-Baja el arma, Kinneas, a no ser que realmente pretendas usarla. Me molesta enormemente que me apunten entre los ojos mientras trato de mantener una conversación civilizada –gruñó Seifer.

Casi se le aflojaron las piernas de puro alivio cuando Irvine bajó el rifle.

-Lo siento, pero realmente me desconcertó encontrarte aquí. ¿Hay algún motivo por el que estés rondando la guarida del Dracguar tú solo? Esa bestia es peligrosa –los azules ojos de Irvine hicieron una rápida pasada de arriba abajo sobre su persona-. No tienes buen aspecto –añadió.

Las palabras se agolparon en su lengua. Era tanto lo que Seifer pensaba contestar a los comentarios de Irvine que lo único que acabó soltando como respuesta fue una sarta de improperios y frases inconexas.

-Que es peligrosa, dice. La puta que la parió. ¿Y quién la puso aquí? ¿Mal aspecto? ¿Yo? ¿Te has visto la cara, gilipollas?

Irvine silbó entre dientes y tuvo el nervio de sonreír ampliamente, como si encontrara su diatriba divertida.

-¿Y vosotros por qué estáis aquí? ¿Qué instrucciones tenéis? –preguntó Seifer.

Durante unos largos segundos que a Seifer le resultaron eternos, Irvine se mantuvo en silencio, mirándole fijamente, mientras ponderaba si contestar o no.

-Hemos venido a recoger al "bicho" –se decidió al fin, señalando por encima del hombro con el pulgar en la dirección aproximada del Dracguar-. Yo no formaba parte de esta misión, pero los Guardian Force son mi campo de estudio, por decirlo así, y fui amablemente invitado a acompañar al equipo.

-Espera… ¿estás intentando decir que ese Dracguar es un GF?

-No estaba intentando decir nada, pero sí. Es uno de los seis sujetos experimentales del proyecto para desarrollar GFs autónomos. Uno de los más avanzados, por cierto. Estamos esperando a que llegue el transporte. Algún genio decidió que un camión de cuatro ejes no iba a tener dificultades avanzando por un terreno tan accidentado como este. Es lo que pasa cuando pones al frente del departamento de logística a un cerebrito brillante con cero experiencia de campo –Irvine se encogió de hombros y chasqueó la lengua para hacer todavía más obvia su opinión al respecto-. Ya veremos cómo nos las arreglamos después de todas estas lluvias. Con el peso combinado del tráiler y del Dracguar me parece que vamos a tener que terminar solicitando un vehículo-oruga. Y el más cercano está en Balamb, tío, en Balamb. Hyne, como echo de menos los tiempos en los que nos recorrimos el mapa durante la Guerra de la Bruja. Squall sería un recién graduado, pero te aseguro que tenía muy clara la logística de las misiones. Y, hablando de Squall… -Irvine se llevó el rifle al hombro con un gesto descuidado y Seifer vio cómo su dedo índice acariciaba el gatillo suavemente- estaba en una misión contigo, ¿cierto?

-Me alegro de que me hagas esa pregunta –replicó con una cara que reflejaba todo el abanico emocional contrario a la alegría-. Porque era una pregunta, ¿verdad?

-Ciertamente –Irvine frunció levemente el ceño-. Las últimas informaciones que hemos recibido con respecto a él son bastante confusas. Y ninguna comunicación directa suya, además.

-Pues déjame informarte que ayer mismo habló por radio con el director.

-No es eso lo que me dijo Rinoa.

Seifer decidió de pronto que estaba demasiado cansado como para tratar de desentrañar intrigas y conspiraciones y que, además, la opinión de Irvine le importaba un pimiento. O le importaría un pimiento si no fuera por el pequeño detalle de que era un peligroso SeeD de rango A y, seguramente, la clave para su supervivencia inmediata.

-Kinneas… te llevaré hasta él ahora mismo, si con eso consigo que dejes de toquetear ese lanzamisiles que tienes como rifle. –y, como tenía bien claro que con su historial delictivo él menos que nadie debía lanzar acusaciones ni tratar de dejar al descubierto las mentiras del Director del Jardín, añadió-. Si te parece, le pides a él todas las explicaciones que quieras.

Sin esperar respuesta, Seifer se giró y comenzó a caminar.

