin-san nos dijo que vendría con usted, espero que disfrute mi comida.

Correspondiendo el saludo, la cortesana trató de disimular su creciente curiosidad por ver a Katsura allí. Dudaba que él necesitara trabajo como camarero o que fuera también cocinero, pero no sabía que estaba en pareja, si había hecho una buena suposición. Después de sentarse, miró a Gintoki de forma de transmitirle su duda, y él le contestó con un guiño de ojo y un mínimo asentimiento.

- Tsukuyo-san, ¿hay algún ingrediente que no le guste o algo especial que quiera probar? Gin-san me pidió un bowl especial para los dos, pero quiero confirmar con usted primero.

- No, me gusta de todo, al menos lo que suele llevar el ramen, gracias.

Unos minutos después, mientras Katsura se sumaba a la conversación para ponerse al día con su amigo, Tsukuyo se dedicó a mirar todo el bonito restaurante, era un lugar mediano y sencillo, cómodo y con un aire familiar. Mientras Ikumatsu cocinaba, notó la confianza y las miradas cálidas que sutilmente podían percibirse entre ella y Katsura, aunque él parecía estar allí más para apoyarla y acompañarla que para trabajar, si bien fue quién sirvió los generosos bowls cuando estuvieron listos.

- Espero que lo disfruten, buen provecho –Dijo la cocinera, con una dulce sonrisa.

La cortesana se sorprendió de ver que su plato tenía muchas lonjas de cerdo marinado, hongos, menma, así como el ajitsuke tamago con la yema anaranjada brillante y blanda, además del cebollín fresco por encima. Se veía y se olía delicioso, sin probarlo todavía sabía que iba a ser uno de los más ricos ramen que habría de saborear en su vida.

- "Especial de Tsukki" –Comentó Gintoki, luciendo muy orgulloso.

- Oh, ¿no es del menú, sino uno especial? Gracias, Gintoki, se ve muy rico.

Echándole una breve mirada al bowl de él, la rubia notó que era un poco más sencillo. También tenía el cerdo, pero en menor cantidad, y no tenía los hongos ni los brotes de bambú. Deseando buen provecho, se dispuso a comer, y ni bien dio el primer sorbo y bocado, un gemido de gusto escapó de su boca de tan bueno que estaba.

- ¡Mmm, esto está delicioso! Te felicito, Ikumatsu-dono, creo que nunca probé un ramen tan rico antes –Apreció con respeto hacia la cocinera.

- ¡Vaya, me alegro mucho!

Katsura sonrió al verlos, no sabía quién lucía más feliz y orgulloso, si Ikumatsu o Gintoki, aunque era mucho más evidente la expresión en el usualmente indiferente rostro de su amigo. Era realmente un alivio para él ver a su viejo amigo con las sombras disipándose de su rostro, genuinamente alegre y con el entusiasmo reluciendo en los ojos carmesí, que esa noche brillaban como si la luz bailara en ellos. Recordó la reciente noche en que Gintoki lo sorprendió visitándolo con una botella de sake y muchas ganas de compartirle su dicotomía sentimental con Tsukuyo luego de que ella lo había besado, dicha confidencia emocional fue suficientemente rara debido a que su amigo no era el más comunicativo o que gustara de abrir su corazón y exponer sus inseguridades.

Quizás no muchos lo notarían, pero él sí, que lo conocía desde niño y habían estado juntos en los buenos y malos momentos de todas sus vidas. En cuanto la pareja se concentró en comer y en conversar entre ellos animadamente, él miró a Ikumatsu y le acarició cariñosamente la cintura a su novia cuando nadie los veía, entendía perfectamente esa felicidad y cómo se iluminaba todo cuando uno dejaba las dudas y auto-limitaciones, y se decidía a estar junto con esa persona especial, no había sido ajeno a ese dilema, y tal vez por eso Gintoki lo había ido a buscar para pedirle consejo, le gustaba pensar que de alguna forma había inspirado a su amigo a dar ese paso en dirección de disfrutar toda la felicidad que la vida podía ofrecerle.

Si bien no fue una cena a solas ni romántica para Gintoki y Tsukuyo, para la rubia fue incluso mucho más bonita, estando allí relajados y conversando animadamente entre amigos, oír a Gintoki y Katsura rememorando y cada tanto burlándose en confianza sobre cosas que habían vivido juntos, o dejando entrever cómo eran ambos de jóvenes, lo cual era completamente desconocido por la cortesana, y le daba mucha curiosidad. Se había acostumbrado a algunas ocasionales salidas o reuniones amistosas con Sarutobi, Kyubei y Otae, las autodenominadas "Diamond Perfume" de lo cual seguían riéndose hasta ese día, pero aun así lo de esa noche era completamente diferente, se sentía más íntimo y familiar, algo de lo cual pocas veces había disfrutado en su vida, sin contar la vida diaria con Hinowa y Seita, que eran su familia de corazón.

La cena se extendió por más de una hora, mientras Ikumatsu también atendía a otros clientes que llegaban al restaurante. Para cuando terminaron, Gintoki pagó, y se despidieron de los otros, Tsukuyo diciendo que de seguro tenía ganas de volver, y que recomendaría mucho el lugar. Emprendieron el camino de regreso a Yoshiwara luego de que el samurái preguntara si estaba bien para ella que se quedara a dormir esa noche, y fue en ese momento, ambos caminando lado a lado, en que la cortesana dudó si tomarle la mano o no. Si se ponía a revisarlo, él no había dicho nada de forma directa de que estaban saliendo, así como no le había tomado la mano ni había hecho otro gesto cariñoso frente a sus amigos, por lo cual la rubia pensó que quizás era algo que debía preguntarle en otra ocasión, pero no esa noche en que todo estaba tan bien y relajado. Por lo tanto, sacó a colación el tema que más curiosidad le había dado.

- No sabía que Katsura estaba en pareja.

- Formalizaron hace unas semanas, aunque hace tiempo que él quería meter la cabeza entre las piernas de Ikumatsu, bueno, las dos cabezas... –Sonrió con picardía.

- ¡Gintoki! –Exclamó Tsukuyo, sonrojándose mucho.

- ¿Qué? Era demasiado obvio, Zura se lo pasaba yendo a comer ahí hace al menos tres años, pero no hacía nada porque insistía en que ella sólo tenía ojos para su esposo fallecido. Te lo digo, ya debía tener las pelotas a reventar de tanto aguantarse, era tan fácil como invitarla a salir y luego se la comía de postr...

Gintoki de pronto abrió los ojos y se calló abruptamente, al darse cuenta que Tsukuyo podía interpretar esas mismas intenciones de su parte. Bastó una mirada de reojo, para corroborar su intuición, la rubia había fruncido el ceño y se veía aún más sonrojada.

- Eeeh... Espera, Tsukki... Eso lo decía por ellos, hace tiempo que están así... No pienses que yo te invité hoy sólo para... –Farfulló, atropellado.

- Ah, ¿no? –Lo interrumpió la cortesana, alzando una ceja. Ver al samurái incómodo compensaría, se lo iba a cobrar de esa forma.

