Algo que Gintoki se dio cuenta rápidamente al empezar las clases de tutoría con Seita, era que no sólo los niños crecían más rápido de lo que uno podía dar cuenta, sino que también cuánto había avanzado la enseñanza y las asignaturas desde que él las había aprendido con Shouyou. El niño tenía ya casi once años, y a diferencia de la última vez que lo había ayudado a estudiar -alrededor de unos dos años y medio antes- las materias como matemáticas y álgebra eran un verdadero dolor de cabeza para el samurái, al punto que se dio cuenta que él mismo tenía que estudiarlas bien primero para poder ayudar al chico.
La primera clase logró disimularlo y hacer lo que pudo, pero a la siguiente, tuvo que confesar a Seita que ya no podía ser el tutor adecuado para él, por lo que tenía que pensar otra alternativa para ayudarlo, y a la vez cumplir con su "contrato" con Hinowa. Sorpresivamente, la idea llegó del propio joven.
- Enséñame kenjutsu, Gin-san.
- ¿Qué? ¿A ti?
- Sí, enséñame a usar bien la espada. Tú eres el mejor espadachín de todo Edo. En la escuela nos enseñaron lo básico, pero quiero aprender mejor.
- ¿Para qué? Estamos empezando tiempos de paz, no es necesario que un chico como tú se dedique a eso.
- Quiero poder proteger a mi mamá si algún día lo necesito. ¡Vamos, Gin-san, por favor! Le pediré a mamá que te pague un extra.
- Oh no, no lo hagas –Masculló Gintoki, recordando que ya estaba en deuda con ella por su generosa paga.
- Entonces te pagaré yo, tengo mis ahorros del trabajo y de mis mesadas.
- Por tentador que suene, no puedo aceptar más dinero, Seita.
- Si le pido permiso a mi mamá, ¿podríamos cambiar estas clases por las de aprender contigo a manejar bien la espada? El mismo tiempo, la misma paga, pero cambiamos el tipo de clase.
- Trabajar en la tienda te dio más habilidades de negociación, mocoso –Dijo con una sonrisa burlona, aunque en el fondo se sentía orgulloso del chico– Está bien, podemos hacer eso, si Hinowa acepta. Aunque si tanto querías aprender, tenías el dojo de Shinpachi y Otae.
- Pero no quería aprender con ellos, quiero aprender contigo.
- ¿Además eres selecto? Digno hijo de la oiran de Yoshiwara.
- No es por hacerme el importante, sino porque me gusta pasar tiempo con Gin-san –Masculló el niño.
- ¿Estás seguro de lo que dices? Mi fama me precede, y no me refiero a la de dar los mejores ejemplos.
- ¡No digas eso, Gin-san! –Protestó Seita, enérgico– Tú siempre me ayudaste, me dices buenas cosas, estudias conmigo, y creo que eres divertido. Y… –Bajó la mirada, suavizando la voz– Sabes que nunca tuve padre, el viejo me cuidó desde pequeño, pero era más como un abuelo para mí. Tú eres lo más cerca que sentí como uno, y me gustaría ser más como tú cuando sea grande. Eres confiable, honesto y siempre cuidas a todos, los conozcas o no.
Gintoki se quedó en silencio unos segundos, un tanto incómodo, aunque no de una forma precisamente mala. No podía creer que Seita lo tuviera en tan alta estima como para considerarlo así, y él mismo no se sentía digno de ese reconocimiento, no cuando sabía bien que no tenía una conducta ejemplar. Le costaba verse tan agraciado cuando recordaba que todas esas cosas que mencionaba el niño habían sido a la par de sus vicios diarios como el juego y el alcohol, por no mencionar la sangre que manchaba sus manos. Ese niño merecía ser inspirado por un hombre mejor, lo último que deseaba era que Seita quisiera parecerse a él, aunque entendía que hablaba desde su inocencia e inspiración infantil. Hubiera preferido que él lo alabara sólo por sus habilidades con la espada, y no todo lo demás que le produjo sentimientos encontrados. El chico lo sacó de sus pensamientos, al inclinarse hacia él con una sonrisa luminosa.
- ¡Gin-san! Cambiando de tema... ¿Cuándo vamos a ir al cine?
- No lo sé, ¿quizás pueda este fin de semana? –Dijo pensando en voz alta, preguntándose más por la disponibilidad de Tsukuyo que la de él.
- ¡Sería genial!
En ese instante, la puerta se abrió, y la rubia apareció. Gintoki tuvo un déjà vu, e instintivamente se cubrió la parte trasera de la cabeza esperando un kunai, pensando que ella lo retaría por perder el tiempo hablando en vez de ayudar a estudiar a Seita, hasta que recordó que no era esa la ocasión. Notó la mirada confundida que Tsukuyo, pero disimuló su reacción rascándose la cabeza.
- ¿Todo bien? Hinowa me dijo que estaban aquí, y que les preguntara si querían té o algo.
- ¡Tsukuyo-nee, justo a tiempo!
- ¿Para qué?
- Vamos a ir con Gin-san al cine el fin de semana, ¿quieres ir con nosotros?
Gintoki le dio una mirada de reojo al niño, intentando no evidenciar su sorpresa. Él no le había dicho nada del plan a Tsukuyo todavía, pero le extrañaba que Seita no supiera que Hinowa había sugerido que fueran los tres. ¿Ella no le habría dicho eso, o quizás el chico era otro experto en hacerse el distraído como su madre?
- ¿Eh? ¿Yo? –Preguntó la cortesana, desprevenida con recibir una inusual invitación de ese tipo, los tres juntos.
- Sí, ¡será más divertido así! Hace mucho que no salimos.
- Bueno, supongo que está bien, puedo hacerme el rato.
- ¿Domingo a la tarde entonces? Y vayamos a tomar un helado o cenar algo después, ¿sí?
Lo sabía, definitivamente Seita sabía del plan de su madre. Gintoki hizo una mueca para contener su sonrisa, "la manzana no cae lejos del árbol", pensó. O más bien, podía apostar su sueldo de tutoría a que Hinowa le había contado del plan, pero le había pedido que se hiciera el inocente, era demasiada casualidad, y el niño no era tan directo ni atrevido como para organizar todo por ellos, mucho menos en un plan de tarde-noche. De cualquier forma, no le venía mal que Seita hubiera sacado el tema, por lo que fingió hacerse el espontáneo y apoyar la invitación.
- ¿Nos vemos en el cine? –Sugirió Gintoki– Ustedes dos pueden ir juntos desde aquí.
- Está bien, hagamos eso –Coincidió la rubia.
La sonrisa radiante de Seita le dio un tanto de curiosidad a Tsukuyo, si bien era un chico alegre, no pensaba que una simple salida al cine sería para tanta felicidad. El ofrecimiento de té fue rechazado debido al cambio de planes, por el cual el joven salió disparado de la sala para preguntarle a su madre. Cuando Gintoki también se puso de pie para seguirlo, se encogió de hombros ante la rubia, que le dedicó la misma mirada de curiosidad.
- Te vendrá bien para relajar, Tsukki. Seita no es un niño pequeño, sabrá comportarse.
- Sí, eso no me preocupa, sólo me sorprendió.
- Somos dos... Oye, después de dejarlo aquí a la vuelta, podemos hacer tener nuestra propia cita a solas, ¿quieres?
- ¿Es esa tu forma de auto-invitarte a dormir aquí? –Inquirió Tsukuyo con una sonrisa divertida.
- Hay que aprovechar las oportunidades, ¿cierto? Me dijiste que estarías ocupada esta semana, así que te hará bien tomarte el domingo libre.
Dedicándole una sonrisita pícara, el samurái salió de la habitación, con ella caminando detrás. Encontraron ya a Hinowa y a su hijo hablando, el joven reflejando su entusiasmo, mientras la madre se veía pensativa.
- Bueno, es cierto que no está demás que sepas usar una espada, aunque espero que lo tomes más como una práctica de la disciplina, y que no consideres pelear en serio con una katana –Consideró la cortesana.
- ¡¿Verdad que sí, mamá?! ¡Y nada menos que con Gin-san!
- Sí, eso me da más tranquilidad. Es un privilegio para ti que te enseñe de forma particular el "salvador de Yoshiwara", que no tiene ningún discípulo.
- ¡Sí, sí! –Asintió Seita, saboreando anticipadamente la aceptación.
- ¿A ti te parece bien, Gin-san? –Le preguntó Hinowa directamente– Lo cierto es que podrían hacer las clases semanales, y eso te garantizaría un ingreso fijo de ahora en más.
- Mientras prometa no alardear ni meterse en problemas, no tengo problema –Contestó el peliplateado– No tengo dojo y no puedo pedírselo a los Shimura, así que tendrá que contentarse con una habitación normal.
- Bien, y eso no será problema si es un solo alumno. Entonces Seita podría ir a la oficina de los Yorozuya, ¿dos veces por semana está bien para ti, para empezar? Te lo pagaré adelantado.
- ¡Gracias mamá! ¡Eres la mejor! –Exclamó Seita, demasiado feliz– ¡Sí, yo iré a lo de Gin-san!
