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Candy se paró frente al espejo de su habitación, se miraba sorprendida del cambio que había logrado Dorothy en ella.

-Mi lady, quedó más hermosa de lo que ya es.

-Vamos Dorothy, estás exagerando. – dijo sonrojándose por el halago.

-Claro que no, mi lord quedará sorprendido cuando la vea.

Candy sonrió levemente, sabía que eso nunca sucedería entre ellos. Era consciente de la situación en la que se casaron, él nunca la amaría como ella soñaba ser amada; y ella ya había perdido las esperanzas de tener un final feliz como en las novelas que leía.

No había visto a su esposo desde el domingo; sin embargo sabía que había pasado esa semana acompañado por su meretriz, era así como llamaba a Susana, Sara, una de las empleadas había comentado que a diario la rubia lacia visitaba a Terry y se quedaba con él todo el día.

-Ya está lista. Mi lord la espera en el recibidor. – la voz de Dorothy la sacó de sus pensamientos.

-Sí, vamos. – caminó con seguridad hacia la puerta, entonces lo vio, se veía apuesto con su traje negro. – buenas noches. – saludó con educación y sin preverlo algo sonrojada.

-…Es hora de irnos. – ningún halago llegó de su parte, no le afectó en nada; durante el trayecto a la casa de lord Campbell, sólo le comentó el motivo del acontecimiento.

Cuando llegaron, los anfitriones los recibieron con cordialidad y algo de entusiasmo, pues siempre era un honor tener a un Granchester como invitado. Pasaron al salón donde estaban reunidos varios de los invitados, gente de la aristocracia y pertenecientes a familias distinguidas con buen abolengo. Esas fiestas siempre servían para iniciar o concretar negocios; uno de los invitados llamó a Terry, quien antes de acercarse al grupo de hombres que hablaban de política y de negocios, dejó a Candy con un grupo de mujeres.

La rubia se estaba aburriendo de la conversación superficial de aquellas mujeres, cuando ella intentó cambiar el tema y mencionó la literatura y dio su opinión sobre un cuadro que decoraba aquel salón; las jóvenes la miraron como si fuera un bicho raro, pues para ellas era más importante estar informadas sobre las últimas tendencia en sombreros y bolsos.

-Oh Candice! – una joven pelirroja se acercó para saludarla.

-Elisa! – abrazó a su amiga – qué haces aquí? creí que estabas en América.

-Regresamos hace un mes, me enteré de que te casaste con el hijo del duque de Granchester.

-Así es. – confirmó la información sin añadir nada más - y tú, cómo estás?

-Bien por ahora, mamá me dijo que pronto deberé casarme, que los años están pasando en mí.

-Es una exagerada! – se cubrió la boca al darse cuenta que había elevado la voz – lo siento, es que apenas cumplirás 20 años y hablan como si tuvieras 40.

-Ya sabes cómo es – levanto los hombros quitándole importancia – una mujer que cumple 20 años debería tener una gran dote o tendría que desposar a un anciano o en último caso, resignarse a ser una solterona. – dijo bromeando.

-Odio que nos traten como si fuéramos una mercancía, que nos vean como una transacción para un buen negocio; pero odio más que nos vean como a unas inútiles, que piensen que una mujer no puede valerse por sí misma.

-Eso es porque eres una romántica, no todo es como en tus novelas – la rubia lo sabía bien - además mamá siempre me dijo cuál era el papel de una mujer.

Candy odiaba esas ideas, a su parecer, obsoletas; pero como dijo su amiga, era una soñadora después de todo, siempre se lo decían. Cada vez que hablaba de amor verdadero, le recordaban que eso era mera fantasía; mas ella nunca perdió la esperanza de encontrarlo, hasta ese momento, claro está.

Las amigas hablaban amenamente hasta que alguien se les acercó.

-Buenas noches. – saludó Susana mirando atentamente a Candy, quien frunció el ceño.

-Buenas noches… – saludó Elisa mirando de reojo a su amiga, le desconcertó que no devolviera el saludo, pues ella la consideraba la mujer más amable y educada que existía.

-Susana Marlow. – se presentó.