-No era una misión, por cierto, no había ningún contrato de por medio –habló sin mirar atrás, sin comprobar siquiera si el otro le seguía- Era mi examen. Un paseo, la verdad, hasta que nos topamos con esa jodida bestia de ahí.

-¿De veras? –la incredulidad estaba ahí, en la voz de Irvine - Pues, para haber tenido un encuentro con Squall, el Dracguar está bastante entero.

-Sí, bueno. Squall está técnicamente entero también. Lo cual tiene su mérito teniendo en cuenta que detuvo una carga de ese bicho con un arma de prácticas y sin un solo enlace que le ayudara.

Seifer escuchó a Irvine acelerar el paso y en un par de segundos el otro caminaba a su altura.

-¿Qué me estás contando, Seifer? ¿Qué te enviaron junto con Squall a realizar tu examen justo aquí, en el área de experimentación?

-¿Eso he dicho? –Seifer sacudió la cabeza y una sonrisita irónica curvó la comisura de sus labios- Nah, eso lo dices tú. Yo ya tengo bastantes problemas como para encima ponerme a insinuar que alguien en el Jardín, alguien importante y con poder de decisión, me haya podido enviar, a mí y a mi dulce y popular examinador, a una zona potencialmente mortal sin enlaces de ningún tipo y con la más básica de las equipaciones.

Esperaba más preguntas por parte de Irvine o quizás un intento de negar la supuesta conspiración, pero el otro no añadió nada más. Sin previo aviso sintió un toque en el hombro. Una suave luz azulada le envolvió y Seifer se paró en seco, sorprendido. Mientras el alivio de la curación mágica calmaba la tirantez de su piel quemada y el dolor de sus músculos y de las incontables contusiones que mazaban su cuerpo, lanzó una mirada de agradecimiento al francotirador. Hyne, estaba más cansado de lo que estaba dispuesto a admitir.

-Dime que llevas algo de comer encima y encabezarás mi lista de SeeDs favoritos para siempre, Kinneas.

Para su inmensa alegría, Irvine metió la mano en uno de los bolsillos interiores de su uniforme y le alcanzó una tableta de raciones de campaña. Nunca la comida ultraprocesada del Jardín le había parecido tan apetitosa.

-Sólo por curiosidad, ¿a quién acabo de desplazar del número uno de tu lista?

-A Guthrie, ¿a quién si no? – el único estudiante que había suspendido el examen teórico siete veces seguidas. Hacía falta un talento especial para algo así.

-Me siento honrado. Guthrie es una leyenda.

Ascendieron la empinada ladera en silencio. Cuando aún quedaba un buen trecho por recorrer comenzó a llover con fuerza y Seifer aceleró el ritmo, hastiado de pasar frío y de estar mojado todo el tiempo. Antes de llegar a su destino, avistó a Squall y le hizo un gesto de reconocimiento que el comandante devolvió. Bien, Leonhart continuaba operativo. Que tomara él las decisiones a partir de ese momento.

Tomando asiento bajo la repisa cuando alcanzaron al comandante, Seifer observó con interés el encuentro entre ambos SeeDs. Irvine no disimuló su preocupación desde el momento en que sus ojos se posaron en Squall y, avezado en las peculiaridades del comandante, se abstuvo de formular preguntas molestas y de intentar ningún tipo de contacto físico y optó por emplear conjuros de sanación. Solo cuando Squall irguió su postura y movió tentativamente en círculos su brazo ya recuperado, se acercó Irvine a darle unas palmadas amistosas en el hombro y a intercambiar con él algunas palabras en voz tan baja que Seifer no fue capaz de entender nada.

Debió quedarse dormido sin darse cuenta, porque se despertó con un sobresalto cuando Squall habló cerca de él:

-¿Cuál es tu disponibilidad?

Irvine, a quién iba dirigida la pregunta, respondió:

-Libre, hasta pasado mañana.

-¿No formas parte de ninguno de los equipos?

-No. Simplemente le pregunté a Kenan si me podía unir como observador y el autorizó mi presencia aquí –confirmó el francotirador.

-¿Kenan Gantt es el jefe de equipo?

-Un momento, Gantt, ¿el de Centra? –intervino Seifer, levantándose y uniéndose a ellos. Y, para acotar un poco más las cosas, añadió- ¿El tipo ese raro perteneciente a una civilización extinta que tiene una hermana todavía más rara que él?

-El mismo –asintió Irvine.