Gintoki hizo las cuentas mentalmente, y si bien no habían definido una tarifa, le resultó muy atractivo el acuerdo, teniendo una paga fija mensual sólo para él que le ayudaría no sólo a sus gastos personales, sino que también con eso podría costear con más tranquilidad algunas salidas con Tsukuyo. Ciertamente, Hinowa no había dicho en vano lo de "apoyarlo" si iba en serio con la rubia, y lo estaba demostrando. Aceptó el arreglo, de pronto le entusiasmaba más la idea de enseñarle al chico.
- Yo hubiera podido enseñarte a usar los kunai si me pedías, Seita –Intervino Tsukuyo, que hasta ese momento se había quedado quieta contra la pared de la habitación, fumando su kiseru.
- No, gracias –Negó con una sonrisa incómoda, y murmuró– Ya me traumé con esos, y Tsukuyo-san da miedo a veces cuando enseña.
- ¡¿Qué dijiste?!
- Nada, nada...
- Bueno, si eso es todo, Gin-san, Seita, ¿por qué no vuelven para terminar la clase de hoy, y ya para la próxima hacemos este nuevo plan? –Sugirió Hinowa, con su usual calma y habilidad para evitar discusiones.
Aprovechando la "salvación" de su madre, el niño suspiró de alivio y asintió, apresurándose de vuelta a la sala, con Gintoki detrás. La cortesana madre miró a Tsukuyo, buscando apaciguarla.
- Ya sabes cómo son los chicos, y es innegable que Gin-san es un hombre muy inspirador, ¿no es cierto, Tsukuyo?
- Hmm, sí...
- Por lo pronto, diviértanse el domingo, luego me cuentas qué tal estuvo.
- ¿Eh? ¿Cómo sabes ya eso?
- Fue lo primero que Seita me dijo hace un rato, le hizo mucha ilusión el plan –Contestó con inocencia y una gran sonrisa amable la cortesana.
- Ah, claro.
Sin sospechar que todo estaba ya planeado con anticipación de parte de los otros tres, Tsukuyo regresó a su trabajo. Le hacía un tanto de gracia que su segunda cita con Gintoki fuera del barrio fuera otra vez acompañados, por lo cual sus ratos a solas para conversar en mayor intimidad eran últimamente en su cuarto. Quizás la próxima propuesta de cita podría hacérsela ella, aunque la desventaja era que no conocía demasiados lugares interesantes fuera de Yoshiwara, tendría que pedir sugerencias a sus amigas.
Varios días después, llegado el domingo por la tarde, Gintoki estaba ya esperando cerca de la entrada del cine. Era una tarde fresca, así que se había vestido con la yukata de siempre aunque con las dos mangas bien colocadas, y con su haori rojo y negro encima. No esperó mucho hasta que vio a los dos llegar, sus ojos se demoraron varios segundos demás en Tsukuyo, que llevaba un nuevo haori largo y sedoso de color blanco y rosa claro, encima de su yukata negra con hojas.
- ¡Gin-san!
Seita lo saludó con la mano desde la distancia, apresurando el paso, mientras que la rubia llegó a su propia marcha. Luego de saludarse los tres, chequearon los horarios de la película de robots espaciales y de acción que el niño quería ver, iba a empezar una función en veinte minutos, por lo cual se acercaron a la boletería, en la cual Gintoki saludó a la chica que atendía, y le pidió por los asientos para los tres para ver la película.
- Buenas tardes, señor. Claro que sí, pero su hijo se ve mayor de ocho años, así que no podemos cobrarle la promoción del pase familiar, ¿sí?
- ¿Familiar? –Murmuró, sorprendido de que dieran la imagen de ser padre e hijo, y volteó brevemente para mirar a Seita– Eeh... No, no es así. Tres entradas normales, por favor.
- Oh, disculpe, es que pensé... Sí, por supuesto, dígame los asientos que prefiere.
Compradas las entradas, Gintoki volvió con los otros dos. Con una media sonrisa, pensó que quizás era una broma de la vida que le había acercado a tres jóvenes de distintas edades para guiar, cuidar y con los cuales compartir una cercanía familiar, aunque no de sangre. O quizás no era una broma, sino una justa forma de darle a experimentar algo que no iba a tener de otra forma un hombre como él, se podía llamar a estar satisfecho.
Con el paladar dulce que tenía, el samurái no iba a perder la oportunidad de disfrutar un buen balde de pop-corn acaramelado para compartir entre los tres, por lo cual compraron eso y unas gaseosas. Una vez que entraron a la sala del cine, Seita se sentó primero, eligiendo uno de los extremos de los tres asientos reservados, lo cual hizo que Gintoki y Tsukuyo se miraran de reojo, iban a sentarse juntos. Ella se ubicó en el medio, sosteniendo el balde de palomitas de maíz, y él a su lado. En cuanto la pantalla se encendió y empezó a mostrar los adelantos y la publicidad, el peliplateado se arrimó a la rubia, susurrándole al oído.
- Oi, ¿Seita ya sabe que estamos saliendo juntos?
- No... No lo sé, yo no le dije, ni preguntó. Tampoco le dije a Hinowa que lo nuestro ya es más oficial, aunque no me sorprendería si ya se dio cuenta sola.
- Pensé que él iba a querer sentarse en el medio de los dos, por cómo es.
- Sí, yo también.
- Bueno, al menos esta película no tendrá partes incómodas. Ya sabes, de las que el niño disimula que ve las partes subidas de tono, y que los adultos no pueden disfrutarlas porque piensan en el chico.
- Gintoki... ¿Recuerdas que Seita vive en Yoshiwara, y que trabaja en una tienda de juguetes para adultos?
- Ah, tienes razón –Contestó, frunciendo el ceño– Este niño está curtido ya.
- No te tenía como el tipo de hombre que se pondría incómodo con eso –Se burló Tsukuyo con una sonrisa maliciosa– Tienes un punto débil y protector con los niños, ¿eh?
El samurái se sonrojó hasta las orejas, molesto con la broma.
- No es eso, sino que no quiero que el trauma de un niño de otro recaiga sobre mí, ni ser el que tenga que responder las preguntas incómodas, ¿lo oyes?
- Sí, sí...
No tuvieron tiempo de discutir más al respecto, ya que la película comenzó, por lo que Gintoki le dedicó una mirada fea de la cuál ella sólo se mofó más. Si en algún momento había pensado en la oportunidad de tomarle la mano a Tsukuyo a escondidas gracias a la oscuridad de la sala, desde ya que no lo haría luego de esa burla, por lo que, en su lugar, su mano se llenó con las palomitas de maíz desde ese instante y durante toda la película, al menos eso sería más dulce que la mujer a su lado.
Sin embargo, hacia la mitad de la película, que si bien era interesante no los tenía inmersos a ninguno de los dos, las manos de ambos se rozaron dentro del balde. No fue casualidad, ya que, quizás a modo de redimirse, la cortesana estiró un dedo para darle una muy sutil caricia a la mano de él, y lo miró a los ojos a través de la oscuridad. Gintoki no evitó sostenerle la mirada, alcanzando a ver algo del brillo violeta de los ojos de ella que siempre lo cautivaba, hasta que finalmente le sonrió, y le correspondió el delicado toque de sus dedos, al menos hasta que Seita estiró su mano para tomar un puñado para sí.
Al fin cediendo, el samurái se animó a buscar la mano de ella y tomársela con timidez, tampoco quería hacer algo tan evidente como rodearla por los hombros. Notó el leve sobresalto de Tsukuyo, que a pesar de ello no rehuyó al contacto, y entrelazó sus dedos con los de él con más confianza. Ninguno de los dos prestó demasiada atención a la película desde ese momento, parcialmente concentrados en el cálido toque, y luego la rubia se animó a inclinar la cabeza a un lado para apoyarla sobre el hombro de él, buscando más cercanía. Ya fuera porque había dejado de importarle si Seita los veía así, o porque era un buen paso para dejar de tener una relación en secreto, Tsukuyo estaba siendo honesta con sus intenciones, y Gintoki no iba a dejarla exponerse sola en eso. Para no deshacer la unión de sus manos, inclinó su cabeza para que esta descansara sobre la de ella, quedándose así más relajados y cercanos.
En ese instante, percibió un cosquilleo que lo hizo mirar de reojo a un costado, encontrándose con la mirada y una sonrisa apenas contenida de Seita, que le guiñó el ojo. Confirmando por completo que el chico sabía de la relación y que la apoyaba tanto como su madre, Gintoki le devolvió el guiño, guardándose el "secreto", y relajándose mucho más con que ya no tenía que disimular ni contenerse. Se dedicaron a ver lo que restaba de la película, y se fueron mientras se mostraban los créditos finales.
Mientras caminaban a la salida, el único que estaba dando saltos de emoción era Seita, fascinado con la película.
- ¡Cómo quisiera ir al espacio yo también! –Exclamó, rememorando sus partes favoritas– ¡Voy a ahorrar mucho dinero para poder comprarme un boleto! ¡Es mi sueño!
- ¿Sólo algo como eso? Si te portas bien, le pediré a Sakamoto que te haga un lugar en algún viaje del Kaientai.