- Quiero decir... No es como si no quisiera, si estamos saliendo tarde o temprano vamos a... eeeh... si quieres, claro. Pero no lo hice con esa intención, ¿lo oyes?

- Mmhmm.

Si bien quería divertirse un poco a costa de él, fue bastante difícil para Tsukuyo el mantener la expresión impasible, mientras por dentro su corazón se aceleraba. Tampoco se le ocurrió nada ingenioso que contestar, probablemente lo arruinaría con sus nervios. A decir verdad, creía que lo mejor que podía hacer era ser sincera, ya estaba grandecita y él estaba al tanto de sus sentimientos, como para jugar a hacerse la esquiva. Tomó una respiración profunda para serenarse antes de hablar.

- Tampoco me ofendería si lo hicieras, al menos vienes siendo bastante considerado conmigo, y fui yo la que hace dos años te dije que quería estar contigo de esa forma, no voy a hacerme la inocente ahora. Aunque... –hizo la mirada a un costado y bajó un poco la voz– No contaba con que fuera apenas después de nuestra primera cita.

- Ah... –Los ojos rojos del samurái se abrieron como platos y quedó boquiabierto un momento, hasta que su cerebro finalmente reaccionó– Bueno, me alivia que no me veas como un aprovechado, y que también lo quieras –Carraspeó, tratando de ignorar el repentino calor en su entrepierna– Aun así, no hay prisa, prefiero que seas tú la que me digas cuándo te sientas lista.

La cortesana asintió, soltando el aire que retenía en sus pulmones. El resto del trayecto hacia la habitación de Tsukuyo lo hicieron en silencio, ambos estaban un tanto incómodos por haber traído el tema a colación, ella en parte maldiciendo el hecho que Gintoki le hubiera echado el fardo de que lo buscara nuevamente cuando quisiera hacerlo, le era más fácil seguirle la corriente y dejarse llevar por la actitud usualmente más apasionada y relajada de él. Para cuando llegaron al destino, todavía ambos bastante callados, subieron las escaleras hacia la habitación, y dejaron el calzado en la puerta. La rubia ya había dejado el futón armado desde la mañana, pero sintió que no podía dejar el tema anterior así como así sin decir nada antes de acostarse juntos, no quería que fuese más incómodo o rígido entre ambos.

- Gintoki...

- ¿Sí?

- Aunque no pase "todo", no es como si rechazara que hicieras algo. Sólo digo.

Hecho. Hasta allí podía volver a equilibrar las tablas, darle a entender de forma sutil que prefería que él iniciara ese tipo de acercamiento. Era un hombre con más experiencia, de seguro sabía mejor qué hacer, la única forma que ella conocía de seducción, y sólo desde la teoría, era la de las cortesanas, y hacer algo tan directo y atrevido podía ser un desafío más para ella misma.

El samurái percibió el repentino aire cohibido de Tsukuyo, a la par de una clara invitación a que dejaran el amorío inocente de lado. Recordando que el quedarse titubeando o tímidos no era fácil ni lo usual para ninguno, decidió tomar cartas en el asunto, menos pensar, y más acción para dejar atrás esa incómoda sensación. Y si algo le salía bien a él, era provocarla. Alineado con eso, caminó detrás de ella y la rodeó sorpresivamente por la cintura, atrayéndola hacia él, para agachar la cabeza y poder hablarle junto al oído.

- ¿Algo cómo qué, dices?

La rubia se sobresaltó al sentirlo tan cerca, además de que el repentino tono grave y seductor de él por poco y le aflojó las rodillas. No pudo contestar aquello, el maldito no sabía jugar con sutileza, no tenía puntos medios, aunque sabía que lo había hecho adrede. A falta de palabras, optó por evitar darle lugar a ese tipo de diálogo demasiado directo y osado, por lo que se giró y se puso en puntillas para colgarse de sus hombros y atraerlo a un apasionado beso, eso lo callaría. Con una sonrisita juguetona en los labios, Gintoki le correspondió con la misma intensidad, pronto empujando su lengua dentro de la boca de ella para hacerlo más ardiente. El gemido de ella fue ahogado en sus bocas unidas, y él aprovechó para bajar las manos para colar las manos debajo del haori violeta, y acariciarle los costados y la espalda baja.

Tsukuyo se dejó llevar, pegándose más a él, al menos ese tipo de besos la hacían ser menos consciente de sí misma y evitaban que se pusiera más torpe o nerviosa. Sus manos también se deslizaron por la ancha espalda de él, así como se aferraron a los musculosos bíceps, definitivamente Gintoki tenía un cuerpo de lo más atractivo y bien trabajado, sólo con acariciarlo y besarlo ya sentía un tirón caliente en su bajo abdomen, su cuerpo instintivamente pidiéndole más. Para cuando el samurái le quitó el haori arrastrándoselo por los brazos y lanzándolo a un lado, el calor se había propagado por todo su cuerpo. Pero si se pensaba que sólo dar el pie para eso era lo que pretendía aquel hombre que no fallaba en alterarle el corazón y cuerpo cada vez que estaba con él, había sido muy inocente, y lo entendió en cuanto él volvió a darle la vuelta, para poder provocarla desde detrás.

- Sabes, Tsukki... –Musitó el peliplateado mientras le besaba y mordisqueaba tentadoramente el cuello– Sé que eres una mujer pura que ningún hombre ha tocado, así como creo que tú no has tocado hasta ahora a un hombre. Ahora bien, siempre me he preguntado qué tan pura eres realmente. Así que, ¿qué hay de ti?

- ¿A qué te refieres?

- De ti, contigo misma –Aclaró Gintoki, bajando aún más la voz– Desde que recuperaste tu feminidad, o quizás antes, ¿cuánto hiciste al respecto de eso? Ya sabes, ¿te tocaste alguna vez?

Entendiendo al fin a dónde iba con su pregunta, la cortesana tragó duro. No había forma de que se animara a contestarle algo como eso, le parecía demasiado atrevido, prefería que se quedara con su suposición, acertada o no. Ante su silencio, el samurái no se quedó satisfecho, por lo cual la provocó un tanto más, mientras deslizaba la punta de sus dedos por el abdomen de ella, por encima de la yukata, en dirección hacia abajo.

- Tal vez... ¿Pensando en mí?

- Eres un...

- Porque yo sí lo hice, lo admito, me he tocado pensando en ti. Soy un hombre, Tsukuyo, uno que no pudo resistirse a una mujer guapa como tú, siempre te dije que quería hacer cosas así contigo, no debería ser una sorpresa. Ahora es tu turno, dímelo. ¿Hasta dónde has llegado? ¿Acaso te imaginabas que yo era el que te metía los dedos, o tal vez otra cosa mejor?

- Gintoki... –Dijo con voz débil, a causa del excitante deseo que estaba despertando en ella.

Tsukuyo tuvo que morderse el labio inferior para guardarse la respuesta, pero el hecho de que no lo negara, evidenciaba que sí, sólo que no quería admitirlo cuando él se comportaba de esa forma tan engreída, aunque malditamente sexy. No podía mentir, algunas veces había buscado saciar su imaginación y aliviar el calor de su cuerpo de esa forma, precisamente imaginándolo a él. Después del incidente del incienso del amor, que la había vuelto mucho más consciente de su deseo femenino y de Gintoki le gustaba mucho, fue cuando se atrevió a recorrer y sentir sensualmente su cuerpo, por fuera y por dentro, inspirándose con él.