-Lady… Marlow? – la pelirroja no conocía a nadie con ese apellido.

-No, ella no tiene un título, al menos no uno nobiliario. – intervino Candy.

-Oh no, lastimosamente no tengo un título. – dijo tratando de sonar agradable, le había molestado el comentario de la rubia rizada. – soy amiga de la hija de lord Campbell. Sólo quería saludar a lady Candice. – Elisa la miró atentamente cuando escuchó que no la llamaba con el nombre de su esposo – vi que Terry, oh! – se cubrió la boca como si hubiera sido un error llamar de manera tan personal al marqués – que lord Granchester – corrigió - estaba aquí y quise saludarla.

-Ya lo hiciste, ahora puedes retirarte. – Elisa comprendió lo que estaba sucediendo con esa mujer y su amiga, era la amante del esposo de Candy.

-Oh, claro que lo haré, la música es agradable y tengo muchos deseos de bailar.

-Acaso están tocando esa música vulgar que se escucha en los burdeles? – dijo con un tono elevado en su voz, que llamó la atención de las mujeres que estaban cerca. Susana se puso colorada al sentir las miradas sobre ella. – porque yo escucho que es un vals, acaso sabe bailar eso?

Candy sonreía por lo bajo, Elisa nunca controlaba sus comentarios, ese era el motivo por el que estaba soltera, su madre siempre le recriminaba eso.

-Algún problema lady Leagan?

-Oh, claro que no lord Campbell – sonrió amablemente al anfitrión de la fiesta – es sólo que entendí mal a la… señorita. – dirigió su mirada a la rubia lacia.

-Susana – la llamó el hombre – por favor ve con mi hija.

-Oh claro lord Campbell. – dijo sonriendo, como si no le hubiera afectado lo dicho anteriormente.

-Lady Granchester, lady Leagan, les ofrezco mis disculpas, no entiendo por qué mi hija insiste en ser amiga de esa señorita, aunque es mi esposa la que inició aquello con la señora Marlow. – dijo con disgusto mal disimulado.

-No se preocupe lord Campbell, no hubo ningún problema. – dijo de manera amable la rubia.

-Por favor sigan disfrutando de la fiesta. – con una reverencia, que fue más para Candy, el hombre se retiró.

-Creo que todos quieren congraciar con un Granchester. – dijo con burla Elisa mientras veía al hombre alejarse.

-Creo que sí. – respondió cansinamente - Qué fue todo eso?

-Me di cuenta de las intenciones de esa mujer. – dijo sacando a Candy al balcón – tú estás bien? – se refería al hecho de que su esposo tenga una amante tan pronto, suponía el dolor que debía estar sintiendo su amiga, ella conocía los sueños que tenía desde niña.

-Es algo normal, no? – se encogió de hombros – Annie ya me dijo lo que pasaría en mi matrimonio, así que no es sorpresa.

-Es una atrevida – Elisa abrazó a su amiga, estaba molesta por la audacia de esa mujer; ella quería mucho a Candy – pero al menos, nunca se le olvidará lo de esta noche.

-Eres increíble. – dijo sonriendo. – cuanto tiempo te quedarás en Escocia?

-Sólo esta semana, vinimos por el cumpleaños de mi abuela, después regresaremos a Londres. Y ustedes, cuánto tiempo se quedarán aquí?

-No lo sé, el duque no nos dio una fecha para regresar.

-Bueno, mejor vayamos a disfrutar de la fiesta.

Ambas jóvenes entraron nuevamente al salón y se unieron a un grupo de mujeres que conversaban sobre la última moda, el tema favorito de Elisa, quien comentaba las nuevas tendencias en vestidos y sombreros que vio y trajo de América.

Candy escuchaba y sonreía por el entusiasmo de su amiga al hablar de moda, cuando sintió que alguien tocaba su hombro.

-Buenas noches. – un joven rubio le sonreía con galantería.

-Buenas noches… - saludó reconociendo al hombre. – Elisa escuchó los saludos y se giró para ver quién era.

-Oh Candy, déjame presentarte a mi primo, Albert Andley. – ahora se giró hacia su primo - ella es mi mejor amiga, Candice Granchester, de quien tanto te hablé. – hizo las presentaciones.