Los pasos del niño se detuvieron, haciendo a su vez que los otros lo hicieran también. Con los ojos muy abiertos y brillantes, Seita se dio la vuelta.
- ¿Lo dices en serio?
- Sí.
- ¡¿Lo dices en serio de verdad, Gin-san?! –Repitió, dando un paso hacia él, muy rígido.
- Pues, sí, es tan sencillo como pedirle a Sakamoto, aunque tendré que ir contigo o tu madre no te dejará. Ah, y no esperes ninguna batalla ni imagines ese tipo de acción que...
Gintoki no pudo continuar lo que decía, cuando Seita saltó hacia él y le abrazó con todas sus fuerzas.
- ¡Me portaré bien, seré el mejor alumno, haré las tareas de la casa, todo! ¡Lo prometo!
- Oye...
- ¡Gracias, Gin-san! ¡Eres el mejor, realmente eres el mejor hombre que conozco!
El samurái sonrió a medias, no podía aceptar esos halagos como honestos, aunque le bastaba con saber que el niño podía ser feliz y cumplirle el sueño con algo que estuviera al alcance de darle. Por la expresión de Tsukuyo, Gintoki se dio cuenta que estaba a punto de quejarse y aleccionarlo por algo que estaba muy lejos de ser una apreciación desinteresada, por lo que se le adelantó y negó con la cabeza, mejor dejarlo así.
Ni bien salieron, el sol apenas se estaba poniendo, por lo cual quedaba ver cómo continuaban el plan de la tarde.
- ¿Tienen ganas de tomar un helado, o paseamos un rato antes de ir a cenar? –Preguntó Gintoki.
- Yo no tengo hambre, pero los acompaño a lo que quieran –Contestó Tsukuyo.
- Hmm... Está un poco fresco para tomar helado, pero tampoco tengo tanta hambre como para cenar. ¿Y si compramos un bocado en algún puesto de comida? –Sugirió Seita.
- Cerca de aquí hay un puesto de takoyaki.
- ¡Qué rico! Me gusta eso, Gin-san.
- Bien, entonces yo voy a comprar eso, y ustedes ocúpense de conseguir algo para beber, allí está la expendedora.
Se separaron para ocuparse de esas cosas, y como las bebidas fueron algo tan rápido y cercano, Tsukuyo y Seita buscaron también un lugar cercano para sentarse. Cuando eligieron uno desde donde podían ser vistos por Gintoki, se encaminaron en esa dirección y se sentaron mientras esperaban su regreso, hasta que la rubia sintió un jalón en la manga de su haori a sus espaldas, y oyó una llorosa voz aguda.
- ¡Mami!
Ni bien se dio la vuelta, vio a una niña que no tendría más de cuatro años, con una expresión de sorpresa y a la vez desilusión. Estaba bien arreglada en su mini yukata, por lo que intuyó que se había separado de sus padres y perdido hacía poco.
- No eres mami... –Musitó la pequeña, sus ojos empañándose con lágrimas.
- No, ¿te perdiste? Puedo ayudarte a encontrar a tu mamá.
Pese a su mejor intención de tranquilizarla, Tsukuyo vio cómo el rostro de la niña se iba poniendo más rojo y tenso, hasta que en pocos segundos empezaron a rodar unas lágrimas por las mejillas.
- Oh, no, tranquila, no llores, te...
En vano hizo el pedido, y lo que sucedió fue lo contrario, la niña estalló en un fuerte llanto. La cortesana maldijo para sus adentros, no tenía idea de cómo calmar a niños pequeños, nunca había lidiado con ninguno antes, y no era la mujer más paciente para ello, los pedidos razonables no aplicaban en esos casos. Se arrodilló frente a la pequeña, pero por más que le habló para buscar calmarla, no lo logró, hasta que oyó detrás la voz burlona de Gintoki.
- Te dejo sola un momento y haces llorar a una inocente criatura, Tsukki. ¿Qué le hiciste?
- ¡Yo no le hice nada, idiota! –Replicó molesta, aunque de inmediato cerró la boca, entre el insulto y su enojo había asustado más a la niña, haciéndola llorar más fuerte.
- Dale un dulce.
- Quiere encontrarse con su madre, no quiere un dulce.
- Ya lo sé, pero así le llamarás la atención al menos.
- No tengo, ¿por qué llevaría dulces entre las ropas?
Gintoki suspiró, y le dio las cajitas de takoyaki a Seita, para después arrodillarse también junto a la niña, a la que le acarició la cabeza y le habló con voz suave.
- Hola, señorita. Soy Gin-san. Tu mami tiene el pelo del color de esta chica y ropa de color claro, ¿verdad?
Eso detuvo el llanto de la pequeña, que mantuvo su respiración entrecortada mientras lo miraba con ojos grandes de pura atención y asentía. Tsukuyo lo miró con sorpresa de que eso hubiera funcionado tan rápido, y aún más cuando de pronto él la rodeó por la espalda y también tocó el brazo de Seita con su otra mano.
- Te ayudaremos a encontrarla, debe estar por aquí cerca todavía, y le pediremos ayuda a un policía también. ¿Cómo te llamas?
- Mizuki –Contestó con timidez.
- Bien, Mizuki-chan, escucha. Seita-kun, Tsukki-san y yo te ayudaremos, ¿sí?
Cuando la niña asintió, Gintoki se puso de pie y le ofreció su mano para que ella se la tomara, lo cual hizo luego de mirarlos a los tres con detenimiento. Con una sonrisa amable, el samurái empezó a caminar con seguridad por la calle, tomando con la otra mano la de Tsukuyo, y señaló con la cabeza a Seita para que se ubicara del otro lado de la niña. Ante la mirada intrigada de la cortesana de por qué hacía eso, él le contestó en voz baja.
- Le dará más confianza ver que una familia la ayuda a encontrar la suya, que un hombre adulto.
- ¿De verdad viste a la madre?
- No, pero no debe andar lejos. Busquemos primero a un policía.
Tsukuyo le siguió la corriente, evidentemente Gintoki tenía más experiencia y comodidad interactuando con niños. Mientras él le hablaba o le hacía algunas preguntas con voz animada y serena a Mizuki, se preguntó si esa facilidad habría sido por algunos trabajos de los Yorozuya, o si era solamente por su gentil y relajada personalidad, hasta los niños confiaban en él de buen grado. Un sentimiento de ternura le llegó al pecho cuando le oyó una risita de lo más dulce hacia la pequeña, y que al fin ella también sonrió, sus ojitos café más brillantes y relajados. Nunca había visto ese lado del samurái, pero le resultó completamente adorable, si era posible, la había embelesado aún más.
Cuando pasaron frente a una expendedora de snacks, se detuvo y se apresuró a comprar una paleta de caramelo. Ya no hacía falta porque la niña estaba más tranquila, pero sintió que era su forma de compensar su torpeza previa.
- Toma, Mizuki, te la regalo –Dijo, acercándosela.
- ¡Qué rico! ¡Mami me compra paletas!
En ese momento, pasaron cerca de un policía, por lo que Gintoki le dijo que entretuviera a la pequeña mientras él daba el aviso para que los ayudaran a encontrar a la madre, pasando la voz. Para cuando volvió con los tres, se sorprendió de ver que la niña estaba en brazos de Tsukuyo, mientras saboreaba la paleta. Al encontrarse sus miradas, la rubia se encogió de hombros, gesticulando con los labios para decirle que lo había hecho por pedido de la pequeña.
- Mizuki-chan, el señor policía también nos ayudará, así que nos quedaremos por aquí para que le sea más fácil a tu mami vernos, ¿sí?
La niña asintió, y continuó lamiendo la paleta mientras miraba alrededor. Unos minutos pasaron, en los que no tenían mucho que hacer salvo esperar. Gintoki seguía atento a si veía a alguna mujer asustada o caminando apresurada, hasta que oyó una risita infantil y se volteó a ver, alzando las cejas cuando vio a Tsukuyo con la punta de su lengua cerca de la paleta, fingiendo que la lamía. La cortesana eventualmente se percató de su mirada y se sonrojó intensamente, justificándose avergonzada de que la niña se la había ofrecido. Sin embargo, el peliplateado no pretendía burlarse, sino que sólo se había quedado mirando la escena, al fin una Tsukuyo más relajada y juguetona, y a Seita también sonriendo divertido.
Un sentimiento agridulce lo invadió, él no se daba cuenta de cómo se veía cuando estaba con niños, pero incluso hasta ese día sentía un poco de melancolía y triste añoranza cuando veía interacciones "familiares" y niños sonriendo en brazos de adultos, algo que había sido completamente ajeno a él, ya que no había conocido a sus padres ni había recibido nunca afecto maternal. Se preguntó cómo habría sido eso para Tsukuyo, no sabía con exactitud a qué edad la habían vendido a Yoshiwara, si tenía algún recuerdo feliz anterior a eso. Y pese a que lo que había visto de ella relacionándose con niños, mucha torpeza, seriedad y hasta tratándolos como adultos, le sorprendió gratamente que también pudiera actuar así, dejándose llevar y haciendo a un lado la frialdad y distancia.
