-Bandit-

Cerré el auto con seguro para después retorcerme en el asiento del conductor.

—Uff... Al fin. —Dije mientras descansaba mis ojos. Una llamada entrante interrumpió la pequeña siesta que iba a tomar. Lo tome sin muchos ánimos y lo pose en mi oreja.

—Diga.

—Hola cariño. ¿Qué tal todo? —Escuche su voz al otro lado de la línea.

—Hola Chili, todo bien. El agua, la luz y las pensiones de las niñas ya están pagadas.

—Genial. ¿Eso significa que estamos al día?

—Exactamente. ¿Cómo está todo por allá?

—Todo bien, Bingo está en su cuarto, estudiando con Lila y banjo. Pienso llevarles un refrigerio.

—Oh ¿Y cómo está Bingo? Con el asunto de Banjo y Lila.

—Bueno, puede mantener una conversación con calma, así que, va mejor. —Mi cara dibujo una sonrisa mientras sentía la calma en mi pecho.

—Bien por ella, se tiene que seguir de algún modo. ¿Y Bluey?

—Oh, bueno, ella está con... Una amiga. —Arquee mi ceja ante su respuesta

—Esta con un chico ¿Cierto? —Predije por su tono de voz.

—Si... —Respondió con nervios.

Las alarmas se encendieron dentro de mí. La idea de ver a un chico cerca de mi hija, hacia que entrara en preocupación por varias cosas. Qué tal si ese sujeto la lastimaba, la maltratase, o peor aún, que la embarace.

—Dime que es Mackenzie.

—Bandit, tú y yo sabemos quién es.

—¿Jean Luc?

—Así es. —Un pequeño gruñido se escapó de mis labios— Creí que te agradaba el muchacho.

—Me agrada, pero solo hasta cierto punto

—Cariño, no puedes ir criticando o enojándote con cada muchacho que se acerca a nuestras hijas. Es normal.

—Si, pero es preocupante, digo, no conocemos muy bien al muchacho.

—Tranquilo Bandit, los vamos a estar vigilando para evitar cualquier cosa.

—Mmm —No me sentí totalmente convencido— De acuerdo —Terminé de hablar—, pero si llegó a descubrí que intenta algo, deberás limpiar mi auto.

—Si ganó, aprenderás algo sobre lavaplatos.

—Jeje, hecho.

El auto arrancó a la par que colgaba la llamada.

—Ja, si, un amigo, como no. Estoy viejo como para caer en esos pretextos. —Decía, ya que, chilli, de vez en cuando, encubría a las niñas de mis ojos, mucho más cuando se trataba de chicos cerca de ellas.

Mientras conducía, una pequeña tienda instrumental no pasó desapercibido para mis ojos. Los instrumentos limpios, y posando frente al cristal para ser exhibidos como se debe, sedujeron mis ojos.

Mi mente divagó entre mi armario de recuerdos, en el que apreciaba los recuerdos de mi adolescencia. Las tonadas musicales empezaron a reproducirse en mi cabeza, mis recuerdos de aquellos momentos parecían revivir aquellas sensaciones, aquella adrenalina que recorría mi cuerpo cada que golpeaba esos tambores.

Eran mis días de gloria.

Fue entonces que una tonada no encajo con nada de lo que recordaba, el pitido de un auto que interrumpió mis recuerdos, pero, que me salvó de un posible choque que pudo haber terminado en desastre.

—¡Fíjate por dónde vas idiota! —exclamó el sujeto desde su auto.

—Pe- perdón —Dije avergonzado desde el auto. Él distraerme pudo haberme costado la vida.

Dejo escapar un gigantesco suspiro en el que reflejo mi pequeño susto.

En el transcurso del viaje, sin quitarle los ojos del frente, me encontré con una carpintería en el que se encontraba aquel conocido. Vladimir.

No tarde en estacionar mi auto cerca del taller y su local.

—Hola Vladimir —Saludé una vez que estuve en la entrada de aquel taller, repleta de maderas y herramientas que utilizaban los trabajadores. El olor a la madera seca y quemada, estaba más que presente, al igual que aquellos modelos de camas, hechas a grandes detalles.

El labrador volteó a verme, parecía que estaba culminando un tallado.