-Mucho gusto. – tímidamente la rubia extendió su mano para que sea besada.

-El gusto es mío. – dijo besando con galantería el dorso de su mano, algo que no pasó desapercibido por unos ojos azules, que observaban desde el otro extremo del salón.

-Puedo pedirle un baile?

-Eh… yo…- no sabía que contestar, hasta ese momento no había bailado con su esposo y que bailase con otro hombre sería motivo de comentarios.

-Será un placer, además a Candy le gusta esa música. – Elisa empujó a su amiga hacia su primo – diviértete. – le susurró antes de que se alejara.

-Disculpe a mi prima; pero si es su mejor amiga debe conocerla mejor que yo.

-Así es, no se preocupe; sé muy bien como es Elisa. – fue dirigida al salón de baile y cuando la tonada empezó, él rubio no dudó en posar su mano en el talle de la rubia.

-Cómo le está yendo con Clint?

-Muy bien, es muy tranquilo y juguetón. – respondió con una linda sonrisa, él también sonrió cautivado por la rubia, algo que notó Terry, quien no perdía detalle de la escena.

-No sabe cuánto me alegra saber que la tiene a usted, no hubiera estado tranquilo si no lo habría encontrado.

-Yo también estoy feliz de tenerlo conmigo; él es el mejor amigo que puedo tener.

-Pues discrepo con usted – ella lo miró sorprendida – no me malentienda, sé que Clint es un buen amigo; pero creo que puede tener más, yo por ejemplo.

-A usted ya lo considero un amigo. – dijo sonriendo – el regalo que me hizo al permitir que me quede con Clint, me dice que es usted una buena persona.

-Gracias por su halago, y me alegra tener una amiga en Escocia. – la pareja continuó bailando, Candy le contó algunas travesuras de Clint y Albert la congratulaba por la paciencia que le tenía al pequeño.

La música duró unos cuantos minutos más; pero para un par de ojos azules, fue como una eternidad, ni siquiera escuchó lo que Sir Cahill le decía.

Cuando estaban tocando las últimas tonadas, Terry, caminó hacia donde estaba su esposa dejando con la palabra en la boca a su interlocutor. Lastimosamente una mujer se interpuso en su camino impidiéndole llegar a tiempo a su objetivo.

-Lord Granchester! – una mujer de cuarenta años se paró frente a él.

-Señora Marlow.

-Qué gusto volver a verlo; mi Susi nos dijo que había regresado y que se encontraba con buena salud. – él levantó una ceja sin responder – eso nos alegra bastante.

-Qué bien, pero debo…

-Por qué no viene a cenar a casa- lo interrumpió descaradamente - usted sabe que es más que bienvenido a mi humilde hogar.

-Se lo agradezco, puede hacernos llegar la invitación y si mi esposa y yo no tenemos otro compromiso, estaremos felices de visitarlos.

-Oh… claro que lo haré, mi Susi le llevará personalmente la invitación.

-Con permiso. – se alejó para buscar a su esposa; pero no la encontró; había muchas personas en esa fiesta y fue imposible dar con ella, la encontró cuando ya era tarde y estaban a punto de retirarse.

Terry tenía mil pensamientos en la cabeza, no haber visto a su esposa y tampoco a lord Andley le hizo suponer que estaban juntos; fue claro para él y todos los que les hubieran prestado atención, que había quedado cautivado por su esposa y ella no se quedaba atrás, esa sonrisa que le dedicó no era para un desconocido. Ahora estaba furioso.

Lo que el castaño no sabía fue que Elisa y Candy salieron al balcón nuevamente para seguir conversando y que Albert se hubo retirado temprano.

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El camino a la villa de los Granchester duró como una hora; la hora más larga y tortuosa de sus vidas. El ambiente en el carruaje era tenso y pesado, cada uno de los ocupantes miraba hacia su lado de la ventana, la noche no dejaba visualizar mucho; pero la luna iluminaba lo necesario para contemplar el camino. Candy tenía la vista fija en la luna cuando dejó escapar un pequeño suspiro.