- ¡MIZUKI!
Lo que lo sacó de sus pensamientos fue una voz desesperada, de una mujer que corría hacia ellos, el policía apresurándose detrás.
- ¡Mami! –Exclamó la niña, estirando las manos.
Cuando la madre los alcanzó, Tsukuyo le pasó a la hija a sus brazos, sonriendo aliviada ante el reencuentro.
- Oh, cariño, aquí estás... Me descuidé un momento, y me asusté tanto cuando no te vi... –La mujer abrazó fuerte a su pequeña, derramando lágrimas de tanto nervio y alivio juntos, hasta que levantó la vista– Gracias, gracias por cuidarla y ayudarnos.
- No es nada, señora.
Para cuando la madre se calmó, y se sorprendió de ver a su hija calmada y con la paleta en la mano, sonrió y les agradeció con una profunda reverencia.
- Mizuki, saluda al señor, a su esposa y a su hijo, y dales las gracias por su amabilidad.
Tsukuyo se sobresaltó al oír lo de "esposa" y que pensara que Seita fuera su hijo, y se atropelló en intentar corregirla, sonrojándose aún más al mirar de reojo a Gintoki, que tenía una expresión indiferente, ella ignoraba que él también había sido parte de esa confusión anteriormente. Pero más le sorprendió que la niña estirara sus manitos hacia ella otra vez, para darle un tierno abrazo de despedida, esa actitud adorable le hizo olvidar lo otro. Por su parte, Gintoki le dio unas palmaditas suaves en la cabeza, y la pequeña soltó una cantarina risilla que podía derretir el corazón de cualquiera. Seita fue más tímido, y sólo saludó con la mano y una gran sonrisa. Recibiendo el agradecimiento una vez más, las vieron alejarse en la dirección opuesta.
- Al fin, solucionado –Resopló Gintoki– ¿Comemos los takoyaki? Que terminara bien me volvió a abrir el estómago, voy a comprar más, estamos cerca.
- Qué raro que no prefieras un dulce.
- Si me regalas una paleta a mí también, Tsukki, la comeré de postre.
- Bueno, lo hiciste tan bien con la niña, que creo que te mereces una.
Cuando los ojos carmesí de Gintoki relucieron con un brillo infantil, la rubia rodó los ojos, él era del tipo de hombre que no le importaba en lo más mínimo ir caminando por la calle chupando una paleta, no le afectaba ese tipo de vergüenza de ser visto por otros. Para cumplir con su ofrecimiento, fue a comprar dos paletas a la máquina, una para Seita también, y luego fueron los tres juntos a comprar más takoyaki, sentándose en unos bancos que había en una plazoleta cercana para al fin comer y beber.
Para cuando terminaron ya se había hecho de noche, por lo que emprendieron la vuelta a Yoshiwara. Durante el camino, mientras el samurái saboreaba su paleta un tanto distraído, el silencio de los tres lo llevó a rememorar la linda tarde que pasaron juntos. Sin embargo, las siguientes imágenes que habían quedado grabadas en él, de Tsukuyo cargando a la niña y que los volvieran a confundir con una familia, empezó a generar una presión en su pecho, una que también fue ensombreciendo su semblante poco a poco.
Su repentino ánimo taciturno llamó la atención de la cortesana y de Seita, que si bien le preguntaron si le pasaba algo, él contestó con su usual tono indiferente que no, y mostró una sonrisa que sin embargo no le llegó a los ojos. Una vez llegaron a la casa de Hinowa, ella los recibió muy contenta, y curiosa por cómo les había ido. Seita empezó a contarle todo con mucho entusiasmo, y la madre se enterneció con la anécdota de la niña perdida, dedicando una mirada afectuosa y orgullosa a Tsukuyo.
- Me alegro mucho de que lo hayan pasado tan bien. Muchas gracias Gin-san, Tsukuyo, por mí encantada de que vuelvan a salir juntos los tres.
- ¡Ven tú también, mamá!
- Ara, es verdad, podemos salir los cuatro –Sonrió la cortesana madre, y luego miró a la pareja– ¿Quieren comer o beber algo más antes de retirarse?
- No, está bien, yo ya estoy satisfecha –Contestó Tsukuyo.
- Lo mismo digo, gracias Hinowa. Nos vemos luego.
- ¡Hasta mañana, Gin-san! –Saludó Seita, con una sonrisita pícara.
Que hasta el chico diera por sentado que lo vería en la mañana, daba cuenta que ya no era necesario disimular que pasar la noche juntos se había vuelto algo más habitual. Gintoki lo saludó con la mano y caminó detrás de Tsukuyo, hasta sacarse las botas y entrar en la habitación. A diferencia de la otra vez, no buscó abrazarla o besarla una vez que quedaron al fin solos, lo que tampoco fue ignorado por ella. La rubia trató de disimularlo, acomodando el futón y luego preparando el tabaco de su kiseru para al fin poder fumar un poco, aunque seguía echándole miradas de reojo. Sin embargo, llegó un momento en que no puo contenerse más, y lo encaró.
- Gintoki, ¿por qué no confías en mí?
- ¿De qué hablas? Claro que confío en ti, Tsukuyo.
- No lo parece, porque no quieres decirme lo que te cambió la cara desde hace un buen rato, y siento que estás poniendo distancia conmigo ahora mismo, lo que no entiendo es por qué.
El samurái apretó los labios, e hizo la mirada a un lado. Prefería no decirle las cosas que estaba pensando, tampoco sabía cómo reaccionaría ella, pero si no lo hacía, iba a ser como darle la razón de que no confiaba en ella.
- Con lo que pasó a la tarde con la niña, junto con otras cosas, me trajeron algunos recuerdos, y algunos pensamientos.
Como Tsukuyo se quedó callada y atenta, esperando a que continuara, respiró profundo y lo hizo.
- Creo que ya sabes que yo crecí sin padres. No los recuerdo, no sé en qué momento me abandonaron, o si murieron, sólo recuerdo que desde que tengo memoria ya estaba vagando solo, tratando de sobrevivir por mi cuenta, hasta que Shouyou me encontró en un campo de batalla, y me llevó con él.
- Él fue como un padre para ti.
- Sí, aunque no fue algo que hayamos dicho nunca en voz alta, ni él ni yo. Fue mi maestro, pero también me crió, me dio un techo, valores, me enseñó a leer, a pelear, gracias a él pude hacer amigos. Fui y soy su discípulo, pero...
- ¿Pero?
- Nunca fui ni me sentí "hijo" de nadie –Completó, su voz queda– Puede ser que alguien piense que es una tontería, o que es pretencioso, siendo que al menos tuve el privilegio de ser salvado, cuidado y bien enseñado... Pero es algo que día de hoy no logro dejar atrás del todo, no dejo de pensar cómo sería haber tenido una familia, un padre o madre que se preocuparan por mí, que me alzaran en brazos con amor, o que durmieran conmigo cuando tenía pesadillas o estaba enfermo. Eso es algo que no tuve nunca.
- Gintoki... –Susurró Tsukuyo, acongojada, y se acercó a él, apoyando una mano en su brazo, en una caricia compasiva.
- No lo tuve, y a la vez creo que lo comprendo, lo puedo valorar más hoy en día, justamente por saber cómo se siente no tenerlo, y anhelarlo. Una vez se lo dije a Umibozu, el padre de Kagura. Lo irónico que es cómo las personas que no tuvieron las cosas verdaderamente importantes en sus vidas, saben más de ellas que aquellas que sí las tuvieron y las dieron por sentado. El valor de una familia que te quiera y que te apoye, el de tener para comer todos los días, el dormir calentito y seguro en una cama y no en la calle, o una educación que te permita leer y conocer sobre lo que quieras saber, amigos en los que confiar y que conozcan tu lado más vulnerable, que te hayan visto llorar.
- Te entiendo perfectamente, Gintoki –Lo apoyó la rubia, levantando una mano para acariciarle la mejilla, sintiendo el dolor de él como propio, vaya que lo entendía, y tanto.
- Perdona, Tsukuyo... Yo aquí lamentando todo esto, y tú lo tuviste igual o más difícil que yo. Por eso es que no quería hablar de esto, no porque no confiara en ti.
- No te preocupes, ya te entendí, y te agradezco por compartirme esas cosas tan duras. Por más que duelan, son tuyas, de tu pasado, y da sentido a muchas cosas de quién y cómo eres hoy en día, para bien y para mal.
- Esto no significa que sólo viva estancado en el pasado. En mi vida diaria, sigo adelante, puedo valorar a los que están junto a mí, aprendí a disfrutar con otros y de otras formas parte de aquello que quería que me hubieran dado, y aceptar que quieran estar a mi lado.
- Sí, y es por eso que verdaderamente creo que eres un hombre de lo más gentil y dulce, Gintoki. Por eso te desvives por cuidar y dar todo lo mejor que puedes a los demás, esa es tu fuerza. No quieres que nadie más se sienta solo, ni que les falte nada de lo importante, aunque tengas que sacrificarte tú para ello.
- ...