—Salut Bandit —Dijo mientras sonreía ligeramente— ¿Cómo estás?

—Estoy bien. Terminando de pagar algunas cosas. —Respondí— Así que, este es tu trabajo. Carpintería.

Él le hecho un pequeño vistazo por el lugar.

—Así es. No es igual a desenterrar cosas históricas, pero, me agrada.

Mis ojos se perdieron en el arte de sus tallados, cada uno parecían haber sido creados por un profesional.

—Na... No lo es tanto. —Mentí.

Suelo recordar esos días, en el que varios de mis compañeros y yo, terminábamos bajo el sol, escarbando y buscando durante varias horas, y a diferencia de lo que creen, yo no me quejaba de eso... Amaba mi trabajo.

—Mira nada más, todo esto es increíble. ¿Los hiciste tu solo?

—¿No es obvio? —Ahogue una carcajada antes de seguir inspeccionando la mercancía.

—¿Cuánto por la cabecera de esa cama? —Pregunte al encontrar dicho objeto con una gran decoración— A chili le encantaría.

—Según yo, si compras el conjunto completo, te ha de costar unos $130

Los pelos se me erizo.

—Ay, será mejor en otro momento. —Dije retomando la compostura— Y dime, ¿Tú y tu hijo ya se acostumbraron a Brisbane?

—Estoy bien... —Fue todo lo que dijo. No tarde en entenderlo al ver su expresión. Era la misma que yo ponía cada que viajaba por el trabajo y me encontraban con locales que simplemente, me detestaban. En su caso, debe costarle un poco tener que ignorar las discriminaciones de algunas personas.

—... ¿Y Jean Luc?

—Ah, bueno. Va mejorando.

Su respuesta me generaba dudas, y mi mejor respuesta, fue arquear la ceja.

Pronto, nos encontrábamos en aquel lugar, en donde Bluey y Bingo se pasaron, una tarde entera, dando vueltas. Nuestras miradas se perdían entre las fascinantes brisas playeras mientras éramos rodeados por el aroma del agua.

Estábamos en las orillas del sur del rio de Brisbane, "Southbank", recinto en donde ya los deslumbraban los paisajes de "Street beach", "Park avenue" y "La rueda de Brisbane"

Vladimir se tomó un gran trago de la botella, mientras yo pensaba en como iniciar la conversa. Ya era algo tarde y su hora laboral había culminado.

—Este lugar es increíble. —Comento mientras se deleitaba con el paisaje y personas que lo adornaban.

—Si que lo es. —Respondí, antes de desviar la mirada al paisaje— Vladimir, ¿De verdad se mudaron por trabajo?

Él se tomó unos momentos en silencio antes de continuar hablando, como si pensara en distintos pretextos para desviar la pregunta, incluso, su mirada se inclinó un poco y se perdía en el piso. ¿Acaso estaba reflexionando? ¿Estaba recordando? ¿O buscaba pretextos?

—No, lo que me empujo a mudarme, fue por una persona.

—¿Tu esposa? —Pregunte, pues, tanto Bluey como Bingo me habían comentado sobre los gustos que tenía la madre de Jean Luc.

—Tampoco. —Respondió mientras erguía la espalda y tomaba un buen bocado de aire. Eso me daba una señal— Lo hice por mi hijo...

Eso se me hiso extraño, y no dude en preguntarlo.

—¿Jean Luc pidió mudarse aquí?

—Jaja, no.

Arquee la ceja.

—Yo decidí la mudanza.

—Oh, ya veo. —Dije con la mente algo en blanco— Y... ¿Jean Luc no tuvo ningún problema con eso?

—Si que los tuvo, pero, ya no teníamos más opciones.

De pronto, fruncí el ceño mientras lo juzgaba con la mirada. Me pareció mal lo que hiso. Empecé a imaginar como hubiera reaccionado su hijo ante esa noticia, siendo separado del resto de familiares, amigo y técnicamente toda su vida.

—Vladimir —Llame su atención—, con todo respeto, lo que hiciste, es horrible. —El labrador enarco las cejas— No puedes tomar simplemente la decisión así. ¿Al menos se lo preguntaste? ¿Estuvo de acuerdo?

—No, pero...

—Eso puede que lo esté afectando, y tu ni cuenta te estas dando.