-Infórmale de tu intención de continuar con tus asuntos y lleva el vehículo hasta aquella formación rocosa de allí –instruyó Squall, señalando un agrupamiento de piedras en la distancia-. Nos reuniremos allí. No nos menciones y no inventes ninguna historia. Cero explicaciones.

-Kenan sabe guardar un secreto, Squall. No nos delatará.

-Confiaría en él si estuviera solo –asintió el comandante y Seifer no pudo evitar preguntarse desde cuando Squall tenía en tan alta estimación a un tipo que para él no era más que un perfecto imbécil-. No es el caso –acotó Squall con una expresión de finalidad en su rostro que no invitaba a más réplicas.

-Entendido –asintió Irvine y se dio la vuelta para cumplir con sus instrucciones después de realizar un saludo SeeD que quedó ligeramente desvirtuado al ir acompañado de un guiño de complicidad en dirección a Seifer.

-En marcha –indicó Squall, uniendo acción a la palabra y acometiendo el descenso en dirección al punto de encuentro.

Preguntándose cómo demonios se las arreglaba Squall para continuar cuando él estaba a punto de quedarse dormido de pie, Seifer le siguió dando tumbos y confiando totalmente a su compañero la seguridad de ambos. Era cierto que el comandante había dormido durante la noche mientras él montaba guardia, pero no dejaba de escocer a su orgullo que después de recibir heridas tan graves Squall no pareciera acusar el cansancio tras la curación.

Cuando Irvine les alcanzó, el mullido asiento y el movimiento del coche le hicieron caer en un estado de duermevela en el que las voces de sus compañeros sonaban más a ruido de fondo que a una conversación propiamente dicha. Sí creyó distinguir a Irvine dirigiéndose a él con un "Enhorabuena, Seifer" y respondió con un gruñido afirmativo, antes de nuevamente perder el contacto con la realidad.

Se espabiló de golpe cuando el coche se detuvo, su instinto avisándole de que esta parada era definitiva, y abrió la puerta para encontrarse en un aparcamiento subterráneo. Siguió a los otros hasta el ascensor y pronto se encontró en el vestíbulo de un hotel. De ahí a una cómoda habitación tan solo mediaron los minutos que Irvine tardó en conseguir alojamiento para ellos, soltando sonrisas a diestro y siniestro que parecieron alegrar el día a los empleados del hotel.

Cuando finalmente entraron en la habitación, Seifer se dirigió directamente al cuarto de baño, recuperando parte de su humanidad perdida tras una buena ducha con agua caliente. Al salir envuelto en un albornoz, se encontró con una bandeja de comida esperándole y café humeante a su disposición, así que ignorando a Squall, el único ocupante de la habitación, se lanzó sobre la bandeja y sació su apetito.

Se dio por satisfecho justo cuando Squall salía del baño vestido con unos pantalones y una camiseta con el logotipo del hotel impreso.

-¿Hay ropa? –preguntó extasiado. ¿Nunca cesarían las maravillas?

-En el armario de las toallas –asintió Squall.

La manga corta de la camiseta que llevaba dejaba a la vista las terribles heridas todavía no curadas del todo de su brazo izquierdo. Pasando a su lado para entrar nuevamente en el baño, Seifer le comentó:

-Te he dejado algo de comida –la que no le gustaba, se abstuvo de añadir- ¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí? ¿Nos estamos ocultando?

Mientras se vestía (¿pantalón sin ropa interior? Qué pena que no hubiera ninguna chica cerca a la que impresionar) prestó atención a la respuesta de Squall:

-No. Mientras te duchabas me puse en contacto con el Jardín y hablé con Shu y con el Director Caraway. Por lo que a ellos respecta, tú y yo, más una tercera persona que he solicitado que se reúna con nosotros aquí, estamos embarcados en una misión sin especificar.

-¿Una tercera persona? –Seifer salió del baño ya vestido y, acercándose a la mesa a la que Squall estaba sentado se sirvió otra taza de café- ¿Quién?

-No lo sé. Preferentemente alguno de los miembros de mi equipo que no esté ocupado en la actualidad. Irvine se encargará de todos los detalles.

-¿Qué detalles? –suspiró Seifer tratando de armarse de paciencia. Era agotador tener que preguntar absolutamente todo para conseguir un relato completo, pero con Squall ese esfuerzo extra siempre era necesario.