- Pero no dudes ni por un segundo que eres capaz de dar un inmenso amor, y que mereces recibirlo también. Hoy lo vi, con Seita, con la niña... Quizás digas que no tienes referencias de amor paternal, y lo mismo me pasa a mí. Aun así, fuiste tan dulce con ellos, Seita te adora. Kagura y Shinpachi también, eres su referente y de alguna forma también una figura paterna para esos jóvenes. Lo tienes en ti, esos valores y tus preciados recuerdos con Shouyou, te convirtieron en un gran hombre con un enorme corazón, dispuesto a ser lo que ellos necesitan para crecer y madurar. Ten por seguro que serías un gran pa...
- Tsukuyo, no –La interrumpió, su expresión volviéndose más amarga– Eso no es algo a lo que alguien como yo podría aspirar.
- ¿Por qué no? ¿Qué dices, Gintoki? –Lo cuestionó, sólo verlo así le quitó el aire.
- Una cosa es hacer de niñero o guiar a unos jóvenes ya más o menos hechos y derechos. Otra muy distinta, es pensar que alguien tan roto como yo, podría darle una buena y plena vida desde el comienzo a un niño inocente, no cuando apenas puedo abrazar a alguien, o ser sincero con lo que me carcome el alma. Puedo mejorar algunas cosas, hacer las paces con otras y sobrellevarlo. Pero no podría sentirme nunca bien ni seguro con la responsabilidad de tener un hijo propio.
- Creo que nadie está seguro nunca, así como tampoco podemos tomar medida de todo lo que somos capaces, hasta que finalmente nos enfrentamos a eso –Apoyó su palma contra el pecho de él– Si realmente lo quieres, puedes abrirte ese camino por ti mismo, así como hiciste todo lo demás. De a poco, un solo paso al día, el gesto más pequeño que te haga avanzar. Así al menos lo estoy haciendo yo... O más bien, Hinowa y tú me arrastraron hacia la luz de esa forma, en la que apenas me di cuenta que estaba avanzando, hasta que me dio la luz de lleno en el rostro. Por eso ustedes dos son mis soles.
- Tsukuyo, yo no creo que pueda dártelo.
- ¿Eh? ¿El qué?
- Con esto que me dices, puedo entender que tú estás albergando la idea de tener un hijo algún día, o al menos ya no lo rechazas, estás dejando esa puerta abierta. ¿Me equivoco?
- Ah... N-no lo sé, yo... –Murmuró con torpeza, sonrojada, hasta que ordenó sus pensamientos– Espera, esto no se trata de mí y yo no te pedí nada de eso.
- No, pero diste a entender que me ves con potencial de padre, y si vamos a estar juntos, no quiero desilusionarte más adelante, y que ya sepas a qué atenerte.
Tsukuyo sacudió la cabeza, no podía creer cuánto se adelantaba la cabeza de Gintoki a los hechos, sólo para plantear el peor escenario posible en el que él no sería suficiente para ella.
- No vayamos por ahí ahora, y para que lo sepas, yo tampoco estoy segura de si podría ser una buena madre, puedes imaginar por qué, nuestras vidas no fueron tan distintas en todo lo que me dijiste. Hasta Seita dijo que a veces doy miedo, imagínate lo poco que inspiro...
- No es eso lo que vi hoy, cuando tenías a esa niña en brazos –Comentó el samurái, con una sonrisa más cálida– Puede ser que seas ruda y que no tengas experiencia en tratar con niños, pero cuando te relajas, te sale bastante natural.
Tsukuyo sintió su corazón martillar contra su pecho ante ese comentario, y era demasiado injusto que se lo dijera con esa expresión tanto más dulce a lo que venía mostrando. No podía creer que él fuera tan ciego para sí mismo, tan negado, cuando justamente cómo ella se sentía, y lo que él observó, era prácticamente un espejo de la situación de él.
- ¡Gintoki! ¡Eso es exactamente lo que quería probarte! –Exclamó, su ánimo alterándose por la frustración que sentía de verlo así de cerrado– Si tú crees que a mí me sale natural, cosa que yo no sentí para nada, es lo mismo que yo veo en ti y que te dije ya, aunque seas tú el que ahora no lo sienta así. Date la oportunidad, Gintoki, si es algo que anhelas en algún rincón de tu corazón.
- No es tan sencillo.
- Empieza por ser honesto. ¿Pensaste alguna vez en querer formar una familia propia?
- No es cuestión de querer o no, por el bien de una inocente criatura es más seguro que no lo haga. ¿No crees que sería egoísta si quisiera ser padre para llenar ese hueco en mí, de darle y a la vez darme, lo que no sentí que tuve yo?
- No soy quién para juzgar algo así, aunque quizás estaría un poco de acuerdo si sólo esos fueran tus sentimientos. Pero no es así, te conozco, y sé que tú lo harías porque sólo querrías amar y dar lo mejor a ese niño, y a causa de lo que sufriste en tu vida y lo aprendiste de eso, solamente quisieras asegurarte de poder darle todo. ¿Me equivoco?
Gintoki procesó en silencio la respuesta de la rubia, sus sentimientos conflictuados, porque su corazón se identificaba y coincidía con aquellas palabras e intenciones, ella lo había entendido a la perfección. No era menos cierto que algunas veces en sus mejores días, al ver familias con niños pequeños, se había permitido imaginar lo lindo que podría ser vivir y morir rodeado de hijos y nietos, en lugar de caminar solo. Sin embargo, no era su corazón el problema ni el negado, sino su mente, que siempre encontraba la forma de hacerlo dudar, y volverlo a arrastrar a una oscuridad tan densa como el petróleo, y lo hacía creer que nunca podría escapar de esa espiral.
- Quisiera creer que no.
- Eso es lo que estás haciendo ahora con toda la gente a tu alrededor, no hace falta que sea un bebé "nuevo" para que puedas darlo, porque ya está en ti, sólo tienes que reconocerlo. Y para ser honesta, creo que es lo que tienes que darte a ti mismo primero.
- Me asusta no poder, Tsukuyo.
Esa repentina confesión, con el tono más crudo y débil que le había oído nunca, sacudió a la cortesana por dentro. Podía ver la fragilidad del corazón de Gintoki como un cristal astillado que amenazaba con romperse al más mínimo golpe, sus ojos rojos se habían vuelto vidriosos, al punto de sólo con verlo así la angustia le subió a la garganta, y le generó un picor ardoroso en los ojos.
- Me aterra. Si apenas puedo conmigo mismo, y ya sabes el desastre que todavía soy, doy un paso para adelante y dos para atrás. Cuando creo que puedo estoy mejor, hay algo que me vuelve a jalar hacia atrás, no puedo escapar de eso, es una voz que no se calla en mi mente, que aparece apenas me quedo solo. Eso es también lo que me asusta, por ti...
- ¿Por mí?
- Porque no quiero que te atasques con un hombre sin remedio, después de esforzarte tanto por ayudarme a estar mejor. Y en ese caso, no quiero que te enamores y quieras pasar tu vida con alguien que no va a poder darte aquello que tal vez algún día sí quieras, no te mereces tan poco.
Tsukuyo no pudo evitar que una lágrima escapara de sus ojos, aunque no por ella, sino por él. A pesar de ello, trató de mantenerse entera para contestarle.
- Gintoki... Eres tú el que siente que merece tan poco, y que por eso no puedes hacerme feliz. ¿Y, sabes qué? La verdad no puede ser más lejos que eso, para ser feliz contigo me basta con estar a tu lado, sólo que no encuentro la forma de hacértelo entender.
Dicha declaración tan directa y sincera hizo mella en el peliplateado, cuyos ojos también empezaron a evidenciar su turbulencia, una humedad salada que apenas se contenía en su desborde, por lo que apretó sus dientes con mucha fuerza. Tsukuyo no dejó de mirarlo a los ojos, y él no pudo hacer a un lado su mirada. Fue luego la más suave y cálida caricia del dedo pulgar que ella le dio en el rostro, lo que aflojó finalmente toda su tensión, por dentro y por fuera, y con un jadeo dejó caer también una lágrima que ya no pudo reprimir.
- Ya no estás solo, Gintoki. No me importa cuánto tiempo me tome, si un mes o la vida entera, pero si es necesario te diré todos los días el maravilloso hombre que eres, todo el amor que ahora mismo eres capaz de dar en cada cosa que haces, y cuánto te amo. Y te acompañaré y esperaré todo el tiempo que sea necesario, hasta que tú puedas sentir eso mismo de ti, para que luego esté tranquilo del amor que puedas darme.
- Tsukuyo...
Apenas pudo decir su nombre, cuando ella lo abrazó con mucha fuerza. El abrazo que él le devolvió fue igual, sino más fuerte incluso, hasta que la rubia soltó un leve quejido involuntario por la presión, aunque no le dijo nada ni quiso interrumpirlo. Aprovechando estar así, Gintoki dejó que salieran las restantes lágrimas acumuladas en forma de algunos audibles sollozos, algo que nunca se había permitido delante de nadie, y muy pocas veces él mismo había llorado así, por lo cual fue una enorme liberación. Sus lágrimas no habían remitido del todo, cuando se alejó un instante para mirarla a los ojos, los de ella igual de colorados y húmedos, y la besó en los labios con una intensidad de devoción, largo, sentido.
