Las fraguas ardientes de culpa no se hicieron esperar. Mis ánimos fueron aplastados por la gravedad, mientras, recordaba su mirada, indignada y harta de mí.

Ahora, mi mejor amigo se había marchado, me había abandonado, y se sumaba a la lista de mis antiguos amigos. El arrepentimiento me hacía dudar de las cosas, me hacía dudar de mí misma, me hacían preguntar si tuve que haber correspondido o, si había tomado la mejor decisión.

Yo… enserio lo intente. Intente amar a Mackenzie, pero, simplemente, no me siento cómoda con la idea de tener una relación seria con él, y no voy a mentir, mi sentimiento hacia él, fue solo de amigos y nada más.

—¿Todo bien Bluey? —Mis orejas se sacudieron al escuchar su acento. Mire a los ojos de aquel labrador, aquellos ojos que me veían con preocupación y sinceridad.

Quería contarle, tenía la necesidad de decírselo, pero...

"Conocerá a la verdadera Bluey Heeler, y no dudará en abandonarte al igual que los demás".

El pecho se me contrajo, junto con los escalofríos que recorrieron mi columna. Rendida y aceptando la verdad de Honey, me incline hasta el labrador, y apoye mi peso sobre él.

Su mera presencia, de por sí era un calmante que apacigua aquel peso que tanto quería aplastarme. El verlo a los ojos, se me es difícil, "Se ve lindo" es lo que pienso, y luego, el temor me invade al recordar lo que soy, y la posibilidad, que él también me abandone.

"Tarde o temprano conocerá a la verdadera Bluey Heeler"

Mientras mantenía mi cuerpo apegado a él, respondí su duda agitando la cabeza. Podía escuchar claramente su corazón, acelerando sus latidos por mi presencia.

—¿Quieres hablar de eso? —Pregunto con preocupación. Nuevamente, negué con la cabeza, mientras lo acorralaba con mis brazos— Entiendo, no es necesario que me lo digas ahora. —escuche. Alce los ojos para apreciar aquella cálida mirada que me brindaba. Él me dedico una tierna sonrisa con la que me brindo seguridad, la suficiente para sentirme acogida por él, eso solo me genero las ganas de abrazarlo con más fuerza.

Es genial tenerlo a mi lado.

—Disculpen. —De pronto, tocaron a la puerta de mi habitación, interrumpiendo aquel momento en el proceso. Bingo, con su mirada tímida hacia nosotros, nos dijo— Mamá termino de hornear las galletas, si desean, pueden bajar a tomar algunas.

—Gracias Bingo —Alcance a decir con los pocos ánimos que me quedaban.

—Merci, Bingo.

—D-de nada.

Arque la ceja ante su conducta. Tanto Jean como Bingo, lucían nerviosos y ambos trataban de ignorar la mirada del otro, como si estuvieran incomodos por alguna razón.

—¿Esta todo bien entre ustedes? —Pregunte. Ambos respondieron en coro, mezclando la pronunciación de ambos idiomas en una sola palabra "Si"— De acuerdo, si ustedes lo dicen. Yo iré por las galletas Jean, tu ponte cómodo. —Me puse de pie y bajé directo a la cocina.

Ya en la cocina, encontré a mi madre colocando algunas galletas sobre un plato. Ella se veía calmada, ante esta casa, casi muda por su silencio y acogedora por su vibra, su mirada se perdía en la forma de sus propias galletas: cachorros, ese era la forma que tomaron aquellas galletas.

—¿Mamá? —Pregunte. Ella emergió de aquel mar de pensamientos, y me brindó su cálida sonrisa.

—Bluey —Dijo centrando sus ojos en mí. Ella tomo el plato, con galletas encimas, y acortamos la distancia.

—¿En qué tanto pensabas?

—Nada que debas preocuparte —Respondió. Estiro el plato de galletas con los que me deleite olfateándolo—¿Huelen deliciosas?

