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La iglesia estaba repleta por altos miembros de la nobleza, personas pertenecientes a la aristocracia inglesa y escocesa. Cualquier persona se sentiría honrada y afortunada de pertenecer a este círculo social, menos Candy, pues la joven era muy diferente a cualquier mujer que desease pertenecer a una sociedad sofocante y autoritaria sólo para ser portadora un título nobiliario, que según ellos, determinaba su valor.

Años atrás, cuando la rubia era apenas una niña, su madre había fallecido de una enfermedad pulmonar, al ser ella, la más apegada a su progenitora, su muerte le afectó de tal manera que su padre, al ver el estado deprimido de su pequeña hija, la envió a Snowshill, un poblado a las afueras de Londres donde vivía su hermana, quien había aceptado gustosa que su sobrina la visitara.

William, no contaba con que a su hija le gustara tanto el lugar que se quedaría a residir allí, alejándose completamente de la vida de la ciudad de Londres, visitando sólo por temporadas a su padre y hermana mayor.

Con cada paso que daba, la rubia sentía que dejaba atrás su felicidad, tenía deseos de girar y salir por la gran puerta y olvidarse de aquel absurdo deber.

Parado frente el altar, Terry esperaba con poco entusiasmo que la novia se acercara a él, la vio caminar despacio, una sonrisa se dibujó en su rostro al saber que ella también quería huir de allí.

Junto a él estaba Archivald, su mejor amigo, quien fungía como padrino, pues su hermano mayor, Anthony, no pudo regresar de Irlanda, ya que tenía un asunto importante de la corona que debía resolver primero.

Finalmente llegó al altar, de manera mecánica, tanto Candy como Terry, procedieron con el ritual, ni siquiera escuchaban al sacerdote que los casaba; sólo supieron que todo había terminado cuando le indicaron a Terry que podía besar a la novia, cuando levantó el velo, por un momento no supo que hacer, se quedó mirando los ojos brillosos de su ahora esposa, suponía el motivo de aquellas lágrimas que querían salir, ella estaba igual que él; pero entonces, la vio sonreír tímidamente, y eso le molestó.

Candy, quería llorar al ver su sueño destruido; pero al ver la mirada de su reciente esposo, se sintió comprendida, él debía estar igual que ella y eso la motivó a sonreírle, no tenían por qué odiarse, podrían ser amigos, pensó; pero inmediatamente, vio como la mirada del castaño se endurecía.

-Ya conseguiste lo que querías? – murmuró al acercarse a su rostro, no pudo decir nada, pues los aplausos acallaron cualquier sonido.

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Estaba segura que ese día no lo recordaría, desde que pisó el altar hasta la recepción, no prestó atención en absoluto; ni siquiera a los invitados, su mente estaba en Snowshill, en esos hermosos campos que recorrió junto a su amigo Tom, en los picnics que compartió con su amiga Elisa, las tardes que leí junto a su tía, quería salir de allí y regresar al lugar donde fue feliz.

Después de haber abierto el baile, los nuevos esposos ya no regresaron al salón de baile, ambos, de manera separada, se acercaron a sus invitados y familia, conversaron con ellos hasta que Richard indicó que debían partir.

-Voy a extrañarte hermanita. – Annie la abrazaba.

-Yo también Annie.

-Candy, sigue mi consejo – con cariño la morena acarició el cabello de su hermana – trata de acercarte a él, ahora será tu esposo quien te proteja.

-Qué peligro corro para ser protegida?

-Sabes a lo que me refiero, gracias a él nadie podrá hacer nada en tu contra, ni siquiera hablaran a tus espaldas ni te criticaran, todos van a respetarte.

-Voy a extrañarte Annie. – abrazó nuevamente a su hermana, no quería discutir con ella por sus vanos alegatos.

-Cuídala Terry, te lo pido como amigo. – Terry miró a su amigo fijamente, por un momento le pareció que éste sentía más que cariño por su ahora esposa; pero prefirió no pensar en eso.

-No le pasará nada conmigo; pero si crees que me comportaré como el esposo amoroso que todos quieren, sabes bien que eso no pasará.

-Sólo cuídala, no quiero que nada malo le suceda, Candy es una buena chica.

-Adiós Archie, nos vemos en un mes.

-Ahora eres una Granchester Candice, siempre contarás con mi apoyo.

-Gracias duque. – sintió sinceras las palabras de su ahora suegro.

-Cuídate mucho hija – su padre la envolvió en un abrazo fuerte – estoy seguro que serás feliz, todo lo que hago es siempre pensando en la seguridad de mis dos tesoros. – susurró en su oído.