Sin embargo, siempre había encontrado frustrante la limitación de no poder saber cómo se sentiría que él la tocara, así como nunca había quedado satisfecha ya que su nula experiencia no alimentaba su imaginación para sentir vívidamente el calor del cuerpo del samurái, cómo se sentiría acariciar sus firmes músculos, o cómo sus grandes manos la recorrerían y la complacerían a ella, ni siquiera había podido imaginar cómo sabían sus besos, mucho menos su flamante erección...

- Muéstrame, Tsukki. Muéstrame cómo –Pidió el peliplateado, haciéndola jadear al mordisquearle el lóbulo de la oreja– ¿O necesitas una mano para ayudarte al principio?

La rubia creyó que se prendería fuego allí mismo, en cuanto una de las manos de Gintoki se posó sobre la suya, y la hizo tocarse un pecho. Pese a hacer algo como eso sin previo aviso, él de inmediato sacó su mano, levantando ambas y dejándolas suspendidas en el aire a los lados.

- No te preocupes, si no quieres, lo entenderé y no te molestaré más al respecto. Ahora bien, si quieres... entonces date la vuelta y mírame, Tsukuyo.

Maldición. La cortesana supo que no tenía escapatoria, no porque se sintiera presionada por él, sino porque, en el fondo, ya no podía apagar esa llama que había surgido en su interior, una que le rogaba por seguir, y al fin sentir algo de cómo sería ser tocada realmente por él. Ya sabía cómo eran los besos del samurái, desde los más dulces hasta a los que le aflojaban las rodillas, y también sabía cómo se sentía ser contenida entre sus fuertes brazos. Pero lo que todavía no sabía, era cómo se sentiría que él le acariciara los pechos, o que colara la mano en su intimidad. No lo sabía, pero vaya que quería cambiar esa situación, después de tanto tiempo de desearlo, aunque iba a convencerlo de participar en ese juego.

Reuniendo todo su coraje, lentamente se dio vuelta, dedicándole una intensa mirada que conectaba los orbes carmesí con los amatista. Le deleitó por dentro ver cómo las pupilas de los ojos rojos se dilataron por un momento, oscureciéndose con deseo.

- De acuerdo. Pero quiero que tú también me toques, Gintoki.

El samurái asintió, recortando la distancia entre ambos para darle un profundo beso, desde ese instante dándole el gusto de volver a deslizar sus manos por el cuerpo de ella dejando la caballerosidad de los toques de antes de lado, acariciándole los lados de los senos, bajando en un fluido movimiento por la cintura hasta las caderas, donde luego llevó las manos para acariciarle y apretarle el trasero. La rubia dejó salir un ronco gemido, pegándose a él, y estaba a punto de colgársele de los hombros, cuando él le agarró las muñecas y negó con la cabeza.

- No, estas manos no tienen que estar en mi cuerpo, sino en el tuyo.

Antes de que ella alcanzara a protestar, le dio un medio giro una vez más, y allí sí la atrajo hasta que un rayo de luz no pudiera filtrarse entre sus cuerpos, cubriéndole las manos con las suyas, y llevando una a acariciar un pecho, mientras la otra bajaba hasta el centro femenino. Todavía la ropa molestaba, por lo que buscó colar esas manos bajas por el tajo lateral de la yukata de Tsukuyo, para moverlas de inmediato y sin vueltas a apoyarlas sobre las bragas, haciéndola soltar un jadeo. Guió sus otras manos juntas para también colarlas por dentro de la yukata en el área de los pechos, allí tocándole directamente la piel de los mismos, lo cual fue una agradable sorpresa.

Lo cierto era que no tenían mucho margen de movimiento con la ropa tan bien ajustada, por lo que el samurái luego empezó a desatarle el cordón por encima del obi para quitárselo, dejándola con la yukata oscura al fin floja. Aprovechando su posición detrás de ella, que ayudaba a que no se pusiera de pronto tímida con su parcial desnudez, se dedicó a besarle y mordisquearle el cuello y los hombros, mientras sus manos acariciaban la tersa piel de la rubia, masajeando y apretando con delicadeza los senos, así como luego bajando una para volver a "ayudarla" a que se siguiera tocando.

Tsukuyo sentía un fuerte calor, poco a poco dejándose llevar y dejando que sus manos estimularan su propio cuerpo, así como lo que más le gustaba era al fin sentir las grandes manos de Gintoki sobre ella, recorriéndola de forma diestra. El estar todavía parados sumaba un ambiente de urgente excitación al combo, y nunca habría pensado que tenerlo a él detrás y pegado a ella de esa forma, en vez de poder abrazarlo o besarlo de frente, podría ser tanto más excitante. No se esperaba esa misma noche llegaran a hacer algo como eso, y mucho menos que sería con la premisa de tocarse a sí misma por pedido de él para darle ese show.

La cortesana giró la cabeza para mirarlo a los ojos con deseo, y sin vergüenza movió rápido su mano inferior para ponerla sobre la de él, y guiarlo a que la acariciara íntimamente. Agradeció internamente que el peliplateado le siguiera el juego sin rechistar, y se estremeció entera cuando al fin sintió la cálida y áspera piel de los dedos de él sobre su intimidad.

- Esto es al límite de romper las reglas del juego, Tsukki –Le advirtió el samurái con una sonrisa provocadora.

- Me gusta más sentirte a ti. No me alcanza con sólo imaginar cómo me tocas.

- Vaya, la cortesana más pura dice algunas cosas interesantes. Bien, te ayudaré otro poco, pero entonces será mejor que nos pongámonos más cómodos.

Gintoki la giró para quedar frente a frente definitivamente, para proceder a besarla apasionadamente mientras la guiaba a caminar hacia atrás, hasta que fue él quien se arrodilló sobre el futón y la jaló para que se ella se sentara a horcajadas sobre su regazo, todo eso sin dejar de acariciarla y besarla sin darle respiro. Tsukuyo aferró sus dedos en la ropa de él, así como luego subió una mano para enterrarla en la alborotada cabellera platinada, haciendo su parte en aquella lucha apasionada. La rubia luego se impulsó hacia atrás, obligándolo a caer junto con ella sobre el futón, donde allí lo rodeó con sus piernas.

El samurái no pensaba desaprovechar esa oportunidad para tenerla a su merced, iba a contentarla un poco antes de volver al juego anterior, por lo que también acabó despeinándola con un poco de brusquedad, alineado al crudo aumento de su propia excitación, mientras le sostenía la cabeza de frente a él para besarla de esa forma que les sacaba el aire a ambos. Satisfecho con eso, continuó con un sendero de besos ardientes a lo largo del cuello de ella y bajando, sorprendiéndola con rozarle el filo de los dientes sobre un pecho, ya no podía ocultar tampoco cuántas ganas tenía de probar en su boca aquellos grandes senos que tantas veces había fantaseado con disfrutar.