- Tsukuyo, yo sí te amo –Declaró, con toda la seguridad que pudo transmitirle a través de sus ojos rojos vidriosos– Pero, todavía...
Le costaba horrores decirlo, admitir en voz alta que no se sentía digno de ser amado, aceptar recibir tanto amor y dedicación cuando él no podía darle lo mismo porque era un manojo de enredos y dolores emocionales mezclado con esperanzas que quería alcanzar, en el fondo le costaba creer posible lograrlo, pero quería hacerlo, lo quería con toda su alma. Ella lo estaba apoyando tanto últimamente, mientras que día por medio él le traía angustias y le tiraba su pesada mochila encima, no terminaba de entender que Tsukuyo insistiera tanto en estar a su lado, cómo no se cansaba de todo eso, y también temía que algún día sucediera, como una profecía auto-cumplida. Por eso mismo era que le costaba entregar su corazón maltrecho todavía, pero sabía que tampoco podía retenerla a su lado sin darle todo de él, ni hacerlo falsamente si en el fondo no lo hacía incondicionalmente, era un tira y afloja de lo más tormentoso.
- Lo sé, lo entiendo –Susurró ella, tomándole la mano, la suya estaba un poco temblorosa por la emoción de oírle por primera vez decir que la amaba– Si no lo hicieras, no estarías aquí ahora, ni abriéndome así tu corazón. Gracias, Gintoki. Confía en que poco a poco sí llegarás a eso, si de verdad quieres algo, encontrarás la forma de lograrlo, ¿verdad?
Se estiró para darle un suave beso en los labios, y le sonrió con cariño mientras la última lágrima agridulce escapaba de la esquina de su ojo.
- Yo también, si pude decirte esas cosas, no es porque lo tenga resuelto, sino porque tuve los mismos conflictos que tú, y entiendo lo complejo que es superarlos. Algunos los sigo teniendo, no te creas que de un día para otro puedo dejar atrás toda una vida de negarme como mujer, y considerarme alguien que no merecía felicidad más allá de cumplir mi deber y las promesas que me hice de dedicar mi vida sólo a proteger a Hinowa, y a Yoshiwara, por algo me habían abandonado allí, mi vida no debía de valer mucho, eso pensaba. A pesar de ello, descubrí que es más lindo vivir como lo hago ahora, y quiero ayudarte a que tú también lo veas así.
El samurái coincidió y dejó salir un entrecortado suspiro, volviendo a abrazarla después. Tsukuyo era como un espejo para él, además que lo entendía a la perfección, y él se reflejaba en cada una de las palabras de ella. Eso le daba calma y esperanza, si ella lo estaba logrando, él no podía rendirse, no importaba cuan empinado era el camino de subida. Se mantuvieron abrazados un rato más, hasta que ambos serenaron su ánimo.
- ¿Te sientes mejor ahora? –Preguntó la cortesana.
- Sí, me duele un poco la cabeza, por eso no me gusta llorar –Contestó con una mueca– Pero me hizo bien sacar eso de adentro, nunca lo había hablado con nadie. ¿Vamos a acostarnos?
- Quisiera hacerme un té primero. Te hará bien a ti también, ¿quieres uno?
- Claro, gracias.
- ¿Y unos dangos?
- Me conoces bien –Gintoki sonrió, y le dio otro corto beso en los labios.
Tsukuyo salió de la habitación en dirección a la cocina, todavía un poco conmovida por la profunda y dura conversación. Por suerte no se encontró a Hinowa de camino, o le preguntaría por qué había llorado, a ella se le ponían los ojos colorados e hinchados con facilidad. Mientras preparaba el té, puso a hervir el agua para cocinar los dangos, Hinowa siempre dejaba la masa de las bolitas en el refrigerador y algunas salsas para tener listas cuando venían invitados o Seita quería comer. Unos minutos después armó la bandeja y la subió a la habitación, aunque se sorprendió cuando vio a Gintoki ya cambiado con la yukata que le había regalado, recostado en el futón.
- ¿Gintoki? –Preguntó en voz baja.
Lo vio con los ojos cerrados, pensando que se estaba relajando mientras esperaba, pero él no contestó. Sus labios entreabiertos dejaban pasar su suave respiración, y ahí fue cuando se dio cuenta que se había quedado dormido, posiblemente cansado por el desborde emocional y el dolor de cabeza. Siendo sigilosa, se llevó la bandeja a su mesita, le daba pena despertarlo, por lo que tomó el té en silencio, y se comió uno de los palitos de dangos para no desaprovecharlos. Al terminar, aprovechó para ocuparse de leer los informes que las mujeres del Hyakka le habían dejado sobre esa tarde-noche, y luego se acostó también. En cuanto cubrió a ambos con la manta, Gintoki se removió en sueños y se giró de lado hacia ella. Se le quedó mirando en la oscuridad, rozando su mano ligeramente contra la de él para no despertarlo, hasta que el sueño la venció.
Por suerte, a la mañana siguiente el samurái despertó de buen humor ni bien abrió los ojos, sin mostrarse distante o avergonzado como la última vez que habían tenido una noche difícil. Eso fue un alivio para Tsukuyo, que le preocupaban un poco los vaivenes de poner distancia que a veces él tenía cada vez que le tocaban una herida emocional. Al contrario, él la rodeó con su brazo y la atrajo hacia sí, el Gintoki adormilado y cariñoso se estaba volviendo un placer culpable de disfrutar para la cortesana, por lo que se permitió remolonear un rato más con él.
- Perdón por quedarme dormido anoche –Dijo el peliplateado con una sonrisita culpable– Me estoy haciendo viejo.
- No hay problema, pero te perdiste unos dangos recién hechos.
- ¿De verdad los hiciste para mí? –Preguntó, boquiabierto.
- No realmente, sólo los cociné y les puse la salsa –Confesó la rubia– Ya sabes que no tengo mucha habilidad en la cocina, me defiendo con lo básico.
- Siempre que sea comestible y tenga buen sabor, me conformo –Y agregó con un tono acaramelado– Esperaré con ansias el día especial en que cocines algo sólo para mí, honey.
Tsukuyo se sonrojó ligeramente, no entendía cómo podía ponerse tímida con algo tan simple como eso, debía ser por todas las veces que Hinowa había hecho alusión al tema.
- Ah, me acordé de algo –Continuó Gintoki– Mañana es el cumpleaños de Kagura, y vamos a hacerle un festejo en el bar de Otose. De seguro me pedirá invitarte. ¿Vendrás?
- Claro, pero tendré que volverme aquí más tarde, no puedo tomarme tantas noches libres.
- ¿Tantas? Fueron dos, y ayer fue domingo –Replicó el peliplateado, frunciendo el ceño– Vaya, ¿de verdad tendré que comprarte de Yoshiwara si quiero pasar más de un día a la semana contigo?
Tsukuyo ahogó un jadeo, su corazón se aceleró al oírlo, y que Gintoki quisiera estar más seguido así con ella era algo que le costaba asimilar todavía.
- B-bueno... Podría ver de organizarme para otra vez –Musitó– Y todavía los demás no saben que estamos juntos, si me quedo a dormir en tu casa...
El samurái entendió que ella estaba topando el tema de hacer pública su relación, y se quedó pensando sobre ello, ciertamente no tenía ganas de jugar a las escondidas o tener que poner excusas.
- De acuerdo, por esta vez ven el rato que puedas, ya veré cómo solucionar lo otro. Hablando de Kagura, tengo que volver ya a Kabuki-cho, esta semana me toca a mí hacer el desayuno, y no quiero quejas.
Aprovechando para levantarse también ya que ella prefería no tener que dar explicaciones de su retraso matutino a sus subordinadas, se vistieron con sus ropas y se despidieron, aunque no por mucho tiempo.
En la noche siguiente, Tsukuyo llegó al bar de Otose cuando ya el festejo estaba por la mitad, y el lugar estaba más abarrotado de lo que había imaginado.
- ¡TSUKKI ESTÁ AQUÍ!
La exclamación feliz de Kagura hizo que todos los ojos se posaran en ella, contra el bajo perfil con el que pretendía entrar, dada su tardanza. Luego de saludar a la cumpleañera y a las amigas que alegremente se acercaron a saludarla, por el rabillo del ojo percibió la figura de Gintoki, que estaba en la barra bebiendo su copa de sake, la cual alzó mientras le guiñaba un ojo. Como las muchachas la acapararon y no pensaban dejarla ir hasta ponerse al día, siendo que no se veían hacía casi un mes, se resignó a saludarlo más tarde cuando todo se calmara un poco.
Sin embargo, mientras conversaba con Sarutobi y Kyubei, lo miró de reojo varias veces, ya que se sentía observada, y en todas las ocasiones sus miradas se encontraron. Había algo distinto en los ojos carmín de él, algo más serio, y se preguntó si no se estaría molestando de que con el pasar de los minutos, ella siguiera sin saludarlo. Tampoco quería interrumpir a las chicas sólo para acercarse a él, nunca había actuado así, por lo cual decidió que luego le explicaría eso, si de verdad él se lo reprochaba, aunque dudaba que fuera a hacerlo. Luego de otras miradas fugaces, notó que las mejillas del samurái estaban un poco coloradas, atribuyéndolo a que quizás también estaría un tanto embriagado.