-Voy a extrañarlos papá. – mientras Candy se despedía de su padre, vio al duque hablando con su hijo.

-Ya sabes Terruce – lo miró fijamente – no quiero enterarme de que sigues en tus andadas.

-Supongo que me pondrá vigilancia. – sonrió de lado.

-No hijo, confiaré en ti. Ahora eres un hombre casado. – remarcó las últimas dos palabras.

Richard Granchester hubo destinado a su hijo a la villa que tenía en Escocia, quería alejar a su vástago de todas esas tentaciones a las que estaba acostumbrado. Le había ordenado ser atento y cuidar de su esposa, pues no quería quejas ni reclamos de los White, el nombre de su familia era prestigioso y nunca permitiría que se vea sujeta a comentarios de irresponsabilidad.

La pareja subió al carruaje que los llevaría hasta la estación del tren, todos los vieron alejarse, las mujeres agitaban sus pañuelos blancos en son de despedida y buena suerte.

-Estás cansada?

-Eh? – estaba distraída con el paisaje – no, no tanto. – dijo mirando la falda de su vestido, le intimidaba la mirada de su esposo.

-Yo dormiré un poco. – dijo cerrando los ojos y apoyando la cabeza en la esquina del carruaje, la actitud de Terry era cortante y fría.

Candy sólo lo miró achicando los ojos, no lo entendía, parecía que quería ser amable y de repente cambiaba de actitud. Nuevamente la rubia anhelo vivir una situación diferente, una muy parecida al de la última novela que leía, donde el protagonista se desvivía por demostrarle su amor a su amada.

El trayecto fue largo y solitario, después de ese pequeño intercambio de palabras que tuvieron en el carruaje, ya no volvieron a hablarse. En el tren tuvieron un vagón sólo para ellos, el duque de Granchester había pensado en su comodidad; pero en lugar de conocerse, Terry se recostó dándole la espalda a su esposa; incluso al llegar a Escocia, el castaño, se subió a un caballo y marchó delante del carruaje que ocupaba ella.

-Mi lord, sea bienvenido. – fue recibido por el mayordomo.

-Buenas noches Charles. – saludó mientras bajaba del equino y le entregaba las riendas a un joven que enseguida se acercó a él. – las habitaciones están listas?

-Sí mi lord, su excelencia fue especificó en sus órdenes.

-Ya lo creo. – dijo para sí. – estaré en el estudio, no quiero que nadie me moleste.

-Eh… mi lord. – Terry se giró hacia el empleado, quien parecía algo incómodo.

-Ah… - una sonrisa burlona se dibujó en su apuesto rostro – ayude a bajar a mi esposa y que la instalen en su habitación.

-Sí mi lord. – el hombre hizo una reverencia y fue a cumplir la orden.

Candy estaba sumamente ofendida, la habían ignorado descaradamente; miró con rabia al castaño, ni siquiera esperó a que el mayordomo llegase para ayudarla a bajar del transporte, con un salto ya estaba de pie sobre el suelo.

-Mi lady. – hizo una reverencia.

-Buenas noches. – dulcificó su voz, no tenía por qué ser grosera o dura con el empleado, él no tenía la culpa de que se haya casado con un hombre grosero.

-Está es su habitación mi lady. - Después de las presentaciones, Charles ordenó a una de las empleadas que llevara a lady Granchester a su habitación.

-Gracias Dorothy. - observó el lugar, era amplio, había una enorme cama con dosel, un gran armario y un tocador; cerca a la ventana había una mesita con dos sillas. – esté es el baño?

-Sí, mi lady.

-Dorothy, ya te dije que me llamaras Candy.

-No podría mi lady. – dijo bajando la cabeza.

-Inténtalo, al menos cuando estemos solas, no me gusta que me llamen mi lady.

-Está bien mi… Candy – dijo bajito.

-Dorothy, podrías traerme un té?

-Sí, enseguida mi lady. – dijo dirigiéndose a la puerta, Candy sólo sonrió negando con la cabeza, era claro que le costaría que la llamara por su nombre.

Se dirigió donde estaba su equipaje, tenía que buscar su camisón, entonces miró la pequeña maleta que tenía guardado su ajuar de bodas; su hermana lo había preparado para ella y mientras lo hacía le explicaba para que servía cada cosa, agitó la cabeza repetidas veces; pues quería alejar aquella conversación de su mente. Siguió observando la habitación en ese momento regresó Dorothy.

-Su té mi lady. – Candy asintió mientras se acercaba para tomarlo; pero antes de llegar con la empleada vio otra puerta en la habitación.

-Y esta puerta? – se acercó para abrirla – está cerrada. – miró a Dorothy.

-Es la puerta que conecta con la habitación de Mi lord, él es quien tiene la llave.