Sus labios y lengua se ocuparon de saborear cada parte de uno, mientras su mano se encargaba de estimular al otro. Los gemidos de la cortesana eran todavía suaves, contenidos, lo que corroboró cuando le echó una ojeada, y la vio mordiéndose suavemente el dorso de la mano para evitar gemir más alto. Interrumpió sus atenciones para acercarse al rostro de ella, y fue él quién le mordisqueó sensualmente los dedos para llamarle la atención, y luego le tomó la mano con mayor delicadeza, dándole un tentador beso donde antes había mordido.

- Si yo voy a hacer un poco de esto por ti, al menos no seas egoísta y comparte tu placer, déjame oír cuánto te gusta que sea yo el que te toque.

Furiosamente sonrojada, Tsukuyo asintió, y con renuencia quitó la mano. Sin embargo, Gintoki no volvió a lo que había dejado a medias, sino que se quedó a esa misma altura, mirándola con esa expresión de deseo grabada en todo su apuesto rostro, mientras que fue su mano derecha la que serpenteó hacia abajo para colarse debajo de las bragas para tocarle directamente el sexo, lo que le robó un largo y suave gemido.

- Maldición, mujer, no puedes hacer que un sonido tan dulce sea tan provocador, estás poniendo mi auto-control a prueba.

El peliplateado movió sus dedos con delicadeza por toda la suavísima piel de esa zona, atento a cómo ella reaccionaba a cada toque, sintiéndola estremecerse cuando rozó sus dedos por el botoncito de placer. Tanteó distintas formas de acariciarla allí, y la provocó acercando su dedo a la entrada, notando con agrado cómo ella ya comenzaba a excitarse y mojarse, y usó esa suave humedad para tocarla más fácilmente desde la entrada al clítoris y viceversa. Eso la hizo gemir más alto, hasta que instintivamente las caderas de la rubia empezaron a alzarse a su encuentro, buscando más contacto. Sabiendo que no sería una sensación demasiado nueva el avanzar un poco más, introdujo de a poco un dedo, moviéndolo en pequeños círculos para estimular todo a su paso, avanzando hasta meterlo completo. El que tuvo que contener un gemido fue él mismo, al sentir después de tanto tiempo el interior de un cuerpo femenino, tan cálido, húmedo y suave que hacía su propio miembro palpitar en anticipación, aunque tuvo que hacer a un lado ese pensamiento.

La siguió tocando un poco así, masajeándola interiormente, y fue Tsukuyo la que le tomó el rostro entre sus finas manos para atraerlo y darle un profundo beso. Sin embargo, cuando sintió que ella empezaba a corresponderle con el movimiento de sus caderas para acompasarse a su mano y buscar más placer, él se detuvo, ignorando la mirada mezcla de súplica y protesta de ella.

- No, sigue, Gintoki... Por favor, sigue.

- Dije que sólo iba a ayudarte un poco. Ahora es tu turno, quiero ver cómo te tocas hasta acabar, honey.

- N-no me pidas eso, no creo que pueda... –Musitó, con una nota de inseguridad en la voz.

- Haz lo de siempre, te conoces mejor que yo a ti. Muéstrame lo que te gusta.

- No, es que... –Replicó más fuerte, con evidente frustración, y se calló. Apretó los labios, y miró apenada a un costado– Dejé de poder hacerlo.

- ¿A qué te refieres? –Preguntó Gintoki, confundido y ya más serio.

- Tampoco me tocaba seguido, pero al principio lo disfrutaba más. Luego, cuando te fuiste ese largo tiempo... No sé por qué, por más que acariciara los mismos lugares que antes funcionaban, de pronto dejé de sentir esa excitación creciente, como si estuviera desconectada de mí misma, mi mente estaba en otro lado... Contigo, y sin ti. Así que me frustré tanto que lo dejé.

El samurái se le quedó viendo, creyendo entender a lo que se refería, y en sus ojos se reflejó una sombra de arrepentimiento que hasta ella alcanzó a ver. Llegando a una resolución, le acarició rostro, animándola a que lo mirara a los ojos de nuevo, y le mostró una sonrisa comprensiva. La besó con ternura, con la intención de hacerle olvidar esos amargos recuerdos, y cuando la sintió volver a relajarse, susurró junto a sus labios.

- Entonces déjamelo a mí, Tsukuyo. Te devolveré el placer que te quité.

- Tú no me quitaste nada, Gintoki, fui yo y mi tonta cabeza que...

- No, también es mi responsabilidad. Pensé que aquella noche que rechacé acostarme contigo, había hecho bien en "protegerte" de que me siguieras deseando, para que pudieras seguir adelante sin anhelar lo que no podías volver a tener. Pero tal parece que mi decisión llevó a que no pudieras encontrar más placer ni siquiera contigo misma, ni inspirarte al menos en algún recuerdo que pudieras disfrutar de una forma u otra. Te lo acabé quitando todo.

- Deja de atribuirte responsabilidades que no te corresponden, y de castigarte por todo, o me sentiré horrible de habértelo confesado. No quiero sumarte más dolor, quiero aliviártelo –Replicó la rubia– Si yo me enredé o no encontré la forma de seguir adelante con eso, fue mi propia responsabilidad, tú me explicaste la razón de tu rechazo con toda claridad, y de verdad hoy creo que fuiste considerado y que fue para mejor, me cuidaste como amiga y como mujer, aunque en ese momento me sentí frustrada y triste. No cargues con más culpas, en especial las que no son tuyas.

- Permíteme entonces hacerme cargo del presente, si no puedo hacer nada por el pasado. Déjame tocarte y darte placer hasta que te deshagas en mis brazos, Tsukuyo, quiero hacerlo, no tienes idea hace cuánto tiempo que quiero hacerlo. Olvida el juego de antes, ¿está bien para ti?

La cortesana sintió un abrasivo calor en el pecho, además de que este también conectara con su centro íntimo, ante tales sensuales palabras. Asintió con fervor, ser tocada con cariño y dedicación por él era lo que más quería, lo disfrutaba incluso más que con sus propias manos, porque Gintoki era su amor, y no en vano lo había hecho imaginando que era él quién lo hacía.

La forma en que él la besó a continuación la derritió por completo, sus labios parecían querer dejar una huella de fuego en su boca, así como en las capas más profundas de su piel. Eran lentos, largos, profundos, verdaderamente creía que podían llegar a su alma. Así él la recorrió desde los labios, bajando por el cuello, recorriendo su clavícula. Cada centímetro expuesto de su piel fue así de consentido, hasta que llegó nuevamente a los pechos, los cuales acarició con sus dedos, labios y lengua de una forma que parecía que él lo disfrutaba más que ella. Tsukuyo dejó que sus gemidos se perdieran en el aire, sin contenerlos, mientras sus dedos se aferraban a la ropa de él para demostrarle cuánto le estaba gustando aquello. Gintoki no se detuvo hasta que dejó la cremosa piel rosada de tanta estimulación, dedicándose de igual forma a lamer y succionar los turgentes y sensibles pezones, haciéndola jadear.