-Supongo que tu noche fue agradable. – dijo de manera fría, sin siquiera mirarla.

-Supone bien. – recordó lo divertido que fue la conversación con su amiga. – fue una agradable velada.

El castaño cerró con fuerza los puños, no esperaba que su esposa le respondiera aquello, supuso que se pondría nerviosa y negaría lo feliz que le hizo bailar con aquel hombre. Quería gritarle que era una desvergonzada por ponerlo en ridículo ante toda la sociedad escocesa e incluso inglesa; pero decidió no decir nada.

-No lo vi en toda la noche – su voz lo sacó de sus pensamientos – estuvo ocupado hablando de negocios?

-Sí estuve ocupado; pero no hablando de negocios. – dijo insinuante, algo que molestó a la rubia al imaginarlo divirtiéndose en una zona oscura del jardín con su querida – sino observándote bailar con el maldito de Andley. – pensó lo último.

Ninguno de los dos dijo nada más, cada uno se sumió nuevamente en sus pensamientos, esta vez algo oscuras pensando en lo que querían hacerles a sus acompañantes.

El carruaje se detuvo y por primera vez, Terry ayudó a su esposa a bajar de éste; la rubia, algo sorprendida por el acto de gentileza de su esposo, le agradeció con una sonrisa.

-Te acompañaré a… - no quería decir tu casa, y no supo por qué – ya es muy tarde y no se ve claramente el camino.

-No es necesario – su voz se oyó seca aunque no fue su intención - no te molestes, puedo llegar sola. – quiso cambiar su tono, oírse más amable.

-Cómo quieras. – dijo molesto para segundos después girar y dirigirse a su casa.

-Qué le sucede? se ofrece acompañarme y a la primera se siente aliviado de no hacerlo? – reclamaba furiosa e indignada mientras caminaba hacia su casa – está loco. No puedo creer que papá me haya casado con un demente.

-Mi lady…

- Dorothy, qué haces aquí, por qué no estás descansado?

-Quería esperarla, el camino es algo inestable y por sus zapatos podría tener un accidente.

-Que amable de tu parte – sonrió olvidándose de su molestia – pero no fue necesario – levantó la mano y le mostró que sostenía sus zapatos de tacón, luego desvió la mirada a sus pies para ver que estos estaban sucios por la tierra del camino.

-Oh mi lady! Le dolerán mucho mañana.

-Espero que no, además ya no los soportaba. – la castaña parecía preocupada – no te preocupes, cuando era pequeña y vivía en Snowshill, solía correr descalza al riachuelo que había cerca de la propiedad de mi tía.

-Pero aun así…

-Vamos Dorothy, regresemos a casa, estoy algo cansada. – y aunque haya dicho aquello, la rubia caminó despacio y de manera extraña.

Las jóvenes caminaron el trayecto que faltaba para llegar a su casa, cuando llegaron Dorothy corrió a la cocina a buscar algo para aliviar el dolor que debía estar sintiendo su patrona, pues se dio cuenta que evitaba pisar con fuerza.

-Ponga sus pies aquí. – entró a la habitación con un recipiente con agua caliente y sal – calmará el dolor.

-Gracias Dorothy. – obedeció la rubia.

Al día siguiente la rubia amaneció con los pies adoloridos por haber caminado descalza por un camino repleto de pequeñas piedras que la lastimaron.

-Cómo se encuentra mi lady? – Dorothy ingresó a la habitación llevando el desayuno de su patrona.

-Dorothy, buenos días. – caminó despacio hacia la mesita que estaba cerca de la ventana. – amanecí muy bien, gracias por ayudarme anoche. – no quería preocuparla, así que decidió omitir la molestia que sentía.

-Me alegra que no le duelan los pies mi lady, es un remedio que me enseñó mi abuela, ella solía poner los pies de mi abuelo en agua con sal para calmar los dolores por todo el camino que recorría a diario, y como el sendero tiene muchas piedras, temía que se haya lastimado.

-No sé qué haría sin ti Dorothy.

-Nada de eso mi lady. – le sonrió agradecida – yo le debo demasiado, además he llegado a quererla mucho.