—Y se ven deliciosos —Respondí, apreciando mejor las galletas. La mayoría tenían forma perruna, pero, hubo una a excepción, una galleta que se posaba en medio de 2 perros, curiosamente, con nuestras formas.

Era un corazón.

Las mejillas se acaloraron de inmediato, y mi cola se meneo mientras mis ojos transformaban aquella imagen, en uno más realista, viendo a nuestras versiones más pequeñas conocerse.

Mamá me vio con una tierna sonrisa al ver mi semblante. Yo estaba apenada y alegre, pero...

"Tarde o temprano conocerá a la verdadera Bluey Heeler"

El recuerdo de Mackenzie, alejándose hasta perderse entre la vegetación, apareció como una aguja que me generó espasmos. Mi mente me volvía a torturar con los recuerdos de cada uno de mis amigas, y culminaba con una ilusión, una que me hiso reprimir los ojos y cambiar mi semblante. La última persona que recordé con cariño, con quién me divertí en esas vacaciones, largando se para jamás volver. Jean Luc. Me aterra perderlo.

—¿Que sucede? —Mi madre pregunto con preocupación.

Escape de mis pensamientos ante su pregunta.

—No, nada. —Respondí, intentando recomponer la compostura. Sus ojos se posaron en las galletas y luego en mí.

—De acuerdo —Dijo sonriente— Ahora llévaselo a Bingo y Jean Luc.

—Claro. —Tome las galletas y me preparaba para volver a subir a mi habitación, pero, me detuve, como si cierta parte en mí dudara de mis palabras, y reconsiderara las cosas— De hecho, mamá. —llame nuevamente su atención— ¿Por qué el corazón?

Ella rodó los ojos con una sonrisa.

—Era un pequeño detalle para ustedes —Se acercó— Pero si te apena, me la puedo comer yo.

—A, no, no —Aparte el plato—, es perfecto, solo que... Él y yo, solo somos amigos.

—Lo sé, el corazón era para eso. —Había caído en su trampa, sin querer, había declarado mi gusto a Jean.

—Oh, claro, claro —Dije con las mejillas rojas. Mamá me vio con dulzura, aquella mujer, parecía leer mi mirada para descifrar en lo que pensaba.

—¿Por qué te cuesta aceptarlo?

Su pregunta me desconcertó.

—¿Qué cosa? —Pregunte. Sus ojos se desviaron, por un momento, al tejado, refiriéndose a la persona que se encontraba en mi habitación. Mis mejillas volvieron a acalorarse, y mis nervios no me permitieron responderle. Mamá me dirigió una mirada, una tierna con la que me decía "Te entiendo".

—Hay algo que te preocupa en él. —Yo negué con la cabeza— Entonces, ¿Por qué te cuesta tanto aceptarlo?

—Yo... Lo admito. Él me gusta. —Respondí con mucha pena. Me di la vuelta mientras sacudía la cabeza—Pero es solo un flechazo, en unas semanas se me pasaran.

—No dijiste lo mismo con Mackenzie.

Ella no parará de recordarme mis primeros enamoramientos.

—Pero lo fue —La regrese a ver, mientras el remordimiento me mataba por dentro. No quise herir a Mackenzie— Además, hay otras como yo que le pueden interesar.

—¿Por qué buscaría otras iguales a ti? si te tiene a ti.

Enfoque mi vista en la galleta, la que tenía mi forma de más pequeña, solo para recordarme, que ya no era la misma. Los recuerdos de todas las personas a las que he herido, o, a quienes me abandonaron, solo, me contraía el pecho.

Mi respuesta, fue el silencio, uno que caería sobre mis hombros como un peso más, a lo que tengo que soportar.

—Tienes miedo, —Hablo— de las consecuencias que conlleva revelárselos.

"Tarde o temprano conocerá a la verdadera Bluey Heeler"

—Me asusta que sepa cómo soy en realidad...

—¿Y que tienes de malo? —El peso se hacía más fuerte, porque, mamá todavía me miraba a través de sus inocentes ojos. Ella quizás pensaba que el único problema que había, era con papá, pero no con la secundaria— Eres una chica encantadora Bluey, y si él no...