Mientras su boca se dispuso a continuar el sendero descendente, con la misma dedicación depositando húmedos besos en el abdomen y los costados, una mano se adelantó para volver a acariciarle la intimidad e introducir un dedo en ella. Lo dobló un poco para masajear la parte interna frontal, tanteando para encontrar y estimular ese pedacito de conexión con el cielo que tenían allí las mujeres, hasta que sus labios la tentaron con el mismo juego de besos y mordiscos en los muslos internos, anticipándola a lo que iba a hacer a continuación. Sonrió cuando la mano de ella le acarició un brazo, susurrando que siguiera tocándola así como estaba haciendo, mientras las caderas de la rubia se movían al compás para ajustar las caricias a los mejores lugares.

Aprovechando que la sentía completamente relajada y entregada a él, exhaló su aliento caliente sobre el botón de placer como un sutil aviso, antes de rodearlo con sus labios y rozarlo con su lengua, lo que la hizo gemir mucho más fuerte y arquear la espalda.

- Aaaah... Gi-Gintoki... –Gimoteó Tsukuyo con un hilo de voz.

Sabiendo que esa sería la primera vez en que ella disfrutaba de los placeres orales, sin prisa alguna el samurái se dispuso a complacerla sobradamente. Encantado con el hecho de que ella recibiera esas caricias con tanta predisposición, fue tanteando con la punta de su lengua por cada milímetro de la zona, por encima y a los lados de ese fascinante iceberg de terminaciones nerviosas, así como el largo de los labios internos, receptivo de las reacciones de ella. Luego concentró sus atenciones alrededor del clítoris, primero en lentos círculos, que fue acelerando poco a poco hasta que se convirtieron en un revoloteo como las alas de una mariposa, lo que la hizo responder con una convulsión involuntaria de su cuerpo, y ella en un impulso de éxtasis le tocó la cabeza y le jaló un poco el cabello ondulado.

- ¿Así te gusta? –Preguntó Gintoki sin despegar sus labios, por lo cual la vibración cosquilleante de su voz y labios la hizo temblar aún más.

- Sí, sí...

Adrede, emitió un largo gemido ronroneante, con la intención no sólo de demostrarle a su amante cuánto él estaba disfrutando también aquello, sino de provocarla con más intensas vibraciones, mientras continuaba moviendo el dedo dentro y fuera de ella ininterrumpidamente, de a ratos más superficial, y luego hasta lo más hondo que le llegara, así como alternando la dureza y presión del mismo. No podía fallar, sabía que la haría acabar de esa forma.

Tsukuyo ya se sentía embotada de placer para ese entonces, apenas podía creer lo bien que se sentía todo aquello, el hábil dedo de Gintoki que la complacía sin pausa, haciéndola desear mucho más que ese simple dedo, aunque no tenía palabras para describir el sublime placer de las caricias orales, se sentía demasiado caliente, húmedo y suave, la lengua resbalaba con precisión e inclemencia al punto de sentir una corriente eléctrica que no se detenía, cada vez llevándola un poco más a ese lugar en que su mente se evaporaba y su cuerpo reaccionaba solo, sólo respondiéndole a él. A pesar de ello, jadeó y sintió un repentino frío vacío cuando el samurái quitó el dedo de su interior.

- ¡No, no! Vuelve a tocarme como recién, Gintoki... –Suplicó, la necesidad de más avasallándola.

- No seas ansiosa, honey, hay más formas de que lo goces.

- ¿Qué...? ¡AAAAH!

Tsukuyo se tapó la boca para contener la exclamación de sorpresa que se le escapó, cuando Gintoki la agarró de los muslos abiertos y se los empujó hacia atrás, teniendo mucho más expuesto y cómodo para él el sexo femenino. Eso la hizo sentir un tremendo calor por la vergüenza de quedar tan expuesta y vulnerable, no quería que él se le quedase viendo su intimidad tanto así, aunque en el vistazo que le echó, parecía que él la estaba contemplando con las mismas ganas que a su postre de frutilla favorito. Lo que tampoco se esperó, a continuación, fue que él pasara de lamerle el clítoris a introducir su lengua en su centro, jugando con ella al repetir esos provocadores y hábiles círculos allí dentro. Por poco y los ojos se le voltearon hacia arriba, esa sensación era mucho más placentera que el dedo, pero tampoco iba a serlo todo, ya que luego el peliplateado empezó a alternar entre hacer eso y regresar a dedicar esa apasionada intensidad al botoncito anterior.

- Oh por...

Su cuerpo se movió en un involuntario espasmo como si quisiera escapar de esas potentes caricias íntimas, a medida que la excitante corriente eléctrica de placer en su interior aumentaba más y más, haciéndola jadear y comenzar a respirar aceleradamente. A pesar de ello, Gintoki fue más rápido e implacable, y movió su propio cuerpo y cabeza para no dejarla escapar, mientras le mantenía abiertas las piernas con más fuerza de su parte.

- Gintoki, siento... creo que voy a...

En lugar de responderle para no interrumpir su acción, el samurái emitió otro vibrante gemido de satisfacción, que además tuvo un efecto potenciador en la creciente ola de placer que Tsukuyo sentía. Aprovechando eso, continuó ininterrumpidamente a proyectar la vibración en toda su boca y labios con ese sensual sonido en el clítoris, mientras su lengua aumentaba la velocidad y presión de sus caricias, y volvía a insertar un dedo dentro de ella para doblarlo como una garra y moverlo con ímpetu. De reojo vio cómo la cortesana se aferraba con sus dos manos al futón como si su vida dependiera de ello, y podía oírla jadear y gimotear cada vez más agudo, oyendo además algo que parecía una súplica dirigida a él. Manteniendo esa exacta combinación de estimulaciones tal como estaba haciendo, se concentró en ello a medida que la sentía tensarse cada vez más, y las caderas de ella se agitaban en esa forma de espasmos fuera de control.

Una ola de satisfacción también lo recorrió a él en ese instante, cuando sintió su dedo fluir mejor ante una repentina lubricación más notoria, comprimido ligeramente dentro del interior pulsante de Tsukuyo, además que ella empezaba a temblar entera, ya sin poder siquiera gemir de tan intenso y abrumador que le estaba resultando todo. Recién cuando la rubia incorporó una bocanada de aire demasiado evidente, fue que él aminoró sus caricias al mínimo, sin separarse del todo de ella, sino dándole suavísimos besos en la zona alrededor, hasta que percibió que los espasmos terminaban.

Con una sonrisa de orgullo y felicidad en el rostro, Gintoki subió poco a poco por el cuerpo de ella, dejando un sendero de tiernos besos hasta depositar un último en la mejilla. Adoró esa mirada perdida y rezumante de placer en los brillantes ojos violeta de ella, además de lo sonrojada y jadeante que se encontraba, era una lástima no poder haberla visto directamente mientras acababa.

Si Tsukuyo apenas podía todavía absorber las sensaciones de los resabios de su añorado orgasmo, y estaba a punto para agradecerle por lo increíble que había sido, creyó que podía desmayarse al ver que, con juguetona provocación, Gintoki la miraba fijamente a los ojos mientras se pasaba el dedo pulgar por los labios brillantes con su humedad, y luego pasó con diabólica seducción su lengua por el dedo que había introducido en ella, como si no hubiera mayor gusto que saborear los restos de su excitación. Se estremeció entera ante aquello, era simplemente demasiado, más que el "demonio blanco", era un demonio sensual.