-Qué? Y para qué…? – en ese momento se dio cuenta de la utilidad que tenía la puerta y el por qué su esposo tenía la llave, se lo había explicado su hermana, los colores subieron a su rostro y recordó la sábana que Annie le hubo mostrado.

-Dorothy… - dijo bajito – dónde está él ahora?

-En el estudio.

-Tengo que salir de aquí. – dijo tomando su capa.

-Pero mi lady… - dijo la empleada sin entender la actitud de su patrona.

-Acaso no lo entiendes? – dijo la rubia dirigiéndose a la puerta - Él querrá entrar esta noche y…

-Y qué? – cuando abrió la puerta vio a Terry frente a ella, tenía el ceño fruncido y la mirada fija en ella – retírese. – ordenó a la empleada, quien agachando la cabeza salió presurosa.

-No tenías que usar ese tono con ella. – reclamó.

-A dónde vas? – ignoró su reclamo – ya es tarde para que salgas.

-Yo… no pienso dormir en esta habitación.

-No es de tu agrado?

-No me gusta que esté tan cerca de la tuya.

-Con que es eso. – dijo sonriendo de lado – eso puede arreglarse; pero no hay habitaciones dispuestas en esta planta.

-No importa, me acomodaré en cualquiera. – dijo esperanzada.

-Los sirvientes no estarán para atenderte, ellos se encargan de la casa y…

-Está bien, no necesito sirvientes. – lo interrumpió - yo puedo limpiarla y prepararla.

-Ok, toma tu maleta y sígueme. – dijo saliendo de la habitación.

Candy caminó en silencio detrás de Terry, le desconcertó cuando entraron a la cocina; aunque no dijo nada; pero cuando salieron a la parte trasera de la casa se sorprendió aún más.

-A dónde vamos? – preguntó por fin.

-Dijiste que no querías quedarte en la habitación que el duque dispuso para ti – tenía una actitud serena – y cuando te dije que no había más habitaciones dijiste que no…

-Sé lo que dije - lo interrumpió molesta – pero no entiendo, qué hacemos aquí? – llegaron hasta el patio trasero de la casa, cerca al muro de la villa, estaban frente a una pequeña casita algo descuidada.

-Es el único lugar donde estarás alejada de mí – Candy no pudo descifrar su mirada - cómo dijiste que no te importa no tener sirvientes… creo este lugar te gustará.

La rubia quería gritarle tantos improperios, que incluso los marineros se sonrojarían al escucharla, estaba molesta y le enfureció más ver una sonrisa burlona y desafiante en su esposo, supuso que esperaba que se arrepintiera de lo dicho anteriormente.

-Claro que no, mi lord – dijo imitando su actitud – me parece perfecto, ni yo misma hubiera elegido algo mejor.

-Me alegra complacerla, mi lady.

Sin decir nada más, Candy entró a la casa y cerró detrás de ella. Terry sonrió triunfante, su plan de deshacerse de su esposa había iniciado.

Claramente, ambos se habían declarado la guerra. Terry advirtió el claro desafío en la mirada de la rubia; y Candy, se dijo que no dejaría que "su esposo" la fastidiara, cómo era su intensión.

-Tal vez al final de la semana llorará para que la devuelva con su familia. – diciéndose eso se giró para regresar a la mansión. – lleva la cena a mi esposa y regresa enseguida. - su voz fue tan autoritaria que la empleada no se atrevería a desobedecerle.

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Cuando Dorothy llegó a la casa que ocupaba Candy, una que había sido construida para la familia del encargado de cuidar la villa cuando los señores estaban en Londres, se sorprendió al ver a su patrona limpiando el lugar, lo único que alumbraba el lugar era una pequeña lámpara de aceite.

-Mi lady! – asustó a la rubia – déje que yo me encargue de eso.

-Dorothy, me asustaste.

-Por favor, deme eso – trató de tomar la escoba; sin embargo con rapidez Candy la alejó de ella - usted coma mientras yo limpio.

-Yo me encargo de esto, tú regresa a la casa, estoy segura que "mi lord" – enfatizó con desdén el título - lo ordenó así.

Al ver que la empleada bajaba la cabeza, supo que había acertado; el poco tiempo que estuvo junto a su esposo y la actitud que éste le mostró minutos atrás, llegó a conocer lo resentido y enfadado que estaba con ella, sólo por haber aceptado casarse con él.

-No perderé mi lord. – dijo para sí – no es el único en haber sido obligado a casarse; pero no mostraré debilidad ante usted. – se llevó otra cucharada de estofado a la boca y después de haber terminado de cenar, siguió con su trabajo de limpiar su nuevo hogar.