-Suministros, equipo, permisos… todas esas cosas.

-Entonces, ¿es oficial? ¿Ya soy un SeeD de pleno derecho del Jardín de Balamb?

Squall asintió.

-Ya comuniqué el resultado de tu evaluación al equipo docente. Tendrán que esperar para recibir el informe sobre tu examen, pero basta con los datos que les he facilitado para que adelanten tu nombramiento.

-Por favor, escribe y envía ese informe antes de que alguien te mate.

La respuesta de Squall a eso fue un leve movimiento en la comisura de sus labios. Su versión de una sonrisa sardónica, supuso Seifer. El comandante abandonó la mesa y se acercó a una de las camas, la más alejada de la ventana, ocupándose en menesteres absolutamente mundanos y en ignorarle.

-Si lo he entendido bien, ahora mismo estamos en una misión. –recapituló Seifer en voz alta, haciendo un esfuerzo para controlar su temperamento. Hyne, Squall era capaz de desquiciar a un santo, y él estaba muy lejos de ser uno.

Squall asintió. Fin de la información.

-Una misión cuyos detalles el Jardín ignora.

Otro asentimiento.

-¿Sabes que es lo más gracioso de todo esto? Que yo tampoco sé de qué va esta misión, así que si no es demasiada molestia, ¿te importaría iluminarme?

-Tendrás que esperar a que llegue el tercer miembro del equipo. –acotó Squall.

Con dos largas zancadas, Seifer se colocó a su lado y trató de avasallarlo con su estatura como hacía en los viejos, buenos tiempos. Su primera intención había sido molestar al comandante, y, quizás, presionarle un poco para hacerle soltar la lengua, pero en el momento en que invadió su espacio personal se dio cuenta de un pequeño detalle. Squall había crecido varios centímetros desde el fin de la guerra. Ese en apariencia intrascendente dato, venía a confirmar y legitimar todas las bromas y burlas con las que en el pasado había agasajado al comandante acerca de su pubertad tardía.

No pudo evitarlo, en un arranque de absoluta sensación de superioridad porque, eh, sus hormonas sí que habían seguido el calendario previsto, y, enervado por los últimos minutos, horas, días de su vida, le dio un empujón al comandante. Por los viejos tiempos.

-Estuve pendiente de ti como una niñera en ese risco. No pegué ojo en toda la noche mientras tú dormías a pierna suelta, Leonhart.

-¿Qué es lo que quieres? –siseó Squall entre dientes, en un tono definitivamente peligroso- ¿Una medalla?

Seifer sabía que estaba siendo injusto, pero el impulso de provocar a Squall, de descargar parte de su frustración tiraba de él en un sentido casi físico. No había nada que tensara los límites de su autocontrol tanto como un Squall en modo Squall absoluto, un término que Viento, Trueno y él habían acuñado para referirse a esas ocasiones en las que las casi nulas habilidades sociales del comandante no alcanzaban para justificar sus comportamientos alienígenas. Era consciente de los traumas que acompañaban a Squall desde su infancia, pero él tenía sus propios problemas, todo el mundo tenía problemas, y eso no los convertía en bichos raros.

-Que te jodan, Leonhart –siseó- Tus problemas de actitud hace tiempo que me están inflando los coj…

-Seifer –le interrumpió Squall, malgastando una mirada fulminante en la única persona del planeta capaz de soportar todo su repertorio de miradas asesinas sin pestañear-, todo lo que sé es que alguien está intentando matarte. No hay más que contar que lo que ya hablamos en el coche.

Oh.

En su mente, Seifer dio un paso atrás, pero su cuerpo no se movió ni un milímetro del lugar que ocupaba. Por lo visto, se había perdido los detalles mientras daba cabezadas en el asiento trasero.

-¿Qué te costaba decirme eso desde un principio? –soltó, sin querer confesar su ignorancia. Con un gruñido, se metió en la cama que Squall había escogido, apartando de una patada el sable pistola apoyado en el borde- Despiértame cuando llegue el idiota que falta –refunfuñó, dándole la espalda deliberadamente.

En otros tiempos, reclamar para sí cualquiera de las cosas de Squall, como un calcetín, un espacio con sombra, o una silla en la cafetería, había bastado para comenzar una pelea de esas en las que los otros estudiantes hacían apuestas y en las que ambos terminaban visitando el despacho del Director.