- ¡¿Cómo pudiste hacer eso?! –Exclamó, roja como un tomate.

- ¿Cuál es el problema? –Replicó él, encogiéndose de hombros y sonriendo con diablura– Creo que no te haces una idea cuánto excita esto a un hombre.

- Pero... tú...

- Yo le puse mucha dedicación, y ahora estoy saboreando mi premio.

La expresión de sorpresa horrorizada de la cortesana lo hizo reír en voz alta.

- Oye, Tsukki, no deberías escandalizarte tanto, si hace unos minutos tenía mi boca entera directa en la fuente, ¿de dónde crees que salió esto?

- Calla... Por favor... –Musitó, tapándose los ojos de pura vergüenza, aunque era cierto que en el calor del momento no le había importado en lo más mínimo.

- Te haré un sencillo interrogante –Se dobló sobre ella, apoyando las manos sobre el tatami a los dos lados de la cabeza de la rubia– ¿Por qué crees que los animales machos viven atrás de una hembra en celo?

- ¿Me estás comparando con un animal en celo? Tú sí que eres una bestia...

- No, sólo era para darte el ejemplo que, animales o humanos, cuando estamos excitados o nos llama el instinto, disfrutamos de las cosas más atrevidas con todo gusto. Y eso es porque no hay mente allí, así que no te preocupes ahora por tonterías– Le dio un casto beso en los labios, y la miró con más serenidad, acariciándole la mejilla– Prefiero que me digas cómo te sientes.

- Muy bien... Demasiado bien –Tsukuyo suspiró, y luego también le sonrió más amable– Cielos, eso fue más de lo que esperaba, Gintoki, no recuerdo haber acabado así antes. No me esperaba que supieras tan bien lo que hacer.

La cortesana de pronto frunció el ceño, intentando echar de su mente el pensamiento de la razón detrás de tan acertada experiencia del samurái. Fueran otras mujeres de su pasado, o cortesanas, no era algo que quisiera imaginar. Aunque, por otro lado, quizás tendría que agradecerles, ya que sin dudas ella había gozado lo mejor de los resultados de esa experiencia. O tal vez, él lo había oído o aprendido de otros, como ella, que también sabía unas cuántas cosas de complacer hombres, gajes del oficio de criarse como cortesana en el barrio rojo, aunque nunca lo hubiera puesto en práctica.

- Ah, eso me hace recordar... –Continuó la rubia.

Estiró una mano, dirigida al pantalón de Gintoki, donde allí podía apreciarse un prominente bulto, quería retribuirle con la misma moneda. Sin embargo, no se esperó que él retrajera su cadera, huyendo de su toque. Se quedó muy quieta, y lo miró con interrogante en sus ojos.

- ¿Por qué te hiciste a un lado? ¿No quieres que te toque? –Cuestionó, intentando no evidenciar su desilusión.

- No, no es eso –Murmuró el samurái, sentándose sobre sus pantorrillas y rascándose la cabeza, sin poder mirarla.

- ¿Entonces? Estás excitado, yo también quiero hacerte sentir bien.

- Justamente eso, es que me excitaste demasiado.

- No entiendo, ¿eso es un problema para ti?

- No, es que...

Tsukuyo abrió mucho los ojos, al ver un notorio sonrojo en las mejillas de Gintoki, algo no muy común de ver. Además, había algo de pena en sus ojos, que no querían conectar con los de ella, que lo miraba fijamente. Como ella esperó en silencio la respuesta sin impacientarse más, el peliplateado no tuvo otra opción que resoplar y contestarle.

- No voy a durar... –Murmuró, con un hilo de voz.

- ¿Cómo?

- Así como estoy, ni bien me pongas la bo... –carraspeó, y se corrigió, sonrojándose aún más ante la sugerente imagen que le provocó un hormigueo en la entrepierna– la mano encima, voy a acabar en dos minutos, no pensé que me excitaría tanto sólo con ocuparme de ti.

- Ah...

- Te lo estoy advirtiendo y puedes reírte, pero prefiero que sea sólo eso, y no que tu primer recuerdo de tocarme sea con un Gin-san precoz. Hace mucho tiempo que no estoy con una mujer, y me excité mucho viéndote acabar, después de todo lo que dijiste, ¿de acuerdo? Sólo es eso...

La cortesana parpadeó varias veces, mientras oía a Gintoki mascullar más excusas y justificaciones, hasta que no pudo evitar soltar una risilla. Ante la mirada de evidente orgullo dolido de parte del samurái, ella negó con la cabeza. Un poco más consciente de su desnudez, se volvió a tapar como pudo con su yukata, y se sentó también sobre sus pantorrillas frente a él. Se adelantó para recortar la distancia, y le tomó el rostro entre las manos, mirándolo con dulzura.

- ¿Crees que voy a juzgarte o burlarme de ti por algo como eso? Nada más lejos, Gintoki. No tengo más que gratitud y amor por ti, pero no te termina de entrar en la cabeza dura que tienes. Acabas de hacerme sentir tan bien y pude al fin liberarme de esa traba que me impedía el disfrute completo, así que me gustaría retribuírtelo.

- Hmm... Si insistes... Pero quiero pedirte una sola cosa.

- ¿Qué?

- Hazlo sencillo, termina el trabajo. De verdad que prefiero que hoy no te tomes el tiempo conmigo, no voy a soportar tanta expectativa para luego algo tan penoso como acabar rápido, yo no lo podré ignorar tan fácilmente, tengo mi orgullo, sabes.

- De acuerdo, pero al menos quiero besarte y acariciarte un poco.

Aprovechando la posición sentada en la que se encontraban frente a frente, Tsukuyo se adelantó arrastrándose desde sus pantorrillas hasta quedar lo más cerca posible de él entre sus piernas. No podía decirlo en voz alta porque Gintoki podría mostrarse más apenado con ello, pero le causó ternura la expresión entre tímida y a la vez expectante de él, todavía sonrojado. Estiró el cuello para besarlo, y cuando ambos se dejaron llevar por el largo y suave contacto hasta convertirlo en uno más profundo con la caricia mutua de sus cálidas lenguas, bajó las manos para deslizarlas por el torso de él. No quería perder la oportunidad de sentir un poco más de su cuerpo, por lo que le bajó lentamente el cierre de la camisa hasta abrirla, y mientras le rodeaba la espalda con un brazo, dejó que la otra mano le acariciaba los pectorales y el abdomen, deleitándose con el tacto tan firme y a la vez suave del musculado cuerpo del samurái. No le faltaban ganas de besarle y acariciarle con dedicación el cuerpo, pero quería respetar su palabra, por lo que por esa vez se contendría.

Junto con esas caricias, los besos se volvieron más urgentes e intensos de parte del peliplateado, evidenciando cuánto más lo excitaba aquello, e incluso él hizo a un lado la cabeza para darle unos húmedos y calientes besos en el cuello, que la hicieron estremecerse de gusto. Acorde con su propio aumento de deseo, Tsukuyo bajó las manos para desabrocharle el pantalón, soltando un suave jadeo cuando la liberación de la presión del gran bulto bajo los calzones bajó el cierre por sí solo. Lo acarició por encima de la prenda interior, sintiendo una ola de calor al percibir las dimensiones el generoso miembro, y Gintoki resopló por la nariz. Sin poder contenerse más, coló una mano dentro de los calzones para rodeárselo, robándole un grave y gutural gemido al samurái.