Cuando ya habían pasado unos veinte minutos de su llegada, y se dio cuenta que posiblemente era la única persona sobria en todo el bar ya que las chicas seguían hablando animadamente y a risotadas, empezó a sentirse ansiosa por buscar el momento de interrumpirlas y escaparse un momento. De pronto, sintió que alguien le tocaba el hombro, y pensando que era Gintoki, se volteó con rapidez, ya anticipando una sonrisa. Sin embargo, se encontró con que era otro hombre, uno que no conocía, pero que debía ser un cliente habitual del bar. A simple vista se dio cuenta que era otro entonado por el alcohol, y llevaba un vaso de cerveza extra.
- Oooh, ¿no eres tú la cortesana fuerte que nos ha ayudado en varias ocasiones? Qué suertudo soy, para que una chica tan guapa me sonría así.
- Ah, no, yo pensé que...
Sin terminar de oírla, el hombre la rodeó por los hombros, y le puso el vaso de cerveza en la mano.
- Ahora sí, faltaba te una copa, únete a la fiesta, linda. Hablemos un poco...
Molesta, estaba ya levantando la otra mano para empujarlo lejos, cuando se sintió ser agarrada por la cintura y arrastrada hasta chocarse con un cuerpo firme, volcando un poco de la bebida ante el movimiento repentino. Antes de ver de quién se trataba en esa ocasión, si era otro atrevido que estaba invadiendo su espacio personal, oyó una familiar voz, aunque más grave que otras veces.
- Aleja tus manos largas de ella –Intercedió Gintoki, mostrándole al hombre una desafiante y fría sonrisa– Demasiado tarde, no pierdas tu tiempo. Esta mujer es mía, y no sólo por las noches.
Un jadeo al unísono se oyó, junto con un incómodo y largo silencio general alrededor de ellos, boquiabiertos ante aquellas inesperadas palabras.
- ¡¿Q-qué dices, Gintoki?! –Exclamó Tsukuyo, roja hasta las orejas por lo que estaba implicando, que no era mentira, pero ciertamente daba a entender otras cosas peores.
- Hasta que te dignas a hablarme, Tsukki, sí que te tardaste.
La intuición de la cortesana había sido acertada, era cierto que él se había molestado por eso. Era raro en él, pero no tanto si consideraba que estaba un poco desinhibido por el alcohol, y recordó fugazmente otro momento en que él se había mostrado posesivo cuando otros hombres pretendieron acercarse a ella, no exactamente ebrio, pero sí afectado por el incienso de amor. Bastó echar una rápida mirada alrededor para notar con horror cómo los amigos de ambos tenían los ojos como platos todavía.
- N-no es lo q-que piensan...
- ¡GIN-SAN! –Sarutobi fue la primera en reaccionar, jalándole del brazo mientras le gritaba con voz estridente por el shock– ¡¿A qué te refieres con eso?! ¡Dime que no es verdad!
- Ah, maldición, quería hacerlo mejor que esto –Murmuró Gintoki frunciendo el ceño, y miró a Tsukuyo, ignorando a la ninja que exigía una respuesta– Perdón, Tsukki.
- ¡Gin-saaaaan! ¡Nooo, tú y yo nos íbamos a casar!
- Deja de gritar, mujer molesta, me vas a perforar el oído –Protestó el samurái, liberándose del agarre de su amiga– Y no inventes cosas, eso nunca iba a suceder.
- ¡Explícate!
- No hay mucho que explicar, dije que es mi mujer, porque Tsukuyo es mi novia.
- ¡¿QUÉ?! ¿¡DESDE CUÁNDO?! –Exclamó Sarutobi.
Si bien ella era la única que demandaba respuestas, todos oían con suma atención, impactados con la declaración del Gintoki, pasaban la mirada de él a una muy sonrojada y nerviosa Tsukuyo, que tampoco lo estaba negando. Contrario al enojo de la ninja, la siguiente que alzó la voz, con una sonrisa de oreja a oreja, fue Kagura.
- ¡¿De verdad, Gin-chan?! ¡Así que cuando te ibas toda la noche fuera, era para estar con Tsukki! ¿Están jugando como adultos, o se van a casar?
La cortesana cerró los ojos, no creía posible pasar más vergüenza, y no sabía quién lo había embarrado más, si Gintoki con su bravuconería por el alcohol y los celos, o Kagura, que acababa de confirmar que sabía de las "escapadas nocturnas" de él. Se preguntó si tenía algún sentido aclararlo, o si ya daría todo lo mismo, era igual de incómodo explicar que dormían juntos pero no habían tenido sexo todavía, aunque era cierto que sí habían hecho cosas íntimas. No importaban los detalles, y era cuestión de tiempo hasta que lo hicieran todo, pero el problema no era eso, sino que sus amigas pensaran que hacía tiempo estaban ocultando su amorío apasionado. Como fuera, algo tenía que decir para tratar de arreglarlo.
- Están exagerando algunas cosas, pero... Sí es cierto que decidimos ser pareja con Gintoki. Hace poco, por eso nadie lo sabía hasta ahora.
- ¿Vas a venir a vivir con nosotros, Tsukki? –Continuó preguntando la joven pelirroja– ¡Gin-chan no me regaló nada para mi cumpleaños, pero con esto lo perdono! ¿Sí?
- Kagura, no, espera... Gintoki, por favor.
- ¡Oigan, ya suficiente con el bullicio! –Intervino Otose, poniéndose en medio para procurar un poco de orden– Ya somos grandes, déjenlos en paz. Y en buena hora ese bueno para nada sienta cabeza, ojalá también se le acomode el cerebro para pagarme la renta atrasada de tres años...
- ¡Oi, vieja!
- Este es el cumpleaños de Kagura, así que compórtense todos. Al que siga molestando, lo echo del bar, ¿entendido?
Ante la seriedad de Otose, nadie se atrevió a contradecirla, por lo que sólo se quedaron mirando todavía sorprendidos a la pareja, guardándose las preguntas para después. La única que estaba a punto de protestar era Sarutobi, sin poder superar su desilusión, pero Zenzo le tapó la boca desde atrás y la arrastró con él para alejarla del grupo. Para calmar las aguas, fue Otae la que se comportó más madura, y sonrió contenta.
- Felicidades, Gin-san, Tsukuyo-san. Fue una sorpresa, pero nos pone contentos verlos juntos, que sean felices.
- Hmm, sí... –Aceptó la cortesana, agradeciendo.
Gintoki también murmuró un agradecimiento, rascándose la cabeza, sintiéndose algo torpe.
Pronto, el tumulto se calmó, y aunque siguieron recibiendo miradas curiosas y era evidente que todos murmuraban sobre ellos, al menos ya no los acorralaron y les dieron un respiro. Sin embargo, Tsukuyo fulminó con la mirada al samurái, todavía no podía creer que de esa forma tan vergonzosa se había dado a conocer su relación.
- ¿En serio, Gintoki? Venimos siendo discretos, ¿y haces algo como esto?
- Ya te dije que lo siento, Tsukki.
- ¡Nada de "Tsukki"! Eres un idiota... ¿Tan borracho estás?
- No, sólo un poco. Pero mi cuerpo se movió solo cuando ese maldito se te echó encima y te quiso emborrachar.
- Aun así, podías haberme ayudado a sacármelo de encima, pero no era necesario que dijeras lo de que "soy tu mujer por las noches".
- "No sólo por las noches", dije. –Corrigió, con una sonrisa.
- Tú...
- ¿O prefieres que crean que sólo me interesa estar contigo por las noches?
- N-no, claro que no.
- Porque ahora, día y noche, eres mi mujer, ¿cierto? –Susurró con voz suave, mirándola con más calidez mientras la abrazaba por la cintura con ambos brazos, sin importarle si los miraban.
Pese a que estaba enojada y no quería librarlo tan fácil del reto, Tsukuyo no pudo evitar que su corazón vacilara y se ablandara ante aquello, seguía estremeciéndola agradablemente y aflojándole las rodillas el oírlo decir que era "su mujer", era aún más fuerte que "su novia". Sabía que él estaba actuando de esa forma porque el alcohol le soltaba la lengua -y las manos-, pero amaba demasiado a ese idiota como para seguir reprochándoselo, si estuvieran a solas no dudaría en besarlo.
- S-sí...
- ¿Y sabes qué? Se siente muy bien al fin poder abrazarte o tomarte la mano cuando quiera a partir de ahora, sin tener que disimular más ni fingir que sólo somos amigos. No más mirar a los lados antes ni esperar a estar solos...
- ¿D-desde cuándo querías hacer eso, Gintoki? –Preguntó, sintiendo sus mejillas muy calientes. Y ella que pensaba que él no buscaba demostrar afecto público porque todavía no la quería tanto como para eso.