—No mamá —La interrumpí, ella me vio extrañada por mi semblante—, hay varias cosas malas en mí.

"Quiero que olvides Canadá" Mi mente continuaba torturándome.

—En la fiesta, yo... Hice un berrinche. —Confesé— Yo, le pedí que se olvidara de una vez por todas de Canadá.

—Bluey... ¿Por qué le pedirías eso? —Mi madre se desconcertó, y es normal, ella no creería una actitud así sobre nosotras.

—Porque soy mala mamá... —La gravedad pudo conmigo, y dejé caer mi cabeza— Lo siento.

Siento que le debo mucho a mamá. Demasiado. Siendo yo una de esas 2 niñas a las que ella les brindó amor y cariño.

Mamá desvió los ojos por un momento. Me estaba preparando para enfrentarme a su enfado o a su mirada, pero, ella me dirigió una mirada materna, y, con un suspiro, dijo.

—Tenia 7 cuando mi madre todavía permanecía con nosotros. Me encantaba cuidar de los animales junto con mis padres. —Comenzó a hablar, mientras empezaba a limpiar los utensilios con los que hiso el pastel— Pero, yo quería hacerme cargo de todos ellos, deseaba demostrarles que podía manejar la granja sola; Que ya no era una niña como tal.

—No me digas que todo se salió de control. —Predije, a la par, que el sonido del grifo se hacía presente. Mamá asintió mientras reía con nervios.

—Solo basto conmigo para destrozar la casa y dejar perdidos por 7 horas al ganado.

—Galletas. —La forma de maldecir de mi padre se volvió costumbre en mí— No quiero imaginar el castigo que te pusieron.

Ella se hecho reír mientras recordaba aquel momento, al contrario de lo que pensé, ella le daba gracia aquellas cosas ¿Por qué? Dudo mucho que yo me vaya a reír de mis acciones.

—Si que lo fue, metí la pata a lo bestia, pero, ese no es el punto. Aprendí que todo lo que deba pasar, será en su momento. —Dijo mientras me volvía a ver con aquella tierna mirada— En el camino, siempre nos llenamos de errores, ya sean por malas decisiones o circunstancia, pero, el aceptar ciertas cosas en ti, es el primer pasó —Del horno, saco más galletas horneadas. Entre todas, tomo 2 que tenían nuestras formas, más a pegado a nuestra edad, y las colocaba sobre el plato, haciéndome saber, que sigo en esa transición— para un gran cambio.

Nuestros ojos chocaron, y frente a mí, solo veía a mi madre, a mi bella y dulce madre.

Yo asentí con una pequeña sonrisa que empezaba a dibujarse en mi rostro y dejaba que la calidez acogedora de mi madre, inundara mi pecho.

Volví a la habitación, en el que Jean y Bingo me esperaban. Ambos se encontraban algo distanciados, como si los nervios no permitieran que se juntaran.

—Bueno, yo... —Desvió sus ojos, por unos momentos, a los de Jean Luc— los voy dejando solos.

—No olvides las galletas —Le dije mientras estiraba el plato.

—Cierto, gracias hermana. —Tomo unas cuantas galletas, sin verme a los ojos, y salió rápidamente de la habitación. Jean tenía su mano, posada en el cuello— ¿Sucedió algo?

—No realmente. Solo me pidió que le enseñe francés.

—Oooh ya veo, y, ¿Se lo enseñarás?

—clair. —Respondió. Me comí la galleta de corazón de un solo bocado, antes que Jean lo viera. La pena se apoderó de mí, al punto de desviar la mirada. El rio un poco, lo que solo acaloro mis mejillas por la vergüenza, pero su risa, tan sincera y tierna, me contagió.

Empezamos a reír antes de apreciar nuestros ojos y vernos con ternura. Fue entonces que vi sus labios, tan sensuales que me generaban impulsos de agarrarlo a besos.