No pudo evitar echar un vistazo cuando lo sacó de dentro de la prenda que lo contenía, ni tampoco pudo disimular la sorpresa boquiabierta ante lo bien dotado que estaba, tal parecía que él no había bromeado con su "tercera pierna". No había visto otros hombres desnudos de cerca, pero estaba más que segura que el samurái no pertenecía al promedio. Para colmo, a medida que lo seguía acariciando subiendo y bajando su mano a lo largo, le parecía que se hinchaba incluso un poco más, estaba empezando a aliviarse de que esa noche no intimarían por completo, creía que necesitaría mentalizarse más para relajarse. Se sobresaltó cuando él de pronto le agarró la muñeca y la detuvo con brusquedad, resoplando.

- Espera –Gintoki reveló una sonrisa incómoda– Hace tanto tiempo que quería que me tocaras así, que ahora sólo con esto ya... Quieta, dame un minuto, o yo seré el que no pase de uno.

Tsukuyo asintió, tratando de no sonreír demasiado ante aquello, los hombres eran seres demasiado frágiles al respecto de su desempeño sexual. En su lugar, recortó la distancia entre ambos para besarlo, dándose el gusto de también depositar un sendero de tentadores besos por el lado izquierdo del cuello hasta el firme pectoral, haciéndolo jadear y estremecerse cuando le rozó con los labios el pezón.

- Te dije que no, Tsukki... No me ayudas a calmarle, sigue así y no necesitaré siquiera tu mano para explotar.

- Perdón, perdón.

No lo lamentaba en lo más mínimo, al contrario, era una delicia poner tan al límite a aquel hombre siempre dominante y provocador. Regresó a darle unos besos más suaves en los labios, hasta que un poco después, él mismo le agarró la mano y la guió a tocarle la entrepierna.

- Al demonio, ya no creo que haya vuelta atrás. Tengo que aceptar que así me calientas, buscaré la forma de mentalizarme la próxima para controlarme más, por hoy lo dejaré fluir. Esto es todo culpa tuya.

- Mejor así, darling –Contestó ella en tono juguetón, orgullosa de saber que lo excitaba tanto.

- Qué perra más hermosa tengo por novia, ¿eh?

Gintoki supo que había hablado de más cuando los ojos violeta de Tsukuyo se abrieron como platos al oírlo. Pensó que la había molestado con el insulto, aunque ya le había dicho así en broma en otras ocasiones y no había reaccionado mal, sin embargo, cuando ella se sonrojó hasta las orejas y se volvió repentinamente más torpe, se dio cuenta de la verdadera turbación.

- Eeh... ¿Honey? –Preguntó con tono dócil, esperando alguna reacción para no meter más la pata.

- E-Es que... Dijiste... n-novia –Murmuró, sus palabras tan atropelladas como el estado actual de su corazón.

- Bueno sí... Lo di por sentado, si es que estamos saliendo, dormimos juntos y estamos empezando a hacer estas cosas. ¿Verdad? No te pregunté antes, pero vamos en esa dirección, ¿cierto?

Tsukuyo asintió, creía que su rostro se iba a prender fuego. Tenía que calmarse, lo que Gintoki había dicho estaba acertado y ella también ya consideraba que eran una pareja, pero como no lo habían mencionado hasta ese día de una forma directa, simplemente había sido demasiado para su corazón escucharlo decir en voz alta que era su novia, más allá del vulgar apodo con el que la provocó antes. En especial que fuera de parte de él, siendo que ella era la que venía siendo mucho más directa al respecto de sus sentimientos.

- Sí, Gintoki, es tal como dices.

La cortesana apoyó las manos sobre los pectorales de él y lo empujó lentamente hacia atrás, hasta recostarlo sobre el futón. Ella también se dejó caer hacia adelante sobre él, y mientras se acercaba para besarlo en los labios, bajó una mano para seguir acariciándolo íntimamente. Ya sin contenerse, en sintonía a los mismos deseos del samurái, aceleró sus movimientos al tiempo que usaba más presión, sin limitarse a un rudimentario movimiento arriba-abajo, sino procurando usar sus dedos con más habilidad para estimularlo mucho más, no en vano tenía conocimientos de dar placer como cortesana.

Los gemidos de Gintoki se volvieron más ahogados y guturales, tan graves y rezumantes de placer que Tsukuyo sentía cómo ella misma volvía a excitarse. A pesar que él había dicho que no iba a durar más de un minuto si seguían así, logró más que eso, mientras él también la besaba de una forma hambrienta y profunda, así como clavaba con no poca fuerza sus dedos en el trasero y la cintura de ella por debajo de la yukata, no estaba dispuesto a permitir que se alejara ni unos pocos centímetros.

Finalmente, el peliplateado no aguantó más tanta estimulación, y con un pequeño aviso entre jadeos, se dejó ir con un sonoro gemido. Su líquido caliente aterrizó en su propio abdomen además de en la mano de Tsukuyo, y ella recién lo miró luego de saciarse con la vista de un Gintoki muy sonrojado y boquiabierto, colmado de placer. Con una sonrisa maliciosa, esperó a que él regresara en sí luego del momento orgásmico y la mirara a los ojos, para llevarse los dedos manchados a la boca, y darles una larga lamida mientras lo miraba de la forma más seductora que pudo manejar. La expresión aún más sorprendida y boquiabierta del samurái valió oro, y tardó varios segundos en reaccionar.

- Oh... Si me quedara algo, volvería a acabar sólo con verte, honey. Maldición, mujer, sólo pensabas en devolverme con la misma moneda, ¿verdad?

- Y no pensé que me gustaría tanto –Continuó ella, aumentando su sonrisita nada inocente mientras limpiaba por completo sus otros dedos.

- Eres una cortesana nata, te subestimaba por tu pureza... Gran error.

Tsukuyo soltó una risilla, dejando atrás su fachada de femme fatale, y se recostó al lado de él, apoyándose sobre su codo para descansar la cabeza en su mano. Al hacerlo, su yukata volvió a abrirse, revelando de una forma demasiado sensual sus pechos con un escote muy profundo, y Gintoki no disimuló en quedársele mirando, haciendo un gesto de negar con la cabeza a la vez que sonreía, fascinado.

- No tienes idea lo hermosa y sexy que te ves ahora, Tsukki. Tu lado confiado es digno de admirar, creo que me alegro de que no seas una cortesana de profesión, y de que sólo yo pueda apreciarte de esta forma.

- Un poco posesivo, ¿no lo crees, Gintoki?

- Quizás, sí... Pero no lo lamento ni un poco, me gusta que sea así –Contestó él, jalándola para acercarla y depositar un húmedo beso en su cuello.

Compartieron unos largos y más calmos besos, fundiéndose en un abrazo con suaves caricias, hasta que el samurái se separó y la miró con expresión entre dulce y somnolienta.