-Si quieres un asistente personal, contrata a uno –se limitó a contestarle Squall.

Y lo siguiente que Seifer oyó fue el traqueteo de las persianas al ser bajadas, sumiendo la habitación en la penumbra.

Por lo visto, uno de los dos había madurado.

Más molesto todavía, cerró los ojos con fuerza, prestando oído a los movimientos de Squall por la habitación, hasta que finalmente el comandante se sentó en la cama y utilizó el teléfono de la habitación para llamar a su dulce y ñoña esposa.

(Hola, Rinoa. No. Estoy con Seifer. Bien. No. Todavía no. ¿Cuál? ¿Cómo estáis? Dile a Selphie que lo haga. ¿Por qué? Eso son buenas noticias. Sí. Me he roto un brazo. Nada más que no pueda arreglar un poco de descanso. Es la cuarta vez que me rompo este brazo, Rin. No, no llevo la cuenta, pero lo recuerdo. No lo sé. No es mi problema. Hablé con tu padre ayer. ¿Era eso una pregunta retórica? Hay una diferencia. Estás ignorando el chocobo azul en la habitación.)

Durante la larga pausa siguiente Seifer no pudo reprimir un gran bostezo. Preguntándose si Squall le habría colgado el teléfono a su mujer sin despedirse, abrió los ojos y le vio escuchando con el ceño fruncido. El comandante debió sentir la atención de Seifer puesta sobre él, porque se volvió a mirarle, y éste le obsequió con una amplia sonrisa.

-Dale saludos de mi parte a mi ex novia –provocó, sintiéndose antideportivamente superior de nuevo. Sí, Squall, yo estuve ahí primero. Lo siento.

(Era Seifer. Te envía saludos. Sí. Algunas quemaduras, pero se ha recuperado bien. Sí. Parcialmente…)

La ausencia de una reacción explosiva por parte de su antiguo rival a sus continuas puyas tuvo el efecto de un jarro de agua fría sobre Seifer. Recordando la camaradería que había sentido durante su accidentado examen, la preocupación y esa sensación de orgullo de segunda mano cuando Squall había estado a punto de derribar el helicóptero, se cuestionó a sí mismo y a la facilidad con la que revertía a viejos y dañinos hábitos. Ser el gallito de la clase no le había reportado ventaja alguna en su día. Era cierto que molestar a Squall durante los entrenamientos y durante la guerra había hecho de ambos los guerreros cualificados que ahora eran, pero estaba seguro de que hubieran podido adquirir el mismo nivel de maestría, de forma mucho más sana, como compañeros en lugar de como antagonistas.

Mientras se repetía a sí mismo como un mantra: "No cometas otra vez los mismos errores, Almasy" se quedó dormido.

El ruido de unos golpes insistentes en la puerta le despertó. Refunfuñando, lanzó una mirada al reloj digital en la mesilla de noche: 9:10 AM. Había dormido al menos 17 horas seguidas, aunque los efectos beneficiosos del prolongado descanso no habían sido completos, constató cuando al moverse tomó conciencia de las agujetas que castigaban casi cada músculo de su cuerpo.

-Oh, Hyne, ¿por qué no escogí ser bibliotecario?

Squall no estaba en su cama y la puerta del cuarto de baño estaba cerrada. Una nueva serie de golpes le hizo sacar los pies de la cama y tomar conciencia de un problema matinal tan acuciante como evidente.

-Lo siento, compañero –le habló al bulto entre sus piernas mientras se acercaba a la puerta.- Le echaremos un vistazo a Squall y a su dulce sonrisa, y ese será tu final, y no un final feliz, precisamente. Muerte por horror. Je.

Abrió la puerta de golpe justo en el momento en que comenzaba una nueva tanda de golpes y se encontró con Quistis y Selphie aguardando en el pasillo, cargadas de bultos. Como buenas mujeres observadoras que eran, ninguna de las dos pasó por alto su estado. Con una sonrisa divertida, Quistis apartó la vista y se ajustó las gafas, aparentemente interesada en los anodinos cuadros que colgaban de las paredes del pasillo. Selphie no fue tan discreta y su mirada se detuvo sin tapujos en la tienda que despuntaba en sus pantalones.

-Buenos días, Seifer. –exclamó con una amplia y deslumbrante sonrisa- Nosotras también nos alegramos de verte.