Cuando la rubia terminó de desempolvar, por lo menos la habitación que ocuparía, se recostó en la cama y enseguida se quedó dormida; Dorothy regresó un par de horas después para ayudarla a limpiar; pero la encontró recostada.

-Debe estar muy cansada – murmuró – oh mi lady, usted no debería estar haciendo nada de esto – le había agradado; fue claro que su patrona era una buena persona, le sonreía cómo si fueran amigas de años. Cuando la vio estremecerse por el frió la cubrió con las colchas que había llevado para ella, pues se dio cuenta que sólo tenía una ligera manta. Antes de irse y tratando de no hacer mucho ruido limpió un poco la estancia.

Terry vio salir a la empleada y dirigirse hacia la casa del patio trasero, por un instante pasó por su cabeza llamarla; pero se contuvo, ella era libre hacer lo que quisiese cuando terminaban sus funciones en su casa, ya más tarde la vio regresar y ya no llevaba consigo la cesta que había llevado.

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Amaneció con un cielo despejado, el sol estaba radiante, perfecto como para realizar un picnic; sin embargo la rubia tenía trabajo que hacer, aún tenía que limpiar la casa y acondicionarla para residir allí.

Ya pasado las tres de la tarde había terminado de limpiar, Dorothy le había llevado el almuerzo; pero tuvo que regresar enseguida por órdenes de su patrón.

-Uff! – se llevó una mano a la frente – finalmente terminé, ahora necesito leña para la chimenea.

Miró alrededor y visualizó su sombrero, se lo puso y se dirigió al bosque que había cerca de la propiedad. Le estaba gustando el paseo, mientras caminaba recogía algunas ramas que le servirían para calentar la casa esa noche.

-Oh que hermoso lago! – dijo emocionada al ver un gran lago que brillaba como un espejo gracias al sol. Se sentó a la sombra de un árbol y se apoyó en este, se estaba relajando cuando escuchó un leve ruido y al girar vio a un animalito que se acercaba a ella. – y tú quién eres amiguito? – habló con voz dulce mientras le extendía la mano, el animalito se acercó más ella, aunque estaba preparado para escapar. – quieres? – le ofreció un pedazo de la galleta que tenía en el bolsillo del vestido. Sonrió al ver que se acercaba algo desconfiado y tomaba la galleta rápidamente; sin embargo en lugar de escapar como ella creyó se quedó ahí hasta terminar de comerlo – cuál es tu especie? Recuerdo haber visto una imagen parecida a ti en un libro de animales; pero era de color gris y tú eres muy blanco - cuando el animalito hubo terminado de comer se acercó para buscar más.

-Eres un pequeño atrevido – dijo riendo al ver que husmeaba en su bolsillo para sacar lo que quedaba de la galleta. – te gusta? – lo acarició y se sorprendió cuando él no escapó, al contrario se dejó mimar. – bueno, me gustó tu compañía; pero ya es hora de volver a casa.

La rubia se puso de pie y caminó rumbo a casa, tomó la leña que había separado, estaba a punto de salir del bosque cuando escuchó un ruido, era el animalito quien iba detrás de ella.

-Y tú, adónde vas? - se agachó para acariciarlo – no tienes familia? – hizo un ruidito, como si le contestara – bueno… yo también estoy sola aquí; que te parece si te quedas conmigo y me haces compañía.

Y así Candy consiguió un amigo, algo peculiar; pero amigo al fin, lo llamó Clint, cuando Dorothy le llevó la cena, preguntó si su esposo estaba en casa; la castaña le respondió que había salido temprano en la mañana y que informó que llegaría tarde. Con esa información la rubia entró a la casa sintiéndose segura, se dirigió a la biblioteca buscando un libro de animales, milagrosamente la encontró y se fue a su casa, ahí buscó la especie de su nuevo amigo.

-Así que eres un mapache albino – miró a Clint – y aquí dice que eres originario de América, entonces que hacer aquí? Estás muy lejos de casa. – el pequeño mapache se acercó a ella e hizo un ruido lastimero. – bueno, ahora esta será tu casa y yo tu familia.

Esa noche Candy encendió, con mucho esfuerzo, la chimenea de la habitación, se sintió satisfecha por su logro, colocó una manta en una cesta que puso en la mesita de noche que había cerca de su cama, donde Clint se acomodó para dormir.

Estaba feliz de ya no estar sola, sabía que con la compañía de su nuevo amigo, su vida sería más llevadera, él le daría fuerza para no rendirse tan pronto.

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El siguiente capítulo lo publicaré el sábado, si no pasa nada que lo impida, dejen sus comentarios para saber que les pareció. Se cuidan!