Por la tarde, Dorothy tuvo que salir a comprar harina, Candy se quedó con Clint, quien dormía en su regazo mientras ella leía bajo el árbol que había en el jardín cerca de la huerta. Unos minutos después se sentó y aprovechando que estaba sola se masajeó los pies haciendo una mueca de dolor.

-Debí ser más cuidadosa anoche. – Clint hizo un sonido de lamento – aunque no hubiera servido de nada, siempre he sido muy torpe, me habría caído de todos modos. – esto no se ve bien, verdad? – había una leve hinchazón en su tobillo derecho.

La noche anterior, cuando regresaba a casa, la rubia estaba tan molesta por el comportamiento de su esposo que no prestó atención al camino que siempre recorría, y mientras reclamaba y lanzaba insultos para el castaño pisó en falso y cayó con un desnivel en el sendero, en ese momento el dolor era soportable, no creyó haberse torcido el tobillo, se sacó los zapatos de tacón que había usado esa noche y con una leve cojera reanudó su camino hasta que se encontró con Dorothy.

-Vamos Clint, Dorothy tardará en volver – el mapache la miró como si la entendiera – será mejor que empiece a preparar la cena.

Cojeando se dirigió a la casa seguida de su inseparable amigo; pero casi llegando a la puerta mientras subía el último escalón de la entrada, fue sorprendida por su esposo.

-Por qué caminas de esa manera? – la rubia dio un brinquito de susto que la desequilibró y hubiese caído si Terry no la hubiera sostenido por la cintura.

-Terruce! – lo alejó retrocediendo olvidándose del dolor en su pie derecho; pero enseguida lo recordó; emitió un fuerte grito y sentándose se llevó las manos al área adolorida para masajearlo.

-Qué te pasó? – Terry se arrodilló frente a ella, tomó su pie entre sus manos para cerciorarse si tenía alguna lesión y un nuevo quejido le afirmó que así era. – Cómo te lastimaste? – había preocupación en su voz, la rubia se ruborizó al sentir las manos de su esposo palmeando su tobillo.

-E-estoy bien. – trató de alejar su pie; pero el castaño no se lo permitió. – sólo me duele un poco.

-Qué pasó? Anoche estabas bien cuando… - la miró entendiendo lo que debió haber pasado. – te caíste? Anoche estaba muy oscuro, el suelo es inestable y…

-Estoy bien, sólo tropecé y… qué haces!? – se sostuvo de sus hombros al sentir que la levantaba en brazos.

-Necesitas que te revise un doctor.

-Suéltame! estoy bien – comenzó a moverse.

-No estás bien si tienes un pie fracturado!

-No está fracturado - Terry casi la deja caer por los movimientos bruscos de la rubia; así que en un solo movimiento la puso sobre su hombro como si fuera un costal.

-Qué haces, eres un bruto, bájame! – pataleo y si Terry no hubiera sido rápido al mover la cabeza hubiera recibido una patada en plena cara.

-Basta Candy! - le dio una palmada en el trasero logrando que por unos minutos la rubia se quedara quieta por la impresión, Clint iba detrás de ellos, parecía asustado; pero aun así no abandonaba a su dueña.

-Mi lord? – Dorothy regresaba con la harina cuando vio a Terry llevando a su esposa sobre su hombro. – mi lady! Está bien?

-Dorothy ayúdame, haz que me baje!

La castaña estaba paralizada. No sabía que hacer; quería ayudar a su querida patrona; pero le intimidaba la mirada de su patrón, en realidad le daba miedo Terry, quien en ese momento la miraba con el ceño fruncido y una clara advertencia.

-Corre a la casa y dile a Charles que vaya por el doctor.

-Sí mi lord – rápidamente obedeció la orden.

El castaño intentaba caminar lo más rápido que Candy y su forcejeo le permitían. La rubia le gritaba que la bajara, que no quería su ayuda; pero todo era en vano, pues Terry no pretendía soltarla hasta llegar a su casa y que la revisara un doctor.

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Gracias por sus comentarios, estoy feliz por complacerlas y saber que les está gustando; realmente me gusta entretenerlas/os.

Hasta el próximo capítulo. Se cuidan mucho y felices pascuas!