—Bandit.

Yo no paraba de sermonearlo.

—Qué tal si tenía toda su vida planeada en ese lugar. ¿No crees que fuiste egoísta con eso? —Estaba hablando por su hijo Jean Luc, pero muy en el fondo, sentía que realmente estaba hablando por mi hija.

No me di cuenta, pero de algún modo, volvía a tener esos recuerdos de mi adolescencia. Tiempos en el que tenia ciertas cosas planeadas, pero que, po motivo, no logre cumplirlas.

—¡Bandit! —Me interrumpió mientras me observaba con fastidio— No juzgues si no conoces el otro lado de la moneda. —Dijo, consiguiendo llamar totalmente mi atención. Él desvió su mirada nuevamente al paisaje— Cada uno tiene su forma de criar a sus hijos.

—¿Y te parece que la tuya es la correcta? —Cuestione.

—Nunca dije eso. —Volvió a verme— Según tú, ¿Cuál es la manera perfecta de criar a tus hijos?

—Simple, darles atención posible, estar con ellos cuando más nos necesiten, darles de vez en cuando su espacio y nunca irrumpir en su creatividad. —Respondí— No es perfecto, pero creo que es lo mejor

—Tal vez eso aplique en tus hijas, pero, yo conozco a mi hijo. —No sé porque, pero lo sentí como un insulto, como si aquel labrador hubiera intuido los problemas que traía desde casa— Se que la imaginación y todo lo mágico que pueden ver los niños a través de sus ojos, son importantes. —Sus dedos se desplazaron por su otra mano y llegaron a tocar, y jugar, con su anillo. Se veía melancólico— Pero hay realidades del que no podrán escapar, del que no podrás ocultarlo con pretextos o con algún juego.

La paloma, como un destello que paso por mi cabeza, junto con sus plumas cayendo con lentitud, tal y como si la gravedad fuera muy poca. Aterrizo en mi cabeza, y, por ende, también la tristeza de mi hija. Ella tenía esperanza en que la paloma sobreviviera, pero, como dijo Vladimir, la realidad fue otra, y no tuvo más opción que aceptarla. En esos tiempos, deseaba no haber encontrado el ave, pero la cosa ya estaba hecha.

—Lo sé. —Dije con el mismo semblante, algo triste— Simplemente deben aceptarlo. Pero lo que hiciste me parece algo extremo.

El dio un gran suspiro.

—Repito, yo conozco a mi hijo, y a pesar que es alguien muy atento y aplicado, es difícil hacerle entender ciertas cosas. Como mi padre decía, lo que le dices entra por un oído, y sale por el otro. —Estuvimos unos segundos en silencio— Si soy estricto, es porque quiero lo mejor para él.

Y así, es como un sentimiento de culpa golpeo mi pecho, como si de un boxeador se hubiera tratado y me hubiera sacado, ligeramente, el aire. ¿Por qué?, porque yo deje ser algo estricto con mis hijas desde la secundaria, desde que note los indicios de cómo se avergonzaba o como empezaba a salir más con sus amigas, pues, me veía a mí, salvo que, yo fui un muchacho problemático en el que no le importaba mucho las consecuencias... Fui egoísta, y me arrepiento por ello.

Las discusiones entre mis padres y yo se volvían costumbres y con ello, deje de medir mis palabras, sin saber que una en específico podía afectar, destruir, y entristecer a mis padres. No fui el mejor hijo, e hice lo mejor posible para arreglarlo. Espero haberlo hecho bien.

Temía que mis niñas también arrastren esos mismos errores míos, y que me dijeran esa palabra, esa feroz y ardiente palabra del que no me gusta pronunciar. Creo que es por eso que deje ser algo estricto, y eso me hace sentir como, un cobarde, de alguna manera.

—No te importa que... ¿Te detesten? —Dije con los ojos entrecerrados, intentando no pronunciar aquella palabra y remplazándola con otra. Lo que saldría por sus labios, lo escucho como si fuera mi papá quien lo hubiera pronunciado.

—Estaré ahí para él, vigilando que tenga la frente en alto, la espalda bien erguida y, estando o no preparado, a enfrentarse a estas crudas realidades. Voy guiarlo, voy ayudarlo, sin importar que me odie.