- Ya perdí la cuenta, honey –Volvió a susurrar, esa vez contra la oreja de ella.
- Bueno, basta ya.
Lo empujó suavemente del pecho para poner algo de distancia. El Gintoki romántico y juguetón era su debilidad, ya fuera sobrio o entonado por el alcohol, pero si seguían así iba a ser un escándalo, para los demás era todavía demasiado extraño verlos actuar de esa forma.
- Toma algo de agua y baja tu borrachera, o de verdad voy a enojarme si haces algo más que me avergüence, ¿lo oyes?
- Sí, honey.
- Yo trataré de arreglar tu desastre, tengo que explicarles un poco, o Sacchan me terminará por odiar.
- Asegúrate de que luego tenga cerca los brazos consoladores de Zenzo, no les vendrá mal la excusa para co...
- ¡Gintoki!
- Como sea... Tsukuyo, oye, no te enojes. Salvo la loca de los fetiches, todos están contentos por nosotros.
La rubia resopló resignada, y le dedicó una última mirada seria frunciendo los labios, porque ya sabía que iba a ser bombardeada con preguntas en los próximos minutos, era lo último que quería, más siendo que eso podría opacar el festejo de Kagura. A pesar de esa preocupación, la joven Yato estaba más que entusiasmada y fue la primera en acorralarla con preguntas, que iban a ser las más torpes y difíciles de contestar para ella.
Por otro lado, Gintoki se quedó en la barra, mirándola, sintiéndose un poco culpable porque al final le había dado más trabajo, en vez de que fuera una noche para que se relajara y divirtiera. Al menos la vieja Otose y Tama no eran del tipo chusmas, por lo cual lo dejaron en paz a él.
- Gin-san.
Shinpachi se sentó junto a él, con una pequeña sonrisa en los labios.
- ¿De verdad estás saliendo con Tsukuyo-san? ¿Vas en serio con ella?
- Claro que sí, Patsuan, no bromearía con eso delante de todos.
- Mejor así –Su sonrisa se amplió– Me alegro mucho por ustedes, Gin-san en especial por ti. Me alivia ver que te decidiste a seguir adelante y ser feliz con alguien más a tu lado, y no sólo por trabajo como con Kagura o conmigo.
- Ustedes son más que eso para mí a esta altura, Shinpachi –Dijo Gintoki, mirándolo serio.
- Gracias por eso, y sí lo sentía así... Pero es distinto, me refiero que a Tsukuyo-san la elegiste por ti mismo para tener un futuro juntos. Te notaba distinto últimamente, para bien, pero no podía decir por qué, ni qué era lo que había cambiado, ahora sí lo entiendo –Su expresión cambió a una más apenada– Perdón, soy un poco torpe y no entiendo mucho de romance yo mismo, ya lo sabes, pero eso era lo que te quería decir. Felicidades, Gin-san.
- Sí... Gracias, Shinpachi.
El joven le regaló una última cálida sonrisa y se fue, dejándolo pensativo nuevamente.
- Coincido con el chico –Dijo Otose, mientras secaba unos vasos– Tsukuyo-san te hará bien, es una mujer buena y fuerte que te acomodará un poco, y te quitará esa mirada de nada que me cansé de ver. Aunque la compadezco, eres un cabeza hueca sin delicadeza alguna por decirlo de esa forma. Ya sabemos que es una cortesana, no tenías que recalcarlo de esa forma vulgar.
- Tsukuyo no es realmente una cortesana, no de esa manera.
- ¿Entonces por qué te referiste a ella como una? Serás tonto... Es una mujer muy curtida, pero, ¿no te pusiste a pensar que ella también se está esforzando por ser solamente una mujer más?
Gintoki se sintió aún más avergonzado que antes por su impulsivo accionar, Otose tenía toda la razón. Nunca lo había pensado así, y estaba siendo demasiado egoísta últimamente, enredado con sus propios problemas, sin pensar también en los sentimientos de ella. Tsukuyo se lo había dicho varias veces ya, que ella también se estaba esforzando en avanzar y superar sus dificultades, y él no se había dignado a pararse a pensar en ayudarla con alguna de ellas.
- Cambia esa cara, al menos desde ahora compórtate como un buen hombre y dale un poco de alegría –Dijo la vieja, y no acotó nada más.
No fue fácil, pero consideró qué cosas podía hacer para compensar. Un buen rato después, la rubia volvió con él, le pidió un trago sin alcohol a Otose y suspiró, aliviada de sentarse un rato. Gintoki le tomó la mano, sin poder ocultar todavía su expresión arrepentida.
- Perdón, Tsukuyo, me comporté como un idiota, y sólo te causé problemas.
- No te equivocas, pero ya pasó –Sonrió a medias, y luego se sonrojó un poco– Sabes, no fue tan malo después de todo.
- ¿Por qué lo dices?
- No se siente mal que otros estén contentos por uno... Sí pasé algo de vergüenza, pero tampoco estaba acostumbrada a que otros demuestren su felicidad por la mía, y es algo bonito.
- Ya veo.
Tsukuyo se sorprendió de que él no le soltara la mano en los minutos siguientes, aunque no estaba muy hablador. Se relajó al ver que nadie más hiciera comentarios ni los interrumpiera, hasta que miró el reloj y se dio cuenta que era hora de regresar a Yoshiwara.
- Gintoki, voy a volver al trabajo. Nos vemos otro día, ¿sí?
- Espera, te acompaño.
Entendiendo que la iba a acompañar afuera para despedirla, la cortesana se puso de pie junto con él, y se despidió de los demás. Ni bien salieron, el samurái volvió a tomarle la mano, y cuando ella se dio vuelta para quedar frente a frente y saludarlo, él tomó una profunda respiración y apretó más los dedos entrelazados de sus manos, mirándola con seriedad.
- Tsukuyo, me esforzaré para ser un mejor hombre que no te haga pasar vergüenza o que te cause problemas.
- Gintoki, ya te dije que no te preo...
- No es sólo eso –La interrumpió, y la rodeó en un gran abrazo, para hablarle en una voz mucho más suave– No quiero ser sólo yo quién pueda apoyarme en ti. Quiero que tú también puedas hacerlo conmigo.
La rubia ahogó un jadeo, su corazón palpitando ante aquellas sentidas palabras. Le devolvió el abrazo y sonrió, asintiendo. Le agradeció en un susurro, y luego se miraron a los ojos largamente, antes de compartir varios dulces besos. Cuando quedaron satisfechos, él volvió a tomarle la mano, dando un paso hacia adelante.
- ¿Vamos? Te acompaño.
- Oh, no hace falta, puedo ir sola. Diviértete aquí con ellos.
- No, ya veo sus caras todos los días. Prefiero aprovechar todo el tiempo que pueda contigo, si es más escaso –Replicó el samurái– Además, quiero acompañarte en tu regreso a casa.
- Está bien, gracias.
El corazón de Tsukuyo se agitó ante aquella actitud de pronto tan suave y seria de Gintoki, le gustaba el cambio. Para sus adentros admitió que también encontraba mucho más agradable el poder caminar con las manos entrelazadas sin preocuparse por los demás, y disfrutó más que nunca el camino de vuelta. No hablaron mucho, pero igualmente fue una fresca y bonita noche, ella misma se sentía renovada y tranquila.
Cuando llegaron a Yoshiwara, en vez de separarse en la entrada, él la acompañó hasta Hino-ya, donde se encontró con varias de las mujeres del Hyakka que estaban de patrulla. Notó como varias miraron con atención sus manos juntas, y alcanzó a percibir la sonrisa bajo las máscaras y en los ojos, mientras el peliplateado no tenía ninguna prisa por soltarla.
- Gracias por venir, Gintoki. Nos vemos pronto, con más tiempo.
- Sí, hasta pronto.
Si bien habían decidido no ocultar más los pequeños gestos de ser pareja, no se esperó que él la abrazara por la cintura y los hombros, y se inclinara para darle un buen beso en los labios, a la vista de todos. Se sonrojó mucho, sin evitar sentirse un poco apenada, aunque no se hizo a un lado y tímidamente se lo correspondió. Agradeció todavía estar en los brazos de Gintoki cuando se separaron un poco, debido a la cálida mirada que él le dedicó con sus ojos carmesí y una pequeña sonrisa, esa expresión transpiraba un profundo cariño por cada poro, y provocó que su corazón se acelerara hasta sentirlo latir en sus oídos. No sabía cómo podría concentrarse el resto de la noche en su trabajo, cuando lo último que hizo él fue rozarle la mejilla con su nariz, para susurrarle cerca del oído.
- Buenas noches, honey... Te amo.
Buenaas! Esto de meterse a lo hondo del corazón de Gintoki es duro a veces, pero le tenemos fe 3. Perdón si estrujé corazones, pero creo que en algún punto todos nos identificamos de una u otra forma, y sólo si reconocemos y aceptamos lo que nos duele, podemos sanarlas luego, para vivir en abundancia.
Gracias de corazón a todos los comentarios, kudos y el apoyo, en especial porque escribo capítulos largos jeje.
Hasta el próximo capítulo! Buena semana!