- ¿Te gustó? ¿Te sentiste cómoda con lo que te hice? –Preguntó, con voz suave.

- Sí, aunque admito que no pensé que eras tan hábil en dar placer y conocer así el cuerpo de una mujer, pensé que ibas a ser más básico o rudo, para todas las cosas vulgares que dices siempre.

- Siempre es bueno mantener el factor sorpresa, en la guerra y en la cama, esa fue siempre mi especialidad.

- Hmm, ya veo.

Tsukuyo se percató de que los ojos rojos se iban cerrando poco a poco, como si luchara por mantenerse despierto. Sin decirle más, acomodó la manta del futón para cubrir sus cuerpos, así a medio vestir como estaban. Le hizo gracia que Gintoki cayera dormido apenas un minuto después, ella estaba de lo más despierta, por lo cual se acurrucó contra él y dejó que eventualmente el sueño la venciera.

Por suerte, el descanso de esa noche fue largo e ininterrumpido, la cortesana despertó como su reloj biológico le guiaba de tanta costumbre, apenas pasado el amanecer. En algún momento de la noche se había girado hacia el otro lado, y a pesar de ello, Gintoki seguía abrazándola rodeándole la cintura con ambas manos, de una forma que le impedía escabullirse de la cama sin despertarlo. Era de lo más calentito y cómodo sentirlo detrás, cubriéndola con el gran y fuerte cuerpo de él, tenía que reconocer que no encontraba la voluntad de interrumpir eso.

Su mente le regaló recuerdos muy nítidos de la noche anterior, acalorándola sólo con eso. Consideró un par de reflexiones más importantes sobre el tema, si bien lo había disfrutado mucho, había algo más que le gustaría conversar con Gintoki sobre cómo continuarían. Cuando se cansó también de darle vueltas a eso, al rato se sintió demasiado ociosa, por lo que muy lentamente empezó a moverse para escurrirse de los brazos de él y levantarse, y finalmente despertó al peliplateado, que se desperezó como un gato, volviendo a abrazarla todavía adormilado.

- Gintoki, buen día –Lo saludó con voz suave– ¿Me dejas ir?

- No, no quiero –Contestó él con una juguetona sonrisa– Quédate quieta y duerme, Tsukki, es demasiado temprano.

- Es la hora en la que me levanto. Tú duerme, pero yo quiero levantarme ya.

- Hmmmm... No –Gruñó él, sin abrir los ojos.

- Oi, Gintoki, si tú no me sueltas, entonces...

La cortesana se interrumpió, soltando un jadeo cuando de pronto sintió los dedos del samurái serpenteando por su bajo abdomen.

- ¿Y si te convenzo así...?

- No, Gintoki, voy en serio.

Le quitó la mano con firmeza, lo cual pareció despertarlo más a los pocos segundos, extrañado.

- ¿Está todo bien, Tsukuyo? Te despertaste más arisca que las otras veces.

- Sí, no es eso, sino... Estuve pensando...

- ¿Tan temprano? –La interrumpió, bufando– Hasta tu mente es obsesiva con ponerse a trabajar a toda hora.

- Idiota. ¿Me vas a escuchar?

- Sí, sí, perdón...

- Creo que a partir de lo que hablamos e hicimos anoche, y que estamos empezado a dormir juntos más seguido, no faltaría mucho para que busques tener sexo conmigo.

- O tú conmigo, somos dos en la ecuación.

- Sí, lo sé, me refería a que tú eres al que eso le resulta más fácil y natural. Gintoki, tengo una condición para cuando ello suceda. Sé bien que esa noche antes de tu viaje te dije que estaba dispuesta a entregar mi cuerpo a ti, lo hice en un momento de desesperación. Sigo queriendo que sea contigo, eso no cambió, y me siento lista. Sin embargo, tomé una decisión.

- ¿Cuál?

- No lo haremos hasta el día en que tú sientas que eres el que se puede entregar completamente a mí, creo que entiendes a lo que me refiero. Quiero que me entregues tu corazón, antes que tu cuerpo ¿Estás de acuerdo?

- Hmm, qué irónico. La cortesana virgen es la que me dice que me esperará a mí, a que yo esté listo, para entregarme a ti.

- Ríete si quieres, yo...

- No me río, Tsukuyo –La interrumpió, dedicándole una intensa y seria mirada de pronto– No me río en absoluto. De acuerdo, acepto.

- Bien... –Asintió la rubia, y le apretó la mano– Gracias.

- En otras palabras, será como mi recompensa de graduación, ¿verdad? –Bromeó el samurái– Cuando me libere de las cadenas de mi corazón, podré entregarte todo de mí.

- Sí, algo así.

- Ahora, dime... ¿Y qué hay de las otras cosas mientras, podemos hacerlas?

- ¿Eh? –Preguntó sobresaltada, sonrojándose.

- Ya sabes, así como lo de ayer, ¿podemos hacer algo más de eso?

- B-bueno...

- No te creerás que un hombre adulto como yo no tiene deseos sexuales o no reaccionará ante eso, serías muy inocente, o demasiado cruel. Tampoco quiero ser el único que busque un poco de placer sexual, te pregunto si hasta ese día puedo hacer algo más que besarte los labios, Tsukki.

- S-sí... Está bien –Musitó ella, roja hasta las orejas– Pero tengo otra condición. Sólo podrás tocarme a mí, si te dejas que yo lo haga contigo en igual medida. Me gustaría ver que estás abierto a recibir no sólo lo excitante, sino también el cariño, que sientas que lo mereces, tal como eres ahora, sin titubear ni poner excusas. El Gintoki presente.

- ¿Cuándo dije que iba a rechazar que me tocaras?

- No lo hiciste, pero puedo ver que para ti es más fácil ocuparte de otros, y dedicarte a dar placer, que quedarte quieto y recibirlo con los brazos abiertos.

Gintoki no respondió a aquello, en parte ella había acertado, por lo que sólo asintió y suspiró. Satisfecha con haber podido decirle eso, Tsukuyo apoyó una mano en el pecho de él, acariciándoselo con pequeños movimientos de sus dedos, mientras le sonreía dulcemente.

- Gracias, Gintoki. Yo también estoy aprendiendo de todo esto, relajándome y aprendiendo a apoyarme más en ti, lo cual créeme que no es fácil. No me gusta exponer mis lados débiles, y tú eres un experto en sacarlos a relucir todos desde el día en que nos conocimos.

- Siempre hay un roto para un descosido, ¿eh?

- Sí, sólo que vamos a salir enteros y juntos de todo esto, ya verás.

- Apostaré todo a esto, honey.

Buenaas! Así como Gintama nos llevaba de las risas al llanto, yo paso de las lágrimas a lo rico jaja. Un poco y un poco, que Gintoki y Tsukuyo vayan lidiando con todo como en la vida misma, y me gusta que en esta historia vayan de a poco, para que cuando hagan el delicioso no sea simplemente por una descarga emocional por sus frustraciones o para enmascarar sus dolores.

Muchas gracias por sus comentarios y corazones, siempre me hacen sonreír y es lindo saber que alguien lee y disfruta esto también, esos minutitos de reconocernos son muy valiosos.

Hasta el próximo capítulo!